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Proyecto Azúcar

Estrellas | José A. García | Cuento

—Las estrellas se ven extrañas esta noche —dijo pretendiendo sonar seguro de lo que decía, aunque esa noche en particular no lo estaban para nada.    

Recostado sobre la hierba apenas húmeda, sintió el cuerpo de su compañera sacudiéndose levemente, como quien duerme en una posición incómoda e intenta acomodarse, o quien se esfuerza para no reírse a carcajadas frente a alguien más.    

—Claro —susurró después.    

—Es en serio —replicó él—, se ven extrañas.    

—Tal vez sea la primera vez que las miras.   

—¿Cómo dices? —preguntó intentando separarse de su abrazo mientras levantaba apenas la cabeza.    

—Nada, no dije nada.    

—Sí, sí lo has hecho. Algo sobre las estrellas.    

—Ese fuiste tú —respondió su compañera.    

—Admites entonces que has dicho algo —continuó levantándose por completo—. Algo extraño.    

—Mira las estrellas —dijo su compañera—. No, a mí no, a las ellas —señaló con una de sus manos hacia las alturas—. ¿Qué ves?    

—Estrellas —respondió mirándolas—. Pero se ven extrañas esta noche. No sé por qué.

—Tal vez sea que es la primera vez que las miras —dijo su compañera poniéndose de pie. También en ella había algo extraño, algo indefinible que no estaba del todo bien, que no concordaba con lo que debía ser, pero no era capaz de decir qué era eso.    

—Lo has vuelto a hacer, repites las mismas palabras.    

—Pero si no he dicho nada.    

—Sí, sí lo hiciste. Estás extrañas esta noche, tanto como las estrellas.    

—Tal vez sea porque es la primera vez que me miras —dijo sonriendo.    

—¡Deja de repetir eso!    

Comenzó a alejarse sin dejar de mirarla, luego se giró y corrió por el camino en la dirección en la que habían dejado el vehículo; el picnic nocturno no había sido una buena idea después de todo. Desde el comienzo nada lo había sido. Pesaba sobre sus actos la sensación de hundirse cada vez más en el error.    

Al costado del camino encontró un vehículo, pero no estaba seguro de que fuera el suyo. Le parecía que era la primera vez que lo veía ya que no concordaba con el recuerdo de su vehículo.    

Una serie de pasos, como si quien lo siguiera tuviera más de dos piernas, muchas más, se escucharon a su espalda. Tuvo miedo de volverse, un miedo cerval que no podía explicarse sólo con palabras.    

—Hay algo extraño en el coche. Y no digas que tal vez sea la primera vez que lo veo.    

—Sabes que tal vez sea así —dijo la que se parecía levemente a la voz de su compañera.    

Una sombra se proyectó brevemente sobre él y la superficie del vehículo antes de desaparecer, una sombra demasiado grande, que no se parecía en nada a la sombra que debería tener su compañera.    

—Todo es extraño. No fue así como sucedió —dijo sofocando un sollozo—. Cambiaron las cosas.    

—Existe una explicación para eso, es…    

—¡Silencio! Si quisiera una explicación la buscaría. Pero no es eso lo que quiero, no ahora.    

Le temblaban las piernas y las manos, que guardó en los bolsillos del pantalón para que no se notara. Respiró varias veces, respiraciones largas, profundad, prolongadas, necesarias para calmarse y pensar más claramente, aunque el aire tenía un sabor metálico que le picaba en la nariz y que había estado allí desde un principio por más que intentara negarlo. La cercana presencia de quien debía ser su compañera, que se suponía se encontraba allí para reconfortarlo, lo ponía más nervioso aún.    

—Algo va mal —dijo—. Tendría que ser mi recuerdo, pero al mismo tiempo no lo es. Por eso las estrellas, el pasto, los árboles y lo demás resultan extraños. Estoy en la memoria de alguien más, soy el recuerdo de otro.    

El tenso silencio que siguió a su última palabra era la confirmación que necesitaba.    

Sollozó un par de veces y se dejó caer de rodillas.    

Una mano con demasiados dedos se apoyó sobre su espalda.    

—¿Reiniciamos? —dijo una voz que tal vez podría ser la de su compañera pero al mismo tiempo podía no serlo.    

—Por favor —respondió.    

Parpadeó.    

Miraba las estrellas tendido en el pasto rugoso y húmedo por los restos del rocío, el diminuto cuerpo de su compañera, abrazada junto a él, con su cercanía y su calor, lo hizo sentir tranquilo y cómodo a pesar de la molestia general de su cuerpo. Se abrazó aún más a ella, volvió a mirar las estrellas y no pudo evitar decir:    

—Las estrellas se ven extrañas esta noche. ¿No te parece?

Imagen tomada de: https://www.freepik.es/
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Narrativa Retazos del...

El sofá

Papá falleció en ese sofá. Mi madre se ha lanzado a pintar todos los días. Parece que el duelo también se puede vivir así. Al fondo puede escucharse el silencio. La casa pareciera tener nuevos aires y el sofá de papá sigue ahí como si fuese una isla que alguien decidió deshabitar. De vez en cuando alguien, aquí dentro, se dispone a vivir. El orden pareciera una buena forma de evidenciarlo. El contemplar aquel árbol con gusanos y recordar. Sí. Recordar. Me parece que fue justo a las tres de la tarde. No lo sé. El tiempo dejó de tener importancia. ¿Qué hacés cuando la vida no es más que un sofá deshabitado?

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Canaimera

Rosa Silverio | El Caribe que retumba

  • Juan de Dios Maya Avila

Una constante de muchos escritores en Latinoamérica es la migración que los lleva lejos de sus lugares de origen, a veces por aventura, otras tantas por encontrar nuevas oportunidades que les permitan expandir su trabajo, y en no pocas ocasiones por razones políticas. Sin embargo, casi siempre queda la esperanza y el deseo de volver. Quizá así le suceda a una de las voces poéticas contemporáneas más interesantes de la siempre polícroma literatura caribeña; una mujer cuyos versos, cuya alma recia, le han hecho figurar en Europa (tierra en la que vive desde hace tiempo) y ser una referencia de las letras de su natal República Dominicana. Rosa Silverio (Santiago de los Caballeros, 1978) es, ante todo, una poeta, una hilvanadora de palabras, y luego también es feminista y periodista, gestora cultural, tallerista, activista y viajera. Resalta su trabajo como redactora y editora del periódico Listín Diario y como directora editorial del periódico Noticias en Casa de Casa de Campo. Un parteaguas en su carrera fue hacerse acreedora del prestigioso Premio Internacional Nosside que organiza el Centro de Estudios Bosio en Italia. También ha ganado, entre otros, el Premio Nacional de Poesía de República Dominicana y el XII Premio Letras de Ultramar. Entre sus libros se cuentan los títulos Rosa íntima (Santuario, 2007), Arma letal. La destrucción de las palabras (Colección de Premios Nacionales, 2012), Matar al padre (Huerga & Fierro Editores, 2014), Mujer de lámpara encendida (Huerga & Fierrro Editores, 2016) e Invención de la locura (Huerga & Fierro Editores, 2019). Su obra ha sido traducida al italiano, al catalán, al francés, al portugués y al inglés.

