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Agibílibus

El enigma de la tumba de Jules Verne

El mundo de la literatura está rodeado de misterios y ensoñaciones de todo tipo. Hay un sinfín de historias fantásticas que nos envuelven y adentran en mundos y aventuras para todos los gustos. Sin embargo, en ocasiones la vida de los creadores de dichos universos también está inmersa en medio de las más grandes ensoñaciones y misterios inescrutables.

Jules Verne (1828-1905), aquel escritor casi profeta considerado como el padre de la ciencia ficción tiene un aura de misterio y enigma que rodea su vida y en este caso, su muerte misma. Ese demiurgo de viajes al interior de la tierra, a la Antártida, la luna, de exploraciones submarinas y de vueltas al planeta tiene una  tumba excelsa donde supuestamente descansan sus restos para toda la eternidad.

Lo extraño de esta tumba no es que encierre la muerte misma del autor, cosa natural en todos los seres vivos condenados a morir. En este caso es la curiosa y hasta tenebrosa representación de la última residencia de Verne la cual está ubicada en Amiens.

Es necesario mencionar que esta tumba fue dispuesta por el escritor antes de morir, el cual dejó algunas indicaciones sobre cómo quería que fuera su cripta, incluyendo una frase detallada que expresa:

Hacia la inmortalidad y la juventud eterna

Al mirar con atención la tumba salta a la vista la evidente figura de un hombre que emerge de las entrañas de la tierra, rompiendo su lápida y alzando sus manos hacia el cielo. Evidentemente es la representación de un Verne que ha vencido la muerte y asciende lleno de jovialidad y energía.

Es curioso que está lápida del gran escritor se encuentre rodeada de tanto misterio después de tantos años. Todo esto, más los secretos que envolvieron la vida de Verne, como por ejemplo su pertenencia a sociedades esotéricas como “la sociedad de la niebla” y aquella información privilegiada que plasmó en sus historias, le dan un tinte enigmático a la tumba y a su aparente muerte.

La mayoría de los personajes de las novelas de Verne siempre fueron jóvenes rebosantes de vida. No es un secreto que el propio escritor anhelara y plasmara su deseo de juventud en sus historias.

También hay que tener en cuenta las sospechas sobre su muerte, pues estas mencionan que Verne planeó todo su funeral sabiendo que no lo utilizaría, ya que se creía que de alguna forma había logrado obtener la fuente de la vida eterna. Es curioso que en sus últimos momentos Verne pidiera que se le realizaran una serie de fotografías en su lecho de muerte para dejar constancia de su mortalidad.

Sea como fuere, basta con mirar su tumba en Amiens para conmovernos con aquella escena de un ser que expresa su anhelo de vitalidad al emerger de su tumba hecha pedazos, mientras se eleva a los cielos envuelto de esa juventud eterna que tanto idolatraba el autor de esos mundos fantásticos que nos dejó como legado.

¿Qué se esconderá debajo de esa lápida realmente?

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Narrativa

Carlos Obispo| Entre fusiles, guiones de telenovela y cobardía: reseña y opinión sobre la novela “Si te pudiera mentir” de Berne Ayalá

El hablar sobre la novela Si te pudiera mentir del autor Berne Ayalá, será una manera de enfocarnos en que los sucesos históricos son una telenovela. Esta es una producción literaria que parte en el sentido de narrar cómo se vivió el aspecto de la ofensiva guerrillera y del conflicto armado en diferentes localidades de la capital de El Salvador. Mediante aspectos como la ironía, la cobardía, el fanatismo y la sátira, expondrá sucesos como el asesinato de los jesuitas y las relaciones entre miembros del gobierno con los coroneles de la cofradía de la Tandona.

El primer capítulo titulado El presidente y la cofradía de los coroneles, nos presentará la contextualización del ambiente, un ambiente caracterizado por las diferentes disputas armadas entre los guerrilleros y los miembros de la fuerza armada. Asimismo, se nos presentará los primeros personajes en escena, en este caso al presidente, el cual lo pinta el autor como un hombre que por la presión de apenas cinco meses de gestión ha perdido el cabello y comienza a presentar arrugas; igualmente, se hace mención al siguiente personaje, el cual es el ministro Walterio Garduña quien posee una amistad apadrinada por la influencia política con el presidente.

Digo apadrinada ya que se hace mención que dado a los problemas que sostuvo Roberto D’abuisson por el asesinato de Oscar Arnulfo Romero, Walterio Garduña le propone a ese entonces no presidente ponerse de candidato para la presidencia. En otros aspectos, se nos narra que el día en que empieza la trama, es la celebración del cumpleaños del mandatario, celebración que se llevaría a cabo en una isla del lago de Coatepeque, donde tocaría el grupo de Aniceto Molina. Ya teniendo a los dos primeros personajes de esta producción, se nos presenta a Manuela, una actriz mexicana que está en una relación con el presidente y que en posteriores situaciones será de mucha importancia.

Dicha celebración se interrumpe cuando un escuadrón de la fuerza armada llega al punto de la celebración para informar que las fuerzas guerrilleras han entrado a la capital. Pasado estos sucesos, se presenta al personaje que tendrá mucha relevancia, si no es que toda, me refiero a Silverio Maravilla; este personaje se nos introduce como un guionista de telenovelas fracasado que, por ciertos motivos llegó a ser asesor personal del presidente de la república. Así mismo, se presenta su esposa (con quien tiene una relación problemática), Esther Wright Maravilla, una mujer que mantiene una ideología de inmunidad por su estatus social, sin embargo, será un personaje que tenga una dicha importancia a posteriori.

Dado las consecuencias de la intromisión repentina de los escuadrones para avisar sobre la ofensiva guerrillera, el presidente llama a Silverio para reunirse con él y poder aclarar la situación que se vive en la capital, dichas conversaciones llegan a un resultado, ir a la base del Estado Mayor para tener una mejor valoración de los hechos gracias a la información que puedan tener los altos mandos. Diversas situaciones se plantean en este capítulo, desde el desacuerdo del ministro y Silverio de permitir a Manuela alojarse con ellos en la base, las primeras muestras de la relación entre el presidente e Ignacio Ellacuría, hasta la primera contextualización de la cofradía de la Tandona.

Entre suceso y suceso, se nos presenta a los integrantes de aquel grupo conocido como la Tandona. Un grupo de coroneles que no solo ascendieron en sus grados militares, ya que, como menciona Berne Ayalá, estos también crecieron en los aspectos económicos; ahora bien, dentro de este grupo de coroneles se encuentra René Emilio Ponce, Gilberto Rubio Rubio, Juan Orlando Zepeda, Inocente Orlando Montano, Joaquín Arnoldo Cerna, entro otros. La primera plasmación que se obtiene en la relación entre la Tandona y el presidente es de desapruebo e indiferencia por parte de los coroneles al presidente y sus acompañantes.

En el desarrollo del primer capítulo se verá la interacción entre ambos grupos mencionados con anterioridad. Gracias a los diferentes movimientos de la guerrilla, se puede observar en la novela cómo Silverio Maravilla va incrementando su importancia, pues a pesar de ser guionista, mantiene un conocimiento amplio y un avanzado análisis de las situaciones, aspectos que pondrán a los coroneles al tanto de sus acciones. Entre sátiras del comportamiento de Silverio con el presidente por parte de su esposa, interacciones entre la cofradía de los coroneles y demás personajes, llegamos a un punto importante de la trama, la supuesta participación de Ignacio Ellacuría con la guerrilla.

Es interesante la manera en que se muestra este hecho, cómo Berne Ayalá nos pone en el papel de un docente de la UCA cuya hija fue, en primeras instancias, violada por guerrilleros y cuya prueba la tenga el personal de la fuerza armada. Estos elementos o cabos vacíos, hacen que el lector pueda crear su hipótesis sobre las diferentes acciones que pueden llegar a cometer ambos bandos, por un lado, plasmar una hipótesis de la crueldad de la guerrilla en actos como violaciones o, por otro, llegar a visualizar lo cínico que puede llegar a ser la fuerza armada para construir y obrar un plan de desprestigio y, a la vez, un plan para la obtención de información del bando enemigo. 

Continuando con la historia, después que el docente vea las pruebas sobre el acto ilícito contra su hija, comienza a destapar información que vinculaba a Ignacio Ellacuría como colaborador de la guerrilla para comenzar, junto a otros jesuitas, un movimiento de insurrección. Entre todo ese proceso de interrogación, obtención de datos, y diversos hechos como la idea del bombardeo de la capital, avances de la guerrilla, los coroneles van asumiendo más importancia a la hipótesis de insurrección, llegando a tomar una de las decisiones más difíciles entre el fanatismo y sátira religiosa por parte capellán Matías Delgado.

El segundo capítulo tiene un título apropiado para la secuencia de sucesos que aparecerán. Bajo la tormenta, nombre del capítulo y una metáfora bien utilizada, pues, en estos momentos de la historia, se empieza a agravar un poco más la relación entre el presidente, sus acompañantes y los coroneles; no obstante, se apreciará una nueva ambientación dentro de lo que es la trama, si es cierto que los personajes principales son el presidente, el ministro Walterio y Silverio, la carga narrativa caerá sobre otros personajes. En primer lugar, encontraremos a la esposa del coronel Zacapa, mujer que influirá mucho, pues gracias a sus ideales religiosos y morales, llega a ser la informante de los jesuitas.

Las acciones de Marta Julia comienzan a excavar un desarrollo de acciones que permitirán ver nuevas analogías. En otras palabras, al plasmar uno de los objetivos que tiene, el cual es mandar una carta a Ignacio Ellacuría, esto provocará observar el quiebre de la obediencia militar gracias al capitán Barra Méndez quien es el que ayuda al cometido de la esposa del coronel Manfredo Zacapa. Lo que suceda con el capitán Barra Méndez nos pondrá en una posición donde veamos una analogía muy certera, «actúo en contra de la institución a la cual pertenezco, pero, a sabiendas que puedo recibir un disparo fulminante».

Entre diferentes posturas de la participación de los jesuitas al lado de los guerrilleros, mismos miembros de la fuerza armada que ya son sabedores de las acciones que se tomarán, mencionan la posibilidad que todo se vuelva una «tormenta»; por otra parte, Berne Ayalá nos pondrá bajo una visión muy característica, la visión de un teniente que por órdenes debe de acabar con la vida de aquellos que fueron sus mentores en una edad temprana. Mediante el personaje del teniente Espinoza Guerra, Berne Ayalá nos pondrá en la situación de un choque de ideas, de nostalgia, de lo moral.

 Por fin se llega a la noche del 15 de noviembre y madrugada del 16. El momento del accionar del plan de los coroneles de la Tandona, acabar con el inminente peligro, en este caso, los jesuitas. La plasmación sobre el asesinato, es decir, los datos estratégicos, la ambientación y esa tensión de los jesuitas, es de los puntos más fuertes de la novela de Berne Ayalá; desde el custodio de las mujeres que se encontraban en una de las habitaciones de la institución, la secuencia de los jesuitas saliendo de sus escondites para posteriormente acostarse boca abajo y las reacciones opuestas que tuvieron al saber que en ese momento iban a morir, la ejecución de estos junto a las mujeres y la falsa acusación hacia los guerrilleros, hace que esta sea una escena muy lograda por parte del autor.

El capítulo tres, Suite exótica de las Américas, empieza en la casa de los Maravilla, con Esther y su amante Antonio Miranda quienes han estado refugiados en ese techo desde el 11 de noviembre. Estos escuchan por medio de la radio las actualizaciones sobre las diferentes disputas armadas y observan que afuera se vive un caos de gente abandonando el país por los inminentes resultados que se verán a futuro. Los sucesos que abarca este capítulo giran en una idea principal: la posible suspensión definitiva de la colaboración de Estados Unidos con la fuerza armada de El Salvador, por el resultado de la investigación sobre la «verdad» del asesinato de los jesuitas.

En este punto, es de mencionar que Silverio Maravilla ha llevado escribiendo una bitácora completa de los sucesos desde su llegada a las bases del Estado. En estos momentos de la trama es factible saber que los que se hable del asesinato y la acusación falsa hacia los guerrilleros será apoyada, pues, por el presidente, Silverio y el ministro; por tanto, los resultados de las charlas que se obtienen con los nuevos personajes introducidos quienes son Douglas Wayne y el embajador, apoyaran la postura de los coroneles para evitar la pérdida de ese gran apoyo económico y la posible muerte a mano de estos.

No obstante, otros de los sucesos importantes dentro de la producción literaria gira en torno a Douglas Wayne. Pues, anteriormente se había plasmado que, siendo sabedor de los posibles riesgos de mantenerse en las instalaciones de la DNI, se traslada al Hotel Sheralton, Su migración de local no trajo algo positivo, pues un suceso importante dentro de este capítulo es la toma del hotel a manos de miembros de la guerrilla, siendo este uno de los impulsadores del accionar de la fuerza armada para la eliminación de los «los terroristas», poco a poco ese plano de falsedad sobre la retirada de los guerrilleros se iba desmoronando.

Las acciones que tomó la guerrilla fueron inteligentes y muy acertadas al momento de ejecutarse. Llegó así uno de los momentos más cruciales que involucran a Silverio, la toma de la colonia Escalón por parte de los «terroristas». Saber que su esposa se encontraba en la vivienda, sin ninguna protección según él, provocó que esa tranquilidad y frialdad momentánea en aspectos militares cambiara a una preocupación exagerada por su mujer. Tales actos vividos en ese tiempo por Douglas Wayne y demás personajes fue el detonante para la posición más arriesgada de Silverio Maravilla, la negociación con el enemigo.

El cuarto capítulo, Las pisadas del caballo de Troya, nos presentará diferentes rasgos de la relación entre la clase alta y el pueblo. El capítulo nos plantea como Esther quien mantenía su posición de inmunidad por ser burguesa es atrapada por la realidad de la guerra, al ser su hogar invadido por miembros de la guerrilla. Así es como se nos presenta al comandante Lino, un comandante que se observa conocedor de la ideología comunista y quien es responsable de provocar un cambio en el personaje de Esther, pues esa idea que sostenía de los guerrilleros, se borró al interactuar con el comandante guerrillero, ya no solo eran hombres sucios que disparaban, eran hombres que sabían el porqué de su lucha.

Este capítulo sirve para aclarar ciertos aspectos que han quedado sueltos a lo largo de la trama y explicar la postura de los guerrilleros. Berne Ayalá hace una realización mediante un dialogo entre el comandante Lino y Esther, donde el comandante guerrillero explica cuál es el motivo de la guerrilla contra los altos mandos:

“[…] la revolución debe ser vengadora, no puede ser otra su ambición, porque los hombres insistimos en quebrar las cadenas de los absolutismos, como el de sus lujos y derroches que contrastan con la miseria del pueblo […]” (p.327).

Como resultado de los diferentes sucesos que involucraban a la colonia Escalón y a Esther Maravilla, Silverio asume la responsabilidad de ser intermediario en las negociaciones con los guerrilleros. Así, Silverio Maravilla se contactaría con el comandante Lino para saber las exigencias del bando guerrillero, que fueron las de tener el medio de comunicación para exponer la hazaña lograda y la caída gradual de la fuerza armada; posterior a esto, se podrá observar la interacción entre el comandante Lino y Silverio, intercambiando posturas ideológicas que van explicando hechos mencionados con anterioridad en la novela.

Anteriormente, en el capítulo uno de esta producción literaria se hace mención a un supuesto acto ilícito de la guerrilla con la hija de un docente de la UCA. En la interacción entre Silverio Maravilla y el comandante Lino, este último empieza a conversar sobre los errores que cometió la fuerza armada con la situación de los jesuitas, desde hacer mención que la guerrilla comete actos de violación o asesinatos masivos, hasta el error más grave en ese punto de la trama, el asesinato de intelectuales y de personas inocentes, de la acusación de las que eran víctimas. El capítulo finaliza con el logro de la guerrilla, exponer su victoria y la derrota en ese momento de la fuerza armada y con el pobre Silverio sabedor de la infidelidad de su amada mujer.

La seducción de la mantis religiosa título otorgado al quinto capítulo de la novela. La trama continua unos cuantos días después de la toma de la colonia Escalón, con los tres personajes principales repitiendo la idea sobre la culpabilidad no solo recaerá en los coroneles de la Tandona, también afectará a cada uno de ellos; recordemos que en pasados capítulos se mostraba la postura del presidente como jefe de la fuerza armada, sin embargo, al no actuar para el bloqueo del asesinato de los jesuitas lo convierte en cómplice de esto. Asimismo, el trío de personajes debía actuar por la razón que una nueva comisión estaba a cargo de la investigación de los hechos del 16 de noviembre.

Diferentes situaciones se nos mostrarán a lo largo de este capítulo. En primer lugar, se nos hace mención sobre la disolución del matrimonio entre Silverio y Esther, por la infidelidad de la última, en segundo lugar, un hecho que era muy deducible, el «suicidio» de la esposa del coronel Manfredo Zacapa, un hecho que deja abierta la situación para llegar a la hipótesis de la participación de la Tandona en susodicho resultado. Asimismo, la falsa relación de Manuela y el presidente, plan articulado por la mente maestra de toda la novela a mi parecer, Silverio Maravilla, un personaje que hasta el momento ha sido el único desarrollado de una manera muy sofisticada.

No obstante, a pesar de los sucesos que he comentado con anterioridad, aparecerá uno de los últimos personajes, y, que será participante de uno de los hechos más deducibles de la novela, me refiero al Doctor Guerrero. El doctor guerrero se presenta como la elección del presidente en dirigir una investigación más rigurosa para descubrir los artífices y el contexto de todos los hechos desde el 11 de noviembre; de igual formar, Silverio Maravilla es elegido como colaborador del Doctor Guerrero, entre conversación y conversación, el doctor se va percatando que Silverio Maravilla posee más información sobre los diferentes hechos que se cometieron durante el periodo de la planificación y ejecución de los jesuitas.

