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Canaimera

MOHSEN EMADÍ | CANTAR DESDE LA DIÁSPORA

Tuve la gran fortuna de cruzar mi camino con el del escritor persa Mohsen Emadí durante el Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico del Estado de México, entre los años 2018 y 2019. Hombre elegante en el habla, el vestir y el trato, bien pronto se le adivina generoso, buen amigo, pero sobre todo, ilustrado. Cual arcaico renacentista, brinca y se desenvuelve en sus conversaciones de un menester a otro, pues en varios de ellos, como la música, el cine, el activismo, la filosofía, el arte, incluso (aunque parezca desafinar con el conjunto por contemporánea) la programación, ha incursionado con éxito, llevando, sin embargo, a cada uno de ellos, su principal esencia: la poesía. Porque ante todo, Mohsen es un poeta, en la más profunda connotación del término. Y por la poesía, ha gozado y ha sufrido, porque se sufre al dejar la patria atrás, y se goza con poder seguir cantando a pesar de la diáspora y los tiranos. De tanto andar y cantar, el poeta llegó a esta Canaimera llamada Latinoamérica, donde se ha quedado detenido.  Son varias la latitudes de nuestro continente donde ha transitado, trabajado, enamorado, hecho amigos y hermanos. Permanece en México desde hace ya varios años. Mohsen Emadí, aventurero, valiente, ilustrado, poeta caballero que pareciera más bien, en su espíritu, ser un personaje de Salgari. Ha puesto su vida en peligro por llevar la poética de su pensamiento hasta las últimas consecuencias y ello ha marcado sus versos para siempre. Entre su vasta obra destacan las recopilaciones No hablamos de sus ojos (Ghoo Publishing, 2007), Las leyes de la gravedad (Olifante, 2011), Visible como el aire, legible como la muerte (Olifante, 2012), Abismal (Casa Refugio Citlaltépetl, 2016), Standing on Earth (Phoneme Media, 2016) y Suomalainen Iltapäivä (Olifante, 2017). En su trayectoria como cineasta, Mohsen ha cultivado el género del documental, y quizá uno de sus más significativos logros, en ese sentido, sea La única patria, donde registró la última entrevista, realizada por él, al poeta Juan Gelman. Actualmente, Mohsen labora en el ámbito cultural mexiquense, desde la ciudad de Toluca y, como siempre, tiene mil proyectos por llevar a buen término y mil cantos en el tintero. Su obra ha sido publicada y traducida en buena parte del planeta.

