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Poesía

Claudia Piccinno | Mantos de olvido

Coltri d’oblio
 
Braccia s’allungano,
mani s’intersecano,
dita che graffiano
per squarciare
un tulle di malinconia.
Rami spigolosi e scarni
cercano l’azzurro del giorno
sepolto sotto coltri d’oblio.
Ombre cinesi danzano
riflesse allo specchio
di un cielo sospeso
tra il com’é
e il come vorrebbe essere!
 
Mantos de olvido
 
Brazos que se alargan,
manos que se entrelazan,
dedos que rasguñan
hasta desgarrar
un tul de melancolía.
Ramas afiladas y esbeltas
buscan el azul del día
enterrado bajo mantos de olvido.
¡Sombras chinescas danzan
reflejadas en el espejo
de un cielo suspendido
entre el cómo es
y el cómo le gustaría ser!

Claudia Piccinno (Italia). Es Directora del World Festival of Poetry. Ha recibido el l’Ape d’Argento 2019, por parte del municipio de Castel Maggiore (Boloña). En abril 2017 se le otorgó el premio World Icon for Peace en la ciudad de Ondo en Nigeria. Ganó el premio literario Naji Naaman 2018, en el Líbano. Ha escrito numerosos ensayos críticos o prólogos para libros de otros poetas. Ha traducido gran cantidad de autores del inglés al italiano.

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Narrativa

Mayevi Hadith | El bosque

Hace un tiempo descubrí un bosque cerca de mi casa. Caminaba cerca y vi muchísimas huellas que se adentraban en él. Me propuse que alguna tarde iría a explorar para seguirlas y saber a dónde se dirigían.

Pasé varios días haciendo los preparativos para mi incursión al bosque. Debía estar lista para lo que pudiera encontrar. Las huellas no parecían de animal sino como de algún hombrecito, apenas marcadas en el suelo. Después de mi descubrimiento tomé algunas capturas con el teléfono de mi mamá. Luego, le pedí que me lo volviera a prestar para tomar fotografías en el bosque. Me preguntó qué querría fotografiar allí y le conté que no sabía exactamente, pero que sospechaba que podría tratarse de alguna ciudad de hombrecitos.

Cuando menciono estas cosas, mamá ya no me dice nada. Supongo que me cree, aunque le cueste un poco. Para mí también era increíble que hombrecitos pudieran vivir en el bosque y sin ser descubiertos. A veces los adultos se niegan a creer que los chicos estemos más despiertos para darnos cuenta de cosas tan pequeñas como esa. Siempre creen que somos diminutos y que todo lo vemos enorme, pero en realidad nos fijamos más en lo que es pequeño porque podemos sentirnos iguales.  En cambio, todo lo que es grande nos sorprende y es tan lejanos a nosotros. No nos preocupamos por ser mayores, pero sí por no dejar de ser niños.  Mamá me ha dicho que algún día seré adulta. Tal vez si crezco pierda el interés por el bosque, los hombrecitos y el millón de huellas que encontré.

A mi abuela también le conté de mi hallazgo y le pregunté qué creía que podría ser. Dijo que nada de lo que conoce deja huellas como las que fotografié. Pensaba que tal vez si sólo se aparecen para mí, significa que tengo algo especial. Yo no podía decir eso de las personas, las veía iguales a todas, menos a mi mamá y a la abuela porque viven conmigo y las quiero.

Llegada la tarde seleccionada, terminé de hacer mi mochila para el viaje al bosque. Segura de llevar el celular con la cámara, una linterna, galletas para compartir con los hombrecitos. Metí mis campanas y cascabeles porque en los cuentos dicen que a los duendes les gusta la música. Solo esperaba que sí fueran amigables y no monstruosos. Esperaba hacer amigos para jugar.

Me encaminé y esperé poder encontrar en el bosque el montón de huellas para seguirlas. Deseaba verlas allí y descubrir de qué se trataban.  


Mayevi Hadith (1993, Guatemala). Participó en la antología Flores de luna, publicada en el Festival Grito de Mujer Chihuahua, México en 2019. Ha participado en diferentes antologías internacionales en formato digital. Su cuento El hospicio forma parte de la antología de cuentos de fantasía y horror El camino del abismo, publicada por la editorial cartonera Alambique. Publica sus escritos en su Instagram personal (@mhady_7).

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Narrativa

Montserrath Campos Sánchez | Bar Central

Marina entra al bar vestida de mallas verdes y suéter rojo. Demasiado flaca para provocar una erección, pero muy disponible para cualquier borracho. Pide una michelada en un vaso de plástico. No quiere perder tiempo por si consigue “paro” para seguir la fiesta, allá entre los arbustos.

Marina debió de ser cantante. Se contonea y abre la boca como una soprano. Con urgencia, desgarra su media y muestra una pierna lacerada, herida por algún adicto que no encontró la puerta. Su cabello reseco y gris, habla de las noches sin bañarse. Ella sabe que su olor también seduce.

En el bar suena una canción triste. El Príncipe ahora un esqueleto, nos dice: “Ya lo pasado, pasado”; pero no pasa. Marina todavía sufre al recordar su primera menstruación: Señorita para que alguien la penetre sin preguntar su nombre.

Marina va al baño a defecar la lujuria que conoció desde niña. Lleva una cubeta para que nadie sepa que siempre quiso ser una Virgen.