Esther retoma un papel muy importante dentro de estos momentos. El Doctor Guerrero al observar que los coroneles de la Tandona no colaborarían con él y que la información de diferentes informes presenta vacíos, se motiva aún más a descubrir la verdad de ese 16 de noviembre; así es como entra la exesposa de Silverio Maravilla, entregando distintos documentos de valiosa información que tenía guardados desde hace un tiempo por petición de su esposo. El doctor al tener valiosa información se lo comunica al Roberto D’abuisson quien era uno de los colegas más íntimos, al momento de dirigirse hacia el lugar donde se encuentra D’abuisson es acorralado por hombres que lo matan y posterior roban los documentos que Esther había entregado.

Esto provoca una posición que ya se ha desarrollado a lo largo de toda la novela, la guerrilla como responsable de este acto. Es de saber que estas suposiciones son, más que todo, escapes de los problemas que pueden resultar al señalar a los coroneles de la Tandona. Al final, el papel del gobierno es un papel cobarde e inseguro. Por último, se nos presenta lo que es el “bonus track” de la novela, una susodicha interacción entre el autor y un Silverio Maravilla golpeado por los años, comentando sobre los diferentes actos que se cometieron, las posturas de las personas de ese ambiente, y dando un giro narrativo donde Silverio pone a disposición del escritor todos los documentos guardados sobre esos días y meses, haciendo que la novela que hemos leído sea el resultado de esa investigación exhausta.

Para ir finalizando, hacer comentarios de esta producción de Berne Ayalá es algo curioso. Si bien la mayoría de personajes que hacen presencia dentro de la novela no poseen un desarrollo favorable, el desarrollo de Silverio Maravilla opaca en cierta medida ese aspecto, la utilización de la sátira por parte de personajes como el presidente, el capellán Matías Delgado o Antonio Miranda permiten la aparición de un humor que logra apaciguar en cierto nivel la tensión que plasma el autor en los diferentes sucesos, sucesos marcados por el fanatismo ideológico y el cinismo de los diferentes coroneles de la Tandona.

La expresión de los bandos participes de las trifulcas armadas, es decir, tanto el bando guerrillero como la fuerza armada, nos permite saber la posición de Berne Ayalá en esta producción. Asimismo, la historia narrada no es más que la antesala, el desarrollo y las consecuencias de lo que hoy conocemos como el asesinato de los jesuitas, y la posterior situación judicial en contra de los partícipes, pero, con un lenguaje sencillo, escenas pintadas con diferentes propósitos mencionados al inicio de esta reseña y, bueno, escenas como si de una telenovela se tratase, logra el cometido de narrarnos esos momentos de una nueva manera.

Por último, no hay que dejar de lado los datos sobre el proceso del asesinato, de los artífices e inclusive de aquellos extranjeros que rondaban en El Salvador por ese lapsus de tiempo. Estos elementos bien logrados, permiten al lector crear una simulación dentro de sus pensamientos sobre las posibles causas, consecuencias o artimañas que llevaron al fatídico 16 de noviembre de 1989, y, al mismo tiempo, muestran la preparación del autor en la investigación de vastos artículos y documentos de esas épocas.

Bibliografía

Ayalá, B. (2016). Si te Pudiera Mentir. Expedición Americana.

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Poesía

Carlos Obispo|Domingo

I
Todas las tardes de un domingo eran tranquilas, ni un alma en pena se atrevía a molestar a los vivos, la iglesia se limitaba a unos tres campanazos
y de ahí, el silencio. Quienes eran creyentes se dirigían cual vaca al matadero. Otros salían con sus sillas a los andenes y tomaban un café entre chambre y chambre.


II
Los niños salíamos a la calle a jugar «pelota». A carcajadas pasábamos el balón o enojados nos empujábamos por
no meter el gol hasta que el «burguesito» de la colonia se emputaba y se llevaba su único bien material.


III
Esas eran las tardes del domingo. Tranquilo el domingo, nada más que un puñado de gente que en un día se olvidaba de la hipocresía.

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Arte y cultura La Maga y el Quetzal

Daniel Herrera Ortega: La promesa de los símbolos

Desde chico tuve interés por las películas y videojuegos, de cierta forma el entorno donde crecí me indujo a ello. En mi memoria está la primera foto que tomé de forma consciente, fue en un videojuego, buscaba recrear un plano de una película de spaghetti western. Luego, alrededor de los 15 o 16 años, ingresé a un curso de fotografía francesa en el Centro Cultural Chacao, y después tomé un par de cursos más en la ONG de Caracas. Por esa época, mi abuelo me obsequió mi primera cámara.

Entré a estudiar artes en la Universidad Central de Venezuela, pero me fui del país antes de cumplir mi primer año en la carrera. Actualmente soy residente en Argentina y estudio artes audiovisuales, ya me encuentro a mitad de la carrera.

Verónica Vidal: Quien se dedica a la composición visual está llevando a cabo una búsqueda para transmitir una historia o un significado, que en general configura un lenguaje personal. ¿Cuál es tu búsqueda?

Dan Herrera Ortega: En el caso de esta pieza, busqué contar cómo la moneda venezolana, el bolívar, se ha devaluado a medida que el tiempo pasa. Recuerdo que, esta idea nació en mí durante una conversación con un familiar, que comentaba acerca de los precios en Venezuela y de cómo todos los artículos son extremadamente costosos. Comparar la denominación actual con la de hace 13 años, representa una diferencia de millones de bolívares. Me fui del país con los precios del año 2017 y tan sólo pensar en la cantidad de ceros que han restado con cada nueva denominación; los nuevos billetes, la inmortalidad del billete de 100 con la cara de Simón Bolívar (que conocíamos como “el marrón”), e incluso el caso surreal del robo a un banco en el estado Mérida, donde dejaron todos los billetes en el suelo y nadie los tomó. Todo eso fue un clic en mi mente. Decidí crear un billete anti-inflación, a modo de protesta y expresión del surrealismo en Venezuela. 

El imperio de los símbolos es una obra de arte visual que habla de Venezuela como un país sin identidad. Obra publicada con autorización del autor.

Algunos elementos del collage ya estaban decididos desde el boceto, como elementos de un billete soviético, una estructura compositiva basada en el billete de un dólar, Bolívar en el centro con los ojos de Hugo Chávez, entre otros. El resto de los componentes llegaron de forma subconsciente.

V.V: En Venezuela, la generación de los jóvenes menores de 35 años, asistimos al abandono de nosotros mismos, de nuestras casas y familias, para poder tener una vida digna de nuevo. ¿Cómo ha influido este fenómeno sociocultural (uno de tantos en la historia latinoamericana), en tu lenguaje artístico?

D.H.O: Principalmente, el encuentro con realidades distintas a la nuestra, y la consciencia de la propia, ya que nosotros cargamos con ella a donde quiera que vamos. También está presente el hecho de que nuestra sociedad se haya visto obligada a migrar de forma masiva, por primera vez en nuestra historia, considerando que Venezuela es un país formado por inmigrantes. Estas premisas me han llevado a cuestionar los valores que tenemos como sociedad y ver hasta dónde hemos llegado. Esta ha sido la oportunidad de poder expresarme con mayor libertad, de tener acceso a nuevos y diferentes materiales plásticos y a poder tomar fotografías (incluyendo la posibilidad de usar el rollo o irme por una vía digital). En el ámbito académico, siento que este país me ha ayudado bastante en mi preparación como artista y profesional. La ciudad de Buenos Aires es en algunos momentos una ciudad que te permite soñar y hasta llegar a sentir algo de amor y cariño por ella.

Considero que el arte es una de las formas más honestas y humanas de expresión que tenemos. Es realmente hermosa la capacidad que poseemos de crear cualquier discurso a partir de nuestras emociones y sentimientos para cautivar a los demás. En palabras de uno de mis cineastas favoritos, el gran Martin Scorsese: “Lo más personal, es lo más creativo”, y eso es en mi opinión lo más bello del arte.

V.V: Háblanos de la semiótica de tu discurso visual en este collage.

D.H.O: Desde que dejé Venezuela, me había sentido dominado por la rabia y la impotencia. La creación artística ha sido la forma de canalizar aquellos sentimientos para construir a través de ellos. Considero que en este collage, está mi visión acerca de lo absurdo de la economía venezolana, así como lo irreales que han sido estos últimos años para la historia contemporánea del país. Recuerdo haber visto el documental Mayami Nuestro (1), y que una de las tomas más impactantes para mí, fue ver cómo dejaban la urbe que era Caracas en esa época y a medida que salías de ella, empezabas a ver el barrio, las casas rojas, y sonaba una voz que decía «maldito petróleo». Estoy hablando de un documental de la década de los 80, de la época de la famosa frase «está barato dame 2». Tengo la impresión de que con todo lo que ha sucedido en estos últimos años, esa frase sigue vigente, pero sólo para el 5% de la población del país. Considero que ese documental fue una gran fuente de inspiración para mi collage.

V.V: ¿Cómo ha enriquecido tu residencia en Argentina tu percepción y proceso creativo visual y audiovisual?

D.H.O: Argentina en muchos aspectos me ha permitido crecer como persona. He visto una sociedad con la que compartimos muchas similitudes. También ha sido en este país donde me he educado artísticamente, tanto en el campo de la fotografía como en el campo audiovisual. Algo curioso de mi estancia en Argentina, es que me ha permitido conectarme con un lado de mi nacionalidad que desconocía y en eso le estaré eternamente agradecido.

V.V: ¿Cuáles son tus proyectos a corto y mediano plazo?

D.H.O: A corto plazo está terminar mi carrera de artes audiovisuales, romper el cascarón en cuanto a la escritura de guiones y seguir trabajando en el desarrollo de un discurso visual. A largo plazo, me gustaría realizar un largometraje e iniciar un posgrado en artes visuales, y quizás aprender una nueva lengua.

Referencias:

  1. Mayami Nuestro es un mediometraje realizado en 1981 por el historiador y cineasta venezolano Carlos Oteyza. 
Imagen propiedad de Daniel Herrera Ortega

Daniel Herrera Ortega

Nacido en Caracas, ingresó a la Universidad Central de Venezuela en el año 2016 para dejar el país al año siguiente. Tuvo la oportunidad de vivir una temporada en México, donde tomó la firme decisión de profundizar sus estudios de fotografía. En el año 2018 partió de México rumbo a la ciudad de Buenos Aires, donde pudo reanudar sus estudios de Artes audiovisuales en la Universidad Nacional de Avellaneda. Desde muy joven sintió interés por la creación de historias. Devorador de películas, desde Jurassic Park hasta melodramas donde actuara John Wayne. Podía pasar días enteros analizando las imágenes de los videojuegos que estaban en inglés, en un intento de entenderlos y crear su propia historia. El arte es una cuestión familiar, el amor por la fotografía fue influencia directa de su abuelo. Poco a poco, fue rodeándose de personas que compartían su interés por las artes audiovisuales, con quienes pudo crear una productora.

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Arte y cultura Ensayo Glosolalia articulada

André Breton | México superó el excurso del surrealismo.

<<Excursos surreales: paralogías; lúdico uso de la imaginación en escenarios sin gravedad o sucesos atemporales; paradojas; onírico éter, cuerpos flotantes y arquitectura fantasmagórica; escénica contemplación orgánica; sinsentido; tergiversación de las tópicas freudianas; amorfa personalidad en las pinturas y en la literatura; reinterpretación del absurdo existencial>>.  

Dalí  había mencionado abiertamente el disgusto hacia la competencia inintencional de sus obras con el ethos mexicano. Edward James utilizó el escénico mexicanísimo para sus castillos. En el Reino Unido nace Leonora Carrington quien más tarde se nacionalizaría mexicana. Remedios Varo es exiliada de España a México. Luis Buñuel escogió Polanco para filmar El ángel exterminador. Henri Cartier-Bresson tiene fotografías de Mariachis con cerveza corona.  En fin, el escenario mexicano parece un hogar o al menos un magnetismo para los artistas percusores del surrealismo. 

A través de los manifiestos de André Breton sobre el surrealismo y ciertas conferencias traza ciertos cánones del movimiento, sin ser per sé el canon de su manifiesto, las conferencias de México en el 38 son un documento en el que expresa su admiración por el país.  

Brinquemos al presente: al otear la realidad mexicana parece permanecer en el surrealismo, escondido detrás de la promesa “globalizante” y el capitalismo fundado en metal inoxidable: la arquitectura detrás del aforismo less is more de Van der Rohe que dictamina puros rectángulos (fálicos si se cree en Freud) minimalistas que constituyen la metrópoli futurista que soñó Fritz Lang.  En México se ven intentos de uniformarse con la globalización pero continúa siendo una arquitectura yuxtapuesta de una lógica del sinsentido: al doblar en la esquina después de un semáforo ordenando el trafico de la sobrepoblación, en una intersección del periférico se transporta —como un umbral de fantasía— a una calle empedrada y anacrónica.

*

En Antología del humor negro, Breton hace alusión al autor que parece marcar pauta para el siglo XX, la figura de la figura de Kafka (redundancia intencional). El proceso y el valor de su personaje Joseph K. han sido analizados en varios tratados de crítica literaria y filosóficos, Camus lo utiliza como cierre al Mito de Sísifo: La pesadilla kaflkiana como un castigo de la piedra de Sísifo pero en un tribunal por un crimen que no se cometió. La sobre-explotación de interpretar a Kafka una y otra vez a inicios del siglo XX se debe a que hizo de manera muy simple algunos tópicos nihilistas, sociológicos, pragmáticos, éticos. En fin, englobó muchas tópicas interesantes a la filosofía, en la pesadilla que es el tribunal eterno de Joseph K.  Breton, por otra parte, utiliza la figura de Gregorio Samsa en la Metamorfosis para considerarlo como una comedia. Amanecer siendo un insecto es tomado por André Breton como humor negro. 

La resilencia cultural del mexicano muestra una cercanía a dicho excurso al convertir de la comedia un medio catártico. En la antología se encuentran diversos autores (Nietzsche y Sade, por ejemplo) que muestran que Breton entendía por humor negro una situación controversial, la ruptura de un paradigma social y el ataque a los cánones de lo estético. Algo mexicanísimo reírnos del desastre y la tragedia. Un ethos de comicidad que converge con la tragedia.

La mejor comedia es la política mexicana, usémoslo como ejemplo: no hay discurso más escueto o más falso que las campañas políticas, simplemente es esquizofrénico, todo el aparato lingüístico es un estimado o una yuxtaposición de lo irreal. El verdadero absurdo es un “líder político” que vive en una realidad alterna. Claro que es una génesis de miseria, injusticia social, feminicidios, pobreza y afines de otras desgracias, pero estamos en un parámetro cuyo discurso es encontrar al hombre-escarabajo como un elemento de comicidad. 

*

El principal vínculo del surrealismo con México se trata del sinsentido: las historias callejeras, la improvisación, las soluciones caseras; ver un carrito de tamales usado como automóvil con una familia de tres hijos; los crucifijos exuberantes en los coches; el altar de muertos en el cofre de un pecero; las coloridas fachadas de edificios abandonados; intersecciones de coches cuyos semáforos y vialidad parecen haber sido diseñados con el propósito de colisionar. En fin, este es el sinsentido que hizo que Dalí se sintiera intimidado por México, aunque no hay mucho dicho sobre la antología de Humor Negro y la comedia mexicana, pues esta antología no es el texto principal de Breton.

El índice de esta recopilación consta de irruptores intelectuales cuya obra ha sido considerada como grotesca, abyecta o esperpéntica, al igual que el humor negro mexicano.                

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Bibliófila extraterrestre Opinión

Libros envenenados en la vida real, en novelas y en juegos de video

En Dinamarca encontraron tres libros envenenados, según un artículo publicado por The Washington Post, en el 2018 (Sí, recién lo estoy leyendo, tengo que ponerme al día… lo sé)

El hecho es que, en la sección de libros raros de una Universidad en Dinamarca consiguieron unos libros cuya cubierta estaba envenenada con arsénico.Los contenidos de las obras, versaban acerca de historia y una biografía sobre figuras religiosas, todos datados entre el siglo XVI y XVII, según BBC News Mundo (2018, párr. 2)

Lo más curioso es que descubrieron que están envenenados por pura casualidad. Los investigadores deseaban comprobar si estos ejemplares tenían fragmentos de manuscritos medievales, pero, una capa verde esmeralda (que asumieron, era pintura muy densa) no les permitía realizar dicha verificación.

Fue entonces, cuando decidieron enviar los ejemplares a un laboratorio especializado y a través de algunos análisis de fluorescencia de rayos X, verificar si había fragmentos de manuscritos. No obstante (OH SORPRESA), la capa densa no era pintura color esmeralda, era arsénico.

La hipótesis de los científicos indica que el veneno protege a estos libros, con la finalidad de evitar que los insectos bibliófagos no puedan darse un gran banquete de libros raros y acaben con sus contenidos y su historia. Los libros fueron resguardados, siguiendo criterios de bioseguridad, con el fin de evitar que el veneno se transfiera a otros por el roce, o que pueda envenenar a algún lector.

Me parece lógico que se utilizara arsénico como repelente de insectos, en la Edad Media. Pero Umberto Eco nos regaló un clásico, donde propone un objetivo distinto, para el veneno en los libros.

En nombre de la Rosa, es esa novela maravillosa donde Eco nos invita a pensar que había algún monje celoso de los contenidos de estos libros y los envenenó para evitar que quien los leyera difundiera su información (me gustan las teorías conspirativas, así que me quedo con esta razón. Por cierto, esta novela es fabulosa, los invito a leerla… aunque ya les revelé el misterio del monasterio, sé que sabrán perdonarme)

Para que me perdonen el SPOILER, les dejo La abadía del crimen, inspirado en la novela En nombre de la rosa http://www.abadiadelcrimenextensum.com/el-juego/. Un juego de 8 bits, creado en 1987, divertido y muy apegado a la historia, donde el Fraile Guillermo de Baskerville debe resolver las misteriosas muertes en una Abadía.