  • Querido Mohsen, llevas buena parte de tu existencia errando, ¿cómo ha afectado tu espíritu esta diáspora?
  • Yo pertenezco a una cultura nómada. Mi familia, por parte de mi madre, era nómadas y supongo que mudarme es tan esencial en mí que como las olas, si no me muevo, me muero. Sin embargo, el exilio es diferente de una vida nómada. En el exilio pierdes tu hogar, pero en la vida nómada inhibes deliberadamente varios hogares. El exilio fue al mismo tiempo enriquecedor y destructivo. Enriquecido por las amistades, horizontes e idiomas que me regaló. Destructivo porque era asfixiante.  Cada cultura es como un idioma. Por mucho que aprendí los idiomas de los países en los que vivía y traté de abrazar sus culturas, los habitantes de esas geografías no intentaron aprender las mías. Entonces, nunca me sentí como en casa. Traté de mentirme a mí mismo, varias veces. Pero fue una ilusión. Mientras la gente no sienta sed de mis culturas, tendré un techo, pero nunca estaré en casa. Entonces, estoy herido y agradecido.
  • ¿Qué significa la poesía en tu vida?
  • La poesía para mí es un lugar en el que me reinvento. No tengo un sentido de mí mismo sin poesía. Supongo que si el mundo fuera un lugar mejor, ningún ser humano podría vivir sin poesía. Es tan esencial como el agua o el pan. Somos humanos por la poesía. La política, la economía, la filosofía cuando no surgen de la poesía nos deshumanizan. Aquí no me refiero a la poesía como profesión. Los poetas profesionales no son poetas: son empresarios. Para la poesía no existen.
  • ¿Qué densidad tiene España en ti?
  • Descubrí España por Lorca. Sentí una conexión trivial entre las canciones populares de mi propia región y la poesía de Lorca. España no me habla sin sus poetas. Quiero decir sin Lorca, Cernuda, Hernández, Gamoneda. Es el lugar donde se esparcirán mis cenizas. Mi maestro, Ahmad Shamlou, a través de quien conocí a Lorca y la generación 27, pasó una noche en España. Pero nunca salió del hotel porque nunca quiso perder el Madrid que conoció en la poesía y la vida de Lorca. Yo era más joven e inmaduro que él y viví en España. La realidad de España es tan horrible como la de muchos otros países y es insoportable sin sus grandes poetas.
  • ¿Cuál es tu visión de la poesía latinoamericana contemporánea?
  • Admiro la poesía latinoamericana en general. Hay poetas maravillosos en todo el continente y en Brasil, Argentina, Chile y Uruguay especialmente. Sin embargo, la fuerza deformante en México es la poesía de Estados Unidos. Especialmente en la generación joven, no veo autenticidad y profundidad porque tratan de imitar la mentalidad blanca, es decir, la mentalidad del patrón. En el discurso mediático de la poesía, los premios, los empresarios son más visibles, y no los poetas. Tengo que afirmar que los poetas generalmente son desconocidos o raramente conocidos en la historia de la humanidad. No les importa la visibilidad. Prefieren vivir en lo invisible.
  • ¿Cómo fue tu relación con Antonio Gamoneda?
  • Antonio vive en mí. Aprendí el idioma español para leer su poesía en su propio idioma y hablar con él. Para mí, es uno de los pocos verdaderos poetas vivos que tuvo la generosidad de hacerse visible ante nosotros. Su amistad es un verdadero regalo de sabiduría para mí.
  • ¿Y con Juan Gelman?
  • No podría vivir en México si Juan no estuviera aquí. Era amable, abierto, lleno de vida y transparente. A pesar de todas las tragedias que vivió, Juan siguió siendo una fuente de luz. Aprendí mucho de él. De sus palabras, sus silencios, sus sonrisas, sus borracheras, su lucidez y sus abrazos.
  • ¿Qué densidad tiene México en ti?
  • México me duele. Conozco dos Méxicos, el de sus indígenas y sus exiliados; y el de su corrupción y máscaras. Es un país que mata a sus propios hijos más verdaderos. Imagínate, Enrique Servín…Es un país bipolar. Entonces, uno lo odia tanto como lo ama.
  • Háblanos de tu experiencia en Casa Refugio Citlaltépetl.
  • Vivir en Casa Refugio fue una experiencia maravillosa gracias a Philippe Ollé-Laprune. Me abrió las puertas de México. Con él encontré un hermano y un gran intelectual. Mientras Philippe estuvo en esa casa, pudimos descubrir los muchos rostros de México guiados por sus ojos sabios y amorosos. Yo era vecino de Juan Gelman y eso me bastaba. Ambos vivíamos en La Condesa.
  • ¿Cómo has vivido el haberte convertido en un ciudadano del mundo?
  • Después de vivir en tres continentes, llegué a apreciar la sencilla casa de mi  abuela en el pueblo. Si no sales de tu casa, nunca la verás. Nunca la habitarás. Vivir en el exilio es vivir fuera de tu zona de confort. Tienes que correr riesgos, tienes que meterte en la boca de un león e intentar salir vivo. Viví en pobreza, hambre, discriminación, ofensas y calumnias. Al mismo tiempo, tuve el privilegio de descubrir mi poesía y tener amigos maravillosos en todo lado del mundo.
  • ¿Encuentras similitudes entre la región del medio oriente y Latinoamérica?
  • Ambos sufrimos por las grandes potencias internacionales y los políticos corruptos. Irán no fue colonizado, pero fuimos ocupados varias veces por fuerzas extranjeras. Supongo que compartimos catástrofes y heridas, pero culturalmente somos diferentes. América Latina es joven.
  • ¿Qué densidad tiene Irán en ti?
  • Irán es tan antiguo como la Historia escrita. Existe donde quiera que vayas. Todas las culturas humanas se construyen colectivamente y en la cultura colectiva de la humanidad, Irán permanece como una dimensión inamovible, al igual que Grecia. Uno puede negarlo, pero no puede deshacerse de él. Es un privilegio para mí nacer en una de las culturas más antiguas del mundo. Sin embargo, también me duele. Veo cómo se está destruyendo.  A veces, desearía haber nacido en el siglo XIX cuando había más esperanza. Probablemente soy pesimista. No veo una salida. Frente a todos los políticos del mundo no tengo nada más que poesía, que es inútil políticamente, y necesaria individualmente.
  • ¿A pesar de tu universalidad sigues considerando persa a tu poesía?
  • La poesía en sí misma no tiene ningún lenguaje. Nace con el idioma y no en el idioma. La poesía y el lenguaje son como hermanos y hermanas. Sin embargo, el lenguaje es un hermano enfermo. Sin poesía nos destruirá. entonces, como poeta, no tengo ningún idioma y mi poesía hablará en cualquier idioma. Pero como ser humano tengo una identidad. Mi identidad es colectiva. Es finlandesa, española, mexicana, checa e iraní. Sin embargo, sin ser iraní, no puedo ser mexicano o finlandés. Reconocí el sentido de identidad a través del idioma persa y esto existe en cualquier otra identidad que obtenga.
  • ¿El futuro será la digitalización total de la literatura?
  • El mundo digital es demasiado joven para hablar de su futuro. Pero supongo que durante algunas décadas estaremos más digitalizados, es decir, el mundo será aún más cristiano o romano. Espero que podamos encontrar una forma de armonía entre nuestro cuerpo y nuestras ideas, una armonía  que reduzca el sufrimiento de la dualidad incrustada en el cristianismo y la filosofía griega. Los libros impresos pertenecen a una cultura diferente a los libros digitales. Los libros existirán, la poesía también, pero cambiarán de forma.
  • ¿Algo de padre tiene para ti Ahmad Shamlou?
  • Ahmad Shamlou es probablemente el poeta más influyente de mi vida. Mi poesía es muy diferente a la suya, pero su voz, sus palabras, sus ojos están ahí, en cada poema que escribo, lo escucho en mí. El idioma persa está en deuda con él. Probablemente es el poeta más profundo de mi idioma después de Hafez. No era solo un poeta. Fue el mejor traductor de poesía que mi idioma haya tenido, el mayor investigador del folclor que tuvimos y un símbolo de resistencia para los iraníes. Si crees que Rilke, Eliot o Vallejo son importantes, Shamlou es igualmente importante.
  • ¿Cómo fue tu experiencia creativa en Brasil?, y ¿piensas que la cultura brasileña está de verdad hermanada con el resto de Latinoamérica?
  • Me interesa más la poesía brasileña que la poesía mexicana. Varios poetas brasileños me han influido: Cabral de Melo Neto, Ferreira Gullar o Carlos Drummond de Andrade. Supongo que es por África que Brasil tiene una relación tan fuerte con el experimentalismo en formas creativas. La dimensión negra o indigna de Brasil siempre es discriminada y descuidada por la clase dominante, pero está ahí: no hay Brasil sin ellos. No puedo hablar de la cultura brasileña en general, pero en poesía, Brasil es más intenso, honesto y juguetón que México para mí.
  • ¿Añoras volver alguna vez a tu pueblo natal?
  • Extraño a mi madre, Juan. Aquí vivo solo y no tengo familia. Hace años pensaba que nunca volvería a Irán. Pero a medida que envejezco, veo el anhelo de ir allí y besar la tumba de mi abuela, abrazar a mi madre y nadar en el Mar Caspio, mi mar. Nuestra única patria es nuestra infancia. Nadie puede quitarnos nuestra infancia. Mi infancia estuvo ahí.
  • ¿Te arrepientes de la rebeldía?
  • Todavía no me arrepiento. Me rebelé desde muy joven y creo que lo seguiré haciendo por el resto de mi vida. Un cobarde puede vivir más, o ganar más capital o poder, sin embargo, aunque con la rebelión se vive menos, sin rebelión no se puede ser poeta. Mi abuela siempre decía: quien no conoce el amor, es como un cadáver y aunque viva un siglo, será esclavo de los cielos. Entonces, no soy un esclavo y no me arrepiento de ello.
  • Por último, Mohsen, ¿qué son para ti los ojos de la mujer?
  • En mi cultura nos enamoramos primero de los ojos de una mujer. Son las puertas  de las almas. Allá, tenemos un lenguaje para ojos. Hablan su propio idioma, en silencio. Pertenecen al universo de la poesía cuando hablan en ese idioma. Un lenguaje que es el gemelo de la locura y la comprensión. Somos como troyanos. Podemos perder un país por esos ojos.
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Narrativa

