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Desde las tierras calientes | José A. García | Cuento

Al despertar lo encontramos entre nosotros.

Sin explicaciones ni presentaciones, como si fuera uno más de los nuestros cuando claramente no lo era.

Nos indicó con gestos y mímicas de trabajos cuanto debíamos hacer para purificar nuestras tierras, nuestros cuerpos, nuestras mentes reparando el daño de milenios de depravación. Algo que él mismo dijo estar haciendo desde el comienzo de su vida.

Como no se trataba del primero en llegar a nosotros con un mensaje similar, no creímos en ninguno de aquellos gestos. Su lengua, cortada de raíz, y la irregular cicatriz que rodeaba su cuello, eran señales inequívocas de que se trataba de uno de los tantos falsos profetas que rondaban la región buscando su sustento. Y, de no encontrarlo, buscaban quienes creyeran en ellos. Los conocíamos bien, y nos burlábamos haciéndoles hablar sin creer en ninguno de sus gestos.

Pero él era diferente. Había varias razones para que lo fuera, pero la más extraña era que había llegado desde las tierras calientes, desde donde estábamos seguros que no quedaba más que devastación y muerte.

La tradición cuenta que allí había comenzado el final de lo que fuera antes, y que nosotros, allí, en aquel poblado, éramos los que más cerca nos encontrábamos de ese mítico lugar. Eso explicaba que tantos fabuladores llegaran ofreciéndonos sus prodigios y quimeras, cada una más falsa que la anterior.

Nos burlamos de su piel resquebrajada, de sus ojos cansados que parecían haber visto infinitos amaneceres, de sus manos curtidas por cada uno de los trabajos conocidos, de su cuerpo enflaquecido y de su morral remendado tantas veces que imposible saber cuál era su color o su forma primitiva. Eso para o mencionar su contenido.

Reímos hasta cansamos, luego  lo echamos de nuestras tierras a pedradas, como corresponde, según la ley, las normas, las costumbres, y la tradición.

Antes de que pudiéramos detenerlo huyó hacia las tierras calientes. Sin dudas escapó por el mismo camino por el cual había llegado y, tan pronto como lo vimos perderse en aquella tierra yerma y hostil, nos olvidamos de él.

Continuamos con nuestras vidas sin preocuparnos, como lo habíamos hecho en los años previos. Era la mejor forma de aprovechar el poco tiempo que teníamos dado lo rápido que envejecíamos por vivir allí, tan cerca de aquel lugar que solamente significaba decadencia y final para los pueblos anteriores a nosotros.

Años después notamos los primeros cambios. Algunas tardes, cuando el resplandor del sol no dañaba tanto nuestros ojos, podían adivinarse manchas color verde entre la tierra que sabíamos árida y abandonada. Los pocos nacimientos que se producían en el poblado comenzaron a multiplicarse y, la mayor de las sorpresas, aquellas criaturas nacían tal y como se esperaba que lo hicieran, sin complicaciones para ellas ni para sus madres; los partos se volvían, poco a poco, normales. Dejamos de celebrarlos como un triunfo sobre la muerte cuando alguno de los dos sobrevivía. Comenzamos a celebrarlos como el triunfo de la vida.

Durante la primavera anterior una suave brisa, inesperada en casi todos los sentidos, inundó el poblado con aromas desconocidos, con el trino de aves que ignorábamos y el rumor del agua hasta ese momento ausente. La brisa llegaba, sin posibilidad de confusión alguna, desde las tierras calientes; tal vez por eso no nos resultara similar a nada de que solía llegarnos desde allí.

Intrigados, como no podía ser de otro modo, pero aún presos de un temor reverencial, unos pocos de nosotros nos internamos en la tierra baldía. Nos escondimos bajo capas y más capas de ropa que, por generaciones, se confió en que podían protegernos de lo que continuaba produciendo muerte en aquel lugar.

Caminamos durante días porque, si bien éramos el poblado más cercano, no era cierto que nos encontráramos tan cerca de las tierras realmente calientes; de haber sido así ni tan siquiera hubiéramos sobrevivido un día. El menor indicio de nada diferentes a la desolación y al abandono facilitaba nuestro camino, pero continuamos pues necesitábamos saber qué era lo que estaba sucediendo para huir si era necesario, o para continuar como hasta ese momento, de ser posible.

