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Los cuatrocientos golpes (1959) | François Truffaut

Los cuatrocientos golpes (1959)

François Truffaut

«También el amor, como el espejo y la muerte,apacigua la utopía de cuerpo, la hace callar, la calma, y la encierra
como en una caja, la clausura y la sella.Por eso es tan próxima de la ilusión del espejo
y de la amenaza de muerte. »
—M. Foucault.

Título original: Les quatre cents coups. Francia, 1959.

Director: François Truffaut. Fotografía: Henri Decae. Música: Jean Constantin.

Intérpretes: Jean Pierre Léaud, Claire Maurier, Albert Rémy.

Premios: Festival de Cine de Cannes y Premio OCIC.

Conocida como los 400 golpes, es la opera prima o primer largometraje de François Truffaut. Director francés, quien logró reinventar el cine junto con Godard.

Es una obra de carácter autobiográfico del álter ego del realizador, dedicada a su padre espiritual: André Bazin. Presentada en el Festival de Cine de Cannes, donde obtuvo el Premio a la Mejor Dirección, y el Premio OCIC (Organización Católica Internacional del Cine).

Una película de corte Nouvelle Vague, con una nueva mirada al cine de la época. Una de las mejores de todos los tiempos en la historia y el mayor de sus éxitos en su país de origen.

El argumento es subversivo, transgresor. Gira en torno a Antoine Doinel (Jean Pierre Léaud), un joven de 12 años, no deseado por sus padres, solitario e incomprendido en Paris.

Lucha contra la represión que ejerce sobre él la familia y la escuela en busca de su libertad, la metáfora del mar. Lo anterior aporta un tinte profundo y melancólico a la composición del filme.

El poder, según Foucault, necesita disciplinar los cuerpos, por lo cual crea prácticas para transformar al sujeto y hacerlo útil. Sostiene Foucault, que el control es necesario para que la gente cumpla, se domestique, se normalice, que el alumno estudie, que el paciente tome sus medicamentos.

Describe las sociedades disciplinarias de los siglos XVIII y XIX. En Antoine Doinel hay una pulsión de deseo por romper este orden.

François Truffaut (1932 -1984). Francia. Director, crítico, guionista y actor francés. Uno de los iniciadores del movimiento Nouvelle Vague, la nueva ola francesa. Comenzó su carrera de cineasta bajo la influencia del teórico y crítico de cine André Bazin. Entre otras de sus obras destacan: Jules et Jim (1961), La novia vestía de negro (1967), El pequeño salvaje (1970), El amante del amor (1977), El amor a los veinte años (1962), Besos robados (1968), La noche americana (1973).

Artículo: Roxana Escalante; en Táchira, Venezuela.

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Poesía y Cine/stesia

Poesía y Cine/stesia | Civilización y violencia

El alto índice de violencia en una sociedad habla de su escaso nivel de desarrollo. Otros síntomas como la ignorancia y desigualdad son principales exponentes que impiden el buen desarrollo de una civilización. Voy a utilizar el cuento de El matadero de Esteban Echeverría, para exponer que la violencia es intrínseca al modus operandi de nuestras sociedades.

El cuento se sitúa en un contexto social religioso, apegado a la fe católica. En este escenario existen divisiones políticas entre unitarios y federales. El contexto político-religioso es el cimiento de esta historia: la mina que desencadena una serie de explosiones simultáneas. 

La ciudad de Buenos aires está en cuaresma, lo que significa que los creyentes deben abstenerse de comer carne. Sin embargo, una tormenta desborda el río de la Plata; en consecuencia, la gente padece hambre (los religiosos lo consideran un castigo divino), el restaurador hará lo posible por hacerse de un novillo entero para su propia supervivencia; gente morirá.

En una sociedad siempre hay alguien que ejerce la violencia y otro que la recibe. El violentador siempre se sitúa  en una posición de ventaja sobre su víctima. A su vez, la víctima (aunque parezca una obviedad) se halla en desventaja del ejecutor.

En cada sociedad existe un chivo expiatorio. El chivo es alguien en el que recae toda la violencia de un grupo. Quizá alguien ligeramente distinto, que no encaje perfectamente en las convenciones sociales tradicionales. La sociedad necesita expiar su rabia interna de alguna manera. Pongo el ejemplo de Jesús: el cordero que se sacrificó por la humanidad para eliminar el pecado del mundo. Lo que vemos es en realidad a un hombre torturado, ensangrentado; crucificado en manos de otros hombres. Un pueblo deseoso de sangre, educado para la violencia. Ya no se distingue, se ejecuta con familiaridad. 

Me he preguntado muchas veces el porqué de la violencia. Pero no logro comprender razones. Quizá es una cosa simple. Como la banalidad del mal de la que habla Hannah Arendt. He concluido que la violencia es un síntoma de banalidad emocional, se trata de la incapacidad para comprender la posición del otro. Quizá no haya razones, sólo instinto. Un instinto primitivo que todavía no ha alcanzado a desarrollarse.

El uso de la violencia se fomenta con la educación y la normalización. La costumbre nos familiariza y la ignorancia no permite que veamos más allá de nosotros mismos. La violencia es impersonal en el que la recibe, pero habla personalmente de quien la ejecuta.  Esto es algo muy difícil de entender; sobre todo, cuando hemos sido objetos de violencia y otras injusticias.

A Jesús lo asesinaron, pero no fue personal; era un síntoma de la sociedad ignorante, torpe, deshumanizada. No fue el primero ni el último. La violencia consiste en una metodología de comportamiento. Forma parte de nuestra interacción con el otro, ¿por qué? Nadie nos ha enseñado a relacionarnos con el otro sin menospreciarlo.

Este cuento es una pintura al óleo. Cada pasaje es como pasar la mano sobre el relieve de una pintura. Por ello, concluyo que Esteban Echeverría fue pintor, escultor,, director de cine. Las escenas son inolvidables: el caos, la gente peleando como si estuviera en un mercado, grita, se arrojan vísceras; la gente se encuentran en un despilfarradero de sangre como si se tratara de una plaza pública. Tristemente, todo parece indicar que la violencia sigue formando parte de nuestro proceso civilizatorio.

Poco a poco, como el río plata que crece hasta que inunda la ciudad; poco a poco el caos inunda. Cuando uno termina de leer el texto, se pregunta: ¿Qué es todo esto? El lector no sabe si reír o llorar, horrorizarse, o maldecir.

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Grace Paley | DOS HISTORIAS CORTAS Y TRISTES DE UNA VIDA LARGA Y FELIZ


1. PADRES DE SEGUNDA MANO

Había dos maridos, y a ninguno de los dos le gustaron los huevos.

A mí tampoco me gustan hechos así, les dije. Hacéoslos vosotros mismos. Los dos suspiraron al unísono. El uno tenía la cara lívida. El otro la tenía pálida.

¿Hay algo de beber?, preguntó Lívido.

Aquí no hay nunca bebida, dijo Pálido. No busques. Esta casa está siempre seca. Pálido empujó a un lado el plato de los huevos con una expresión de dolor y asco.

En serio, dijo Lívido, ¿hay algo de beber? ¿No habrá cerveza?, preguntó esperanzado.

No hay nada, dijo Pálido, que había estado buscando una camisa blanca por la despensa, los armarios y las neveras.

Maldita sea, qué razón tienes, le dije. Y me abroché el botón superior de mi guardapolvo azul. Luego me agaché debajo de la mesa de la cocina para coger una bolsa de papel marrón donde había un bordado que le pedía a Dios que Bendijera Esta Casa.

Quería terminarlo pronto para que protegiera a mis hijos, que también son hijos de Lívido. Aunque la verdad es que algunos meses atrás Lívido había enviado una carta a Pálido desde un lugar muy lejano —las llanuras británicas de África— en la que le hacía una hospitalaria invitación: Te aseguro, le decía, que son muy buenos chicos. Yo también los quiero, pero su madre es Faith y ahora Faith es tu esposa. Yo paso mucho tiempo lejos. Así que, amigo mío, si quieres considerar que son tuyos, me parece muy bien.

Hombre, gracias, le contestó Pálido por correo aéreo, abrumado ante tanta amabilidad. Luego les imploró a los niños que, cuando no estuviera siendo utilizada, se fueran a jugar a su habitación. Hizo grandes esfuerzos por mostrarse amable.

Y mientras hablábamos ahora del pasado y el presente, bordé la casita de campo que se refugia a la sombra de una nube y un arce noruego, justo debajo de las letras doradas.

¡Ja, ja, ja!, dijo Lívido, que se tiró el café en los pantalones del pijama, ¿a que no adivinas a quién me encontré, Faith?

¿A quién?, le pregunté.

Vi a Clifford, aquel novio que tuviste, en el Green Coq. Tiene buen aspecto. Hay que reconocer, añadió dirigiéndose a Pálido, que sabe cuidar a sus hombres.

Es cierto, dijo Pálido.

¿Cómo está Clifford?, pregunté fríamente. ¿A qué se dedica? Hace dos años que no le veo.

