Categorías
Narrativa

Rassiel Zabala | Entre telones

—No trates de aferrarte al arte.

Fueron las palabras que Eduardo me dijo en medio de una lucidez casi perdida por el sueño. Con un tono burlón, cualquiera pensaría que conservaba humor después de los continuos ajetreos en los tres últimos días del festival.

En el fondo sabía a qué se refería.

Este fue el inicio de un vórtice de deudas que nos acarrearían por mucho tiempo.

¿Y por qué me incluyo?

Eduardo tuvo la brillante idea de darme un poder legal, y como los dos estudiamos comunicación social, tomamos muy malas decisiones administrativas.

La experiencia vívida aquella noche la denomino Post ludere—en latín para que suene mejor—y es muy interesante:

La adrenalina pura y previa con un desenlace existencial.

Sientes que el fin del mundo es el día de la función, y para ti no existe un mañana; mueves el cielo y la tierra. Cuando acaba el clímax, te cala una horrible sensación de vacío. Ya ocurrido el apocalipsis, estas solo a la deriva.

Ahora encarnas el papel de pusilánime que siempre has manejado bien toda tu vida.

Después de aquel bajón, vuelves por más.

Produces, diriges, actúas para lograr vivirlo perpetuamente.

Con sus fases, con sus sabores.

No tiene precio.


Rassiel Zabala (Bolivia, 2000) escritora, actriz y productora teatral. Estudia la carrera de Comunicación Social. Ha actuado en las obras El AnteinfiernoLa filosofía en la alcoba, Los 120 días Sodoma, además de haber trabajado como productora en las dos últimas. Ha participado en lecturas poéticas en diferentes encuentros y espacios culturales.

Categorías
Narrativa

Kiara Cárdenas Fernández | Anochecer

Comenzó la noche en la que mi tía decidió saltar desde el tercer nivel de su casa. Al principio olvidaba el lugar de los cubiertos, incluso metía sus zapatos en la alacena. Se había separado y de su divorcio, lo único que quedaba era una vieja casa y un gato al que adoraba. Después su salud mental fue en declive, decía que queríamos herirla y que su gato era brujo, el pobre animal estaba famélico, se negaba a cuidarlo. Una noche nos avisaron que se había lanzado del balcón, los detalles son demasiado horridos para escribirlos.

Con la conmoción de su muerte, mi novio y yo decidimos llevarnos al gato. Lo alimentamos y en poco tiempo creció, pero poco a poco su presencia se volvió incómoda. Noté en él actitudes extrañas como entrar a la ducha y verme, con mirada fría y completamente humana. En una ocasión, mi novio tuvo que viajar por unos días. Después de irse caí en un sueño que se vio interrumpido cuando el dichoso gato emitió un maullido gutural y áspero que me descolocó. Desperté desorientada, con la boca seca. Salí al pasillo y el animal estaba esperándome con esa mirada vil que me causaba congoja. Si el lector ha visto los ojos de estos animales, sabrá que poseen ademanes antropomorfos, pero conservan la inocencia que les da la falta de consciencia. Este gato no era nada inocente. De madrugada volvió a despertarme, golpeando la puerta. Volví a salir y el gato continuaba ahí, velando desde la oscuridad con sus iris amarillentas. La tercera vez que me desperté fue al percibir pasos. Por debajo de la puerta vi una sombra que se paseaba en el pasillo, pensé en un ladrón y bañada en sudor, salí decidida a defenderme. No estaba más que el maldito gato; se restregó en mí y vi en sus ojos una risa burlona que me heló la sangre.

Los días eran una tortura, por la mañana el gato desaparecía, pero llegada la noche me martirizaba. Yo no dormía y casi no salía al sanitario, prefería orinarme en las sábanas antes que abandonar la habitación. Sí, pensé en sacarlo e inventar una excusa sobre su huida, pero cuando lo intenté fue como cargar a un hombre de ochenta kilos, no pude.