Encontramos un sendero luego de las primeras estribaciones formadas por la escoria de lo que fuera que allí hubiera sucedido. Árboles desconocidos, esbeltos algunos, desgarbados otros, de un verde pálido que oscurecía a medida que avanzábamos, nos dieron la bienvenida. Suponíamos que su follaje eran las manchas que se veían en el poblado, pero nadie quería mencionarlo por temor a que las palabras pudieran destruir lo que nuestros ojos nos mostraban y nuestro entendimiento era incapaz de aceptar.

            Nos internamos en aquel inesperado e inexplorado bosquecillo sin saber si debíamos temer la presencia de animales silvestres, cuando no salvajes, o de algo más grande que las aves que nos recibían con sus cantos y sus vuelos de rama en rama. Aves que, sin darnos cuenta nos guiaron hasta la tierra yerma del otro lado de los árboles donde, en medio de tanta aridez y desolación, en algunos pequeños lugares la tierra se encontraba removida, trabajada, preparada, en pequeños hoyos.

            Junto a uno de ellos, con un trozo de hierro herrumbrado que no representaba ayuda alguna contra la dura y aplastada tierra, lo que parecía ser un hombre, se afanaba en su trabajo. Podría haber sido cualquiera, pero aunque había enflaquecido al punto de que cada uno de sus huesos se marcaba sobre su piel sumamente resquebrajada, la irregular cicatriz de su cuello no nos permitía equivocarnos. Era él que, habiendo sido despreciado por nosotros, continúo adelante sin importarle la soledad y el desánimo. Simplemente continúo. Sus manos, curtidas por otros miles de trabajos realizados, eran la señal más clara de ello.

            —¿Qué es eso? —preguntó uno de nosotros señalando hacia los árboles.

Su respuesta se convirtió en sinónimo de esperanza, anhelo, ilusión, renacimiento y regeneración, de resurgir desde la devastación, de volver a comenzar aunque no hubiera con qué hacerlo, de deseo de posibilidad, y tantos otros sinónimos que se expandieran desde Chernobil hasta Fukushima, desde Atucha hasta la bahía de Jervis, desde Three Mile Island hasta Koeberg, hasta nuestro poblado y también el tuyo, pero también más allá.

            —Abedul —fue todo lo que dijo.

            Aquel atardecer supimos que, las tierras calientes finalmente comenzarían a enfriarse.

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José A. García | El último verano será eterno (Cuento)

La reunión tenía lugar en el paraninfo de la universidad; o como le decimos ahora, que utilizamos cada vez menos lenguaje, el salón de usos múltiples. Las gradas estaban repletas debido al éxito que en los últimos cinco o seis años tenían las ciencias postsociales y las disertaciones teóricas y metodológicas orientadas en dichas temáticas.

            Afuera, en el campus, en la ciudad, en toda la región, llovía de la misma manera en que venía haciéndolo cada noche en las últimas semanas; la lluvia era, prácticamente, la única excusa por la qué me encontraba allí. Lo poco que había podido leer acerca de los postulados postsocialeas se acercaban demasiado a las ideas más absurdas de la new age mezclados con un poco de nexialismo, una pésima lectura de Nietzsche en su vertiente más kafkiana, y algunas cosas más que, de por sí, fui incapaz de identificar. Claro que tampoco me importaba tanto hacerlo. Como dije, la lluvia era lo que me había llevado allí.

            La disertación de esa tarde llevaba el llamativo y amarillista título de “El último verano será eterno”y, como claramente no podía ser de otro modo, versaba sobre el cambio climático. El nombre del orador, así como su nula habilidad para armar cuadros con el powerpoint o cualquier otro programa similar, quedaron en un segundo, o tercer, plano, a medida que la charla avanzaba. En medio del sopor en el que me sumía con el único fin de intentar recuperar el calor corporal perdido, escuché una frase que atravesó la barrera de mi destinteres.

            —¿Acaso saben ustedes cuántas noches llevamos sin Luna? —preguntó al silencioso auditorio.

            Esas ocho palabras dispararon mis recuerdos. Pensé en las noches de la última semana sin poder encontrar una respuesta. Avancé en retrospectiva hacia la semana anterior, y luego a la anterior a esa. Pero la Luna, efectivamente, no se encontraba aun cuando tenía presente mis caminatas nocturnas, mis noches atravesando la ciudad de un rincón a otro, y no siempre en solitario ni bajo la lluvia.

