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Javier Moro I Poeta de inasibles rebeldías

Conocí al poeta Javier Moro Hernández cuando ambos éramos párvulos estudiantes de la Universidad Autónoma Metropolitana, en Xochimilco, y al igual que varios aspirantes a escritores, emprendíamos inocente proyectos como el tener una revistita literaria o atrevernos a publicar nuestros primeros cuentos o poemas en algún distraído periódico de circulación nacional. O bien nos hallábamos siguiendo casi secretamente por los pasillos de la universidad a las “vacas sagradas” Héctor Manjarrez, René Avilés Fabila o Andrés de Luna, a ver si podíamos intercambiar tres ideas con ellos. Sin embargo,  Javier se distinguía del resto del rebaño porque entonces él ya no jugaba a ser el escritor-editor,  él ya era el escritor-editor y por ello no pocas veces se ganaba nuestras miradas turbias cuando irrumpía en las borracheras que organizábamos en algún departamento o cuartucho a los alrededores de la universidad. El joven Javier, de cabello crespo a la Aquileo, sonrisa franca, facha beatnik y el flow verborréico que enarbolan odiosamente los poetas, sobre todo cuando la hermosura de las mujeres está presente. Y decíamos:

  • Chin, ya llegó Moro. Ninguna nos va a hacer caso.
  • Pues es que además desde que trabaja para Herralde…
  • ¿Herralde, Herralde…el de…?
  • …sí, el de Anagrama.

El chisme se hacía leyenda. Cierta magia ha envuelto desde entonces la vida de Moro. A sus tiernos veinte años ya trabajaba para la icónica editorial Anagrama. Lo peor del caso es que, al platicar con él, indiscutiblemente te caía bien. Y entonces entendías la chispa de aquel muchacho, nacido en Colombia en 1976, aunque también mexicano por antonomasia; entendías que el asunto no era suerte, sino talento, tesón, trabajo y obsesión por el verso perfecto en su rebeldía. Viajero, aventurero, poeta, periodista, caminante incansable, resultó natural que pronto se alejara de terruños, grupos, personas y bohemias. Por años le perdí la pista, hasta que coincidimos en casa de Nahum Torres, director de Ediciones Periféricas, a raíz de la publicación de su poemario Generación perdida (Ediciones periféricas, 2021). Ya no somos párvulos, pero en las conversaciones rejuvenecemos y nos iluminamos, como pasa siempre con dos amigos que se reencuentran una y otra vez. La poesía de Moro es, como sucede con los rebeldes, casi inasible, pero algo de ella se ha podido imprimir. Además del citado libro, también ha publicado Mareas (Abismos 2013),  Selva Baja (Proyecto literal, 2018) y la novela Cocaína (Camelot América, México, 2018), aunque su trabajo se ha publicado en diversidad de antologías y revistas. Asimismo, es notable su trabajo como periodista cultural y entrevistador y en puertas viene un proyecto operístico. 

  • ¿Querido Javier, cómo fue tu transición de Colombia a México?
  • Llegué a la Cd. de México muy pequeño, muy niño, con cinco años. Llegué a vivir entre la colonia Peralvillo y Tlatelolco, que son los rumbos de infancia de mi padre. Una zona cercana al centro, que comparte y tiene una relación empática, cercana a Tepito. Una zona brava de la mega urbe, desordenada, gris, caótica, ruidosa de la urbe, que en los años setenta empezaba a desfondarse. Creo que llegué cuando la ciudad dejaba de ser la urbe semirrural de los cincuenta, sesentas para convertirse en la ciudad monstruo gobernada con mano corrupta por tipos como Durazo. Una ciudad con tragafuegos en las esquinas, una ciudad que era la escenografía perfecta de películas como Lagunilla mi barrio (barrio al que efectivamente iba desde muy pequeño, pegado a las faldas de mi madre, que ahora pienso estaba tan perdida y desorientada como yo) o de Los Panchitos. Llegué a una ciudad caótica, los últimos meses del gobierno de López Portillo. Creo que era el final de una época. Nací en Colombia, hijo de una madre que fue la primera universitaria en una familia de campesinos, sembradores de café en el Departamento (Estado) de Cundinamarca. Una zona de un verde lujurioso, como dirían algunos novelistas. Una zona con lluvias torrenciales, que alebrestan la humedad. Una zona con pequeñas pozas que se formaban en el verano. Una zona alejada del tumulto y del caos que era la Bogotá de mis recuerdos en esa época. Una zona de cielos azules profundos. El cambio fue brutal. Total. Supongo que ese fue uno de mis primeros quiebres, una de mis primeras fracturas.
  • ¿Qué densidad tiene Colombia en tu vida?
  • Por azares de la vida, dejé de viajar a Colombia a los nueve años. Seguía algunas noticias por televisión: La toma del Palacio de Justicia, los asesinatos de políticos, las tomas guerrilleras de las FARC, Pablo Escobar. Pero cada vez me alejaba más. Excepto cuando jugaba la selección de Colombia, del Pibe Valderrama, Rincón, Andrés Escobar. Muchos años después, a los veintinueve años, pude viajar, de regreso, impulsado por mi madre. Y ahí me cayó todo el peso de la nostalgia, de la tristeza, de las dudas. De ese azar que me cambió la vida, sin duda, pero que me dejó también la duda de quién podría haber sido yo si me hubiera quedado allá. A veces creo que en Colombia hay otro Javier, que tiene otra vida y otro nombre, que no es poeta, ni sufre como poeta. Tal vez algún día me lo encuentre en algún aeropuerto y lo reconozca. Pero sin duda, puedo decirte que allá están mis raíces y mis cimientos. El Javier que vive en México ama este país, y lo sufre, y lo reconoce como propio. Pero también me gusta pensar que hay que fluir, que el sentimiento de ser latinoamericano me viene dado por una suerte de azar que me permite conocer dos países, ser de dos países, amar a dos países, sufrir dos países.
  • ¿Qué densidad tiene México en tu vida?
