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Narrativa Proyecto Azúcar

José A. García | El último verano será eterno (Cuento)

La reunión tenía lugar en el paraninfo de la universidad; o como le decimos ahora, que utilizamos cada vez menos lenguaje, el salón de usos múltiples. Las gradas estaban repletas debido al éxito que en los últimos cinco o seis años tenían las ciencias postsociales y las disertaciones teóricas y metodológicas orientadas en dichas temáticas.

            Afuera, en el campus, en la ciudad, en toda la región, llovía de la misma manera en que venía haciéndolo cada noche en las últimas semanas; la lluvia era, prácticamente, la única excusa por la qué me encontraba allí. Lo poco que había podido leer acerca de los postulados postsocialeas se acercaban demasiado a las ideas más absurdas de la new age mezclados con un poco de nexialismo, una pésima lectura de Nietzsche en su vertiente más kafkiana, y algunas cosas más que, de por sí, fui incapaz de identificar. Claro que tampoco me importaba tanto hacerlo. Como dije, la lluvia era lo que me había llevado allí.

            La disertación de esa tarde llevaba el llamativo y amarillista título de “El último verano será eterno”y, como claramente no podía ser de otro modo, versaba sobre el cambio climático. El nombre del orador, así como su nula habilidad para armar cuadros con el powerpoint o cualquier otro programa similar, quedaron en un segundo, o tercer, plano, a medida que la charla avanzaba. En medio del sopor en el que me sumía con el único fin de intentar recuperar el calor corporal perdido, escuché una frase que atravesó la barrera de mi destinteres.

            —¿Acaso saben ustedes cuántas noches llevamos sin Luna? —preguntó al silencioso auditorio.

            Esas ocho palabras dispararon mis recuerdos. Pensé en las noches de la última semana sin poder encontrar una respuesta. Avancé en retrospectiva hacia la semana anterior, y luego a la anterior a esa. Pero la Luna, efectivamente, no se encontraba aun cuando tenía presente mis caminatas nocturnas, mis noches atravesando la ciudad de un rincón a otro, y no siempre en solitario ni bajo la lluvia.

            Tanto ejercicio mental resultaba doloroso; tanto mirar hacia atrás y hacia adentro de uno mismo dudando de muchas cosas que damos por seguras, por válidas y definitivas por un tiempo no era nada fácil. Recordé una de las frases de Kierkegaard, pero nadie recuerda algo semejante en medio de una molestia; nadie va al dentista para pensar en la filosofía de los cínicos; nadie se expone a una radiografía pensando en Sócrates.

            No encontraba a la Luna en mis recuerdos recientes.

            Intenté recordar con algo de exactitud algún nocturno momento del año anterior. Por supuesto no tuve la menor suerte, la memoria no funciona de esa forma. La reminiscencia puede ser voluntaria pero el recuerdo es completamente involuntario; podemos intentar forzarlo de otro modo, pero nunca resultará tal. Tuve, pues, que buscar en otro lugar, en otros momentos, en otro tiempo.

            En la infancia, en la adolescencia, en las escapadas nocturnas procurando diversión, y algunas otras pocas cuestiones, la Luna siempre se encontraba presente. Luego nada, el cielo vacío y el sol brillando eternamente sobre nuestras cabezas. Salvo, claro, en las noches sin Luna.

            La conferencia continuaba, pero no podía permanecer allí. Debía salir, despejar mi mente de aquel esfuerzo, pensar en alguna otra cosa, dejar de preocuparme por las gráficas que mostraban el aumento interanual del promedio de temperaturas continentales y los índices de tropicalización del clima templado. Necesitaba estar en otro lugar, aunque más no fuera bajo la lluvia.

            Pero ya no llovía, lo noté inmediatamente al salir del SUM. La humedad se mantenía por encima de lo humanamente tolerable y los insectos se multiplicarían sin cesar en los próximos días.

            Con temor ancestral, de quien teme darse cuenta que la realidad misma pende de un hilo demasiado delgado, de una película lo suficientemente tenue como para que cualquier mínimo cambio, una mirada prolongada, una brisa inesperada o un aliento de más, pudiera resquebrajar, levanté la mirada.

            Las nubes apenas habían comenzado a deshacerse arrastradas por el viento y algunas estrellas se adivinaban en el firmamento. De la Luna aún no había noticias, pero la noche recién comenzaba. Quedaba una leve, mínima, esperanza.

Imagen tomada de: https://www.freepik.es
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Ecos de un caballito del diablo Narrativa

Aída Chacón| Crónica de un endiablamiento| (Cuento)

“Hay que recordar que el diablo
tiene sus milagros, también”.
Juan Calvino

Felipe Ruelas despertó con un dolor intenso en los talones y se marchó a trabajar. Durante el día la dolencia aumentó, ya para la noche había llegado hasta sus pantorrillas y cada vez era más insoportable. Durante la madrugada se le enrojeció la piel y aunque era lampiño, llegó a sentir algunos vellos alrededor de su mentón.