            Tanto ejercicio mental resultaba doloroso; tanto mirar hacia atrás y hacia adentro de uno mismo dudando de muchas cosas que damos por seguras, por válidas y definitivas por un tiempo no era nada fácil. Recordé una de las frases de Kierkegaard, pero nadie recuerda algo semejante en medio de una molestia; nadie va al dentista para pensar en la filosofía de los cínicos; nadie se expone a una radiografía pensando en Sócrates.

            No encontraba a la Luna en mis recuerdos recientes.

            Intenté recordar con algo de exactitud algún nocturno momento del año anterior. Por supuesto no tuve la menor suerte, la memoria no funciona de esa forma. La reminiscencia puede ser voluntaria pero el recuerdo es completamente involuntario; podemos intentar forzarlo de otro modo, pero nunca resultará tal. Tuve, pues, que buscar en otro lugar, en otros momentos, en otro tiempo.

            En la infancia, en la adolescencia, en las escapadas nocturnas procurando diversión, y algunas otras pocas cuestiones, la Luna siempre se encontraba presente. Luego nada, el cielo vacío y el sol brillando eternamente sobre nuestras cabezas. Salvo, claro, en las noches sin Luna.

            La conferencia continuaba, pero no podía permanecer allí. Debía salir, despejar mi mente de aquel esfuerzo, pensar en alguna otra cosa, dejar de preocuparme por las gráficas que mostraban el aumento interanual del promedio de temperaturas continentales y los índices de tropicalización del clima templado. Necesitaba estar en otro lugar, aunque más no fuera bajo la lluvia.

            Pero ya no llovía, lo noté inmediatamente al salir del SUM. La humedad se mantenía por encima de lo humanamente tolerable y los insectos se multiplicarían sin cesar en los próximos días.

            Con temor ancestral, de quien teme darse cuenta que la realidad misma pende de un hilo demasiado delgado, de una película lo suficientemente tenue como para que cualquier mínimo cambio, una mirada prolongada, una brisa inesperada o un aliento de más, pudiera resquebrajar, levanté la mirada.

            Las nubes apenas habían comenzado a deshacerse arrastradas por el viento y algunas estrellas se adivinaban en el firmamento. De la Luna aún no había noticias, pero la noche recién comenzaba. Quedaba una leve, mínima, esperanza.

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José A. García | La tan ansiada hospitalidad (Cuento)

Si se detuviera a pensar en el tiempo que llevaba recorriendo aquel camino le sería imposible decir cuándo había comenzado. Tampoco podría decir hacia dónde se dirigía. El calor que azotaba la rala vegetación golpeaba de lleno contra su cuerpo; el polvo que se levantaba a cada paso lo envolvía como una nube metiéndose en la nariz y en la boca, secándosela, recordándole la sed que no dejaba de perseguirlo.

Apenas podía sentir la lengua debajo de la capa de tierra que se adhería a la poca humedad que perduraba en ella. Sus ropas eran grises por ese mismo polvo, tan fino y volátil como las cenizas; sentía como penetraba en cada poro de su piel, en los bolsillos de su desgastada ropa, entre su cabello descuidado y crecido, así como en la barba de varios días.

El cansancio volvía torpe sus movimientos y lentas sus reacciones.

Necesitaba agua para aplacar tan atroz sed, necesitaba un descanso para recuperar las sensaciones de su cuerpo, necesitaba comida para continuar.

Como una cicatriz que señala la existencia de una antigua herida, el camino continuaba hasta donde era posible ver. Incluso parecía extenderse del otro lado del horizonte. Pero el cansancio era tanto que apenas sí pudo dar un paso más antes de caer desvanecido en medio del camino sin atender al lugar en el que se encontraba.

Sin forma de saber cuánto tiempo había quedado inconciente, sin poder recordar qué hacía allí, por qué resultaba tan importante continuar adelante o por qué, de manera imprevista en medio de tanta desolación, una sombra cubría su cuerpo.

Giró, a duras penas, la cabeza y se encontró con un ciprés que marcaba el inicio de un camino lateral. El recuerdo de las viejas tradiciones revivió su cansado cuerpo, sus exhaustas energías y la voluntad de ingresar en aquella finca.

Incorporar le resultó en extremo difícil. Sentía los brazos y las piernas pesados, como si cada uno de los músculos que los componían hubiera perdido movilidad, elasticidad y la capacidad de sostenerlo. Las rodillas crujían cada vez que daba un paso; los tobillos apenas resistían su peso.