Una noche decidí enfrentarlo. Él estaba, como una esfinge, acechando. El miedo me dominó cuando noté que la figura postrada ante mí no era animal ni hombre, sus labios emitieron un quejido agudo que tensó el aire. Vino por mí y el pánico me hizo saltar por la ventana para aterrizar no sé dónde. Los médicos hablaron de un brote psicótico. Mamá alejó al animal de mí, pero a veces lo trae a visitarme, y este me mira directo a los ojos, ronronea y maúlla amoroso. Posado en mi pecho, siento que un objeto de 80 kilos dificulta mi respiración. 


Kiara Cárdenas Fernández nació en 1995. Estudió la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericanas en Tuxtla Gutiérrez, en la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH). Publicó poemas en revistas electrónicas como Mimeógrafo y Poesía de Morras, así como en la revista escolar Letra suelta. Dio un discurso titulado La mujer y la literatura, resultado de un taller por parte de la Secretaría de la Mujer. Fue parte de la Segunda Antología de Escritoras Mexicanas, presentada en la FIL Guadalajara 2019.

Categorías
Narrativa

Liliana Hernández Almazán | Instrucciones para enterrar un vivo

Finalmente, se encuentra en la azotea. Introduzca primero el pie izquierdo en el agua, luego el derecho unos segundos. Sienta por primera vez el agua correr por su vergonzosa y pálida piel. El agua es tan clara y cálida que no ha notado que está en lo alto de un edificio. Vea el horizonte, ese espejo radiante, saturado de naranjas y ocres, vea el ocaso, los rascacielos, ¡qué sé yo! Lentamente, se da cuenta de que no es la única persona. Primero reconoce una silueta alargada, inmóvil, como petrificada, solemne. ¡No se mueva! El sol ahora muestra solo una mísera parte de su ser. Siente usted la inquietud de dirigirse a este hombre, queda claro que es un hombre.

No será necesario concederle un nombre, solo los muertos lo necesitan. Y hablando de muertos, solo los muertos pasean por las huertas enormes, reconocen rincones, huelen el azahar. Los muertos contemplan, vienen y van, sueñan con aquel despeñadero cruzar. Ahora olvídese de los muertos, usted está más viva que nunca, tampoco necesita un nombre.

Usted se acerca a él, le regala un beso, no sabe cuánto tiempo pasa, pero al retirar poco a poco su cara, se siente asombrada. Usted recibe una sonrisa y un reproche, lo entiende perfectamente y permanece inmóvil. Llegó la hora, es momento ya. Allí está, baja la mirada como por casualidad. Primero lo reconoce por su color, una gran mancha rosada, con intentos de naranja en su derredor. Allí aparece junto a usted: un cangrejo.


Liliana Hernández Almazán (San Luis Potosí, México). Se dedica al psicoanálisis desde hace 5 años. Su interés por la literatura surgió desde la niñez. Este relato fue publicado originalmente en El camaleón III.

Categorías
Narrativa

Tania Hernández | Gotas de agua

El cielo de la noche anunciaba tormenta. Primero la lluviecita de los pasos de mi mamá yendo a la cocina, como gotitas de agua que van pidiéndole permiso al suelo, para que no se enoje, para que no invoque el chaparrón que todo lo inunda, que todo lo disuelve. La vista nublada por los sollozos casi inaudibles de un miedo conocido. De pronto, la luz de la sala se enciende, la puerta se cierra en un trueno. Un rayo, un trueno: es mi padre, es el viento, es el huracán que entra. La voz de papá cayendo en aguacero que aplasta sin piedad.

Meto la cabeza bajo la chamarra, pero no puedo dormir. Tengo miedo de que al despertar encuentre la casa inundada y a mi mamá ahogada en un torrente de gritos, de insultos y de maltratos. Tengo miedo que, entre sueños, la humedad de mi propio llanto no me deje respirar.

El miedo. El miedo moja, el miedo arrasa, el miedo inunda. Hoy lo vi inundando los ojos de mi hijo. Se derramaba en gotas por sus mejillas. Y detrás del miedo me vi a mí mismo, convertido en tempestad. Convertido en un maldito plagio de lo que fue mi padre.