  • Estimada Rosa, ¿porqué decidiste irte a España?
  • Por libertad y por amor. Para huir del machismo de mi tierra y para reencontrarme con la persona que ocupó mi corazón durante una década.
  • ¿Cuál es tu perspectiva de la literatura latinoamericana contemporánea?
  • Creo que la literatura latinoamericana contemporánea goza de muy buena salud. Muchos pensaban que después del boom no habría nada valioso y yo creo que los escritores y escritoras actuales son dignos representantes de la buena literatura. Y en comparación con España estamos en un nivel bastante destacado.
  • ¿Qué significa ser escritora, mujer y dominicana?
  • Puede significar una limitante, sobre todo si se vive en países como el de donde yo provengo. La mujer escritora es infravalorada y discriminada. No es respetada y todavía le falta mucho para alcanzar la igualdad. En cambio, en mi caso que vivo en España, ha significado una liberación porque aunque me reconozco como mujer dominicana y como escritora, rompo con todas las etiquetas y comienzo a sentirme como una ciudadana del mundo, un ser libre dispuesto a vivir todo tipo de experiencias enriquecedoras sin ningún tipo de limitante.
  • ¿De qué salud goza la actual literatura dominicana?
  • La literatura dominicana vive un momento interesante porque se está haciendo muy buena narrativa, pero sobre todo muy buena poesía. Tenemos a escritores y escritoras consagrados que ya forman parte de nuestro canon y a jóvenes promesas que han sabido descollar y dejar su huella.
  • ¿Te sientes más cómoda en la poesía?
  • Aunque también escribo narrativa, creo que en la poesía estoy más en mis aguas. Me siento un ser humano eminentemente poético, alguien que crea un micro universo, que abre ventanas y que combate sus demonios y sus heridas a través de la palabra.
  • ¿Porqué hacer literatura feminista?
  • ¿Por qué no? Yo creo que siempre que no se caiga en lo puramente panfletario, es válido hacer literatura feminista porque es asumir una postura y defenderla a través del lenguaje. Escribir literatura feminista para mí es lo mismo que hacer literatura metafísica, social, filosófica, amorosa o de cualquier otra índole.
  • ¿Cuáles son los pros y los contras del movimiento literario feminista en Latinoamérica?
  • Creo que uno de los pros es que se combate el heteropatriarcado a través de la palabra y se logra influir en la gente, sobre todo en otras mujeres. Se genera el debate y se crea un pensamiento crítico, tan necesario en estos días. Además de que se logran reivindicar derechos propios de las mujeres. Si hay que hablar de contras diría que pese a los esfuerzos de las escritoras feministas, todavía las raíces del machismo están bien hondas en nuestros países latinoamericanos, por lo que cuesta lograr un cambio. El machismo no es sólo de los hombres, sino también de otras mujeres que lo refrendan y por eso no se avanza.
  • ¿Está de moda ser escritora feminista?
  • No creo que esté de moda. Más bien hemos descubierto que es una necesidad. Es necesario ser feminista hoy en día si queremos una sociedad más justa e igualitaria para las mujeres.
  • ¿Qué papel están jugando las escritoras en la literatura latinoamericana contemporánea?
  • Yo creo que uno muy importante porque anteriormente destacaban más los hombres y ahora, cada vez más, las escritoras de Latinoamérica tienen mayor relevancia y demuestran que hacen una literatura de primer nivel.
  • ¿Existen verdaderos lazos entre los escritores del Caribe o en cambio hay un ostracismo que los reduce a sus respectivas patrias?
  • Yo creo que en los países del Caribe hace falta toda una industria editorial de distribución y difusión que permita que los escritores de los diversos países caribeños se conozcan y se lean entre sí para de esta manera crear lazos verdaderos e intercambios intelectuales. Mientras esto no exista, seremos islas desconectadas la una de la otra.
  • En términos literarios, ¿cómo ven desde España a la actual literatura de Latinoamérica?
  • En sentido general, pienso que España ve a la actual literatura latinoamericana con respeto y admiración. Tanto así que los escritores latinos que residimos en la madre patria somos valorados y tenemos la oportunidad de publicar con editoriales nacionales que apuestan por voces con un discurso original y con personalidad.
  • ¿Qué significó para ti el Premio Internacional Nosside?
  • Significó mucho porque yo estaba un poco desencantada de los concursos. Creo que este concurso me dio fe y me animó a creer más en mí misma y en mi trabajo literario.
  • ¿Es más fácil hacerse visible como escritor estando en Europa?
  • Depende. Hay escritores que residen en Latinoamérica que aquí en España no tienen ninguna incidencia y hay otros que tienen muy buena proyección. Todo a veces depende de contactos, editorial, padrinos… ya te podrás imaginar. Aunque lo cierto es que estando en Europa es más fácil llegar a un buen número de gente, sobre todo si cuentas con una buena editorial.
  • ¿Qué te parece el ámbito literario y editorial en España, cómo lo vives?
  • Me siento muy a gusto en el ámbito literario y editorial de España. Como en otros países aquí también hay sus tejemanejes, pero yo siempre me he apartado de eso y del ruido. Escojo muy bien los circuitos a los que me integro y sobre todo tengo una red de amigos y amigas escritores que son muy valiosos y que me aportan muchísimo.
  • ¿A qué dominicanos tendríamos que estar leyendo?
  • Te voy a citar escritores/as vivos: José Mármol, José Acosta, Pedro Antonio Valdez, Basilio Belliard, Ángela Hernández, Jeannette Miller, Emilia Pereyra, Yrene Santos, Chiqui Vicioso, Argénida Romero, Leonardo Reyes Jiménez, Frank Báez, Rita Indiana Hernández, Alejandro González, Homero Pumarol, Marielys Duluc, Rossalinna Benjamin y muchos otros.
  • ¿Te gustaría volver pronto a República Dominicana?
  • Siempre voy de visita y dura un mes, dos y hasta tres meses. ¿Volver a vivir? Por el momento no. No es algo que tenga entre mis planes.
  • ¿Qué densidad tiene en tu vida el Caribe?
  • A mí el Caribe me ha marcado. Ser hija de una media isla es algo que llevo en mi ADN. Así que esto es bastante importante para mí y se nota en mi acento, en mi forma de bailar, en la comida que prefiero… Y en mis sueños, sobre todo en mis sueños.
  • ¿Qué fue para ti el Taller Literario Tinta Fresca?
  • Para mí fue una de las experiencias más alucinantes de mi vida porque el Taller Literario Tinta Fresca no sólo me sirvió para crecer como autora sino que me regaló a unos amigos maravillosos que todavía hoy conservo. Te cuento que en la actualidad nos estamos reuniendo de nuevo vía online y resulta verdaderamente entrañable.
  • ¿Qué es para Rosa Silverio el amor?
  • El amor es el motor que todo lo mueve, la gran razón de ser, pero no me refiero exclusivamente al amor de pareja, sino al amor en sentido general.
  • Por último, Rosa, ¿qué espada es la que nos espera si nos sumergimos en tus interiores?
  • Si se sumergen en mi interior encontrarán una espada que les atravesará el corazón y en cuyo filo podrán ver su verdadero rostro.
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Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Souvenirs para mamá| Crónica

Me gusta viajar. Desde niña me embelesaba con el paisaje de la carretera entre el puerto de Veracruz y mi pueblo. Nos gustaba viajar en familia. En aquellos años, aún tenía eso que llamamos familia extendida. Tenía varios primos, tías y tíos; tenía a mis abuelos. Ahora ha cambiado mucho la dinámica. La familia se ha reconfigurado, estrechado y transformado de maneras insospechadas. Pero hace años, viajábamos juntos. Mis papás se quedaban en casa, yo agarraba toda mi voluntad y me pegaba a las faldas de mi abuela o de mi tía Rosa y me marchaba con ellas a donde fuera. Por eso mi espíritu aventurero no se apaciguó. Según yo, exploraría desde el río cercano hasta los confines de la Tierra.

Aún con mi insistencia por andar cerca de mis familiares, habité un universo interior reservado y lleno de ocurrencias. El pensamiento que nunca dejó de acompañarme era el del regreso, cuando volviera a ver a mi madre. Así que constantemente pensaba en los regalos que podría darle; en cada obsequio buscaba atrapar el simbolismo del viaje, de las aventuras vividas o imaginadas durante el trayecto lejos de la casa materna. Así que mamá recibía con una sonrisa los regalos que le llevaba: guarasapos, conchitas de río, piedras de colores y formas sorprendentes, hallazgos de la exploración que podrían ser de utilidad, tierra de río con propiedades curativas o estéticas… etc.

En una ocasión, emprendimos un viaje en las vacaciones decembrinas. Se trataba de un ambicioso trayecto que nos llevaría a las playas del Caribe mexicano. Llevábamos maletas, algo de comida y unas bocinas espectaculares para amenizar el largo trayecto. Preparamos la camioneta. Se trataba de una ramcharger 94 con camper. Era la última adquisición de mis tíos. Les había ido bien en el negocio y la crisis del siguiente año parecía lejana. En octubre del 93, compraron la camioneta que era adelantada a su tiempo. En diciembre, la estrenamos en un viaje de 1,200 kilómetros.

Por indicaciones de mis tíos y para acelerar la llegada a nuestro destino, haríamos paradas de urgencia para el baño y para cambiar de conductor. Así fue hasta que pasamos Villahermosa. Ya había entrado la madrugada y el segundo conductor a bordo iba cubriendo su turno. Todo parecía tranquilo y sin novedad. La carretera federal estaba oscura, el silencio apenas era interrumpido por la estación de radio que sintonizaron en la cabina y que levemente se alcanzaba a escuchar hasta la batea. El conductor en turno era el novio de una tía que siempre tenía varios galanes al mismo tiempo, este se coló al viaje porque el otro vivía en la ciudad. La mayoría de nosotros dormía o estaba por hacerlo. El ruido del motor y el movimiento de la camioneta terminaron por arrullarnos hasta que nos fuimos quedando callados. Justo en el momento en que nada pasaba, cuando la calma lo invadía todo, de pronto y sin estar preparados para el impacto, nos estrellamos contra un camión de pasajeros que se encontraba detenido en el carril. El impacto fue tal que chocamos entre nosotros, las maletas rebotaron con el techo del camper y una de las bocinas se incrustó en la pierna de la novia de un tío. El rechinido de las llantas patinando en el pavimento se escuchó por un largo rato o por lo menos esa fue mi sensación.

Una vez que se detuvo la camioneta, el otro conductor que estaba en descanso alcanzó a incorporarse casi de inmediato y salió del camper para dirigirse a la cabina. Cambió lugar con el que manejaba, arrancó la camioneta y nos fugamos a toda velocidad del lugar del accidente. Mi abuela comenzó a indagar cómo estábamos los demás; yo le pregunté aún con sueño si estaba muerta o viva. Al amanecer llegamos a Escárcega llenos de miedo, en shock y con la congoja atorada en la garganta.

Con la incipiente luz del día nos detuvimos en un restaurante a la orilla de la carretera. La intención era pasar a los baños y continuar, mi abuela pidió un momento para sentarse, beber un café y rezar un poco. Todos nos sentamos con ella. Yo la tomé del brazo y pensé en mamá por primera vez desde que inició el viaje. Luego miramos la flamante camioneta 1994, que se encontraba en el estacionamiento con el cofre convertido en un acordeón extraño que cubría medio parabrisas. Nos reímos todos por la ironía.  