Unos metros después del primer ciprés, se encontró un segundo árbol idéntico al anterior. Aquel descubrimiento le devolvió parte del ímpetu que sintiera antes de desvanecerse; sentía que recuperaba la motivación necesaria para continuar. Pero fue al descubrir el tercer ciprés que sus energías se revivieron por completo, junto con la visión, aún a lo lejos, del techo de la finca a la que conducía aquel camino. Pensó en correr la distancia que aún lo separaba de aquel lugar; pero incluso con las nuevas fuerzas que sentía, piernas y brazos continuaban igual de pesados y cansados que al despertar.

Descubrir un cuarto árbol, en perfecta línea con los anteriores, un quinto luego de ese y más adelante un sexto, hasta completar el camino hacia la casa lo hizo dudar de  cuanto sucedía. Las tradiciones tenían su límite, el resto quedaba a la voluntad de cada uno el creer o no, pero era necesario conservar una cierta cuota de veracidad. Con cada paso que daba, el camino se tornaba menos abandonado, incluso crecía algo de césped, aunque descuidado, junto a los árboles, algo que no había encontrado antes en su caminar.

Continuó avanzando lentamente sin recuperar el completo funcionamiento de sus piernas, por lo que cada paso se transformaba en un dolor imposible de describir con palabras. Ni con gestos, ni exclamaciones, ni siquiera con los gemidos que solo aquellos que sufren las peores aflicciones pueden proferir. En silencio continuó sufriendo como lo había hecho siempre, como desde pequeño se le enseñara que debía ser.

Finalmente alcanzó la puerta y llamó con tres leves golpes que quebraron el silencio.

Tanto demoró la atención de su llamado que comenzaba a creer que no habría nadie allí cuando la puerta se abrió sin hacer ruido.

—Solicito derechos de hospitalidad —dijo bajando la cabeza y sin mirar a quien abriera—, mis piernas no me responden de la manera adecuada para postrarme frente al señor de tan bella finca —completó.

La nueva respuesta se demoró en llegar casi tanto como la anterior. Sabía que no podía levantar la mirada hasta que la puerta fuera abierta de par en par, y solamente entonces podría ingresar y solicitar comida, un sitio donde sentarse, y quizás algo más. La sucesión de cipreses similares lo habían confundido.

Le permitieron ingresar, sentarse y comer hasta saciarse con la comida ofrecida; pero, luego del polvo del camino y la pérdida de sensibilidad en su boca y lengua, sabía tan desabrido como la nada misma.

Luego de la comida, luego de beber el agua suficiente para quitarse el regusto del polvo del camino, sintiendo algo similar a la comodidad, recordó la duda que lo atenazara al llegar allí.

—No tengo palabras suficientes para agradecer la hospitalidad de tan bien dispuesto anfitrión. Si me permite, en cambio, tal vez pueda usted, responder una duda que se despertó en mí al ingresar a su finca —dijo contemplando el camino por la puerta que había quedado abierta.

Miró a los ojos al inesperado anfitrión, recorrió cada detalle de su rostro durante el tiempo en que se encontró allí dentro y, aún así, sería incapaz de decir nada sobre él. Por más que los mirara, aquellos rasgos no quedaban en su memoria; tan pronto como apartaba la mirada los olvidaba y debía volver a mirar lo que creía ya conocer. La luz allí dentro resultaba más extraña, ominosa, irreal, que bajo el inexorable sol exterior.

Entendió el silencio como una invitación a continuar, ya que de no haber querido hablar, una sola palabra hubiera sido más que suficiente para detenerlo.

—En mi pueblo teníamos una vieja tradición sobre la hospitalidad. En ella se dice que el viajero que encuentra un ciprés en la entrada de cualquier finca, sabe que hallará allí un plato de comida disponible. Si hay dos cipreses el viajero recibirá ese plato de comida en la misma mesa que su anfitrión, en señal de respeto mutuo. Si, en cambio, encuentra tres cipreses, además de la comida el viajero podrá solicitar un lugar donde pasar la noche.

Nuevamente el silencio le invitó a continuar hablando, con la seguridad de quien no incurre con sus palabras en falta alguna.

—En tres acaba la numeración. La hospitalidad no avanza más allá de esas pequeñas ayudas. En su camino he visto mucho más que tres cipreses. Eso me lleva pensar que esta finca bien podría ser otra cosa, ya que el único otro lugar en donde deliberadamente se encuentran esos árboles es en los… —se detuvo al darse cuenta la insolencia que estaba a punto de cometer frente a quien respondiera de manera tan conspicua su pedido de ayuda.

