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Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Días de guardar| Crónica

Fotografía: @yllak

Durante la infancia esperaba con ansias la llegada de la Semana Santa. Esas dos largas semanas para no ir a la escuela y en las que los adultos también tenían descanso para llevarnos a pasear a algún sitio. Nuestro destino favorito era el río o la playa. A pesar de que salíamos durante los días de guardar, mi abuela tenía la creencia de que el viernes santo nunca debía usarse para el placer, ningún tipo de placer. Los adultos de aquella época pensaban que no era más que una superstición, así que en aquellas vacaciones salimos de casa, desde muy temprano en viernes, con destino a la playa.

Alrededor de las diez de la mañana nos instalamos en la playa de Mocambo. El día estaba nublado, pero la playa estaba casi vacía. No pudimos resistir la tentación de tener tanto espacio para nosotros, así que aún con las nubes que presagiaban una tormenta, nos pusimos la ropa para nadar y corrimos al agua. Durante un rato no pareció una mala elección; ya estábamos ahí, el viento empezó a soplar más fuerte y pensamos que, a pesar del frío, en cualquier momento las nubes darían paso al sol radiante que esperábamos encontrar.

El viento no dio paso al sol, no arrastró consigo a las nubes para llevarlas a otro paisaje; el día se oscureció más y empezamos a temblar de frío estando en el agua. Escapar del agua significó atravesar una playa feroz, con el mar picado y el viento lanzando la arena sobre nosotros. Cada grano parecía un alfiler que se enterraba en la piel; apenas unos pasos equivalían a soportar los embates de un ejército invisible que lanzaba toda su artillería sobre cada centímetro de piel. La arena se pegaba en la garganta, nos hacía llorar y finalmente nos lanzó de la playa. Pegajosos, llenos de arena y tristes pensamos en volver a casa.

Cuando el espíritu viajero se había muerto por completo, el entusiasmo de unos cuantos empezó a esparcirse entre todos e idearon un nuevo destino: el río. Estando en el puerto, enfilamos rumbo al río cercano al rancho de mis tíos en Soledad de Doblado. Ahí llegaríamos a un lugar tranquilo y también tendríamos cerca a los parientes para visitarlos. Parecía la idea perfecta para salvar el día y el viaje.

Llegamos al río cuyo nombre olvidé con los años. Nos instalamos en la orilla de la manera tradicional: las mamás con el lunch y vigilándonos mientras cazábamos guarasapos1; los jóvenes nadando en la parte más profunda, riendo a carcajadas y buscando la manera de echarse clavados en el agua; mi abuela remojando sus pies y contemplando a toda la familia feliz con un paisaje soleado y campirano como escenario.

Todo iba bien hasta que llegaron más personas. Llegaron en una camioneta roja. Eran pocos, apenas un par de niños, tres mujeres y un par de señores. Quedaron casi frente a nosotros en la otra orilla del río. Aunque no nos molestaron jamás, habríamos preferido toda la corriente solo para nosotros. Mi abuela, como siempre, dijo que se sintió extraña con la llegada de más personas al río; “como que me llegó un presentimiento”, dijo más tarde mientras comíamos.

Después, cuando todos estábamos absortos en nuestra alegría, llegó otra camioneta. Nos dimos cuenta hasta que los tripulantes bajaron de ella todos al mismo tiempo; la camioneta negra, sin placas y vidrios polarizados puso en alerta a los adultos. Uno de los hombres que se encontraba en la orilla no los vio llegar. Lo amenazaron con armas y el griterío de las mujeres me hizo distraerme de los guarasapos. Levanté la vista y miré de golpe todo el escenario: hombres armados golpeando al tipo de shorts mojados, mujeres gritando y abrazando a los niños; luego el mismo hombre de shorts flotando boca abajo en el agua. Todo pasó tan rápido que no me di cuenta cuando mamá me había sacado del río. Todos corrimos a escondernos, y mis papás repetían con insistencia que nadie volteara a verlos, que no los miráramos.

Desde el escondite escuchamos las llantas de la camioneta arrancar sobre la terracería y alejarse. Nos asomamos y vimos mujeres llorando. Yo volví a ver al hombre flotando en el agua y pregunté si estaba muerto. Nadie contestó. Rápidamente nos subimos a la camioneta en la que íbamos nosotros y nos dimos prisa para llegar al rancho del tío Manuel, el más lejano de Soledad y más escondido entre los sembradíos. Mi papá dirigió el camino. Los demás permanecimos callados, llenos de miedo.

Llegamos al rancho y los tíos nos ofrecieron de comer. Estábamos hambrientos y nos sentamos a la mesa sin demora. En el fogón se veía la olla de frijoles, el comal con las tortillas recién hechas. Al centro de la mesa estaba el molcajete con una salsa que tenía un olor delicioso. El embeleso de la comida fue disipando el miedo. Empezamos a deleitarnos con el plato de frijoles con chorizo que habían hecho para nosotros. Mientras comíamos empezamos a reír, a charlar sobre el viaje, sobre lo que vimos. La abuela no desaprovechó la oportunidad para decirnos que jamás debimos salir de casa los viernes santos porque son días de guardar y no podemos jugar con eso. Ya nadie debatió con ella. Con aquella comida, sentados a la mesa de los tíos, todos nos sentimos de nuevo en casa. Ahora mi padre siempre me dice que no debemos salir de casa ese día. Nunca más, desde entonces, hemos vacacionado en viernes santo.

1Guarisapos.

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Aída Chacón| Souvenirs para mamá (II)| Crónica

Fotografía: Pedro Valtierra.

Aquel hotel de paso que nos cobijó durante nuestra estancia en Cancún lo encontrábamos hermoso. Fue nuestro refugio. El vínculo con la realidad que evadíamos durante el día, cuando íbamos a la zona hotelera a colarnos en los hoteles de lujo. En ellos había albercas, barra libre para los adultos, refrescos para nosotros, regaderas para después de estar en la arena de la playa privada.

Teníamos un número previamente ensayado. Si alguien nos increpaba sobre nuestra procedencia debíamos contestar con toda seguridad que estábamos en la habitación 208. Mirar con desdén a quienes hacían ese tipo de pregunta y continuar el camino hacia la alberca. Una vez superado el tropiezo habría que comunicarlo al jefe de la treta quien, en este caso, era un de mis tíos. Si no había tropiezos durante el día, podíamos estar en las albercas, el bar o la playa, pero a las 4 de la tarde debíamos marcharnos.

Así conocimos distintos hoteles. Cada uno más lujoso que el anterior, con mejores albercas, con paisajes maravillosos donde el mar siempre estaba de fondo. Una tía y yo aprendimos a preguntar la hora a los gringos que siempre estaban en las albercas. Así estaríamos a tiempo en el lobby para irnos juntos y nos mezclaríamos entre la gente de mundo que habitaba aquellos lugares.

Por las tardes volvíamos al hotel del centro. Nuestro hotel-refugio para turistas en desgracia. El encargado se apiadó de los niños y limpió la alberca. Después la usamos a diario hasta entrada la noche. Desde ahí se alcanzaban a ver algunas estrellas y a sentir, según yo, el olor a mar por todas partes.

Caminamos mucho en aquel viaje. A nuestro paso veíamos tiendas de lujo, restaurantes, bares enormes. Nosotros comíamos siempre dentro de las habitaciones del hotel-refugio. Durante el tiempo que estuvimos de viaje comimos tortas, sándwiches, cereal con leche nido, atún… nunca entramos a ningún restaurante lujoso ni mucho menos cerca de la playa. En varias ocasiones extrañé comer en casa.

La última aventura de aquel viaje fue Xcaret. Después iríamos a la casa de los tíos de Altamirano, Chiapas. Nadamos en los cenotes hasta que la lluvia lo permitió. Alrededor del mediodía comenzó a llover y nunca paró. Así que comimos unos sándwiches dentro de la camioneta. Volvimos al hotel a recoger nuestras maletas para después marcharnos rumbo a Altamirano. En el camino recuerdo varias canciones de los Tigres del Norte, algunos viejos éxitos de Universal Stereo, de Yuri y Alejandra Guzmán.