En esa charla intercambiamos opiniones sobre lo ocurrido. La abuela decía que era mejor volver, tomar el accidente como una señal que nos indicaba el camino de regreso. Otros decían que había que seguir con el plan, que el accidente era una metáfora sobre la perseverancia en la vida. Todo se definió con la votación de los viajantes. Después de un rato, vimos a un cambión de pasajeros estacionarse cerca. Los pasajeros descendieron y también entraron al restaurante. Inevitablemente se percataron de la camioneta chocada y supieron que éramos nosotros. El chofer del camión nos miró con ganas de abalanzarse a nuestra mesa. Mis tíos dieron la orden de correr a la camioneta y largarnos. La gente del camión se quedó ahí, también con el trance del shock, agradeciendo que no había heridos entre ellos.

Después de veinticuatro horas de trayecto, algunas escalas en Uxmal y Chichen Itzá y de un día de campo que nos infestó de pulgas de pasto, finalmente llegamos a Cancún. Nuestra ingenua ambición era hospedarnos en un hotel con alberca y vista al mar. Los conductores al mando recorrieron la zona hotelera buscando un hospedaje que se adecuara al bolsillo y a nuestras peticiones. Después de un rato llegamos al centro de Cancún a un hotel que se anunciaba con alberca y por el cual nos cobraron 50 pesos la noche por habitación. Rentamos tres habitaciones, las atiborramos como pudimos. Sabíamos que nos encontrábamos muy lejos del mar, pero la alberca parecía una bendición después de tantas horas de viaje.

Nos pusimos nuestros trajes de baño y bajamos a tropel a la alberca del patio trasero. Resultó ser un estanque verde al que no le había dado mantenimiento desde hacía mucho tiempo. Eran las 6 de la tarde, y las opiniones se dividían entre sumergirse en el agua verde o exigir una alberca limpia a la administración del hotel. Ganó la opción de sumergirnos siempre y cuando no hiciéramos busitos con el agua verdosa.

Estuvimos en la alberca hasta que dieron las 10 de la noche. Al día siguiente iríamos a las playas más bonitas de Cancún.

CONTINUARÁ…

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Hombre contra el mar Poesía

Por decisión ajena

Recuérdame, mi buen amigo,
Que nosotros nacimos por decisión ajena,
Porque así se consumó un amor
Existiendo otras muchas maneras.

Si mi madre me hubiese hablado
De esto que llaman vida y
No solamente de sus ganas inauditas
De besarme las mejillas,
Probablemente me hubiese asomado
A las paredes de su vientre
Como escondido bajo floreadas cortinas,
Para entender finalmente
De lo que hablaban mis otros
Compañeros de esperma
Antes de echar andar carrera.

Si ella me hubiese advertido
Que hay un momento en el que dejamos
De ser humanos para convertirnos
En un animal salvaje y/o destructor,
A veces mecánico parecido a un robot,
Que camina de un punto x hacia un punto y,
Yo le hubiese dicho
“No, mujer tonces ¿para qué?”

Me hubiese convertido, pues
En un coagulo de sangre semi ahogado,
Ya que de todas formas así como se vive se muere
Y todo está predeterminado.

…Recuérdame, mi buen amigo,
Que nosotros nacimos
Porque otros así lo desearon.
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Ensayo Opinión Verbologías del equilibrista

Notas finales sobre imaginerías ilustradas … (IV y última)

En las últimas entregas de esta columna, he intentado esbozar lo que podría llamarse una crítica al liberalismo decimonónico mexicano. Sin embargo, frente al triunfo del liberalismo de ayer y a su radicalizada y sumamente destructiva reedición en el llamado neoliberalismo de hoy, caben unas notas finales. Valgan pues las siguientes líneas como una suerte de corolario sobre los delirios liberales decimonónicos y sus aspiraciones nunca realizadas de ser abrazados por la civilización capitalista euro-norteamericana, por encima de sus grandes mayorías “bárbaras” (“atrasadas” o “subdesarrolladas”, se dirá después). Pienso que no es ocioso regresar a buscar los indicios del desastre presente en el siglo XIX. Al final, las obsesiones liberales, se hallan fuertemente emparentadas con las del actual y hegemónico neoliberalismo en su mismo núcleo de supuestos normativos (sean ellos ontológicos, éticos o epistémicos), regulando todos ellos generalizadas y entronizadas prácticas sociales de muy diversa dimensión organizativa y económico-política. De ahí la relevancia que cobra el estudio del liberalismo de ayer para la comprensión del presente como historia.

I

La materialidad económica, política y social de la historia de las repúblicas latinoamericanas, viene acompañada de una gran ficción que se expresa como voluntad violenta de ser lo real, y que tiene el depósito metafísico de sus fantasías en el discurso fundacional de tales repúblicas oligárquicas. Se trata de la configuración ocultadora e ideológica del hecho fundacional de la barbarie modernizadora, hecho que entonces aparece ficcionalizado y travestido en la forma de la “sociedad política” de los señores de la producción. Es en este sentido, que las repúblicas latinoamericanas emanan de un artificio ficcionalizador —aquello que Valery llamaba la edad de las ficciones—, ahí donde la violencia se disfraza, precisamente, de civilización y progreso. No hablamos aquí de las viejas “robinsonadas” de la economía política y el liberalismo clásicos —con sus “estados de naturaleza” y sus individuos solos y aislados—, sino del aparato legitimador del poder político en las sociedades moderno-capitalistas, poder que se despliega ocultándose al mismo tiempo a través del recurso a la ficción. El núcleo paranoide y delirante de los discursos producidos por las élites liberales decimonónicas se inscribe en esta urdimbre.

Por otro lado, podemos incluso afirmar, que tal estratagema legitimadora de las relaciones de dominación/explotación/conflicto —que son constitutivas de la heterogeneidad ancilar latinoamericana—, es esencial para el propio devenir de la modernidad capitalista, pues ella implica, ciertamente, una mitificación y un ocultamiento de la violencia que define su carácter y sus críticas modalidades de desarrollo, marcadas así por la desmesura productivista a costa de los más.

II

La estratagema ficcionalizadora de la violencia y la desmesura del sistema, se ha presentado bajo los nombres de progreso y civilización, generando modalidades binarias (civilización y barbarie, lógos y mythos, etc.) que funcionan como 1) expresión de ontologías totalizantes y esencialistas destinadas a preservar una clasificación social ventajosa para los poderosos y 2) naturalización de la violencia política adelantada por las élites liberales. En el seno de tal estrategia, históricamente exitosa, descansan contradicciones abismales nacida de su universalidad exclusivista y colonial. A pesar de ello, perdura el consenso a su favor a través del tiempo, y en muchos sentidos seguimos atados a sus ilusiones y a sus “ensanchamientos” epistémicos como únicas salidas racionales a los dilemas del presente. En el proceso de despliegue de tal modalidad de dominación, la política revolotea entre la fundación “elitista” —combinada con formas continuadas de “epistemicidio”—, y una monología caracterizada en el presente por una política a-política, es decir, la anti-política de la reestructuración de la totalidad social neoliberal. La continuada repetición de sus slogans conforma a una “sociedad civil” que, avanzando dentro del armazón del miedo respetuoso a la “mano invisible”, quiere ver en la auto-negación el principio de toda civilidad y de todo comportamiento y hacer racional.

III

Ciertamente, los liberales decimonónicos han querido hacerse pasar por “hombres de espíritu”. Está ahí cifrada gran parte de su debilidad y de la equivocación de sus tendencias. Embebidos por la ilusión liberal han sido incapaces de llegar a conocer su lugar en el proceso de producción. Son pues hombres hechos de la realidad en permanente crisis de la que quisieron emanar artificialmente triunfantes, pero en cuyas contradicciones no han querido ahondar más allá del discurso.

Los “hombres de espíritu” han querido elevarse por encima de la situación crítica en que se vieron envueltos invocando el alto soplo de la civilización, que es, por definición, el anhelo de ninguna parte, un discurso alucinante que alumbra con vértigo y vehemente lógica de explotación los lugares por donde pasa a ciegas. Los liberales mexicanos, sin haber hecho la carrera a ciegas, han querido elevarse por encima de sus propios pasos después de todo y, ya presa de su propio delirio, han buscado ser “hombres de espíritu”. Más la realidad de la explotación no puede ser vencida por el Espíritu —que mira desde su desmesura—, sino por aquellos que habiendo recorrido el camino se tornan ellos mismos en la geografía del mundo y sus heridas.  

No basta con corroer desde dentro del poder político al “terror” pretérito, ni tratar de exorcizarlo con estrategias surgidas de la ilusión liberal. Los liberales mexicanos no renunciaron nunca a su cuna ni a su educación privilegiada; no dejaron de abrazar las ilusiones propias del Espíritu ilustrado ni desistieron de su ciudad letrada, que aunque con miradas en el abismo de lo “popular” y sus miserias, siempre se vieron a sí mismos como la voz de una sociedad que se levanta por encima de la sociedad real y la desdeña con la mirada de quien se sabe portador de una verdad imperecedera, verdad que tarde o temprano ha de realizarse por la palabra de un moderno augur que predice la llegada del futuro destronado por los errores del pasado.  

He ahí el gigantismo del liberalismo latinoamericano y su discurso —gigantismo que inflando la palabra, trata de ocultar su debilidad, es decir, la pérdida de vigencia o la debilidad de esa palabra como lugar de la toma de decisiones y de la actuación de la voluntad política—, que hubo querido cargar con la inmensa carga del Espíritu para aniquilar al pasado y a su propia condición de anclaje al pasado colonial, que no es otra cosa que el relato de un pasado que los criollos independientes construyen para luego demolerlo —con voluntad cesarista— y darle así sentido a su propia metafísica, a su propio y recién adquirido esencialismo, moderno y antimoderno a la vez.   