  • Llegué a vivir a México muy pequeño. Empecé a recorrer el país muy pequeño, gracias al trabajo de mi padre. Conocí lugares, ciudades que siguen siendo muy importantes para mí, como Oaxaca, Taxco, Cuernavaca. Conocí pronto, gracias a que me gustaba jugar fútbol, la Ciudad de México, sus barrios, sus colonias, sus canchas. Desde pequeño me hice vago, o flâneur. Desde muy joven aprendí a amar esta ciudad, que nunca me ha dejado de sorprender, maravillar, asustar. Porque creo que nunca hay que perderle el miedo a esta ciudad, nunca hay que perderle el respeto a esta ciudad. Por supuesto, también gracias al trabajo de mi padre como guía de turistas, pude conocer el imponente pasado indígena y colonial. También, desde muy pequeño me hice un vicioso de la letra impresa. Leer fue, es, esencial para mí. Me gusta mucho leer historia, me gusta mucho poder conocer las diferentes historias regionales de este país que en muchos sentidos es muchos países a la vez. Me parece que conocer la historia nos permite conocer, entender mucho del presente que somos. Así que México también es parte esencial de mi ser. Pero aquí te contaré que después de ese viaje a Colombia que realicé a mis veintinueve años y que me reconcilió y me afianzó con mi pasado colombiano, regresé a México cuando el país iniciaba una mal llamada “guerra contra el narco”. Un error histórico. Y me asusté al ver las similitudes y los paralelismos de una política de represión que bañó al país de sangre. De ahí surge una línea de trabajo que he venido desarrollado a lo largo de estos años y que se vio cristalizado en el libro de Generación Perdida. Han sido años de mucho dolor en México que creo que desde la literatura había que intentar contar, narrar, cantar.
  • Aprovechando que ya la mencionaste, háblanos de tu reciente Generación perdida.
  • Generación Perdida es el resultado del miedo que sentí cuando regresé de la Colombia gobernada por Álvaro Uribe, en donde las autoridades, que deben ser los primeros en respetar la legalidad, cometían actos de desaparición forzada, como los llamados “falsos positivos” y la guerrilla, que decía combatir la crueldad de la oligarquía, se asociaba con el narco y secuestraba a mansalva. Cuando regreso a México, Felipe Calderón, que llegó a la Presidencia como todos sabemos, cuestionado por el fraude electoral del 2006, sacó el ejército a las calles para combatir al narco. Esa decisión me pareció desacertada y peligrosa. Conocemos el resultado, por desgracia. Así que desde hace varios años empecé a trabajar una serie de poesías que hablarán sobre el dolor de las víctimas, la tristeza, la violencia, las violaciones a los Derechos Humanos, la ignominia y el cinismo de las autoridades competentes. Fue un trabajo que se desarrolló durante varios años. Porque también me interesaba hacer un poemario que sirviera para hablar justo del paralelismo de la historia de México y de Colombia. Hay poemas, como Yermo, por ejemplo, que hablan del tema de desplazamiento forzado en Colombia, que escribí y trabajé después de leer sobre una comunidad de habitantes de un barrio de Ciudad Bolívar, una localidad de Bogotá. Estas personas llegaron desplazadas hasta esta zona alta, del páramo de Bogotá, en donde sopla un viento helado de los Andes. (Bogotá está a 3700 metros sobre el nivel del mar, el viento es helado y cala los huesos). Pero hasta esta comunidad precaria han llegado nuevos grupos de paramilitares a cobrarles cuota y a amenazarlos. Una de las frases que leí era justo ¿Y ahora para donde me voy? Si ya lo perdí todo. De ahí surge este poema. Pero este es un caso que podemos encontrar en Sinaloa o en Guerrero, con comunidades desplazadas por la violencia. Pero también hay poemas como Campos de Sorgo que abordan el tema de la violencia en el municipio de San Fernando, en donde asesinaron a los 72 migrantes. Es decir, quería abordar casos de violencia que sucedieron en diferentes partes del continente, para hacer un abanico de las violencias que nos cruzan. Por supuesto, no son todas, ni mucho menos. Por otro lado, había publicado el poema de Los Hipopótamos de Pablo Escobar en formato plaquette hace unos años, y el editor de Ediciones Periféricas consideró, con su buen ojo, que podría ser el poema que cerrara el libro, ya que es un poema irónico que nos muestra desde una perspectiva de los animales, esta violencia que nuestro continente sufre y sigue sufriendo.
  • ¿Has sentido vivir la diáspora?
  • Vivo con una nostalgia permanente, vivo con una sensación de división permanente. Una nostalgia que me asalta de vez en cuando por una Bogotá en la que viví poco y en la que no me siento del todo integrado cuando estoy allá. Alguien muy especial me dijo alguna vez que vivo con la nostalgia de lo que fui y de lo que pude ser. Sin embargo, creo que una de las venas que recorre mi vida y mi trabajo es el cuestionarlo todo, empezando por mí. Y en ese sentido, me he preguntado mucho qué significa tener una nacionalidad específica, y la historia nos enseña que en muchas ocasiones las nacionalidades han sido una construcción impuesta por una élite en un momento determinado. Y en ocasiones, me doy cuenta de que formo parte de una tradición de escritores colombianos, entre los que se encuentran Porfirio Barba Jacob, Fernando Vallejo que reniegan un tanto cuanto de su nacionalidad. Claro, a mí Colombia no me expulsó, sólo no me acoge del todo. Pero esa sensación también puede hacerse extensiva a México. Tal vez sea porque nunca estoy del todo en un solo lugar. Hace muchos años, una amiga de la universidad me dijo que le parecía fantasmal. Que aparecía y desaparecía. Creo que esa es una de mis esencias. No estar del todo nunca en un solo lugar. 
  • ¿Cuál es tu perspectiva de la literatura colombiana contemporánea?
  • La literatura colombiana está viviendo un momento muy interesante, pues vemos la consolidación de varias autoras, como Pilar Quintana, por ejemplo, reciente ganadora del Premio Alfaguara. O Piedad Bonett, que es una excelente poeta pero que también ya incursionó en la novela. Por supuesto, sabemos que los grandes premios y las grandes empresas no necesariamente nos hablan de la salud de una literatura como tal, pero creo que es un buen referente. Sin duda, el tema de la violencia pasada y presente también está muy presente. El tema de la soledad, la incomunicación, la incapacidad para entender y asimilarnos a una realidad sumamente violenta e intolerante. Colombia se está moviendo, desde mi perspectiva, a una sociedad más abierta al mundo, y eso nos les permite pretender formas menos violentas de convivencia. Pero lo cierto es que la historia reciente (60 años de guerra civil, con diferentes manifestaciones de paramilitarismo, guerrillas, bacrim, narcos puros, etcétera) marcan tanto la convivencia como a la misma literatura. Por otro lado, Colombia fue y sigue siendo un país de poetas. Por suerte, eso no ha cambiado. Se sigue escribiendo y publicando una poesía de enorme calidad. También existe una enorme cantidad de revistas y han surgido, poco a poco, editoriales independientes, que le dan vuelo a la producción literaria colombiana. Una de las cosas que lamento es no poder estar tan en contacto con la producción independiente colombiana.
  • Tú que tanto has participado con ellas ¿qué papel juegan las editoriales independientes en la literatura contemporánea latinoamericana?