La veo bailar. Quisiera contarle de los sueños, de esos que dicen que hay vida en otro pueblo. Pero la ciudad duerme, alguien ha tomado los focos.

Marina por fin consigue un cliente. Le toma la mano y sin pudor la dirige a su vagina; debe ser directa para que el siguiente pez nade entre sus piernas. Baila porque la noche es un rompecabezas que armamos todos. Mientras más se apaga la luz, ella le gime a un oído borracho por diciembre.

No se siente inferior por la morena de vestido rojo, su enemiga. Aún sin mostrar los senos, sabe que alguien le tocará el pezón por unos cuantos pesos. “Hay que compartir”, piensa, y me mira para seducirme. Pero estoy demasiado borracho para entrar siquiera a su mirada.

La conozco de tiempo, sentados siempre de frente mirando evaporar la noche. Alguna vez, estuve embrujado por la mugre que destellaba en su frente, y quise lamerla, pero la falta de tabaco me secaba la boca. Ahora, mientras desesperada es una moneda de cambio, busco mi billetera para llamarla.

La veo irse. Tropezar con otras manos que burlonamente le tocan la entrepierna. Somos dos vagabundos buscando un hogar. Mañana la veré seguramente; desde lejos imaginaré su grito en la banqueta.

Mientras el bar nos reciba, seremos tiburones; mientras la luz se apague, seremos un marino sin un barco.

Enamorado de Marina me corto debajo del zíper, ansioso de que alguien me bese las entrañas.

En el pueblo todos somos prostitutos. He perdido el pudor. También quise ser un Santo; un párroco para masturbar niños temerosos.


Montserrath Campos Sánchez (Celaya, Gto. 1984). Estudió la licenciatura en Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato, y actualmente estudia la Maestría en Literatura Hispanoamérica en la misma institución. Ha publicado los poemarios: Duermevela (Editorial La Rana, 2011) y Dos Infancias (Editorial La Rana, 2018) y, el libro de cuentos ¿Quién es Paola Vargas? (Ficticia, 2016). Su poesía ha sido antologizada en Poesía en rojo (Centro de Estudios de la Cultura Mixteca, 2015)en Diez poetas de Guanajuato 1982-1996 (Revista Punto de Partida, UNAM. Núm. 209) así como en Las Avenidas del Cielo (Universidad Autónoma de Aguascalientes en coedición con la Universidad de Guanajuato, 2018). En el 2019 recibió Mención Honorífica en los Premios León 2019, en la categoría de cuento corto.

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Narrativa

Grizel Delgado | La cocodrila

Mamá y yo fuimos al zoológico sin papá. Por fin se atrevió a salir de casa solo conmigo. Fue su idea, quería que nos divirtiéramos. Días antes leyó libros de animales y miró documentales sobre gacelas y delfines. Tenía miedo de estar a solas conmigo, en un lugar tan grande y no saber qué decirme.

Me explicó todo lo que es posible saber acerca del león africano y la cebra. Me describió cuán áspera puede ser la lengua de una jirafa. Mamá lo había aprendido todo sobre animales. Incluso, cuando fuimos a ver cómo aseaban a los elefantes, fue la primera en formarse para que yo pudiera alimentarlos.

Animal que visitábamos, animal que me describía. Seguramente era la visita perfecta que se imaginó ella. Pero antes de concluirla llamó mi padre y pidió hablar conmigo. Ella me dio su teléfono y fue a sentarse frente a los cocodrilos en una banca con poca sombra.

Papá y yo hablamos un poco y colgamos. Mamá seguía sentada. Yo le devolví el celular y vi que ella se limpiaba una lágrima.

–¿Qué pasa? –le pregunté.

Ella me devolvió la sonrisa falsa más perfecta que pudo y luego me dijo:

–Los cocodrilos son animales de sangre fría.

                Yo me senté a su lado. Me recosté en su hombro. Quizás eso fue lo que me gustó de la visita con mi madre. Nos quedamos callados y observamos a un cocodrilo de fauces abiertas que parecía estar muerto porque no se movía para nada.

–Dan un poco de miedo –pensé en voz alta.

–Tienen unas mandíbulas terribles que por ningún motivo dejan escapar a su presa– dijo y luego se dirigió a mí–. ¿Qué te dijo?

–Que vamos a la feria el próximo domingo… Estará la abuela.

–Qué bien –dijo sin entonación.

Miró el reloj. Yo la detuve. Todavía teníamos tiempo.

–Esa de ahí es una cocodrila –dije–. Está muy gorda, seguro que está embarazada.

Mamá se rio de mí.

–Los cocodrilos ponen huevos.

–¿En serio?

–Sí. Las hembras cuidan durante 3 meses los huevos. Hay muchos depredadores pero ellas son muy efectivas en su trabajo.

–Como tú… ¿Qué más hacen las cocodrilas?

–Los cuidan en un nido durante todo el día aun después de nacidos porque son presa fácil los primeros meses.

–Como tú me cuidaste –interrumpí–. ¿Qué más hacen las cocodrilas? –busqué un abrazo suyo. Ella entendió la verdadera pregunta que le hacía.