Ni te lo imaginas. Va a casarse. Con una chica preciosa. Ella también estaba. Unas tetas pequeñitas, un culito redondo, y una barriguita de bebé. Debe de tener veintidós años, pero parece que tenga diecisiete. Por la espalda le cuelga una larga trenza rubia. Preciosa. La nariz chata, el labio inferior grueso. Llevaba los ojos maquillados. Tenía los hombros bajos, como una bailarina… y el cuello delgado. Preciosa, sí, preciosa.

Parece que te fijaste mucho, dijo Pálido.

Mi retina funciona muy bien, dijo Lívido. Después continuó. Tienes que ir con cuidado, Faith. Te sorprendería ver la cantidad de pollitas que están rompiendo la cáscara. Las colegialas bronceadas han salido a la conquista. Confío que esta vez lo tuyo sea definitivo. Para mí, todo lo que queda atrás es como si hubiera ocurrido en otro mundo. Pero desde el punto de vista histórico tú sigues siendo un personaje importante de mi vida, dijo. Y por eso me siento justificado al hacerte esta advertencia. Me considero obligado a hacerlo. ¡Cuidado, corazoncito!, dijo al tiempo que se inclinaba para susurrar roncamente a mi oído, lo que me causó un terrible dolor de tripas.

¿De qué estás hablando?, preguntó muy inocentemente Pálido. En primer lugar, Faith ya ha encontrado a su hombre…, y, además, sigue siendo una mujer atractiva. Mírala.

Sí, francamente, dijo Lívido mirándome. Una mujer atractiva. A veces es magnífica.

Estuvimos callados durante unos segundos en honor de tan generoso comentario.

Luego Lívido dijo, Sí, magnífica, pero me consideraba obligado a advertirte, Faith.

Por fin empujó su plato de huevos a un lado y volvió al tema de Clifford. Es un misterio envuelto en un enigma… Me pregunto por qué quiere casarse.

No lo sé. El matrimonio ata a los hombres, le dije.

Sin embargo, dijo Pálido muy serio, ¿qué sería de mí sin el matrimonio? Se le iluminó la mirada y él mismo se contestó, Un perro feliz.

En aquel momento entraron los niños: Richard el cuatrero y Tonto el pistolero.

¡Papá!, gritaron los dos. Tocaron a Lívido, le hicieron cosquillas, le desabrocharon la chaqueta del pijama, silbaron de admiración al ver los cabellos grises que coloreaban su pecho, le pellizcaron la oreja y le acariciaron la barba a contrapelo.

Bien, bien, dijo Lívido para que se estuviesen quietos. ¿Qué tal estáis, chicos? ¿Os va todo bien? Estáis muy fuertes. ¿Cómo va el colegio?, preguntó. Lívido soñaba que acababan de llegar de Eton a pasar las vacaciones.

Yo no voy a colegio, dijo Tonto, yo voy al parque.

Me gustaría oírle leer, dijo Lívido.

Yo sé leer, papá, dijo Richard. Tengo un libro de cien páginas.

Bien, bien, tráelo, dijo Lívido.

Hice más café. Lavé las tazas y convencí a Pálido para que abriese un pringoso tarro de mermelada de ciruelas damascenas. A los pocos instantes Richard había leído todo lo que sabía leer y Lívido se me acercó mientras se hacía vigorosamente el nudo del cordón del pantalón. Faith, dijo en tono de reprimenda, este niño no sabe leer. Y tiene siete años.

Ocho, le dije.

Sí, dijo Pálido, que acababa de acordarse del armario de los detergentes y husmeaba por allí en busca de una botella de cerveza. Si fueran mis hijos de verdad, los enviaría a una de esas buenas escuelas parroquiales que hay por aquí. Ahí sí que enseñan a leer. A Saint Bartholomew, a Saint Bernard, a Saint Joseph, a cualquiera de ellas.

Lívido se puso cárdeno y tragó saliva. Tendrás que pasar sobre mi cadáver antes de hacerlo. Merde, dijo por deferencia a los niños. Es cierto que te dije que podías considerar que eran hijos tuyos, pero si un día me entero de que se han acercado aunque sólo sea a un metro de una iglesia, te partiré el alma, cabrón. Tenía catorce años cuando mi sentido común me permitió salir de esa cueva del engaño con la cabeza bien alta. Serás hijo de puta, me importa un rábano que ahora quede muy au courant o esté de moda eso de dejarse ver bajo las cúpulas los domingos… ¡Mierda! Hipocresía. Corrupción. Cavernícolas. Idiotas. Subnormales.

Al recordar su infancia y su hogar el pobre Lívido se retorcía en su silla. Pálido le escuchaba con la cabeza inclinada y las cejas arqueadas como cúpulas de dolor.

Mira, dijo lentamente, nosotros, los iconoclastas…, los librepensadores…, los masones rezagados…, los idealistas…, los soñadores…, no estamos, en realidad, muy lejos de nuestra vieja madre la Iglesia. Y ella siempre permanece cerca de nosotros.

Dondequiera que estemos, siempre podemos oír, aunque sea sólo débilmente, las campanadas que marcan las horas. Tanto en el campo como en las ciudades. Y siempre le recuerdan a nuestra civilizada mentalidad la pasión de María. Cada hora a la hora en punto nos sorprende el recuerdo de lo que alguien hizo hace siglos por nosotros. POR NOSOTROS.

Lívido murmuraba, dolorido, ¡Esos cabrones, oh, oh, oh, esos despreciables cabrones malditos de Dios! ¿Es que vamos a tener que repetir otra vez todo el siglo XIX? Pues de acuerdo, aulló al tiempo que pasaba la mirada por todos nosotros, estoy dispuesto. ¡Ya verá ese cardenal Newman!, dijo, y se volvió hacia mí en busca de aprobación.

Ya sabes, le dije, que este tema no me ha interesado nunca. Sólo te apasiona a ti.

Pálido habló entonces con suavidad, perdida la mirada en las profundidades de su alma. Pues yo, aunque perdí a Dios hace muchísimo tiempo, siempre he conservado la fe[1].

¿De qué demonios estás hablando, so necio?, rugió Lívido.

Nunca he perdido mi amor por la sabiduría de la Iglesia del Mundo. Cuando me acuesto por las noches, rezo sin darme cuenta. Y también lo hago al levantarme. Y no le rezo a Dios, sino al unificador recuerdo de la infancia. Las primeras palabras que yo escribí fueron: ¿Cuáles son los sacramentos? Faith, ¿podrás olvidar alguna vez a tu abuelo entonando el kaddish[2]? No, jamás podrás olvidarlo.

¿Qué dices? Me enfurecía que me obligasen a entrar en la discusión. ¿El kaddish? Y a mí qué me importa el kaddish. ¿Se ha muerto alguien? Ya sabes perfectamente bien cuáles son mis opiniones. Sólo creo en la diáspora. Para mí la diáspora es más que un hecho, es un bien. Desde un punto de vista técnico estoy en contra del Estado de Israel. Me decepciona que hayan decidido convertirse en un Estado precisamente durante mi vida. Creo en la diáspora. Al fin y al cabo, son el pueblo elegido. No te rías. Lo son, de verdad. Pero ahora que les han metido en un rincón del desierto han dejado de serlo. Ahora son como los demás, como los franchutes, los italianos, nacionalidades temporales. La única esperanza para los judíos consiste en que sigan siendo un vestigio en el sótano de la política mundial. No, no es eso exactamente, tienen que seguir siendo una astilla clavada en el dedo gordo del pie de las civilizaciones, una víctima que pese sobre su conciencia.

Mi estallido dejó aturdidos a Lívido y Pálido, pues casi nunca expreso mis opiniones sobre los asuntos serios. Me limito a vivir mi destino, que consiste en ser, hasta el día que me toque expirar, y sin dejar de reír ni por un momento, sierva del hombre.

Y continué. Tengo entendido que ya no tienen ni siquiera aspecto de judíos. Se han convertido en un montón de sucios campesinos que no tienen ni tiempo para leer.

Son nuestro pueblo, me acusó Pálido, dilatando las aletas de la nariz y apretando las mandíbulas. Y están siendo víctimas de durísimos ataques. No es momento para criticarlos.

Yo había vuelto a mi bordado. Solté un suspiro. Ahora mi aguja estaba clavada en unas nubes de color gris perla, nubes de última hora de la tarde. Lo único que trato de decir es que los judíos no deben preocuparse por la geografía, sino por la historia. No deberían ocupar un espacio, sino perpetuarse en el tiempo.

Me miraron con expresiones tan llenas de dolor, que decidí no olvidar los demás aspectos de la cuestión. Probablemente, dije, Cristo tuvo todos esos problemas porque sabía que conquistaría el mundo entero, pero se había olvidado de Jerusalén.

¿Y tú?, preguntó Pálido. ¿Te olvidaste tú de Jerusalén cuando te casaste con nosotros?

Nunca olvido nada, le dije. Por cierto, ¿a que no sabes una cosa? Inglaterra está en plena bancarrota. El país entero está empapelado con letras de cambio.

La mano de Lívido tembló mientras ofrecía fuego a Pálido. Tonterías, dijo. No es cierto. Tonterías. La isla de Gran Bretaña es el pequeño y contundente puño del brazo de la Commonwealth.