Salimos por la mañana, muy temprano porque pensábamos llegar a una hora razonable para ayudar a preparar la cena de año nuevo. En mis recuerdos, la casa de los tíos de Chiapas era enorme, con sus cafetales en la parte de atrás, acompañados de un paisaje de neblina matutina y el olor del pan recién horneado que una de mis tías preparaba todos los días durante la madrugada. Pensaba llegar a tomar un poco de café de olla, a correr por los pasillos de esa casa enorme y de techos altísimos, pero no lo logramos. Los caminos estaban bloqueados.

Por la carretera vimos tanquetas militares y camiones llenos de soldados que avanzaban en la misma dirección que nosotros. Llegué a contar 35 tanquetas todas rumbo a Chiapas. Luego de un rato nos detuvo un retén. Los soldados nos informaron que el paso hacia el estado estaba prohibido por el momento. No dieron ninguna explicación y nos ordenaron regresar. El ejército había sitiado el estado.

Mis tíos no se dieron por vencidos tan pronto. No querían recibir el año nuevo en la carretera, así que enfilamos hacia los caminos poco transitados, pero después de varios intentos fallidos, decidieron que era mejor volver a casa. En cada intento un retén del ejército nos impedía el paso sin dar razones. Soldados armados por todos lados nos indicaban que debíamos dar vuelta e irnos lejos de Chiapas. Tristes y asombrados por otro punto fallido del viaje, pensamos en visitar a mis abuelos paternos en Villahermosa.

Llegar a la casa de mis abuelos dependía de mí. Era la única en ese viaje que conocía el camino a su casa. La familia de mamá no era muy cercana a la de mi padre. Así que recordé el número de teléfono de la vecina de mi abuela y pedí la dirección. Llegamos a las 7 de la noche del 31 de diciembre del 93. Sin previo aviso, catorce personas llegaron a cenar y a compartir los buenos deseos para un año nuevo. Yo estaba feliz. Mi abuela me cuidaba y consentía como nadie. Mi abuelo estaba feliz de que llegamos gracias a mi ingenio. Las hermanas de papá me abrazaron mucho y comenzaron con la quema del viejo en la colonia. Nos quedamos ahí hasta el 3 de enero y esa noche nos fuimos rumbo a casa. Mis abuelos me dieron comida para el camino. Nos quedaban diez horas de carretera para ver a mis padres.

Llegamos a casa el 4 de enero del 94. Mis papás estaban muy tensos y asustados. No sabían nada de nosotros porque nunca pensamos en hacer una llamada. Calentaron la comida de fin de año y nos explicaron que, durante nuestro viaje, un huracán llegó a Cancún y el EZLN le declaró la guerra al ejército mexicano. Eso habían dicho por la televisión y las imágenes de San Cristóbal de las Casas sitiado por ambos ejércitos acompañaban los anuncios de los periodistas hablando sobre la Guerra en Chiapas que amenazaba al país entero. Todos nos quedamos en silencio. Mi abuela aprovechó el momento para recordarnos que el choque había sido una señal. Yo le mostré las toallas del hotel que me había quedado para regalárselas a mamá como souvenir del viaje. Todos coincidieron en que merecía un regaño, menos mamá. Ellas las recibió con cariño.

No volvimos a salir de viaje juntos. Aquella aventura, sin que lo sospecháramos, fue el último gran trayecto en familia. Ahora mis dos abuelas están muertas. A veces las recuerdo, algunas ocasiones charlo con ellas en mis sueños y juntas recordamos aquel viaje.

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Aída Chacón| Souvenirs para mamá| Crónica

Me gusta viajar. Desde niña me embelesaba con el paisaje de la carretera entre el puerto de Veracruz y mi pueblo. Nos gustaba viajar en familia. En aquellos años, aún tenía eso que llamamos familia extendida. Tenía varios primos, tías y tíos; tenía a mis abuelos. Ahora la familia se ha reconfigurado, estrechado y transformado de maneras insospechadas. Pero hace años viajábamos juntos. Mis papás se quedaban en casa; yo agarraba toda mi voluntad y me pegaba a las faldas de mi abuela o de mi tía Rosa y me marchaba con ellas a donde fuera. Por eso mi espíritu aventurero no se apaciguó. Según yo, exploraría desde el río cercano hasta los confines de la Tierra.

Aún con mi insistencia por andar cerca de mis familiares habité un universo interior reservado y lleno de ocurrencias. El pensamiento que nunca dejó de acompañarme era el del regreso, cuando volviera a ver a mi madre. Así que constantemente pensaba en los regalos que podría darle; en cada obsequio buscaba atrapar el simbolismo del viaje, de las aventuras vividas o imaginadas durante el trayecto lejos de la casa materna. Así que mamá recibía con una sonrisa los regalos que le llevaba: guarasapos, conchitas de río, piedras de colores y formas sorprendentes, hallazgos de la exploración que podrían ser de utilidad, tierra de río con propiedades curativas o estéticas… etc.

En una ocasión, emprendimos un viaje en las vacaciones decembrinas. Se trataba de un ambicioso trayecto que nos llevaría a las playas del Caribe mexicano. Llevábamos maletas, algo de comida y unas bocinas espectaculares para amenizar el largo trayecto. Preparamos la camioneta. Se trataba de una ramcharger 94 con camper. Era la última adquisición de mis tíos. Les había ido bien en el negocio y la crisis del siguiente año parecía lejana. En octubre del 93 compraron la camioneta que era adelantada a su tiempo; en diciembre, la estrenamos en un viaje de 1,200 kilómetros.

Por indicaciones de mis tíos y para acelerar la llegada a nuestro destino, haríamos paradas de urgencia para el baño y para cambiar de conductor. Así fue hasta que pasamos Villahermosa. Ya había entrado la madrugada y el segundo conductor a bordo iba cubriendo su turno. Todo parecía tranquilo y sin novedad. La carretera federal estaba oscura, el silencio apenas era interrumpido por la estación de radio que sintonizaron en la cabina y que levemente se alcanzaba a escuchar hasta la batea. El conductor en turno era el novio de una tía que siempre tenía varios galanes al mismo tiempo, este se coló al viaje porque el otro vivía en la ciudad. La mayoría de nosotros dormía o estaba por hacerlo. El ruido del motor y el movimiento de la camioneta terminaron por arrullarnos hasta que nos fuimos quedando callados. Justo en el momento en que nada pasaba, cuando la calma lo invadía todo, de pronto y sin estar preparados para el impacto, nos estrellamos contra un camión de pasajeros que se encontraba detenido en el carril. El impacto fue tal que chocamos entre nosotros, las maletas rebotaron con el techo del camper y una de las bocinas se incrustó en la pierna de la novia de un tío. El rechinido de las llantas patinando en el pavimento se escuchó por un largo rato o por lo menos esa fue mi sensación.

Una vez que se detuvo la camioneta, el otro conductor que estaba en su turno de descanso, alcanzó a incorporarse casi de inmediato y salió del camper para dirigirse a la cabina. Cambió lugar con el que manejaba, arrancó la camioneta y nos fugamos a toda velocidad del lugar del accidente. Mi abuela comenzó a indagar cómo estábamos los demás; yo le pregunté aún con sueño si estaba muerta o viva. Al amanecer llegamos a Escárcega llenos de miedo, en shock y con la congoja atorada en la garganta.

Con la incipiente luz del día nos detuvimos en un restaurante a la orilla de la carretera. La intención era pasar a los baños y continuar, mi abuela pidió un momento para sentarse, beber un café y rezar un poco. Todos nos sentamos con ella. Yo la tomé del brazo y pensé en mamá por primera vez desde que inició el viaje. Luego miramos la flamante camioneta 1994, que se encontraba en el estacionamiento con el cofre convertido en un acordeón extraño que cubría medio parabrisas. Nos reímos todos por la ironía.  

