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Arte y cultura La Maga y el Quetzal

Daniel Herrera Ortega: La promesa de los símbolos

Desde chico tuve interés por las películas y videojuegos, de cierta forma el entorno donde crecí me indujo a ello. En mi memoria está la primera foto que tomé de forma consciente, fue en un videojuego, buscaba recrear un plano de una película de spaghetti western. Luego, alrededor de los 15 o 16 años, ingresé a un curso de fotografía francesa en el Centro Cultural Chacao, y después tomé un par de cursos más en la ONG de Caracas. Por esa época, mi abuelo me obsequió mi primera cámara.

Entré a estudiar artes en la Universidad Central de Venezuela, pero me fui del país antes de cumplir mi primer año en la carrera. Actualmente soy residente en Argentina y estudio artes audiovisuales, ya me encuentro a mitad de la carrera.

Verónica Vidal: Quien se dedica a la composición visual está llevando a cabo una búsqueda para transmitir una historia o un significado, que en general configura un lenguaje personal. ¿Cuál es tu búsqueda?

Dan Herrera Ortega: En el caso de esta pieza, busqué contar cómo la moneda venezolana, el bolívar, se ha devaluado a medida que el tiempo pasa. Recuerdo que, esta idea nació en mí durante una conversación con un familiar, que comentaba acerca de los precios en Venezuela y de cómo todos los artículos son extremadamente costosos. Comparar la denominación actual con la de hace 13 años, representa una diferencia de millones de bolívares. Me fui del país con los precios del año 2017 y tan sólo pensar en la cantidad de ceros que han restado con cada nueva denominación; los nuevos billetes, la inmortalidad del billete de 100 con la cara de Simón Bolívar (que conocíamos como “el marrón”), e incluso el caso surreal del robo a un banco en el estado Mérida, donde dejaron todos los billetes en el suelo y nadie los tomó. Todo eso fue un clic en mi mente. Decidí crear un billete anti-inflación, a modo de protesta y expresión del surrealismo en Venezuela. 

El imperio de los símbolos es una obra de arte visual que habla de Venezuela como un país sin identidad. Obra publicada con autorización del autor.

Algunos elementos del collage ya estaban decididos desde el boceto, como elementos de un billete soviético, una estructura compositiva basada en el billete de un dólar, Bolívar en el centro con los ojos de Hugo Chávez, entre otros. El resto de los componentes llegaron de forma subconsciente.

V.V: En Venezuela, la generación de los jóvenes menores de 35 años, asistimos al abandono de nosotros mismos, de nuestras casas y familias, para poder tener una vida digna de nuevo. ¿Cómo ha influido este fenómeno sociocultural (uno de tantos en la historia latinoamericana), en tu lenguaje artístico?

D.H.O: Principalmente, el encuentro con realidades distintas a la nuestra, y la consciencia de la propia, ya que nosotros cargamos con ella a donde quiera que vamos. También está presente el hecho de que nuestra sociedad se haya visto obligada a migrar de forma masiva, por primera vez en nuestra historia, considerando que Venezuela es un país formado por inmigrantes. Estas premisas me han llevado a cuestionar los valores que tenemos como sociedad y ver hasta dónde hemos llegado. Esta ha sido la oportunidad de poder expresarme con mayor libertad, de tener acceso a nuevos y diferentes materiales plásticos y a poder tomar fotografías (incluyendo la posibilidad de usar el rollo o irme por una vía digital). En el ámbito académico, siento que este país me ha ayudado bastante en mi preparación como artista y profesional. La ciudad de Buenos Aires es en algunos momentos una ciudad que te permite soñar y hasta llegar a sentir algo de amor y cariño por ella.

Considero que el arte es una de las formas más honestas y humanas de expresión que tenemos. Es realmente hermosa la capacidad que poseemos de crear cualquier discurso a partir de nuestras emociones y sentimientos para cautivar a los demás. En palabras de uno de mis cineastas favoritos, el gran Martin Scorsese: “Lo más personal, es lo más creativo”, y eso es en mi opinión lo más bello del arte.

V.V: Háblanos de la semiótica de tu discurso visual en este collage.

D.H.O: Desde que dejé Venezuela, me había sentido dominado por la rabia y la impotencia. La creación artística ha sido la forma de canalizar aquellos sentimientos para construir a través de ellos. Considero que en este collage, está mi visión acerca de lo absurdo de la economía venezolana, así como lo irreales que han sido estos últimos años para la historia contemporánea del país. Recuerdo haber visto el documental Mayami Nuestro (1), y que una de las tomas más impactantes para mí, fue ver cómo dejaban la urbe que era Caracas en esa época y a medida que salías de ella, empezabas a ver el barrio, las casas rojas, y sonaba una voz que decía «maldito petróleo». Estoy hablando de un documental de la década de los 80, de la época de la famosa frase «está barato dame 2». Tengo la impresión de que con todo lo que ha sucedido en estos últimos años, esa frase sigue vigente, pero sólo para el 5% de la población del país. Considero que ese documental fue una gran fuente de inspiración para mi collage.

V.V: ¿Cómo ha enriquecido tu residencia en Argentina tu percepción y proceso creativo visual y audiovisual?

D.H.O: Argentina en muchos aspectos me ha permitido crecer como persona. He visto una sociedad con la que compartimos muchas similitudes. También ha sido en este país donde me he educado artísticamente, tanto en el campo de la fotografía como en el campo audiovisual. Algo curioso de mi estancia en Argentina, es que me ha permitido conectarme con un lado de mi nacionalidad que desconocía y en eso le estaré eternamente agradecido.

V.V: ¿Cuáles son tus proyectos a corto y mediano plazo?