                –Leen y cocinan. Saben andar en bici. Algunas son madres y padres a la vez y pelean a golpes con los cocodrilos. A veces pierden. Respetan a las demás personas, les gusta nadar y hacer deporte. Beben alcohol pero no en exceso, no como los cocodrilos. Les gusta besar a sus críos y acariciarles el lomo con su piel dura y áspera. Así son las cocodrilas.

De repente, mientras veíamos al cocodrilo, éste soltó una lágrima.

                –Está llorando –dije.

                Ella negó.

                –No, hijo. El cocodrilo no llora. Sólo está lubricando los ojos.


Grizel Delgado (1982, Cd. de México), realizó estudios de licenciatura en la Universidad Autónoma de México y de Posgrado en la Universidad de Düsseldorf. Es editora, correctora y reseñista. Ha publicado cuentos en las revistas mexicanas La Colmena, Palabrijes y Punto en línea. Ha ganado certámenes de cuento en universidades mexicanas y en concursos en España. Es autora de la novela juvenil “Tu abuela en bicicleta” (recomendación IBBY México, 2018), del cuento infantil “El misterio de Zacango”, premiado por el certamen de Literatura infantil (2014) de la UAEM. Reside en Berlín donde trabaja como editora.

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Ensayo Nuestra memoria

Imre Kertész | Eureka: discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura

Antes que nada, les debo a ustedes una confesión, una confesión tal vez peculiar, pero sincera. Desde el instante en que subí al avión para venir aquí, a Estocolmo, a recibir el premio Nobel de Literatura que me ha sido concedido este año, no he dejado de percibir en la espalda la mirada penetrante de un observador impasible. Y en este momento solemne que me sitúa de pronto en el centro de la atención general, me identifico más con este testigo imperturbable que con el escritor que de repente es leído en todo el mundo. Sólo confío en que el discurso que pronuncie en esta ocasión tan señalada me ayude a acabar con esta dualidad, a unir por fin a las dos personas que conviven dentro de mí.

Todavía me cuesta comprender la aporía que percibo entre esta alta distinción y mi obra o, mejor dicho, mi vida. Es posible que haya vivido demasiado tiempo bajo dictaduras, en un entorno intelectual hostil y desesperadamente ajeno, para poder tomar conciencia de cierto valor literario: era una cuestión sobre la cual simplemente no valía la pena reflexionar. Es más, en todas partes se me daba a entender que aquello sobre lo cual reflexionaba, el llamado «tema» que me ocupaba, estaba superado por el tiempo y carecía de atractivo. Por esta causa, y porque coincidía con mis convicciones, siempre he considerado la escritura un asunto estrictamente privado.


Decir que se trata de un asunto privado no excluye de ninguna manera que sea serio, aunque pareciera un poco ridículo en un mundo en el que sólo la mentira se tomaba en serio. El axioma filosófico afirmaba que el mundo es la realidad objetiva que existe independientemente de nosotros. Un espléndido día de primavera de 1955, sin embargo, comprendí de repente que sólo existía una realidad, yo, mi vida, este regalo frágil de duración incierta que unos poderes extraños y desconocidos habían expropiado, nacionalizado, marcado y precintado, y que yo había de recuperar del Moloc monstruoso llamado Historia, porque mi vida sólo me pertenecía a mí y debía disponer, por tanto, de ella.


Sea como fuere, esto hizo que me opusiera radicalmente a todo cuanto me rodeaba, que si bien no era la realidad objetiva, sí era innegable. Hablo de la Hungría comunista, del socialismo «próspero y radiante». Si el mundo es la realidad objetiva que existe independientemente de nosotros, el individuo no es más que un objeto, incluso para sí mismo; y la historia de su vida es tan sólo una serie de azares históricos incoherentes que lo pueden asombrar, pero con los cuales no guarda relación alguna. De nada le serviría ordenarlos en un conjunto coherente, pues presentan muchos más aspectos objetivos, y el yo subjetivo no puede asumir la responsabilidad por ellos.


Al cabo de un año, en 1956, estalló la revolución húngara. Por un instante, el país se volvió subjetivo. Pero los tanques soviéticos enseguida restablecieron la objetividad. Aun a riesgo de parecer irónico, les ruego que piensen en qué se han convertido el lenguaje y las palabras en el transcurso del siglo XX. Considero probable que el descubrimiento más importante y estremecedor de los escritores de nuestro tiempo es que la lengua, tal como la hemos heredado de una época cultural anterior a la nuestra, es simplemente incapaz de representar los procesos reales, los conceptos que en otros tiempos eran inequívocos. Piensen ustedes en Kafka, piensen en Orwell, entre cuyas manos el lenguaje antiguo se fundía, como si lo hubieran puesto al fuego, para mostrar acto seguido las cenizas de las que surgirían imágenes nuevas, hasta entonces desconocidas.