Tania Hernández nació en Guatemala, Ciudad. Es Ingeniera en Sistemas e Informática, con estudios de Filología Latinoamericana y Análisis Fílmico. Ha participado en varias publicaciones antológicas y así como en revistas y diarios locales. Cuenta con tres libros de cuentos cortos publicados: Love veintediez de Editorial Sin Tecomates, Desnudar santos de edición conjunta de La Maleta Ilegal y Alas de Barrilete, y Cuentos para adultos fantásticos de Editorial Alambique.


Lee nuestros números independientes.

¿Quieres leer más narradoras? Ingresa aquí.

Categorías
Narrativa

Mayevi Hadith | El bosque

Hace un tiempo descubrí un bosque cerca de mi casa. Caminaba cerca y vi muchísimas huellas que se adentraban en él. Me propuse que alguna tarde iría a explorar para seguirlas y saber a dónde se dirigían.

Pasé varios días haciendo los preparativos para mi incursión al bosque. Debía estar lista para lo que pudiera encontrar. Las huellas no parecían de animal sino como de algún hombrecito, apenas marcadas en el suelo. Después de mi descubrimiento tomé algunas capturas con el teléfono de mi mamá. Luego, le pedí que me lo volviera a prestar para tomar fotografías en el bosque. Me preguntó qué querría fotografiar allí y le conté que no sabía exactamente, pero que sospechaba que podría tratarse de alguna ciudad de hombrecitos.

Cuando menciono estas cosas, mamá ya no me dice nada. Supongo que me cree, aunque le cueste un poco. Para mí también era increíble que hombrecitos pudieran vivir en el bosque y sin ser descubiertos. A veces los adultos se niegan a creer que los chicos estemos más despiertos para darnos cuenta de cosas tan pequeñas como esa. Siempre creen que somos diminutos y que todo lo vemos enorme, pero en realidad nos fijamos más en lo que es pequeño porque podemos sentirnos iguales.  En cambio, todo lo que es grande nos sorprende y es tan lejanos a nosotros. No nos preocupamos por ser mayores, pero sí por no dejar de ser niños.  Mamá me ha dicho que algún día seré adulta. Tal vez si crezco pierda el interés por el bosque, los hombrecitos y el millón de huellas que encontré.

A mi abuela también le conté de mi hallazgo y le pregunté qué creía que podría ser. Dijo que nada de lo que conoce deja huellas como las que fotografié. Pensaba que tal vez si sólo se aparecen para mí, significa que tengo algo especial. Yo no podía decir eso de las personas, las veía iguales a todas, menos a mi mamá y a la abuela porque viven conmigo y las quiero.

Llegada la tarde seleccionada, terminé de hacer mi mochila para el viaje al bosque. Segura de llevar el celular con la cámara, una linterna, galletas para compartir con los hombrecitos. Metí mis campanas y cascabeles porque en los cuentos dicen que a los duendes les gusta la música. Solo esperaba que sí fueran amigables y no monstruosos. Esperaba hacer amigos para jugar.

Me encaminé y esperé poder encontrar en el bosque el montón de huellas para seguirlas. Deseaba verlas allí y descubrir de qué se trataban.  


Mayevi Hadith (1993, Guatemala). Participó en la antología Flores de luna, publicada en el Festival Grito de Mujer Chihuahua, México en 2019. Ha participado en diferentes antologías internacionales en formato digital. Su cuento El hospicio forma parte de la antología de cuentos de fantasía y horror El camino del abismo, publicada por la editorial cartonera Alambique. Publica sus escritos en su Instagram personal (@mhady_7).

Más cuentos de la iniciativa 20/narradoras hispanoamericanas

Categorías
Narrativa

Montserrath Campos Sánchez | Bar Central

Marina entra al bar vestida de mallas verdes y suéter rojo. Demasiado flaca para provocar una erección, pero muy disponible para cualquier borracho. Pide una michelada en un vaso de plástico. No quiere perder tiempo por si consigue “paro” para seguir la fiesta, allá entre los arbustos.