De nuevo se levantó para dirigirse a su oficina. Antes de llegar hizo una pequeña escala en la farmacia y compró analgésicos y un poco de antiinflamatorios por si la cosa se ponía peor. Tomó algunos sorbos de café, dejó pasar unos minutos y se tomó las pastillas con un trago de agua. Durante el día todo pasó normal, las molestias se esfumaron y dejaron que Felipe se sintiera mejor por algunos días más.

Semana y media transcurrió desde la primera vez en que el señor Ruelas sintió el dolor en los talones, cuando de nuevo recurrió a una dosis de medicamentos posteriores a un sorbo de café, pero en esta ocasión tan sólo suprimió el dolor por algunas horas. Felipe triplicó la dosis y sintió alivio por tres semanas más. Debido a la ausencia de dolores, Felipe no se percató del resto de sus síntomas: enrojecimiento de la piel y deformaciones importantes en tobillos y talones.

Seis semanas después de su primer síntoma, Felipe Ruelas notó que sus zapatos empezaban a apretar. Para no perder tiempo valioso en su trabajo, decidió simplemente comprar un par nuevo de algunas tallas más para sentirse cómodo al caminar.

Felipe Ruelas trabajaba plácidamente en una oficina de correos; su labor principal era revisar la correspondencia internacional para que estuviera libre de objetos prohibidos por la oficina postal. Durante sus veintisiete años de servicio había visto casi de todo: muñecas transexuales de plástico, fotos escandalosas, fetiches para vudú, remedios para todo tipo de enfermedades comunes, muestras para inseminación artificial que se mandaban los amantes, en fin, todo tipo de cosas. Por esta misma razón, Felipe creía que nada podía sorprenderlo ya.

El dolor volvió a presentarse y ni los curiosos envíos podían distraerlo de sus males. La mañana del 30 de agosto de aquel año fatídico, se hizo examinar por uno de los médicos más conocidos de la colonia.

El diagnóstico del facultativo fue contundente: “Está usted endiablándose, no podemos hacer nada, es un proceso irreversible, seguro comió algo que le llevó la infección al estómago y ahí surgió todo” le dijo el doctor antes de mandarlo a casa; el apacible Felipe Ruelas cayó en crisis, su cara palideció, ¿dónde le darían empleo si su endiablamiento se hacía notar?

Con el paso de los días se percató de que podría tener solución, si se enrojecía lo suficiente espantaría a las personas a su alrededor, entonces eligió un barrio con algunas cantinas escondidas en las callejuelas solitarias, aguardaría hasta que los primeros borrachos salieran y los asustaría para ganarse la plata. Entonces, Felipe Ruelas se sintió feliz, emocionado con su cambio de vida y se dispuso a investigar los detalles necesarios para ser un buen diablo.

El color rojo no sería problema, a estas fechas ya estaba rojo casi por completo, incluso sus partes pudendas se notaban ya en tono escarlata. Los pies estaban totalmente deformados y las pezuñas negras resaltaban con un poco de coquetería. Sacó sus ahorros del clóset y se fue a comprar un traje, un smoking negro para estar presentable, aprovechó que la empleada de la tienda salió despavorida cuando lo vio tan diablo y tan rojo, así que también eligió un bombín y un bastón elegante para acompañar. Ya convertido en un diablo galán, se puso a trabajar.

Felipe Ruelas ha prosperado desde aquel día. “Un endiablamiento lleno de venturas”, se decía siempre que miraba su reflejo en el espejo. Desde entonces trabaja de noche, camina con la frente en alto y muy seguro de sí; se ha vuelto popular entre las féminas y no le faltan lujos ni invitaciones frecuentes para hacer negocios multimillonarios. Se hizo un diablo feliz.

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Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Perfume de jazmín (Cuento)