No obstante, me gustaría volver a mi asunto estrictamente personal, la escritura. Hay cuestiones que alguien en mi situación ni siquiera se plantea. Jean-Paul Sartre dedicó, por ejemplo, todo un opúsculo a la pregunta «¿para quién escribimos?». Es una pregunta interesante que, sin embargo, puede ser peligrosa, y doy gracias al destino por que no haya tenido que pensar nunca en ella. Veamos en qué consiste este peligro. Si elegimos, pongamos por caso, una clase social en la que queremos influir además de gustarle, debemos mirar primero nuestro estilo y preguntarnos si nos sirve para conseguir el efecto deseado. Las dudas no tardarán en asaltar al escritor; y el problema es que en todo caso estará entretenido observándose a sí mismo. Además, ¿cómo saber qué es lo que realmente desea su público, qué es lo que le agrada? Al fin y al cabo, no puede interrogar a todos y cada uno de los individuos. Por otra parte, si lo hiciera, tampoco le serviría de nada. El único punto de partida posible es la idea que él tiene de su público, las exigencias que él le atribuye, la pregunta de qué surtiría sobre él ese efecto que desea conseguir. ¿Para quién escribe, pues, el escritor? La respuesta es evidente: para sí mismo.

Puedo afirmar, como mínimo, que llegué a esta respuesta sin desviarme. La verdad es que mi caso era más sencillo: no tenía público ni quería influir en nadie. No empecé a escribir por un objetivo preciso y lo que escribía no estaba dirigido a nadie. Y si mi escritura tenía un propósito definible, ése era la fidelidad formal y lingüística a mí mismo, y nada más. Resultaba importante precisarlo en aquella época triste y ridícula de la literatura dirigida por el Estado y de la llamada literatura comprometida.


En cambio, me sería más difícil responder a la pregunta, formulada con razón y con cierto escepticismo, de por qué escribimos. Esta vez también he tenido suerte, porque nunca se me planteó la posibilidad de elegir al respecto. He descrito fielmente este hecho en mi novela Fiasco. Estaba en el pasillo desierto de un edificio de oficinas cuando oí resonar unos pasos en un corredor perpendicular. Una emoción particular se adueñó de mí, porque los pasos se acercaban, y aunque pertenecían a una sola persona a la que no veía, de repente me dio la impresión de oír andar a centenares de miles de individuos. Era como si se aproximara una columna de personas con pasos retumbantes, y entonces comprendí la fuerza de atracción de aquel desfile, de aquellos pasos. Allí, en el pasillo, entendí en un solo instante el éxtasis del abandono de sí mismo, el placer embriagador de perderse en la masa, lo que Nietzsche denominó —en otro contexto, desde luego, pero de forma claramente pertinente— la experiencia dionisiaca. Una fuerza casi física me impulsaba y me atraía hacia las filas, sentía que me tenía que arrimar a la pared, y apretarme contra ella, para no ceder al magnetismo tentador.


Describo ese momento intenso tal como lo viví; como si su origen, desde donde surgió cual una visión, se hallara fuera de mí y no en mí mismo. Todos los artistas han vivido momentos como éste. Antes se llamaban inspiraciones repentinas. Pero yo no definiría esta experiencia como una vivencia artística, sino más bien como una toma de conciencia existencial. No me dio mi arte —cuyas herramientas tardé en conseguir—, sino mi vida, que casi había perdido. Trataba de la soledad, de una vida más difícil, de aquello a lo que me refería antes: salir de la marcha embriagadora, de la historia que despoja al hombre de su personalidad y de su destino. Comprobé espantado que diez años después de volver de los campos nazis y, por decirlo de algún modo, todavía en parte bajo el hechizo horrible del terror estalinista, sólo me quedaban una vaga impresión y algunas anécdotas de todo ello. Como si no me hubiera ocurrido a mí, según suele decirse.


Es evidente que estos instantes visionarios poseen una larga historia previa que Sigmund Freud quizá habría atribuido a la represión de alguna experiencia traumática. Quién sabe, tal vez habría tenido razón. Puesto que yo también tiendo a la racionalidad, y los diversos tipos de misticismo y exaltación no van conmigo, necesariamente debo entender, al hablar de visión, una realidad que ha adoptado la forma de lo sobrenatural, que ha actuado como la revelación repentina, diríase revolucionaria, de una idea que había madurado en mí. Ya lo expresa la antigua exclamación de «¡eureka!». «¡Lo tengo!». Sí, pero ¿el qué?


Dije en una ocasión que, para mí, el llamado socialismo tenía el mismo sentido que para Proust la magdalena sumergida en el té, que le evocaba de pronto los sabores de los tiempos pasados. Después de la derrota de la revolución de 1956, decidí quedarme en Hungría básicamente por razones lingüísticas. Así pude observar, ya no con la mente de un niño sino con la de un adulto, el funcionamiento de una dictadura. Vi cómo un pueblo es llevado a negar sus ideales; vi los primeros tímidos pasos hacia el acomodamiento; comprendí que la esperanza era un instrumento del mal, y que el imperativo categórico de Kant, la ética, no era más que la criada dócil de la subsistencia.
¿Podemos imaginar una libertad más grande que la de un escritor en una dictadura relativamente limitada, diríase que cansada e incluso decadente? En los años sesenta, la dictadura húngara llegó a un punto de consolidación que podría denominarse casi de consenso social y que, más adelante, el mundo occidental definió, con burlona condescendencia, como «comunismo de gulash». Parecía que, después de la animosidad inicial, el comunismo húngaro se había convertido de pronto en el comunismo preferido de Occidente. En el fango de este consenso sólo existían dos opciones: renunciar definitivamente al combate o buscar los sinuosos caminos de la libertad interior. Un escritor no tiene grandes necesidades, le bastan un lápiz y papel para ejercer su oficio. La repugnancia y la depresión con que me levantaba todas las mañanas enseguida me sumergían en el mundo que quería describir. Me percaté que describía a un hombre sumido en la lógica del totalitarismo al tiempo que yo mismo vivía en otro totalitarismo y que esto convertía el lenguaje en el que escribía mi novela en un medio sugerente. Si valoro sinceramente mi situación en aquella época, no sé si en Occidente, en una sociedad libre, habría sido capaz de escribir la misma novela que hoy se conoce por el título de Sin destino y que ha obtenido el más alto reconocimiento de la Academia Sueca.