A propósito, también hay una película con el mismo nombre, donde el protagonista es Sean Connery (el Fraile Guillermo del juego, se parece mucho al de la película, ya lo verán)

Fuentes consultadas:

BBC News Mundo (2018). El enigma de los libros venenosos hallados en la biblioteca de una universidad de Dinamarca. Recuperado de https://www.bbc.com/mundo/noticias-44802179

Erickson, A. (2018). Three poisonous books were found in University of Southern Denmark’s library. Recuperado de https://www.washingtonpost.com/news/worldviews/wp/2018/07/10/three-poisonous-books-were-found-in-university-of-southern-denmarks-library/

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Cinefilia crónica

una mirada a Quentin Tarantino

Lo más relevante el cine moderno, en su totalidad, cabe en una película dirigida por Quentin Tarantino, y esa película, a su vez, cabe en todo el cine. Tarantino nació en Knoxville, Tennessee, en el año 1963, la Guerra de Vietnam estaba en su apogeo y la cultura de masas estadounidense se volcaba cada vez más a la televisión y al cine. Cuando sus padres se separaron, se mudó junto con su madre a Los Ángeles, que era, y aún es hoy, la Meca del séptimo arte. En su juventud dejó la escuela y años más tarde se hizo empleado en un Videoclub donde ganaría fama entre los clientes por su alto grado de conocimiento a cerca tantas películas, allí mismo conocería a Craig Hamann, también empleado del lugar y quien tenía escrito un breve guion, entonces Tarantino decide ayudarlo con su proyecto y el resultado fue My Best Friend’s Birthday, un cortometraje amateur en el que Quentin figuró como codirector, coguionista y protagonista; lamentablemente ocurrió un accidente en el laboratorio donde se pretendían revelar los negativos, así la copia fue consumida por el fuego y el trabajo cinematográfico nunca se pudo exhibir, sólo sobrevivió la primera media hora de filmación y eso es lo que hoy día se puede visualizar de aquel primer trabajo.

Fotograma de la película Reservoir Dogs donde hace uso de su característico plano maletero y en el que figuran, de izquierda a derecha, los actores Michael Madsen, Harvey Keitel y Steve Buscemi.

Pero Quentin, lejos de desanimarse, continuó escribiendo guiones y logró vender dos de estos, guiones que posteriormente, con algunas modificaciones, serían llevados al cine, el primero fue para True Romance (1993), película dirigida por Tony Scott; y el segundo para Natural Born Killers (1994), dirigida por Oliver Stone. Con parte de ese dinero y la ayuda del reconocido actor Harvey Keitel, logró iniciar y culminar su opera prima, Reservoir Dogs (1992), la película fue estrenada en el Festival de Sundance y, aunque no fue un éxito en taquilla, obtuvo el reconocimiento de la crítica. Tarantino adquirió así algo de renombre en el medio y se puso en la mira de las grandes productoras

A Reservoir Dogs le siguieron grandes y memorables películas como Pulp Fiction (1994) que es considerada su obra maestra, y por la que mereció el Palm d’Or en el Festival de Cannes y el premio Óscar a Mejor Guion Original; la saga Kill Bill (2003-2004), un homenaje al cine japonés de samuráis que tanto le fascina (y mi favorita en términos de ritmo y montaje); Inglourious Bastard (2009), película que obtuvo ocho nominaciones al Óscar, entre las que destacan Mejor Director y Mejor Guion Original (premios que, quizá de manera injusta, no le fueron entregados); Django Unchained (2012), película con la que ganaría su segundo Óscar en la categoría de Mejor Guion Original, y la más reciente Once Upon a Time in Hollywood (2019), que recibió diez nominaciones al Óscar, entre esas, nuevamente Mejor Guion, pero esta vez no recibiría el premio.  

Comentemos una escena del director, el inicio de Inglorious bastard más específicamente. Mientras suena el portentoso instrumental de The Green Leaves of Summer, canción compuesta por Dimitri Tiomkin que integra la banda sonora del Western dirigido por John Wayne titulado The Alamo (1960), en el negro de la pantalla toma lugar un intertítulo que dice: “Capitulo uno: Erase una vez en la Francia ocupada por los Nazis”, entonces se nos muestra en teleobjetivo la reverdecida y serena pradera europea, como una pintura impresionista; al fondo apenas se nota la figura de un hombre, al parecer realizando algún tipo de trabajo, y cerca de él alguien que extiende unas sábanas blancas en el tendedero. Hay un cambio de toma, luego un traveling de abajo hacia arriba, de cerca vemos lo que de lejos casi no se distinguía, confirmamos que es un granjero, con su hacha está cortando leña, tiene barba. Ahora nos muestran a la mujer, es bastante joven, y de pronto se escucha el tonelaje de autos aproximándose, no los podemos ver porque las sábanas que se acaban de tender lo impide, ella las corre, y hace su entrada la elegante y prodigiosa The Verdict, compuesta por el maestro Ennio Morricone. A lo lejos se ven los autos y la chica grita: “Papá”, acto seguido el hombre abandona su trabajo, se sienta, y dispone su mirada hacia la pequeña caravana con una expresión de preocupación. Sin necesidad de un sólo diálogo, hemos sido conducidos a la incertidumbre creciente del suspenso. Así de poderoso es el ritmo de las películas de Quentin Tarantino.

Célebre toma de Inglorious bastard. Resalta el detalle que Bridget von Hammersmark, personaje interpretado por Diane Krüger, mira intranquila la forma en que el Tnte. Archie Hicox, interpretado por Michael Fassbender, indica con su mano el número tres, pues esto resultará en el fracaso de la misión que se les había encomendado.

Aunque su obra ha sido bastante criticada por el uso explícito de violencia visual, no se puede negar que Tarantino es un maestro del séptimo arte. Notable es en su filmografía la gran cantidad de referencias y reverencias a obras representativas del cine, y el estilo tan propio como exquisito que se hace evidente en la puesta en escena, en la escritura de guiones eclécticos e intensos, en el montaje, en las legendarias bandas sonoras, en el manejo de primeros planos, planos de larga duración, su característico plano maletero y el uso del crash zoom effect.

Quentin Tarantino es mucho más que un talentoso cineasta, él es la definición más profunda de lo que significa ser un cinéfilo.

M.D.

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Pancho Ruiz y El Cadejo: Derruir las murallas (in)visibles | Entrevista


Mi primer encuentro con Casa Cultural el Cadejo ocurrió en diciembre de 2019. Pancho, Marco Valerio y el equipo me abrieron las puertas, y una noche sabatina, que discurrió entre sorbos de vino, confesiones y lecturas, presenté El sendero del árbol enjaulado, mi primer libro. Conocí la biblioteca, la galería de arte y el corazón cálido y afable de sus miembros. La tertulia, llena de anécdotas y charlas de vida, se extendió hasta la medianoche; y aunque tuve que marcharme al rayar el alba, la casa se quedó conmigo. Siempre he sabido que un edificio no existe sin la gente que lo habita. Hoy tengo el gusto de charlar con Pancho Ruiz.



Mi nombre es Pancho Ruiz, nací en 1977. Soy profesor de Historia y Ciencias Sociales, lector, me apasiona el arte, me gusta la buena música; creo que nuestros gobiernos no invierten en educación y arte porque no les conviene: es más fácil explotar a un pueblo ignorante. Soy rebelde, algo marxista, y amo la poesía.


Fernando Vérkell: Pancho, gracias por tomarte el tiempo de responder estas preguntas. ¿Cómo y cuándo nació el proyecto de la Casa cultural?

Pancho Ruiz: Bien, hace un par de años, me di cuenta de que en Amatitlán no existían espacios incluyentes y democráticos para la expresión artística y la difusión cultural. Había algunos focos pero, no eran otra cosa que círculos muy cerrados, donde solo la élite local podía participar. Entonces busqué la manera de encontrar una casa para rentar y la idea era, transformarla en un lugar donde se le diera la oportunidad a l@s artistas jóvenes principalmente. Un lugar en donde se valorara la obra artística de la persona, fin fijarse en su posición social, la experiencia, el apellido y otro montón de cosas por las que mucha gente de arte es marginada. La casa se fundó el 30 de noviembre del 2018, y hemos tenido experiencias maravillosas que van desde la presentación de libros (poemarios principalmente), pasando por exposiciones de arte, mercados artesanales, conciertos, talleres diversos, hasta actividades de cuentacuentos. Desde el principio, le compartí mi idea a mi pareja Cristy Chávez y fue ella, con quien iniciamos este proyecto cultural que muy pronto cumple dos añotes!!!

FV: Luchar contra el círculo, me parece, es una manera de atraer a quienes importan más: aquellos que aman el arte, pero aún no lo saben. En tu opinión, ¿cuál ha sido el mayor obstáculo que han encontrado durante estos años? ¿Ha sido de índole burocrático, económico, social?

PR: Siempre creímos que nuestro mayor reto iba a ser lo económico, no obstante, descubrimos que la comunidad es muy solidaria, siempre hay quien se acerque a donar plata, implementos de limpieza, muebles, libros y comida!!! Creo que la mayor dificultad ha venido de la indiferencia frente al arte. Hemos presentado libros maravillosos, hemos recibido amig@s escritor@s en la casa, hemos albergado a músicos y pintores de extraordinaria calidad, y la cantidad de personas que viene es mínima. Creo que la gente se ha creído el cuento que desde las élites de este país se ha difundido, y que trata de meternos en la cabeza que el arte, la lectura y la música, no son para los pobres, que solo pueden ser disfrutadas por la gente pudiente e ”importante”. Nosotros nos hemos fijado la meta de cambiar esta mentalidad.

FV: 2020 ha sido un año para reinventase, como se dice, y esto también aplica al arte y su difusión. Más allá de lo evidente, es decir, más allá del confinamiento y las precariedades económicas, ¿cuál es el reto más importante para el área cultural en 2021?

PR: Yo creo que el mismo que se tenía antes de la pandemia, solo que, ahora la tenemos más complicada. Debemos enseñarle y demostrarle a la gente, que se puede vivir del arte; que no se puede vivir plenamente sin el arte; que existen otras formas de vida, alejadas de la búsqueda incansable de la riqueza material; que el apoyo mutuo y la vida en comunidad solidaria puede cambiar y mejorar nuestras existencias; que los libros son maravillosos y que solo un pueblo lector podrá alcanzar una verdadera independencia. Esos han sido y serán los retos que habremos de enfrentar.

FV: Hablemos de la querida Casa. ¿Cuál es el itinerario de un día en el Cadejo? ¿Podes contarnos sobre los alimentos que se entregan?

PR: Generalmente abrimos a las 9:30 de la mañana, salvo los martes y los jueves que entregamos desayunos. Siempre hay mucho qué hacer. Nos encargamos de limpiar y desinfectar, dedicamos el día a clasificar los libros que nos regalan, muchos de esos textos deben ser restaurados antes de formar parte de nuestra biblioteca permanente o ponerlos a la venta. Nuestro jardín también nos requiere tiempo, nos encantan los cactus y las suculentas. De igual manera, debemos recibir y clasificar los alimentos que la comunidad nos dona para la preparación de los desayunos. En un día normal, es infaltable la lectura. Recibimos también a muchos amigos que nos visitan buscando algún texto, una buena charla o un café entre compas. El asunto de los desayunos nació hace 4 meses, en medio de la pandemia; vimos lo que estaba haciendo Rayuela en la zona 1 y decidimos que acá en Amatitlán también había mucha necesidad. Así que los primeros desayunos fueron financiados con recursos de la casa, sin embargo, a partir de allí, la comunidad se ha volcado en nuestro apoyo y la cosa ahora se mueve sola. Solo le invertimos el tiempo y el trabajo pero, eso lo hacemos con mucha alegría y amor.

FV: ¿Cómo podemos contribuir con la Casa? ¿Hay un teléfono, alguna cuenta bancaria o una manera de apoyar?

PR: Quien quiera apoyar los puede hacer de tres maneras. Primera, nos puede donar su tiempo, y nos ayuda a preparar y entregar los desayunos. La segunda forma, es regalándonos sus alimentos, siempre necesitamos azúcar, atoles, canela, arroz, mayonesa, pollo, huevos, servilletas, vasos descartables y productos para limpieza. Y la tercera forma de ayudarnos es donándonos de su plata, para ello habilitamos la cuenta 3164045996, monetaria de Banrural, a nombre de Francisco Ruiz.

FV: Mi agradecimiento es oceánico, Pancho.

PR: Gracias, Fernando por visibilizar el trabajo que hacemos. Quiero mencionar al equipo, sin ellos esto simplemente no sería. Ellos son Alba Chacón, Arely Ruiz, Cristy Chávez, Marco Valerio Reyes, Rosita Peinado, Olguita Paz, Oto Canté, Ely Soto y Sandra Salvador.



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María Elena Walsh | Poemas


Este es el libro con el que María Elena Walsh se dio a conocer como poeta. Lo publicó en 1947, en una edición que pagó ella misma, cuando tenía 17 años. Recoge una selección de los poemas que venía escribiendo desde apenas entrada en la adolescencia. Llama enseguida la atención la temprana madurez de esta escritora, la destreza a un tiempo conceptual y musical con que maneja las palabras. También se advierte aquí el germen de su imaginería personal, cosechada en el paisaje suburbano, que desbordaría posteriormente en sus poemas y canciones, también en las dedicadas a un público infantil. Y esa difícil sencillez en el armado de las frases, esa fluidez sólo aparentemente natural en la expresión. Otoño imperdonable, cuyo título es en sí mismo todo un hallazgo, atrajo de inmediato la atención de poetas consagrados como Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Silvina Ocampo y Juan Ramón Jiménez, y le abrió las puertas de los suplementos y las revistas literarias de la época.


Escribí Otoño Imperdonable entre los 14 y los 17 años. Esto no es disculpa ni jactancia: es una dedicatoria. Si veinte años después algunos adolescentes sienten alguna complicidad con este libro, la reedición está justificada.

Nota a la tercera edición, 1967

La sombra

Todo persiste en su razón primera
—frágil andanza, precio del encanto—:
La araña en su ritual devanadera
y el pájaro en la forma de su canto.
Yo también nombraría, si pudiera,
esa versión alegre del quebranto,
pero cautivo de mi cabecera
está el silencio que me duele tanto.
Está mi esencia, sueño amortajado,
por equivocaciones y cadenas,
por floraciones muertas en retoño.
Y el mar de pensativo acantilado
que enfría en el tumulto de mis venas
sus peces importados del otoño.


El lugar

Un día —no sé cómo— me di cuenta que amaba
este cielo encauzado en dosel de follaje,
que amaba este silencio iluminado en trinos,
este paisaje triste que casi no es paisaje.
Por aquí pasé un día con el primer asombro,
con el ardiente asombro de saber ya pensar.
Y, vírgenes los labios de palabras lejanas,
hablaba con los árboles mi voz elemental.
Esta calle ha vivido paralela a mi infancia
¿y con los ojos fríos pasaba junto a ella?
Olvidé que hay alzadas mil perpendiculares
de su nombre y mi nombre a todas las estrellas.
Ahora, ya advertido su abolengo infantil,
me persigue el recuerdo con sencillo reclamo.
Por eso la contemplo con amor, prevenida.
Como si ya mis ojos la buscaran en vano.


La víspera

Ya preguntaba por el mundo mío,
por la calle sin voz, por el pausado
retorno de la noche en el rocío
y por el aldabón desmemoriado.
Sorprendían los pájaros del frío
la soledad del parque ensimismado
y regresaba el nombre del estío
puntual como la sangre a mi costado.
¡Oh voluntad de estrella en la bujía!
¡Oh cortejo de llantos vegetales
que en el perfil del viento renacía,
cuando al temblar la savia en su retoño,
bajo un aire aturdido de panales
amaneció la infancia del otoño!


La casa

Allá estarán las cosas todavía,
a punto de no ser, contradiciéndose.
En el hastío de las escaleras
y en la resignación de las paredes
aun seguirá creciendo aquella sombra
con su sed de presagios inminentes.
Aquella sombra, ay, aquella sombra
fría como la sal y como el verde.
Su perfume inquietante, su leyenda
de confidencias y de pareceres
caía en el ramaje de mis hombros
con la perseverancia de la nieve.
Yo nunca tuve edad. Por eso entonces
crecí en la medida de mi muerte
ante la certidumbre del dolor
y la presencia de lo inexistente
y esa frialdad de las antiguas voces
sólo atentas a sus atardeceres.
Dejadme que imagine: allí quedaron
los guantes amarillos del jinete,
el crucifijo, las lamentaciones,
la ácida vigilia de la fiebre.
(Consternación que pudo perpetuarse
en el mundo asombrado de mi frente).
Yo sé que quise huir de los espejos
deshabitados insistentemente,
de la cal angustiosa, de la fecha,
de la persecución de los caireles,
de sombras que llovían por los muros
lentas como la miel, y amargamente.
Es verdad que nací para estar triste
junto a cualquier ventana, cuando llueve.
Pero eso sí: guardadme mi silencio,
aquel tan habituado a mis papeles,
desordenado como las estrellas,
amigo de mi voz, sencillamente.
No me llevéis a las habitaciones
donde sollozan coloridos seres,
en donde no podría habitar nunca
el aire que respiran los juguetes.
Porque no quiero ver anochecida
mi propensión a los amaneceres.