Personajes como Fray Servando Teresa de Mier o Lorenzo de Zavala (no otros como el ya tratado Bustamente) pudieron ver al “hombre abstracto” del liberalismo y adivinar su limitada suerte en medio de un nacimiento (el de la nueva República) que llevaba ya la mácula de una crisis permanente. Más no pudiendo renunciar a la sombra de las faldas que aquel hombre abstracto les hubo prodigado como escudo protector, hubieron de construir su discurso de crítica al pasado colonial desde las categorías y formas de fe que aquel resguardo les ofrecía. Declararon siempre henchidos en su ilusión, añorando un futuro al que se mira desde un tiempo ausente (que es un tiempo que no llega, gobernado por el deber ser y no por el saber estar), y que tenía en Norteamérica, Inglaterra y Francia sus más contundentes demostraciones.  

Lo revolucionario no estaba ciertamente en oponer el Espíritu del liberalismo moderno y capitalista al “terror” del pasado colonial, como quisieron creerlo los liberales latinoamericanos. No se trataba de la lucha del Espíritu contra el pasado reaccionario opuesto al Progreso, sino de la lucha de los miserables, los colonizados, contra todo yugo ya no sólo colonial, sino contra la misma dinámica de la colonialidad del poder que pervive más allá de las independencias político-administrativas decimonónicas. Un intelectual, para ser revolucionario, tiene que ser traidor a su propia clase, los liberales ciertamente no lo fueron. Sólo buscaron una “mejor versión”, en algunos casos purificada por el trabajo, más acabada y consciente de sí por la fuerza de su ímpetu de apropiación, que si bien es prólogo de muchas vilezas, pensaban, constituye la única vía posible para alcanzar la civilización y el natural orden de las cosas, dos metas imposibilitadas por la presencia de los errores coloniales, con todas sus pervivencias nativas, antimodernas y bárbaras.

IV

Se cierran estas notas finales con un comentario relacionado con el mencionado Lorenzo de Zavala, de quien suele decirse que fue un traidor. Tal es su lugar en el relato de la historia nacional mexicana tras haber apoyado la causa separatista de los texanos en 1835-36. Sin embargo, pienso que sigue siendo un personaje fundamenta para entender los descalabros del liberalismo mexicano en el siglo XIX, y, por lo tanto, el malogrado nacimiento de la república mexicana.

Tan sólo quisiera decir que no es claro que haya traición a una patria que no existe más que como entelequia elitista o como afirmación realmente maravillosa. Puede que su radical fe liberal, se dice, le llevara a integrarse a las filas del proyecto norteamericano, donde habían alcanzado su máxima realización (o eso creía él) el fundamentalismo de la propiedad, la civilización y el progreso; había que acelerar y dejarse llevar por esa marcha y es así como debe entenderse quizá su idea sobre la sangrienta victoria que los EU tendrían tarde o temprano sobre las “naciones incivilizadas”. Puede también que haya visto no más que por su interés como propietario de extensiones importantes de territorio en Texas. Difícilmente puede argüirse, por otro lado, como se ha hecho (con sensiblería nacionalista), que fue su falta de arraigo patriotero (o del esencialismo reaccionario que supone todo nacionalismo) lo que derivó en la traición, pues no existía en aquel momento una clara noción de patria ni del consiguiente “sentimiento patriótico”. De estas tres hipótesis quizá esta última demuestre mejor la pervivencia idealista de una condición alienada propia del discurso histórico nacionalista. De alguna manera Zavala percibía lo ilusorio de la República independiente y se fue, con sus propias ilusiones, hacia un lugar que le permitiese quizá, una más cómoda realización de su utopía privada.  

Los traidores son un elemento esencial del relato nacionalista, así como los héroes. Le dan sentido a dicho relato y le permiten mantenerse en permanente respiración artificial. Las glorias cesaristas de la historia nacional, protagonizadas por héroes y traidores, están fraguadas en la victoria del liberalismo mexicano. Sabido es (pero a lo mejor no suficientemente) que los vencedores han escrito la historia de México (y de Latinoamérica). Las heroicas tragedias de los liberales, sus batallas fundantes de la promesa del progreso y la civilización en el siglo XIX (en contra de la pervivencia del fantasma colonial y la barbarie), así como las nunca terminadas empresas de la modernización, el crecimiento y el desarrollo que maman de sus supuestos travestidos, ya en el siglo XX y lo que va del XXI, forman parte de esa victoria inflada y neurótica que oculta el patrón de poder constitutivo que está en el centro del desastre latinoamericano. 

Como bien decía Bolívar Echeverría —acerca del curso de la “fatalidad” en que se va desenvolviendo nuestra historia desde la fundación de las Repúblicas independientes, ahí donde nada, en el escenario de la política, ha sido realmente real y en cambio todo ha sido realmente maravilloso—: 

La vida política que se ha escenificado [en las Repúblicas latinoamericanas] ha sido más simbólica que efectiva; casi nada de lo que se disputa en su escenario tiene consecuencias verdaderamente decisivas, o que vayan más allá de lo cosmético. Dada su condición de dependencia económica, a las Repúblicas nacionales latinoamericanas, sólo les está permitido traer al foro de su política, las disposiciones manadas del capital, una vez que éstas han sido ya filtradas e interpretadas convenientemente en los Estados donde él tiene su residencia preferida. Han sido Estados capitalistas adoptados sólo de lejos por el capital, ciudades ficticias, separadas de “la realidad”.

V

Como se dijo al iniciar estas notas finales, asomarse en la historia del siglo XIX sigue siendo uno de los caminos posibles para explicarnos el embrollo de nuestro presente sin presencia. Aún vivimos de varios de los sentidos y vicios presentes en su historia. A lo largo de estas entregas, hemos querido trazar algunas hipótesis iniciales que pueden servir para plantear preguntas problemáticas con miras a rescatar la historia que vive bajo los grandes monumentos nacionales. Certamente, no se trata de reducir el sentido de la historia a la crítica del liberalismo, la realidad es más compleja que las simples ilusiones liberales. Pero la persistencia de las mismas en la forma de su radicalización neoliberal hace pensar que dicha intromisión es necesaria y productiva, pues ella puede ayudarnos a destrabar y quizá desmontar los marcos normativos en que solemos basar nuestro “sentido común” y sus ideas de presente, pasado y futuro. En última instancia puede ayudar a “vernos” y a comprender el calado histórico de la crisis epocal que nos va tocando vivir, una en donde, más que nunca, el abandono radical de las ilusiones (neo)liberales será clave en la búsqueda de una reconfiguración renovada de la existencia social.

Nos encontramos el mes que viene.

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Ecos de un caballito del diablo Narrativa

Aída Chacón| Otra vez el sureste| Crónica

El calor insoportable de la ciudad me hace recordar al de mi pueblo. Tenía unos doce años cuando, a raíz de mis clases de Ciencias de la Tierra, se me ocurrió pensar en la temperatura ambiente del lugar. No era común tener termómetros ni aparatos de medición de ningún tipo. Cuando encontré arrumbado en la casa un termómetro ambiental estaba cubierto con una capa de polvo tan difícil de quitar que no se podía leer la escala de medición. Luego de pedirle a papá que me ayudara con esa reparación, nos dispusimos a medir la temperatura ambiente. Colocamos el termómetro en un sitio de la banqueta afuera de la casa para simular el escenario real de cuando yo caminaba de regreso después de la escuela. El termómetro llegó a 50°, esa era su medición máxima. Nos quedamos un rato pensando en que, tal vez, podría ser mayor pero que no lo sabríamos hasta conseguir un termómetro con más capacidad. Luego seguimos con el experimento y medimos la temperatura dentro de casa. Apenas se redujo un par de grados centígrados.

Después de nuestros hallazgos, mi papá charlaba con todo aquel que se le atravesara. Les contaba del tremendo calor, de lo criminal que resultaba. Unos llamaban al pueblo, “el infiernito”; otros más, los que se hacían los poetas, le decían “la novia del sol”, porque este jamás se iba y estaba ahí encima todo el tiempo. Mi madre le decía: “la antesala del infierno”. Ella siempre despreció vivir ahí. No sé cómo resistió sin abandonarnos. Extrañó la ciudad, su ruido y el gentío indiferente durante cada día que vivimos allá. Cuando se mudó de vuelta a la capital, se recluyó en su casa, no salía más allá de los límites de la colonia y, ocasionalmente, visitaba la zona en la que dejó parte de su juventud.

Los vecinos empezaron a inventar toda clase de experimentos que comprobaran su hipótesis: nuestro pueblo era el más caliente de todo el estado. Un vecino aprovechó el cofre de una camioneta estacionada afuera de donde se encontraban para sus experimentos y a las doce del día partió un huevo y lo esparció ahí. El huevo cambió de coloración, se cocinó en la lámina. Después de aquello, todos estaban asombrados por no haber perdido la razón a causa de la inclemencia del sol de tantos años. Otros se preguntaban cómo era que el pueblo no se había deshabitado jamás y que, por el contrario, parecía hacerse más y más grande. Lo que era evidente es que, alrededor de las dos de la tarde, cuando más calor se sentía, los negocios bajaban sus cortinas, la gente desaparecía de las calles y ese tiempo se ocupaba para comer. El mediodía nuestro era ese momento entre las dos y las cuatro en el que las calles se convertían en las de un pueblo fantasma.