En esa charla intercambiamos opiniones sobre lo ocurrido. La abuela decía que era mejor volver, tomar el accidente como una señal que nos indicaba el camino de regreso. Otros decían que había que seguir con el plan, que el accidente era una metáfora sobre la perseverancia en la vida. Todo se definió con la votación de los viajantes. Después de un rato, vimos a un camión de pasajeros estacionarse cerca. Los pasajeros descendieron y también entraron al restaurante. Inevitablemente se percataron de la camioneta chocada y supieron que éramos nosotros. El chofer del camión nos miró con ganas de abalanzarse a nuestra mesa. Mis tíos dieron la orden de correr a la camioneta y largarnos. La gente del camión se quedó ahí, también con el trance del shock, agradeciendo que no había heridos entre ellos.

Después de veinticuatro horas de trayecto, algunas escalas en Uxmal y Chichen Itzá y de un día de campo que nos infestó de pulgas de pasto, finalmente llegamos a Cancún. Nuestra ingenua ambición era hospedarnos en un hotel con alberca y vista al mar. Los conductores al mando recorrieron la zona hotelera buscando un hospedaje que se adecuara al bolsillo y a nuestras peticiones. Después de un rato llegamos al centro de Cancún a un hotel que se anunciaba con alberca y por el cual nos cobraron 50 pesos la noche por habitación. Rentamos tres habitaciones, las atiborramos como pudimos. Sabíamos que nos encontrábamos muy lejos del mar, pero la alberca parecía una bendición después de tantas horas de viaje.

Nos pusimos nuestros trajes de baño y bajamos a tropel a la alberca del patio trasero. Resultó ser un estanque verde al que no le había dado mantenimiento desde hacía mucho tiempo. Eran las 6 de la tarde, y las opiniones se dividían entre sumergirse en el agua verde o exigir una alberca limpia a la administración del hotel. Ganó la opción de sumergirnos siempre y cuando no hiciéramos bucitos con el agua verdosa.

Estuvimos en la alberca hasta que dieron las 10 de la noche. Al día siguiente iríamos a las playas más bonitas de Cancún.

CONTINUARÁ…

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Aída Chacón| Otra vez el sureste| Crónica

El calor insoportable de la ciudad me hace recordar al de mi pueblo. Tenía unos doce años cuando, a raíz de mis clases de Ciencias de la Tierra, se me ocurrió pensar en la temperatura ambiente del lugar. No era común tener termómetros ni aparatos de medición de ningún tipo. Cuando encontré arrumbado en la casa un termómetro ambiental estaba cubierto con una capa de polvo tan difícil de quitar que no se podía leer la escala de medición. Luego de pedirle a papá que me ayudara con esa reparación, nos dispusimos a medir la temperatura ambiente. Colocamos el termómetro en un sitio de la banqueta afuera de la casa para simular el escenario real de cuando yo caminaba de regreso después de la escuela. El termómetro llegó a 50°, esa era su medición máxima. Nos quedamos un rato pensando en que, tal vez, podría ser mayor pero que no lo sabríamos hasta conseguir un termómetro con más capacidad. Luego seguimos con el experimento y medimos la temperatura dentro de casa. Apenas se redujo un par de grados centígrados.

Después de nuestros hallazgos, mi papá charlaba con todo aquel que se le atravesara. Les contaba del tremendo calor, de lo criminal que resultaba. Unos llamaban al pueblo, “el infiernito”; otros más, los que se hacían los poetas, le decían “la novia del sol”, porque este jamás se iba y estaba ahí encima todo el tiempo. Mi madre le decía: “la antesala del infierno”. Ella siempre despreció vivir ahí. No sé cómo resistió sin abandonarnos. Extrañó la ciudad, su ruido y el gentío indiferente durante cada día que vivimos allá. Cuando se mudó de vuelta a la capital, se recluyó en su casa, no salía más allá de los límites de la colonia y, ocasionalmente, visitaba la zona en la que dejó parte de su juventud.

Los vecinos empezaron a inventar toda clase de experimentos que comprobaran su hipótesis: nuestro pueblo era el más caliente de todo el estado. Un vecino aprovechó el cofre de una camioneta estacionada afuera de donde se encontraban para sus experimentos y a las doce del día partió un huevo y lo esparció ahí. El huevo cambió de coloración, se cocinó en la lámina. Después de aquello, todos estaban asombrados por no haber perdido la razón a causa de la inclemencia del sol de tantos años. Otros se preguntaban cómo era que el pueblo no se había deshabitado jamás y que, por el contrario, parecía hacerse más y más grande. Lo que era evidente es que, alrededor de las dos de la tarde, cuando más calor se sentía, los negocios bajaban sus cortinas, la gente desaparecía de las calles y ese tiempo se ocupaba para comer. El mediodía nuestro era ese momento entre las dos y las cuatro en el que las calles se convertían en las de un pueblo fantasma.

Cuando se acercaban los peores días de calor y antes de las lluvias, nosotros y casi toda la gente del lugar, buscábamos un lugar en el río, a veces en la playa. Nos gustaba ir a remojarnos al agua del Joliet, el Julieta para los menos pretenciosos. Ese río enorme y que, a los ojos de mi infancia resultaba hermoso, se encontraba en los límites del pueblo. Del otro lado, pasando el puente de tubos, ya no era Veracruz, sino Oaxaca. Del lado oaxaqueño se encontraban las ruinas de una hacienda. La gente contaba un sinfín de historias sobre esa construcción. En lo que antes era el arco de entrada de la propiedad se lograba ver el nombre Joliet y el año 1904. Todo estaba abandonado. No habían pasado ni ochenta años de aquella fecha pero a mí me parecían un abandono de cientos de años. Las pocas paredes que se apreciaban de pie eran altísimas, todas sin techos. Numerosas puertas conectaban lo que antes, seguramente, habían sido habitaciones inmensas y llenas de lujos. Se decía que el dueño era un francés acaudalado que decidió venir a México buscando prosperidad. Su hija, una hermosa mujer de ojos azules y piel blanquísima, lo había acompañado y había bautizado la hacienda en su honor. Otras personas decían que había sido de gringos adinerados. Todos coincidían en que la Revolución les había hecho caer en la desgracia y poco a poco, la hacienda que se erigía en lo alto de una loma, los plantíos, las caballerizas y todos los que trabajaban en ella, fueron muriendo, migrando, simplemente desapareciendo hasta dejar el sitio totalmente abandonado y sin certezas sobre su historia.

En el río, nosotros los niños cazábamos guarasapos durante horas, chapoteábamos un rato, hacíamos concursos para saber quién podía soportar más tiempo bajo el agua. Cuando alguno no lograba escapar, se convertía en el blanco del tío que quería enseñarnos a nadar. Nos aventaban desde algún sitio alto y teníamos que salir a flote. Nuestra infancia en el río también se acompañó del constante temor de morir ahogados. Así podíamos durar hasta seis horas en el agua; hasta que teníamos las manos y pies de viejitos, nos acercábamos a la orilla a comer algo. Irremediablemente al comenzar a comer llegaban las historias de las tías sobre el amigo de su juventud que murió siendo apenas un crío. Chelín era el más pequeño de todos ellos. Falleció una tarde de domingo cuando fueron a ese mismo río; él comió y volvió a nadar; se ahogó sin que los demás se dieran cuenta. Cuando lo buscaron ya era demasiado tarde. Su cuerpo estaba hinchado y todos lloraron hasta enloquecer un poco. Tardaron en volver ahí y lo recordaron en cada ida al Julieta.

En la noche, ya que nos habíamos dado una ducha y nos acostábamos a dormir, creíamos que el agua nos mecía, pero ahora en la cama. Y yo podía sentir la corriente del río golpear suavemente todo mi cuerpo. Cerraba los ojos y, de nuevo, estaba flotando en el agua; escuchaba a lo lejos su ruido chocando en las piedras, corriendo en el cauce con sus desniveles. El arrullo me hacía sentir una tremenda paz hasta que me quedaba dormida. No la he sentido de nuevo hasta ahora.