MARÍA ELENA WALSH (Ramos Mejía, Argentina, 1930 – Buenos Aires, 2011). Poeta, novelista, cantante, compositora, guionista de teatro, cine y televisión, es una figura esencial de la cultura argentina. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes. A los quince años comenzó a publicar sus primeros poemas en distintos medios, y en 1947, apareció su primer libro: Otoño imperdonable. En 1952 viajó a Europa donde integró el dúo Leda y María, con la folclorista Leda Valladares, grabando discos en París. Desde 1960, ya en la Argentina, escribió programas de televisión para chicos y para grandes, y realizó el largometraje Juguemos en el mundo, dirigido por María Herminia Avellaneda. Asimismo, escribió guiones para cine y su música fue incorporada a filmes de trascendencia. En 1962 estrenó Canciones para Mirar en el teatro San Martín, con tan buena recepción que, al año siguiente, puso en escena Doña Disparate y Bambuco, con idéntica respuesta. Esas obras se publicaron como libros en 2008. A partir de 1960 nacieron muchos de sus libros para chicos: Tutú Marambá (1960), Zoo Loco (1964), El Reino del Revés (1965), Dailan Kifki (1966), Cuentopos de Gulubú (1966) y Versos tradicionales para cebollitas (1967). Su producción infantil abarca, además, El diablo inglés (1974), Chaucha y Palito (1975), Pocopán (1977), La nube traicionera (1989), Manuelita ¿dónde vas? (1997), Canciones para Mirar (2000), Hotel Pioho’s Palace (2002) y ¡Cuánto cuento! (2004).

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Canaimera

MARTÍN TONALMEYOTL | EL JOVEN TLAMATINI

Catorce, quince y dieciséis de septiembre, son días por demás simbólicos en varios países del septentrión y centro de nuestra América. Días que aluden a la emancipación y la insurgencia. Días que nos recuerdan que somos hermanos, más allá de las necias fronteras. Por ello, y mediante uno de sus jóvenes escritores,  nos parece propicio dedicar esta Canaimera a una de las culturas que desde hace siglos unió con su lengua y su cosmovisión a tierras vastas y naciones varias, desde México hasta Nicaragua, pasando por Guatemala, Honduras y El Salvador: el pueblo nahua, que a la fecha sigue vigente, vivo y soberano. Dilatada es la literatura nahua, desde varios siglos antes de la conquista (etapa estudiada profusamente por anacoretas como el padre Ángel María Garibay), prosigue luego con una intrincada existencia, aunque en tiempos contemporáneos parece gozar de buena salud gracias a escritores que se aferran a su raíz. Uno de ellos es Martín Tonalmeyotl (Guerrero, México, 1983), quien dice de sí mismo ser campesino, antes que cualquier otra cosa, y además narrador, poeta, profesor y promotor de la lengua náhuatl, además, por supuesto, de traductor. Nació en un territorio que se ha regado con sangre desde hace muchos siglos. Un territorio tan bello como violento, siempre insurgente, pero peligroso. Y ello permea las letras de Tonalmeyotl, que son tan valientes como despiadadas. Una poesía florida sí, en su herencia, más inclemente en su sentido. Martín coordina la serie Xochitlájtoli en la afamada revista Círculo de Poesía. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Hasta ahora ha publicado los libros Tlalkatsajtsilistle / Ritual de los olvidados (Jaguar Ediciones, 2016), Nosentlalilxochitlajtol / Antología personal (Asociación de Escritores de México, 2017) e Istitsinueyeatsintle / Uña mar (Cisnegro, 2019) y corrdinado las antologías poéticas Xochitlajtoli. Poesía contemporánea en lenguas originarias de México (Círculo de Poesía, 2019) y Flor de siete pétalos (Ediciones del Espejo Somos, 2019), además de haber participado en diversas antologías y publicado su obra en revistas y periódicos de México, Italia, Estados Unidos, Venezuela y Brasil.

  • ¿Martín, qué significa ser un escritor en lengua náhuatl?
  • Significa atreverse a escribir y a describir un mundo propio en una sociedad globalizada, violentada y monótona. Ser escritor náhuatl significa defender la palabra, la historia no contada, la cultura, el territorio, el pueblo en donde una ha sido formado en cuanto a ser y pensamiento.
  • ¿Quiénes son los escritores en lenguas originarias más importantes para ti?
  • Son todos los que escriben para defender sus lenguas y culturas desde el lugar donde habitan. Sin embargo, los poetas a quienes admiro de forma particular por su trabajo literario son: Humberto Ak’ abal (kiché), Natalia Toledo (zapoteca), Irma Píneda (zapoteca), HubertMatiúwaà (mé´pháá), Mardonio Carballo (náhuatl), Briceida Cuevas Cob (maya), Manuel Espinosa Sainos (totonaco), Pedro Uc Be (maya) e Isaac Esau Carrillo Can (maya). Mi admiración hacia la mayoría de ellos radica en su trabajo estético como poetas y en el compromiso que tienen con la palabra, los pueblos y la defensa del territorio en que habitan.
  • ¿Qué significa para ti la literatura nahua prehispánica?
  • Para mí es un legado de mis orígenes, la historia de mi pueblo que marca una línea del antes y después. El antes es mi historia, la raíz de un pensamiento vivo y vigente en mi ser. El después, es un reflejo, ese reflejo donde a diario me miro y trato de ser colectivo, de ser gente de pueblo, de no olvidar mi sangre, de tener presente todos los días la palabra de mis ancestros. 
  • ¿Cuál consideras que es el papel que juegan los escritores de los pueblos originarios en la literatura contemporánea Latinoamericana?
  • Pienso que son los sabios del futuro, me refiero a los caminos que han construido y siguen construyendo para aquellos que ahora son niños y que mañana serán adultos y tal vez muchos de ellos retomarán la palabra, los consejos, los versos para defender a sus lenguas, a sus pueblos y al territorio en que habitan. Creo que la poesía no solamente es literatura sino una forma de resignificar la palabra antigua, una forma de quitarnos del folklor en el que nos han metido. Escribir y atreverse a escribir en estos tiempos, es como preparar la tierra, sembrar semillas para cosechar vida y alegría en nuestros pueblos.
  • ¿En qué consiste el Xochitlájtoli que coordinas y cómo ha sido el trabajar con la revista Círculo de Poesía?
  • Xochitlajtoli es una serie de poesía en lenguas originarias que consiste en dar a conocer la poesía mexicana actual, escrita desde los rincones más lejanos de las letras como son los pueblos originarios. Consiste en darle al lector, otras formas de mirar y valorar la palabra desde la poesía. Xochitlajtoli nació a partir de la invitación que me hicieron los poetas Mario Bojórquez y Alí Calderón, directores de la revista. Primero para publicar algunos poemas míos y después, para publicar a otros poetas quienes, muchos de ellos, no habían tenido la oportunidad de ser publicados en las revistas de literatura. Fue así que comencé a invitar a varios colegas a sumarse a este proyecto literario. Actualmente llevo publicando a más de 50 poetas en cerca de treinta lenguas distintas, podría ser, quizás, el catálogo digital de poesía en lenguas originarias más grande de México. En el 2019, nació de éstas propuestas poéticas un libro titulado Xochitlajtoli/ Poesía contemporánea en lenguas originarias de México por la Editorial Círculo de Poesía en donde reuní a 32 poetas en 16 lenguas distintas, 17 con el español. Es feo decirlo, pero es la primera antología en su tipo, hecho por un hablante de estos idiomas. Trabajar con la Revista Círculo de Poesía es muy satisfactorio porque tengo la libertad de proponer  a los escritores que voy encontrando en el camino y hasta donde sé, es la única revista literaria que abrió un espacio para darle voz y vida a la poesía mexicana contemporánea escrita desde las lenguas originarias.
  • ¿Es la tradición benigna o perniciosa en las letras indígenas contemporáneas?
  • Pienso que es una tradición benigna porque a partir de esta difusión poética en lenguas originarias hecha en los últimos años (sin dejar de mencionar la tradición escrita de más de 50 años) se rompe una estigma de la poesía mal llamada indígena (mala poesía), manchando el rostro de la poesía mexicana escrita en español que se había adueñado de todos los espacios literarios sin dejar sitio a las otras literaturas.
  • En ese sentido ¿crees que los autores indígenas contemporáneos están viviendo una ruptura con respecto a generaciones anteriores?
  • Creo que en todas las tradiciones poéticas existen rupturas y con los escritores de estos idiomas también está pasando y en un futuro se volverá a romper, siempre con miras de mejorar el trabajo poético.
  • ¿Será necesario seguir haciendo una distinción entre escritores indígenas y no indígenas?
  • En realidad, nunca debió de haber existido esa distinción porque con el solo hecho de decir escritores indígenas, se les está categorizando como algo menor, algo no bien hecho, del montón. Los escritores son escritores porque ofrecen un trabajo estético, independientemente de la lengua que hablen o del origen que tengan.
  • ¿Crees que existen limitantes para los autores de lenguas originarias en lo que respecta a premios, apoyos y becas literarias o las políticas culturales a este respecto han sido acertadas?
  • Los había y muchísimos, pero gracias a la gestión de algunos compañeros se han conseguido varios espacios de becas, premios y más. Sin embargo, hay aún muchos huecos por rellenar. Por ejemplo, podría citar que hasta el año 2020, fue aprobado que los escritores en lenguas originarias pudiesen participar en cualquiera de las convocatorias emitidas por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, antes de este año, ninguno de nosotros, teníamos derecho a participar en el Sabines,Villaurrutia, Aguas Calientes o cualquier otro premio, sólo se podría aspirar a un premio “indígena”. Otro aspecto que quizá nos limite aún es que hasta éstas fechas no hay aún traductores literarios de ninguna lengua mexicana, todos los escritores de un pueblo originario nos autotraducimos.
  • Las editoriales, tanto comerciales como independientes o incluso las subsidiadas por el Estado, ¿qué tan preparadas están para recibir obras en lenguas originarias?
  • Muy pocas editoriales se han atrevido a publicar obras en lenguas originarias y se pueden contar con los dedos de una mano los libros publicados y vendidos en las librerías comerciales o del Estado, porque la gran mayoría de las publicaciones bilingües de alguna lengua mexicana pertenecen a editoriales independientes. Entonces no creo que estén preparados aún por falta de lectura hacia estas obras.
  • Tú escribes tanto en español como en náhuatl, háblanos un poco del cómo vives ambas experiencias.
  • Trato de escribir todo el tiempo en la lengua náhuatl, luego traduzco al español, pero si en esta segunda lengua no me gusta cómo queda algún poema, vuelvo a corregir desde el español y por tanto, regresar al náhuatl para corregir hasta que queden más o menos iguales. Incluso muchas veces me quiere ganar la tentación de escribir primero en español porque toda mi formación educativa y literaria es y ha sido en español, pero hasta ahora aún me resisto y lucho contra ello.
  • Naciste en un territorio donde es por demás palpable la violencia, ¿crees que ello ha determinado tu obra?
  • No lo creo, en realidad nací en un pueblo muy sereno y con una resistencia fuerte en cuanto a la defensa del territorio y la cultura. La violencia cruda y sangrienta llegó hace aproximadamente diez años, cuando golpeó a todos los pueblos y ciudades de mi región. Por ello pienso que puedo escribir tanto de la sabiduría de mi pueblo como de la violencia que lo acosa hoy día.
  • ¿Existe una probabilidad de reconciliación verdadera entre los diversos pueblos que conforman nuestra sociedad o estamos fracturados por siempre: ¿pueblos originarios de un lado, mestizos del otro, españoles por aquí, negros más allá, etcétera?
  • Siempre pienso en la reconciliación humana porque las personas nacemos limpios, puros y libres, pero la sociedad del poder (neoliberalismo, partidos políticos, narco, religiones…) nos dividen y forman a las sociedades a su conveniencia, generando discriminación, racismo, violencia, pobreza y más para sacar provecho de ello y someter con miedo a otros. Sin presumir a los pueblos, creo que son las sociedades que más entienden al mundo, al planeta y son los más abiertos al diálogo. Entonces no tendríamos por qué diferenciarnos unos con otros, más bien lo que debería de existir es el respeto entre todas las sociedades.
  • ¿La literatura, el arte, ha de abonar a dicha reconciliación?
  • Por supuesto, abona a eso y más porque la literatura te hace pensar, repensartea tí mismo, a conocer otras culturas, otras formas de vida, a convivir de distintas maneras.
  • Como escritor nahua, ¿alguna vez pretendiste llegar a los pipiles y nicaraos de El Salvador, Honduras y Nicaragüa?
  • Lo he pensado un par de veces y es difícil llegar de forma directa a esos pueblos, pero la literatura y la lengua náhuatl me han acercado a ellos y desde donde los leo, los siento como pueblos hermanos, tan iguales en su forma de convivir, de organizarse y de respetar a la naturaleza y la vida humana.
  • Por último, Martín, yo vengo de un pueblo de nahuales, ¿crees tú en los nahuales?
  • Creo totalmente en ellos porque de niño viví muchos momentos mágicos en donde intervinieron los nahuales. Momentos en donde me será muy difícil regresar a ellos. Para mi los nahuales son parte de nosotros y son seres con quienes convivimos de manera cotidiana y quienes pueden vivir la vida humana y la vida espiritual al mismo tiempo.

La imágen que acompaña este texto es autoría del fotógrafo Pablo Israel Vázquez

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Arte y cultura Entrevistas

Denny Romero y La Página Desértica: abrir nuevos caminos | Entrevista


Denny Romero. San Miguel, El Salvador (1994). Divulgador cultural, dibujante y artista visual. Estudió Psicología. Organiza los ciclos de poesía La Página Desértica y la Mini Feria del Libro Lastenia García, Flores y Letras. Aparece en Torre de Babel. Antología de poesía joven salvadoreña de antaño. Volumen XV. Los apócrifos salmón. Parte de su poesía se encuentra publicada en Revista Cultura Nº 125 de Ministerio de Cultura de El Salvador, entre otras nacionales e internacionales.


Fernando Vérkell: Denny, gracias por aceptar la invitación. La primera pregunta es inevitable: ¿Cómo nace La Página Desértica?

Denny Romero: La Página Desértica nace por la falta de espacios destinados a la difusión literaria en la ciudad de San Miguel. A partir de esa carencia, decidimos organizar actividades con escritores nacionales.

FV: ¿Cuándo se fundó LPD y qué actividades realiza?

DR: Nuestra primera lectura como La Página Desértica fue con el taller literario El perro muerto, en agosto del 2017. Pero unos meses antes realizamos actividades en la Universidad de El Salvador donde nos acompañó la sección de Letras. Organizamos ciclos de poesía y anualmente la mini feria del libro, Lastenia García—Flores y letras. Este año transmitiremos en nuestra página de Facebook el Encuentro virtual de poetas «Miguel Álvarez Castro».

FV: ¿Cómo ves la escena literaria salvadoreña contemporánea?

DR: Hablar de una escena literaria, es hablar del centro, esto porque existe muy poca vida cultural y literaria, por no decir nula en San Miguel y en todo el oriente. Pero lo que se atisba, es que existe un compromiso no solo hacia una tradición literaria, sino hacia caminos nuevos. En cuanto a mi generación sería prematuro hablar de un discurso, pero diría que nuestra literatura tiene un largo porvenir.

FV: ¿Cómo fue tu acercamiento a la literatura y la poesía?

DR: Mi acercamiento a la literatura es debido a la religión, con la biblia. Desde niño me pareció fantástica refiriéndome al género. Y aunque en ese momento quería creer como real lo que decía se me hacia inverosímil. Diré que también fue mi acercamiento con la poesía, pues su lenguaje es exquisito. Después de la biblia solo he tenido esa misma fascinación por Nietzsche.

FV: En tu opinión, ¿quién es o fue el o la poeta mayor de El Salvador?

DR: El poeta nacional es Roque Dalton, pero El Salvador ha visto excelentes poetas que cambiaron el rumbo de la literatura como lo fue Francisco Gavidia, un ilustrado quien apostaba por una identidad literaria nacional e innovadora para su época.

FV: En tu opinión, ¿quiénes son los poetas que hay que seguir en El Salvador o en Centroamérica?

DR: Respecto a la poesía de El Salvador puedo mencionar a  Kenny Rodriguez, Manuel Barrera Ibarra, Nora Méndez, Vladimir Monge, René Rodas, Amílcar Colocho, Krisma Mancía, Laura Zavaleta, Roger Guzmán, Vladimir Amaya y Elena Salamanca.  Y del resto de países centro americanos a Rigoberto Paredes (Honduras), Rosa Chávez (Guatemala), Negma Coy (Guatemala), Samuel Trigueros Espino (Honduras)  Carolina Quintero Valverde (Costa rica), Felipe Granados (Costa Rica),  Perla Rivera (Honduras) Enrique Delgadillo Lacayo (Nicaragua)

FV: ¿Cuál fue el último libro que leíste?

DR: Medianoche del mundo, de Jorge Galán

FV: ¿Podrías contarnos un poco sobre el festival?

DR: El Encuentro virtual de poetas Miguel Álvarez Castro, se titula de esta manera en honor al poeta migueleño, quien fuera el primero del que se tiene registro histórico.  Las fechas de transmisión son viernes 25, sábado 26 y domingo 27 del presente mes. Participarán 18 invitados, tanto nacionales como internacionales. Un detalle que tomamos en cuenta fue la paridad entre hombres y mujeres.



Para conocer más visite la página del evento en Facebook.



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Robert Louis Stevenson | Markheim


—Sí —dijo el comerciante—, tenemos gangas de varias clases. Como algunos clientes son ignorantes, yo percibo un dividendo gracias a mi conocimiento superior. Otros son picaros —y al decirlo levantó la vela, de modo que la luz iluminara de lleno a su visitante—, y en tal caso —continuó— obtengo beneficio de mi virtud.

Markheim acababa de entrar con la vista acostumbrada a la claridad de las calles y no se había acomodado aún a la semioscuridad de la tienda. Al oír aquellas palabras, y ante la cercana presencia de la llama, parpadeó penosamente y volvió la cabeza a un lado.

El comerciante dejó escapar una risita.

—Usted viene aquí el día de Navidad —continuó—, cuando sabe que estoy solo en mi tienda, con los postigos echados y dispuesto a no hacer ninguna transacción. Bueno, tendrá que pagar por esto; tendrá que pagar por mi pérdida de tiempo y, además, por algo raro que observo en su actitud con más intensidad que otras veces. Soy la esencia de la discreción y no hago preguntas capciosas; pero cuando un cliente no puede mirarme a los ojos, tiene que pagar por ello. —El comerciante rio de nuevo; y luego añadió, en su tono habitual de hombre de negocios, aunque con cierta ironía—: ¿Puede usted dar, como de costumbre, clara cuenta de cómo entró en posesión del objeto? ¿El gabinete de su tío, también? ¡Un notable coleccionista, su señor tío!