No, sin duda habría aspirado a otra cosa. No digo que no hubiera aspirado a la verdad, pero habría sido otra verdad. En el libre mercado del libro y de las ideas, posiblemente me habría esforzado por encontrar una forma novelística más brillante. Por ejemplo, habría podido fragmentar el tiempo de la narración y relatar sólo los momentos más impactantes. Pero el protagonista de mi novela no vive su propio tiempo en los campos de concentración, porque no posee ni su tiempo ni su lengua ni su personalidad. No recuerda, sino que existe. Por tanto, el pobre debía permanecer en la monótona trampa de la linealidad y no podía liberarse de los detalles penosos. En lugar de una espectacular sucesión de grandes momentos trágicos, había de vivirlo todo, cosa que resulta agobiante y ofrece escasa variedad, como la vida misma.


Esto, sin embargo, me permitió extraer unas enseñanzas sorprendentes. La linealidad exigía que cada situación dada se cumpliera de forma íntegra. Me impedía, por ejemplo, saltarme elegantemente una veintena de minutos por la sencilla razón de que esos veinte minutos se abrían ante mí cual un abismo negro, desconocido y espantoso como una fosa común. Hablo de los veinte minutos que transcurrían en la rampa del ferrocarril del campo de exterminio de Birkenau, antes de que las personas que habían bajado de los vagones llegaran hasta el oficial encargado de la selección. Yo mismo recordaba gran parte de aquellos veinte minutos, pero la novela exigía que desconfiara de mi memoria. Los testimonios, confesiones y recuerdos de supervivientes que leí, sin embargo, coincidían casi en su totalidad en que todo se producía muy deprisa y de la manera más confusa: las puertas de los vagones se abrían violentamente, se oían gritos y ladridos, los hombres y las mujeres eran separados, en medio de un tropel demencial llegaban de pronto hasta un oficial que les echaba una rápida ojeada, señalaba algo estirando el brazo, y en un dos por tres ya iban vestidos de prisioneros.


Yo guardaba otro recuerdo de aquellos veinte minutos. En busca de fuentes auténticas, leí primero a Tadeusz Borowski, sus relatos límpidos, de una crueldad autotorturadora, uno de los cuales se titula «Pasen al gas, señoras y señores». Luego fue a parar a mis manos la serie de fotografías que un miembro de las SS había tomado de los transportes de seres humanos que llegaban a la rampa de Birkenau y que los soldados estadounidenses habían encontrado en el antiguo cuartel de las SS del ya liberado campo de Dachau. Contemplé las fotos con perplejidad: bonitas y sonrientes caras de mujeres, muchachos jóvenes de mirada inteligente, llenos de buena voluntad y dispuestos a cooperar. Entonces comprendí cómo y por qué se habían borrado de las memorias esos veinte minutos humillantes de inacción e impotencia. Y cuando pensé que todo se había repetido día tras día, semana tras semana, mes tras mes, en el curso de larguísimos años, pude hacerme una idea de la técnica del horror; comprendí cómo se podía volver la naturaleza humana contra la propia vida humana.


Avancé así, paso a paso, por el camino lineal de los descubrimientos. Era, si les parece, mi método heurístico. Me di cuenta enseguida de que no me interesaba saber para quién ni por qué escribía. Sólo me interesaba una pregunta: ¿qué tenía todavía en común con la literatura? Porque era evidente que una línea fronteriza me separaba de la literatura y de sus ideales, de su espíritu. Y el nombre de esta línea, como el de tantas otras cosas, es Auschwitz. Cuando escribimos sobre Auschwitz, hemos de tener en cuenta que, al menos en cierto sentido, Auschwitz ha dejado la literatura en suspenso. De Auschwitz sólo se puede escribir una novela negra o, con todo el respeto, un folletín en el que la acción comienza en Auschwitz y se extiende hasta nuestros días. Quiero decir con esto que después de Auschwitz no ha ocurrido nada que haya revocado o refutado Auschwitz. En mis escritos, el Holocausto nunca ha podido aparecer en pasado.


A menudo se dice de mí —como cumplido o como reproche— que soy escritor de un solo tema, el Holocausto. No tengo nada que decir al respecto. ¿Por qué no aceptar, aunque sea con algunas reservas, el lugar que se me ha asignado en los estantes de las bibliotecas? De hecho, ¿qué escritor de hoy en día no es un escritor del Holocausto? No se tiene que elegir necesariamente el tema directo del Holocausto para percibir la voz rota que domina el arte contemporáneo europeo desde hace décadas. Es más, no conozco ninguna obra de arte buena y auténtica que no refleje esta ruptura, como si mirásemos el mundo derrotados y desorientados después de una noche de pesadillas. Nunca sentí la tentación de considerar el ámbito temático denominado Holocausto como un conflicto inextricable entre alemanes y judíos; nunca creí que fuese el último capítulo de la historia de sufrimientos del pueblo judío que sucedía lógicamente a las pruebas anteriores; nunca vi en ello un descarrilamiento puntual de la historia, un pogromo a gran escala más violento que los anteriores o una condición previa a la fundación del Estado de Israel. Lo que descubrí en el Holocausto fue la condición humana, la estación final de una gran aventura a la que el hombre europeo llegó después de dos mil años de cultura ética y moral.