Poco antes del verano llegaban las lluvias. En algunos casos, monzones. El calor se apaciguaba un poco, nos daba un respiro no muy largo. El agua de la lluvia era una bendición esperada. Algunas veces lograba escaparme de mamá y sus cuidados para mojarme en la calle. Me encantaba perderme entre las gotas hasta quedar empapada. La tibieza de las gotas evitaba cualquier resfriado. Jugaba a bailar y cantar en la lluvia, a sentir cómo la ropa se humedecía con rapidez hasta quedar escurriendo. Y de nuevo la paz… pero ahora llegaba en forma de olor a tierra mojada. Al instante en que cesaba la lluvia se empezaban a oír las chicharras. Esa era señal de que, al día siguiente, el calor regresaría pero esta vez más fuerte.  

Las trampas de la memoria son muy curiosas. Las nostalgias son seleccionadas cuidadosamente para que no me acuerde de la inseguridad que, de pronto, azotó el estado un día durante mi adolescencia. De repente, sin que nadie pudiera evitarlo, dejamos de salir en las madrugadas, olvidamos los cantos de la rama, comenzó a desaparecer la gente, los migrantes también y los que quedaban, estaban mutilados por el tren. Tampoco me acuerdo de los zetas que llegaron, de cómo reclutaban compañeros de mi prepa, ni de la estirpe de chupaductos que se apoderó de la zona. No pienso en el derecho de piso que hizo cerrar a más de un pequeño negocio en el centro de mi pueblo. Eso… nunca lo recuerdo. No pienso en que el pueblo de mi infancia me fue arrebatado y que ahora solo queda ese parece en la nota roja.

Desde el sofocante calor citadino de apenas 27°, me pongo a recordar furiosamente esos pasajes de la infancia mientras me animo diciendo que este calor no es tan insoportable, que he sentido el rigor de los 50°, que ni el río, ni la regadera ni la ropa ligera terminaban con el sopor de mi pueblo; que acá, en esta latitud, aunque no se pueda bailar bajo la lluvia, encontramos en la sombra una tregua del calor.

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Aída Chacón| Lejos y apretado| Crónica

Vivir en la ciudad es caótico y apretado. Los espacios son distintos al igual que las distancias. En la infancia viví en lugares amplios, con plantas, cielos abiertos, pájaros cruzando el cielo y chicharras cantando hasta la muerte. Me mudé muchas veces. Perdí la cuenta de ellas y también de las cosas que perdía en cada cambio de casa. Aún con eso siempre tuve espacio. Espacio para mí, para meter los gatos que recogía de la calle, unos cuantos perros y hasta una paloma que se cayó de un árbol y quedó lastimada.

Viví hasta mi juventud en un pueblo. No tan grande ni tan pequeño, no tan olvidado ni lejano. En sus calles principales se veían tiendas y aparadores como una pequeña ciudad. El centro era una zona de apenas unas cinco cuadras a la redonda dónde se concertaba la mayor actividad económica. El mercado, dos tiendas de autoservicio, algunos bancos, el palacio municipal, el parque donde se hacían los bailes y algunos comercios. Era el lugar más ajetreado de día y más solitario por las noches. Vivimos algunos años en ese centro casi deshabitado.

Teníamos un patio que se llenaba de hierba muy seguido. Grandes plantas de acuyo crecían sin que nadie les pusiera freno. Cuando tuve cierta edad y aprendí a usar el machete, mi actividad favorita era chapear el monte. El poder que el machete me confería me regalaba cierta confianza y me permitía sentir que hacía una ardua labor que no cualquiera podría realizar. Después de sudar a mares, veía las plantas cortadas y satisfecha las juntaba en el centro del patio para prenderles fuego.

Algunas de nuestras casas tenían tanto espacio que jamás logramos llenarlas. Nunca tuvimos demasiadas cosas, incluso podría decirse que ni siquiera las que alguien pensaría como necesarias, así que, mucho menos lográbamos llenar esos tremendos espacios. Recuerdo en mi infancia casas de techos altos, de habitaciones inmensas. Yo podía perderme en esos sitios y encontrar un escondite privado.

Recuerdo una casa en la que teníamos terraza en dos de las recámaras. Una de ellas tenía vista a la calle y la otra, al patio trasero. Nuestra terraza que daba a la calle bien podría ser otra habitación, así que, cuando queríamos acampar, solo sacábamos colchonetas y dormíamos ahí, con el fresco y las estrellas.

No usaba mucho el transporte porque todo era muy cercano, pero cuando lo hacía, nunca estaba lleno. Solo durante el carnaval o los desfiles se veían las calles llenas de gente. Había espacio para charlar a gritos de una acera a otra. También para estacionarse cerca de las tiendas principales. No faltaba lugar en las bancas del parque a menos que fuera domingo. Ese día todos estábamos ahí dando vueltas una y otra vez en una espiral interminable donde perseguíamos no sé qué. Tal vez, matar el tiempo.

El espacio era tal que cuando papá se fue y nos mudamos a una habitación en la casa de una tía, cabíamos las cuatro en ella. En provincia había espacio, lugar para todas las cosas, para las plantas y los animales. Para la ropa secándose al sol, para los bañistas en el río, para abanicarse en las tardes de intenso calor. En la ciudad, en cambio, nunca lo hay. No se puede leer un libro en el transporte sin que la puerta del metro o la gente que entra y sale propine un buen empujón. En ocasiones, cuando las puertas están cerradas y no hay gente abordando o bajando del vagón, tampoco hay espacio para abrir el libro y retirarlo de la cara para lograr leer.

Hay tanta gente que no cabe en ningún lado. Ni en los andenes del metro, ni en los trenes; tampoco en las avenidas ni en los camiones. Mucho menos en los parques o en el supermercado. No importa la hora o el sitio siempre está lleno de personas. En los departamentos tampoco hay sitio para estar en paz. Se escucha al vecino de arriba caminar de un lado a otro. Se escuchan las zapatillas de las vecinas andar en las escaleras del edificio. Se oye la fiesta de la calle contigua. No hay espacio para el silencio, tampoco para las estrellas o los cielos abiertos. No hay escondites. Siempre estamos expuestos. No hay sitio para demasiado, aunque ahora quizá tenga algunas cosas más que en mi infancia, no son muchas.

Una paradoja de la ciudad es que, aunque todo está muy lejos y apretado, la gente no se habla y no se mira. La gente atiborra el transporte y pocos saludan o se desean buen camino. Si alguien cae desmayado, pocos se detienen a llamar a una ambulancia. La gente está acostumbrada a ver a tantos que ya ninguno importa. Somos muchos, muchísimos, pero no sabemos nuestros nombres, no sonreímos camino al trabajo. Quizá sea el hastío que provocan las grandes distancias, el malestar de los camiones apretados, la interminable y agotadora rutina de los trayectos.

Para algunos, quizá la solución es el regreso; tomar de nuevo las valijas y marchar por donde vine… pero a veces, la trampa está en que los lugares espaciosos habitados en la infancia solo existen en la mente. Ya no hay a dónde volver, ni cómo. Así que la verdad es que ese espacio grande, luminoso, sin saturaciones también se ha diluido en el tiempo. Escapó. Quedará como una historia que alguien tal vez contará a sus nietos y que empezaría más o menos así: “Dicen que en provincia había mucho espacio. Mi abuela contaba que en su infancia tenía un patio inmenso, cubierto de las más bellas flores y un poco de monte…”

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Aída Chacón| Crónica del olvido| Crónica

Tenía apenas dieciséis años cuando Carlos murió. Él tenía diecisiete. Ambos cursábamos la preparatoria en lugares distintos. Mis recuerdos de aquellos años ahora me resultan confusos. Me cuesta cada vez más reconstruir los detalles que antes tenía tan nítidos. Ahora, cuando pienso en él, en nuestra infancia, parece que miro un enorme mural carcomido por los rayos del sol y la lluvia. Sé que el amor está ahí, aunque de manera muy distinta a como era antes. También lo extraño y siento curiosidad por saber cómo habría sido su vida adulta.

Cuando me avisaron de su fallecimiento no logré contener el llanto. Grité más allá de lo que mi garganta hubiera querido. Me dolió el corazón por un largo tiempo. Me volví más sombría, más callada. Pensaba en las formas en las que tal vez se hubiera evitado esa tragedia, pero con apenas dieciséis no tenía muy claro cómo era la leucemia. Rezamos durante nueve días en casa y encendimos veladoras cada día. Sus cenizas quedaron en un mausoleo católico en la ciudad, nosotros regresamos al pueblo a continuar el duelo.