Julieta Cao Taboh | Lucía


“¿Qué querés ver en Brasil?”, me preguntó en su portugués personal. Salimos un jueves de viaje con una mochila más chica que la del supermercado. “Si total usamos los mismos vestidos y los vamos cambiando”, dijo. Me parecía tan lindo cambiarnos la ropa, y cuando se acababa el día de puro mar, la tela estaba dura de tanta sal. Como una galletita. Esa fue la primera vez que puse el olfato en el centro de mi acción. Olía con ojos cerrados y pisaba cemento tibio. Y le hablaba a mis articulaciones mentales y les contaba que había aprendido a oler, ese día, ahi mismo. De noche podía oler diferente, como una destreza nueva; cierto perfume a jazmín que ella tenía habitualmente en las manos, creo que por una crema, bajo el agua caliente de la ducha y el vapor que ablandaba la ropa y lavaba la sal, todo eso junto, un perfume nuevo, más el olor a humedad de la habitación, y el de mi shampoo, que casi siempre era como el olor de una naranja recién exprimida. Y el olor del sexo afuera del tiempo, como un sexo al que se le pone dos broches en una secuencia de tránsito cercano, quedando ahí, suspendido, un poco colgado de la existencia y también de las ilusiones, un sexo que no sé bien cuándo empieza ni cuándo termina porque no tiene bordes.No tenía idea de qué quería ver en Brasil. No porque no tuviera a Brasil bien investigado y lleno de postales mentales, sino porque me encantaba esa pregunta. La hacía con los ojos muy abiertos y una media sonrisa que se le desarmaba cuando terminaba de vestirse. Mi voluntad estaba diluída en eso, en la música de una pregunta. No existe (ni debe existir) vocabulario disponible para decir que uno ya vio, en una sola persona, todo lo que le interesa del quinto país más grande del mundo.

A veces se le subía despacito el vidrio polarizado de los ojos. Efecto tremendo de los ojos humanos.
Seis meses después me mandó un vestido suyo a Buenos Aires, y una nota: “Porque nunca me dijiste qué querías ver de Brasil”.