—En un camposanto —completó el anfitrión. Su voz resonó con una fuerza inaudita en aquel lugar, como si el sonido de sus palabras reverberara al chocar con cada objeto del interior de aquella estancia, incluso a pesar de que la puerta continuaba abierta de par en par.

—No pretendía decir eso —comenzó a excusarse ante su anfitrión e improvisando una reverencia en señal de disculpas.

—Uno al que las almas de quienes ansían continuar con sus vidas, siempre acaban por llegar… —agregó el anfitrión sin atender a últimas las palabras del recién llegado y cerrando, con el sordo ruido del chocar de madera contra madera, como el cierre definitivo de un ataúd, la puerta.

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José A. García (1983, Buenos Aires, Argentina), escritor, guionista de historietas, blogger, profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México, Venezuela, con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos. Cree fervientemente que el conocimiento se demuestra haciendo y no acumulando diplomas, premios y menciones como si fueran condecoraciones o títulos de nobleza. Página web personal.

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Malena Echagüe | La última conversación

No sé cómo ocurrió, estaba yendo al trabajo, crucé la calle y luego, mi memoria se fragmentó: recuerdo ver a un paramédico empujando mi camilla sangrante hacia la ambulancia y escuchar la voz acongojada de mi novia, preguntándole a los médicos cuál era mi estado y si me iba a recuperar; no escuché su respuesta.
Parece que estoy muerto. Me quedé dormido, sobre mis párpados sentí el peso de piedras empujándolos hacia abajo y cerré los ojos, en un intento por quitármelas. Dejé de sentir mi cuerpo y el calor de la manta que me envolvía. No fui testigo de la ascensión de mi alma, no escuché a los enfermeros gritar en busca de un médico, sólo oí sus lamentos, alejados, sus voces distorsionadas.
No voy a mentirles, no fui llamado por una voz celestial a través de un túnel, no había luz blanca, ni ángeles vinieron a mi encuentro para darme la bienvenida.
Sólo escuché una voz que dijo:
— Te portaste muy mal, lo sabes, ¿no?
Desvié mi mirada hacia los costados, arriba y abajo, en zigzag, pero no pude ver nada, ni siquiera el color negro, como si tuviera una venda en los ojos y las manos atadas con fuerza, sin poder liberarlas. O la otra opción, me horrorizó aún más, no podía mover mis manos porque ya no tenía brazos.
— ¿Dónde estoy? — pregunté con rapidez.
Él, Dios o quien sea que fuera, se rio.
— Estás muerto — respondió, su voz parecía provenir de todos lados, mientras que estaba en ningún lugar.
— ¿Por qué te escucho, si en vida, no fui creyente?
— ¿Qué importa? No soy como Papá Noel, aunque nadie creyera en mí, seguiría existiendo. — sentenció e intenté imaginar su rostro, pero fue inútil, entonces comprendí que no necesitaba uno.
— Me gustaría poder seguirte ¿Puedo?
Volvió a reír, esta vez, su risa tenía un tono amargo, como un bravucón que se ríe de su nueva víctima.
— Todos dicen lo mismo. Pasan una vida negándome ante sí y ante los demás, pero cuando mueren, quieren arrodillarse.
— Sos bastante cruel
— No, soy justo. — me interrumpió y continuó — Te ofrezco lo que mereces…
— ¿Cómo me castigarás, Dios?
— Nadie te recordará. Tu existencia vacía y superflua pasará al olvido, serás una lápida más.
Quise reírme. ¿Y dónde estaba el fuego, las llamas, el dolor lacerante, el Diablo? Había sido una jugarreta, una broma, y no por primera vez, quise reírme de los religiosos.
— Hay algunos, que comienzan a llorar o lanzan injurias hacia mí, vos aceptas tu destino… ¿te puedo contar un secreto?
— Sí, me gustaría muchísimo — dije, si hubiera tenido cabeza, se me habría caído de tanto asentir.
— A todos les ocurre lo mismo — confesó Dios, en susurro, como si temiera que fuera corriendo a contarle a los demás.
— Entonces, ¿cuál es el fin de todo esto, Señor?
No respondió, el sueño me atacó otra vez. No era capaz de mantener los ojos abiertos, se cerraban solos, como si tuvieran voluntad propia. Lo último que pensé fue que él tampoco sabía la respuesta.