Luego, sin darme cuenta del momento exacto, volvimos a la normalidad. De nuevo nos reunimos con toda la familia en las Navidades. Se reactivaron los antiguos pleitos y se hicieron más feroces las avaricias de antaño. La familia se fue desmoronando poco a poco, se hicieron bandos, se pelearon herencias, se rompieron los códigos entre hermanos y los sobrinos no pudimos sino tomar partido. No volví a ver a casi nadie durante una década. No volví a hablar con ellos. Mi hija no conoce de cerca a ninguno de ellos, quizá ahora si los viera en algún sitio no sabría muy bien de quiénes se trata.

La inminente ruptura familiar se precipitó cuando la abuela fue enfermando y su prolongada agonía se volvió insoportable. A veces, cuando pienso en ella, inevitablemente me pregunto cómo habría sido la vida si nosotros, los sobrinos, hubiéramos podido crecer juntos. Ahora pienso que todos nos hemos olvidado. Nos fuimos ahorrando las felicitaciones en los cumpleaños, las visitas de por sí esporádicas. Nuestras charlas fueron muriendo lentamente; pasaron de lo íntimo a lo insulso sin que ninguna de las partes quisiera evitarlo. Un día, sin más, dejamos de escucharnos. Los más pequeños creo que ni siquiera deben saber mi nombre, mucho menos que tengo una hija. Nos volvimos a reunir cuando el funeral de la abuela nos orilló a hacerlo. Entonces, los saludos fraternales, el abrazo y el consuelo protocolario estuvieron ahí para impedirnos otra charla que no fuera la necesaria. Nos despedimos al día siguiente del sepelio y volvimos al cómodo hábito de no nombrarnos.

Ahora que pasaron veinte años, regreso a recordar a Carlos. Él fue el único que no abandonó por voluntad el vínculo que nos unía. Lo pienso con insistencia para recordar su risa, el tono de su voz, nuestras pláticas… pero solamente tengo algunos trazos inconclusos. Breves dioramas de algunos momentos juntos. Todo eso congelado en el tiempo, sin movimiento. Apenas como instantáneas que reconstruyen una época juntos. Ya no me acuerdo de su voz ni de cómo sonaba su risa. Me gustaría no olvidarlo por completo; lo raro del olvido es que no se nota, simplemente un día sucede.

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AÍDA CHACÓN| RETORNO AL SURESTE [II] (CRÓNICA)

El calor de mi pueblo siempre ha sido legendario. Ha sido también inspiración para innumerables chistes, anécdotas y sorpresas. No era tampoco una obsesión saber a cuántos grados centígrados estaba el termómetro en cada mañana, pero cuando sentíamos un calor inusual, lo consultábamos. Alguna vez la temperatura alcanzó 50° a la sombra. Así el calor de mi tierra en cada verano.

Justo al medio día no se veía un alma en las calles. La razón era sencilla: no existía sombra donde guarecerse del tormento de asolearse. Cabe mencionar que, la medida de todas las cosas, la distancia, el tiempo y los espacios son nociones que cambian mucho cuando se vive en un lugar con un clima tropical.

Por ejemplo, el tiempo. El llamado mediodía es conocido por el común de las personas en la ciudad como las 12 del día, o las 12 pm. Pero allá, en lo que muchos amigos y conocidos llaman cariñosamente “el infiernito”, es un lapso que inicia a las 2 de la tarde. El medio día era para nosotros la mitad de un día cotidiano que se media con el trabajo. Mientras los citadinos miran el reloj esperando que den las 6 de la tarde para salir de sus oficinas, allá las 2 pm era el espacio para comer, un intermedio del día porque el regreso a casa no era sino hasta las 8:30 y a veces hasta las 9 de la noche.

A las 2 de la tarde la gente ya no salía. La pausa era generalizada, por lo menos en el centro del poblado. Los comercios cerraban sus cortinas, la gente se replegaba a las comidas familiares, los empleados tenían dos horas para ir a casa a comer y volver para continuar la faena. Con los años, esta pausa empezó a hacerse menos notoria. Los comercios dejaron de cerrar sus puertas, pero los clientes nunca fueron un tumulto entre las 2 y las 4 de la tarde. La calma, de todas formas, era más grande que el ajetreo comercial. Llegué al Distrito Federal con esta noción del mediodía que me valió varias imprecisiones.

Este calor, acompañado por un sol insoportable, hacía que las distancias se sintieran en la piel, en los pies y escurriendo por todo el cuerpo. Recuerdo aquellos años el camino a la escuela. Caminaba a la hora de la salida de la secundaria que, durante muchos años, fue una secundaria agropecuaria y que siempre estuvo rodeada de árboles de mango.

Mis caminos estaban acompañados de mis amigos, los cercanos y los odiados. Muchos caminábamos los mismos rumbos y en el trayecto unos se iban quedando en sus casas. Yo era quien iba más allá de todos los demás. El camino lo marcaba una vía férrea a Veracruz, uno de los pasos de La Bestia. Caminábamos todos dando saltos entre una traviesa y otra, a veces tropezando con el balastro que era abundante en unas zonas y casi nulo en otras. Caminar por los rieles no era cosa sencilla. Los más osados hacían malabares tratando de equilibrarse en los resbalosos y calientes rieles.

En las vías sucedieron muchas cosas. Las más terribles y algunas que marcaron mi vida en muchos sentidos. Caminando en lo alto de la vía podía sentirme poderosa, ruda. Convencida de ser temible. Fumé ahí mi primer cigarrillo. Estoy segura de que dije la primera grosería en voz alta y casi a gritos. La sonoridad irreverente me dejó con una sensación de satisfacción inigualable. También sufrí el primer asalto, pero también fue la primera vez que me defendí con todas mis fuerzas por el temor de llegar a casa sin la medalla que llevaba conmigo.

Caminar sobre la vía también regalaba cierta libertad, muchísima rebeldía porque ningún padre de familia aplaudía que fuese el camino de regreso a casa. Decían que era peligroso, pero nosotros, los rudos y desafiantes, caminábamos a diario por ahí. En ese tránsito había una palapa desvencijada; debajo de ella colocaron un tronco seco y viejo que servía de banca y que se encontraba clavado en los postes. Ahí una señora vendía elotes hervidos. En realidad eran esquites en bolsa y nosotros pedíamos “un elote”, lo comíamos ahí y tomábamos fuerzas para continuar. Esa parada estaba quizás a la mitad del camino entre la secundaria y mi casa.

Después de aquel descanso, el otro sitio obligado era la casa del loro. No había palapa, ni bancas, ni venta de nada. Era solamente una casa que tenía una jaula enorme con un ave que se sabía muchas groserías. En general distinguía entre niños y niñas por el insulto que dirigía. Los niños eran pendejos y las niñas, putas. La cómica forma de insultar que tenía el loro nos atraía mucho, algunos niños le lanzaban cosas para hacerlo enojar y que se le salieran otras palabras como “pinche huevón” y “culero”. Cada día parecía que el loro esperaba la hora de nuestro paso para jugar, cuando nos alejábamos se asomaba por entre los barrotes de su jaula y a lo lejos se seguía escuchando su vocecita chillona con algún insulto.

Mucho más lejos y más cerca de mi destino estaba la casa del pambazo. Un lugar donde vendían los pambazos preparados más ricos de todo el pueblo. La casa tenía un pórtico que debíamos atravesar para llegar a donde la señora nos daba el pambazo. De un lado y otro del pasillo del pórtico había una bandada de gansos que nos correteaban. Entrar y salir de ahí era un reto. Ganaba quien salía con su pambazo y sin ser mordido por los gansos. Algunos se comían el pambazo junto a la señora y bajo la sombra, así la salida era más sencilla. Después de los gansos mi casa estaba a unos minutos. No tardaba demasiado en llegar. Guardaba para mí el relato del trayecto. El secreto de mi rebeldía me hacía la vida más llevadera.