Y el bajito y pálido comerciante casi se puso de puntillas, mirando por encima de los cristales de sus lentes con montura de oro, al tiempo que movía la cabeza en un gesto de incredulidad. Markheim le devolvió la mirada con otra de infinita piedad mezclada con cierto horror.

—Esta vez —dijo— está usted equivocado. No he venido a vender, sino a comprar. No dispongo de ningún objeto raro, el gabinete de mi tío está vacío; pero, aunque estuviera lleno, en las presentes circunstancias no me aprovecharía de ello. Busco un regalo de Navidad para una dama —continuó, hablando con más desparpajo a medida que se adentraba en el discurso que había preparado—. Y, desde luego, le debo una disculpa por haberlo molestado por esa nimiedad. Pero ayer me olvidé de adquirir el regalo, y debo ofrecerlo hoy a la hora de la cena. Como sabe usted muy bien, el matrimonio con una dama rica es asunto que merece algún desvelo.

Siguió una pausa, durante la cual el comerciante pareció sopesar incrédulamente aquella afirmación. El tic-tac de numerosos relojes en la semioscuridad de la tienda, y el ocasional ruido de algún carruaje en las calles contiguas llenaron el intervalo de silencio.

—Bueno —dijo finalmente el comerciante—, lo que usted diga. Después de todo, es un antiguo cliente; y si tiene la oportunidad de casarse en condiciones favorables, lejos de mí la intención de ser un obstáculo. Aquí hay algo muy apropiado para una dama —continuó—. Este espejo de mano: siglo quince, garantizado; procede de una buena colección; aunque me reservo el nombre, en beneficio de mi cliente, el cual, como usted mismo, es sobrino y único heredero de un notable coleccionista.

Mientras hablaba, con su vocecilla seca e incisiva, el comerciante había dado unos pasos para tomar el objeto del lugar en que se encontraba; y, al mismo tiempo, una especie de estremecimiento había asaltado a Markheim, reflejado en un sobresalto de la mano y el pie y un asomar de tumultuosas pasiones a su rostro. Aquel momento de emoción fue muy fugaz y no dejó más rastro que un leve temblor de la mano que ahora recibía el espejo.

—¿Un espejo? —dijo con voz ronca. Luego, tras una breve pausa, repitió, más claramente—: ¿Un espejo? ¿En Navidad? Desde luego que no.

—¿Por qué no? —gritó el comerciante—. ¿Por qué no un espejo?

Markheim lo estaba mirando con una expresión indefinible.

—¿Me lo pregunta usted? —dijo—. ¡Mire! ¡Mírese en él! ¿Le gusta lo que ve? ¡No! ¡Ni a mí… ni a ningún hombre!

El hombrecillo había saltado hacia atrás cuando Markheim le había enfrentado tan súbitamente con el espejo; pero ahora, dándose cuenta de que no había nada que temer, dejó oír una risita burlona.

—Su futura esposa, sir, quedará muy favorecida —dijo.

—Le he pedido a usted un regalo de Navidad —dijo Markheim— y usted me da esto… este maldito recuerdo de mis años de pecados y locuras… esta conciencia de mano. ¿Lo ha hecho a propósito? ¿Se le había ocurrido antes la idea? Dígamelo. Será mejor para usted si lo hace. Vamos, hábleme de usted. Me atrevo a sospechar que, en secreto, es usted un hombre muy caritativo.

El comerciante miró a su compañero fijamente. Le pareció muy raro que Markheim no se riera; por el contrario, en su rostro, muy serio, había como un ávido centelleo de esperanza.

—¿De qué está hablando? —inquirió el comerciante.

—¿No es caritativo? —replicó el otro, en tono lúgubre—. No es caritativo; no es piadoso; no es escrupuloso; no ama a nadie; no es amado; una mano para coger el dinero, una caja fuerte para guardarlo. ¿Es eso todo? ¡Dios mío! ¿Es eso todo?

—Le diré una cosa —empezó el comerciante, con cierta acritud, y luego dejó oír de nuevo su burlona risita—. No es usted el único hombre del mundo que ha estado enamorado…

—¡Ah! —exclamó Markheim, con una extraña curiosidad—. ¿Ha estado usted enamorado? Hábleme de eso.

—¿Yo? —gritó el comerciante—. ¿Enamorado yo? Nunca he tenido tiempo para esa clase de estupideces. ¿Se lleva usted el espejo?

—¿Qué prisa hay? —inquirió Markheim—. Resulta muy agradable estar aquí, conversando con usted; y la vida es tan corta y tan insegura, que no me apresuro a alejarme de ningún placer, aunque sea tan modesto como éste. Por el contrario, debemos aferramos a lo que podemos obtener, del mismo modo que un hombre se aferra al borde de un precipicio. Cada segundo es un precipicio, si piensa bien en ello; un precipicio de un kilómetro de profundidad, lo bastante profundo, si caemos en él, como para borrar de nosotros todo vestigio de humanidad. Por lo tanto, es preferible conversar agradablemente. Vamos a hablarnos el uno del otro. ¿Por qué hemos de llevar esta máscara? Vamos a hablarnos confidencialmente. ¡Quién sabe! Tal vez podríamos convertirnos en amigos…

—Lo único que tengo que hablar con usted es esto —replicó el comerciante—: haga su compra, o salga de mi tienda.

—Es cierto, es cierto —dijo Markheim—. Soy un estúpido. Al negocio. Enséñeme alguna otra cosa.

El comerciante se volvió para volver a colocar el espejo en la estantería. Markheim irguió todo su cuerpo, con una mano en el bolsillo de su abrigo; al mismo tiempo llenó de aire sus pulmones. En su rostro se reflejaban diversas emociones entremezcladas: terror, horror y decisión, fascinación y una repugnancia física.

—Esto puede resultar apropiado, tal vez —observó el comerciante; y entonces, mientras empezaba a volverse, Markheim saltó desde atrás sobre su víctima. El largo y afilado estilete centelleó en el aire y cayó. El comerciante agitó los brazos, se golpeó la sien contra la estantería y luego cayó al suelo, boca abajo.

El coro de pequeñas voces continuó marcando el paso del tiempo con sus monótonos tic-tacs. Luego, un rumor de pasos en la acera, al otro lado de la puerta de la tienda, se impuso al coro de latidos y sobresaltó a Markheim, el cual miró a su alrededor con aire asustado. La vela continuaba ardiendo sobre el mostrador, con un leve oscilar de la llama que llenaba la estancia de alargadas sombras que parecían asentir, hinchándose y deshinchándose como si respirasen; al mismo tiempo, los rostros de los retratos y los objetos de porcelana se transformaban y ondeaban como imágenes en el agua. La puerta interior permanecía entreabierta y atisbaba a las sombras con una franja de luz semejante a un índice acusador.

Apartándose de las pavorosas sombras, los ojos de Markheim retornaron al cuerpo de su víctima, caído en el suelo, increíblemente pequeño y mucho más delgado que en vida. Había temido contemplarlo, y ahora encontraba injustificados aquellos temores. Sin embargo, mientras miraba aquel montón de ropas viejas caídas sobre un charco de sangre, empezó a escuchar elocuentes voces. Tenía que permanecer allí hasta que alguien lo descubriera… ¿Y luego? ¡Ay! Luego, aquella carne muerta proferiría un grito que resonaría en toda Inglaterra, y llenaría el mundo con los ecos de la persecución. ¡Ay! Muerto o no, aquél era aún el enemigo. «Si tuviera tiempo…», pensó Markheim; y el vocablo llenó su mente. Ahora que la hazaña estaba cumplida, el Tiempo, que se había cerrado para la víctima, se había convertido en trascendental para él.

La idea estaba aún en su mente cuando, primero uno y luego otro, con gran variedad de paso y voz —uno profundo como la campana de una torre catedralicia, otro desgranando en sus trémulas notas el preludio de un vals—, los relojes empezaron a dar la hora: las tres de la tarde.

El repentino estallido de tantas lenguas en aquella estancia poblada de sombras asustó a Markheim. Cogiendo la vela, empezó a moverse entre las sombras, sobresaltado hasta el tuétano por los reflejos casuales. En numerosos espejos, algunos de Venecia o Ámsterdam, vio su rostro repetido y repetido, como si fuera un ejército de espías; sus propios ojos lo encontraron y lo localizaron; y el sonido de sus propios pasos, a pesar de su levedad, turbaron el silencio que lo rodeaba. Y mientras llenaba sus bolsillos, su mente lo acusaba con implacable reiteración de los mil fallos de su plan. Debió escoger una hora más tranquila; debió prepararse una coartada; no debió utilizar una daga; debió mostrarse más precavido y limitarse a saltar sobre el comerciante y privarle del sentido, sin asesinarlo; debió mostrarse más osado y asesinar también a la criada; su mente iba y venía, cambiando lo que no podía cambiarse, planeando lo que ahora era inútil, estructurando el irrevocable pasado. Entre tanto, y detrás de toda esta actividad, ciegos terrores, como un escabullirse de ratas en un ático desierto, llenaban de alboroto las más remotas células de su cerebro; la mano del policía caería pesadamente sobre su hombro, y sus nervios brincarían como un pez enganchado en el anzuelo; o contemplaba, en galopante desfile, el banquillo de los acusados, la prisión, el patíbulo y el negro ataúd.

El terror a la gente de la calle se instaló ante su mente como un ejército sitiador. Era imposible, pensó, que algún rumor de la lucha no hubiera alcanzado sus oídos y despertado su curiosidad; y ahora, en todas las casas vecinas, adivinaba a sus moradores inmóviles y con el oído atento: personas solitarias, condenadas a pasar la Navidad alimentándose de recuerdos del pasado, y ahora bruscamente arrancadas de aquel tierno ejercicio; felices reuniones familiares, interrumpidas en plena comida de celebración, la madre todavía con el dedo levantado; docenas de oídos en tensión, docenas de ojos acechando, tejiendo la cuerda que rodearía su cuello. Markheim tenía la impresión de que no podía moverse con la suavidad indispensable; el reteñir de las altas copas de Bohemia resonaba tan ruidosamente como una campana; y alarmado por el tic-tac de los relojes, sintió la tentación de pararlos. Y luego, de nuevo, con una rápida transición de sus terrores, el silencio del lugar se le apareció como una fuente de peligro, como algo que debía llamar la atención de los transeúntes; y se movió con más osadía entre los objetos de la tienda, tratando de imitar los movimientos de un hombre ocupado en su propia casa.

Pero estaba tan acosado por diferentes alarmas que, mientras una parte de su mente permanecía alerta y sagaz, otra temblaba desaforadamente. Una alucinación, en especial, afectó de un modo intenso a su credulidad. El vecino acechando con rostro pálido al otro lado del escaparate, el transeúnte detenido en la acera por una horrible premonición… éstos, en el peor de los casos, podían sospechar, pero no podían saber; a través de las paredes de ladrillo y las cerradas ventanas sólo podían atravesar los sonidos. Pero aquí, dentro de la casa, ¿estaba solo? Sabía que lo estaba; había visto salir a la criada, toda cintas y sonrisas, lo cual significaba que era su tarde libre. Sí, estaba solo, desde luego; y, sin embargo, en la mole de la casa vacía encima de él podía oír unos suaves pasos: estaba consciente, inexplicablemente consciente, de alguna presencia. Su imaginación recorría todos los cuartos y rincones de la casa; y ahora era una cosa sin rostro, pero que tenía ojos para ver; y ahora era una sombra de sí mismo.

De cuando en cuando, con un gran esfuerzo, volvía la mirada hacia la puerta abierta. La casa era alta, la claraboya pequeña y sucia, y la niebla llenaba las calles, y la luz que se filtraba hasta la planta baja era muy débil y no permitía distinguir claramente el umbral de la tienda. No obstante, en aquella franja de dudosa claridad, ¿no se agitaba una sombra?

Súbitamente, en la calle, un caballero muy jovial empezó a golpear con un bastón la puerta de la tienda, acompañando los golpes con gritos y chanzas en los cuales el comerciante era llamado por su nombre. Markheim, convertido en hielo, miró al muerto. Pero ¡no! Yacía completamente inmóvil; estaba mucho más allá del alcance de aquellos golpes y gritos; estaba hundido bajo mares de silencio; y su nombre, que otrora le hubiese llamado la atención por encima del aullar de una tormenta, se había convertido en un sonido vacío. Y, de pronto, el jovial caballero desistió de seguir llamando y se marchó.

Aquello fue una especie de aviso para Markheim, advirtiéndole que debía darse prisa en lo que quedaba por hacer, para alejarse de tan acusadora vecindad, para sumergirse en un baño de multitudes londinenses y alcanzar, al otro lado del día, aquel puerto de seguridad y de aparente inocencia: su lecho. Un visitante había llamado; en cualquier momento podía presentarse otro y mostrarse más obstinado. Haber cometido un crimen y no obtener provecho de él sería un fracaso imperdonable. Lo que ahora preocupaba a Markheim era el dinero; y como un medio para llegar a él, las llaves.

Echó una ojeada por encima de su hombro a la puerta abierta, donde la sombra se agitaba aún; y sin ninguna repugnancia consciente de la mente, pero con un temblor localizado en el estómago, se acercó al cuerpo de su víctima. Lo que tenía de humano se había evaporado. Parecía un traje medio relleno de salvado, con los brazos extendidos, el tronco doblado, caído en el suelo. A pesar de todo, le inspiraba un instintivo sentimiento de repulsión. Y temió que el sentimiento se acrecentara al tacto. Cogió el cadáver por los hombros y lo volvió boca arriba. Era extrañamente ligero y flexible, y las extremidades, como si estuvieran rotas, cayeron en las más raras posiciones. El rostro estaba desprovisto de toda expresión; pero tenía una palidez de cera y aparecía manchado de sangre alrededor de una sien. Para Markheim, aquella era la única circunstancia desagradable. Le hizo recordar un día que había pasado en un pueblo de pescadores; un día gris, con un viento aullante, una multitud en la calle, el resplandor de las brasas, un resonar de tambores, la voz nasal de un cantor de baladas; y un muchacho yendo y viniendo, enterrado entre las cabezas de la multitud y fluctuando entre el interés y el temor, hasta que consiguió divisar una gran pantalla con varios cuadros, pésimamente dibujados, chillonamente coloreados: Brownrigg con su aprendiza; los Mannings con su huésped asesinado; Weare estrangulado por Thurtell; y otros crímenes famosos. La cosa fue tan clara como una ilusión; Markheim volvió a ser aquel muchacho, estaba mirando otra vez, y con la misma sensación de repugnancia física, aquellos cuadros; estaba ensordecido todavía por el resonar de los tambores. La música de aquel día volvió a su memoria; y por primera vez se sintió invadido por una sensación de náusea, una repentina debilidad de las articulaciones, la cual debía resistir y superar inmediatamente.

Juzgó más prudente enfrentarse con aquellas consideraciones que huir de ellas, mirando con más osadía el rostro muerto, obligando a su mente a comprender la naturaleza y la extensión de su crimen. Muy poco antes, aquel rostro se había conmovido con cada cambio de sentimiento, aquella pálida boca había hablado, aquel cuerpo había estado lleno de vigor y de energía; y ahora, y como consecuencia de su acto, aquel trozo de vida había sido parado, del mismo modo que el relojero, interponiendo un dedo, para los latidos de un reloj. Pero sus razonamientos resultaron vanos: no consiguió despertar ningún remordimiento en su conciencia; el mismo corazón que se había estremecido con las efigies pintadas del crimen, permanecía inconmovible en su realidad. A lo sumo experimentó un atisbo de piedad por alguien que había sido dotado inútilmente con todas aquellas facultades que pueden convertir el mundo en un jardín de delicias, alguien que nunca había vivido y que ahora estaba muerto. Pero ni un solo temblor de arrepentimiento.

Aclarada en su mente aquella cuestión, encontró las llaves y avanzó hacia la puerta abierta de la tienda; afuera había empezado a llover, y el sonido del aguacero sobre el tejado había eliminado el silencio. Semejantes a una goteante caverna, las habitaciones de la casa estaban acosadas por un incesante eco, el cual llenaba el oído y se mezclaba con el tic-tac de los relojes. Y, mientras Markheim se acercaba a la puerta, le pareció oír, en respuesta a sus propios pasos cautelosos, los pasos de otros pies en la escalera. La sombra continuaba palpitando en el umbral. Markheim obligó a sus músculos a un esfuerzo sobrehumano y tiró de la puerta.

La brumosa luz diurna brillaba débilmente sobre el suelo desnudo y la escalera; sobre la armadura apostada, alabarda en mano, en el rellano; y sobre los cuadros colgados contra los amarillos tableros del friso de madera. Tan intenso era el batir de la lluvia a través de toda la casa que, en los oídos de Markheim, empezó a descomponerse en numerosos sonidos distintos. Pasos y suspiros, el desfilar de regimientos en la distancia, el tintineo de monedas en el mostrador, y el crujido de puertas entreabiertas, parecieron mezclarse con el repicar de las gotas sobre la cúpula y el discurrir del agua por los canalones. La sensación de que no estaba solo se hizo más intensa, enloquecedora. Por todos lados se sentía acosado y rodeado por presencias. Las oyó moverse en las habitaciones superiores de la tienda; oyó al muerto poniéndose en pie; y empezó a subir la escalera con un gran esfuerzo, siguiendo obstinadamente a sus pies, que huían delante de él. Sólo con que fuera sordo, pensó, poseería tranquilamente su alma… Y luego, de nuevo, despierta su atención, se bendijo a sí mismo por aquel incansable sentido que velaba por él, poniendo un fiel centinela sobre su vida. Su cabeza giraba continuamente sobre su cuello; sus ojos, desorbitados, lo escrutaban todo. Los veinticuatro peldaños hasta el primer piso fueron veinticuatro agonías.