D.H.O: A corto plazo está terminar mi carrera de artes audiovisuales, romper el cascarón en cuanto a la escritura de guiones y seguir trabajando en el desarrollo de un discurso visual. A largo plazo, me gustaría realizar un largometraje e iniciar un posgrado en artes visuales, y quizás aprender una nueva lengua.

Referencias:

  1. Mayami Nuestro es un mediometraje realizado en 1981 por el historiador y cineasta venezolano Carlos Oteyza. 
Imagen propiedad de Daniel Herrera Ortega

Daniel Herrera Ortega

Nacido en Caracas, ingresó a la Universidad Central de Venezuela en el año 2016 para dejar el país al año siguiente. Tuvo la oportunidad de vivir una temporada en México, donde tomó la firme decisión de profundizar sus estudios de fotografía. En el año 2018 partió de México rumbo a la ciudad de Buenos Aires, donde pudo reanudar sus estudios de Artes audiovisuales en la Universidad Nacional de Avellaneda. Desde muy joven sintió interés por la creación de historias. Devorador de películas, desde Jurassic Park hasta melodramas donde actuara John Wayne. Podía pasar días enteros analizando las imágenes de los videojuegos que estaban en inglés, en un intento de entenderlos y crear su propia historia. El arte es una cuestión familiar, el amor por la fotografía fue influencia directa de su abuelo. Poco a poco, fue rodeándose de personas que compartían su interés por las artes audiovisuales, con quienes pudo crear una productora.

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El cine como arte | Un testimonio vivo

El arte posee cierta dosis de atemporalidad, es eso lo que le permite a Starry Night de Vincent van Gogh, o a Für Elise de Beethoven, ser obras sublimes que trasciendan el tiempo, y que aún hoy, como seguro lo harán mañana, millones de personas alrededor del mundo sigan contemplando su valor y belleza. Representaciones como la escultura, la pintura, la música, la danza, la arquitectura, o la literatura, son tan antiguas como la historia humana lo es, de hecho, son estas las seis artes de la antigüedad. Algunas formas reconocidas, nacidas en el seno de estas disciplinas, fueron realizadas en los siglos previos a la era cristiana, en el Egipto Faraónico o en la Grecia Antigua, incluso mucho antes —milenios antes—, en la prehistoria, cuando las incipientes comunidades humanas eran pequeñas tribus nómadas conformadas por cazadores y recolectores que cubrían sus cuerpos con pieles de animales, se amparaban del frío y de los depredadores en las cuevas de alguna montaña, y la tecnología más avanzada que conocían eran la lanza y el fuego, pues de este periodo datan las pinturas rupestres, muestra de que ya los humanos se maravillaban con el movimiento del planeta salvaje en el que vivían, con la ferocidad de un tigre dientes de sable, con el avistamiento de un cometa, con el misterio de reconocerse vivos y sensibles ante el universo incomprensible que los rodeaba. El arte, en sus formas primarias, había iniciado.

Pero claro, llegada la edad moderna, y con ella la invención de artefactos tan maravillosos que se dirían puros efectos de la imaginación, como la locomotora o el avión, se originaría una nueva representación del arte, la séptima, casi salida de un manual de ilusionismo: el cine. El arte cinematográfico, es la combinación inalienable de la pintura, el plasticismo, la dramaturgia, la danza, el teatro, y, tiempo después, cuando fue posible la implementación del sonido, también la música. Eso provoca que no haya un consenso definitivo entre si el cine es un arte en sí, o si no es más que la combinación armónica de artes que lo precedieron. Sin embargo, no hay duda de que el séptimo arte posee algo que nunca antes ninguno había podido capturar tal cual era, me refiero al movimiento. Con una cámara se pueda visionar al mundo tal cual sucede, esto le adhiere al cine una tenaz carga de objetividad, lo que, si de arte se trata, puede ser tan bueno como perjudicial, porque el arte, como arte, es en últimas eso, un testimonio, un fragmento del artista, sus temores, proezas y talentos, y todo esto es, necesaria y milagrosamente, subjetivo. Dos pintores que pinten el mismo atardecer nunca pintarán el mismo cuadro. Es ahí donde reside la magia del cine como arte, en expresar más que en mostrar.

La mayor parte de las películas contemporáneas están dadas al servicio del espectáculo y del dinero, no obstante, existen directores que siguen haciendo cine de verdad, cine que, por ser arte, trasciende a través del tiempo.

Es complicado entender en su totalidad y trasfondo la trama de películas como El Ángel Exterminador (1962), el trabajo más conocido de Luis Buñuel; o 2001: A Space Odyssey (1968), dirigida por Stanley Kubrick; o El Espejo (1975), del ruso Andréi Tarkovski —máximo exponente del cine arte—; o la surreal Mulholland Drive (2001), escrita y dirigida por David Lynch; o Kynódontas (2009), dirigida por el cineasta griego Yorgos Lanthimos; o Burning (2018), el film cumbre del coreano Lee Chang-Dong. La complejidad en la comprensión de estas obras maestras, principalmente, reside en que cada una aboga, a su manera, por la esencia misma del cine, por el cine como arte y lenguaje que transpira en cada plano el espíritu humano que sus autores, desde el director hasta el último de los extras, le han transfundido. Un significado completo es el que la obra expresa y una interpretación propia es la que el espectador le debe dar.

Nadie podría explicarle a otra persona porqué la Sinfonía n.° 40 de Mozart es bellísima, o porqué La Gioconda de da Vinci parece estar sonreída, pero también triste, pero también enfadada, y la imposibilidad no responde a lo difícil que es definir una obra de arte, sino a que el arte, por ser arte, más allá de entenderse, se siente, y eso mismo sucede con el cine.

M.D.