Marina debió de ser cantante. Se contonea y abre la boca como una soprano. Con urgencia, desgarra su media y muestra una pierna lacerada, herida por algún adicto que no encontró la puerta. Su cabello reseco y gris, habla de las noches sin bañarse. Ella sabe que su olor también seduce.

En el bar suena una canción triste. El Príncipe ahora un esqueleto, nos dice: “Ya lo pasado, pasado”; pero no pasa. Marina todavía sufre al recordar su primera menstruación: Señorita para que alguien la penetre sin preguntar su nombre.

Marina va al baño a defecar la lujuria que conoció desde niña. Lleva una cubeta para que nadie sepa que siempre quiso ser una Virgen.

La veo bailar. Quisiera contarle de los sueños, de esos que dicen que hay vida en otro pueblo. Pero la ciudad duerme, alguien ha tomado los focos.

Marina por fin consigue un cliente. Le toma la mano y sin pudor la dirige a su vagina; debe ser directa para que el siguiente pez nade entre sus piernas. Baila porque la noche es un rompecabezas que armamos todos. Mientras más se apaga la luz, ella le gime a un oído borracho por diciembre.

No se siente inferior por la morena de vestido rojo, su enemiga. Aún sin mostrar los senos, sabe que alguien le tocará el pezón por unos cuantos pesos. “Hay que compartir”, piensa, y me mira para seducirme. Pero estoy demasiado borracho para entrar siquiera a su mirada.

La conozco de tiempo, sentados siempre de frente mirando evaporar la noche. Alguna vez, estuve embrujado por la mugre que destellaba en su frente, y quise lamerla, pero la falta de tabaco me secaba la boca. Ahora, mientras desesperada es una moneda de cambio, busco mi billetera para llamarla.

La veo irse. Tropezar con otras manos que burlonamente le tocan la entrepierna. Somos dos vagabundos buscando un hogar. Mañana la veré seguramente; desde lejos imaginaré su grito en la banqueta.

Mientras el bar nos reciba, seremos tiburones; mientras la luz se apague, seremos un marino sin un barco.

Enamorado de Marina me corto debajo del zíper, ansioso de que alguien me bese las entrañas.

En el pueblo todos somos prostitutos. He perdido el pudor. También quise ser un Santo; un párroco para masturbar niños temerosos.


Montserrath Campos Sánchez (Celaya, Gto. 1984). Estudió la licenciatura en Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato, y actualmente estudia la Maestría en Literatura Hispanoamérica en la misma institución. Ha publicado los poemarios: Duermevela (Editorial La Rana, 2011) y Dos Infancias (Editorial La Rana, 2018) y, el libro de cuentos ¿Quién es Paola Vargas? (Ficticia, 2016). Su poesía ha sido antologizada en Poesía en rojo (Centro de Estudios de la Cultura Mixteca, 2015)en Diez poetas de Guanajuato 1982-1996 (Revista Punto de Partida, UNAM. Núm. 209) así como en Las Avenidas del Cielo (Universidad Autónoma de Aguascalientes en coedición con la Universidad de Guanajuato, 2018). En el 2019 recibió Mención Honorífica en los Premios León 2019, en la categoría de cuento corto.

Categorías
Narrativa

Grizel Delgado | La cocodrila

Mamá y yo fuimos al zoológico sin papá. Por fin se atrevió a salir de casa solo conmigo. Fue su idea, quería que nos divirtiéramos. Días antes leyó libros de animales y miró documentales sobre gacelas y delfines. Tenía miedo de estar a solas conmigo, en un lugar tan grande y no saber qué decirme.

Me explicó todo lo que es posible saber acerca del león africano y la cebra. Me describió cuán áspera puede ser la lengua de una jirafa. Mamá lo había aprendido todo sobre animales. Incluso, cuando fuimos a ver cómo aseaban a los elefantes, fue la primera en formarse para que yo pudiera alimentarlos.