  • La literatura latinoamericana es un océano amplio y profundo. Y en ese ecosistema las editoriales independientes son un eslabón necesario, indispensable para publicar, pero también (y esto es algo que me parece esencial recalcar) para dialogar con diferentes tradiciones literarias. América Latina fue durante las décadas de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado (otra vez la historia) un epicentro del libro. Los autores se escribían entre ellos, se compartían sus libros, los periódicos publicaban columnas de autores que residían en las diferentes capitales del continente. Había un diálogo intenso. Basta recordar que Cien años de Soledad se escribió en la Ciudad de México y se publicó en Buenos Aires, para darnos una idea de la cantidad de ideas, versos, párrafos que viajaban por los servicios postales del continente. Eso cambió a partir de la década de los años ochenta, cuando Barcelona se convirtió en el epicentro del libro latinoamericano. Los ojos de los lectores se fueron hacia el mediterráneo y las crisis económicas de los países latinoamericanos provocaron el cierre o la compra de varias editoriales míticas. Algunas, pocas, sobrevivieron. Pero poco a poco surgieron nuevos proyectos editoriales, tal vez más modestos, pero con una visión independiente, contestataria, radical, que se agradece. Las editoriales cartoneras son un gran ejemplo. Pero no son las únicas. En los últimos diez, quince años, el número de editoriales independientes en Ecuador, Chile, Perú, Colombia, Argentina (que me parece que es un país que se cocina aparte) han crecido de manera exponencial. Estas editoriales han revitalizado el diálogo entre autores y tradiciones literarias. Han revitalizado el intercambio entre las diferentes voces. Creo que en el ecosistema latinoamericano las editoriales independientes son la savia que lo nutre.
  • ¿Está devorando España al ámbito editorial, y por ende literario, de Latinoamérica?
  • Por desgracia para el gran mercado, sí. Muchos lectores, y eso seguramente los amigos editores lo podrán decir mejor que yo, se quedan en la gran superficie de las editoriales españolas o de los dos grandes grupos editoriales. Claro, la lectura es una disciplina y una práctica. Pero requiere tiempo y disciplina (y dinero y en muchas ocasiones, consejos) para llegar a bucear en otras áreas, en otras playas, en otros niveles. Ahí, por desgracia, la labor de los medios de comunicación juega un papel esencial. Pero desde hace muchos años, la relación entre grandes editoriales y medios es simbiótico. Hay que buscar en otros lugares para encontrar coordenadas. Esto a veces no es sencillo. Pero sí, creo que Barcelona y Madrid, son ahora los centros de la literatura de América latina y en muchos sentidos, el diálogo y la circulación pasa por ellos. Lo cuál es muy triste y eso es algo que debería cambiar, sobre todo tomando en cuenta los cambios en las formas y vías de comunicación que ahora tenemos, como por ejemplo, las redes sociales y el Internet, que deberían ser vehículos para que los autores y los lectores latinoamericanos nos pudiéramos conectar y compartir información, libros, ideas.
  • ¿Qué significa para ti la entrevista como género?
  • Para mí la entrevista me permite entrar de lleno a la labor de los artesanos de la palabra, significa poder conocer a profundidad la labor del artista, del escritor. Me ha permitido dialogar sobre sus motivaciones, sus obsesiones, sus temas, pero al mismo tiempo, sobre la fineza del trabajo del escritor. Soy muy curioso, desde pequeño, eso ayuda, pero también te puedo confesar que aluna vez entrevistando a Laura Restrepo me dijo es “que tú eres escritor, tus preguntas son de escritor.” Intento aprender, todo el tiempo. Otra amiga que respeto mucho también me dio un consejo que consideró esencial para la labor de periodista, porque me dijo que el entrevistador debe ponerse en el papel de los lectores, de las personas que no sabemos mucho del oficio. El entrevistador juega el papel del curioso, del que quiere aprender, del que desconoce el oficio de la escritura. La entrevista es uno de los géneros que más disfrutó porque conlleva dos cosas esenciales en mi vida: la lectura y la conversación.
  • ¿Qué densidad tiene en ti la narcocultura?
  • La narco cultura es un fenómeno que creo que hay que ver, observar, entender. Es un fenómeno complejo y difícil de asir, que depende mucho de orgullos regionales, de visiones, de formas de comprender el mundo, de las mismas historias complejas de las zonas en donde se ha desarrollado primordialmente este negocio. Que son históricamente regiones olvidadas o alejados por el Estado. No creo que mi poesía entre dentro de lo que se podría considerar “narco cultura” pero sí creo que aborda el tema de la violencia generada por el narcotráfico. Buscó que mi poesía sirva como documento histórico, como una visión del dolor, más que como una apología y creo que está ahí la diferencia. Recientemente estuve en Sinaloa un par de veces, y pude constatar la presencia ineludible del narcotráfico en la vida cotidiana de Culiacán y de Mazatlán. No es algo agradable, debo decir, pero es algo que está ahí, que no puede ser ignorado. Y que hay que entender, porque sin duda, apela a algo que las personas piensan y sienten. Pero no, sin duda, la “narco cultura” no es algo que tenga tanta presencia en mi obra.
  • ¿Cuál es tu perspectiva de la literatura mexicana contemporánea?
  • La literatura mexicana está viva y es sumamente diversa. Eso me parece muy alentador. Es un campo cultural complejo, que se desarrolla en varias capas, en varios niveles, con diferencias regionales, culturales, que la hace sumamente interesante. Por mi lado poético te puedo decir que, desde hace unos años, he logrado observar que se viene desarrollando una actividad poética independiente muy rica y compleja, como son los campos del Slam Poetry, la Poesía transdisciplinaria, en donde participan una serie de poetas como Karloz Atl, Cynthia Franco, Rojo Córdova, y un largo etcétera que me parece injusto no mencionar. Una literatura que además también pasa por una amplia gama de editoriales independientes, en donde debo mencionar a mi editorial, Ediciones Periféricas, como un ejemplo de trabajo serio, constante, para dar cabida a nuevas voces literarias, que van ampliando el campo literario. La literatura mexicana es, además, una literatura que se enriquece con las voces de los escritores de lenguas originarias, que recuperan y actualizan su cosmovisión. Me declaró aquí fan de poetas como Mardonio Carballo, Irma Pineda, y el largo etcétera de poetas de lenguas originarias que se van abriendo camino. Pero también la literatura mexicana se enriquece por la cantidad de proyectos independientes, que luchan todos los días: festivales, encuentros, revistas, fanzines, que nos dan cuenta de una diversidad enorme. Y por supuesto, tenemos a la literatura llamada mainstream, que también es una literatura muy valiosa, muy diversa, rica, que aborda cada vez más lo temas de la violencia de género, la violencia del narcotráfico, entre otros muchos temas contemporáneos, que nos dan cuenta de una sociedad también diversa, compleja. En fin, creo que la literatura mexicana continúa viva y sana.