Lo que es verdad es verdad, le dije sonriente.

Bueno, parece que no se mueve nadie, dije. ¿Creéis que alguno de los dos será capaz de llegar a tiempo a su trabajo?

Pero, querida, si hace más de un año que no os veía ni a ti ni a los niños. Se está la mar de tranquilo aquí esta mañana, dijo Lívido.

¿Verdad?, dijo Pálido, el sorprendido anfitrión. Además, hoy es sábado.

¿Qué te parecen los niños?, le pregunté a Lívido, su progenitor.

Muy americanos, muy americanos, peleones e incontrolados. Pero tú estás muy bien, Faith. Un poco más redondita, pero muy femenina y muy bien.

Muy bien, dijo Pálido, satisfecho.

Pero ¿y los chicos, Faith? ¿No es hora de que empiecen a aprender algo? Me parece estúpido que se pasen el día poniendo en fila soldados de plástico, la verdad.

Son muy pequeños, dijo Pálido —el padre de segunda mano— tratando de justificarse.

Mejor será que os vayáis los dos a vuestros asuntos, sugerí mientras hacía un nudo en el hilo gris perla atardecer. Por favor, antes de iros dejad los platos en el fregadero. Y siento lo de los huevos.

Lívido bostezó, se estiró, miró el reloj y dio un suspiro. Aunque sea sábado, mi tiempo no me pertenece. Tengo una cita en el centro dentro de cuarenta y cinco minutos, dijo.

Yo también, dijo Pálido. Iremos en el mismo metro.

Voy a coger un taxi, dijo Lívido.

Te pago la mitad, dijo Pálido.

Se fueron al baño, donde compartieron las cosas de afeitar, el lavabo, la ducha y todo lo demás como un par de buenos amigos.

Hice las camas y cerré la cama plegable. Antes de la noche Lívido habría encontrado hotel. Lavé los platos y organicé la terrible jornada: dinosaurios por la mañana, parque por la tarde, mantequilla de cacahuete en medio, y al final de todo, y para compensar toda una semana de padecer platos de habichuelas, un noble asado de cordero con cebollitas, bolitas de masa de pan hervida y salsa de manzana rosa.

¡Faith, ya me voy!, gritó Lívido desde el vestíbulo. Hice a un lado mi lista de la compra y fui a buscar a los niños, que andaban de una habitación a otra buscando a Robín de los Bosques. Id a decirle adiós a vuestro padre, les susurré.

¿A cuál?, me preguntaron.

Al de verdad, les dije. Richard corrió hacia Lívido. Y se estrecharon la mano como dos hombres. Pálido le dio un abrazo a Tonto y recibió a cambio de esa muestra de cariño una docena de besos.

Adiós, Faith, dijo Lívido. Llámame si necesitas algo. Lo que sea, cariño. Y me dio un beso muy amable en la mejilla. Dominante, Pálido me dio, tras largos preparativos, un beso detrás de la oreja.

Adiós, les dije.

Tengo que admitir que al final salieron a la calle convertidos en un par de hombres limpios y pulcros, bastante atractivos, hombres brillantes de treinta y tantos años dispuestos a enfrentarse a las importantes ocupaciones que les aguardaban. Adiós, les dije, que tengáis un buen día. La oscura noche, la búsqueda del placer y del olvido, quedaba todavía muy lejos. Adiós, les dije, que os vaya bien. Adiós, dijeron ellos una vez más, y partieron orgullosos por caminos que no me conciernen.

2. COSAS DE NIÑOS

Condenado a quedarse en casa los sábados, Richard dibujaba esquemáticos hombres de palo tamaño cuartilla que extendían los brazos. Tonto andaba con un caballo de plástico en la mano y lo llamaba Tonto porque tenía los ojos pintados de azul, igual que los suyos. Yo revisaba el dobladillo del vestido del año pasado para estar al día, para estar chic y au courant, para que aquella primavera la gente se volviera al pasar y comentara:

—Miradla, está preciosa. ¿Quién debe de ser su modista?

Clifford estaba en la ducha frotándose el cuerpo y cantando una canción popular rusa. Elevó su voz hasta alcanzar el do de pecho y luego le oí flagelarse la espalda. Por fin, después de cuatro duchas calientes y tres frías, apareció humeante, fuerte y feliz en la sala. Tenía la cara redonda y sonrosada, y la cabeza notablemente desprovista de cabello. ¿Había algo que impidiera que la lluvia o el agua de la ducha corriera alocadamente por su rostro? Sí, sus gruesas cejas morenas. Debajo de las cejas estaban sus ojos redondos y negros, en los que había una permanente expresión de sorpresa. Clifford, gran amigo mío, era inofensivo. Jamás le habría hecho daño a una mosca, y era vegetariano.

Se alegró al vernos, como siempre. Llevaba envuelta en torno a su cuerpo húmedo una toalla de baño muy grande.

—¡He aquí al hombre! —gritó al tiempo que dejaba caer la toalla. Y se quedó un momento así, resplandeciente y satisfecho. Richard y Tonto se quedaron mirándole.

—¡Haz el favor de taparte, por Dios, Clifford! —le dije.

—No te preocupes, Faith —dijo para tranquilizarme—, el mundo está cambiando.

De hecho, a Clifford apenas le importaba el decoro. No sabía ni para qué servía. Luego se asomó desde detrás de la planta de plástico donde habían caído sus pantalones y sus calzoncillos. Salió con ellos puestos y nos dijo:

—A ver si os despertáis de una vez. ¿Qué hacéis ganduleando todos por ahí? —Se agachó a darle unos golpecitos a Richard en la tripa y le dijo—: Deberías ejercitar estos músculos, chico. Despierta.

—Quiero dibujar, Clifford —dijo Richard.

—Tienes tiempo para dibujar los demás días. Aprovecha que estoy aquí. Puedes dibujar mañana. Ven, Rich, pelea conmigo. Pelea. Venga…, a ver si me puedes. Y prepárate, Richy, que esta vez te voy a tumbar. ¡Allá voy!

—Allá voy yo —dijo Tonto, que tiró a un lado su caballo y descargó un golpe en los riñones de Clifford.

—¿Quién ha sido? —dijo Clifford—. ¿Quién ha sido el que me ha atacado por la espalda?

—Yo, yo —dijo Tonto dando brincos—. ¿Te ha dolido?

—Casi me matas, sí, señor, un buen golpe. Pero ahora voy por ti —dijo mientras giraba sobre sus talones—. Voy a hacerte cosquillas, prepárate.

Levantó a Tonto por encima de su cabeza y después le lanzó contra el blando sofá.

Richard se acercó de puntillas con el oso de peluche elevado por encima de la cabeza, y le atizó a Clifford tres golpes en la cabeza.

—¡Socorro, asesinos! —gritó Clifford—. Todos luchan contra mí. No puedo con ellos.

Richard le dio una patada en la barbilla.

—Ya está —dijo Clifford—. ¡Fuera de aquí! ¡Fuera, chicos! ¡Fuera, fuera!

Tonto le escupió en pleno ojo. Clifford se limpió la mejilla, fingió desmayarse y logró esquivar un nuevo golpe del oso que blandía Richard. Tonto se montó sobre su espalda y le cogió las orejas.

—¡Ay! —dijo Clifford.

Richard vio un tubo de pegamento en uno de los estantes de la librería, lo cogió y lanzó chorros de su viscoso contenido contra el peludo pecho de Clifford.

—Soy un salvaje —dijo Richard—. Soy un salvaje.

—Yo también —dijo Tonto—. Soy el niño más salvaje de todo el parque —añadió mientras tiraba con fuerza de las orejas de Clifford—. Arre. Soy el niño que monta el elefante.

—¡Es un camello perezoso! —chilló Richard—. ¡Venga, a trabajar, camello!

—Haz ver que soy un duende, Clifford —aulló Tonto—. Levántate.

—Soy una serpiente venenosa —chilló Richard, y se tiró al suelo y se enroscó en la pierna de Clifford—. Soy una serpiente venenosa —repitió mientras apoyaba el mentón en el empeine de Clifford—. Soy una terrible serpiente venenosa.

Luego levantó la cabeza como una víbora (¿y qué es, sino una víbora?) y, tras silbar, le dio al pobre Clifford un mordisco con sus incisivos recién estrenados en pleno talón izquierdo, el cual resulta ser su talón de Aquiles.

—¡Oh, no, no, no…! —gimió Clifford mientras se caía al suelo.

—¡Mamá, mamá, mamá! —gritó Richard casi llorando porque Clifford se había caído con todo su peso encima de él.

Tonto chillaba, derribado de su montura, entre un lío de patas de mesa y de silla.

Primero cogí a Tonto, y le abracé contra mi regazo.

—Mamá, me he hecho daño en la cabeza —sollozó—. Me gustaría estar dentro de ti.

Richard yacía tendido en el suelo como una serpiente aplastada; no lloraba, pero se había quedado sin respiración y estaba furioso.

¿Y Clifford? Había arrastrado su dolorida humanidad hasta un sillón y balbucía con su ensangrentada lengua, que se había mordido al caer:

—¡Esto es el colmo, Faith, el colmo!