Es curioso recordar aquellas tardes de un camino de apenas 3 kilómetros. En mi memoria son fragmentos de una infancia lejana, de un pasado que, a ratos, me parece ajeno. De entonces ya no hay nadie, algunos compañeros de trayecto han muerto; los amigos crecieron y yo me mudé y no volví más. Lo bueno de la memoria es que puedo hacer también una banda sonora de mi relato; es hermoso recordarme en lo alto de las vías mientras tarareo la música que cantaba con mis amigas y que oía todo el tiempo en mis casets piratas, aunque la música de mi infancia será otra crónica aparte.

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Verbologías del equilibrista

Crónica de la muerte del cogito en el tianguis

Entre sueños pasmados, tuvo una visión narrada: en medio del tianguis, entre colores verdulescos multivariados y gritos desgañitantes por doquier, sintió el sol requemado, con su peso galáctico, mirando al día terrestre que desdibujaba el cuerpo del hombre en anchurosa muerte.

Sobre el asfalto ardiente, yacía con el estómago enormemente inflamado. Tenía la mirada enardecida por un horrible nuevo compromiso, contraído ya más allá de la vida con la iniquidad de una historia interminable, llena de vahídos maquinales y trabajos ancilares. Su muerte no era otra cosa que una puerta más que entre múltiples sistemas de puertas se abría hacia lo inacabable. Tal es el escenario que para el hombre muerto de disponía oníricamente, el hombre a quien la lengua se le había cansado de cualquier manera desde hacía ya tanto tiempo. ¿Pero quién este señor tirado sobre la floreada y negra avenida? ¿Qué criatura insondable parece habitar en sus entrañas de vidrio astillado, cual alien cubierto de excrementos pop multicolor, en exposición curada por Cuauhtémoc Al-Jalabi? ¡Nel! ¡Yo sé que soy la panza del muerto!

En medio de la avenida y entre el alboroto que la pelotera tumultuosa de su muerte había causado, el hombre veía al tiempo trabarse, hundirse en un abstracto despropósito, con un contenido indefinible que se escurría cual excrecencia esencial y resistía. Al hombre muerto todo se iba volviendo un amnésico torzal de verticalidades silenciosas por asunto de abulía o sempiterna omisión, vaya a saber qué cosa. Por ahora la imagen consistía en su muerte rebosante, pletórica en síncope de finitud y desenlace musealizado.

Viendo aquello desde fuera, uno podía pensar que la muerte exageraba, como si fuese su juego monumentalizar aquella nueva bravata, interpelar a los testigos con un críptico desplante. ¡Pinche muerte léperam hija de la cábula sideral! Quizá pensara que aún no había logrado mostrarse como debía, flaca y despatarradamente filosófica a lo loco; no fuera que causase confusión a los descuidados mirones de mirada amoratada que, perezosos y claramente cebados de sí mismos, terminarían por pensar que el hombre aquel tan sólo dormitaba el sueño trágico del héroe, condenado a seguir los fatídicos dictados de una voz incomprensible y divina. ¡Ah que pinche muerte tan exquisita! ¡Con un rechingau!

La muerte, serenándose búdicamente en florecita de loto sobre el cadáver, dormitaba ahora por encima del orbe de carne y retazo, flotando sobre sus extremidades boludas que se dirigían hacia los cuatro puntos del mapa del mundo conocido, cimbrando cada pequeña realidad a su paso con aromas de orín y siniestra queja, haciendo de la luz delicias y neblinas por allá, más lejos, osando aún poner nombre a las cosas, invocando así ese viejo poder imperial de darse capacidades deícticas, todo por encima de la luz múltiple de los múltiples instantes de la necedad de lo real, y por encima también de los infinitos ojos de las moscas, que ya vislumbraban el festín que anuncia la coloración tristona del blando interfecto sobre el pavimento.

Buen desayuno hubo hecho esa mañana el patidifuso hombrecillo muerto, con el traje bien llevado y la respiración cansina y difícil; nada sabía de la lenta hemorragia que devino en detenimiento por fin de su pobre corazón tartamudo y ahogado en una asfixia inoculada por todos los medios posibles. (Aprovechemos para decir que varios discutían la visión del sucedido de aquella defunción y la verdad de su acaecer. Estaba la versión del que dijo escuchar a uno que a su vez escuchó de otro al que un oso le contó que alguien había corrido tras perpetrar el artero asesinato, y ello sin que nadie reaccionara para darle alcance al criminal a pesar de su paso trastabillante; por su parte, una pareja de ancianos contó como al bajar del camión, soñó que vieron a una mujer que soñaba que asestaba una puñalada despechada en medio de la panza del occiso, que soñaba que era soñada abriéndose de cabo a rabo mientras la muerte, retirándose después a una prudente distancia, observaba la obra no sin un dejo de enquistada venganza encanijada y cumplida; y ya entre los relatos se dijo también que aquel hombre era el encarnado mal de los males del presente y que había recogido su jornal por fin. Así las versiones al paso de los días y las horas de la nota roja onírica).

—No lo veas…— dijo a su amigo un niño imperativo de labia famélica al reparar en el cuerpo tirado. Como llorando hacia dentro divisó una senda con risa idiota, senda clara y chispeante, absurda y lineal. ¡Vente cuate! ¡Vámonos a echar desmadre chido en mi terruño masónico! Tomó a su compañero por el hombro y hacia allá lo condujo con fingida decisión para iniciarlo. Entonces, el interpelado, sin atinar sobre el porqué (aunque más bien parecía querer convencerse acerca de su incapacidad para acceder a este “secreto motivo”), sintió una repentina vergüenza, como si fuera a ser descubierto en una treta larga y oculta para él mismo, latente apenas y que esperaba este “mal momento” para inyectarse en la realidad por fin; “¿se habrá notado?”, se preguntaba pleno de un placer solitario (en el que todo lo que le rodeaba no era más que el telón de fondo para sus breves pero recurrentes excesos) y entonces siguió caminando con perspectiva estrábica a propósito. De reojo miró al muertito y sintió, ciertamente, alguna calentura psicótica al notar el estómago enorme del cadáver y su bigote negrísimo todavía con los cilantros sobrantes de un ilustre taco de ambrosía que el interfecto habíase acomodado entre tripa, bofe y espíritu. Tomando del brazo a su compañero imperativo caminó con vana firmeza sintiéndose ungüento de los tiempos, arremolinándose en su soledad pétrea, horror de firmeza, orgullo de pedagogía carcelaria. Siguió el imberbe enceguecido el curso de un río artificial donde todo respira en fingimiento de simulación abrasiva de tiempo-espacio, donde nada cambia y las aguas siempre son idénticas  sí mismas. ¡Qué pinche Hegel ni que nada! Negación de mis goles y mis gónadas, nothing more chavo. Y así, tropezando con tanto fantasma chocarrero chismoso como pudo, vociferó vomitivo múltiples realidades y lógicas que lo eyectaban y le exigían entender, pero volvía a caer sin dejarse invadir por lo que emerge, sin querer entender ya desde ahora tan pronto y para siempre: “…se trata de aprender rápido y con amnesia progresiva, hoy lo he conseguido”, pensó para sí cual si orase compungidamente, no sin dolores de antiparto, inventándose una soledad victimizante hacedora de muda violencia.

Una mujer que le seguía el paso a  este par de jóvenes delirantes, se detuvo ante el cuerpo para empalagarse de varias imágenes de culpa y artistiada cínica; miró aquello con un aburrimiento bastante trabajado en diversos “espacios ilustrados” de la “ciudad letrada”. Ya bien cebada de aquello y alejándose a prudente distancia de la escena, disfrutando de un asquillo gozoso, observaba como la muerte crecía cual blue velvet blitzkrieg en dirección de las dos anchas avenidas que cruzan hacia la corta lejanía, la veía abrir sus patitas flacas y chupadas en parimiento agigantado, lanzando su oscura placenta con un horrible grito de madre universal, cual si diera a luz la partícula de Dios, revelando ya la pelona cabecita de su retoño horroroso que, con su libretita bajo el brazo, venía ya en plan poético a labrar con lápida y centella una tarde de domingo en el tianguis, ahí donde el gallo que viene del barrio canta con gráciles aleteos loas al egoísmo y la ambición robinsoniana. Mondo cane hijos de su vas y ching… ¡Uta, todavía estoy soñando! ¡Chale, es como cuando soñé que era el Hulk y no podía mover ni las chingadas nalgas aún siendo el mismísimo dueño de la destrucción destructiva primigenia! ¡Nomás tengo puros sueños feos de despotricante madre, bravata ñera del sempiterno y guarro destino, hijos de su lépera!

