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Narrativa

Perla Rivera | Cada vez que digo mujer hay un suicidio colectivo de estrellas

Debajo de mi falda

Hace siglos, desde que me hice niña, he podido sacarme el corazón y decorarlo con cintas, clavarle alfileres, dejarlo sangrar y seguir jugando. Hace siglos cuando mis cabellos eran una cascada sobre las piedras, yo volteaba y me sonreí a frente al movimiento del agua, mordía mis labios.

Mis pasos oscilan en una cuerda hecha con mis propias arterias, el abismo no es más que un motivo. Ser mujer fue siempre el salón de los vientos, la música y el aullido.

El vientre ha sido motivo de censura y de espasmos. Olas y mar salvaje que se abre a la vida, que se multiplica en eslabones de ceniza. Un ejército de frases mudas muere con un rostro que se ha anclado en la palma de mi mano, esa mano acusada de fornicar y ceder a los delirios.

No soy de jaulas en mis cuerdas vocales, ni en ningún átomo de mi cuerpo y a pesar de los reparos, cada vez que digo mujer, desnudez, amor, sexo, debajo de mi falda hay un suicidio colectivo de estrellas.

***

Restos

Tu camisa yace todavía en el sillón de mi cuarto, la observo caer como un naufragio que escupe momentos felices mientras escribo en la libreta que hoy es viernes.

Estás en la página agitando tus brazos y arrancándote aquello que más amábamos, el color con el que me hacías reí r y la voz que hiciste canto.

Atardeció muy pronto, no estaba preparada para ver el mar llenarse de gritos. Estoy desnuda ahora, hago figuras con las cicatrices de mi vientre mientras preparo una despedida. Las grietas del piso hacen signos de interrogación a los cuadros que hace unos días cubrían tu cuerpo.

Alguien lo previno, te vio maldecir de diversas formas las frases que me escribías. Ya no eran cantos, eran un cementerio de hojas que me ofrecías en un gesto esquelético que fragmentaba mis alas y me envolvía en una tormenta.

Todo sucedió tan rápido, y las respuestas eran universos afónicos en esta ciudad cada día más sucia, ajena al amor e indiferente hacia aquellos que compramos entradas para un suicidio.

Todo sucedió tan rápido, y me asfixian los edificios y los sitios donde planeábamos hacer el amor como felinos. Es la hora de imitar a los que se han ido justo a tiempo y ven llegar a Artemisa como única salvadora de estas estaciones de papel.

***

Alucinación

Tengo miedo de abrir los ojos y confundir la mañana con un cuadro de Dalí.

Suelo quedarme quieta, como un lince en medio de las sábanas que me susurran verdades cada vez que te invoco.

Estos días cuelgan del árbol del patio, los devora el vacío de la tarde, tarde en la que planeo todavía excursiones a tu cama y me filtro en tu memoria para espantarte el sueño.

Escucho la voz de mi padre azuzando a las aves que vienen del oeste a vestir de sonidos el campo, y a devorar los retoños de las estatuas que amenazan mi locura.

El corazón se agita como un dragón que escupe guirnaldas, a la entrada de una ciudad que no lo escucha.

Mi cuerpo es la lira que entona tormentas, como el acertijo del granizo que baña los techos de las casas vecinas.

Mientras ellos duermen, yo resisto una guerra interior y pongo ojos en la palma de mis manos para acariciarte en mis sueños.
Ahora todo es recuerdo mi amor y actúo como una desquiciada mientras veo parir mortajas al reloj que no perdona.


Perla Lusete Rivera Núñez: Ajuterique, Comayagua, Honduras. Licenciada en Letras y Lenguas y Literatura por la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán en el año 2008. Docente. Ha publicado Sueños de origami el año 2014 por Goblin Editores y Nudo por editorial Malpaso en octubre de 2017.

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Arte y cultura

10 obras de Edward Hopper

Stairway at 48 rue de Lille Paris, 1906
Elizabeth Griffiths Smith Hopper, The Artist’s Mother, 1915-16.
Eleven A.M. 1926
Sunday. 1926
Light at Two Lights, 1927.
Self Portrait, 1930.
New York Movie, 1939
Summer Evening, 1947.
Nighthawks, 1942.

Edward Hopper nació en Nyack, una ciudad a orillas del Hudson, en 1882, y falleció en 1967, en Nueva York. Pintó al óleo y cultivó la acuarela y el aguafuerte. Los libros de arte lo catalogan como un pintor realista, pero el mismo Hopper se autodenominó impresionista y anti-colorista.

Existe un culto a la luz en la pintura cosmopolita. Parece ser que la forma de tratarla determinará el carácter del cuadro. Decir que un cuadro sin luz es fúnebre es simplista: un cuadro puede estar iluminado pero puede transmitir un tema sombrío; pienso en Traslación del cuerpo de San Marcos, de Tintoretto, como una clásica muestra de la luz trabajada para acentuar lo trágico del tema. En Hopper la luz es protagonista, no sirve como un medio. La imagen es una estampa de Estados Unidos —como los trabajos de Thomas Eakins— pero la luz dirá, en la mayor parte, el mensaje de Hopper. Ese mensaje queda a cargo del observador. En su obra hay cuadros que han formado parte del imaginario desde sus primeras retrospectivas. Amanecer dominical, de 1930, y Nighthawks, de 1942, son ejemplos perfectos del uso de la luz en Hopper.

Ningún contenido social en sus obras, dice, y nada de patetismos: el arte es arduo y hay algo más que pintar con el corazón: se requiere técnica y egoísmo.

La luz y la arquitectura. En Hopper, la expresión más trascendente del arte pictórico se vuelve axioma: la luz y las construcciones son irrepetibles. Puede haber patrones, estilos, técnicas, edificios similares e incluso idénticos, pero irrepetibles. La luz puede ser divisible, pero no se repite. Hopper pinta dos momentos modernos: la soledad y la arquitectura. No hay nada más triste y desolado que un edificio vacío. Hopper acostumbraba a pintar un solo modelo —siempre Jo, su esposa— y una construcción. Una luz oblicua y un ser humano estático. Un golpe de realidad a los más radicales.

Por supuesto que Josef Albers también transmite soledad y William de Kooning desesperación, pero en Hopper la desolación juega con los colores y la luz en Mañana en el Cabo Cod La luz dando en el segundo piso. Y dice: «La pintura es un intento de pintar la luz del sol como blanca, sin poner en el blanco ningún pigmento dorado ni amarillo. […] La luz es una fuerza expresiva que tiene mucha importancia para mí, pero no en una forma demasiado consciente. Creo que para mí es una expresión natural». (Edward Hopper: The Artist´s Voice, 1961, K. Kuh). La luz en obras como Gas es una fuerza natural. Habrá que salir a la calle y ver cómo la luz afecta el estado de ánimo en las ciudades.

Habrá que revisitar a Hopper y perderse en la inmensidad de los edificios. De cualquier modo, es inevitable recurrir a las edificaciones para meter en un búnker el tedio de la vida moderna.

Vérkell.

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Nuestra memoria Poesía

Clara Lair | 3 Poemas

Lullaby Mayor
 
Duerme mi niño grande, duerme, mi niño fuerte:
que el juego del amor rinde como la muerte.

Alas le dé a tu sueño el éter de quimeras
que ha dejado en tu rostro tan dolientes ojeras.
Clama le dé a tu sueño el mar de los sentidos
que ha dejado tus brazos tan largos y tendidos.

Duerme, mi niño grande; duerme, mi niño fuerte:
que el juego del amor rinde como la muerte...

(¡Allá afuera es la luna y el marullo del mar
en la fragua del trópico brillando por quemar!
¡Allá afuera es la esencia-veneno del jardín,
y los pérfidos astros
avivando, encendiendo azabache, alabastros
en carne negra y blanca: la caldera sin fin
del trópico
trasmutando los cuerpos al corto cielo erótico!)

Duerme mi niño grande; duerme, mi niño fuerte:
que el juego del amor rinde como la muerte.

(¡Allá afuera es el negro camino de miasmas
y mi sombra acechando tu sombra entre fantasmas!
¡Duerme callado y ágil, vigílame la puerta!
¡Que se va si despierta!)

Me quedaré a tu lado quieta, casta e inerme,
mientras tu alma sueña, mientras tu cuerpo duerme.

Quizá ningún empeño
de mi cuerpo y alma
te dé lo que ese sueño...

Quizá la vida fuerte
es nada ante la calma
que te dará la muerte...

(¡Marullo del mar, cállate; sepúltate coquí!
¡Qué así, dormido o muerto, quién lo aleja de mí!)

Duerme mi niño fuerte; duerme mi niño grande:
el sueño de la vida con la muerte se expande...

(¡Porqué no amará a otra, que ni a mí misma amará!
¡Qué la tierra por siempre sus brazos se desquiciará!

¡Ay si no despertara!)
 
Frivolidad

Y así dije al amado: Marcharemos unidos.
Será tu nombre el eco de todos los sonidos.

Me trazará el camino la huella de tus pasos.
Me abrirá el horizonte la curva de tus brazos.

Le gritaré a la vida: ¡rompe, destroza, daña!
Yo tengo mi refugio: ¡su pecho es la montaña!

Le gritaré a la vida: ¡hunde, flota al azar!
Yo tengo mi oleaje: ¡sus ojos son el mar!

Y lo seguí al afán y a la ilusión del puerto.
Y lo seguí al vacío y al tedio del desierto.

Lo seguí sola y siempre, horas malas y buenas,
en la luz, en las sombras, en flores, en cadenas...

Y lo creí tan fuerte que le fui mansa y suave...
¡Él, el roble potente y yo, la pobre ave!

Y lo creí tan bravo que le fui fiel, sencilla...
¡Él, el mar tumultuoso y yo la quieta orilla!

¡Ay, uní lo infundible, y estreché lo disperso,
y quise hacer del cieno un lago limpio y terso...!

Mis ojos hechos llanto, mis labios hechos trizas...
¡Y su voz implacable pidiendo más sonrisas!

Mi cuerpo en el cilicio sangrando su querella...
Y su voz implacable diciendo: ¡sé más bella!

Mi alma en el infierno aullando su condena...
y su voz implacable diciendo: ¡sé más buena!

¡Carne fácil y blanda a todos los arrimos!
¡Carne blanda y traidora con uñas en los mimos!

Para todas los mismos rápidos arrebatos
Lúbrico cual los perros...falso como los gatos...

Y ahora digo al amante: óyeme, pasajero,
no me preguntes nunca hasta cuándo te quiero.