Amoratados y llorosos, los niños decidieron hacer caso de mi sugerencia de que se fueran a la cama. Se olvidaron de decir que era demasiado temprano. Se olvidaron de exigir que les llevara sus osos. Se tendieron el uno al lado del otro, y se asieron mutuamente por el pulgar. Eran la imagen misma de ese amor que el mito, o la tradición, ha impuesto entre los hermanos.

Regresé a la sala, donde Clifford seguía sentado; un cono, semejante al sombrero de un astrólogo, apoyaba su ápice en el lugar donde la piel de su tendón había sido perforada. Justamente allí convergían las energías universales. El estacionario rol y el aire sin vida en el que giran los planetas tenían ahora el poder de curarle, de obrar, cada uno de acuerdo con su singular carácter, como una aspirina.

—Tenemos que hablar en serio —dijo—. No soporto a esos niños, la verdad. Quiero decir, Faith, que ya sabes que lo he intentado miles de veces. Pero no sé qué les has hecho. Has pervertido sus instintos, no sé. ¿Cómo puede ser que estuviéramos jugando la mar de divertidos, peleando y chillando, y que haya terminado todo tan mal? Siempre tiene que haber alguien que se haga daño. Me he hecho daño de verdad, Faith. Hubiéramos podido jugar tranquilamente y divertirnos sin hacernos daño, pero no hay modo.

—¿Quieres decir que si os habéis hecho daño es por culpa mía?

—Naturalmente que sí, Faith. Los has educado tan mal como has sabido.

—¿Sí? —le dije.

—Sí. Una educación horrible.

—¿Horrible? —le dije para darle una última oportunidad.

—¡Sí, Dios mío! ¡Peor que horrible! —dijo.

Por consiguiente, no estará de más incluir aquí una lista de explicaciones y quejas, de lo que ha sido mi vida hasta la fecha:

Es cierto que de lunes a viernes —a causa de mis éxitos en el trabajo— mi ego está que arde. Soy una estrella incandescente, y todos aquellos que quieran calentarse a mi vera son bienvenidos. Los hirientes insultos que, cual piedras de cortantes aristas, penetran en esa ardiente atmósfera se consumen igual que meteoritos antes de tocarme. Ilesa, difundo a mi manera mi brillo termodinámico.

Pero los sábados por la mañana me enfrento en casa a la ley sociológica de la llamada Intrusión de los Incontrovertibles. He tenido que educar a estos niños con una sola mano mientras con la otra le daba a las teclas de la máquina de escribir para ganarme la vida. Los he educado yo sola, sin la presencia de un padre con quien pudieran identificarse en el baño, como los demás niños que juegan con ellos en el parque. Reíos, si queréis. La inclemencia del Destino me forzó a firmar un contrato leonino con la vida bohemia, o lo que queda de ella. Y he cumplido todas las cláusulas a pesar de las tentadoras ofertas que en forma de pantalones de esquí, lecciones de piano o entradas para rodeos me han hecho insistentemente mis amables parientes. Durante todo ese tiempo he cuidado y alimentado a Richard y Tonto, les he enseñado a ir limpios y estar abiertos a las cosas que más interesan a los niños. De hecho, hemos progresado mucho y no necesitamos ir a escarbar en las cajas de ropa usada del Ejército de Salvación. He tenido la perversidad de hacerlo todo yo sola, menos el año en que su padre vivió en Chicago con Claudia Lowenstill y ella se horrorizó al enterarse de que sólo les mandaba una bicicleta el día en que cumplían cinco años. Consecuencia de ese descubrimiento fue que decidió pagarme un año entero el gas, la electricidad, el alquiler y el teléfono. Pero un buen día Claudia lo cogió in fraganti iluminado por la cegadora luz de la verdad: era un gran tipo, siempre dispuesto a mentir y a adular y a salirse por la tangente. Ahora él vive en la dorada costa de otro continente, donde está encantado por la supervivencia de civilizaciones clandestinas. Los dramas hogareños ya no le afectan.

De todos modos, di a Clifford otra oportunidad de retractarse y volver a ser amigo mío.

—¿Horrible? ¿Crees que les he dado una educación horrible? —le pregunté.

Esta vez no se molestó en contestar porque estaba muy ocupado recogiendo su ropa por los diversos rincones de la habitación.

Se me empezó a escapar el aire de los pulmones. El líquido de la pleura empezó a burbujear pugnando por colarse, y hubiera muerto allí mismo de pleuresía —nada más lejos de mi intención— de no ser porque mi mano agarró un cenicero de cristal y, sin esperar a que yo tomara una decisión firme, se lo arrojó.

Clifford estaba andando a gatas por el piso buscando los calcetines que habían caído bajo el sillón la noche del viernes. Estaba de espaldas a mí y su cabeza quedaba al final de la trayectoria del cenicero. Y hubiera fallecido como un estúpido idiota si no hubiera sido porque las lágrimas enturbiaron mi visión en el momento decisivo y al final sólo le arranqué un pedazo del lóbulo de la oreja, que, al fin y al cabo, no es más que un inútil vestigio de una fase superada de la evolución.

De todos modos, Clifford es una persona amable, un hombre con muy buena disposición. La visión de la sangre le dejó paralizado. Incorporó la mole de su cuerpo estremeciéndose, y se quedó de rodillas esperando que la Muerte, el Alguacil de la laguna Estigia, volviera a señalarle con el índice.

—No hay que decirle cosas así a una mujer —susurré—. ¡Maldito burro! No hay que decirle cosas así a una mujer. ¡Lávate, estúpido, o te vas a desangrar!

Le dejé solo para que se hiciera un torniquete o se cuidase como Dios le diera a entender.

Entré en el dormitorio de puntillas para ver a los niños. Seguían durmiendo. Los tapé, le di un beso a Tonto, mi pequeño, y dije:

—¡Ya eres un hombrecito, Richard!

Y también le besé. Después me senté en el suelo y noté con mi cara los pliegues de la manta de lana de Richard hasta que la respiración profunda y acompasada de mis hijos me calmó.

Al cabo de un par de horas, Richard y Tonto se despertaron y empezaron a pellizcarme y estornudar, primero con malhumor y luego muy contentos. Se quedaron admirados ante los milagros que había hecho yo con las tiritas para curarles las heridas. Richard tomó una sopa y Tonto jamón. No preguntaron por Clifford, porque éste tenía su llave y entraba y salía cuando quería.

Esa llave estaba ahora en la tierra de la maceta de mi planta del caucho enana. Me quedé en suspenso. De momento, no había nadie a quien me apeteciera dársela.

—¿Tenéis más hambre, chicos? —les pregunté.

—No, señor —dijo Tonto—. Estoy lleno hasta aquí —dijo mientras ponía la mano horizontal a la altura de los ojos.

—Ya sé lo que podéis hacer —les dije. Había tenido súbitamente una gran idea—. Podéis bajar a jugar a la calle.

—Sin empujar, señorita —me dijo Richard.

Me asomé a la ventana. Cuatro pisos más abajo estaba Lester Stukopf, armado hasta los dientes, esperando la llegada del enemigo. Y, como quien no quiere la cosa, le di a Richard esa información secreta.

—¿Está solo? —preguntó Richard.

—Sí —le dije.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Richard al tiempo que me dirigía una mirada triste—. Pero, recuérdalo, Faith, si bajo, es porque tengo ganas de bajar, y no porque tú me lo hayas dicho.

—Claro, claro —le dije.

—Yo me quedo —dijo Tonto.

—No seas bobo, Tonto, baja tú también. Hace un buen día. Coge esas pistolas nuevas que te envió papá. Anda, Tonto.

—No. Detesto a Richard y detesto a Lester. Y no me gustan nada esas pistolas. Son pistolas de niño pequeño. Se cree que soy un bebé. Podrías mandarle una foto, a ver si se entera.

—Pero Tonto…

—Se cree que me chupo el dedo. Se cree que me hago pipí en la cama. Por eso me envía esas pistolas.

—Pero qué va, cariño, si ya eres un chico muy mayor. Todo el mundo sabe que has crecido mucho.

—Es pequeño —dijo Richard—. Y todavía se chupa el dedo y se hace pipí en la cama.

—Richard —le dije—. Richard, si esto es todo lo que tienes que decir, prefiero que cierres tu maldita boca. No creas que ayudas mucho a Tonto recordándoselo continuamente.

—Adiós —dijo Richard negándose a discutir y consciente de su categoría de primogénito. A veces se porta bastante mal, pero nunca se muestra perezoso. Cuarenta y cinco segundos después, cuando ya estaba en el primer piso, subió corriendo las escaleras y me gritó desde la puerta—: ¡Mientras no se mee en mi cama, me da igual!

Tonto no le oyó. Estaba lavándose los dientes, que es una actividad a la que suele dedicarse varias veces al día con la esperanza de que así se le caigan antes. Creo que se le empiezan a aflojar.

Me serví un café en la sala. Me instalé lo más cómodamente posible en el sillón, llené la taza blanca en la que pone MAMÁ y tiré la ceniza del pitillo en un cenicero de cerámica que había hecho Richard. Luego me quedé mirando el rectángulo de luz de la ventana y me pregunté: ¿Por qué la mujer se arrodilla ante el hombre para adorarle?