  • Viene un proyecto operístico en puerta, querido Moro. ¿Puedes hacernos un proemio, digamos, una obertura, al respecto?
  • No puedo hablar mucho del tema por contrato y por cábala. (Recuerda que jugué fútbol muchos años.) Solo puedo adelantarte que desde hace un tiempo un amigo compositor de música de cámara ha estado trabajando con los poemas de mi libro Generación Perdida. Y eso para mí es una hermosa y grata sorpresa. Espero que en breve pueda tener más noticias. Seguro serás el primero en saberlo, querido amigo.
  • ¿Cómo eso de que fuiste (eres) futbolista y en qué momento el poeta ganó el partido?
  • Desde pequeño disfruté el juego, y tuve la suerte de que en la primaria salesiana en donde estudié, el deporte era más importante que el estudio. Jugar fútbol me permitió viajar y conocer algunas ciudades del país a los doce años. De ahí, un compañero y amigo, me invitó a jugar en las fuerzas básicas de un equipo odiado por todos. Jugué ahí, entrenaba de martes a viernes y jugaba sábado o domingo. Pero mis padres no me podían acompañar todos los días a entrenar. Mi madre pasaba por mí, llevaba la comida y el uniforme en el Datsun que manejaba y me dejaba en el metro Hidalgo. De ahí tomaba el metro hasta General Anaya y de ahí una pesera hasta Coapa para entrenarme. Esa fue mi rutina hasta los 17 años. De hecho, conocía la zona sur de la ciudad mucho antes de que entrara a la UAM. Una más de las hermosas coincidencias de la vida. Pero digamos, que viajar todos los días desde muy pequeño en metro, hizo que me enamorará más de esta ciudad loca en la que vivo. Y además me permitía leer. Desde muy pequeño he leído y he amado caminar, viajar, perderme en la ciudad. Guillermo Fadanelli lo dice mejor que yo en un ensayo que me marcó, en el que menciona que perderse en la ciudad es perderse un poco uno mismo. Y sin duda, mi carácter soñador se nutrió de esos viajes por el trasporte público de la CdMx. Y de ahí surgió y nació el poeta también. Dejé el fútbol, que aunque me encantaba, ya no me satisfacía del todo. Fue una decisión penosa, sobre todo para mi padre, que no veía futuro en las letras (ahora lo entiende y me roba libros), y fue cuando decidí que tenía que entrar a estudiar algo que me ayudara a escribir. Trato de ir al estadio, aunque ya no le voy al equipo que todos odian sino al equipo universitario que juega en el estadio más bello de la ciudad, que es el Olímpico universitario.
  • ¿Ha valido la pena la rebeldía, Moro?
  • La rebeldía siempre vale la pena. El mundo avanza gracias a la rebeldía. Y si no, que le pregunten a Eva y a los Ophitas.
  • ¿Cuál es tu perspectiva de la literatura latinoamericana contemporánea?
  • Creo que, al igual que la literatura mexicana, la literatura que se realiza en diferentes partes de nuestro subcontinente es una literatura muy diversa y compleja, que continúa enfrascada en sus propias luchas y disputas en contra de sus propias tradiciones. La literatura argentina es brutal, diversa. La literatura chilena está enfrascada ahora en la generación de grandes narradores, mientras sigue generando enormes poetas. La literatura peruana está en un momento similar, ya que es un país de enormes y talentosos poetas, pero también están creciendo narradores que nos cuentan de la terrible desigualdad histórica de su país y tratan de abordar la violencia generada en el siglo pasado por Sendero Luminoso y por la dictadura de Fujimori. Ecuador tiene enormes cuentistas; Colombia tiene ahora enormes narradores y una tradición poética profunda. De Venezuela conozco poco, lo mismo que de Bolivia, pero hay una tradición intensa en los dos países. Y Centroamérica y el Caribe son dos regiones que sorprenden por la diversidad de voces, tanto narrativas como poéticas que surgen y que podemos conocer. Cuba sigue siendo impresionante. Amó el Caribe y creo que de esa mezcla afro- indígena-española- occidental, surgen unas obras impresionantes.
  • ¿Sirven las becas y los premios en la vida de un escritor?
  • Sirven. Yo nunca he pedido una. He desarrollado mi carrera por fuera de las becas y los apoyos. Es difícil, sí, pero también creo que el Estado tiene una obligación por apoyar la creación artística. Así que, por supuesto, que creo que el sistema cultural mexicano debe existir, debe fortalecerse, debe cambiar algunas prácticas patrimonialistas (como muchas instituciones en el país), debe volverse más diverso, pero también debe ser manejado por fuera de ideologías.
  • ¿Qué significo para ti tan joven trabajar con Herralde y su Anagrama?
  • Muchísimo. Aunque debo aclarar que a Herralde lo conocí años después de que yo salí de trabajar en Colofón, que era la distribuidora de Anagrama en México en esos años. Y lo conocí en el Bombay, adonde lo llevaron Guillermo Fadanelli y Carlos Martínez Rentería, para un homenaje de la contracultura mexicana en pleno. Es un caballero, es un señor que conoce y ama la literatura, pero que también ama las ideas, ama entender los cambios culturales que sufre el mundo. Por supuesto que conocía Anagrama antes de entrar a Colofón. Es una editorial que marcó mis gustos, mis ideas, mis apetencias literarias. No sé qué sería de mí sin los Beatniks, sin John Kennedy Toole, pero también sin Nabokov, sin Michel Houellebecq. La segunda vez que vi a Herralde fue en el recital de poesía que organizaron los hermanos Arreola con el autor francés en Casa del Lago. Se acordó de mí. Herralde tiene una memoria impresionante. Es un editor que transformó el mundo editorial, y Anagrama es una editorial puntual. Trabajar ahí, unos pocos meses, debo contarte, además, me permitió conocer a autores mexicanos como Rentería, Fadanelli, Rogelio Villarreal. Es decir, a la crema y nata de la contracultura mexicana. Autores igualmente rebeldes y crudos, que abrieron para mí, joven universitario, que quería escribir pero que no conocía nada del mundo literario real contemporáneo, toda una serie de posibilidades, de opciones de vida, que, de algunas, muchas maneras, sigo profesando.
  • ¿Soplan de verdad Vientos del pueblo o vivimos puros baños de pueblo? O bien ¿qué papel ha desempeñado el Estado como editor?