Si una noche de luna o una copa de vino
nos reúne en la misma revuelta del camino...

No me digas de sueños ni de sombras macabras
háblame solamente palabras, y palabras...

Júrame por la arena que acoge todo paso,
y lo graba o lo borra al azar, al acaso...

Júrame por la espuma que chispea y que brilla,
y que dura un instante de una orilla o otra orilla...

¡Ah, gato sin escrúpulos que a otras faldas se enreda
cuando ya todo es dado, cuando ya nada queda!

No me brindes los mimos de tus uñas, que ahora
sólo quiere collares de esta gata de Angora...!

Tú frívolo, yo frívola...Soy tu igual, camarada.
¡No has de quitarme todo para dejarme nada!

Angustia
 
A veces soy tan lejos, lejos de todo esto.
A nada me acomodo, en nada me recuesto:
Las palmas, los coquíes son sonido, paisaje...
Yo siempre estoy ausente, yo siempre estoy de viaje.
En vano es que mi alma se incendie con afanes
y se prenda a los ojos potentes flamboyanes,
ni que por los caminos se me fugue el anhelo...
para topar de pronto la montaña y el cielo.
...Y el andrajo de pajas del pobre caserío,
y el andrajo de gente y el escuálido río,
y los pueblos cuadrados con la iglesia en el centro
y el cementerio junto: Estanques muertos dentro
del perenne bullir y saltar de las olas,
perenne ante mi alma impaciente y a solas.
Por doquiera que voy, por doquiera que vaya,
en el vaho soporoso de mestizo y quincalla...
La misma semimuerta vida del pueblo atado
por el mar implacable, de costado a costado...
...(Y el hombre de la esquina, ojitorvo y moreno,
que no mira a mis ojos y que mira a mi seno,
que masculla entre dientes una frase lasciva
cuando paso a su lado desdeñosa y altiva...)

¡Y a veces soy tan de ellos y ellos tan míos!
¡Las palmas, los coquíes, el monte, los bohíos...!
¡El escuálido río, que es como mis hazañas,
cintajo de rumores encerrado en montañas!
¡Y mi amor en tinieblas sollozando escondido,
como un triste y oculto coquí despavorido!
¡Y el mar, perenne mar, que me exalta y me abate,
que es como el corazón, en un late que late
perdido en el vacío, y oído, tan oído,
que ya no sé qué lleva ni sé lo que ha traído...!
...(Y el hombre de la esquina, ojitorvo y moreno...
¡Ah qué sienes viriles exaltará mi seno,
que no torne cenizas la llamarada esquiva
que encendiera mi cuerpo su mirada lasciva...!
 
 
Mercedes Negrón Muñoz mejor conocida como Clara Lair, fue una destacada poeta puertorriqueña. Nació en 1895 en el pueblo de Barranquitas. Cursó sus estudios medios en Ponce. En 1918 emigró con su familia a Nueva York. Lugar donde descubre su pasión por la poesía. Durante el tiempo que vivió en Nueva York escribe sus primeros poemas.  En la Universidad de Puerto Rico estudia literatura.  Sus poemarios:  Arras de cristal (1937) Trópico amargo (1950) y Más allá del poniente (1950).  Muere en San Juan de Puerto Rico el 26 de agosto de 1973.

Colaborador: Benito Pastoriza Lyodo, Humacao, Puerto Rico


*Nuestra memoria es una sección de El camaleón que busca recuperar textos de autores fallecidos o injustamente olvidados. La revista no lucra con los textos y siguen siendo propiedad de autores o sus herederos. El camaleón se declara no responsable de cualquier infracción de derechos de autor. Para colaborar envíe el texto, además de una foto del autor, su biografía y el lema: «La presente colaboración está libre de derechos y/o compromisos editoriales» al correo librosdelcamaleon@gmail.com.

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Nuestra memoria Poesía

Almafuerte | Siete Sonetos Medicinales

¡AVANTI!
Si te postran diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas:
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
 
Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el renco des las afrentas
se formaron los santos y las santas.
 
Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
y en cualquier infeliz se me figura
 
que se mellan los garfios de la suerte…
¡Todos los incurables tienen cura,
cinco segundos antes de su muerte!
 
 
¡PIÙ AVANTI!
 
No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo
y arremete feroz, ya mal herido.
 
Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde estupidez del pavo
que amaina su plumaje el primer ruido.
 
Procede como Dios que nunca llora,
o como Lucifer, que nunca reza.
o como el robledal, cuya grandeza
 
necesita del agua y no la implora…
¡Que muerta y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo tu cabeza!
 
 
 
¡MOLTO PIÙ AVANTI!
 
Los que vierten sus lágrimas amantes
sobre las penas que no son sus penas;
los que olvidan el son de sus cadenas
para limpiar las de los otros antes;
 
Los que van por el mundo delirantes
repartiendo su amor a manos llenas,
caen, bajo el peso de sus obras buenas,
sucios, enfermos, trágicos,…¡Sobrantes!
 
¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos!
¡Nunca sigas impulsos compasivos!
¡Ten los garfios del Odio siempre activos
 
los ojos del juez siempre despiertos!
¡Y al echarte en la caja de los muertos,
menosprecia los llantos de los vivos!
 
 
¡MOLTO PIÙ AVANTI ANCORA!
 
El mundo miserable es un estrado
donde todo es estólido y fingido,
donde cada anfitrión anda escondido
su verdadero ser, tras el tocado:
 
No digas tu verdad ni al más amado,
no demuestres temor ni al temido,
no creas que jamás te hayan querido
por más besos de amor que te hayan dado.
 
Mira como la nieve se deslíe
sin que apostrofe al sol su labio yerto,
como ansía las nubes el desierto
 
sin que a ninguna su ansiedad confíe…
¡Trema como el infierno, pero ríe!
¡Vive la vida plena, pero muerto!
 
 
¡MOLTISSIMO PIÙ AVANTI ANCORA!
 
Si en vez de las estúpidas panteras
y los férreos estúpidos leones,
encerrasen dos flacos mocetones
en esa frágil cárcel de las fieras,
 
No habrían de yacer noches enteras
en el blando pajar de sus colchones,
sin esperanzas ya, sin reacciones
lo mismo que dos plácidos horteras;
 
Cual Napoleones pensativos, graves,
no como el tigre sanguinario y maula,
escrutarían palmo a palmo su aula,
 
buscando las rendijas, no las llaves…
¡Seas el que tú seas, ya lo sabes:
a escrutar las rendijas de tu jaula!
 
 
VERA VIOLETA
 
En pos de su nivel se lanza el río
por el gran desnivel de los breñales;
el aire es vendaval, y hay vendavales
por la ley del no fin, del no vacío;
 
la más hermosa espiga del estío
ni sueña con el pan en los trigales;
el más dulce panal de los panales
no declaró jamás: yo no soy mío.
 
Y el sol, el padre sol, el raudo foco
que fomenta la vida en la Natura,
por calentar los polos no se apura,
 
ni se desvía un ápice tampoco:
¡Todo lo alcanzarás, solemne loco,
Siempre que lo permita tu estatura!
 
 
LA YAPA
 
Como una sola estrella no es el cielo,
ni una gota que salta, el Océano,
ni una falange rígida, la mano,
ni una brizna de paja, el santo suelo:
 
tu gimnasia de cárcel, no es el vuelo,
el sublime tramonto soberano,
ni nunca podrá ser anhelo humano
tu miserable personal anhelo.
 
¿Qué saben de lo eterno las esferas;
de las borrascas de la mar, la gota;
de puñetazos, la falange rota;
 
de harina y pan la paja de las eras?...
¡Detente, por piedad, pluma no quieras
que abandone sus armas el idiota!
 

Pedro Bonifacio Palacios (considerado como uno de los cinco sabios de la ciudad de La Plata). Nació en la ciudad de San Justo, provincia de Buenos Aires el 13 de mayo de 1854, murió el 27 de febrero de 1917. De educación modesta, ejerció el magisterio y a través de la enseñanza, buscaba abrir un panorama espiritual en sus alumnos, más que la mera acumulación de conocimientos. Alcanzó notoriedad como periodista polémico y apasionado.

Colaborador: Luis Neptalí Aimacaña Delgado, Quito, Ecuador.


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H. G. Wells | El cono

La noche era calurosa y oscura, el cielo ribeteado de rojo por la prolongada puesta del sol del verano. Ellos se sentaron ante la ventana abierta, tratando de imaginarse que el aire estaba más fresco allí. Los árboles del jardín se mantenían tiesos y sombríos: más lejos, en el camino, ardía un farol a gas, desparramando una luz anaranjada sobre el brumoso azul de la noche. Más allá se veían las tres luces de la señal ferroviaria contra el horizonte. El hombre y la mujer hablaban en voz baja.

—¿No sospechará nada? —preguntó el hombre, algo inquieto.

—¡No! —dijo ella bruscamente, como si eso la irritara—. No piensa en otra cosa que en las obras y en los precios del combustible. No tiene imaginación, ni sensibilidad.

—Ninguno de esos hombres de acero las tienen —dijo él, sentenciosamente—. No tienen corazón.

—Él no lo tiene —contestó ella, volviendo su rostro descontento hacia la ventana. Un distante y ronco sonido se fue acercando, cada vez más fuerte; la casa entera se conmovió. Ya se oía el metálico zumbar de la máquina. Cuando el tren pasó, se produjo un resplandor en el paisaje y luego lo siguió un espeso penacho de humo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho rectángulos negros —ocho vagones— pasaron a través del profundo gris del terraplén y fueron desapareciendo, uno tras otro, en la garganta del túnel que, una vez que pasó el último, parecía haber tragado tren, humo y sonido de un ansioso bocado.

—Este país fue una vez todo frescura y belleza —dijo el hombre—. Y ahora, es Gehena. Camino abajo, no se encuentra más que calderas y chimeneas lanzando fuego y hollín a la faz del cielo… Pero ¿qué importa? Ya se aproxima el fin… el fin de toda esta crueldad. Mañana —pronunció la última palabra en un murmullo.

—Mañana —repitió ella en el mismo tono, sin apartar la vista de la ventana.

—¡Querida! —dijo él tomándole las manos.

Ella se volvió con un sobresalto y los ojos de ambos se buscaron. Los de ella se dulcificaron ante la mirada de él.

—¡Amor mío! —murmuró; y luego—: Parece tan extraño que tú hayas penetrado en mi vida para descubrir…

—¿Para descubrir?…

—Todo este mundo maravilloso —agregó ella, vacilando—. Este mundo de amor ante mí.