Justo al poner el último signo de interrogación se acercó Tonto sin hacer ruido para decirme:

—Tengo que decirle una cosa a Richard, madre.

—No te asomes a esa ventana, Tonto. Por favor, ya sabes que me pone nerviosa.

—Tengo que decirle una cosa.

—No.

—Sí —dijo él—. Es importantísimo, Faith. Tengo que decírselo.

¿Cómo podía tolerarlo? Si se cayera, todo el mundo creería que era porque yo no le vigilaba porque estaba bebiendo cerveza en la cocina o poniéndome cremas en el tocador. Además, no quiero ni pensar lo triste que me quedaría. Mi abuela se pasó toda la vida llorando por una hija que se le murió de dolor de oído a los cinco años. El resto de sus hijos, que para entonces ya estaban retirados y vivían de pensiones federales o municipales, se acercaron a su lecho de muerte (mi abuela acababa de cumplir los noventa y un años) y todavía le oyeron decir:

—Anita, Anita, intenta respirar, mi pequeña.

Así que, con lágrimas en los ojos, le dije a Tonto:

—De acuerdo, yo te sostendré. Dile a Richard lo que tengas que decirle.

Tonto se lanzó al vacío y yo le agarré justo a tiempo por una rodilla.

—¡Richie! —chilló—. ¡Eh, Richie!

Richard levantó la mirada y buscó la voz.

—Eh, oye, Richie. Estoy jugando con tu fuerte y tus soldados nuevos.

Dicho esto, Tonto cerró la ventana de golpe, como si desconociera las propiedades del cristal, y corrió al baño para volver a lavarse los dientes triunfalmente.

Con la boca llena de pasta me dijo, como si hiciera gárgaras:

—Te juro que está loco —y luego, en tono más bajo, añadió—: Y se lo merece. Es un asqueroso.

—¡Tú también lo eres! —le grité enfurecida porque se había atrevido a levantar la voz contra su hermano mientras yo suspiraba recordando la hija que había perdido mi abuela—. ¡Asqueroso!

Luego fui a su cuarto y le dije:

—Escúchame bien. Quiero que salgas de casa. Vete a jugar a la calle. Necesito estar sola diez minutos. Anthony, si te quedas, podría asesinarte.

Me miró y me lanzó su aliento con olor a menta. Se quedó apoyado en un solo pie, levantó la vista hasta mis altos ojos y dijo:

—Bueno, mátame, Faith.

Me senté inmediatamente para que él creyera que yo era de su misma talla. Supuse que así dejaría de torearme.

—Por favor —le dije con toda mi dulzura—, ve a jugar con tu hermano. Tengo que pensar.

—No quiero. No tengo por qué ir adonde no me da la gana —dijo—. Quiero estar aquí, contigo.

—Por favor, Tonto, tengo que limpiar la casa. No podrás jugar ni hacer nada.

—No me importa —dijo—. Quiero estar contigo. Quiero estar a tu lado.

—Muy bien, Tonto. Muy bien. ¿Sabes qué? Vete a tu habitación un ratito, ¿eh?

—No —dijo mientras saltaba a mi regazo—. Quiero ser un bebé y estar todo el rato a tu lado.

—¡Oh, Tonto! —dije—. ¡Por favor, Tonto!

Traté de quitármelo de la falda, pero me pasó el brazo alrededor del cuello, se hizo un ovillo en mi regazo, se metió el pulgar en la boca y se dispuso a ser un bebé.

—¡Oh, Tonto! —exclamé. Ya desesperaba de poder quedarme sola ni un solo minuto—. ¿Por qué no puedes irte a jugar con Richard? Te divertirás mucho.

—No —me dijo—. No me importa que Richard se largue o que se largue Clifford. Que vayan a donde les dé la gana. Yo no me iré nunca. Me quedaré siempre contigo, a tu lado, Faith.

—¡Oh, Tonto! —le dije.

Tonto se sacó el dedo de la boca, abrió la mano del todo y la apoyó sobre mi pecho.

—Te quiero —me dijo.

—Y yo a ti —le dije—. Ya sé que me quieres, Anthony.

Y me puse a acunarle. Cerré los ojos y apoyé la cara en su cabeza morena. Pero el sol, siguiendo su curso, se asomó por entre las torres de los edificios de oficinas de la parte baja de la ciudad y, de repente, me iluminó con toda su fuerza. Y luego, a través de los gordos y cortos dedos de mi hijo, enterrado para siempre, como un rey tras las rejas en Alcatraz, mi corazón se iluminó a listas.

[Traducción de Enrique Hegewicz]


Grace Paley (Nueva York, 11 de diciembre de 1922 – Thetford, Vermont, 22 de agosto de 2007) fue una escritora profesora y activista política estadounidense. Paley fue conocida por su pacifismo y activismo político. Escribió sobre las complejidades de las vidas de hombres y mujeres abogando por lo que ella pensaba que era una mejora en la vida para cada género. En los años 1950 se unió a compañeros que protestaban por la proliferación nuclear y la militarización estadounidense. Trabajó en el American Friends Service Committee estableciendo grupos vecinales pacifistas a través de los cuales conoció a su segundo marido Robert Nichols. Fue distinguida con War Resisters League Peace Award, el Women’s Caucus for Art Lifetime Achievement Award (1980), el Premio Rea (1993) y el Premio PEN/Malamud (1994).

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La Maga y el Quetzal

El diseño editorial en la mirada de Jorge Morales Corona

En nuestros días, el alcance de los libros digitales y el consumo de material visual, demanda una mayor estética de los productos. Decidí sentarme a conversar con Jorge, con quien trabajo en el cuerpo editorial de la revista literaria Awen, para conocer su opinión acerca del proceso y tendencias del diseño editorial, además de su impacto en la experiencia del lector.

Verónica Vidal: El diseño editorial es una rama del diseño gráfico. Sin embargo, paralelo a tu trabajo editorial, cursas el último año de medicina. ¿Cómo comprendes el lenguaje de composición y la psicología del color a través del simple contacto con la literatura?

Jorge Morales Corona: Cuando me presento y hablo de mi oficio, además de la carrera que estudio, siempre hay una reticencia a la dupla entre el arte y la ciencia. Pero desde hace años me dedico a equilibrar ambas cosas. A finales del 2013 comencé a sentir interés por el diseño editorial y la importancia de un libro bien escrito y de cuidada manufactura. El tema de la composición visual, llega a través de la poesía. Durante mi adolescencia, comprendí la construcción de imágenes a partir de las palabras. Una letra es una representación gráfica con significado, es un signo, lo que hace el escritor es traducir o convertir sus pensamientos en un dibujo, y se compone por las letras de cada palabra que escribe. Las nuevas olas de la poesía latinoamericana, utilizan diferentes formas de expresión a través de los signos. En cuanto a la psicología del color, todo vino a raíz de mi interés por el cine; en cómo traducir al modo visual lo escrito en el guión y la relación que había entre la imagen y el color, fue lo que me llevó a explorar las diferentes emociones ligadas a las palabras.

V.V: Desde la perspectiva editorial ¿Qué importancia tiene el diseño en la comunicación con el lector y cómo apoya la experiencia sensorial del texto literario?

J.M.C: Hay una máxima que dice: «no juzgues a un libro por su portada». Si bien es cierto, en el diseño editorial es totalmente distinto. Juan Mercerón, que es el diseñador a cargo de una editorial venezolana llamada Libros del fuego, sostiene que un libro comienza a ser leído incluso antes de estar abierto. Esto confirma que, todo diseñador está en la obligación de hacerse con el texto, recrearse y unirse a él. En un trabajo de este tipo, antes de crear, hay que leer el texto, estudiarlo a fondo y con base en la lectura, comenzar el proceso de diseño. Siempre hago algunas notas aquí y allá mientras leo; voy haciendo bocetos de la portada, la tripa y apunto ideas en torno a la funcionalidad del texto en una página. Con respecto a la portada, es vital que la imagen comulgue con el sentimiento o las emociones que están en el poemario, novela o libro de relatos. Por tanto, el diseñador no es un mero espectador o trabajador de la editorial, sino que es parte del proceso creativo literario. Debe ser un gran lector y este perfil no sólo atañe al diseño de libros, hay que recordar que el diseño editorial abarca revistas, folletos y papelería ejecutiva. Si el diseñador no está dentro del texto y no entiende cómo este funciona dentro de una pagina, a partir de sus propias apreciaciones, no va a tener un buen punto de vista para la disposición de la caja de texto, los títulos y otros pequeños detalles. La portada debe aludir a las emociones y servir de vehículo para que lleguen al lector, a través del estudio minucioso de diferentes imágenes. En el proceso para obtener una portada final, puede haber entre cinco y veinte versiones, y entre tres y seis imágenes de diferentes tipos, que al final no necesariamente son escogidas. Porque la razón del diseño es que, mientras sea menos, hay más ganancia; se transmite más y la sobriedad le brinda al lector la confianza del equilibrio visual. Actualmente podemos echar mano de muchas herramientas digitales, para obtener una composición que represente de forma fidedigna, o que se acerque bastante, a todas esas conexiones emocionales que el lector encontrará en el libro.