Cuando se acercaban los peores días de calor y antes de las lluvias, nosotros y casi toda la gente del lugar, buscábamos un lugar en el río, a veces en la playa. Nos gustaba ir a remojarnos al agua del Joliet, el Julieta para los menos pretenciosos. Ese río enorme y que, a los ojos de mi infancia resultaba hermoso, se encontraba en los límites del pueblo. Del otro lado, pasando el puente de tubos, ya no era Veracruz, sino Oaxaca. Del lado oaxaqueño se encontraban las ruinas de una hacienda. La gente contaba un sinfín de historias sobre esa construcción. En lo que antes era el arco de entrada de la propiedad se lograba ver el nombre Joliet y el año 1904. Todo estaba abandonado. No habían pasado ni ochenta años de aquella fecha pero a mí me parecían un abandono de cientos de años. Las pocas paredes que se apreciaban de pie eran altísimas, todas sin techos. Numerosas puertas conectaban lo que antes, seguramente, habían sido habitaciones inmensas y llenas de lujos. Se decía que el dueño era un francés acaudalado que decidió venir a México buscando prosperidad. Su hija, una hermosa mujer de ojos azules y piel blanquísima, lo había acompañado y había bautizado la hacienda en su honor. Otras personas decían que había sido de gringos adinerados. Todos coincidían en que la Revolución les había hecho caer en la desgracia y poco a poco, la hacienda que se erigía en lo alto de una loma, los plantíos, las caballerizas y todos los que trabajaban en ella, fueron muriendo, migrando, simplemente desapareciendo hasta dejar el sitio totalmente abandonado y sin certezas sobre su historia.

En el río, nosotros los niños cazábamos guarasapos durante horas, chapoteábamos un rato, hacíamos concursos para saber quién podía soportar más tiempo bajo el agua. Cuando alguno no lograba escapar, se convertía en el blanco del tío que quería enseñarnos a nadar. Nos aventaban desde algún sitio alto y teníamos que salir a flote. Nuestra infancia en el río también se acompañó del constante temor de morir ahogados. Así podíamos durar hasta seis horas en el agua; hasta que teníamos las manos y pies de viejitos, nos acercábamos a la orilla a comer algo. Irremediablemente al comenzar a comer llegaban las historias de las tías sobre el amigo de su juventud que murió siendo apenas un crío. Chelín era el más pequeño de todos ellos. Falleció una tarde de domingo cuando fueron a ese mismo río; él comió y volvió a nadar; se ahogó sin que los demás se dieran cuenta. Cuando lo buscaron ya era demasiado tarde. Su cuerpo estaba hinchado y todos lloraron hasta enloquecer un poco. Tardaron en volver ahí y lo recordaron en cada ida al Julieta.

En la noche, ya que nos habíamos dado una ducha y nos acostábamos a dormir, creíamos que el agua nos mecía, pero ahora en la cama. Y yo podía sentir la corriente del río golpear suavemente todo mi cuerpo. Cerraba los ojos y, de nuevo, estaba flotando en el agua; escuchaba a lo lejos su ruido chocando en las piedras, corriendo en el cauce con sus desniveles. El arrullo me hacía sentir una tremenda paz hasta que me quedaba dormida. No la he sentido de nuevo hasta ahora.

Poco antes del verano llegaban las lluvias. En algunos casos, monzones. El calor se apaciguaba un poco, nos daba un respiro no muy largo. El agua de la lluvia era una bendición esperada. Algunas veces lograba escaparme de mamá y sus cuidados para mojarme en la calle. Me encantaba perderme entre las gotas hasta quedar empapada. La tibieza de las gotas evitaba cualquier resfriado. Jugaba a bailar y cantar en la lluvia, a sentir cómo la ropa se humedecía con rapidez hasta quedar escurriendo. Y de nuevo la paz… pero ahora llegaba en forma de olor a tierra mojada. Al instante en que cesaba la lluvia se empezaban a oír las chicharras. Esa era señal de que, al día siguiente, el calor regresaría pero esta vez más fuerte.  

Las trampas de la memoria son muy curiosas. Las nostalgias son seleccionadas cuidadosamente para que no me acuerde de la inseguridad que, de pronto, azotó el estado un día durante mi adolescencia. De repente, sin que nadie pudiera evitarlo, dejamos de salir en las madrugadas, olvidamos los cantos de la rama, comenzó a desaparecer la gente, los migrantes también y los que quedaban, estaban mutilados por el tren. Tampoco me acuerdo de los zetas que llegaron, de cómo reclutaban compañeros de mi prepa, ni de la estirpe de chupaductos que se apoderó de la zona. No pienso en el derecho de piso que hizo cerrar a más de un pequeño negocio en el centro de mi pueblo. Eso… nunca lo recuerdo. No pienso en que el pueblo de mi infancia me fue arrebatado y que ahora solo queda ese parece en la nota roja.

Desde el sofocante calor citadino de apenas 27°, me pongo a recordar furiosamente esos pasajes de la infancia mientras me animo diciendo que este calor no es tan insoportable, que he sentido el rigor de los 50°, que ni el río, ni la regadera ni la ropa ligera terminaban con el sopor de mi pueblo; que acá, en esta latitud, aunque no se pueda bailar bajo la lluvia, encontramos en la sombra una tregua del calor.

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En el abismo

Arturo Santana | En la oscuridad (Narrativa)

Desde pequeño, disfrutaba ver las estrellas. Por alguna razón, lo hacían sentir tranquilo, como si fuesen ángeles de la guarda; sin mencionar los diferentes escenarios en su mente volátil, influida por la televisión y aquellas historias que encontraba en la biblioteca.

Pero ahí, en medio de la boca de Saturno, aquellos puntos blancos parecían un enjambre al acecho. Eran los ojos de las sombras que lo espiaban en la habitación.

Y como si retrocediera varios años, sintió miedo. Con la diferencia de que no había nadie que pudiera encender la luz. Lo brillante y visible allá arriba era titánico.

En lugar de calmar sus nervios, los ángeles (caídos) lo transformaban en una insignificante hormiga que esos dioses o cualquiera de sus súbditos, a lo mejor esos demonios que lo observaban, podían aplastar con un dedo.

Entonces comprobó que no estaba solo. Los gigantescos seres podían escuchar sus pensamientos.

Empezó a sentir la presión y el aire que dejaba de fluir en su casco. Segundos que resultaron una eternidad, la cual lo esperaba en el vacío.

Antes de dormir, miró la cara de los titanes y maldijo el momento en que llenó la solicitud.

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Canaimera

Werner Hernández | La resistencia de los pipiles

Dada la complejidad que atañe a las interrelaciones culturales, históricas, espaciales y geográficas de los pueblos originarios del continente americano, resultan insuficientes, casi imperceptibles, los estudios que se han hecho al respecto, algunos más serios que otros, incluso los hay aquellos afectados por la fantasía. Hace no muchos que platicábamos con el poeta Martín Tonalmeyotl acerca de las migraciones milenarias del pueblo nahua, nómada por antonomasia, y cuyo origen es incierto, pero su huella cultural, en buena parte de la nación mexicana y casi toda Centroamérica, es innegable, fundacional y sobre todo, vigente. Además de México, podemos señalar a Nicaragua y El Salvador, como bastiones de la cultura nahua, el primero con los nahoa y el segundo con los pipiles. Algunos estudiosos, como Miguel León Portilla, han querido dar luz sobre el parentesco entre los nahuas de México y sus pares nicaragüenses y salvadoreños, pero lo cierto es que existe un cierto desdén por entender y reconstruir el devenir histórico y cultural de los nahuas en sus migraciones y posteriores asentamientos. Tristemente, durante siglos pasados, e incluso en éste, las torpes políticas locales de gobiernos asesinos, han buscado exterminar a los pueblos originarios. Y los nahuatlatos no han sido la excepción. Por ello, cualquier intento de salvaguarda, de reivindicación, de rebeldía, es ya una obra titánica. Werner Hernández (San Salvador, 1977), psiquiatra de profesión, ha emprendido una obra así. Desde el año 2001 realiza investigaciones personales acerca del náhuat y en esta materia se ha distinguido como profesor y activista. En 2012 ingresa al Colectivo Tzunhejekat. Su labor como recopilador, traductor, arqueolingüista y docente han sido fundamentales para preservar la lengua de los pipiles salvadoreños. Werner Hernández ha escrito los libros Titaketzakan Nawat (Ministerio de Educación, 2018) y Nawat Mujusta (Secretaría de Cultura de San Salvador, 2019), además participó como coautor de la obra Nikmati Ume taltikpak (Ministerio de Educación, 2020).