Ahora sólo hemos de pensar en cómo avanzar a partir de aquí. El problema de Auschwitz no consiste en saber si ponerle un punto final o no; si conservar su memoria o, más bien, dejarlo en el correspondiente cajón de la historia; si se deben erigir monumentos a los millones de asesinados y qué tipo de monumentos deberían ser. El verdadero problema de Auschwitz es que ocurrió y que no podemos cambiar nada de este hecho, ni con la mejor ni con la peor voluntad del mundo. El poeta católico húngaro János Pilinszky definió esta grave situación quizá con la palabra más precisa, al llamarla «escándalo». A buen seguro entendía por este término el hecho de que Auschwitz se produjo en un ámbito cultural cristiano y que, por tanto, resulta insuperable para el espíritu metafísico.


Profecías antiguas auguraban la muerte de Dios. No cabe la menor duda de que, después de Auschwitz, nos hemos quedado solos. Debemos crear solos nuestros valores, día tras día, en un trabajo ético invisible y tenaz que acabará generándolos y convirtiéndolos quizá en una nueva cultura europea. Pienso que si la Academia Sueca ha querido distinguir precisamente mi obra, quiere decir que Europa vuelve a necesitar la experiencia que los testigos de Auschwitz, del Holocausto, se vieron obligados a vivir. Esta decisión —permítanme que lo diga— es a mi juicio una señal de valentía e incluso, en cierto sentido, de una firme determinación: deseaban mi presencia aquí a pesar de que habían de intuir lo que diría. Lo que manifiesto a través de la «solución final» y del «universo concentracionario», sin embargo, no se puede malinterpretar, y la única posibilidad de sobrevivir, de conservar las fuerzas creativas, pasa por reconocer este punto cero. ¿Por qué no puede ser fructífera esta lucidez? En lo hondo de las grandes tomas de conciencia, aunque se basen en tragedias insuperables, siempre se esconde el valor europeo más grandioso, el momento de la libertad, que inunda nuestras vidas con un plus, con una riqueza, llamándonos la atención sobre el hecho real de nuestra existencia y sobre nuestra responsabilidad al respecto.


Me hace especialmente feliz poder expresar estos pensamientos en húngaro, mi lengua materna. Nací en Budapest, en el seno de una familia judía cuya rama materna procedía de Kolozsvár, Transilvania, mientras que la paterna venía del extremo suroccidental del lago Balatón. Mis abuelos todavía encendían las velas en la víspera del sabbat, el viernes por la noche, pero ya habían «magiarizado» sus apellidos, y para ellos era natural tener el judaísmo como religión y considerar Hungría como su patria. Mis abuelos maternos murieron en el Holocausto; el poder comunista de Rákosi destrozó la vida de mis abuelos paternos cuando impulsó el traslado forzoso de la residencia de jubilados judíos de Budapest a la frontera norte del país. Me parece que esta breve historia familiar resume y simboliza a la vez los sufrimientos de este país en los últimos tiempos. Todo esto me enseña que el duelo no solamente guarda amargura, sino también unas reservas morales extraordinarias. A mi entender, ser judío hoy en día es, una vez más, en primer lugar una tarea moral. Si el Holocausto ha creado una cultura —lo cual es incontestable—, su meta sólo puede consistir en que la realidad irreparable haga nacer, mediante el espíritu, la reparación, es decir, la catarsis. Este deseo es el que ha inspirado todas mis creaciones.


Aunque poco a poco me estoy quedando sin palabras, confieso sinceramente que no he encontrado aún el equilibrio tranquilizador entre mi vida, mi obra y el premio Nobel. Por el momento, sólo siento una profunda gratitud: gratitud por el amor que me ha salvado y me mantiene con vida. Hemos de admitir, sin embargo, que en este recorrido tortuoso, en esta «carrera» —la mía—, si se puede llamar de esta forma, hay algo perturbador, algo absurdo; algo que difícilmente se puede pensar hasta sus últimas consecuencias sin caer en la tentación de creer en un orden sobrenatural, en la providencia, en la justicia metafísica; es decir, sin caer en la trampa del autoengaño y acabar, por tanto, encallando, destruyéndose, perdiendo el contacto profundo y atormentador con los millones de seres que murieron y jamás conocieron la misericordia. No es cosa fácil ser una excepción; y ya que el destino ha querido que fuéramos una excepción, hemos de reconciliarnos con el orden absurdo de los azares que, con el capricho de un pelotón de fusilamiento, gobierna nuestras vidas sometidas a potencias inhumanas y a dictaduras terribles.