En aquel primer piso las puertas estaban entreabiertas, tres de ellas como tres emboscadas, sacudiendo sus nervios como los estampidos del cañón. Nunca podría volver a sentirse, pensó, suficientemente acorazado contra los observadores ojos de los hombres; deseaba encontrarse en su casa, rodeado de paredes, enterrado entre sábanas, invisible para todos menos para Dios. Y ante aquella idea se inquietó un poco, recordando historias de otros asesinos y el temor que se decía experimentaban a vengadores celestes. A él no podía sucederle eso. Él temía a las leyes de la naturaleza, las cuales, en su rígida inmutabilidad, podían conservar alguna acusadora evidencia de su crimen. Temía diez veces más, con un terror supersticioso, alguna escisión en la continuidad de la experiencia del hombre, alguna intencionada ilegalidad de la naturaleza. Estaba empeñado en un juego de habilidad, que dependía de las reglas, calculando las consecuencias a partir de las causas. ¿Y si la naturaleza, como el derrotado tirano que vuelca el tablero de ajedrez, rompiera el molde de su sucesión? Como había derrotado a Napoleón (según algunos escritores) cuando el invierno cambió la época de su aparición. Del mismo modo podía derrotar a Markheim; las sólidas paredes podían convertirse en transparentes y revelar lo que había detrás de ellas, como las de las abejas en una colmena de cristal; la casa podía derrumbarse y aprisionarle al lado del cadáver de su víctima; o podía declararse un incendio en la casa contigua, y los bomberos invadirían la vecindad. Ésas eran las cosas que Markheim temía; y, hasta cierto punto, esas cosas podían ser llamadas las manos de Dios extendidas contra el pecado. Pero, en lo que respecta a Dios, Markheim estaba tranquilo; su acto era excepcional, sin duda, pero también lo eran las excusas que tenía para haberlo cometido, excusas que Dios conocía; era allí, y no entre los hombres, donde Markheim esperaba encontrar justicia.

Cuando hubo entrado en el salón, y cerró la puerta detrás de él, se sintió más seguro. La estancia estaba completamente desmantelada, sin alfombras, y llena de cajas de embalaje y de muebles incongruentes; varios espejos enormes, en los cuales Markheim se contempló a sí mismo desde diversos ángulos, como un actor sobre un escenario; muchos cuadros, con marco o sin él, en el suelo, apoyados contra la pared; un escritorio de madera finamente labrada, y un gran lecho antiguo, adornado con colgaduras. Las ventanas se abrían a la calle; pero, afortunadamente, los postigos estaban echados, y esto le ocultaba de los vecinos. Markheim se acercó al escritorio y empezó a buscar entre las llaves. Una elección difícil, ya que las llaves eran muchas. Además, podía darse el caso de que en el escritorio no hubiese nada, y el tiempo apremiaba. Pero el ocuparse en algo definido lo tranquilizó. Con el rabillo del ojo veía la puerta… incluso la miraba directamente, de cuando en cuando, como un comandante en jefe que se complace en asegurarse de la buena disposición de sus defensas. Pero en realidad estaba tranquilo. La lluvia cayendo en la calle sonaba natural y agradable. De pronto, al otro lado, las notas de un piano atacaron los primeros compases de un himno, y las voces de numerosos niños rompieron a cantar. ¡Qué agradable era la melodía! ¡Cuán frescas las voces infantiles! Markheim tendió el oído, mientras probaba las llaves; y su mente se llenó de ideas y de imágenes: niños desfilando hacia la iglesia a los majestuosos acordes del órgano; niños en el campo, persiguiendo mariposas bajo un cielo salpicado de nubes fugitivas; y luego, otra cadencia del himno volvió a recordarle la iglesia, y la somnolencia de los días de verano, y la voz amable del párroco, y las tumbas del pequeño cementerio, y la lápida con los Diez Mandamientos en el presbiterio.

Mientras permanecía así sentado, a la vez ocupado y ausente, Markheim experimentó un repentino sobresalto que le hizo ponerse en pie de un salto. Un destello de hielo, un destello de fuego, un violento borbotón de sangre se abatieron sobre él, dejándolo traspuesto y tembloroso. Unos pasos se acercaron lenta e implacablemente, una mano se posó sobre el pomo de la puerta, la cerradura obedeció a una llave invisible, y la puerta se abrió.

El miedo mantenía inmovilizado a Markheim. No sabía lo que esperaba, si al muerto resucitado, o a los representantes de la justicia humana, o a algún testigo casual dispuesto a llevarlo al patíbulo. Pero cuando un rostro asomó por la abertura, lo miró, asintió y sonrió en amistoso reconocimiento, y la puerta volvió a cerrarse detrás de él, Markheim dio rienda suelta a su terror profiriendo un grito con voz enronquecida.

El visitante volvió a presentarse.

—¿Me llamabas? —preguntó, amablemente, entrando en la habitación y cerrando la puerta.

Markheim lo miró fijamente. Tal vez tenía una especie de velo delante de los ojos, ya que los contornos del recién llegado parecían cambiar y oscilar como los de las figurillas a la vacilante luz de la vela en la tienda; y a veces creía conocerlo; y a veces creía reconocerse a sí mismo en aquella figura; y siempre, con una sensación de indefinible horror, tenía la seguridad de que aquel ser no era de la tierra ni de Dios.

Y, sin embargo, aquel ser resultaba de lo más vulgar, de pie junto a la puerta, mirando a Markheim con una sonrisa en los labios.

—Estás buscando el dinero, supongo… —dijo, con la misma amabilidad.

Markheim no respondió.

—Debo advertirte —continuó el otro— que la sirvienta se ha separado de su novio más temprano que de costumbre y no tardará en llegar. Si te encuentran en esta casa, no necesito describirte las consecuencias.

—¿Me conoces? —gritó el asesino.

El visitante sonrió.

—Desde hace mucho tiempo has sido un favorito mío —dijo—. No he dejado de observarte, y a menudo he pensado en ayudarte.

—¿Quién eres? —gritó Markheim—. ¿El diablo?

—Lo que yo pueda ser —replicó el otro— no afecta al servicio que me propongo prestarte.

—¿Ayudarme tú? —exclamó Markheim—. ¡No, nunca! No me conoces todavía; gracias a Dios, no me conoces.

—Te conozco —replicó el visitante, con una especie de amable severidad—. Te conozco hasta el alma.

—¡Conocerme! —dijo Markheim—. ¿Quién puede conocerme? Mi vida ha sido un continuo engañarme a mí mismo. He vivido para contradecir mi naturaleza. Todos los hombres lo hacen; todos los hombres son mejores que este disfraz que crece a su alrededor y acaba ahogándolos. Los verás arrastrados por la vida, como alguien a quien unos bravucones han atacado, cubriéndole la cabeza con una capa. Si tuvieran el control de sí mismos… si pudieras ver sus rostros, serían muy distintos, los verías como héroes y como santos. Yo soy peor que la mayoría; mi verdadera personalidad está más oculta; mi disculpa la conocemos Dios y yo. Pero, si tuviera tiempo, podría revelarme a mí mismo.

—¿A mis ojos? —inquirió el visitante.

—A los tuyos de un modo especial —replicó el asesino—. Suponía que eras inteligente. Creía, puesto que existes, que sabías leer en los corazones. Y, sin embargo, te propones juzgarme por mis actos… Piensa en ello: ¡mis actos! Nací y he vivido en un país de gigantes; gigantes que me han arrastrado por las muñecas desde que salí del vientre de mi madre: los gigantes de la circunstancia. ¡Y tú quieres juzgarme por mis actos! ¿Acaso no puedes mirar hacia dentro? ¿No puedes comprender que el mal me resulta odioso? ¿No puedes ver dentro de mí la clara escritura de mi conciencia, nunca borrosa, a pesar de que con demasiada frecuencia haya hecho caso omiso de ella? ¿No puedes reconocer en mí a un ejemplar que seguramente debe ser tan común como la humanidad: el pecador renuente?

—Todo eso está muy bien expresado —fue la respuesta—, pero no me afecta. No me interesa lo más mínimo el impulso que pueda haberte arrastrado en una dirección equivocada. Pero el tiempo vuela; la criada se demora, contemplando los rostros de la multitud y los objetos expuestos en los escaparates de las tiendas, pero cada vez está más cerca. Y no olvides que es como si el propio patíbulo avanzara hacia ti a través de las calles navideñas… Quiero ayudarte. Y, ¿quién lo sabe todo? Te diré dónde encontrarás el dinero.

—¿A qué precio? —preguntó Markheim.

—Te ofrezco el servicio como regalo de Navidad —respondió el otro.

Markheim no pudo evitar el sonreír con una especie de amargo triunfo.

—No —dijo—, no aceptaré nada de tus manos. Si estuviera muriendo de sed, y tu mano acercara el cántaro a mis labios, encontraría el valor necesario para rechazarlo. Puedo ser crédulo, pero no haré nada que me ate irrevocablemente a ti.

—Puedes arrepentirte en tu lecho de muerte —observó el visitante—. No me opongo.

—¿Por qué no crees en la eficacia de ese arrepentimiento? —inquirió Markheim.

—Yo no diría eso —respondió el otro—. Pero yo miro esas cosas desde un ángulo distinto, y cuando la vida ha terminado cesa mi interés. El hombre ha vivido para servirme, para sembrar cizaña en el trigal… Cuando se acerca el fin, sólo puede añadir un acto de servicio: arrepentirse, morir sonriendo, y de este modo infundir confianza y esperanza a los más timoratos de mis seguidores supervivientes. No soy un amo tan severo. Ponme a prueba. Acepta mi ayuda. Complácete a ti mismo en la vida, como has hecho hasta ahora; complácete a ti mismo todavía más; y cuando la noche empiece a caer y las cortinas a correrse, te aseguro, para tu tranquilidad, que encontrarás fácilmente el modo de ponerte en paz con tu conciencia y con Dios. Yo llego ahora de uno de esos lechos de muerte, y la estancia estaba llena de deudos que experimentaban un sincero pesar y escuchaban las últimas palabras del hombre: y cuando miré aquel rostro, que había sido tallado como un pedernal contra la misericordia, lo encontré sonriendo con esperanza.

—¿Y supones, por tanto, que soy uno de esos seres? —preguntó Markheim—. ¿Crees que no tengo más aspiraciones que pecar, pecar y pecar, y, al final, colarme subrepticiamente en el cielo? ¿Es ésa tu experiencia del género humano? ¿O presumes tales bajezas porque me encuentras con las manos enrojecidas? ¿Acaso el delito de asesinato es tan impío como para secar las mismas fuentes del bien?

—Para mí, el asesinato no tiene ninguna categoría especial —replicó el otro—. Todos los pecados son asesinatos, puesto que toda vida es guerra. Yo contemplo a tu raza, como marineros muriéndose de hambre sobre una balsa, los unos alimentándose de las vidas de los otros. Yo sigo los pecados más allá del momento de su realización; descubro en todo que la última consecuencia es la muerte; y a mis ojos, la doncella que engaña a su madre a fin de poder asistir a un baile no es menos culpable que un asesino como tú. ¿He dicho que sigo los pecados? Sigo también las virtudes; no difieren entre ellos en el grosor de una uña: ambos son guadañas para el ángel de la Muerte. El mal, para el cual vivo yo, no consiste en la acción, sino en el carácter. El hombre malo es querido para mí; no el acto malo, cuyos frutos, si pudiéramos seguirlos lo bastante lejos a través de la catarata de los siglos, encontraríamos quizá más gloriosos que los de las más raras virtudes. Y si te he ofrecido mi ayuda para escapar, no es porque hayas asesinado a un comerciante, sino porque eres Markheim.

—Te abriré mi corazón —respondió Markheim—. Este crimen que acabo de cometer será el último de mi vida. En el camino que me ha conducido a él he aprendido muchas lecciones; el mismo crimen ha sido una lección, una trascendental lección. Hasta ahora había sido arrastrado a pesar mío a lo que no deseaba; era un esclavo atado a la pobreza. Existen virtudes robustas que pueden sobrevivir en medio de esas tentaciones; la mía no era de ésas: tenía sed de placeres. Pero hoy, y a consecuencia de mi acto, voy a obtener la riqueza y la decisión necesarias para ser yo mismo. Me convertiré en un actor libre sobre el escenario del mundo; empezaré a verme a mí mismo completamente cambiado, a considerar estas manos como los agentes del bien, con el corazón en paz. Algo llega hasta mí procedente del pasado; algo de lo que había soñado al oír el órgano de la iglesia, de lo que intuía al derramar lágrimas sobre las páginas de nobles libros, o al hablar, inocente chiquillo, con mi madre. He andado a la deriva unos cuantos años, pero ahora veo una vez más mi ciudad de destino.

—Piensas utilizar ese dinero en la Bolsa, ¿no? —dijo el visitante—. Y allí, si no me equivoco, has perdido ya algunos miles.

—Sí —asintió Markheim—. Pero esta vez tengo una cosa segura.

—Esta vez volverás a perder —afirmó el visitante.

—¡Pero conservaré la mitad! —exclamó Markheim.

—Y la perderás también —dijo el otro.

El sudor empezó a empapar la frente de Markheim.

—Entonces, ¿no puede haber salvación para mí? —gimió—. ¿Me hundiré de nuevo en la pobreza, continuaré hasta el fin renunciando a lo mejor? El bien y el mal conviven en mí, presionándome en sentido contrario. No me inclino decisivamente por el uno ni por el otro. Puedo concebir grandes hazañas, renunciamientos, martirios; y aunque he incurrido en un delito tan enorme como el asesinato, la piedad no es extraña a mis pensamientos. Compadezco a los pobres, ¿quién conoce mejor que yo sus aflicciones? Los compadezco y los ayudo; aprecio el amor, amo la risa honesta; no existe ninguna cosa buena, ninguna cosa verdadera sobre la tierra que yo no ame con todo mi corazón. ¿Acaso mis vicios han de dirigir mi vida, y mis virtudes han de quedar sin efecto, como un trasto pasivo de la mente? No, el bien es asimismo un manantial de actos.

Pero el visitante levantó su dedo índice.

—Durante los treinta y seis años que has estado en el mundo —dijo—, a través de muchos cambios de fortuna y variedades de humor, te he contemplado hundirte cada vez más. Hace quince años, la idea de convertirte en un ladrón te hubiera sobresaltado. Hace tres años hubieras palidecido ante la posibilidad de que te llamaran asesino. Si existe algún delito, si existe alguna crueldad que ahora te repugne, dentro de cinco años tu repugnancia habrá desaparecido. Cada vez más hundido: sólo la muerte podrá detenerte en tu caída.

—No puedo negarlo —admitió Markheim—. Hasta cierto punto puedo decir que he cumplido con el mal. Pero así ocurre con todos: los mismos santos, en el simple ejercicio de vivir, van haciéndose menos delicados y se adaptan al tono de lo que les rodea.

—Te formularé una simple pregunta —dijo el otro—, y de acuerdo con tu respuesta te leeré tu horóscopo moral. Has ido transigiendo paulatinamente con el mal; es posible que tuvieras derecho a hacerlo; y, en cualquier caso, lo mismo les sucede a todos los hombres. Pero, aceptado esto, ¿hay algún aspecto particular del mal que te resulte más difícil de acomodar a tu conducta?

—¿Algún aspecto particular? —repitió Markheim, meditando unos instantes—. ¡No! —añadió con desesperación—. ¡Ninguno!

—Entonces —dijo el visitante—, conténtate con lo que eres, ya que nunca cambiarás; y las palabras de tu papel sobre este escenario están irrevocablemente escritas.

Markheim permaneció silencioso largo rato, y en realidad fue el visitante el primero en volver a hablar.

—Siendo así —dijo—, ¿te digo dónde está el dinero?

—¿Y el perdón? —gritó Markheim.

—¿Acaso no lo has intentado? —replicó el otro—. Hace dos o tres años, ¿no te vi sobre el estrado en asambleas religiosas, y no era tu voz la que más se oía al entonar los himnos?

—Es cierto —dijo Markheim—. Y ahora veo claramente cuál es mi obligación. Te agradezco las lecciones que acabas de darme; mis ojos están abiertos, y al fin me contemplo a mí mismo tal como soy.

En aquel momento, el agudo tintineo de la campanilla de la puerta resonó a través de la casa; y el visitante, como si la llamada fuera una señal que había estado esperando, cambió inmediatamente de actitud.

—¡La sirvienta! —gritó—. Ha regresado, tal como te había advertido, y ahora se abre ante ti un camino más difícil. Tienes que decirle que el dueño de la casa está enfermo; ábrele la puerta y ofrécele un semblante serio: nada de sonrisas… No te pases de la raya, y te prometo el éxito. Una vez que esté dentro y la puerta cerrada, actúa con la misma rapidez y destreza que utilizaste con el comerciante y te librarás del último peligro que se yergue delante de ti. Cuando hayas eliminado ese peligro, tendrás toda la tarde, toda la noche, si es necesario, para apoderarte de los tesoros de la casa y pensar en tu seguridad. Ésta es una ayuda que llega a ti con la máscara del peligro. ¡Ánimo! —gritó—. ¡Ánimo, amigo! Tu vida pende de un hilo. ¡Ánimo, y actúa!

Markheim miró fijamente a su consejero.

—Si estoy condenado a actos de maldad —dijo—, hay todavía una puerta abierta a la libertad: puedo renunciar a la acción. Si mi vida es equívoca, puedo renunciar a ella. Aunque sea presa fácil para toda tentación, puedo, mediante un gesto decisivo, ponerme fuera del alcance de todas ellas. Mi amor al bien está condenado a la esterilidad; pero a pesar de ello conservo mi odio al mal; y ese odio sabrá inspirarme la energía y el valor que ahora necesito.