He empezado a soñar con flores. Cada madrugada me despierto por el olor a jazmines que inunda mi sueño al punto de que no distingo si es real. Me levanto de la cama y busco en los rincones. Tengo miedo de encontrar realmente ramos de flores por toda la casa, en mi recámara, cerca de mí. Sueño que camino lentamente por un parque, que me detengo a contemplar la tarde, las aves y la gente que transita por ahí. Curiosamente no hay sonidos. Es como si estuviera en una película de cine mudo. No percibo un solo ruido a mi alrededor. Nada. Como si estuviera sorda porque no logro escuchar ni el aire que mueve las ramas de los árboles. No tengo miedo hasta que aparecen las flores. Ellas huelen tanto. Me doy cuenta de que llego a un sitio de aquel parque que se encuentra lleno de flores porque las huelo a lo lejos. Se van dibujando a medida que me acerco a ellas, pero su olor está ahí, inundándolo todo desde mucho antes. En ese momento me despierto de golpe y busco por todas partes cualquier indicio de sus pétalos, de su presencia en mi casa. No encuentro nada y regreso a la cama para no poder dormir el resto de la madrugada. Me pregunto si estoy atrapada en una espiral del tiempo que repite mis noches una y otra vez. Aunque mis días sí son distintos. Martes y viernes llego puntual a mi cita con la terapeuta. Ella me atiende desde hace casi un año. Llego a su consultorio y siento que estoy en el lugar más seguro del mundo. Por instantes olvido el olor de los jazmines, mis noches de insomnio, el miedo que me impide conciliar el sueño. Luego ella me pregunta cosas simples y me deja tareas similares: que salga de casa, que tome un café, que frecuente a mis amistades, que tenga un perfil en Tinder, que baile y escuche música. Lo hago cada día desde hace meses pero no logro salir del vacío que me provoca el miedo.

A veces cuando hago esas tareas, salgo como autómata a hacer compras, a reunirme con alguien a tomar un café. Escucho un poco de sus conversaciones, río de algún chiste y luego siento que estoy en un sitio ajeno, dejo de oír las voces, los ruidos, mi cuerpo se hace un cascarón que está ahí aunque yo me haya ido.

Ella me dice mis tareas son para reforzar el condicionamiento operante, el “eso” de mi conducta que me dará resultados positivos.  Yo, por otro lado, sigo saltando del sillón cuando escucho el sonido de las llaves aproximarse a mi puerta. Mi estómago se contrae, mis músculos se tensan, mi cuerpo entero se prepara para sobrevivir a lo inminente. Solamente encuentro tranquilidad cuando la puerta no se abre; cuando pienso en que ahora es otra chapa en ella, que no existen copias de mis llaves, que estoy en casa sola y a salvo. Cuando eso pasa agacho la cabeza y me siento en el sofá mientras pienso en lo que ha quedado de mí, en quién soy ahora. Algunas personas, quienes saben más de lo que pasó, de eso que me trajo a este punto, me dicen que todo estará bien, que conoceré a alguien más, que olvidaré poco a poco, pero sé que no será así. Me siento rota, otras veces sin fuerzas.

Él, después de cada pelea llena de insultos, de aventones, de gritos, volvía a casa con jazmines porque perfumaban el ambiente, porque era su manera de pedir perdón, de alegrarme el día después de dejarme en el suelo llorando o pidiendo que parara. Recibía las flores mientras pensaba en la forma de matarlo, de cortarle la garganta mientras dormía… fantaseaba con el día en que muriera, siempre soñaba despierta con un accidente de trabajo o un camión sin frenos que me trajera la justicia. Quienes vivimos con monstruos terminamos por convertirnos en uno de ellos.

La primera vez que me defendí le arrojé una botella en la cara. Era un vino finísimo que compró por mi cumpleaños. No pensé en asustarlo, sino en partirle la cabeza, en hacer brotar su sangre del cráneo y luego verlo desangrarse lentamente…pero no pasó. Apenas logré un rasguño en el pómulo y su mirada asombrada. Ahora no era una víctima, empezaría a gozar como él, a ver con placer el dolor que podría causarle, a enterrarle con saña mis uñas en la piel cuando intentaba someterme. Quería torturarle, matar o morir en el intento de encontrar justicia con mis propias manos. Las siguientes veces fueron más certeras hasta que se fue de casa.

Emergió de mí un ser oscuro que sigue latente, que espera para atacar sin piedad a la primera señal de alerta. Así que no, no creo que “todo pase” como algunos dicen. Tampoco creo que logre olvidar. Constantemente me pregunto si hay retorno después de aquello, si mi existencia será siempre una irremediable furia a punto de explotar a cada paso.

Ahora sueño con flores. Las mismas que me daba él y tengo miedo. No de que él aparezca un día en casa, sino de lo que puedo hacer yo ante la amenaza de su presencia, de lo que anhelo hacerle mientras lo busco por cada rincón del departamento.

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Narrativa

Kalton Bruhl | El último concurso

El programa favorito de mi padre era el concurso de conocimientos que transmitían los sábados por la noche en la XKY. Llevaba tanto tiempo escuchándolo que casi siempre acertaba en las respuestas. Cuando surgía alguna pregunta que no lograba contestar, la anotaba rápidamente en una libreta y en cuanto el programa finalizaba, se dirigía al librero donde guardaba sus enciclopedias. No importaba cuánto tiempo le tomara, no descansaba hasta encontrar la respuesta. Muchas veces le animé a participar, pero invariablemente respondía que necesitaba prepararse un poco más.

«Todavía no —me decía, revisando sus apuntes—. Hay algunas materias que no domino por completo».