De repente la puerta chirrió, cerrándose. Volvieron la cabeza, él en forma violenta. En la penumbra de la habitación surgió una gran figura silenciosa. Ellos vieron el rostro en la media luz, un rostro con inexpresivas cejas oscuras. Todos los músculos del cuerpo de Raut se pusieron tensos: ¿Cuándo se había abierto la puerta? ¿Qué habría oído él? ¿Todo? ¿Qué habría visto? Un aluvión de preguntas.

La voz del recién llegado se dejó oír al fin, después de una pausa que parecía interminable.

—¿Y bien? —dijo.

—Tenía miedo de no encontrarlo, Harrocks —dijo el hombre de la ventana. Su voz era insegura.

La pesada figura de Harrocks salió de la sombra. No respondió a la observación de Raut. Permaneció un momento contemplándolos. El corazón de la mujer estaba helado.

—Le dije a Mr. Raut que era muy posible que volvieras —dijo con voz firme.

Harrocks, aún silencioso, se dejó caer en una silla y cruzó sus grandes manos. Se podía ver el fuego de sus ojos bajo la espesura de las cejas. Estaba tratando de reponerse. Sus ojos iban de la mujer en quien había confiado, al amigo en quien había confiado y luego otra vez a la mujer.

Los tres casi se habían comprendido ya: sin embargo, ninguno osaba pronunciar una palabra que atenuara la incomodidad de la situación.

Fue la voz del marido la que rompió, por fin, el silencio.

—¿Usted quería verme? —dijo, dirigiéndose a Raut.

Este se sobresaltó.

—Vine a verlo —dijo, resuelto a mentir hasta el fin.

—Sí —murmuró Harrocks.

—Usted me prometió —continuó Raut— mostrarme algunos de los hermosos efectos producidos por la luz de la luna y el humo.

—Yo prometí mostrarle algunos efectos producidos por la luz de la luna y el humo —repitió Harrocks con voz incolora.

—Y yo pensé que tal vez podría encontrarlo a usted esta noche, antes de que volviera a las obras —prosiguió Raut— e ir con usted.

Hubo otra pausa. ¿Pensaría tomar la cosa fríamente el hombre? ¿Sabía, después de todo? ¿Cuánto tiempo haría que estaba en la habitación? Sin embargo, cuando oyeron la puerta, sus actitudes…

Harrocks miró el perfil de la mujer, pálido en la penumbra. Luego miró a Raut y pareció recobrarse súbitamente.

—¡Pero es claro! —dijo—. Yo prometí mostrarle el obraje bajo sus propias condiciones dramáticas. Es raro que lo hubiera olvidado…

—Si lo molesto… —comentó Raut.

Harrocks se sobresaltó otra vez. Una nueva luz se divisaba ahora en la oscuridad de sus ojos.

—No, en absoluto —dijo.

—¿Le has estado describiendo a Mr. Raut todos esos contrastes de llamas y sombras que consideras tan bonitos? —preguntó la mujer volviéndose hacia su marido por primera vez, sintiendo renacer su confianza. Su voz estaba solamente medio tono más alta—. ¡Esa horrible teoría suya de que no existe nada más hermoso que las maquinarias!… Ya verá usted, Mr. Raut. Es su gran teoría, su único descubrimiento artístico.

—Soy muy lento para hacer descubrimientos —dijo Harrocks en forma horrible, dejando aterrada a la mujer—. Pero lo que descubro… —Se detuvo.

—¿Bien? —dijo ella.

—Nada —contestó Harrocks levantándose—. Le prometí a usted mostrarle las obras —agregó, dirigiéndose a Raut y colocando su manaza en su hombro—. ¿Está dispuesto a ir?

—Enteramente —contestó Raut poniéndose de pie.

Se produjo otro silencio. Cada cual trataba de espiarse en la oscuridad. La mano de Harrocks descansaba aún sobre el hombro del amigo. Raut casi creía que el incidente había sido trivial, después de todo. Pero Mrs. Harrocks conocía mejor a su marido y comprendió el significado de la horrible calma de su voz. La confusión que reinaba en su mente asumió una vaga forma de locura.

—Muy bien —dijo Harrocks, dejando caer su mano y dirigiéndose hacia la puerta.

—¿Mi sombrero? —Raut miró en torno de la habitación.

—Está en mi costurero —dijo ella, con risa histérica. Sus manos se unieron por detrás de la silla.

—¡Aquí está! —dijo él. La mujer experimentó el impulso de prevenirlo, en voz baja, pero no pudo pronunciar palabra. «¡No vayas!» y «¡Cuídate de él!» lucharon en su mente y el minuto pasó.

—¿Lo encontró? —preguntó Harrocks, manteniendo la puerta semiabierta. Raut fue hacia él.

—Es mejor que le diga adiós a la señora —dijo el marido con una calma todavía más terrible.

Raut se estremeció y luego se volvió.

—Buenas noches, Mrs. Harrocks —dijo y sus manos se tocaron.

Harrocks sostuvo la puerta abierta con una cortesía poco usual en él con los hombres. El otro salió y entonces, después de una silenciosa mirada a su esposa, Harrocks lo siguió. Ella se mantuvo inmóvil, mientras el paso ligero de Raut y el pesado de su marido se oían en el pasillo. La puerta de calle se cerró lentamente. Ella fue hacia la ventana y esperó, ansiosa. Los dos hombres aparecieron fugazmente en el camino, pasaron bajo el farol y fueron ocultados por las masas negras de los árboles. La luz iluminó momentáneamente sus rostros, revelando solamente manchas pálidas que no le dijeron nada de lo que aún tenía y se atormentaba nuevamente por saber. Entonces se sentó, abatida, en el gran sillón, los ojos abiertos, fijos en las luces rojas de los hornos, que se reflejaban en el cielo. Una hora después estaba todavía allí, su actitud escasamente cambiada.

La agresiva quietud de la noche gravitaba sobre Raut, que caminaba junto a Harrocks, en silencio. Una niebla azul, mitad humo, mitad hollín, grandes moles grises y negras, delineadas débilmente por las raras manchas doradas de los faroles. Aquí y allá, una ventana iluminada, el amarillo resplandor de alguna fábrica mantenida en actividad hasta tarde, o algún despacho de bebidas. Fuera de las masas claras y esbeltas contra el cielo, se elevaban las altas chimeneas, casi todas humeantes. Algunas sombras fantásticas mostraban la posición de una hornalla gigantesca o una rueda, grande y negra contra el horizonte rojo. Más cerca estaba la ancha vía del ferrocarril, por donde huían trenes casi invisibles arrojando columnas de humo hacia el cielo. Y a la izquierda, entre la vía férrea y la gran mole del cerro, dominando el paisaje entero, colosales, negrísimos, coronados de humo y caprichosas llamas, se levantaban los enormes cilindros de la Jeddah Company y Blat Furnaces, los edificios centrales de las grandes fundiciones de acero, en donde Harrocks era gerente. Aparecían amenazadores, vomitando llamas, mientras en sus interiores hervía el acero derretido. A sus pies se oía el zumbido de los molinos y el pesado batir del martillo a vapor, que desparramaba al golpear, blancas chispas de acero. Un vagón lleno de combustible fue descargado al interior de uno de los colosos, produciendo una llamarada vivísima y una confusión de humo y hollín que ascendió rápidamente.

—Realmente se pueden obtener magníficos efectos de color con esos hornos —dijo Raut, rompiendo un silencio que se había tornado incómodo.

Harrocks contestó con un gruñido. Estaba parado con las manos en los bolsillos, contemplando, con el entrecejo arrugado, a la vía férrea y a las obras, como tratando de solucionar un problema intrincado.

Raut lo miró y luego desvió la vista hacia la lejanía.

—Todavía no se puede obtener el efecto de la luna —continuó—, está aún empalidecida por los vestigios del día.

Harroks lo miró con la expresión de un hombre que ha despertado de pronto.

—¿Vestigios del día?… Ah, claro, claro. —A su vez miró a la luna descolorida aún en el cielo de verano.— Venga —dijo de repente, y oprimiendo el brazo de Raut, comenzó a caminar a grandes pasos por el sendero que conducía a la vía. Raut forcejeó por retroceder. Los ojos de ambos se encontraron y en un segundo se comunicaron un montón de cosas que los labios se resistían a pronunciar. La mano de Harrocks se cerró aún más y luego aflojó la presión, dejando libre a Raut. Antes de que este se apercibiera de ello, caminaban, tomados del brazo, uno de ellos muy en contra de su voluntad, por el sendero.

—Vea el hermoso efecto de las señales ferroviarias allá hacia Burslem —comenzó Harrocks, tornándose locuaz súbitamente y apretando el codo de Raut—. Pequeñas luces verdes, rojas y blancas, contra la bruma. Usted tiene golpe de vista para estas cosas, Raut. Y mire esos hornos míos cómo se elevan sobre nosotros a medida que bajamos el cerro. Allí, a la derecha, está mi preferido: setenta pies de altura. Lo he cargado yo mismo y por cinco largos años ha hervido alegremente el acero en sus entrañas. Sintiendo una particular predilección por él. Allá, a la izquierda, ¿ve usted las chispas que produce el martillo?, están los molinos. Oiga cómo repercuten en la tierra los golpes de martillo. ¡Venga!

Tuvo que dejar de hablar para respirar. Su brazo oprimía el de Raut, estrechamente, y descendía el cerro a trancos presurosos y desordenados, como si estuviera poseído. Raut no había pronunciado una palabra: solamente se limitaba a resistir, con todas sus fuerzas, a los tirones de Harrocks.

—¡Dígame! —exclamó al fin, riendo nerviosamente—. ¿Por qué diablos me arrastra en esta forma? ¿Y por qué me oprime tan fuertemente el brazo?

Harrocks lo soltó. Sus maneras cambiaron nuevamente.

—¿Le oprimía el brazo? —dijo—. Lo siento. Pero fue usted quien me enseñó a caminar en esa manera amistosa.

—Todavía no ha aprendido esos refinamientos, entonces —contestó Raut, riendo forzadamente otra vez—. ¡Demonios! Estoy todo negro y azul. —Harrocks no se disculpó. Se detuvieron ahora a los pies del cerro, cerca de la empalizada que rodeaba la vía. Delante de ellos, al lado de la barrera, surgía un letrero que ostentaba la inscripción aún visible de: «Cuidado con los trenes».

—Bellísimos efectos —dijo Harrocks—. Allí viene un tren. Los penachos de humo, el resplandor, el redondo ojo de luz al frente, el melodioso ronquido. ¡Muy lindo efecto! Pero esos hornos míos eran mucho mejores antes de que arrojáramos conos en sus gargantas, para aprovechar el gas.