Las moscas revoloteaban ya, anunciando la fractalización de una dinámica señera (por ñera y no por historiográfica ni por estar bien viejita y arrugada, pos-pasita en viaje a la semilla); anunciando lo anunciado que se hace pasar por curso natural de las sociedades y de las cosas. La mujer, absorta, debrayaba: “Veo lo que quiero, miro en lo que es, lo que ha sido y lo que debe ser desde hoy, hacia el ayer y ya para siempre en la absoluta realidad de mis pensamientos dirigidos hacia sí mismos cual estela luminosa de luces boreales”. ¡Ah no memex con tu Heidegger de Tepixcuyo! Pero la mujer, tartamuda del cogito, en tramposa contemplación desde su palacio cristalino, se mordía los labios con saña hasta llagarlos en caminillos de sangre borboteante, lanzando sendas llamaradas de labio floreado y teporochismo epistémico.

Demasiada luz irradió esa día el astro rex, chorreando sobre las carpas anaranjadas y grasosas de los muchos puestos del mercado ambulante, orbitando a su vez en torno a doce soles negros con sus respectivas emanaciones espaciales, y tapizando con su luz estragada a las damas y ñores retorcidos y graznantes, con su brutal sordina y arremolinadas nalgas de costal museográfico. Hechas de inflexiones cadavéricas y mirada indiferente, hijas del goce flatulante vuelto estética conformista y plenamente idiotizadas, se paseaban todas las mujeres entre el olor a grasa del aquelarre dominical y las frailescas cabezas de cerdo que cantaban a coro en el ágora del tiyanquiztli. Todos bailaban en el aceite de sus recuerdos prestados, que hervía con fulgores de trueno y arcoíris, haciendo garnachas de sus vidas de artificio soñoliento, con su tono hinchado lleno de gangosidad clasista y reverberaciones coloniales en sus voces invertidas en dirección simulada.

Y todo seguía adelante, entre las mangas mugrosas, las bolsas de mandado, el cuerpo del hombre muerto y el olor a “pasuco” vuelto filosofía fenomenológica. De tal suerte que ya había corrido entre las avenidas del mercado el rumor de un sucedido de asquillo, tragedia y miedo disperso. En torno al cuerpo totémico del difunto, la gente se abandonaba ya a una frenética tarantela bailoteando entre quiebres voladores, codos volteados, huracarranas, desnucadoras y groseros estrabismos sartreanos, deslizándose unos sobre otros torpemente alrededor del occiso, desmenuzándolo con cinismo pollero o de plano jalándole los pelos de las axilas y, en el extremo del paroxismo, sacando al santito del pueblo, sobre los hombros de diez chamacos tripudos, para que le mentara la madre al muerto boquiabierto entre plañimiento de campeonato.

El enjambre de moscas, restos de verduras pisadas, teporochos, viejitas encabronadas, y el cuerpo hecho mostaza, paté, embarre y tuétano desgobernado, se mezclaban en un verdadero desmother pirotécnico y tecnocientífico, produciendo gritos de gusano prieto y células eruditas, junto con masivos orgasmos mitocondriales que ni Craig Venter en toda su pitorrera existencia hubiese imaginado. Ni tardos ni perezosos, los concurrentes al espectáculo de sí mismos hacían todos sus esfuerzos conocidos por ser a imagen y semejanza de la creación vuelta chiste de ángel caído, imagen antes que realidad, y en ello, se diría, expertisse habían conseguido. Tal era su economía política, su trabajo acumulado tras el ir y venir de varias generaciones pregonantes de insistencias enajenantes que se multiplicaban como pandemias presentes y futuras. En el arte de invertir, propio de su decadente desahogo y de su cómoda libertad, habían pujado por reconfigurar el mundo cual si fuesen el vehículo de un ídolo monológico y señero.

Una vez concluidas las frenéticas flexiones y los pasos mortales de los danzantes, se levantó el telón y el ambiente se vio invadido de fulgurosas fatuidades y cuchicheos rítmicos que se apilaban pesadamente sobre la muerte del hombre. Cual marionetas chocando entre sí, los desquiciados concurrentes empezaron a desmoronarse en una coreografía engrosada que imitaba al funcionamiento todo del behemot de este mundo. Y entonaban, todos en comunión, el canto del fin del mundo:  No truenes más, mi pobre cucharón, estás pegando justo entiéndelo… (¡pum! ¡pisotón en la manita del muertito!) Si quiebras poco más, mi pobre corazón, me harás mil pedazos quiérelo (¡zoc! ¡aplasdita de cabeza entre todos los camaradas!).

Entretanto, el cuerpo del hombre se dejaba masajear de lleno para luego deslizarse en el vaivén locomotor. Manoteaba fúrico después, engarrotado entre el calor grasoso y las señas vacilantes de los presentes; de tal manera que no llegaba a acomodarse de una vez por todas. Entre el asalto de imágenes que lo agobiaba mientras era transportado entre manoteos acalambrados y calientes, pensaba todavía el muerto, aunque distraídamente, que la muerte se bifurca primero y se multiplica en infinitas sendas abismales, que la muerte es muchas muertes a la vez y que no hay líneas sempiternas ni nadas deificadas, que no hay contemplaciones fáciles ni relajamientos egoístas, pero, ¿es eso lo que se veía en sus ojos extraviados en dirección de ninguna parte? Al hombre, fatigado, le pesaba que al final todo se estuviera reduciendo a un recorte y a un sentido único. Y entonces bailoteaba sin baile y sin vida desde una debilitada memoria que lo unía con el fluir de la historia.

Entre tanto, los danzantes insistían en el sainete ante las dudas del muerto. Sin saber ya cómo detenerse, llevaban la memoria colgada como invocación de su propia gloria, como una gran ficción que legitimara la edad de la barbarie y la explotación que proliferan. “El pasado debe legitimar el no presente”; con esta certeza convertían al pasado en una efigie a su imagen y semejanza. Haciendo pasar muerte por vida y viceversa, se habían ido colando en la nube de lo que se eterniza como idéntico a sí mismo aunque todo caiga en ruinas en derredor suyo. Así eran los robinsones y sus robinsonadas.  Embebidos en la ilusión de ver refulgir en el cielo el feliz presagio de que aunque todo perezca y se despedorre, aunque todo devenga ruinoso gargajo en el mar de la ferocidad encobijada en las fiestas de la civilización, ellos permanecerían, idénticos a sí mismos como idéntico a sí mismo es el presente en dirección del pasado y del futuro (¡jijos de su mismidad ontológica, hecha fósil de excremento opulento!). Presos de tal convicta convicción, agitaban al muerto haciendo saltar sus miembros aflojados por los aires, celebrando su único infinito, el único posible y verdadero, ahí donde pudieran perpetrarse por siempre. Danzaron la danza de las puestas de cabeza de sentido ante el muerto que aunque ya no podía seguir con el teatro a voluntad, era forzado a reinterpretar el drama centenario de coloniales positividades y de yermos dichos espetados tras una máscara monstruosa de dientona sonrisa. El cuerpo borboteaba milagros, sangraba azuladas llamaradas, lloraba historias, escurría nuevos vástagos y emanaba proto-lenguajes en medio del baile sin baile que no se interrumpía anduvieras con quien anduvieras, y fueras a donde fueras.

Danzaban los títeres sin danza en el espejo donde cual frágiles marismas y espumas olvidadas, se conmiseraban de su tragedia colosal, ¿por qué nadie veía su mortuoria grandeza? En torno de un fetiche moderno continuaba el zapateo de la religión de los modernos, eternizándose desde y hacia el nuevo olvido durante toda la tarde dominical, destartalando lo que del muerto quedaba y canibalizando su alma, y es que era de esta manera como transcurrían sus días apretados, llenos de tristeza idílica y parasitaria, de caprichos lapidarios y enormes, como los de los ágiles gerentes del mundo.