V.V: Háblanos del panorama del diseño editorial actual. ¿Se puede decir que hay tendencias? ¿Qué debería dejar de hacerse y qué debería implementarse? Resulta un reto para las editoriales replantear constantemente la corriente editorial, a partir de las tendencias, recursos digitales y perspectivas de los lectores.

J.M.C: En cuanto al panorama editorial actual, observamos la elección del arte abstracto para la portada. La finalidad de esto es envolver al libro en un misterio que te invite a llegar a él. Sucedía que en las tendencias entre 2013 y 2018, era importante exponer una escena, o algo resaltante de la historia, en la cara del libro. La intención era crear un primer discurso, que se completaría con el texto. Pero ahora, de un modo u otro, la portada nos habla de los poemas, la novela o los cuentos. En la línea de investigación, puede sugerirnos algún punto álgido del texto de filosofía, investigación o formas de arte, adoptando más que todo la inferencia como un recurso del arte gráfico. Claro, hay editoriales que siguen utilizando la misma fórmula de las décadas de los 50 y 80: portada rústica, tapa dura en la que era difícil inventar o vectorizar ya que todo era a través de imprenta, grabado y letras directamente sobre el material. Como te comento, no han decidido evolucionar en cuanto a exposición de diseño editorial, por lo que vemos cubiertas vacías, en el sentido de que utilizan una imagen sin relación alguna con el contenido de la obra. La imagen colocada en medio, el título abajo, el nombre del autor en un cintillo arriba; el isotipo o logotipo de la editorial y listo. Una portada vacía, porque la composición gráfica y la tipografía no transmiten nada. Siguen con la lógica de que lo importante es el texto, no el libro, pero el libro es un objeto cultural, un testigo que trasciende al igual que el texto. La palabra impresa también es imagen; el diseño también es algo que perdura. Podemos editar a grandes escritores actuales, grandes clásicos, filósofos y novelistas, pero muchas editoriales no le hacen justicia a esos textos maravillosos; sólo piensan en abaratar costos, producir en masa y poner en línea muchos libros. Últimamente vemos el fenómeno de los libros con contenido vacío, que interactúan con publicidad y generan dinero sólo con su publicación, aunque no sean comprados. Es algo aparte. Pero volviendo al caso de estas grandes editoriales internacionales, con presencia y distribución internacional, que no se detienen en un buen diseño y sus bibliotecas dejan perder poco a poco el valor del libro. No se trata de vaciar y luego imprimir. No podemos negarle a los lectores el placer de tener un buen libro entre las manos, olerlo, experimentar con las formas tipográficas y con toda la disposición de los elementos gráficos. Conforme avanzamos en experiencia en el rubro editorial, adquirimos nuevos aprendizajes y es necesario llevar en paralelo una escuela de mejora. Debemos adaptar nuestros lineamientos a nuevas formas de expresión. Si esto no sucede, resulta algo lamentable, porque la experiencia sensorial que provee un libro bien diseñado, bien maquetado, es algo inigualable.

Jorge Morales Corona (Santa Ana de Coro, Venezuela. 1995) Autor y editor. Ha publicado los poemarios Escribiendo en Tierra de Nadie (2013), Araboth (2015), Alma (2015), Ciudad del Sur (2016), Reflejos Cotidianos (España, 2017), la compilación El conjuro del humo (Poemas inéditos) (España, 2018), Guardianes del susurro (Costa Rica, 2018) y La condición quebradiza (España, 2020); como narrador el libro de cuentos Cirqueros, Gitanos y Embusteros (España, 2017) y El hogar es un nombre que pesa (Costa Rica, 2019): como cronista Ruta 6 –Volumen 1– (Venezuela, 2017). Ganador del IV Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña (Venezuela). Recibió el Segundo lugar del II Concurso Nacional de Joven Poesía Hugo Fernández Oviol (Venezuela), Mención Honorífica en el III Premio de cuento Santiago Anzola Omaña, IV Premio de Poesía »Descubriendo poetas« (Venezuela) y en el Concurso Internacional de Teatro Breve “Marité Repetto” (Argentina). Parte de su trabajo ha sido incluido en antologías en España, Argentina, Colombia y México sobre poesía y cuento. Entre otros, ha publicado en Panfleto negro (Venezuela), Poesía desde Valencia (Venezuela), Letralia (Venezuela), Revista La Caída (Colombia), Áspera Zine (México), Ibídem (México) y Revista Pluma (Ecuador). Libros del autor se pueden conseguir en la biblioteca digital Poesía Vzla o en su blog personal. Poemas suyos han sido traducidos al inglés y al italiano. Preside desde 2017 la junta editorial de la Revista Literaria Awen y la dirección de Ediciones Palíndromus y en 2019 fundó el estudio gráfico Komm! Actualmente cursa estudios de Medicina en la Universidad del Zulia.

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Glosolalia articulada

Glosolalia Articulada | Un bautismo de sangre

Sobre la actualidad de Frantz Fanon y la negritud.

El existencialismo como disciplina filosófica de la posguerra toma vertientes hacia campos que no son “estrictamente” de la academia. Camus, por ejemplo, en sus diarios argelinos describe lo que fue el FLN (Frente de Liberación Nacional) y cómo participó en éste, una literatura periodística que definitivamente sobresale del canon del autor mejor conocido como ensayista de filosofía y literato. Sartre es quien escribe el prólogo sobre Los condenados de la tierra de Frantz Fanon. Siendo estos dos los representantes de la corriente filosófica.

Hablo del existencialismo por dos motivos: uno, la inefabilidad de la existencia, pues si se trata de una corriente europea de la filosofía que recupera como premisa los pensamientos de Kierkegaard, uno de los tópicos más recurrentes es que nadie escoge existir. La existencia antecede a la esencia, es aquello que reitera Sartre en El existencialismo es un humanismo. Lo cual, en el contexto de Fanon se traduce al colonialismo: uno no escoge ser el oprimido pero debe luchar para la liberación.

El segundo, y más importante, es el quietismo. Concepto trabajado por toda la escuela de existenciales. No decidir es decidir. Fanon no cita este concepto directamente pero habla de la violencia como una necesidad y de la violencia con sabiduría, en especial en SU contexto que es el imperialismo, pues lo que él anhelaba era principalmente una Europa des-hegemonizada en donde se erradica la jerarquía social cuyo fundamento y premisa es el racismo. No se puede decir que apelaba a una Utopía pues quería, tan simple como suena, erradicar la esclavitud. Un mundo sin racismo no es apelar al mundo perfecto que se describe en la utopías, suena, simplemente, a un mundo congruente.

El concepto de Fanon sobre la violencia apunta a la dialéctica Marxista de el amo y el esclavo en donde argumenta que la violencia es estar dispuesto a dejar todo, incluso estar dispuesto a dejar la vida para poder ganar, de no ser así, uno termina siendo el esclavo, el amo obtuvo aquella posición al arriesgar su vida, pues la muerte es más liberadora que la esclavitud. Así que decir –como se ha criticado– que se trata de una apologética de la violencia parece burdo. Pues la no-violencia apela al mismo concepto del quietismo, tergiversándolo a algo menos abstracto: no luchar es escoger ser oprimido. 

Fanon fue discípulo de Aimé Césaire, uno de los fundadores (junto con Léopold Senghor) del movimiento de la negritud. Un movimiento que quería expresar a través de la literatura y poesía la identidad cultural. Así que, aunque el libro Los Condenados de la tierra se publicó en 1961, forma parte de un movimiento cuyo auge fue en la década de los treinta.

Uno pensaría que la temática ha evolucionado desde los sesenta, que en aquel entonces se podía creer que había evolucionado desde los treinta. Desgraciadamente, el mundo parece haber de-evolucionado o nunca haberse movido de punto ideológico.

*

Hay un video en las redes sociales de Kimberly Jones explicando las condiciones económicas por las que empieza la esclavitud para que la hegemonía blanca pueda disfrutar de sus esfuerzos. Una economía en donde el blanco toma todo de su esclavitud y deja en desnudo a la comunidad negra. Acaba diciendo que tenemos suerte de que la comunidad está buscando igualdad y no venganza.

Lo semejante a lo que escribe Fanon es casi inverosímil: la violencia sabia, la desigualdad económica, el imperialismo y el colonialismo. Todos estos conceptos que suenan, o deberían sonar, retrógradas están más presentes que nunca.

Fanon cita un poema de Césaire, Las armas milagrosas, en el que el rebelde habla con su madre. Los únicos dos personajes. El rebelde, quien para poder alcanzar su libertad se baña en la sangre de su esclavista y ese es su verdadero bautismo.

El rebelde describe cómo su amo lo despojó de todo incluyendo de su hijo, y la madre busca la liberación de su hijo sin necesidad de la violencia.

El rebelde sabe que es imposible.

Mi apellido: ofendido; mi nombre: humillado; mi estado civil: la rebeldía; mi edad: la edad de piedra.    
—Aimé Césaire.   