Las facciones del visitante se animaron y suavizaron con una expresión de triunfo reflejando un portentoso cambio y, mientras se animaban, se hicieron borrosas y se difuminaron. Pero Markheim no se detuvo a contemplar o comprender la transformación. Abrió la puerta y descendió la escalera muy lentamente, entregado a sus pensamientos. Su pasado se presentó delante de él; lo contempló tal como era, feo y asfixiante como un sueño, una escena de derrota. La vida, tal como ahora la veía, había dejado de interesarle; pero en su extremo más lejano intuía la presencia de un puerto tranquilo para su barca.

Al llegar al pasillo, Markheim se detuvo y miró hacia el interior de la tienda, donde la vela continuaba ardiendo junto al muerto. Estaba extrañamente silenciosa. La campanilla de la puerta, repitiendo su impaciente clamor, rompió aquel silencio.

Markheim se enfrentó con la sirvienta en el umbral; en su rostro se dibujaba algo parecido a una sonrisa.

—Será mejor que vaya en busca de la policía —dijo—. He asesinado a su amo.


https://es.wikipedia.org/wiki/Robert_Louis_Stevenson

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El bosque de noche Nuestra memoria Poesía Vérkell recomienda:

La ciudad interior: 20 poetas estadounidenses | Edición de Fernando Vérkell


<p class="has-drop-cap has-medium-font-size" value="<amp-fit-text layout="fixed-height" min-font-size="6" max-font-size="72" height="80"><em>America </em>no es un país, sino una enciclopedia de colonización y barbarie. Fue fundada sobre desiertos, bosques ya desaparecidos y cementerios originarios. Los colonos arrancaron de tajo la tradición ancestral y acabaron con los nativos y los bisontes, porque todo conquistador es por definición un asesino. Los <em>Founding Fathers</em> no eran altruistas patriotas: su necesidad de independencia y organización no brotó del corazón, sino del bolsillo, y con astucia crearon una identidad nacional glorificándola a fuerza de mitos instantáneos y hombres falsamente representativos.America no es un país, sino una enciclopedia de colonización y barbarie. Fue fundada sobre desiertos, bosques ya desaparecidos y cementerios originarios. Los colonos arrancaron de tajo la tradición ancestral y acabaron con los nativos y los bisontes, porque todo conquistador es por definición un asesino. Los Founding Fathers no eran altruistas patriotas: su necesidad de independencia y organización no brotó del corazón, sino del bolsillo, y con astucia crearon una identidad nacional glorificándola a fuerza de mitos instantáneos y hombres falsamente representativos.

Por fortuna también hay magia dentro del despilfarro: aunque los habitantes de las 13 colonias pronto se afincaron en una tierra que no era suya y la destruyeron, simultáneamente su humanidad brotó, y con ella el arte. La poesía estadounidense va desde el piadoso The Bay Psalm Book, datado en 1640, hasta el poeta desconocido que guarda sus versos en la nube. Miles de poetas y millones de versos entre ambas fronteras demuestran que la belleza brota igualmente desde la miseria de las máquinas y los imperios.

Como casi todas las poéticas modernas, la estadounidense oscila entre la excavación doliente del yo y el reconocimiento brumoso de la problemática social. Estos términos, aunque secuestrados por agendas y colectivos, han recorrido un sendero inmemorial y pertenecen a quien los limpia de nociones instantáneas.  En ocasiones, es cierto, el péndulo poético suele detenerse justo antes de cortar de tajo la delgada línea entre introspección y denuncia, pero el poeta verdadero es honesto y canta lo que ve y lo que quisiera ver; es un bardo de tres caras y cuatro dimensiones.

Esta selección no es un panfleto, no obstante, sino una muestra poética, una breve cartografía de un territorio inexplorado y tantas veces releído. No son poemas cronológicos ni están ordenados por temáticas. Simplemente son una muestra de mis predilecciones poéticas y de autores que he ido descubriendo en mis vagabundeos bibliográficos. Mi intención es que el lector busque la obra original de estos autores, la compre y los disfrute tanto como lo he hecho yo.

Al traducirlos, no he olvidado que vienen de una lengua noble: un lenguaje de espadas, mares y corsarios; por eso, para proveer al lector de una referencia en el idioma original, decidí que los títulos permanecieran en inglés.

Leer poetas estadounidenses es otra manera de honrar una lengua que arde hoy junto a sus bosques, sus tuits y sus catástrofes, pero que nutrió de verbos y adjetivos a poetas de la talla de Poe, Emerson, Longfellow, Dickinson, Frost, Eliot, Berryman, Merwin y tantos otros amigos antologados aquí.


Contenido
 
Anne Bradstreet | Contemplations [fragmento]
William Carlos Williams | Danse Russe
Bill Holm  | Advice
Vachel Lindsay | Rain
Thomas Wolfe | For, Brother, What are We?
Etheridge Knight | The Bones of My Father [fragmento]
Sharon Olds | The Guild
Stanley Kunitz | The Portrait
Edna St. Vincent Millay | Soneto XXX
Gwendolyn Brooks | La vida de mi hijo es simple
Langston Hughes | El Negro habla sobre los ríos
David Budbill |  What I Heard at the Discount Department Store
W. S. Merwin | Yesterday
Paréntesis: 3 epígrafes sobre poesía
Gerhart Haupmtann
Samuel Johnson
William Holdsworth
Charles Olson | These Days
Gary Snyder | Why Log Truck Drivers Rise Earlier Than Students of Zen
Charles Bukowski | The Secret
Jo Carson | I am Asking You to Come Back Home
Robert Frost | Fire and Ice
Katha Pollitt | Onions
Felix Pollak | The Dream
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Arte y cultura Librotario

¿Son ignorantes los que no leen?


En 2017 Mario Vargas Llosa declaró categóricamente que «Los pobres no leen porque son ignorantes y los ricos (no leen) porque le dan poca importancia a la cultura y la literatura, y también son ignorantes». La frase no es benévola, y gravita con una carga despectiva y arrogante. Peor aún: esa concepción errónea y muy común, que tacha de incultos a quienes no leen, es sumamente perjudicial para la causa lectora.

       Me permito disentir con Mario. La ignorancia involuntaria es un defecto, no un pecado, y puede remediarse fácilmente. En otras palabras: muchos pobres y algunos ricos no leen porque aún no han descubierto las felicidades de la lectura. Para los pobres— que somos casi todos incluidos los ricos de mentiras— sobran los motivos para no leer: desidia; inexistencia de bibliotecas, comunidades lectoras e inversión gubernamental; penurias socioeconómicas; prioridades de supervivencia y, en mi opinión la causa más común: falta de cultivación lectora.

       Los ricos verdaderos sí leen. Poseen el tiempo, el dinero y la estabilidad mental para dedicarse por largas horas a los placeres del mundo moderno. Suelen leer pragmáticamente; devoran el Wall Street Journal, leenlibros de no ficción, biografías, ensayo, novela, autoayuda… (En las famosas listas que publica Obama no hay mucha poesía, me temo. Es asunto de otro artículo.)

       La idea es archisabida, pero la repetiré: algunas personas creen que no les gusta leer; en realidad no han encontrado el libro, el autor o el género que los enganchará. es cuestión de tiempo para que aquel libro que te abra las puertas llegue.

       Soy partidario de la lectura y me gusta leer. Es una disciplina que se va desarrollando poco a poco. Nadie corre media maratón el primer día. Si te interesa la lectura, pero no sabes qué leer, investiga y empieza leyendo artículos, piezas breves o resúmenes. No hay que leer Los hermanos Karamasov para disfrutar un libro; puedes disfrutar lecturas hermosas, y breves.

       Fuera de las excusas y los motivos reales detrás de la no lectura, también hay una razón más mundana y feliz: leer no es para todos. No tiene por qué serlo. La lectura es un placer segmentado, equivalente al ajedrez, la natación, la cinefilia, el dibujo, el canto, el ciclismo, el fisicoculturismo. ¿Es ignorante quien no lee, pero devora documentales históricos, de divulgación y de investigación? ¿Es ignorante quien no lee, pero acumula y escucha frecuentemente discos (o playlists) de música clásica, de pop, de rock, o de jazz, de música regional? ¿Es ignorante quien no lee, pero compite en un triatlón? ¿Es ignorante quien no lee, pero corre maratones de Netflix?

       La respuesta es no.

No existe el Ignorante. Incluso aquellos con poca o nula instrucción académica pueden ser sabios; la educación normativa no siempre es efectiva y a veces no vale nada. (Hay que leer los tuits de ciertos profesores universitarios para saber que la educación superior a veces es una estafa china.)

Los humanos lo desconocemos casi todo, pero si voluntariamente decidimos no indagar sobre arquitectura, teología, danza, fotografía, etcétera, y optamos por deleitarnos en otras disciplinas, nadie puede llamarnos palurdos. Nadie tiene ese derecho.

El mundo no gira alrededor de una biblioteca. Al menos no para todos. Así que, haz deporte, ve una buena película, duerme, cocina o escucha música. Y cuando algún malintencionado te llame ignorante por no haber leído el Quijote, pasa de largo.


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El bosque de noche

Robert K. Ressler | El extraño caso del doctor Nomoto


A finales de noviembre de 1994, un equipo de la Nippon Television (NTV) se puso en contacto conmigo para solicitarme una entrevista acerca de un caso de asesinato que desde hacía un mes tenía en vilo a ciudadanos y fuerzas policiales en Japón. Deseaban que comentase el caso y aventurase el perfil del posible autor, o autores, del asesinato.

Acepté el cometido con agrado porque a lo largo de mi vida profesional he intentado siempre sondear en la psique del homicida. El interés se despertó en mí de niño y siguió fascinándome mientras cursaba estudios de criminología en la Universidad Estatal de Michigan, mientras trabajaba en la División de Investigación Criminal del Ejército de Estados Unidos y a lo largo de mi carrera profesional de veinte años en el FBI. Precisamente mientras ocupaba este último cargo entrevisté en la cárcel a más de un centenar de asesinos y llegué a ser uno de los primeros expertos del mundo en trazar perfiles psicológicos de criminales, lo que me permitió aplicar mis conocimientos a centenares de casos de asesinato no resueltos y en no pocas ocasiones ayudar a la policía local a identificar a un asesino y llevarlo ante la justicia. Como parte de mi intento de entender a los asesinos múltiples, a mediados de la década de 1970 acuñé el término «asesino en serie».

En Japón yo era una persona conocida por mis libros anteriores, en especial el autobiográfico El que lucha con monstruos, y por mis intervenciones en la televisión de aquel país. Llevaba ya varios años alejado del FBI y me ganaba la vida dando conferencias y ejerciendo de testigo experto en juicios penales y civiles, aunque de vez en cuando me requerían departamentos de policía, psicólogos criminales y agencias de noticias de todo el planeta para que colaborase en el esclarecimiento de casos que rehuían una explicación sencilla.

El siguiente relato de los hechos está basado en la información que se había hecho pública antes de que la Nippon TV despertara mi interés por el caso del médico arrepentido. No se había efectuado ninguna detención todavía.

El 3 de noviembre de 1994 el doctor Iwao Nomoto denuncia a la policía la desaparición de su esposa y de sus dos hijos. Nomoto es un médico eminente de treinta y un años, muy bien considerado en la ciudad de Tsukuba, a unos cincuenta kilómetros al norte de Tokio; su esposa, Eiko, trabaja en un centro de investigación médica; el matrimonio tiene dos hijos pequeños, un niño y una niña. El doctor Nomoto es el hijo menor de una familia acomodada y el segundo marido de Eiko, que había estado casada con el dueño de una tienda de pastas alimenticias. El matrimonio vive en una casa suntuosa en un barrio residencial privilegiado y los niños están matriculados en colegios caros. Sorprende que Nomoto, tan joven, sea jefe de medicina interna del Hospital de Howarei, cargo que entraña gran responsabilidad. En el centro todos le consideran «un hombre sereno y tranquilo», un trabajador infatigable que se gana el afecto de sus pacientes. Declara a la policía que no está especialmente preocupado, ya que su mujer va con frecuencia a visitar a sus padres, pero a unos amigos les confiesa que tal vez haya huido de casa con los niños.

Aquel mismo día, antes de la denuncia a la policía, aparece flotando en la bahía de Yokohama una bolsa de basura de plástico blanco. En su interior se encuentra el cadáver de una mujer adulta que lleva varios días muerta. El cuerpo está atado con tres cuerdas alrededor de abdomen, piernas y pecho, cada una de distinto color. La mujer está además envuelta en plásticos, y entre éstos hay unas halteras puestas para que el cuerpo se hundiera. Va vestida con ropas normales, tiene los pies limpios y descalzos. El cadáver ha subido a la superficie porque los gases emitidos por la carne en descomposición han contrarrestado la fuerza de las halteras y han llevado la bolsa a flote. El reconocimiento preliminar de la policía determina que la causa de la muerte ha sido el estrangulamiento. En ese momento no se establece la identidad de la mujer pero, cuando el doctor Nomoto notifica la desaparición de su familia, se relacionan los hechos.

El 7 de noviembre el doctor Nomoto llama al laboratorio donde trabajaba su esposa, se identifica, dice que ésta lleva una semana desaparecida y pregunta cuál fue el último día que acudió al trabajo. Ese mismo día aparece otra bolsa de plástico que contiene el cuerpo de una niña muerta que aparenta entre dos y cuatro años en el momento del fallecimiento. De nuevo el cadáver está envuelto en plásticos y atado con cuerdas de distintos colores alrededor de las mismas partes del cuerpo, con unas halteras para hundirlo. También esta vez se determina que la víctima ha muerto estrangulada.

El segundo cuerpo es identificado como Manami, la hija de dos años de Iwao y Eiko. La policía empieza a investigar al doctor Nomoto, pero nadie puede creer que un médico respetado, miembro de segunda generación de la elite, pueda estar relacionado con el asesinato de su esposa y su hija.

Cuatro días más tarde una tercera bolsa aparece flotando en las aguas de la bahía de Yokohama. Esta vez contiene el cuerpo de un niño de un año, Yusaku Nomoto, de nuevo envuelto en plásticos, atado con cuerdas de distintos colores y con unas halteras como lastre.

Los asesinatos horrorizan y desconciertan a la opinión pública porque parecen obra de una secta enloquecida. El índice de criminalidad en Japón es considerablemente más bajo que en otros países desarrollados y un crimen como el perpetrado contra esta familia es un hecho poco corriente y desconocido desde hace mucho tiempo. Se empieza a sospechar que los asesinatos pueden ser un acto de venganza por algún suceso del hampa, tal vez relacionado con el mundo de la droga, o que los Nomoto hayan sido ejecutados por error y que el blanco fuera otra familia.

La relativa excepcionalidad del crimen, además del tradicional respeto por la clase alta que existe en Japón, pueden ser las causas que justifiquen que la policía tratase con tanta delicadeza al doctor Nomoto durante este período y que no registrase su domicilio hasta el 18 de noviembre, seis días después del hallazgo del último cuerpo.

Unos días más tarde se presentó en mi casa la señora Yuko Yasunaga, acompañada de un equipo de la Nippon TV, con el ruego de que hiciese una evaluación del crimen y trazara el perfil del posible asesino (o asesinos) de la familia.

La señora Yasunaga sólo traía información del estado de los cuerpos de la familia Nomoto, de las cuerdas de colores y de cómo estaban atadas, amén de una cronología de los hechos que yo he utilizado para urdir la descripción que acaban de leer. Todo el material procedía de fuentes publicadas, artículos de periódicos u otras. Yo no contaba, pues, con informes policiales, autopsias detalladas, fotografías del lugar del crimen, inventarios del sitio en que se habían hallado los cadáveres ni de la casa de la familia Nomoto de donde procedían las víctimas, ninguna información esencial sin la cual no es recomendable intentar esbozar el perfil de un posible criminal.

Me dijeron que al doctor Nomoto lo había interrogado la policía, pero no estaba acusado de los asesinatos y las sospechas no se centraban en él. Según me dijo la señora Yasunaga, en todo el país se respiraba un sentimiento de perplejidad por los asesinatos y todos se preguntaban quién podía haberlos cometido y por qué.

Aunque receloso de la escasa información en que podía basar mis observaciones, me dispuse a analizar las pruebas.

Lo primero que me vino a la cabeza fue el lugar donde se habían recuperado los cadáveres y las condiciones en que fueron encontrados. Un investigador debe considerar estos detalles como si fueran, esencialmente, comunicados de la persona que ha cometido el asesinato. Sólo entonces puede empezar a entender lo que ha ocurrido y por qué.

—Sin profundizar en el tema —aventuré—, lo que veo es que el individuo tenía un enorme interés en sacar los cadáveres de la casa, separarlos del entorno familiar, del lugar del crimen. No quería que la policía los encontrase, de modo que los arrojó al agua e hizo que se hundieran. Los tres estaban en el mismo lugar. No le interesaba deshacerse de ellos en sitios distintos, sino hacerlo rápido.

El plan de desembarazarse de los cuerpos era importante porque decía algo sobre el estado mental del asesino. Que optara por deshacerse rápidamente de los cadáveres, de los tres al mismo tiempo, era muy significativo, y las demás pruebas revelaban también otras opciones.

—La manera de atarlos, con cuerdas de colores siguiendo el mismo orden en todos los cuerpos, me sugiere que es una persona muy metódica, un ser compulsivo. Una persona que tiene que hacer las cosas siempre del mismo modo. Este control sobre la manera de realizar un acto supone para él un bienestar psicológico. Luego, transporta las bolsas de plástico. Si hubiera atacado y abandonado los cuerpos en el mismo lugar, tal vez mutilados o malheridos, sería un indicio de que se trata de un tipo de personalidad desorganizada. Pero no es éste el caso. Demuestra que es muy organizado.

Los asesinos organizados son conscientes de sus actos. No son perturbados mentales, en el sentido en que el profano concibe la locura, sino que por lo general se les considera competentes mentalmente para conocer y comprender sus actos.