No obstante, cuando preparaba este discurso, me ocurrió una cosa muy extraña que, en cierto sentido, me devolvió la serenidad. Un día recibí por correo un gran sobre de papel marrón. Me lo enviaba el director del Memorial Buchenwald, el doctor Volkhard Knigge. Adjuntaba a sus cordiales felicitaciones un sobre más pequeño. Me indicaba su contenido, por si no tenía la fuerza suficiente para afrontarlo. En el interior hallé, concretamente, una copia del registro diario de detenidos del 18 de febrero de 1945. Por la columna de las Abgänge, es decir, de las «bajas», me enteré de la muerte del prisionero número 64.921, Imre Kertész, nacido en 1927, judío, obrero. Los dos datos falsos, mi año de nacimiento y mi profesión, se explican por el hecho de que, al ser registrado en la administración del campo de concentración de Buchenwald, me puse dos años más para que no me enviasen con los niños y me hice pasar por obrero en vez de estudiante para parecer más útil.


Por tanto, he muerto una vez para poder seguir viviendo, y puede que ésta sea mi verdadera historia. De ser así, dedico la obra nacida de la muerte de ese niño a los millones de muertos y a todos aquellos que todavía los recuerdan. Pero como en definitiva se trata de literatura, de una literatura que es al mismo tiempo, según la justificación de su academia, un acto de testimonio, quizá sea útil en el futuro y, si escucho a mi corazón, hasta diría más: quizá sirva al futuro en su día. Porque tengo la sensación de que, pensando en el efecto traumático de Auschwitz, llego a las cuestiones fundamentales de la vitalidad y de la creatividad humanas; y así, al pensar en Auschwitz, pienso, quizá paradójicamente, más en el futuro que en el pasado.

Pronunciado ante la Academia Sueca el 10 de diciembre de 2002.

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Narrativa

Karla Hernández Jiménez | metadata

Un ojo amoratado fue el que le abrió el camino hacia una nueva ola de violencia. Nerea se despertó en medio de una lluvia de puñetazos.

Toda su vida, Nerea había hecho honor a aquel nombre viejo: una sirena peligrosa a la que le gustaba sortear las aguas turbulentas de la Red.

Nadie hubiera sospechado jamás que aquella chica latina, flacucha y pelirroja fuera una genio en cuestiones tecnológicas. También resultaba complicado comprender la forma en que había logrado crear un servicio tan eficaz con el que las mujeres pudieran denunciar si estaban siendo tratadas como basura.

La ciudad siempre había tenido serios problemas en preservar la seguridad de sus habitantes, especialmente en zonas marginales. Pero últimamente habían tenido lugar una serie de actos violentos. Se estaba convirtiendo en una cuestión terriblemente cotidiana encontrar los cuerpos despedazados de mujeres en varios rincones de la ciudad.

El punto de quiebre ocurrió el día en que hallaron la mitad del torso de Kimberly Park en la cancha de la escuela. Verla en ese estado fue un choque a la sensibilidad de Nerea.

Justo en ese momento, decidió desarrollar el dispositivo. Usando materia orgánica y acero consiguió crear aquel chip reptante que se introducía incrustándose en el oído, escalando para conectarse al cerebro de su potencial dueña.

El invento también permitía paralizar al agresor e infligirle un nivel de daño considerable. Incluso se habían llegado a registrar casos en los que el agresor había terminado muerto a manos de su víctima. En unos meses, la ola de violencia comenzó a disminuir de forma radical.

Nerea insistía en permanecer en el anonimato, incluso el pequeño sitio web que ofrecía mandar el dispositivo a quien lo solicitara estaba cifrado para evitar el rastreo.

Cuando los Agentes la encontraron, ella ni siquiera parpadeo. A pesar de que no opuso resistencia, los agentes la arrastraron fuera de su casa y la golpearon durante todo el camino hasta aquel cuarto en el otro extremo de la ciudad, el Honorio Deu.

Es verdad que casi toda la ciudad estaba completamente hecha de acero, pero aquel metal transmitía una sensación especial. Era como si estuviera vivo. Era la Red.

Se decidió que el castigo de Nerea por alterar el orden fuera la fusión en frío con la Red.

Ella decidió esperar hasta que el acero de la Red se infiltrara en lo más profundo de sus células y la asimilara por completo.

—Aparentemente, se dio por vencida sin pelear.— exclamaron con satisfacción los hombres que habían mantenido a Nerea prisionera durante dieciséis horas.

Los agentes estaban convencidos de que aquella insignificante chiquilla había desaparecido para siempre de la faz de la Tierra. Ellos ni siquiera sospechaban que esa noche había nacido una nueva clase de poder, un nuevo código que se había fusionado sin proponérselo con el sistema binario de aquella maquinaria que se encargaría de vigilar que no volvieran a verse cuerpos femeninos destrozados en la ciudad.

Nombre del código: N.E.R.E.A.

Karla Hernández Jiménez (Veracruz, México). Egresada de Lingüística y Literatura Hispánica. Lectora por pasión y narradora por convicción, ha publicado relatos en páginas especializadas como Íkaro, Casa Rosa y Página Salmón, pero siempre con el deseo de dar a conocer más de su narrativa.