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El taxidermista literario Narrativa

«Leer con ojos de escritor» | el arte de la taxidermia literaria

Todos los talleres de creación literaria, seminarios de creatividad o cursos relacionados con la escritura a los que he asistido a lo largo de los últimos quince años tienen un punto de partida común (además del buen deseo de formar escritores, claro está): la insistencia en que el buen escritor es primero un ávido lector.

Según este retazo de sabiduría popular, el deseo de escribir nace cuando un lector compulsivo, sediento de nuevas historias que alimenten su pasión, ya no se da abasto con el material disponible; un buen día se da cuenta que pepenar à la Jacques Cousteau por los pasillos de las librerías locales ya no tiene el mismo sabor. Dicha insatisfacción conducirá a nuestro dedicado lector a descubrir en la escritura, en la creación de sus propias historias, el remedio para todos sus males. De ahora en adelante aprenderá a “leer con ojos de escritor” para así construir narrativas igual de magníficas; historias que logren emular la experiencia transformadora que él experimento a lo largo de interminables sesiones de lectura. Es así como, se dice, nace un escritor.

Permítanme no estar de acuerdo. 

Mi reticencia a aceptar el mito del escritor que nace (y no, nunca, jamás se hace) no tiene nada que ver con un desprecio hacia la lectura como actividad formadora, al contrario. Creo fielmente que el contacto frecuente con los libros debe ser parte de la vida de cualquier profesional que se dedique a trabajar con las letras, desde los ganadores del premio Planeta hasta los redactores publicitarios. No importa lo que se lea: Tolstoi, Joyce, Delibes o el PR Week, el punto es ser lector y nutrir una relación personal con los libros.

Mas bien, mi incredulidad proviene de la inquietud que me produce la idea que “leer con ojos de escritor” es fundamental para convertirse en uno… y no porque la idea sea errónea, sino simplemente porque me parece un lugar (muy) común, demasiado ambiguo para que pueda considerársele como un consejo útil. ¿Qué significa, exactamente, “leer con ojos de escritor”? 

Después de mucho escucharla, supongo que dicha frase hace referencia a un estilo de lectura mas bien preciso, dónde se lee de manera similar a como se lo hace con un artículo académico: no basta con solo entender por encimita lo que el autor quiere comunicar, sino que también es necesario descifrar entre líneas para detectar tanto la estructura de la argumentación como las suposiciones que el investigador da por sentadas en sus afirmaciones. 

Así, para “leer con ojos de escritor” un texto literario, no basta con tan solo entender la historia o disfrutar con su lectura; también es necesario esforzarse por comprender “entre líneas” como está construida la obra, por detectar qué es lo que hace que sea una historia exitosa (si es que lo es): ¿los personajes complejos?, ¿la trama no lineal?, ¿los diálogos, realistas y bellos?, ¿una prosa cuidada?, ¿o quizás la suma de todos estos factores? Esa capacidad de descubrir casi intuitivamente lo que funciona en una historia, lo que la hace única, aquello que le genera appealante su público lector es, a mi parecer, el requerimiento misterioso que encierra la frase “leer con ojos de escritor”.

El problema es que dicho estilo de lectura no es natural. De la misma manera que nadie va por la vida pretendiendo entender las motivaciones de la cajera que no regresa el cambio correcto, nadie nace sabiendo diferenciar un gran diálogo de una conversación inconsecuente o una trama “lograda” de otra que no lo es tanto. Detectar y analizar con pelos y señales los elementos exitosos de una narración no es algo que todos estemos acostumbrados a hacer, ni siquiera el más ávido lector que comienza a explorar esa novela que le ha quitado el sueño por meses. La lectura a profundidad es algo que tiene que enseñarse.

Sin embargo, el que “leer con ojos de escritor” no sea una habilidad innata y natural no la hace inútil; al final del día la realidad se impone: un escritor capaz producir un gran diálogo en vez de una conversación inconsecuente y construir una trama “lograda” en lugar de juntar escenas sin mucho sentido entre ellas, tendrá mas probabilidades de éxito que sus contrapartes amateurs. Esto es una realidad. Entonces, ¿cómo le hacemos para aprender a “leer con ojos de escritor” cuando nadie nunca nos enseñó a hacerlo?

Damas y caballeros, la solución esta en el arte de la taxidermia literaria.

El diccionario de la RAE (y también la Wikipedia) definen la taxidermia como el arte de disecar animales para conservarlos en apariencia vivos. Como supongo que acá la mayoría amamos a todos los miembros del reino animalia, nuestro arte taxidérmico se enfocará en la disección de otro tipo de criatura viviente: la obra literaria. Siguiendo aquella corazonada que todo ávido lector tiene cada que se enfrasca en una historia alucinante, postularé que los cuentos, las novelas, los ensayos y los poemas son criaturas vivientes: un todo que, aunque no estrictamente orgánico, si que está compuesto por partes.

Una criatura literaria tiene la capacidad de acompañarnos, entretenernos y hacernos la vida mas llevadera, tal y como lo hacen nuestras amadas mascotas. También es capaz de asecharnos, cazarnos sigilosamente y sin tregua, como los grandes depredadores de la sabana africana. Y aunque estos ataques rara vez son mortales, cuando suceden se notan (si no me creen, que alguien recuerde a Mark David Chapman). Por si esto no acabase de convencerlos, ¿se han dado cuenta que, al igual que las criaturas mas diminutas y rastreras, las obras literarias tienen una presencia latente? Su influencia se encuentra por todas partes, aun cuando no nos damos cuenta (hola amor platónico). 

Pero, para entender porque las criaturas literarias se comportan de la manera en la que lo hacen, porqué funcionan o porqué no, es decir, para poder “leer con ojos de escritor”, necesitamos realizar un estudio exhaustivo de las mismas, disecando y analizando sus partes, analizando como funciona cada una de ellas,  cómo encaja en al gran esquema de las cosas. ¿Por qué nos conmueve tanto el suicidio de Anna Arkáydevna?, ¿por qué nos indigna la traición de Mr. Rochester?, ¿por qué el destino de Winston Smith nos parece tan trágico? Una cuidadosa disección puede acercarnos a entender estos y otros entresijos literarios.

Dado que nadie puede decir con certeza científica que es el gusto literario y que hace a los buenos libros, la taxidermia literaria no pretende ser una ciencia exacta (lo siento, esto no es cálculo infinitesimal), sino una metodología que permita cumplir con la premisa de partida mencionada al inicio de este largo y digresional texto: “leer con ojos de escritor”. ¿Un objetivo demasiado pretensioso? A ti te corresponde juzgar.

Una advertencia final: desde ya me excuso, querido lector, por todos los libros que seguramente te arruinaré, todos los finales que ya no podrás leer con inocencia, todas las interpretaciones, tan pero tan tuyas, a las que probablemente ya no podrás aferrarte con la misma certeza. Lo siento de veras. 

Si, a pesar de lo dicho hasta ahora sigues dispuesto a acompañarme en esta grandilocuente aventura científica llamada taxidermia literaria, mantente atento, que a partir de ahora los análisis no pararán. 


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Poesía y Cine/stesia

Poética de lo irreversible

Pocas cosas son irreversibles: el tiempo, la muerte, y la violencia. En la película Irreversible, Gaspar Noé nos hace partícipes y testigos, no ya de dos crímenes atroces, sino de la vida de tres personajes en concreto. La historia empieza por el final. El espectador conoce el futuro, se lo es dado desde que inicia la película. Poco a poco vamos relacionando el origen, causas y próximas consecuencias, como si arrojáramos un tablero de ajedrez al aire, pero ya conociéramos, de antemano, dónde caerán las piezas. 

La película causó controversia debido al grado de violencia explícita, sobre todo, en dos escenas específicas. Una de ellas es la del asesinato. Pierre, personaje que aparenta ser pacífico, destroza el rostro de un hombre con un extintor hasta que se forma un amasijo de carne. La otra escena es la de la violación de Alex,  personaje interpretado por Monica Bellucci. Es una mujer que por mala fortuna atraviesa un metro muy solitario, se encuentra con un hombre que está amedrentando a una prostituta; pero éste fija la mirada en la atractiva figura de Alex y decide en ese momento violarla por el ano. La escena es brutal, terrible, explícita. La cámara que siempre había estado en movimiento desde el inicio, se detiene, ahora reposa en el suelo. La escena dura nueve minutos. Nueve minutos en los que el espectador se confronta internamente: ¿Cine o realidad? Claro que la violación no es invención del cine; sin embargo, el autor construye uno de los retratos de violación más crudos y verosímiles que haya existido a lo largo de la historia.  Cuestionaría a aquellos que acusan al director por utilizar «una violencia innecesaria». ¿Cómo debe retratarse una violación para que no dañe la susceptibilidad de nadie? ¿Cómo retratar una violación púdica, empática, correctamente política? Gaspar construye una realidad alterna donde el cine intercede en el mundo entremezclando la verosimilitud del relato con la vida. 

Dice Slavoj Žižek que la violencia es algo que altera el ritmo natural de las cosas. La decisión estratégica de narrar la historia empezando por el final, no es una propuesta exclusiva a la experiencia visual, por el contrario. El subtexto está insertado en la forma: el tiempo y la violencia son irreversibles. Gaspar Noé es una gran muestra de las muchas posibilidades que puede tener el lenguaje cinematográfico. Es atrevido, lúdico, sin miedo a la experimentación.