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Julieta Cao Taboh | Lucía


“¿Qué querés ver en Brasil?”, me preguntó en su portugués personal. Salimos un jueves de viaje con una mochila más chica que la del supermercado. “Si total usamos los mismos vestidos y los vamos cambiando”, dijo. Me parecía tan lindo cambiarnos la ropa, y cuando se acababa el día de puro mar, la tela estaba dura de tanta sal. Como una galletita. Esa fue la primera vez que puse el olfato en el centro de mi acción. Olía con ojos cerrados y pisaba cemento tibio. Y le hablaba a mis articulaciones mentales y les contaba que había aprendido a oler, ese día, ahi mismo. De noche podía oler diferente, como una destreza nueva; cierto perfume a jazmín que ella tenía habitualmente en las manos, creo que por una crema, bajo el agua caliente de la ducha y el vapor que ablandaba la ropa y lavaba la sal, todo eso junto, un perfume nuevo, más el olor a humedad de la habitación, y el de mi shampoo, que casi siempre era como el olor de una naranja recién exprimida. Y el olor del sexo afuera del tiempo, como un sexo al que se le pone dos broches en una secuencia de tránsito cercano, quedando ahí, suspendido, un poco colgado de la existencia y también de las ilusiones, un sexo que no sé bien cuándo empieza ni cuándo termina porque no tiene bordes.No tenía idea de qué quería ver en Brasil. No porque no tuviera a Brasil bien investigado y lleno de postales mentales, sino porque me encantaba esa pregunta. La hacía con los ojos muy abiertos y una media sonrisa que se le desarmaba cuando terminaba de vestirse. Mi voluntad estaba diluída en eso, en la música de una pregunta. No existe (ni debe existir) vocabulario disponible para decir que uno ya vio, en una sola persona, todo lo que le interesa del quinto país más grande del mundo.

A veces se le subía despacito el vidrio polarizado de los ojos. Efecto tremendo de los ojos humanos.
Seis meses después me mandó un vestido suyo a Buenos Aires, y una nota: “Porque nunca me dijiste qué querías ver de Brasil”.


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Paulo Neo | Elena

La cantina más antigua de Ciudad de México se llama La Peninsular. Ubicada en la esquina de Corregidora y Roldán, abrió sus puertas allá por 1872, cuando gran parte de la metrópoli todavía se encontraba cubierta de agua. Se trataba, entonces, de una ciudad lacustre atravesada por canales, acequias y puentes que facilitaban el comercio, los amores prohibidos y el transporte de mercaderías. Es decir: una suerte de Venecia surrealista y caótica, pero no exenta de cierta belleza. Podemos imaginar comerciantes, estibadores, poetas y policías, bancarios, ladronzuelos y hasta algún sacerdote, acodados a la barra de más de seis metros de largo o despachándose una buena dosis de tequila, en las pequeñas mesas del salón. Resta decir que la entrada a este lugar de copas y festejos estaba prohibida a las mujeres.        
            Pese a ello, Elena fue la primera en atreverse a cruzar la gran puerta de La Peninsular. Corría el año 1980 y la reacción de los parroquianos fue dividida: la mayoría se manifestó en contra, aduciendo que no era lugar indicado para ellas. Un porcentaje menor dijo estar de acuerdo, que su presencia alegraba el lugar. El resto, demasiado ebrios como para enterarse de algo.
            Lo cierto es que, a partir de ese día, Elena no dejó de pasar cada tarde. De a poco fue sumando alguna compañera, alguna amiga. Ante la queja insistente de algunos clientes, el dueño del local decidió implementar un novedoso sistema, que lo mismo tenía de nuevo, que de bárbaro: hizo construir una tapia de poco más de un metro de altura que dividió la cantina a la mitad. Una respuesta absurda a un pedido absurdo, que no tardó en ser llamado como El muro de Berlín, pues ciertamente remedaba al otro.      Algunos años después, la lucha de un movimiento obrero posibilitó la caída del absurdo muro. Cosa que ambos bandos festejaron por igual. Y sobre todo, Elena.          
            Con el paso del tiempo, el recuerdo de aquella valiente mujer, supo caer en los miasmas del olvido. Pero eso sí, la entrada a La Peninsular es, hasta el día de hoy, absolutamente libre.  Así que vengan estas líneas a suplir un poco tan ilustre desprestigio, tan gratuita desmemoria.  


Ilustración: Rene Gruau (1909-2004)