Animal que visitábamos, animal que me describía. Seguramente era la visita perfecta que se imaginó ella. Pero antes de concluirla llamó mi padre y pidió hablar conmigo. Ella me dio su teléfono y fue a sentarse frente a los cocodrilos en una banca con poca sombra.

Papá y yo hablamos un poco y colgamos. Mamá seguía sentada. Yo le devolví el celular y vi que ella se limpiaba una lágrima.

–¿Qué pasa? –le pregunté.

Ella me devolvió la sonrisa falsa más perfecta que pudo y luego me dijo:

–Los cocodrilos son animales de sangre fría.

                Yo me senté a su lado. Me recosté en su hombro. Quizás eso fue lo que me gustó de la visita con mi madre. Nos quedamos callados y observamos a un cocodrilo de fauces abiertas que parecía estar muerto porque no se movía para nada.

–Dan un poco de miedo –pensé en voz alta.

–Tienen unas mandíbulas terribles que por ningún motivo dejan escapar a su presa– dijo y luego se dirigió a mí–. ¿Qué te dijo?

–Que vamos a la feria el próximo domingo… Estará la abuela.

–Qué bien –dijo sin entonación.

Miró el reloj. Yo la detuve. Todavía teníamos tiempo.

–Esa de ahí es una cocodrila –dije–. Está muy gorda, seguro que está embarazada.

Mamá se rio de mí.

–Los cocodrilos ponen huevos.

–¿En serio?

–Sí. Las hembras cuidan durante 3 meses los huevos. Hay muchos depredadores pero ellas son muy efectivas en su trabajo.

–Como tú… ¿Qué más hacen las cocodrilas?

–Los cuidan en un nido durante todo el día aun después de nacidos porque son presa fácil los primeros meses.

–Como tú me cuidaste –interrumpí–. ¿Qué más hacen las cocodrilas? –busqué un abrazo suyo. Ella entendió la verdadera pregunta que le hacía.

                –Leen y cocinan. Saben andar en bici. Algunas son madres y padres a la vez y pelean a golpes con los cocodrilos. A veces pierden. Respetan a las demás personas, les gusta nadar y hacer deporte. Beben alcohol pero no en exceso, no como los cocodrilos. Les gusta besar a sus críos y acariciarles el lomo con su piel dura y áspera. Así son las cocodrilas.

De repente, mientras veíamos al cocodrilo, éste soltó una lágrima.

                –Está llorando –dije.

                Ella negó.

                –No, hijo. El cocodrilo no llora. Sólo está lubricando los ojos.


Grizel Delgado (1982, Cd. de México), realizó estudios de licenciatura en la Universidad Autónoma de México y de Posgrado en la Universidad de Düsseldorf. Es editora, correctora y reseñista. Ha publicado cuentos en las revistas mexicanas La Colmena, Palabrijes y Punto en línea. Ha ganado certámenes de cuento en universidades mexicanas y en concursos en España. Es autora de la novela juvenil “Tu abuela en bicicleta” (recomendación IBBY México, 2018), del cuento infantil “El misterio de Zacango”, premiado por el certamen de Literatura infantil (2014) de la UAEM. Reside en Berlín donde trabaja como editora.

Categorías
Narrativa

Marshiari Medina | Saint Barbie

“Si me preguntan les diré que tan solo es pop-surrealismo.” Saint Barbie

Categorías
Narrativa

Patricia Gallero Pardo | Noviembre

Me gusta cuando nos enrollamos como dos gatos y todo es instinto y mi piel se confunde con la tuya.

Categorías
Narrativa

Virginia Hernández Reta | La vida frente al mar

Una de esas tardes lo descubrí en la playa de C., con un viejo traje de baño, sentado sobre una toalla y mirando hacia las olas. Yo hacía un poco de ejercicio ahí, saliendo de trabajar. Me quitaba la corbata, cambiaba de zapatos, cruzaba la avenida para alcanzar la marea de mosaicos negros y blancos, y, después, la arena. Corría por la orilla y esa tarde, al pasar, lo vi sentado, macizo, las piernas estiradas, los brazos sobre su vientre de hombre a punto de la jubilación.