Los cuerpos estaban limpios y no tenían heridas ni magulladuras, excepto las marcas del estrangulamiento. Otro indicio del modus operandi del asesino. Probablemente los crímenes no se habían llevado a cabo simultáneamente, y las víctimas desconocían lo que había ocurrido con las demás, porque no se apreciaban señales de resistencia. Si hubiera dado muerte a una de ellas mientras las demás estaban presentes, se habría originado un forcejeo que habría producido destrozos, y sin embargo no había ni rastro de pelea. Esto me sugiere que ejercía algún control sobre las víctimas, que probablemente le conocían.

A los entrevistadores les intrigó la idea de que las víctimas conocieran a su asesino, de modo que seguí en esta dirección para profundizar en los motivos del crimen. No había ninguna razón que justificase el asesinato: la mujer no había sido violada, ni los niños mutilados. No habían robado ni desvalijado la casa. De todo esto se concluye que el móvil del crimen sólo lo conocía su autor; era un homicidio con una causa personal. No se trataba del crimen violento originado por un arrebato pasional, sino de un asesinato organizado muy metódicamente.

Señalé que el individuo en cuestión estaba muy asustado, ya que quería deshacerse de los cadáveres de inmediato, pero enterrarlos lleva tiempo. Debía cavar tres hoyos, si no quería sepultar los tres en el mismo, y tenían que ser profundos porque si quedaban a cuatro o cinco centímetros de la superficie un perro podía desenterrarlos. Aunque se tomó su tiempo para matarlos, atarlos y envolverlos, tenía prisa por deshacerse de ellos y no podía entretenerse enterrándolos bien.

Japón es un país muy poblado. Es imposible desviar el coche de la carretera y ponerse a cavar hoyos. Hay muchas posibilidades de que alguien te vea, especialmente en el área metropolitana de una ciudad importante. Sospeché que el asesino había actuado de noche; probablemente había cargado los cadáveres en un coche o una furgoneta a las dos o las tres de la madrugada y se había dirigido a un lugar que normalmente estaba desierto. Un buen emplazamiento era la orilla del mar, adonde podía llegar con su automóvil, arrojar los cuerpos y seguir su camino. Era una manera segura de eliminarlos con rapidez.

La señora Yasunaga se interesó por la circunstancia de que las ataduras estuvieran hechas con cuerdas de colores distintos (un color en la parte inferior, otro en la parte central y otro en la parte superior) y que la misma secuencia se repitiera en los tres cuerpos. La opinión pública estaba intrigada, pues lo consideraba la prueba de un comportamiento insólito.

—Que atase los cuerpos es un indicio —afirmé ante las cámaras—, pero según parece lo hizo cuando ya estaban muertos. La causa del fallecimiento fue el estrangulamiento. Entonces, ¿qué sentido tenía atarlos? ¿Todos de la misma manera? Se trata de un ritual, un ritual compulsivo, un ritual que nuevamente tiene un significado para el asesino. ¿Por qué metió los cuerpos dentro de una bolsa? No había ninguna necesidad. Podía haberlos arrojado al agua sin envolverlos. Esto me sugiere que podía haber una relación personal, que este individuo sentía afecto por sus víctimas y no quería imaginárselas en el agua, mojadas, mordisqueadas por los peces. Este intento de protegerlas, incluso una vez muertas, indica que el asesino conocía a sus víctimas.

Mi explicación tenía como objetivo una expresión que no llegó a salir de mi boca durante la entrevista, un término técnico: la «voluntad de deshacer». Para mí, las ataduras y las bolsas de plástico indicaban la presencia de cierto remordimiento por parte del asesino; incurrió en este ritual con el propósito de «deshacer» el crimen en un triste intento de restitución. William Heirens, el primer asesino que estudié, había vendado las heridas de las personas que había apuñalado una vez muertas. Otros asesinos han reaccionado de manera similar. Consideré que el autor de la muerte de la señora Nomoto y de sus hijos daba muestras de un remordimiento parecido.

Otro indicio era el hecho de que los cadáveres fueran hallados completamente vestidos. Si el asesino no quería que los identificaran, ¿no habría sido más lógico quitarles la ropa? De nuevo me pareció que esto nos daba una pista del estado mental del homicida.

—Quitarles la ropa y deshacerse de los cuerpos desnudos era degradante. Sería humillante cuando los encontrasen. Por esta razón les dejó la ropa. Esto indica cierta consideración (no tanta como para no matarlos), pero de nuevo esta consideración es […] el sentimiento psicológico de un afecto previo para con las víctimas.

Llegados a este punto, estábamos más cerca de identificar al asesino. Señalé que el motivo de los asesinatos probablemente estaba relacionado con la mujer y no con sus hijos.

—No es probable que esta persona quisiera matar a los niños. A lo mejor estaban jugando fuera, o haciendo cualquier otra cosa. No eran un estorbo para matar a su madre. El asesino podía haber matado a la mujer, llevársela y dejar a las criaturas solas para que las encontrasen y siguieran su vida, con su padre o con quien fuera. La preocupación por los niños es tal que el autor del crimen no quiere que vivan sin su madre, y le parece mejor enviarlos a todos al cielo o al otro mundo; que se vayan todos juntos antes que que los niños vivan sin su madre. Es un acto de consideración muy extraño, tal vez un insólito acto de amor; no del amor que nadie desearía, por supuesto, pero es innegable que al asesino le preocupa que estos niños tengan que crecer sin madre.

Repetí que estos razonamientos eran la base para concluir que las víctimas conocían muy bien al asesino.

—Las víctimas conocían al agresor. No hay señales de lucha, o muy pocas. Cuando un desconocido aterroriza a alguien, siempre se encuentran heridas: cortes en las manos, contusiones en la cara al tratar la víctima de esquivar al atacante. Lo más probable es que los niños y la mujer conocieran a su agresor, porque no estaban asustados. Esto le habría permitido acercarse sin darles miedo, probablemente aparecer por detrás con la cuerda, en cuyo caso la muerte habría sido instantánea. Tampoco en los niños hay indicios de miedo ni de resistencia, lo cual demuestra que el agresor era una persona conocida.

A continuación la señora Yasunaga me pidió que trazara el perfil del posible asesino. Mi primera hipótesis era que se trataba de un ciudadano japonés, porque la presencia de un extranjero en el vecindario de la casa de los Nomoto habría sido advertida por los vecinos, y también porque, como ya había señalado, las víctimas conocían al atacante. También intuía que era de sexo masculino, porque la mayoría de los crímenes de estas características los cometen hombres y porque la fuerza y el peso requeridos para llevar a cabo los crímenes y deshacerse de los cadáveres eran superiores a los de la mayoría de las mujeres. Además, creía que el hombre había matado a las tres personas en solitario. Resumí así las características que había conjeturado.

—Se trata de un individuo que tiene una razón o un motivo para matar a estas personas, pero sólo él lo conoce. No se trata de una agresión sexual, ni tampoco de un robo. Tampoco nos enfrentamos a un loco o a un psicópata que cumple una misión divina o que actúa como consecuencia de una alucinación, porque en este caso se observaría un mayor desorden y los cadáveres se habrían encontrado en el lugar del crimen. Todo indica que se trata de una persona inteligente, organizada, muy compulsiva, que cometió el crimen con premeditación y planificación, pero que al mismo tiempo sentía miedo y quería deshacerse de las víctimas con la mayor prontitud posible. En cuanto a la edad […] entre los veinticinco y los cuarenta […]. Una persona que había estado antes en la casa y que era reconocida por las víctimas, que no le tenían miedo.

Insistí en que el crimen había sido planificado, no espontáneo.

—Se habría planeado durante días o semanas, pero no mucho más. No estamos investigando algo que surgió de improviso, sino de un plan […]. La casa no estaba destrozada, lo cual indica que tenía el plan en mente, posiblemente el reflejo de un problema mental. No es completamente psicótico, pero es posible que se venga abajo por la presión sufrida. Yo buscaría tensiones anteriores al crimen: problemas económicos, problemas conyugales, problemas en el trabajo; todos ellos están relacionados con el estrés y pueden llevar a que el juicio de una persona se debilite extraordinariamente.

Llegados a este punto de la entrevista, la señora Yasunaga me informó de que la policía estaba interrogando al doctor Nomoto. Ésta fue mi respuesta:

—Si la policía sospecha del marido en este caso, creo que es una conclusión muy lógica. En casos similares de homicidios familiares, excepto si hay una razón de peso para no investigar al marido, por ejemplo que éste se encuentre en el momento del crimen a muchos kilómetros de distancia, el marido o el compañero que vive en la casa es el primer sujeto en el que hay que fijarse. Es esencial debido al evidente vínculo sentimental que existe entre marido y mujer, que a veces llega a ser tan pasional que el amor se convierte en odio. Teniendo en cuenta los indicios que he descrito hasta ahora (la aparente tranquilidad de las víctimas cuando les atacó el asesino), el marido es un sospechoso razonable.

Cuando la señora Yasunaga expresó su asombro por la posibilidad de que un miembro de la clase alta cometiese un crimen como aquél, le conté brevemente el caso del juez Robert Steele, de Cleveland, el argumento de mi libro Justice is served. Steele, un juez local muy respetado, había contratado los servicios de unos indeseables para que matasen a su esposa en el lecho conyugal, en su propia casa, y así él quedaría libre para casarse con otra mujer. A las fuerzas policiales nos costó más de ocho años condenar a Steele y sus cómplices por el asesinato. Para mí, el caso de Steele y otros similares que ocurren en Estados Unidos demostraban que incluso las personas que ocupaban cargos importantes y eran muy bien consideradas por la sociedad podían cometer crímenes atroces. Seguí con la entrevista para finalmente sacar una conclusión:

—El hecho de que una persona sea médico, abogado o juez, no tiene importancia. Las capas más altas de la sociedad también producen comportamientos homicidas, de modo que el marido es el primero que debe ser investigado. Si no es culpable, entonces tendremos que ir a buscar fuera de casa.

Mientras seguíamos comentando el caso, la noticia de que habían retenido al doctor para interrogarlo arrojó nueva luz sobre otras pruebas.

—No fue muy inteligente [meter los cadáveres dentro de bolsas], pero creo que hay que considerarlo desde el punto de vista de la motivación. Si de verdad esta persona había sentido afecto por su familia en algún momento, el hecho de meterlos en bolsas aun sabiendo que emitirían gases (un médico tenía que saberlo perfectamente), tal vez fuera una tentativa para que los encontraran al poco tiempo [cuando los cuerpos subiesen hasta la superficie por efecto de los gases] y pudieran así recibir adecuada sepultura.

En resumen, había llegado a la conclusión de que el médico era el principal sospechoso del caso, aunque advertí a la señora Yasunaga de que existía la posibilidad de que el asesino fuera otro miembro varón de la familia, tal vez un hermano, un tío o cualquier otro pariente o amigo de la familia.

Nos estrechamos la mano y el equipo prosiguió su camino. No dediqué más tiempo a repasar mentalmente la entrevista porque en el fondo no dejaba de ser una jornada laboral normal, con un tipo de razonamiento similar al de otros mil casos de mi vida profesional. Después de varias décadas de contemplar la mente criminal, puedo hacer mío el verso de José Martí: «Viví en el monstruo». Tal vez los crímenes de Nomoto fueran poco habituales en Japón, pero han ocurrido hechos similares en otras partes y, habiendo estudiado estos crímenes anteriores, no me costó reconocer elementos comunes en los asesinatos de Nomoto y señalar su trascendencia. Puesto que contaba con una información limitada, hice todo lo que estaba en mis manos con la esperanza de que la entrevista ayudase a la policía y a la opinión pública a comprender la dinámica psicológica que según mi opinión sustentaba aquel crimen terrible.

Al día siguiente, casi la totalidad de la entrevista fue emitida por la Nippon TV en su programa informativo NTV Wide, de gran audiencia. El comentarista calificaba la entrevista de convincente, puesto que hasta entonces nadie había presentado razones lógicas de tanto peso como para sospechar que el doctor Nomoto podía ser el autor de los crímenes ni nadie había explicado los extraños elementos rituales que suponían las cuerdas de colores.

El día siguiente a la emisión de la entrevista, el doctor Nomoto confesó a la policía que había matado a su esposa y a sus hijos.

Mi opinión de lo ocurrido es que la emisión de la entrevista permitió a la policía enfrentarse al doctor Nomoto con mayor agresividad que en los interrogatorios previos. La sociedad japonesa es reacia a la actitud de enfrentamiento durante una conversación; por esta razón, la policía se había dirigido a él con rodeos para no acusarlo directamente, como probablemente habrían hecho los investigadores norteamericanos en la misma situación. Los razonamientos lógicos de la entrevista también ayudaron, en mi opinión, a que Nomoto pudiera explicar sus actos y circunstancias, que él mismo consideraba inexplicables o que eran tan íntimos que no creía a nadie capaz de comprenderlos.

No me atribuyo el mérito de haber resuelto el caso. Los casos siempre los aclara la primera línea de infantería —la policía local— y no los elaboradores de perfiles que avanzan educadas conjeturas, pero tuve la satisfacción de pensar que mi información había sido útil.

Al conocerse los hechos, se confirmó que los crímenes se habían ejecutado de una manera muy similar a la que yo había sugerido. La confesión de Nomoto contenía algunas declaraciones importantes: «No quería que mis hijos tuvieran una vida difícil. Lo pasé muy mal matándolos. Usé cuerdas, halteras y bolsas de plástico que tenía en casa. Respecto a la zona donde arrojé los cadáveres, fue fácil porque la conocía bien de mis tiempos de colegial. Debía unos cientos de miles al banco después de la compra de la casa. Hundí los cuerpos en el mar por la sencilla razón de que así es más difícil determinar la hora de la muerte».

Estas declaraciones confirmaban muchas de mis suposiciones. Tal vez la más importante e inesperada de mis predicciones era el motivo por el que había matado a los niños: para que no tuvieran que crecer sin madre. Nomoto confirmó esencialmente un razonamiento retorcido pero lógico. En el fondo de su mente sabía que sería acusado de asesinato (había dejado demasiadas pistas que le identificaban), con lo cual los niños se verían obligados a crecer sin padres y con el conocimiento de que su padre había matado a su madre. Esta idea le parecía insoportable y mató a los niños para ahorrarles tan terrible circunstancia. Más tarde, según se publicó, dijo que «los niños tendrían un futuro desolador, sin madre y con un padre que era un asesino».

El posterior análisis del lugar del crimen proporcionó otros datos que condujeron a nuevas confirmaciones. Los pies limpios y descalzos de las víctimas indicaban que habían sido asesinadas en casa y luego trasladadas a otro lugar. La casa de la familia Nomoto estaba situada a poca distancia de una autopista que llevaba, a través de otras carreteras principales de fácil acceso, al lugar donde fueron arrojados los cuerpos al mar. Se calcula que el trayecto desde la casa hasta el puerto, con un tráfico escaso, duró aproximadamente una hora.

Ahora estamos en disposición de reconstruir el crimen.

Mañana del 29 de octubre. La noche anterior, Nomoto y su mujer han pasado varias horas discutiendo de dinero y otros asuntos. El fastuoso ritmo de vida que llevan, las inversiones inmobiliarias de Iwao, la afición por el juego que comparten marido y mujer les han llevado al borde del desastre económico. No va a ser fácil pagar el colegio de los niños y, si no lo hacen, todo el barrio se enterará de su pérdida de posición. Por otro lado, Eiko ha descubierto que su marido ha tenido muchas amantes y que a una de ellas le ha prometido matrimonio, razón por la que quiere divorciarse. La noche anterior al asesinato, ella insiste en que piensa exigirle una suma tan importante de dinero que va a quedar arruinado. El médico ha estado toda la noche cavilando sobre la situación. Durante varias semanas, a medida que se acercaba este momento crítico, había pensado en la manera de deshacerse de su mujer, pero no había sido capaz de hacerlo. Ahora no parece haber otra alternativa. Alrededor de las tres de la madrugada, se acerca a ella y la estrangula.

Ya no hay vuelta atrás, pero aún se esfuerza por determinar cómo seguirá adelante. Finalmente decide que los niños no deben sobrevivir y, dos horas después de matar a su esposa (es decir, no de inmediato, como ocurriría en un arrebato pasional), le da unas chocolatinas a su hijo de un año y luego le estrangula. Transcurrida una hora, hace lo propio con su hija y a continuación llama al hospital para anunciar que llegará tarde. Después acude al trabajo y tras pasar el día con normalidad, según sus colegas, regresa a casa. Nadie ha notado la ausencia de la mujer y los niños. Los cuerpos inmóviles empiezan a descomponerse. En su insólita acción de «voluntad de deshacer», ata ritualmente los cuerpos para que el rigor mortis no los deforme. Tal vez se distrae pensando que la mujer y los niños muertos aparentan estar dormidos. No aplica toda su inteligencia a la tarea de envolver y deshacerse de los cuerpos, ya que olvida que objetos tales como las halteras pueden ser una pista que conduzca hasta su casa y que las fibras adheridas a los cadáveres revelarán dónde han muerto las víctimas.

Esa noche se siente incapaz de hacer nada más, y al día siguiente se toma el día de fiesta para ir al área de Shinjuku de Tokio, donde contrata los servicios de una prostituta. Este hecho demuestra que había una base sexual subyacente en los asesinatos. Regresa a casa alrededor de las diez de la noche.

Unas horas más tarde, a la una de la madrugada del 31 de octubre, se ve incapaz de seguir soportando la presencia de los cadáveres en su domicilio. Mete en el coche las bolsas de vinilo que contienen los cadáveres y enfila por varias carreteras hacia el lugar que había frecuentado en sus días de escuela, en una época mucho más feliz, sin la carga de esposa e hijos, hipotecas y matrículas de colegio, un divorcio amenazador y la ruina económica. Con un último esfuerzo, arroja al agua las bolsas con los cuerpos y las halteras y regresa solo a casa, quién sabe si abrumado por los remordimientos pero momentáneamente engañado por la idea de que ha puesto fin a sus problemas.

Doctor’s murder of wife, children stuns Japan


Tomado del libro Dentro del monstruo, por Robert K. Ressler.


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