—¿Cómo? —preguntó Raut—. ¿Conos?

—Conos, mi amigo, conos. Ya le mostraré uno. Antes, las llamas lanzaban fuera de las gargantas abiertas grandes columnas de humo, durante el día, y nubes de fuego y humo negro y rojo, por la noche. Ahora lo recogemos en tubos y los hacemos arder para calentar los hornos, cerrando sus bocas con un cono. Yo sé que le interesará ese cono.

—Sin embargo, a veces se contemplan, allá arriba, verdaderas explosiones de fuego y humo.

—Es que el cono no está fijo: está sujeto a una palanca por medio de una cadena, y se balancea gracias a un contrapeso. Ya lo verá de cerca. De otra manera, sería imposible arrojar combustible al interior del horno. De vez en cuando, el cono se introduce allí y recoge el vapor y las llamas.

—Ya comprendo —dijo Raut, mirando sobre el hombro—. La luna ya está más brillante —agregó.

—Venga —exclamó Harrocks abruptamente, oprimiendo de nuevo el hombro de Raut y conduciéndolo bruscamente hacia el cruce de la vía. Entonces se produjo uno de esos incidentes, vívidos, pero tan rápidos, que lo dejan a uno lleno de dudas. En la mitad del camino, Harrocks, volviéndose de súbito, empujó a Raut con fuerza, haciendo que este girara sobre sí mismo y quedara de frente a la vía. En eso, una larga cadena luminosa, formada por las ventanillas de los vagones, reverberó ligeramente al avanzar, y las luces rojas y amarillas de la locomotora se agrandaban cada vez más, abalanzándose hacia él. Al comprender lo que esto significaba se volvió hacia Harrocks y empujó con toda su fuerza el brazo que lo sostenía en medio de los rieles. La lucha no alcanzó a durar un segundo. Así como fue cierto que Harrocks lo sostuviera allí, no lo fue menos el que él mismo lo arrancara violentamente del peligro.

—¡Ya salimos del paso! —dijo Harrocks, respirando aliviado, mientras veía pasar el tren.

—No lo vi venir —contestó con calma Raut, tratando de aparentar una tranquilidad que no sentía—. Por un momento mis nervios flaquearon. —Harrocks se mantuvo inmóvil por un momento y luego, con brusquedad, se volvió hacia las fundiciones de acero.

—¡Vea qué hermosos parecen en la oscuridad esos grandes baluartes formados de ladrillos amontonados! ¡Aquel vagón, más lejos, arriba nuestro! Por aquí se va hacia los hornos, pero quiero mostrarle antes el canal. —Así diciendo tomó de nuevo el brazo de Raut y caminaron juntos. Raut contestaba con vaguedad a las observaciones del otro. Se preguntaba qué sería lo que verdaderamente había sucedido en la vía férrea. ¿Se estaría atormentando con vanos temores o era que realmente Harrocks había querido arrojarlo al paso del tren? ¿Habría estado a punto de ser asesinado? ¿Y si ese monstruo supiera algo? Por un instante Raut temió seriamente por su vida; pero ese temor pasó cuando comenzó a razonar. Después de todo, Harrocks podía no haber oído nada. De cualquier manera, lo arrancó a tiempo de la vía. Su proceder extraño se debía, quizás, a los vagos celos que había demostrado una vez. Ahora hablaba del canal. —¿No es cierto? —decía.

—¿El qué? —preguntó Raut—. ¡Ah!… ¡Qué hermoso! La luna entre la niebla.

—Nuestro canal —dijo Harrocks deteniéndose de pronto—. Nuestro canal a la luz de la luna y del fuego produce un hermoso efecto. ¿Nunca lo había visto? ¡Claro que no! ¡Tantas noches que ha perdido vagando por Newcastle! Ya le digo: para efectos bellos… Pero ya verá usted. Agua hirviendo…

A medida que se alejaban de los montones de carbón, ladrillos y minerales, los ruidos del molino resonaban sobre ellos, fuertes, cercanos y distintos. Tres trabajadores pasaron y se llevaron la mano a la gorra al ver a Harrocks. Sus rostros no se distinguían en la oscuridad. Raut experimentó el súbito impulso de dirigirse a ellos, pero antes de que pudiera formular una palabra, se alejaron entre la sombra. Harrocks señalaba ahora que se levantaban hasta cerca de cincuenta yardas, producían una constante sucesión de fantasmas negros y rojos, surgidos de los remolinos, en un incesante movimiento que hacía vacilar la cabeza. Raut se mantenía alejado del borde del canal y observaba a Harrocks.

—Aquí es rojo —decía este—, vapor rojo sangre, tan rojo y ardiente como el pecado; pero más lejos, bajo los rayos de la luna, es tan blanco como la muerte.

Raut volvió la cabeza y luego se apresuró a reanudar su vigilancia sobre Harrocks.

—Vamos a los molinos —dijo este. Las intenciones que Raut creía notar en él no fueron tan evidentes esta vez y se sintió algo reanimado. Pero, de cualquier modo, ¿qué diablos habría querido significar al decir «blanco como la muerte» y «rojo como el pecado»? ¿Coincidencia, quizás?

Llegaron a los molinos, donde, en medio de un incesante estrépito, el martillo automático extraía el jugo del suculento acero, y ennegrecidos y medio desnudos, titanes deslizaban las barras, plásticas como cera, entre las ruedas.

—Venga —murmuró Harrocks al oído de Raut, conduciéndolo hasta uno de los hornos. Espiando por uno de los pequeños agujeros de vidrio de la parte baja, pudieron contemplar el fuego que crepitaba en el interior. El intenso resplandor los cegó momentáneamente. Luego fueron hacia el ascensor que servía para transportar los vagones cargados de combustible hacia la cima del gran cilindro.

Una vez sobre la estrecha barandilla que se cernía sobre el horno, el temor volvió a asaltar a Raut. ¿Era prudente permanecer allí? ¿Y si Harrocks supiera todo? No pudo impedir un violento temblor. Justo debajo de ellos había una profundidad de setenta pies. Era un sitio peligroso. Tuvieron que empujar un vagón lleno de carbón, para llegar a la baranda que coronaba el lugar. El humo del horno parecía hacer ondular los distantes cerros de Hanley. El canal corría debajo de un puente que no se distinguía y desaparecía en la espesa niebla de Burslem.

—Ese es el cono de que le hablaba —gritó Harrocks—. Y debajo, sesenta pies de metal derretido.

Raut, sosteniéndose fuertemente del pasamanos, miró al cono. El calor era intenso y el hervor del acero acompañaba fragorosamente a la voz de Harrocks. Pero, «aquello» debía haber pasado ahora. Quizás, después de todo…

—En el centro —gritaba Harrocks— hay una temperatura cercana a los mil grados. Si usted fuera arrojado allí… crepitaría entre las llamas como una pizca de pólvora en la llama de una vela. Y ese cono, allá… La superficie tiene una temperatura de trescientos grados.

—¡Trescientos grados! —exclamó Raut.

—Trescientos centígrados, quise decir. Eso haría hervir su sangre en un segundo.

—¿Eh? —gritó Raut, volviéndose.

—Hervir su sangre en menos de… ¡No! ¡Usted no se irá!

—¡Déjeme! —gritaba Raut—. ¡Suelte mi brazo!

Se asió desesperadamente a la baranda, con una mano y después con las dos. Por un momento los dos hombres estuvieron balanceándose. Luego Harrocks, con un violento empellón, desprendió a Raut de su sostén. Este pegó un manotón, tratando de apoyarse en Harrocks, pero falló y sus pies encontraron el vacío. Cayó retorciéndose en el aire y entonces, mejillas, hombros y rodillas golpearon conjuntamente la candente superficie del cono. Se prendió desesperadamente a la cadena que sujetaba el cono y al hacerlo, este se hundió imperceptiblemente. Un círculo rojo apareció a su alrededor y una llamarada libertada de entre el caos que reinaba en el interior ascendió hasta él. Comenzó a sentir un espantoso dolor en las rodillas y pudo percibir el olor a chamuscado que despedían sus manos. Penosamente se puso de pie, tratando de escalar la cadena, y algo le golpeó en la cabeza. Harrocks permanecía en la barandilla, al lado del vagón de combustible, gesticulando y gritando:

—¡Hierve, loco! ¡Hierve, cazador de mujeres! ¡Hierve! ¡Hierve!

De pronto sacó un puñado de carbones del camión y los fue arrojando deliberadamente, uno por uno, a la cabeza de Raut.

—¡Harrocks! —gemía este—. ¡Harrocks!

Sollozando, se asía a la cadena con ambas manos, tratando de escapar al terrible calor del cono. Sus ropas comenzaron a inflamarse y mientras forcejeaba, el cono cayó: una sofocante ola de calor comenzó a rodearlo y tremendas lenguas de fuego se abalanzaron hacia él.

Todo vestigio de apariencia humana había desaparecido de Raut. Cuando el resplandor momentáneo pasó, Harrocks vio una figura ennegrecida y achicharrada, con la cabeza cubierta de sangre, aún luchando en medio de su agonía. Un animal reducido casi a cenizas, una inhumana y monstruosa criatura que comenzó a exhalar un sollozante e interminable chillido.

A la vista de semejante espectáculo, el odio de Harrocks se fue apaciguando. Un horrible malestar comenzó a invadirlo. El olor de la carne quemada llegaba, penetrante, hasta él y su locura desapareció.

—¡Dios tenga piedad de mí! —gritó—. ¡Oh, Dios! ¿Qué he hecho? —Sabía que «la cosa» que aún estaba debajo, aunque se movía y sentía, era ya un hombre muerto, y que toda la sangre estaría hirviendo en las venas. Una inmensa piedad hacia la agonía horrible del desgraciado comenzó a desalojar de su mente cualquier otro sentimiento. Se detuvo, algo indeciso y luego, volviéndose hacia el vagón, volcó presuroso su contenido sobre lo que una vez había sido un hombre. El chillido cesó y una hirviente confusión de humo, polvo y llamas se levantó hacia él. Cuando pasó, pudo ver el cono, despejado otra vez.

Luego, bamboleándose, volvió a tomarse fuertemente del pasamanos. Sus labios se movieron, pero no pudieron formular una palabra.

Abajo, se oía un rumor de voces y de pasos rápidos. El fragor del molino cesó bruscamente.