En su dinámica atomista, los parlanchines únicos encarnaban al Uno entre los abismos, en un movimiento espinoso logrado en el camino de la trivialidad que mueve los hilos de su mundo, donde el hambre de libertad egoísta gobernaba el camino de la adoración de sí mismos. Tan solos y necios en su infinito único, en su continuum vertiginoso, danzaban levantando el cuerpo ungido ya en las mieles del hambre insaciable, hambre artificial que alcanzaba a mirar en su dinámica el hombre muerto. Y el muertito, por última vez, sintiéndose poseído por el daimon de Enrique Rambal, se dijo quedito: “¿Cómo ha llegado así este día, abandonándome la cabeza y el calor tanto tiempo resguardado en mi cuerpo?, ¿qué manera es esta de abandonar el reino de la necesidad en que tan cómodamente me hube instalado, mirando por la ventana cuando cansado estuve de mí mismo, discursando en paz, sin pena demasiada y amo y señor que nada debe ni de nadie se duele, sujeto sólo a mi propia biografía y a la visión de mis uñas como sano límite de lo real, enmarañado a pierna suelta en las formas de libertad que el mundo me propinaba en asedio a través de blancos pasillos interminables —idénticos los unos a los otros en la perfecta armonía del mejor de los mundos posibles? ¿Cómo pues he llegado a esta incapacidad de echarme un pedo, mío más que mío, en el justo momento de la muerte? Pues, ¿no es acaso cierto, hijos míos, que lo mío es tuyo y mis mocos ya son de otros? ¡Dadme de beber que soy el hijo melifluo de mi entraña!”. Pero sus cuestionamientos no llegaron nunca a escucharse, ya sólo era carne aletargada por la larga danza de los brutales aseados, tan prestos a limpiar todo rastro de lo que ha sido y va siendo de ellos y los otros pues suyo habían hecho el relato caníbal de la luz de lo nuevo siempre nuevo. El muerto creía ver entonces, por interrupción de un azar ignoto en su linealidad acostumbrada, una historia que se derramaba en tantas y variadas versiones ocultas ante el ojo siniestro y total del hambre naturalizada. Y, entonces, en ese preciso instante, el cuerpo del hombre se desprendió de las manos del borlote ansioso que representaba su centenario drama ajeno. Supo así el muerto que, ya sin el horror de sus contemporáneos, el tiempo no era ya para él y que habría tiempo para todo, un tiempo también donde, quizá, la economía de la imbecilidad vanidosa no moviera ya los hilos del mundo. Entre saltos, azares, espirales… llegaría el detenimiento que pusiera alto a la marcha espantosa de la máquina del mundo en que iba montada su propia muerte y la de todos los hombres. ¡A huevo güero, así se muere un marxista, cómo chingados no!

Tendido sobre el asfalto, en un final sin final, el hombre, de reojo, alcanzó a mirar (en un rincón vago, esquina neblinosa), a un enano empequeñecido y afeado, de mueca torcida en el largo tiempo, picado por una tremenda joroba y pareciendo traer consigo una carta del futuro con aspecto de papiro bíblico. ¿Ah mamón, y este pinche Margarito quién es? El enanito, soportando pisotones a talón pelado, soplamocos certeros, lluvias de golpes flamígeros, dentelladas de aceros ardientes e insoportables luces de autómatas sádicos y adornados que dirigían contra él su halo de muerte,  mascullaba apenas con su voz machacada, cuasi teológica, hecho pellejo y huesito quebrado, anunciando que, cito, “…hay un futuro distinto, un futuro y un drama propios, un horizonte donde el futuro no será la perpetuación del horror y…”, ¡crash! ¡Inga tu madre! ¡Callose para siempre el enano teológico bajo tremendo pisotón tribilesco! ¡Wákala!, alcanzó a gemir el muerto. ¿Y luego? La piedad, el silencio por fin, una forma trascendental del descanso, un retorno a cierta forma de dignidad incluso para nuestro muerto soñado.

De tal manera y con estas visiones es como el hombre muerto cerró los ojos por fin, por lo que suele llamarse un instante eterno, buscando encontrar una voz propia en medio de aquel delirio cuya consistencia soñada aquí se detiene (muito obrigado Deux).

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Aída Chacón| Retorno al sureste [I] (Crónica)

[Sabores]

Regresar a casa siempre resulta complicado para mí. Siempre me pregunto a cuál de todos los sitios en que he habitado, podría llamar “hogar”. ¿Cuál es mi casa?, ¿la del recuerdo?, ¿la que ya no existe?, ¿la que construí en la ciudad?, ¿la que extraño cerca del malecón habanero? En esta introspección me topé con un artículo donde entrevistan a Raquel Torres, antropóloga y cocinera veracruzana. Ella sostiene que es posible saber de las raíces simplemente recordando aquello que se comía en la infancia; eso que resulta tan cotidiano que pocas veces se toma en cuenta.

Y yo, ¿qué comía en la infancia? El recorrido por la memoria me impulsó a la escritura. La comida de mi infancia estuvo cerrada a la del contexto por un largo tiempo. Crecí en un pueblito veracruzano pero con familia de tierras frías. Ellos [nosotros] migraron buscando otras formas de vida. Se apuntalaron en una casa cerrada a la gente, a la calle, al contexto. Ni mi madre ni mis tías acostumbraban a sacar una mecedora al umbral de la puerta o la banqueta para contemplar la tarde, para escapar del calor enloquecido de hasta 50° en verano. No aprendí a caminar descalza en la tierra, tampoco a andar en camiseta y calzones para sentirme fresca. Aún con esto sí aprendí a hablar fuerte (“a gritos” como dicen en la ciudad), a decir palabrotas como parte del vocabulario cotidiano, a comer lo que había cerca, lo que lograba entrar a casa, lo que probé en las casas de mis amigos, lo que se compraba en el mercado. Lo que se cocinaba en donde yo sentía era mi tierra.

De allá recuerdo las empanadas de queso y plátano, los bollitos deliciosos, los tamales de acuyo aromático que crecía desenfrenado en el patio de la casa. Las enmoladas de un mole que jamás picaba, los plátanos machos para el desayuno, el tesmole de pollo y sus cazuelitas de maíz. El queso fresco, las picaditas de salsa, las cabecitas de perro, las ciruelas con chile, el olor de los nanches, los frijoles con plátano, los puritos con queso, los pambazos blancos.

El hogar de la infancia tiene una herencia culinaria insospechada, fincada en las raíces afro del estado; pensarlas tan solo me dejan ver las formas en las que he aprendido a cocinar: sin recetas, sazonando con la experiencia, con el don de la “buena mano”; porque yo nací con ella: la comida nunca se me sala, siempre sabe bien, nunca es la misma receta, algo hay que va cambiando cada día, las cantidades son todas, un misterio. Y jamás la pruebo antes de servirla.

Entonces, mi casa está en la herencia gastronómica que tengo, la que se instaura acá, en la ciudad, la que se vuelve un éxito con los paladares defeños que prueban en casa mis inventos. La que me regresa a la infancia en cualquier descuido y me hace disfrutarla como si estuviera en un tiempo y en un lugar indeterminados. La que adoptado con el tiempo en los demás hogares que he tenido.

El estilo culinario de la ciudad en la que vivo no es mi favorito; me asomo de cuando en cuando a los sabores y algunos llegan a mi cocina con algunas modificaciones, con herencias de la infancia. Me doy cuenta de que ahora mi casa está con la puerta entreabierta, un poco como hace años las de mis tías y mi madre estaban cerradas porque se aferraron al recuerdo de su tierra, a sus costumbres, al acento de su hablar. ¿Qué queda cuando el hogar está en el pasado? Los recuerdos y la configuración de hogares nuevos, con más sabores, con más aromas, con raíces más anchas y profundas.

Pambazos preparados estilo Tierra Blanca, Ver. Foto y preparación: @yllak