  • ¿Estimado Werner, cómo se da tu acercamiento con la cultura náhuat, la ancestral y la contemporánea?
  • Mi familia no es del área pero desde niño yo decía que de adulto hablaría en nawat. En 2001 conocí a Genaro Ramírez, hablante de nawat de Witzapan, y fue éste quien me enseñó por seis años, cuando lo visitaba semanalmente. Luego estuve un año como médico en otro pueblo del área, Cuisnahuat. Mi madre tiene su propia versión: Durante mi embarazo realizó trabajos universitarios en el área nahua. Ella piensa que en esos meses fue que me empapé del amor por el idioma: “ya oías y lo hacías en nawat”, me dice.
  • ¿Podrías hablarnos acerca de la cosmogonía pipil?
  • Es muy rica. Con el devenir de las iglesias en la zona y la discriminación social hacia los temas indígenas ha corrido peligro de desaparecer sin embargo todavía se la halla en la región. Para llegar a ella debe uno superar a estos adversarios por medio de la convivencia en la comunidad pues el tema los ha acostumbrado a esconderse. En la narrativa pipil conocemos que los humanos venimos del fruto del árbol de morro, que nuestra organización como grupo surge a partir de los llamados tepewas, pequeños pero astutos, con la capacidad de conocer y traer el maíz. La participación de serpientes racionales entre los humanos es un elemento frecuente y la relación con la naturaleza se ve como un eterno enfrentamiento ante el cual los humanos deben forjar su carácter. En la salud conocemos el tunal como la fuerza y brillo con que funcionamos y las distintas formas de perderlo explican un estado general enfermizo.
  • ¿De qué salud goza la literatura náhuat contemporánea?
  • Su producción es escasa a nivel impreso. Pervive más en la forma de oralitura con la composición de canciones. Un libro muy recomendable es “Nikmati ume Taltikpak” (Conozco dos mundos), de Eugenio Valencia.
  • ¿Qué escritores en El Salvador están haciendo su obra en lengua náhuat actualmente?
  • Paula López es la autora que con seguridad ocupa el puesto de mayor referencia. Aunque la cantautora falleció hace 5 años la belleza de sus letras le sobreviven. Su hija, Estela Patriz, quien también es activista del nawat continúa cantando su música.
  • ¿Cuál ha sido el papel de la literatura náhuat en las letras salvadoreñas?
  • Ninguno. Es una tarea pendiente que el sistema educativo nacional reconozca el aporte de los autores o los temas nahuas. Tómese este ejemplo: Existe la obra Mitos en la lengua materna de los pipiles de Izalco, originalmente recopilada en 1929; estamos a cerca de 100 años de todavía no ser enseñada en la enseñanza pública ni a nivel básico ni superior.
  • ¿Existe un contacto con escritores contemporáneos de lengua nahua en México o en Nicaragua o algún otro país?
  • He coincidido personalmente con algunos escritores nahuas de México, con ninguno de Nicaragua. Me parece que la comunidad nahua salvadoreña se ha desarrollado con más fuerza hacia dentro en los últimos años y ya está lista para darse a conocer afuera.
  • ¿Cuál es tu perspectiva de la literatura náhuat contemporánea?
  • Me parece que aunque la comunidad nahua salvadoreña es muy pequeña puede dar enormes sorpresas a nivel de literatura. Además trabajar en este punto es obligatorio si queremos garantizar la salud del idioma pues en la literatura es donde el idioma escapa de un plano gris y se lo puede ver jugando, divirtiéndose y perfumando el aire. El nahua salvadoreño es muy musical.
  • ¿Qué es el Colectivo Tzunhejekat?
  • Es un grupo de voluntarios de la capital, San Salvador, muy comprometidos en la visibilización digna de los nahuas salvadoreños y de la lengua nawat. Tzunhejekat significa “loco” porque los que ahí colaboramos nos sentimos locos por el nawat.
  • Háblanos de los tres libros que has escrito acerca del náhuat.
  • El primero “Titaketzakan nawat 3” fue un encargo de nuestro ministerio de educación como libro de texto para un programa piloto de enseñanza del nawat en las escuelas. El segundo, Nawat Mujmusta, es un breviario gramatical y un vocabulario nawat-español (y viceversa) para los adultos que quieren estudiar el nawat y recoge mi experiencia de más de 15 años visitando la mayoría de los pueblos nahuas de El Salvador. El tercero, Nikmati Ume Taltikpak, es de mi otro maestro de nawat: Eugenio Valencia. Un homenaje póstumo de su obra en la que fui parte del equipo editor.
  • ¿El gobierno de El Salvador ha sido genocida con el pueblo náhuat?
  • Sí. En 1932 realizó un ataque armado a la población nahua. Las fuentes más ecuánimes estiman que en unos 10 días se eliminó a unos veinte mil nahuas. Fue conocido que bastaba hablar en nawat para tirar a matar. Desde hace unos 10 años las actitudes de los gobiernos buscan ser favorables al grupo nahua.
  • ¿Y la sociedad salvadoreña?
  • La sociedad salvadoreña ha hecho frecuente uso de la indiferencia o de la discriminación, por ello los pocos a favor del nawat buscamos hacer el mejor esfuerzo para despertar conciencia.
  • ¿Qué acciones se están tomando para salvaguardar el náhuat y vincularlo a la literatura o al acto mismo de la escritura?
  • Han habido esfuerzos de salvaguarda, de literatura y de escritura pero de funcionamientos aislados. Hace falta una línea más fresca que busque unificar todos estos elementos en uno solo con esta proyección.
  • ¿Existe una probabilidad de reconciliación verdadera entre los diversos pueblos que conforman las sociedades latinoamericanas o estamos fracturados por siempre: pueblos originarios de un lado, mestizos del otro, españoles por aquí, negros más allá, etcétera?
  • Me parece que el hermanamiento es posible y más tras reconocer que básicamente las luchas de los otros pueblos son las mismas que las propias.
  • ¿Qué significa ser activista y escritor en El Salvador?
  • Significa andar con dulzura en el corazón, coraje en el paso y fuerza en la palabra.
  • ¿Existe actualmente un rastro del México nahua entre los pipiles de El Salvador?
  • Por el idioma, por las danzas, por la gastronomía, por el aspecto físico, por la arqueología (sólo por mencionar unos pocos puntos) me parece que los salvadoreños somos más mexicanos de lo que creemos.
  • ¿Cuáles son los dos mundos que se plantean en el Nikmati Ume taltikpak?
  • Uno anterior y profundo, el nahua. Uno nuevo y advenedizo, el mestizo. El anterior tomando su lugar adentro del nuevo.
  • ¿Qué son para ti los cantos en el náhuat y sus cantores?
  • La mayor fuente de literatura actual en nawat.
  • ¿Qué significado le otorgas a las palabras resistencia y rebeldía?
  • Parte del autorretrato. El nahua salvadoreño se desenvuelve como hermano natural de ambas pero desarrolla no una resistencia contestataria sino una alegre rebeldía que te lleva, como río, a ir adelante y cantando.
  • Salarrué tiene un bellísimo cuento sobre el Cipitío ¿crees o acaso eres tú mismo un cierto Cipitío?
  • Con el nawat acaso más un cadejo, ese animalito fantástico y nocturno fiel a los pasos de su persona y que se le adelanta sólo ante los peligros.
  • Por último, estimado Werner, has dicho que sin el náhuat El Salvador es una nación sin rostro ¿qué matices y recovecos guarda esta afirmación?
  • El nawat es el último idioma nativo de nuestro país. Perderlo sería dejar ir a todas las generaciones de mujeres y hombres que sus saberes fueron expresados en esta lengua. El negar esta herencia es negar aquello que conforma nuestro mismísimo rostro: nuestra identidad.
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Ecos de un caballito del diablo Narrativa

Aída Chacón| Lejos y apretado| Crónica

Vivir en la ciudad es caótico y apretado. Los espacios son distintos al igual que las distancias. En la infancia viví en lugares amplios, con plantas, cielos abiertos, pájaros cruzando el cielo y chicharras cantando hasta la muerte. Me mudé muchas veces. Perdí la cuenta de ellas y también de las cosas que perdía en cada cambio de casa. Aún con eso siempre tuve espacio. Espacio para mí, para meter los gatos que recogía de la calle, unos cuantos perros y hasta una paloma que se cayó de un árbol y quedó lastimada.

Viví hasta mi juventud en un pueblo. No tan grande ni tan pequeño, no tan olvidado ni lejano. En sus calles principales se veían tiendas y aparadores como una pequeña ciudad. El centro era una zona de apenas unas cinco cuadras a la redonda dónde se concertaba la mayor actividad económica. El mercado, dos tiendas de autoservicio, algunos bancos, el palacio municipal, el parque donde se hacían los bailes y algunos comercios. Era el lugar más ajetreado de día y más solitario por las noches. Vivimos algunos años en ese centro casi deshabitado.

Teníamos un patio que se llenaba de hierba muy seguido. Grandes plantas de acuyo crecían sin que nadie les pusiera freno. Cuando tuve cierta edad y aprendí a usar el machete, mi actividad favorita era chapear el monte. El poder que el machete me confería me regalaba cierta confianza y me permitía sentir que hacía una ardua labor que no cualquiera podría realizar. Después de sudar a mares, veía las plantas cortadas y satisfecha las juntaba en el centro del patio para prenderles fuego.

Algunas de nuestras casas tenían tanto espacio que jamás logramos llenarlas. Nunca tuvimos demasiadas cosas, incluso podría decirse que ni siquiera las que alguien pensaría como necesarias, así que, mucho menos lográbamos llenar esos tremendos espacios. Recuerdo en mi infancia casas de techos altos, de habitaciones inmensas. Yo podía perderme en esos sitios y encontrar un escondite privado.

Recuerdo una casa en la que teníamos terraza en dos de las recámaras. Una de ellas tenía vista a la calle y la otra, al patio trasero. Nuestra terraza que daba a la calle bien podría ser otra habitación, así que, cuando queríamos acampar, solo sacábamos colchonetas y dormíamos ahí, con el fresco y las estrellas.

No usaba mucho el transporte porque todo era muy cercano, pero cuando lo hacía, nunca estaba lleno. Solo durante el carnaval o los desfiles se veían las calles llenas de gente. Había espacio para charlar a gritos de una acera a otra. También para estacionarse cerca de las tiendas principales. No faltaba lugar en las bancas del parque a menos que fuera domingo. Ese día todos estábamos ahí dando vueltas una y otra vez en una espiral interminable donde perseguíamos no sé qué. Tal vez, matar el tiempo.