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Alberto Sánchez Argüello | Gilgamesh

Hablo de aquel que todo ha visto; que recibió la merced de ver dentro del gran misterio, de los primeros días antes del Diluvio; el que viajó a los confines del mundo y regresó, exhausto pero entero; el que grabó sus hazañas en estelas de piedra. Cuatro mil quinientos años no han hecho mella en su cuerpo. Desde que los nombres de Anu, Enki, Nammu e Ishtar fueron olvidados, él mismo se perdió entre las dunas que empezaban a cubrir el zigurat de Ur. Resurgió en la defensa de Antioquía en contra de los cruzados, pero ninguno de los tomentos a los que fue sometido logró su cometido. Tampoco lo lograron los cañonazos de Waterloo; el gas mostaza en las trincheras de Flesquiéres; ni el horror inenarrable de “Little Boy” en Hiroshima. Ahora camina sin testigos entre ciudades cubiertas por espesa vegetación. El antiguo rey de Uruk busca entre los vestigios de la humanidad, una cura para su maldición. Pero está escrito en las ciento ochenta palabras de este texto, que él experimentará la peor de las soledades: la inmortalidad.

Alberto Sánchez Argüello (1976, Nicaragua) Psicólogo, minificcionista, escritor de Literatura Infantil y Juvenil. Fundador del colectivo microliterario nicaragüense y de Parafernalia Ediciones Digitales. Ganador del primer concurso de cuento juvenil de la Fundación Libros para niños (2003) y del II Concurso Centroamericano de Literatura Infantil (2016) incluido en antologías de minificción a nivel hispanoamericano. Publicó «Miniaturas voraces» con El Taller Blanco Ediciones en (Bogotá, 2019) y «Naufragio de botellas» con Quarks Ediciones Digitales en (Lima, 2020)

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4 Poemas del aislamiento

Emily, por Víctor Alfonso Arévalo Ramírez | @frank_alfonso5

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Narrativa

Bandi | La ciudad del fantasma

La víspera de la Fiesta Nacional, la ciudad de Pyongyang se hallaba en plena ebullición, algo que no era de extrañar teniendo en cuenta que solo faltaba un día para una celebración que llevaba tres meses preparándose.

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Marshiari Medina | Saint Barbie

“Si me preguntan les diré que tan solo es pop-surrealismo.” Saint Barbie

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Narrativa

Patricia Gallero Pardo | Noviembre

Me gusta cuando nos enrollamos como dos gatos y todo es instinto y mi piel se confunde con la tuya.

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Poesía

5 poemas del aislamiento

1

Me deterioro en el confinamiento
aislado con incrustaciones de pensamiento malsano.
Divago sobre el destino y escribo con salmuera
para que mis sueños duren un poco más.

Todos los versos que escribo se repiten
hago de la tristeza un eterno retorno.
Espero que todo acabe,
hablo de mis suplicios, claro.

@zabalarassiel


2

Desinfectando la casa

Acostumbrarse a ver con los ojos cerrados
a través de la incertidumbre de los noticiarios,
y el incómodo silencio sepulcral de los barrios.
Trajinar los secretos olvidados en casa,
vértelas con el eco del despropósito
de las cagadas y los deseos poco saludables.
Danzar en soledad mientras la muerte espera su turno por las calles.
Mirar mil veces con intriga por la ventana,
tomar muchos mates para desafiar los límites de la paciencia,
escuchar música lejana y soñar con abrazar algo más que espíritus quebrados.

@nicolasignacio64


3

La ciudad está triste y llueve.

Con la incertidumbre a cuestas
también lloramos,
nuestro esfuerzo se precipita en gotas
que salan su piel de chapopote.

Ríos viajan, autómatas sin remedio,
hacia las alcantarillas,
cuyas ávidas fauces engullen
el último testimonio
de que alguna vez tuvimos vida.

Es abril, el sol se oculta y llueve.

@royarrz


4

Madrugada

Insomnio cruel, desolador
Vigilante cómplice de como
La enfermedad brota del cansancio
y cura los trastornos del pensamiento
A la par de un caminito de hormigas que con sigilo
penetra entre las sábanas
Y me anuncia que los te quiero
se extinguieron.

Y en cada despedida del sol
embadurno mi piel con perfume
que huele a musgo,
a lluvia seca,
A cicatrices…

Y cuatro paredes suman ocho
y ocho estrellas vienen a visitarme
luego del llanto,
Después de la esperma
Y justo antes de que la ausencia
anuncie su alborada.

@juanlogos


5

Con ellos la tierra se llenó de llagas,

los encerró para quitarse las botas sin pensar en sus destinos.

El mundo se desnudó,

y nadó más allá del mar,

las olas le limpiaron el hollín,

y la sal relajó su mente agitada.

La tierra meditó en la arena,

escribió sobre la playa,

con caligrafia imperfecta,

a su hermana la gravedad.

@angela.escobar.witch

 


Poesía del aislamiento es un proyecto de El camaleón. Para participar, síganos en instagram y envíe por medio de mensaje privado un poema con un máximo de 10 versos.

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Marcos Mundstock | Las palabras

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Poesía

José Roberto Leonardo | Carta al niño que mira el fin del mundo desde su ventana

Ha dejado de llover

con el letargo de las hojas al caer del árbol

con el sosiego de la abuela al girar el grifo del agua.

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Poesía

Morena Bao | El vestido


El vestido continúa esperándote en la mesa,

así como lo hacía el día que te fuiste.

Quizá el color del invierno debería hacérmelo saber,