Herbert George Wells (Bromley, 21 de septiembre de 1866-Londres, 13 de agosto de 1946),1​ más conocido como H. G. Wells, fue un escritor, y novelista británico. Wells fue un autor prolífico que escribió en diversos géneros, ciencia ficción, docenas de novelas, relatos cortos, obras de crítica social, sátiras, biografías y autobiografías. Es recordado por sus novelas de ciencia ficción y es frecuentemente citado como el «padre de la ciencia ficción» junto con Julio Verne y Hugo Gernsback.


Este relato se publica únicamente con motivos de difusión. Apareció originalmente en el libro Cuentos para leer los sábados, una antología de relatos elegidos por J. L. Borges y U. Petit de Murat para Crítica.

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Narrativa

Liliana Hernández Almazán | Instrucciones para enterrar un vivo

Finalmente, se encuentra en la azotea. Introduzca primero el pie izquierdo en el agua, luego el derecho unos segundos. Sienta por primera vez el agua correr por su vergonzosa y pálida piel. El agua es tan clara y cálida que no ha notado que está en lo alto de un edificio. Vea el horizonte, ese espejo radiante, saturado de naranjas y ocres, vea el ocaso, los rascacielos, ¡qué sé yo! Lentamente, se da cuenta de que no es la única persona. Primero reconoce una silueta alargada, inmóvil, como petrificada, solemne. ¡No se mueva! El sol ahora muestra solo una mísera parte de su ser. Siente usted la inquietud de dirigirse a este hombre, queda claro que es un hombre.

No será necesario concederle un nombre, solo los muertos lo necesitan. Y hablando de muertos, solo los muertos pasean por las huertas enormes, reconocen rincones, huelen el azahar. Los muertos contemplan, vienen y van, sueñan con aquel despeñadero cruzar. Ahora olvídese de los muertos, usted está más viva que nunca, tampoco necesita un nombre.

Usted se acerca a él, le regala un beso, no sabe cuánto tiempo pasa, pero al retirar poco a poco su cara, se siente asombrada. Usted recibe una sonrisa y un reproche, lo entiende perfectamente y permanece inmóvil. Llegó la hora, es momento ya. Allí está, baja la mirada como por casualidad. Primero lo reconoce por su color, una gran mancha rosada, con intentos de naranja en su derredor. Allí aparece junto a usted: un cangrejo.


Liliana Hernández Almazán (San Luis Potosí, México). Se dedica al psicoanálisis desde hace 5 años. Su interés por la literatura surgió desde la niñez. Este relato fue publicado originalmente en El camaleón III.

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Tania Hernández | Gotas de agua

El cielo de la noche anunciaba tormenta. Primero la lluviecita de los pasos de mi mamá yendo a la cocina, como gotitas de agua que van pidiéndole permiso al suelo, para que no se enoje, para que no invoque el chaparrón que todo lo inunda, que todo lo disuelve. La vista nublada por los sollozos casi inaudibles de un miedo conocido. De pronto, la luz de la sala se enciende, la puerta se cierra en un trueno. Un rayo, un trueno: es mi padre, es el viento, es el huracán que entra. La voz de papá cayendo en aguacero que aplasta sin piedad.

Meto la cabeza bajo la chamarra, pero no puedo dormir. Tengo miedo de que al despertar encuentre la casa inundada y a mi mamá ahogada en un torrente de gritos, de insultos y de maltratos. Tengo miedo que, entre sueños, la humedad de mi propio llanto no me deje respirar.

El miedo. El miedo moja, el miedo arrasa, el miedo inunda. Hoy lo vi inundando los ojos de mi hijo. Se derramaba en gotas por sus mejillas. Y detrás del miedo me vi a mí mismo, convertido en tempestad. Convertido en un maldito plagio de lo que fue mi padre.


Tania Hernández nació en Guatemala, Ciudad. Es Ingeniera en Sistemas e Informática, con estudios de Filología Latinoamericana y Análisis Fílmico. Ha participado en varias publicaciones antológicas y así como en revistas y diarios locales. Cuenta con tres libros de cuentos cortos publicados: Love veintediez de Editorial Sin Tecomates, Desnudar santos de edición conjunta de La Maleta Ilegal y Alas de Barrilete, y Cuentos para adultos fantásticos de Editorial Alambique.


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Poesía

Claudia Piccinno | Mantos de olvido

Coltri d’oblio
 
Braccia s’allungano,
mani s’intersecano,
dita che graffiano
per squarciare
un tulle di malinconia.
Rami spigolosi e scarni
cercano l’azzurro del giorno
sepolto sotto coltri d’oblio.
Ombre cinesi danzano
riflesse allo specchio
di un cielo sospeso
tra il com’é
e il come vorrebbe essere!
 
Mantos de olvido
 
Brazos que se alargan,
manos que se entrelazan,
dedos que rasguñan
hasta desgarrar
un tul de melancolía.
Ramas afiladas y esbeltas
buscan el azul del día
enterrado bajo mantos de olvido.
¡Sombras chinescas danzan
reflejadas en el espejo
de un cielo suspendido
entre el cómo es
y el cómo le gustaría ser!

Claudia Piccinno (Italia). Es Directora del World Festival of Poetry. Ha recibido el l’Ape d’Argento 2019, por parte del municipio de Castel Maggiore (Boloña). En abril 2017 se le otorgó el premio World Icon for Peace en la ciudad de Ondo en Nigeria. Ganó el premio literario Naji Naaman 2018, en el Líbano. Ha escrito numerosos ensayos críticos o prólogos para libros de otros poetas. Ha traducido gran cantidad de autores del inglés al italiano.

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Narrativa

Mayevi Hadith | El bosque

Hace un tiempo descubrí un bosque cerca de mi casa. Caminaba cerca y vi muchísimas huellas que se adentraban en él. Me propuse que alguna tarde iría a explorar para seguirlas y saber a dónde se dirigían.

Pasé varios días haciendo los preparativos para mi incursión al bosque. Debía estar lista para lo que pudiera encontrar. Las huellas no parecían de animal sino como de algún hombrecito, apenas marcadas en el suelo. Después de mi descubrimiento tomé algunas capturas con el teléfono de mi mamá. Luego, le pedí que me lo volviera a prestar para tomar fotografías en el bosque. Me preguntó qué querría fotografiar allí y le conté que no sabía exactamente, pero que sospechaba que podría tratarse de alguna ciudad de hombrecitos.

Cuando menciono estas cosas, mamá ya no me dice nada. Supongo que me cree, aunque le cueste un poco. Para mí también era increíble que hombrecitos pudieran vivir en el bosque y sin ser descubiertos. A veces los adultos se niegan a creer que los chicos estemos más despiertos para darnos cuenta de cosas tan pequeñas como esa. Siempre creen que somos diminutos y que todo lo vemos enorme, pero en realidad nos fijamos más en lo que es pequeño porque podemos sentirnos iguales.  En cambio, todo lo que es grande nos sorprende y es tan lejanos a nosotros. No nos preocupamos por ser mayores, pero sí por no dejar de ser niños.  Mamá me ha dicho que algún día seré adulta. Tal vez si crezco pierda el interés por el bosque, los hombrecitos y el millón de huellas que encontré.

A mi abuela también le conté de mi hallazgo y le pregunté qué creía que podría ser. Dijo que nada de lo que conoce deja huellas como las que fotografié. Pensaba que tal vez si sólo se aparecen para mí, significa que tengo algo especial. Yo no podía decir eso de las personas, las veía iguales a todas, menos a mi mamá y a la abuela porque viven conmigo y las quiero.

Llegada la tarde seleccionada, terminé de hacer mi mochila para el viaje al bosque. Segura de llevar el celular con la cámara, una linterna, galletas para compartir con los hombrecitos. Metí mis campanas y cascabeles porque en los cuentos dicen que a los duendes les gusta la música. Solo esperaba que sí fueran amigables y no monstruosos. Esperaba hacer amigos para jugar.

Me encaminé y esperé poder encontrar en el bosque el montón de huellas para seguirlas. Deseaba verlas allí y descubrir de qué se trataban.  


Mayevi Hadith (1993, Guatemala). Participó en la antología Flores de luna, publicada en el Festival Grito de Mujer Chihuahua, México en 2019. Ha participado en diferentes antologías internacionales en formato digital. Su cuento El hospicio forma parte de la antología de cuentos de fantasía y horror El camino del abismo, publicada por la editorial cartonera Alambique. Publica sus escritos en su Instagram personal (@mhady_7).

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Montserrath Campos Sánchez | Bar Central

Marina entra al bar vestida de mallas verdes y suéter rojo. Demasiado flaca para provocar una erección, pero muy disponible para cualquier borracho. Pide una michelada en un vaso de plástico. No quiere perder tiempo por si consigue “paro” para seguir la fiesta, allá entre los arbustos.

Marina debió de ser cantante. Se contonea y abre la boca como una soprano. Con urgencia, desgarra su media y muestra una pierna lacerada, herida por algún adicto que no encontró la puerta. Su cabello reseco y gris, habla de las noches sin bañarse. Ella sabe que su olor también seduce.

En el bar suena una canción triste. El Príncipe ahora un esqueleto, nos dice: “Ya lo pasado, pasado”; pero no pasa. Marina todavía sufre al recordar su primera menstruación: Señorita para que alguien la penetre sin preguntar su nombre.

Marina va al baño a defecar la lujuria que conoció desde niña. Lleva una cubeta para que nadie sepa que siempre quiso ser una Virgen.

La veo bailar. Quisiera contarle de los sueños, de esos que dicen que hay vida en otro pueblo. Pero la ciudad duerme, alguien ha tomado los focos.

Marina por fin consigue un cliente. Le toma la mano y sin pudor la dirige a su vagina; debe ser directa para que el siguiente pez nade entre sus piernas. Baila porque la noche es un rompecabezas que armamos todos. Mientras más se apaga la luz, ella le gime a un oído borracho por diciembre.

No se siente inferior por la morena de vestido rojo, su enemiga. Aún sin mostrar los senos, sabe que alguien le tocará el pezón por unos cuantos pesos. “Hay que compartir”, piensa, y me mira para seducirme. Pero estoy demasiado borracho para entrar siquiera a su mirada.

La conozco de tiempo, sentados siempre de frente mirando evaporar la noche. Alguna vez, estuve embrujado por la mugre que destellaba en su frente, y quise lamerla, pero la falta de tabaco me secaba la boca. Ahora, mientras desesperada es una moneda de cambio, busco mi billetera para llamarla.

La veo irse. Tropezar con otras manos que burlonamente le tocan la entrepierna. Somos dos vagabundos buscando un hogar. Mañana la veré seguramente; desde lejos imaginaré su grito en la banqueta.