El espacio era tal que cuando papá se fue y nos mudamos a una habitación en la casa de una tía, cabíamos las cuatro en ella. En provincia había espacio, lugar para todas las cosas, para las plantas y los animales. Para la ropa secándose al sol, para los bañistas en el río, para abanicarse en las tardes de intenso calor. En la ciudad, en cambio, nunca lo hay. No se puede leer un libro en el transporte sin que la puerta del metro o la gente que entra y sale propine un buen empujón. En ocasiones, cuando las puertas están cerradas y no hay gente abordando o bajando del vagón, tampoco hay espacio para abrir el libro y retirarlo de la cara para lograr leer.

Hay tanta gente que no cabe en ningún lado. Ni en los andenes del metro, ni en los trenes; tampoco en las avenidas ni en los camiones. Mucho menos en los parques o en el supermercado. No importa la hora o el sitio siempre está lleno de personas. En los departamentos tampoco hay sitio para estar en paz. Se escucha al vecino de arriba caminar de un lado a otro. Se escuchan las zapatillas de las vecinas andar en las escaleras del edificio. Se oye la fiesta de la calle contigua. No hay espacio para el silencio, tampoco para las estrellas o los cielos abiertos. No hay escondites. Siempre estamos expuestos. No hay sitio para demasiado, aunque ahora quizá tenga algunas cosas más que en mi infancia, no son muchas.

Una paradoja de la ciudad es que, aunque todo está muy lejos y apretado, la gente no se habla y no se mira. La gente atiborra el transporte y pocos saludan o se desean buen camino. Si alguien cae desmayado, pocos se detienen a llamar a una ambulancia. La gente está acostumbrada a ver a tantos que ya ninguno importa. Somos muchos, muchísimos, pero no sabemos nuestros nombres, no sonreímos camino al trabajo. Quizá sea el hastío que provocan las grandes distancias, el malestar de los camiones apretados, la interminable y agotadora rutina de los trayectos.

Para algunos, quizá la solución es el regreso; tomar de nuevo las valijas y marchar por donde vine… pero a veces, la trampa está en que los lugares espaciosos habitados en la infancia solo existen en la mente. Ya no hay a dónde volver, ni cómo. Así que la verdad es que ese espacio grande, luminoso, sin saturaciones también se ha diluido en el tiempo. Escapó. Quedará como una historia que alguien tal vez contará a sus nietos y que empezaría más o menos así: “Dicen que en provincia había mucho espacio. Mi abuela contaba que en su infancia tenía un patio inmenso, cubierto de las más bellas flores y un poco de monte…”

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La casa de Lanudo

Diario del té I Jonatan Rodas I(relato breve)

El agua se ha puesto amarillenta. Un amarillo que le recuerda el color del cempasúchil. Esa casi venerada flor que inundaba los campos que contempló a través del cristal del auto aquella tarde de octubre mientras se dirigía junto a sus amigos a Cuernavaca. Quiso preguntar muchas cosas, pero era amante del silencio y también un poco autodidacta. Al llegar a su destino buscaría una biblioteca o, mejor aun, aduciendo necesidad de aire se apartaría del grupo para buscar un mercado, una venta de flores, un tendero o cualquier persona en la calle en la que anticipara encontrar respuestas sin pretensiones intelectuales, como las que seguramente sí encontraría entre sus amigos.

De la mano de aquel recuerdo levanta la tetera para ver el agua más de cerca. Ninguna observación precisa. Solo el deseo de contemplar la coloración que ha tomado el agua al contacto de la hierba que, cinco minutos atrás, introdujo en el cilindro que pende en medio de la caprichosa tetera de cristal. Le apasiona todo el conjunto. El agua. La realidad que se dibuja difusa a través del cristal. La bocanada de vapor que se desató cuando vertió el agua caliente, como si se tratara de su espíritu escapando del burbujeo hirviente (Pero no podía serlo. Porque el espíritu estaba ahí. Podía sentirlo). La hierba. La fina hierba que tomó en un par de tímidas pizcas entre sus dedos pulgar e índice y que luego soltó como si se tratara de un fragmento, un minúsculo fragmento de su vida. La tetera: transparente, casi levitante, trémulamente firme (¿No sería ella también una tetera?).

Y después de eso, la espera. Una espera que no se parece a otras esperas. Una espera sin prisas ni presiones. Espera nomás. Nada que esperar para que llegue. Nada que esperar para que se vaya. No cuenta el tiempo, cuando lo que cuenta es la quietud, la pulsación de la tierra en las plantas de los pies (¡en las plantas! Si pudiera elegir sería una planta, y luego té, y luego vapor, y luego ella).

El té ya está listo. Es todo lo que cuenta en aquel instante de plena entrega, de comunión propia.  

Levanta la tetera y aspira el vapor aromático que se suelta al chorrear el contenido dentro de la taza. Ha tenido la sensación de querer llorar de alegría. Ha sentido como el té le calienta adentro. Como todas las noches, al instaurarse el silencio en casa, en el ambiente.

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Narrativa Retazos del...

…sentimientos encontrados…

Carta para S.

Naciste cuando papá moría. No sé si lo recordás. Puede que el entendimiento de la memoria y los recuerdos sigan siendo un lugar desconocido para el ser humano. Hoy, por lo que te conozco, sé que seguro lo recuerdas y que incluso, juegas con él a escondidas. Sé que lo recuerdas recostado en el sofá con una máquina conectada a su nariz. Puede que de ese recuerdo venga la inquietud que tienes por la medicina. No lo sé. Y a decir verdad, me chupa un huevo que seas lo que seas, me chupa un huevo todo…, menos que pierdas la sonrisa que tienes hoy, menos que algún día pierdas la dignidad. El mundo que conocerás no tengo la puta idea de cómo será, solo quiero saber que serás mejor ser humano que el tipo que escribe esto…

Lindo cumple S.

Atentamente…

Un camaleón

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En el abismo

Arturo Santana | Prescripción contra el insomnio (Narrativa)

«Catorce, quince…».

Su brazo se movía con el mismo ímpetu de un adolescente. Aún tenía mucha energía y era preocupante. El doctor le dijo que la actividad física acabaría con las voces y el desvelo.

«¿El maldito mintió?».

Sugirió algunas vueltas al vecindario, lagartijas, abdominales o sentadillas. Lo importante era cansar su mente y su cuerpo. Obligarlos a reposar, asfixiarlos hasta que sus ojos quedaran en trance.

«Veintiuno, veintidós…».

A veces la curva en su rostro amenazaba con volverse una sonrisa; otras, tan solo corrían algunas lágrimas. Pensó que esa curva tímida era el preludio de un remate y que la humedad era sinónimo de asco.

La misma película de las últimas semanas con el mismo final. Las muecas le hacían hervir el pecho. La adrenalina recorría con más ímpetu.

«Maldito,

deja…

de…

reírte…

de…

¡mí!».

        .

        .

        .

        …

Se detuvo.

El sudor resbalaba por su frente. Tuvo la sensación de quedarse sin aire, pero no supo si era la fatiga. Aún se sentía vivo, a diferencia del tipo sobre el plástico. Era como si se hubiese quedado sin palabras. De hecho, ya no tenía rostro.

Se levantó, con cuidado de no pisar el charco del insomnio. Fue a la cocina. Dejó el cuchillo en el lavamanos y mojó sus dedos.

El líquido escarlata se perdía por el desagüe en una lenta despedida. Imaginó que eran el cansancio y las voces. Después de todo, quizá el médico tenía razón.

Quizá.

«Debería intentarlo de nuevo para estar seguro, ¿no?».

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Agibílibus

Sobre la fantasía y sus subgéneros

Uno de los géneros que más nos atraen con fuerza es la fantasía, tanto en la literatura, el cine y los videojuegos. Sin embargo, he notado que los espectadores en general se dedican a adentrarse a la ligera en ciertas obras desconociendo, como podría esperarse, que dentro de la fantasía existen subgéneros a los cuales pertenecen las diversas historias que tanto nos impactan.

Por tal motivo, y sin afán de obligar a nadie, me permito realizar un chapuzón ante el género fantástico y sus subgéneros con la finalidad de servir de guía para aquellos interesados al respecto y que de una u otra forma sienten la inquietud de ampliar sus horizontes al respecto de las historias que tanto disfrutan (o quisieran disfrutar).

La fantasía y sus subgéneros

¿Cómo se diferencian los subgéneros de la fantasía? ¿Cómo identificarlos?

Cuando nos adentramos en el amplio mundo de la fantasía, tanto en la literatura, el cine, los cómics o incluso los videojuegos, nosotros como espectadores asumimos un rol importante para el desarrollo de las historias que se presentan ante nosotros. El lector-espectador-jugador se convierte en cómplice de la trama fantástica, y en algunos casos es quien reconstruye la vastedad de los mundos, la complejidad de los conflictos o la profundidad de las historias.

Cada historia tiene un comienzo y un final que puede o no gustar a todos por igual. Sin embargo, hay algunos autores que se dedican exclusivamente a atender a un tipo de lectores-espectadores-jugadores perfeccionando un estilo específico para la ambientación de sus historias fantásticas. Cabe mencionar que no todas las historias tratan exclusivamente de caballeros, ambientes medievales, magia o dragones. En la fantasía hay una gran diversidad de posibilidades increíbles e infinitas.