Conocemos los movimientos de cámara de ésta película, sabemos que es caótica, descontrolada. Atravesamos este viaje con el ojo escrutador en movimiento que traza la historia de fin a principio. Como ante mencionaba, vemos el futuro. Conocemos lo que estos personajes viven, están viviendo, y vivirán, de manera simultánea, lo que ellos todavía no saben, pero tendrán que atravesar. No tienen  idea remota de lo que viene después, ¿no es eso la vida? Vivir bajo las leyes del azar. 

De pronto, irrumpe algo, sea el caos o la maldad, pero interviene en la vida; al punto que puede interrumpirla por completo: Despiertas, descubres que estás embarazada, sales, coges una ruta que no frecuentas, te violan brutalmente, golpean tu cuerpo, refriegan tu rostro a golpes en el suelo, te patean en el estómago, y pierdes el bebé. Una noche, cualquiera. Incluso esa misma mañana te sentías dichosa, feliz. 

Ahora te pregunto,  ¿Para ti qué es irreversible?

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Cuentos del Tercer Mundo

Marvin y «El libro de jonás»

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos.

Marvin Castillo es poeta, docente y filólogo graduado de la Universidad de Costa Rica. 

Portada de “El Libro de Jonás” (Ediciones Perro Azul, 2019)

“Yo en Pérez (hace referencia a Pérez Zeledón, su ciudad natal) vivía debajo de una piedra, escribí algunos poemas, pero no me gustaban… mis profes de español no tenían interés en la literatura… no tenía a nadie que me guiara… incluso la primera profe que me recomendó un libro, fue la de matemáticas.”

Marvín Castillo.

Al ingresar a la carrera de Filología Española, Marvin aprendió a leer con método, conoció muchos autores, aunque también se dio cuenta de que el conocimiento para escribir no circula en la Facultad de Letras, sino en los talleres literarios.

“Como decía Olivero Girondo: Una cosa es cacarear y otra es poner el huevo. …en Letras es un tabú escribir, porque se lee autores clásicos y se cree que si no se escribe como CortÁzar no vale la pena… se forma gente de reflexión, no de acción.” 

Marvín Castillo.

Castillo decidió probar suerte en diferentes grupos literarios como el dirigido por Julieta Dobles y luego en lo que él llama La Secta, esta última descrita por él como: “cuatro maes que nos salimos del taller de Julieta reunidos en una casa en Sabanilla”. Sin embargo, lo dejaron de invitar al año y medio cuando ingresó a la Asociación de Estudiantes de Filología, ya que era demasiado académico para ellos. 

El TALLER. Así nació, por iniciativa propia, el Taller Joaquín Gutiérrez, que al final se convertiría en pilar esencial para su creación literaria. De ahí salieron la mayor parte de los textos que componen “El Libro de Jonás”.

Con algunos de estos textos también ganó el certamen Brunca, organizado por la UNA en la zona sur del país y otros fueron publicados en revistas como la desaparecida Larvaria, Campos de Plumas y Come Libros.

Taller literario Joaquín Gutiérrez, Biblioteca Carlos Monge Alfaro, 2019.

MONTAJE. Para el proceso de montaje del libro contó con la colaboración del poeta tico-hondureño Dennis Ávila, quien ayudó con guías y observaciones para encontrar el concepto del libro.

“Al principio uno cuando escribe saca poemas desordenados. Lo que hice fue capitalizar todos esos textos dándoles un concepto de libro, montando una secuencialidad.”

Marvín Castillo.

En “El Libro de Jonás” los poemas se presentan como si fueran escenas de una película. La imagen principal está centrada en huir de la familia y luego llegar a la ciudad y darse cuenta de que tampoco es un lugar para guarecerse, pero por lo menos ya se logró salir.

El título, es un homenaje a Jonás, un habitante de calle que emigró de la costa caribeña a la capital y del que Marvin se hizo amigo por la forma creativa y humorística con la que este personaje aborda a las personas antes de pedirles una moneda.

“Me importaba que les gustara solo a dos personas, a Jonás y a mi mamá, por las varas que dice de la familia. Eso es parte de resolver el paso a la edad adulta, decir lo que usted necesita decir sin miedo, si a los demás no les gusta no por eso va reprimir una parte de su identidad. Julieta Dobles dijo: La poesía es una forma de ser y cada quién escribe según es”.

Marvín Castillo.
Foto tomada del Facebook de Café Las Cúpulas, Oaxaca.

GIRA A MÉXICO. El poeta reconoce que la oportunidad de contar con estudios universitarios le ha dado ciertas ventajas, como trabajar de profesor y tener vacaciones de niño, que a la vez le dan espacio para promocionar su obra. 

En su más reciente visita a México, aprovechó para realizar presentaciones en Oaxaca, gracias al apoyo del poeta Iván Palacios y al Café Las Cúpulas. También tuvo la oportunidad de participar en un evento moderado por el escritor Alvaro Vallarta, con el apoyo de la Congregación Literaria de la Ciudad de México en el Palacio de la Autonomía, UNAM. 

Palacio de la Autonomía, UNAM

Esta última sirvió para llamar la atención del reconocido escritor Ulises Paniagua que también le dio un espacio en su programa de radio y en el taller literario Luxindra.

En el mundo ideal todos publicaríamos con Anagrama, pero ya que no lo estamos cada uno tiene que moverse en la medida que puede. Ahora es más accesible viajar fuera del país para realizar actividades artísticas, pero hay escritores que no se mueven de sus casas. Si yo no me muevo el libro se pierde. La editorial lo respalda a uno en cuanto a la edición, diseño y un par de actividades” 

PERRO AZUL. “El Libro de Jonás” es parte de la colección de poesía de la editorial costarricense Perro Azul, que mantiene una línea de poesía urbana, donde también se han publicado a Felipe Granados, Osvaldo Sauma, María Montero y Luis Chaves, entre muchos grandes poetas.

Actualmente, su obra se puede conseguir en librerías del Valle Central, en Trincheras de Pérez Zeledón o personalmente con el mismo autor y si van a una librería y no lo ven, pregunten ¿por qué no está? tal y como lo solicitó Castillo entre broma y en serio al cerrar esta entrevista.

Bonus track:

Escrito por Mario Gamboa Araya en San José, Costa Rica. Junio de 2020.


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Bibliófila extraterrestre Opinión

Quema de libros, cosa del pasado… (no lo creo)

Los libros siempre han sido considerados material subversivo. Sus contenidos pueden plasmar ideas que pueden cambiar el mundo (para bien o para mal), así que quemarlos siempre ha sido una opción “apropiada” para quienes desean limitar las ideas.

Esta costumbre pirómana contra el conocimiento podría decirse que data desde la aparición de los soportes, La biblioteca de Alejandría ardió porque contenía información que no le era conveniente a algunos líderes.

La inquisición quemó libros y pinturas que consideraban “inmorales” de acuerdo a su línea de pensamiento, Lo mismo pasó en la Alemania Nazi, donde soportes (libros, pinturas, fotografías, y más) vinculados con autoría o creencias judías, fueron quemados públicamente.

Y se pensaría que es una práctica arcaica que quedó en el abandono, porque la barbarie es algo erradicado desde hace mucho… ¡pero no!, aún se utiliza la quema de libros para acabar con fuentes de conocimiento.

Recientemente, se quemó biblioteca en la Universidad de Oriente (UDO) (Venezuela), un incidente presuntamente provocado, donde desapareció la mayoría de la colección.

¿Los responsables?: vándalos, según declaraciones de las autoridades de la Universidad.

¿Las razones?: desconocidas, pero ¿cuál sería la razón para quemar una biblioteca?, un mero acto de vandalismo, una oda a la ignorancia y a la mediocridad o simplemente la mecha perfecta para ver arder todo un edificio… ¡No lo sé!.

El caso es, que saber que una biblioteca desapareció, en un incendio provocado, genera una gran tristeza e impotencia, porque queda claro que no hemos superado la barbarie. La cultura y el conocimiento es vulnerada y vilipendiada, el acceso a la información le fue negado a una comunidad universitaria. La mezquindad de los mediocres se hace poderosa, en algunos casos.

Quemar libros por su contenido, por razones políticas, religiosas o simplemente por brutalidad (de eso hay mucho y por cierto, los libros ayudan para que haya brutos con mejores propósitos) es un acto reprochable.

Hay una verdad irrefutable y es que según Heinrich Heine, «donde se queman libros se terminan quemando también personas», ojalá se tomen cartas en el asunto y se resuelva este crimen cometido en la Universidad de Oriente (UDO), que bien podría considerarse contra la humanidad (para los que amamos las bibliotecas y los libros, esto ha sido como un holocausto)

Pero la resiliencia se ha hecho presente con la iniciativa #YoConstruyoLaBiblioteca, la cual consiste en recibir donaciones bibliográficas para que la Biblioteca de la Universidad de Oriente (UDO) siga ofreciendo acceso libre al conocimiento.

Todo aquel que esté interesado en colaborar, puede escribir a sibiudo.contigo@gmail.com