Mientras el bar nos reciba, seremos tiburones; mientras la luz se apague, seremos un marino sin un barco.

Enamorado de Marina me corto debajo del zíper, ansioso de que alguien me bese las entrañas.

En el pueblo todos somos prostitutos. He perdido el pudor. También quise ser un Santo; un párroco para masturbar niños temerosos.


Montserrath Campos Sánchez (Celaya, Gto. 1984). Estudió la licenciatura en Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato, y actualmente estudia la Maestría en Literatura Hispanoamérica en la misma institución. Ha publicado los poemarios: Duermevela (Editorial La Rana, 2011) y Dos Infancias (Editorial La Rana, 2018) y, el libro de cuentos ¿Quién es Paola Vargas? (Ficticia, 2016). Su poesía ha sido antologizada en Poesía en rojo (Centro de Estudios de la Cultura Mixteca, 2015)en Diez poetas de Guanajuato 1982-1996 (Revista Punto de Partida, UNAM. Núm. 209) así como en Las Avenidas del Cielo (Universidad Autónoma de Aguascalientes en coedición con la Universidad de Guanajuato, 2018). En el 2019 recibió Mención Honorífica en los Premios León 2019, en la categoría de cuento corto.

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Grizel Delgado | La cocodrila

Mamá y yo fuimos al zoológico sin papá. Por fin se atrevió a salir de casa solo conmigo. Fue su idea, quería que nos divirtiéramos. Días antes leyó libros de animales y miró documentales sobre gacelas y delfines. Tenía miedo de estar a solas conmigo, en un lugar tan grande y no saber qué decirme.

Me explicó todo lo que es posible saber acerca del león africano y la cebra. Me describió cuán áspera puede ser la lengua de una jirafa. Mamá lo había aprendido todo sobre animales. Incluso, cuando fuimos a ver cómo aseaban a los elefantes, fue la primera en formarse para que yo pudiera alimentarlos.

Animal que visitábamos, animal que me describía. Seguramente era la visita perfecta que se imaginó ella. Pero antes de concluirla llamó mi padre y pidió hablar conmigo. Ella me dio su teléfono y fue a sentarse frente a los cocodrilos en una banca con poca sombra.

Papá y yo hablamos un poco y colgamos. Mamá seguía sentada. Yo le devolví el celular y vi que ella se limpiaba una lágrima.

–¿Qué pasa? –le pregunté.

Ella me devolvió la sonrisa falsa más perfecta que pudo y luego me dijo:

–Los cocodrilos son animales de sangre fría.

                Yo me senté a su lado. Me recosté en su hombro. Quizás eso fue lo que me gustó de la visita con mi madre. Nos quedamos callados y observamos a un cocodrilo de fauces abiertas que parecía estar muerto porque no se movía para nada.

–Dan un poco de miedo –pensé en voz alta.

–Tienen unas mandíbulas terribles que por ningún motivo dejan escapar a su presa– dijo y luego se dirigió a mí–. ¿Qué te dijo?

–Que vamos a la feria el próximo domingo… Estará la abuela.

–Qué bien –dijo sin entonación.

Miró el reloj. Yo la detuve. Todavía teníamos tiempo.

–Esa de ahí es una cocodrila –dije–. Está muy gorda, seguro que está embarazada.

Mamá se rio de mí.

–Los cocodrilos ponen huevos.

–¿En serio?

–Sí. Las hembras cuidan durante 3 meses los huevos. Hay muchos depredadores pero ellas son muy efectivas en su trabajo.

–Como tú… ¿Qué más hacen las cocodrilas?

–Los cuidan en un nido durante todo el día aun después de nacidos porque son presa fácil los primeros meses.

–Como tú me cuidaste –interrumpí–. ¿Qué más hacen las cocodrilas? –busqué un abrazo suyo. Ella entendió la verdadera pregunta que le hacía.

                –Leen y cocinan. Saben andar en bici. Algunas son madres y padres a la vez y pelean a golpes con los cocodrilos. A veces pierden. Respetan a las demás personas, les gusta nadar y hacer deporte. Beben alcohol pero no en exceso, no como los cocodrilos. Les gusta besar a sus críos y acariciarles el lomo con su piel dura y áspera. Así son las cocodrilas.

De repente, mientras veíamos al cocodrilo, éste soltó una lágrima.

                –Está llorando –dije.

                Ella negó.

                –No, hijo. El cocodrilo no llora. Sólo está lubricando los ojos.


Grizel Delgado (1982, Cd. de México), realizó estudios de licenciatura en la Universidad Autónoma de México y de Posgrado en la Universidad de Düsseldorf. Es editora, correctora y reseñista. Ha publicado cuentos en las revistas mexicanas La Colmena, Palabrijes y Punto en línea. Ha ganado certámenes de cuento en universidades mexicanas y en concursos en España. Es autora de la novela juvenil “Tu abuela en bicicleta” (recomendación IBBY México, 2018), del cuento infantil “El misterio de Zacango”, premiado por el certamen de Literatura infantil (2014) de la UAEM. Reside en Berlín donde trabaja como editora.

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Ensayo Nuestra memoria

Imre Kertész | Eureka: discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura

Antes que nada, les debo a ustedes una confesión, una confesión tal vez peculiar, pero sincera. Desde el instante en que subí al avión para venir aquí, a Estocolmo, a recibir el premio Nobel de Literatura que me ha sido concedido este año, no he dejado de percibir en la espalda la mirada penetrante de un observador impasible. Y en este momento solemne que me sitúa de pronto en el centro de la atención general, me identifico más con este testigo imperturbable que con el escritor que de repente es leído en todo el mundo. Sólo confío en que el discurso que pronuncie en esta ocasión tan señalada me ayude a acabar con esta dualidad, a unir por fin a las dos personas que conviven dentro de mí.

Todavía me cuesta comprender la aporía que percibo entre esta alta distinción y mi obra o, mejor dicho, mi vida. Es posible que haya vivido demasiado tiempo bajo dictaduras, en un entorno intelectual hostil y desesperadamente ajeno, para poder tomar conciencia de cierto valor literario: era una cuestión sobre la cual simplemente no valía la pena reflexionar. Es más, en todas partes se me daba a entender que aquello sobre lo cual reflexionaba, el llamado «tema» que me ocupaba, estaba superado por el tiempo y carecía de atractivo. Por esta causa, y porque coincidía con mis convicciones, siempre he considerado la escritura un asunto estrictamente privado.


Decir que se trata de un asunto privado no excluye de ninguna manera que sea serio, aunque pareciera un poco ridículo en un mundo en el que sólo la mentira se tomaba en serio. El axioma filosófico afirmaba que el mundo es la realidad objetiva que existe independientemente de nosotros. Un espléndido día de primavera de 1955, sin embargo, comprendí de repente que sólo existía una realidad, yo, mi vida, este regalo frágil de duración incierta que unos poderes extraños y desconocidos habían expropiado, nacionalizado, marcado y precintado, y que yo había de recuperar del Moloc monstruoso llamado Historia, porque mi vida sólo me pertenecía a mí y debía disponer, por tanto, de ella.


Sea como fuere, esto hizo que me opusiera radicalmente a todo cuanto me rodeaba, que si bien no era la realidad objetiva, sí era innegable. Hablo de la Hungría comunista, del socialismo «próspero y radiante». Si el mundo es la realidad objetiva que existe independientemente de nosotros, el individuo no es más que un objeto, incluso para sí mismo; y la historia de su vida es tan sólo una serie de azares históricos incoherentes que lo pueden asombrar, pero con los cuales no guarda relación alguna. De nada le serviría ordenarlos en un conjunto coherente, pues presentan muchos más aspectos objetivos, y el yo subjetivo no puede asumir la responsabilidad por ellos.


Al cabo de un año, en 1956, estalló la revolución húngara. Por un instante, el país se volvió subjetivo. Pero los tanques soviéticos enseguida restablecieron la objetividad. Aun a riesgo de parecer irónico, les ruego que piensen en qué se han convertido el lenguaje y las palabras en el transcurso del siglo XX. Considero probable que el descubrimiento más importante y estremecedor de los escritores de nuestro tiempo es que la lengua, tal como la hemos heredado de una época cultural anterior a la nuestra, es simplemente incapaz de representar los procesos reales, los conceptos que en otros tiempos eran inequívocos. Piensen ustedes en Kafka, piensen en Orwell, entre cuyas manos el lenguaje antiguo se fundía, como si lo hubieran puesto al fuego, para mostrar acto seguido las cenizas de las que surgirían imágenes nuevas, hasta entonces desconocidas.


No obstante, me gustaría volver a mi asunto estrictamente personal, la escritura. Hay cuestiones que alguien en mi situación ni siquiera se plantea. Jean-Paul Sartre dedicó, por ejemplo, todo un opúsculo a la pregunta «¿para quién escribimos?». Es una pregunta interesante que, sin embargo, puede ser peligrosa, y doy gracias al destino por que no haya tenido que pensar nunca en ella. Veamos en qué consiste este peligro. Si elegimos, pongamos por caso, una clase social en la que queremos influir además de gustarle, debemos mirar primero nuestro estilo y preguntarnos si nos sirve para conseguir el efecto deseado. Las dudas no tardarán en asaltar al escritor; y el problema es que en todo caso estará entretenido observándose a sí mismo. Además, ¿cómo saber qué es lo que realmente desea su público, qué es lo que le agrada? Al fin y al cabo, no puede interrogar a todos y cada uno de los individuos. Por otra parte, si lo hiciera, tampoco le serviría de nada. El único punto de partida posible es la idea que él tiene de su público, las exigencias que él le atribuye, la pregunta de qué surtiría sobre él ese efecto que desea conseguir. ¿Para quién escribe, pues, el escritor? La respuesta es evidente: para sí mismo.

Puedo afirmar, como mínimo, que llegué a esta respuesta sin desviarme. La verdad es que mi caso era más sencillo: no tenía público ni quería influir en nadie. No empecé a escribir por un objetivo preciso y lo que escribía no estaba dirigido a nadie. Y si mi escritura tenía un propósito definible, ése era la fidelidad formal y lingüística a mí mismo, y nada más. Resultaba importante precisarlo en aquella época triste y ridícula de la literatura dirigida por el Estado y de la llamada literatura comprometida.