Es por eso que los eruditos de la fantasía han catalogado a la fantasía en diversos subgéneros, de los cuales tenemos a los más representativos como la alta fantasía, la baja fantasía, grimdark, fantasía urbana, la fantasía heroica, la fantasía oscura, la ciencia ficción fantástica, la fantasía histórica e incluso hasta podríamos hablar del realismo mágico dentro de este ordenamiento.

Iniciemos con uno de los exponentes más representativos: la alta fantasía. Este subgénero es tan popular  debido a las grandes historias como El Señor de los Anillos de Tolkien, los juegos Dragon Age y The Elder Scrolls.  En este subgénero se presente el eterno conflicto del bien contra el mal, ambientado normalmente en contextos medievales, y en donde existe de trasfondo una gran profundidad de razas con culturas vastas como humanos, orcos, elfos, enanos, brujos, magos, hadas, trolls y dragones, y con grandes mundos por explorar que podrían abrumar a los lectores en primera instancia. Estas historias se mantienen vivas y en constante cambio debido a su gran complejidad.

Después podemos mencionar a la baja fantasía. Este subgénero puede tener similitudes con la alta fantasía, incluyendo el mismo estilo de ambiente y personajes, pero con la diferencia de que los mundos y las tramas presentadas son más simples y dinámicas. Los protagonistas se vislumbran más como antihéroes así como las luchas no son exclusivamente entre el bien y el mal. Uno de los exponentes es la saga de Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin. Cabe mencionar que a este subgénero se le puede relacionar con otro llamado grimdark, el cual muestra historias un tanto oscuras y crudas.

Por otro lado está la fantasía urbana, la cual nos muestra una mezcla entre el mundo real contemporáneo mezclado con mundos fantásticos diversos. Para este entorno tenemos ejemplos claros como Harry Potter y algunas historias de cómics y Anime/manga en donde distintos mundos convergen dando frutos curiosos y complejos. Sin embargo, no se debe perder de vista su principal característica: lo urbano debe estar presente.

También tenemos a la fantasía heroica, la cual expone historias que podrían asemejarse de igual forma a la alta fantasía debido a su ambientación medieval y la manera de presentar a los personajes principales. Sin embargo, estas historias por lo regular tienen un rasgo que los define de las demás: las historias tratan siempre de la eterna batalla de la espada contra la magia además de que los héroes no son exclusivamente bien portados y de altos valores, más bien se muestran bruscos pero sin caer en la maldad. Como ejemplo tenemos a Conan el bárbaro.

La fantasía oscura, en cambio, muestra mundos e historias que se ligan más con la maldad y el terror. En estas historias la magia es siempre oscura, sin alegría ni esperanza, y comúnmente los protagonistas son frágiles y están sometidos a voluntades descomunales y malignas. Como exponentes tenemos las historias de Poe, Lovecraft y Stoker, entre otras.

De igual manera está la ciencia ficción fantástica, la cual puede confundirse con la ciencia ficción convencional. Sin embargo, el rasgo que define a la primera es que en estos mundos futuristas la tecnología siempre está sometida de alguna manera a la magia, aunque se pueden mezclar elementos de otros subgéneros de la fantasía. Un claro ejemplo es la saga de Star Wars en donde convergen elementos de la ciencia ficción, como naves y batallas en el espacio, con elementos como la fuerza.

La fantasía histórica, por otro lado, se presenta como un subgénero muy curioso.  Aquí por lo regular se retoman periodos históricos reales con la peculiaridad de que los autores tratan de darle el aspecto de una parodia o de una realidad alterna en donde se reinterpretan ciertos eventos históricos. Estas historias son más comunes en películas en donde  se llegan a incluir elementos de otros subgéneros fantásticos como dragones, monstruos, magia, mundos, zombies, vampiros, etc., los cuales están inmersos en los eventos de la humanidad.

Finalmente, algunos de los expertos han mencionado que el realismo mágico debe considerarse dentro de los subgéneros de la fantasía. En estas historias la magia toma un aspecto normal y cotidiano para los personajes al nivel de que no es necesario explicar cómo o por qué funcionan estos elementos mágicos para la trama. Algunos de los exponentes entrarían dentro de los territorios literarios latinoamericanos como Márquez.

De esta manera el lector puede asumir una postura concreta ante la gran diversidad de subgéneros dentro de la fantasía, siendo que no solamente se trata de elementos de la alta fantasía siendo que la profundidad de las historias puede tomar diversos tintes dependiendo la época y tendencias artísticas de cada tiempo, autor y espectadores.

Cada persona tiene sus historias favoritas y estilos preferidos. Sin embargo, algunos de ustedes quizá se aprovechen de este pequeño y humilde análisis sobre los subgéneros en los que se divide a la fantasía en general (incluso ahora podrán ubicar en cuál subgénero entraría su saga favorita) de manera que puedan asomarse a otros subgéneros y explorar otros mundos y posibilidades en donde exploten su rol como lectores, espectadores y jugadores a conciencia.

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Cinefilia crónica

Judas y el mesías negro (2021)

Existen buenas películas y existen malas películas; existen obras maestras y existen bodrios desastrosos; existen películas inolvidables y existen películas que pasado un año ya nadie recuerda. Pero también existen películas que son más que películas, son memoria, son homenaje, son poder, ese es el caso de Judas and the Black Messiah (2021).

Fred Hampton era un activista, revolucionario socialista y el líder de la sección de Illinois del Partido Pantera Negra a finales de los sesentas. William O’Neal era un ladrón de autos cuyo modus operandi se basaba en hacerse pasar por un agente federal para disuadir a sus víctimas y ejecutar el robo. Pero cierta noche, O’Neal, quien apenas tenía diecisiete años, fracasa al intentar robar un auto y, luego, al ser capturado, en lugar de ser enviado a la cárcel, tal como él lo suponía, es reclutado por el agente Roy Mitchell del FBI para que se infiltre en el BPP (Black Panther Party) y le sirva de informante. Entonces los destinos del mesías negro, Fred Hampton, y de judas, William O’Neal, habrán de cruzarse de una manera cuyo desenlace no puede ser distinto al trágico.

Judas and the Black Messiah es el segundo largometraje que dirige Shaka King, recibió seis nominaciones en los premios Óscar, entre las que destacan Mejor película y Mejor guion original, y es sin duda una de los mejores films de la temporada. El amor, la traición, la política, el racismo, la injusticia, el clima urbano, el valor conjurado a una causa justa, la lucha por los derechos civiles de las comunidades afroamericanas; todo eso y un poco más es combinado y puesto en escena de una manera notable. El encargado de interpretar a Fred Hampton es la estrella ascendente Daniel Kaluuya, quien, quizá ayudado por el estupendo guion, realiza la que es la mejor interpretación de su carrera hasta el momento, superando incluso a la realizada en la conocida Get Out (2017), pues logra dotar de una fuerza y una voz propia al personaje, evocando y rememorando la firmeza y la determinación con la que Hampton asumió la lucha social a lo largo de su corta vida. Por su parte, el traidor O’Neal es interpretado por Lakeith Stanfield, cuyo trabajo es incluso superior al de Kaluuya, dado que no sólo es el antagonista que debe soportar la carga pasar por protagonista, sino además debe (y lo logra c0n creces) fingir una actuación dentro de la actuación que ya de por sí es fingida: es un completo farsante, un infiltrado; por ejemplo, a través de sus gestos y expresiones, Stanfield consigue que la ejecución de los primeros planos larguísimos de su rostro, que son vitales en la construcción del personaje y en la manifestación del conflicto moral que sufre, se ejecuten de manera formidable.

Otro hecho destacable es que Debora Johnson (Akua Njeri), quien era la pareja sentimental de Fred Hampton y es la madre de Fred Hampton, Jr., su unigénito, es interpretada por Dominique Fishback, quien, a pesar de que pudo ser mejor, no hizo una mala interpretación y junto a la decisión de maquillarla de manera mínima y el que su físico se aleje de los estereotipos de belleza que la sociedad moderna le impone al género femenino, consigue dar con un personaje real y acertado. Lección para los poderes culturales y hegemónicos del entretenimiento mundial que solamente logran concebir personajes principales femeninos si son interpretados por modelos o reinas de belleza, quienes encajan perfecto con el estereotipo imperante pero no con la figura del personaje a tratar.

En definitiva Judas and the Black Messiah, que sutilmente toma algunos recursos del blaxploitation de los setentas, como también del cine político y del documental, resulta una digna representante de la cinematografía afroamericana de las últimas décadas, abanderada por el fallecido John Singleton en su momento, o por el maestro Spike Lee con su extensa filmografía o por Barry Jenkins con su premiada Moonlight (2016). Una película que vale la pena ver no sólo por su valor narrativo, estético y filmográfico, sino también por su valor histórico y reivindicativo.


La polémica: por extraño que parezca, todo indica que a la Academia le pareció que Judas and the Black Messiah era una película sin protagonista, o sin protagonistas, pues los actores Daniel Kaluuya y Lakeith Stanfield, que interpretan a los personajes principales del film, fueron nominados en la categoría de Mejor actor de reparto. Se suponía que el personaje de O’Neal, interpretado por Stanfield, era el protagonista y el de Hampton, interpretado por Kaluuya, era el más relevante de entre el reparto; incluso podría pensarse que era una película con dos protagonistas, precisamente ellos, pero no así lo consideraron en Hollywood. Hasta el momento no ha habido ningún pronunciamiento por parte de los organizadores de los premios. Ya veremos cómo resulta la noche de la ceremonia.

M.D.