  • Creo que el Estado tiene una obligación como promotor de la cultura, de la literatura, de las artes. Creo que el Estado mexicano ha cumplido hasta cierto punto con esta labor. Lo cumplió durante la segunda mitad del siglo XX con una labor editorial poderosa. En algunos momentos tratando de controlar ideológicamente la producción literaria (la salida de Orfila del FCE por la publicación de Los Hijos de Sánchez, es un ejemplo). En otros momentos apoyando a alguna capilla cultural sobre otras. Pero sin duda, el papel que jugó el Estado en la producción cultural fue esencial para que nuestro país fuera un epicentro.  Por supuesto, esto cambio desde finales del siglo XX (la era neoliberal, dirían por ahí) y el Estado se ha ido replegando, dejando en manos privadas la producción editorial y cultural. El problema, creo, es que mientras el Estado apoyaba la producción no apoyaba la creación de públicos lectores y consumidores. O por lo menos, no lo hacía de una manera tan entusiasta. Por lo tanto, las editoriales, los escritores, los poetas, nos enfrentamos a un escenario, en donde se produce, se edita, se publica mucho, pero no se consume con igual intensidad. Aún así, México es un país importante para la cadena de distribución y producción del libro de grandes empresas. Por algo será. Pero creo que el punto esencial de tu pregunta es, como dije anteriormente, que estos apoyos culturales deberán hacerse desde una visión despojada de ideologías. Es decir, que se apoyará a partir de la calidad de la obra y no por el apoyo a determinado proyecto político. Por supuesto, esto sería lo “ideal.”
  • ¿Qué pregunta le haría el Moro periodista al Moro poeta y qué respondería este último?
  • Me preguntaría sobre el valor del arte, de la literatura, en un momento tan crítico para el país y para el mundo. Y mi respuesta como poeta sería que, sin duda, la poesía no vale, no le importa a nadie, pero el gozo estético, el placer estético, no tiene un valor monetario y por eso son más importantes aún. Porque lo que vale en la vida no pesa, no se vende, se goza, se disfruta. Y eso, sigue siendo rebelde.
  • ¿Quiénes son los salvajes de ciudad Aka?
  • Los Salvajes de Ciudad Aka fue/es un colectivo de poesía multimedia, que se encuentra en estado letárgico, aunque a veces aparece, de acuerdo con nuestros deseos de golpear a las audiencias con poesía. Es un colectivo que conformamos el poeta y artista visual Carlos Ramírez Aka Kobra (uamero, como debe de ser) y un servidor. Empezamos a trabajar junto a otros colectivos de poesía hacia el año 2010, más o menos. Publicamos una plaquete que tiene el nombre del colectivo y otra en formato virtual y que lleva por título “Una palabra con nombre bala”. De muchas maneras, mi libro Generación Perdida es deudor de mi trabajo en el colectivo. Carlos es de Neza/Chimalhuacán y cruzaba la ciudad para llegar a la UAM – Xochimilco, algo que yo también hice cuando estudiaba, porque yo vivía en la Peralvillo. ¿Qué era lo que nos unía? Las enormes distancias de esta CdMx loca y enloquecedora, en donde se podía vivir la violencia o lo surrealista a la vuelta de la esquina. Platicamos mucho, fuimos compañeros de departamentos durante un tiempo en el mismo edificio en donde vivieron William Burroughs y Jack Kerouac en la Colonia Roma (casualidades hermosas de la vida) y plateamos que los temas que nos cruzaban eran esos: la violencia, la ciudad, el surrealismo, la vida en los barrios de la ciudad. Así surgió el colectivo, y trabajábamos los poemas para que fueran leídos en vivo acompañados con música electrónica y hip hop y vídeos. Durante un tiempo giramos por la ciudad y el Estado de México, acompañados por el Dj Tenoch40. Estuvimos en Morelos también. Varios años nos dedicamos a organizar eventos de poesía multimedia. Fue muy divertido y aleccionador. Sin un solo recurso, sin un solo peso, completamente autogestivo. Fue nuestra propia escena punk.
  • Por último, querido Moro, ¿qué sería de todos nosotros si fuéramos los hipopótamos de Escobar?
  • Me gusta pensar en los hipopótamos como seres libres, que no se doblan ante el poder, que les gusta viajar, que viven alejados de los seres humanos. Animales de piel gruesa, pero corazón débil, de apariencia tierna, pero en el fondo salvajes y violentos.
El poeta Javier Moro, los editores María Amor (Librosampleados) y Nahum Torres (Ediciones Periféricas), una invitada y el titular de esta columna, en alguna cantina canaimera
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Felipe Ríos Baeza | Un profeta en pandemia

¿Qué será la profecía, un género literario o teológico? Ambos, sería quizá la repuesta más prudente, pues si es verdad que la profecía se supone un ejercicio espiritual, un diálogo no pocas veces directo con Dios, también es cierto que, sin necesidad de profesar ningún credo, se pueden reconocer entre los legados más hermosos de la literatura antigua varios libros proféticos. Y no sólo del mundo antiguo, puesto que hasta bien entrado el siglo diecinueve, debemos obras literarias (ficción para algunos, para otros no) de notable factura. Pienso en las voluminosas visiones de Blavatsky. Aunque también es verdad que el “género profético” se fue diluyendo (como literatura virtuosa, no como fenómeno) en ese mismo siglo diecinueve,en buena medida a causa de la ciencia ficción que la fue devorando. Aún así, hay libros que siguen sonando a profecías, más cuando su aparición en el mundo coincide con las catástrofes que vislumbra. Y me parece que esto le ha sucedido al libro Infectados (que ha tenido a bien publicar la editorial mexicana Ediciones Periféricas) autoría del escritor Felipe Ríos Baeza (Santiago de Chile, 1981), la cual, por su reciente aparición en el mercado digital, nos ha servido de pretexto para esta entrevista que nos ayudará a comprender a este joven narrador chileno cuyas letras resultan tan interesantes para la literatura contemporánea de nuestra Canaimera. Ríos Baeza, además de escritor, se ha desempeñado como crítico, académico, comunicólogo y editor. Entre sus libros de ficción podemos contar la novela Clowns (Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla, 2015) y el libro de cuentos Satori (Rialta ediciones, 2018). Entre sus obras académicas destaca El desvarío ilustrado. Ensayos sobre literatura hispanoamericana contemporánea (Universidad Iberoamericana-Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2014). Infectados se puede conseguir en https://amzn.to/3oqhCoL.

  •  Felipe, ¿eres un profeta?