En cambio, me sería más difícil responder a la pregunta, formulada con razón y con cierto escepticismo, de por qué escribimos. Esta vez también he tenido suerte, porque nunca se me planteó la posibilidad de elegir al respecto. He descrito fielmente este hecho en mi novela Fiasco. Estaba en el pasillo desierto de un edificio de oficinas cuando oí resonar unos pasos en un corredor perpendicular. Una emoción particular se adueñó de mí, porque los pasos se acercaban, y aunque pertenecían a una sola persona a la que no veía, de repente me dio la impresión de oír andar a centenares de miles de individuos. Era como si se aproximara una columna de personas con pasos retumbantes, y entonces comprendí la fuerza de atracción de aquel desfile, de aquellos pasos. Allí, en el pasillo, entendí en un solo instante el éxtasis del abandono de sí mismo, el placer embriagador de perderse en la masa, lo que Nietzsche denominó —en otro contexto, desde luego, pero de forma claramente pertinente— la experiencia dionisiaca. Una fuerza casi física me impulsaba y me atraía hacia las filas, sentía que me tenía que arrimar a la pared, y apretarme contra ella, para no ceder al magnetismo tentador.


Describo ese momento intenso tal como lo viví; como si su origen, desde donde surgió cual una visión, se hallara fuera de mí y no en mí mismo. Todos los artistas han vivido momentos como éste. Antes se llamaban inspiraciones repentinas. Pero yo no definiría esta experiencia como una vivencia artística, sino más bien como una toma de conciencia existencial. No me dio mi arte —cuyas herramientas tardé en conseguir—, sino mi vida, que casi había perdido. Trataba de la soledad, de una vida más difícil, de aquello a lo que me refería antes: salir de la marcha embriagadora, de la historia que despoja al hombre de su personalidad y de su destino. Comprobé espantado que diez años después de volver de los campos nazis y, por decirlo de algún modo, todavía en parte bajo el hechizo horrible del terror estalinista, sólo me quedaban una vaga impresión y algunas anécdotas de todo ello. Como si no me hubiera ocurrido a mí, según suele decirse.


Es evidente que estos instantes visionarios poseen una larga historia previa que Sigmund Freud quizá habría atribuido a la represión de alguna experiencia traumática. Quién sabe, tal vez habría tenido razón. Puesto que yo también tiendo a la racionalidad, y los diversos tipos de misticismo y exaltación no van conmigo, necesariamente debo entender, al hablar de visión, una realidad que ha adoptado la forma de lo sobrenatural, que ha actuado como la revelación repentina, diríase revolucionaria, de una idea que había madurado en mí. Ya lo expresa la antigua exclamación de «¡eureka!». «¡Lo tengo!». Sí, pero ¿el qué?


Dije en una ocasión que, para mí, el llamado socialismo tenía el mismo sentido que para Proust la magdalena sumergida en el té, que le evocaba de pronto los sabores de los tiempos pasados. Después de la derrota de la revolución de 1956, decidí quedarme en Hungría básicamente por razones lingüísticas. Así pude observar, ya no con la mente de un niño sino con la de un adulto, el funcionamiento de una dictadura. Vi cómo un pueblo es llevado a negar sus ideales; vi los primeros tímidos pasos hacia el acomodamiento; comprendí que la esperanza era un instrumento del mal, y que el imperativo categórico de Kant, la ética, no era más que la criada dócil de la subsistencia.
¿Podemos imaginar una libertad más grande que la de un escritor en una dictadura relativamente limitada, diríase que cansada e incluso decadente? En los años sesenta, la dictadura húngara llegó a un punto de consolidación que podría denominarse casi de consenso social y que, más adelante, el mundo occidental definió, con burlona condescendencia, como «comunismo de gulash». Parecía que, después de la animosidad inicial, el comunismo húngaro se había convertido de pronto en el comunismo preferido de Occidente. En el fango de este consenso sólo existían dos opciones: renunciar definitivamente al combate o buscar los sinuosos caminos de la libertad interior. Un escritor no tiene grandes necesidades, le bastan un lápiz y papel para ejercer su oficio. La repugnancia y la depresión con que me levantaba todas las mañanas enseguida me sumergían en el mundo que quería describir. Me percaté que describía a un hombre sumido en la lógica del totalitarismo al tiempo que yo mismo vivía en otro totalitarismo y que esto convertía el lenguaje en el que escribía mi novela en un medio sugerente. Si valoro sinceramente mi situación en aquella época, no sé si en Occidente, en una sociedad libre, habría sido capaz de escribir la misma novela que hoy se conoce por el título de Sin destino y que ha obtenido el más alto reconocimiento de la Academia Sueca.


No, sin duda habría aspirado a otra cosa. No digo que no hubiera aspirado a la verdad, pero habría sido otra verdad. En el libre mercado del libro y de las ideas, posiblemente me habría esforzado por encontrar una forma novelística más brillante. Por ejemplo, habría podido fragmentar el tiempo de la narración y relatar sólo los momentos más impactantes. Pero el protagonista de mi novela no vive su propio tiempo en los campos de concentración, porque no posee ni su tiempo ni su lengua ni su personalidad. No recuerda, sino que existe. Por tanto, el pobre debía permanecer en la monótona trampa de la linealidad y no podía liberarse de los detalles penosos. En lugar de una espectacular sucesión de grandes momentos trágicos, había de vivirlo todo, cosa que resulta agobiante y ofrece escasa variedad, como la vida misma.


Esto, sin embargo, me permitió extraer unas enseñanzas sorprendentes. La linealidad exigía que cada situación dada se cumpliera de forma íntegra. Me impedía, por ejemplo, saltarme elegantemente una veintena de minutos por la sencilla razón de que esos veinte minutos se abrían ante mí cual un abismo negro, desconocido y espantoso como una fosa común. Hablo de los veinte minutos que transcurrían en la rampa del ferrocarril del campo de exterminio de Birkenau, antes de que las personas que habían bajado de los vagones llegaran hasta el oficial encargado de la selección. Yo mismo recordaba gran parte de aquellos veinte minutos, pero la novela exigía que desconfiara de mi memoria. Los testimonios, confesiones y recuerdos de supervivientes que leí, sin embargo, coincidían casi en su totalidad en que todo se producía muy deprisa y de la manera más confusa: las puertas de los vagones se abrían violentamente, se oían gritos y ladridos, los hombres y las mujeres eran separados, en medio de un tropel demencial llegaban de pronto hasta un oficial que les echaba una rápida ojeada, señalaba algo estirando el brazo, y en un dos por tres ya iban vestidos de prisioneros.


Yo guardaba otro recuerdo de aquellos veinte minutos. En busca de fuentes auténticas, leí primero a Tadeusz Borowski, sus relatos límpidos, de una crueldad autotorturadora, uno de los cuales se titula «Pasen al gas, señoras y señores». Luego fue a parar a mis manos la serie de fotografías que un miembro de las SS había tomado de los transportes de seres humanos que llegaban a la rampa de Birkenau y que los soldados estadounidenses habían encontrado en el antiguo cuartel de las SS del ya liberado campo de Dachau. Contemplé las fotos con perplejidad: bonitas y sonrientes caras de mujeres, muchachos jóvenes de mirada inteligente, llenos de buena voluntad y dispuestos a cooperar. Entonces comprendí cómo y por qué se habían borrado de las memorias esos veinte minutos humillantes de inacción e impotencia. Y cuando pensé que todo se había repetido día tras día, semana tras semana, mes tras mes, en el curso de larguísimos años, pude hacerme una idea de la técnica del horror; comprendí cómo se podía volver la naturaleza humana contra la propia vida humana.


Avancé así, paso a paso, por el camino lineal de los descubrimientos. Era, si les parece, mi método heurístico. Me di cuenta enseguida de que no me interesaba saber para quién ni por qué escribía. Sólo me interesaba una pregunta: ¿qué tenía todavía en común con la literatura? Porque era evidente que una línea fronteriza me separaba de la literatura y de sus ideales, de su espíritu. Y el nombre de esta línea, como el de tantas otras cosas, es Auschwitz. Cuando escribimos sobre Auschwitz, hemos de tener en cuenta que, al menos en cierto sentido, Auschwitz ha dejado la literatura en suspenso. De Auschwitz sólo se puede escribir una novela negra o, con todo el respeto, un folletín en el que la acción comienza en Auschwitz y se extiende hasta nuestros días. Quiero decir con esto que después de Auschwitz no ha ocurrido nada que haya revocado o refutado Auschwitz. En mis escritos, el Holocausto nunca ha podido aparecer en pasado.


A menudo se dice de mí —como cumplido o como reproche— que soy escritor de un solo tema, el Holocausto. No tengo nada que decir al respecto. ¿Por qué no aceptar, aunque sea con algunas reservas, el lugar que se me ha asignado en los estantes de las bibliotecas? De hecho, ¿qué escritor de hoy en día no es un escritor del Holocausto? No se tiene que elegir necesariamente el tema directo del Holocausto para percibir la voz rota que domina el arte contemporáneo europeo desde hace décadas. Es más, no conozco ninguna obra de arte buena y auténtica que no refleje esta ruptura, como si mirásemos el mundo derrotados y desorientados después de una noche de pesadillas. Nunca sentí la tentación de considerar el ámbito temático denominado Holocausto como un conflicto inextricable entre alemanes y judíos; nunca creí que fuese el último capítulo de la historia de sufrimientos del pueblo judío que sucedía lógicamente a las pruebas anteriores; nunca vi en ello un descarrilamiento puntual de la historia, un pogromo a gran escala más violento que los anteriores o una condición previa a la fundación del Estado de Israel. Lo que descubrí en el Holocausto fue la condición humana, la estación final de una gran aventura a la que el hombre europeo llegó después de dos mil años de cultura ética y moral.


Ahora sólo hemos de pensar en cómo avanzar a partir de aquí. El problema de Auschwitz no consiste en saber si ponerle un punto final o no; si conservar su memoria o, más bien, dejarlo en el correspondiente cajón de la historia; si se deben erigir monumentos a los millones de asesinados y qué tipo de monumentos deberían ser. El verdadero problema de Auschwitz es que ocurrió y que no podemos cambiar nada de este hecho, ni con la mejor ni con la peor voluntad del mundo. El poeta católico húngaro János Pilinszky definió esta grave situación quizá con la palabra más precisa, al llamarla «escándalo». A buen seguro entendía por este término el hecho de que Auschwitz se produjo en un ámbito cultural cristiano y que, por tanto, resulta insuperable para el espíritu metafísico.