  • Ja, ¡los dioses, o el Yahvé de Moisés, me libren siempre de aquello! Creo más bien que el azar ha acomodado bien las cosas con mi novela. Si acaso tuviera alguna brizna de profeta, sería porque nunca lo fui en mi tierra, lo que es bueno en cierto punto. De todas maneras, creo que cualquier persona que se dedique a escribir, componer, pintar, etc., atraviesa el desierto, en algún momento de su vida, y sube a algún Sinaí para recibir algo a cambio. Pero en el caso de Infectados, las circunstancias fueron más peregrinas, nada sagradas: durante una cena con amigos, el 2016, recordábamos la contingencia y las medidas, igual de caóticas y absurdas que las del 2020, que el gobierno tomó cuando en 2009 cayó sobre nosotros la influenza AH1N1 (a la que sigo llamando, por todas sus connotaciones feroces y burlescas, “la porcina”). Debido a que esas medidas, como las de ahora, no hicieron sino aumentar la incertidumbre y el miedo, siempre pensé que ahí había un marco de referencia para una novela. Si te acuerdas, durante los primeros días de esa pandemia parecíamos estar dentro de una novela o de una película distópica; entonces tuve una primera imagen: un sujeto que está feliz de quedarse en casa con el televisor encendido, mientras el mundo se cae a pedazos. Eso me daba pie para que, paralelamente, contara otra historia, que también hablaba de una “enfermedad”: la de cómo la ficción del escritor apócrifo Virgilio Mondragón, personaje de Infectados, acababa influyendo en la vida cotidiana del narrador.
  • Platícanos de Infectados y cuál es tu sentir de verla germinar en estos tiempos turbios de pandemia.
  • Como mencionaba, la novela surgió en 2016 y tardé más o menos un año en escribirla. Sus temas (una pandemia más mediática que real; los efectos de una cuarentena en una persona que cumple a rajatabla con las medidas; la sátira al mundo académico; las reflexiones sobre el poder de la ficción literaria en la realidad, etc.) y su estructura (fragmentaria, metaliteraria) en realidad surgieron muy rápido. Lo que tardó más, como siempre me ocurre, fueron las correcciones a ese texto inicial. Suelo ponerme con demasiada seriedad por las mañanas la bata del Dr. Jekyll para tijeretear aquello que Mr. Hyde ha escrito durante las noches. Después, como le ocurrió a Clowns, también, Infectados tuvo que acumular algunos indispensables rechazos editoriales, hasta que una amiga escritora, Isa González, le comentó su trama a Nahum Torres, el editor de Periféricas, y acordamos finalmente publicarla en este contexto inmejorable.
  • Parece que algunos de los personajes ya habían nacido en otras de tus obras e incluso mencionas la novela en uno de tus cuentos de Satori, ¿estás en la construcción de una red en tus ficciones o lo hiciste sin ninguna intención precisa o acaso vas dejando pistas de algo mayor a tus lectores?
  • Siempre me han parecido fascinantes los proyectos de literatura y metaliteratura “total” de algunos escritores, como Vila-Matas, Bisama, Fabián Casas, Bolaño o el mismo Borges, donde los libros individuales son piezas de una estructura mayor, y que solo al verlos juntos te das cuenta, como la máxima de la Gestalt, que el todo es más que la suma de sus partes. Esa idea de que los personajes brinquen de una novela a otra, o que las historias empiecen en un relato y acaben en otro,es de las cosas más fascinantes de articular con rigor un proyecto literario. Pero claro, después hay que ir dándole coherencia y robustez. Digamos que la intención que mencionas está (por ejemplo, el alter ego, Federico Racine, pulula desde hace muchos años en relatos que han circulado de mano en mano o en la red), aunque, claro, a veces los resultados no son los que uno se propone.
  • Ediciones Periféricas se distingue por la calidad de sus ediciones impresas, sin embargo, las circunstancias le han llevado al mundo digital, me parece que con bastante éxito. Dime, Felipe, ¿cuál ha sido tu experiencia en este ámbito de publicación?
  • Muy positiva. Desde hace algunos años soy un lector muy entusiasta de libros electrónicos, aunque en un comienzo tenía el mismo prejuicio deformante de todos los lectores tradicionales: perder el contacto físico con el objeto libro, como si se tratara de una relación fetichista (escribir en los márgenes con tu letra, poner un boleto de metro como marcador, en fin, esas cosas medio naif de la lectura tangible). Creo que el e-book permite una distribución más amplia y los dispositivos en los que se lee tienen muchísimas ventajas, como el precio y la accesibilidad de catálogo. De todos modos, por supuesto que valoro el libro regular y que espero ansioso la edición en físico de Infectados este trimestre.
  • Jugando a los profetas ¿cuál será el futuro del libro impreso y la repercusión de lo digital en la literatura?
  • Es una pregunta enorme. Recuerdo que hace unos 10 años, en una de las universidades en las que trabajaba, se dio una discusión algo bizantina (como casi todas las discusiones académicas) en torno a esto, que yo intentaba zanjar como un debate mal planteado, un falso dilema: los nuevos formatos no solo permiten leer de otra manera, sino incluso crear literatura de forma diversa, y eso es positivo a todas luces. Por supuesto, el boom de la literatura digital y multimedia, la twitteratura y todos esos fenómenos ya son algo trasnochados hacia 2021, pero en su momento supusieron nuevos modos de escribir y de pensar el fenómeno literario. En mi caso escribo de modo más tradicional, pero leo en cualquier formato porque precisamente el formato es secundario. A finales del siglo XIX, un francés, Octave Uzanne, pensó que el texto impreso iba a desaparecer en pocos meses debido a que ya era posible grabar sonido. Estamos a más de un siglo de distancia, imagínate, y siguen los mesones de librerías a veces repletos de papel entintado y mal usado que probablemente nadie va a atender.Eso sí me parece más problemático: si de algo habría que preocuparse, entonces, no es del avance mordaz de la tecnología o del fin del libro, sino de la ramplonería de los contenidos de esos libros y su multiplicación hasta el infinito. De lo que se trata es que la mayor cantidad de gente tenga acceso a cultura de calidad y quienes más se plantean este asunto en tono apocalíptico son, a veces, los consorcios editoriales, porque están dejando de ganar. Jacques Derrida, que es una de mis lecturas recurrentes, tiene un ensayo llamado «El fin del libro y el comienzo de la escritura», donde el propio título creo que es elocuente. No, el libro no desaparecerá, al menos en décadas; y en caso de que el objeto desaparezca, qué importa: la literatura persistirá. En el peor de los casos, nos convertiremos en los hombres-libro de Farenheit 451.
  • ¿Cómo fue tu salida de Chile y porqué escogiste a México como destino?
  • La salida de Chile fue planeada y voluntaria, pero la venida a México sí que fue azarosa. Aunque no lo parezca, Chile es un país pequeñísimo, donde los circuitos de escritura, publicación e investigación literaria se jibarizan cada vez más. Eso, quiéralo o no, genera una sensación de asfixia. Así que más o menos a mitad de la carrera, comencé a ahorrar y a juntar becas porque estaba convencido de que saldría de Chile. Mi destino inicialmente era España. Estuve en Barcelona dos años, haciendo la primera parte de mi doctorado, y fue una bocanada de aire fresco. Ahí, en la insurrecta comunidad latinoamericana que armamos en la residencia universitaria, fue donde conocía una poblana encantadora. Digamos que llegué a México persiguiendo una mexicana, como podría haber llegado a Ecuador, a Bélgica o a Namibia si esa hubiera sido la nacionalidad de mi (ahora) esposa.
  • Tú has hecho un dilatado estudio sobre este tema, así que dinos ¿cuál es tu visión de la literatura latinoamericana contemporánea?
  • Pasa por un momento muy positivo; desde hace muchos años la crítica y la academia internacionales han tenido la mirada puesta en el continente por razones ya más estéticas que políticas, y eso es muy bueno. Pero creo que ahora mismo las grandes apuestas, las grandes innovaciones que abren nuevos caminos (post-Bolaño digamos), se están haciendo en el Río de la Plata: Mariana Enríquez, Luciano Lamberti, Fabián Casas, Samantha Schweblin, Hernán Ronsino, Mauro Libertella… son escritores que tienen proyectos personalísimos, a los que no les da reparo jugar con los géneros, como el terror, el policial o la ciencia ficción, y convertirlos en otra cosa. De otros países, la apuesta de Juan Cárdenas y Margarita García Robayo, en Colombia, y Mónica Ojeda en Ecuador (sobre todo con Mandíbula y Nefando, que se leen en tándem), es notabilísima). En Chile veo algunas voces interesantes, pero creo que aún no es posible sacudirse de encima una etiqueta muy perjudicial, que inventaron la década pasada: “la literatura de los hijos” (y después la “literatura de los nietos”). Se trataba de escritores, como Alejandro Zambra y Nona Fernández, que quisieron recuperar el lugar de enunciación de la infancia para contar su testimonio durante los años de dictadura; pero luego eso, en las generaciones posteriores, derivó hacia una fórmula muy improductiva desde mi punto de vista: narrar la infancia porque sí, en clave testimonial, que de literario tiene muy poco. Hay escritores alternativos a eso que me interesan mucho más, como Camila Gutiérrez o Iván Monalisa Ojeda, a los que les da igual insertarse en un sistema literario establecido; y otros, como Álvaro Bisama, que de hecho rompe todos los sistemas, incluyendo los propios, con una literatura veloz, anticanónica, muy de géneros B y muy auténtica. La literatura mexicana actual vive un gran momento desde el punto de vista editorial, aunque como lector me entusiasma menos. El trabajo de Guadalupe Nettel, Valeria Luiselli, Yuri Herrera o José Sánchez Carbó me siguen llamando la atención, así como el de Vivian Abenshushan, Verónica Gerber y Horacio Warpola, que son más experimentales.
  • ¿Qué es para ti la crítica literaria?
  • Una rama de la literatura (a veces una rama de la literatura fantástica). La crítica literaria manifiesta como ningún otro género uno de los procedimientos elementales de la creación textual, que es la del “injerto”, así como lo entiende Derrida. Es decir, siempre se escribe un texto (de todo tipo, crítico o de ficción), al alero de otro texto, haciendo comentario, alusión o calco de otros. De ahí que siga siendo fascinante la obra de alguien como Borges, por ejemplo, donde no existe distinción, en el plano expresivo, entre sus textos de ficción y de no ficción. Lo que resalta la crítica literaria es, pues, el sistema de ideas, dejando en segundo lugar los afectos, situaciones y personajes, justo al revés de cómo lo hace un texto de ficción.
  • ¿Qué piensas de la literatura actual chilena y qué papel juega en los recientes y drásticos movimientos socioculturales de tu país?
  • Creo que es muy pronto evaluar la literatura, o las manifestaciones artísticas, generadas a partir de octubre de 2019, porque esa evaluación sería negativa y oportunista (por ejemplo, pienso en Despachos desde el fin del mundo, de Alberto Fuguet, que acaba de aparecer: una crónica rápida de los acontecimientos y una evaluación aún más rápida de los mismos. Es de lo peor de Fuguet; el Fuguet descomunal está en Missing, por ejemplo, que es cuando se toma las cosas con más calma). Ese tipo de literatura me interesa poco, porque toda literatura coyuntural tiene fecha de caducidad. En cambio, lo que hizo, por ejemplo, Álvaro Bisama en “La lengua alien”, casi como corresponsal de guerra cuando testificaba los sucesos en el punto neurálgico de la protesta —Plaza Baquedano, hoy rebautizada Plaza Dignidad— me pareció más inteligente: un texto donde Bisama desaparecía detrás de las voces colectivas —como lo hace Svetlana Aleksiévich en sus libros​— y a partir de un catastro de graffitis, armó una suerte de “literatura de la calle”, consignas de distinta carga estética y semiótica, y que representan mucho mejor al Chile de los últimos 15 meses que todos estos textos que intentan hacer evaluación, crítica, sublimación artística, etc. Más que una literatura o un arte hecho expresamente para el 19-O, me interesa más el modo en que la obra de Raúl Zurita o de Nicanor Parra fueron resignificadas a la luz de la coyuntura. Por ejemplo, me tocó ver, mientras estuve en Chile antes de la pandemia, a una ex compañera de universidad, semidesnuda, subida en la estatua de Baquedano, con los senos pintados y con un megáfono, recitando y actuando poemas de Raúl Zurita. Fue brutal porque eso implica la posteridad (creo que en caso de que a Zurita no le den el Nobel podría irse a dormir tranquilo con ese homenaje). Lo que espero es que este remezón general, que ha traído de manera pareja asuntos tanto positivos como negativos, saque a los escritores chilenos del paradigma de “la literatura de los hijos y los nietos” y les provoque escribir cosas más estimulantes.
  • ¿Qué significa México para ti?
  • Todo. Explosión creativa, cromática, gastronómica. Verborrea feliz y mareante. Trabajo y familia. Posibilidad de recorrer un mundo que siempre pensé más ancho que aquel que veía desde el ventanuco de mi habitación de adolescente en Santiago de Chile. Es curioso, porque soy muy poco afecto a la literatura mexicana reciente; en cambio, estoy completamente inmerso en su idiosincrasia y su gente, al punto de que mi escritura y mi acento, como le pasa también a Fabio Morábito o le pasó al mismo Bolaño, ya están preñados de giros lingüísticos del centro de México y del bajío.
  • ¿Sigue prendiéndote el rock latinoamericano, como en tu Clowns?