Profecías antiguas auguraban la muerte de Dios. No cabe la menor duda de que, después de Auschwitz, nos hemos quedado solos. Debemos crear solos nuestros valores, día tras día, en un trabajo ético invisible y tenaz que acabará generándolos y convirtiéndolos quizá en una nueva cultura europea. Pienso que si la Academia Sueca ha querido distinguir precisamente mi obra, quiere decir que Europa vuelve a necesitar la experiencia que los testigos de Auschwitz, del Holocausto, se vieron obligados a vivir. Esta decisión —permítanme que lo diga— es a mi juicio una señal de valentía e incluso, en cierto sentido, de una firme determinación: deseaban mi presencia aquí a pesar de que habían de intuir lo que diría. Lo que manifiesto a través de la «solución final» y del «universo concentracionario», sin embargo, no se puede malinterpretar, y la única posibilidad de sobrevivir, de conservar las fuerzas creativas, pasa por reconocer este punto cero. ¿Por qué no puede ser fructífera esta lucidez? En lo hondo de las grandes tomas de conciencia, aunque se basen en tragedias insuperables, siempre se esconde el valor europeo más grandioso, el momento de la libertad, que inunda nuestras vidas con un plus, con una riqueza, llamándonos la atención sobre el hecho real de nuestra existencia y sobre nuestra responsabilidad al respecto.


Me hace especialmente feliz poder expresar estos pensamientos en húngaro, mi lengua materna. Nací en Budapest, en el seno de una familia judía cuya rama materna procedía de Kolozsvár, Transilvania, mientras que la paterna venía del extremo suroccidental del lago Balatón. Mis abuelos todavía encendían las velas en la víspera del sabbat, el viernes por la noche, pero ya habían «magiarizado» sus apellidos, y para ellos era natural tener el judaísmo como religión y considerar Hungría como su patria. Mis abuelos maternos murieron en el Holocausto; el poder comunista de Rákosi destrozó la vida de mis abuelos paternos cuando impulsó el traslado forzoso de la residencia de jubilados judíos de Budapest a la frontera norte del país. Me parece que esta breve historia familiar resume y simboliza a la vez los sufrimientos de este país en los últimos tiempos. Todo esto me enseña que el duelo no solamente guarda amargura, sino también unas reservas morales extraordinarias. A mi entender, ser judío hoy en día es, una vez más, en primer lugar una tarea moral. Si el Holocausto ha creado una cultura —lo cual es incontestable—, su meta sólo puede consistir en que la realidad irreparable haga nacer, mediante el espíritu, la reparación, es decir, la catarsis. Este deseo es el que ha inspirado todas mis creaciones.


Aunque poco a poco me estoy quedando sin palabras, confieso sinceramente que no he encontrado aún el equilibrio tranquilizador entre mi vida, mi obra y el premio Nobel. Por el momento, sólo siento una profunda gratitud: gratitud por el amor que me ha salvado y me mantiene con vida. Hemos de admitir, sin embargo, que en este recorrido tortuoso, en esta «carrera» —la mía—, si se puede llamar de esta forma, hay algo perturbador, algo absurdo; algo que difícilmente se puede pensar hasta sus últimas consecuencias sin caer en la tentación de creer en un orden sobrenatural, en la providencia, en la justicia metafísica; es decir, sin caer en la trampa del autoengaño y acabar, por tanto, encallando, destruyéndose, perdiendo el contacto profundo y atormentador con los millones de seres que murieron y jamás conocieron la misericordia. No es cosa fácil ser una excepción; y ya que el destino ha querido que fuéramos una excepción, hemos de reconciliarnos con el orden absurdo de los azares que, con el capricho de un pelotón de fusilamiento, gobierna nuestras vidas sometidas a potencias inhumanas y a dictaduras terribles.


No obstante, cuando preparaba este discurso, me ocurrió una cosa muy extraña que, en cierto sentido, me devolvió la serenidad. Un día recibí por correo un gran sobre de papel marrón. Me lo enviaba el director del Memorial Buchenwald, el doctor Volkhard Knigge. Adjuntaba a sus cordiales felicitaciones un sobre más pequeño. Me indicaba su contenido, por si no tenía la fuerza suficiente para afrontarlo. En el interior hallé, concretamente, una copia del registro diario de detenidos del 18 de febrero de 1945. Por la columna de las Abgänge, es decir, de las «bajas», me enteré de la muerte del prisionero número 64.921, Imre Kertész, nacido en 1927, judío, obrero. Los dos datos falsos, mi año de nacimiento y mi profesión, se explican por el hecho de que, al ser registrado en la administración del campo de concentración de Buchenwald, me puse dos años más para que no me enviasen con los niños y me hice pasar por obrero en vez de estudiante para parecer más útil.


Por tanto, he muerto una vez para poder seguir viviendo, y puede que ésta sea mi verdadera historia. De ser así, dedico la obra nacida de la muerte de ese niño a los millones de muertos y a todos aquellos que todavía los recuerdan. Pero como en definitiva se trata de literatura, de una literatura que es al mismo tiempo, según la justificación de su academia, un acto de testimonio, quizá sea útil en el futuro y, si escucho a mi corazón, hasta diría más: quizá sirva al futuro en su día. Porque tengo la sensación de que, pensando en el efecto traumático de Auschwitz, llego a las cuestiones fundamentales de la vitalidad y de la creatividad humanas; y así, al pensar en Auschwitz, pienso, quizá paradójicamente, más en el futuro que en el pasado.

Pronunciado ante la Academia Sueca el 10 de diciembre de 2002.

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Narrativa

Karla Hernández Jiménez | metadata

Un ojo amoratado fue el que le abrió el camino hacia una nueva ola de violencia. Nerea se despertó en medio de una lluvia de puñetazos.

Toda su vida, Nerea había hecho honor a aquel nombre viejo: una sirena peligrosa a la que le gustaba sortear las aguas turbulentas de la Red.

Nadie hubiera sospechado jamás que aquella chica latina, flacucha y pelirroja fuera una genio en cuestiones tecnológicas. También resultaba complicado comprender la forma en que había logrado crear un servicio tan eficaz con el que las mujeres pudieran denunciar si estaban siendo tratadas como basura.

La ciudad siempre había tenido serios problemas en preservar la seguridad de sus habitantes, especialmente en zonas marginales. Pero últimamente habían tenido lugar una serie de actos violentos. Se estaba convirtiendo en una cuestión terriblemente cotidiana encontrar los cuerpos despedazados de mujeres en varios rincones de la ciudad.

El punto de quiebre ocurrió el día en que hallaron la mitad del torso de Kimberly Park en la cancha de la escuela. Verla en ese estado fue un choque a la sensibilidad de Nerea.

Justo en ese momento, decidió desarrollar el dispositivo. Usando materia orgánica y acero consiguió crear aquel chip reptante que se introducía incrustándose en el oído, escalando para conectarse al cerebro de su potencial dueña.

El invento también permitía paralizar al agresor e infligirle un nivel de daño considerable. Incluso se habían llegado a registrar casos en los que el agresor había terminado muerto a manos de su víctima. En unos meses, la ola de violencia comenzó a disminuir de forma radical.

Nerea insistía en permanecer en el anonimato, incluso el pequeño sitio web que ofrecía mandar el dispositivo a quien lo solicitara estaba cifrado para evitar el rastreo.

Cuando los Agentes la encontraron, ella ni siquiera parpadeo. A pesar de que no opuso resistencia, los agentes la arrastraron fuera de su casa y la golpearon durante todo el camino hasta aquel cuarto en el otro extremo de la ciudad, el Honorio Deu.

Es verdad que casi toda la ciudad estaba completamente hecha de acero, pero aquel metal transmitía una sensación especial. Era como si estuviera vivo. Era la Red.

Se decidió que el castigo de Nerea por alterar el orden fuera la fusión en frío con la Red.

Ella decidió esperar hasta que el acero de la Red se infiltrara en lo más profundo de sus células y la asimilara por completo.

—Aparentemente, se dio por vencida sin pelear.— exclamaron con satisfacción los hombres que habían mantenido a Nerea prisionera durante dieciséis horas.

Los agentes estaban convencidos de que aquella insignificante chiquilla había desaparecido para siempre de la faz de la Tierra. Ellos ni siquiera sospechaban que esa noche había nacido una nueva clase de poder, un nuevo código que se había fusionado sin proponérselo con el sistema binario de aquella maquinaria que se encargaría de vigilar que no volvieran a verse cuerpos femeninos destrozados en la ciudad.

Nombre del código: N.E.R.E.A.

Karla Hernández Jiménez (Veracruz, México). Egresada de Lingüística y Literatura Hispánica. Lectora por pasión y narradora por convicción, ha publicado relatos en páginas especializadas como Íkaro, Casa Rosa y Página Salmón, pero siempre con el deseo de dar a conocer más de su narrativa.

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Narrativa

Alberto Sánchez Argüello | Gilgamesh

Hablo de aquel que todo ha visto; que recibió la merced de ver dentro del gran misterio, de los primeros días antes del Diluvio; el que viajó a los confines del mundo y regresó, exhausto pero entero; el que grabó sus hazañas en estelas de piedra. Cuatro mil quinientos años no han hecho mella en su cuerpo. Desde que los nombres de Anu, Enki, Nammu e Ishtar fueron olvidados, él mismo se perdió entre las dunas que empezaban a cubrir el zigurat de Ur. Resurgió en la defensa de Antioquía en contra de los cruzados, pero ninguno de los tomentos a los que fue sometido logró su cometido. Tampoco lo lograron los cañonazos de Waterloo; el gas mostaza en las trincheras de Flesquiéres; ni el horror inenarrable de “Little Boy” en Hiroshima. Ahora camina sin testigos entre ciudades cubiertas por espesa vegetación. El antiguo rey de Uruk busca entre los vestigios de la humanidad, una cura para su maldición. Pero está escrito en las ciento ochenta palabras de este texto, que él experimentará la peor de las soledades: la inmortalidad.

Alberto Sánchez Argüello (1976, Nicaragua) Psicólogo, minificcionista, escritor de Literatura Infantil y Juvenil. Fundador del colectivo microliterario nicaragüense y de Parafernalia Ediciones Digitales. Ganador del primer concurso de cuento juvenil de la Fundación Libros para niños (2003) y del II Concurso Centroamericano de Literatura Infantil (2016) incluido en antologías de minificción a nivel hispanoamericano. Publicó “Miniaturas voraces” con El Taller Blanco Ediciones en (Bogotá, 2019) y “Naufragio de botellas” con Quarks Ediciones Digitales en (Lima, 2020)

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Poesía

4 Poemas del aislamiento

Emily, por Víctor Alfonso Arévalo Ramírez | @frank_alfonso5