  • No, ya no. De hecho, cuando escribí Clowns el tono que buscaba era justamente el de una nostalgia por el rock que ya se fue; ese rock que en Chile arranca a mitad de los 80s, con Los Prisioneros, y se extiende más o menos hasta el 2000. En esos años de colegio se produjo algo así como una supernova de bandas extraordinarias, en un país regularmente pequeño y modesto. Aún recuerdo la sensación de encender el radio por las tardes, después de hacer la tarea, y oír los primeros discos de Los Fiskales, Machuca, Paniko, Santos Dumont, Los Tres, Lucybell, Canal Magdalena, entre otros, lo que suponía estar viviendo un momento totalmente inédito. Esa hondura compositiva ya no volvió a darse y, lamentablemente, esas mismas bandas, y aún más las nuevas, reciclaron fórmulas. Creo que la salvación de la música rock latinoamericana está en el metal (Sentencia, Split Heaven, Cemican), pero eso daría para otra entrevista.
  • En tu opinión ¿a qué obedece el boom de escritoras latinoamericanas que se ha dado en estos últimos años?
  • Creo que son varios los factores que inciden: uno, innegablemente, es el contexto editorial propicio para ello y la disposición de la academia para hacer rescate y valoración con otros criterios más frescos que los de los estudios de género tradicionales. Pero rápidamente este boom se hubiera apagado si no existieran escritoras, que ya mencioné (Ojeda, Schweblin, Enríquez, Nona Fernández), y que tienen un proyecto con riesgo y hondura que seguro perdurará.
  • ¿Son imprescindibles los reflectores y la mercadotecnia para alcanzar notoriedad como escritor o sigue vigente la magia del destino y la buenaventura?
  • En el campo literario no existe el destino y la buenaventura. Digamos que eso, desde Pierre Bordieu, ha quedado claro: hay circunstancias, tomas de posición, entornos de academia, de crítica y de editorial, que en un momento dado provocan que una obra valiosa, del pasado o del presente, se encumbre. Nunca olvidemos que la figura de un “autor” se construye, es una noción funcional, independiente del sujeto que teclea o toma un lápiz, y que ayuda a generar un mínimo marco de recepción. Esto funciona por igual para un rockstar tan sobreexpuesto como Salma Rushdie como para Thomas Pynchon, el más sensato de todos. Aunque, para qué mentirte: la imagen de un escritor entregado a su proyecto, que le da igual la comercialización de sus libros, me sigue resultando encomiable y hermosa. Ahí el prototipo es John Cheever, que se despedía de su esposa todas las mañanas fingiendo ir al trabajo, bajaba al cuarto de lavandería donde tenía una máquina de escribir, se echaba ocho horas y luego subía, como sin nada. Es delirante, pero hay que ser así de delirante para dedicarse a una pasión inútil como ésta.
  • Prosiguiendo con tu vena académica, y sabiendo que también es una figura a la que has estudiado ¿cuál piensas que es la densidad de Roberto Bolaño en los escritores contemporáneos latinoamericanos?
  • Fundamental, sin duda. En un momento, durante el siglo XX, todos los escritores debían pasar por el desfiladero de Borges o de Cortázar o de Octavio Paz, aunque solo fuera para refutarlos. Y desde finales del siglo es Bolaño quien poco a poco va ganando ese centro del sistema literario y se convierte en sí mismo en un canon, siendo lectura obligada. Los marcos de exigencia, y de semejanza o diferencia literaria, los fija él, sin duda, sobre todo a partir de Los detectives salvajes pero aún más con “La parte de los crímenes”, de 2666. Nadie ha vuelto a escribir como él. Por supuesto,es contraproducente evaluar la literatura actual desde la porción de la obra de un solo autor; pero es lo que sucede y resultará inevitable por algunos años más.
  • Tuviste la oportunidad de vivir en Barcelona ¿Cómo se mira desde España, literariamente, a la Latinoamérica actual?
  • Mi estancia en Barcelona fue breve, en realidad, aunque su impacto demoledor. Entre el 2005 y el 2007 fui testigo de que la literatura latinoamericana ayudó y ayuda a los españoles a salirse de ese realismo gris franquista y post-franquista. Cuando estuve allí aún se llevaban a cabo cursos sobre la trascendencia del boom, por ejemplo, y los mismos profesores nos preguntaban qué pensábamos de gente como Cortázar o Donoso o García Márquez (no se creían que hubieran surgido ahí, en nuestros países, como una anomalía, esos individuos beta malformados). La evaluación positiva de nuestras letras en España es total: son tremendamente receptivos a todo lo que viene de este lado. Pero pensemos también que los grandes consorcios editoriales están ahí y, como hablábamos antes, esos consorcios construyen, a veces con demasiada ansiedad y poca sutileza, la nueva narradora o narrador latinoamericano, heredero del boom, que provocará, por un lado, un viraje en el curso de las letras en español; y por otro, la posibilidad de que el lector se lleve su libro en pasta dura en agosto a la playa.
  • ¿Cuál es tu sentir con respecto a las editoriales independientes?
  • Ante la máquina acorazada de los grandes consorcios, para usar una metáfora de Lamborghini, me parece que son la posibilidad de oxigenación y frescura para las personas realmente interesadas en leer. En una editorial independiente aún existen editores que realmente(y esto ya es para ponerse a llorar) leen tus libros y comparten contigo un café o una copa para comentarlos. Eso ya nadie lo hace. Al menos con los editores independientes que he trabajado mis novelas y volúmenes de cuentos, como Carlos Aníbal Alonso y Nahum Torres, percibo su vocación como auténtica: saben que están apostándolo todo a algo que les traerá más perjuicios que beneficios, sobre todo en lo económico. Por otro lado, Rialta y Periféricas son mis casas editoriales actuales y uno siempre debe estar agradecido que dieran a conocer libros raros como los míos.
  • Por último, Felipe, y aunque parezcan versos de Raúl Zurita, ¿habitamos en el terror? ¿Nuestro planeta es el terror? ¿Nosotros provocamos tal terror?
  • En efecto parecen versos de Zurita. Pero como lo planteas, me parece, también, como si el terror fuera uno de los elementos naturales de todo planeta habitable. Nos han enseñado el escepticismo a golpes, más aún en nuestros países, y es difícil creer ya que la emancipación humanase produzca de modo espontáneo y civilizado. El terror está ahí, siempre: un agujero enorme al centro de la habitación en la que alguien escribe, toca el piano, hace el amor o cría a sus hijos. Sería intolerable para la vida cotidiana estar todo el tiempo asomándose a ese agujero; pero para el arte es fundamental. Pensemos en Goya, por ejemplo; o las performances de Gina Pane o algunos pasajes de novelas de Joyce o de Faulkner: es gente que se ha asomado a ese agujero y ha intentado darle forma al horror para tolerarlo. Pero bueno, tampoco nos pongamos tan tremendistas: volviendo a Zurita, recuerdo unos versos que podrían postularnos una salida amable: «Nací bajo Pinochet, viví bajo Pinochet, / morí bajo Pinochet. Pero te quería yo / tanto que hasta no me parecía tan malo».