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Ensayo Glosolalia articulada

Neil Gaiman | Entre fantasía absurda y realismo mágico

Neil Gaiman es un autor polifacético que va desde la estructura de los cómics hasta documentar a través de un reescritura, la mitología nórdica, también es una figura que se encuentra muy vinculada al cine: han adaptado Stardust, Coraline, How to talk to girls at parties así como colaboraciones en guión: Beowulf y la adaptación al inglés de Princesa Mononoke, y cada vez aparece más en la pantalla chica, Good omens y American gods tienen ya su adaptación en Amazon Prime y, antes de la pandemia, se había anunciado una adaptación de The Sandman.

Sin haber leído toda su bibliografía creo que he leído lo suficiente para ver un tema común del autor, por una parte se encuentra su apasionante búsqueda por las mitologías del mundo, en American Gods explota esta indagación así como su spin-off, Anansi Boys. En la co-escritura con Terry Pratchett Good Omens también denota el trabajo de documentarse con la mitología popular que es la católica, cosa que también hizo en The Sandman conjeturándola con la mitología griega. 

El humor absurdo y lúdico también lo explota gracias a que tiene una vena en la literatura infantil o esta suerte de narrativa a la que se le etiqueta como juvenil. Sí, en Good Omens se nota la pluma del humor absurdo del creador de Discworld Terry Pratchett (quien parodia y satiriza el universo de Tolkien con magos incompetentes, borrachos y turistas perdidos en un mundo que no les compete); no se puede decir que Gaiman sea un autor del absurdo per sé aunque se han notado estas influencias, especialmente en su libro “infantil” Fortunately the milk, un disparate de aventuras burlándose de un papá que no regresa a su casa porque “salió a comprar leche”. 

*

Como un milenario educado por el internet, en momentos de ocio sólo se juega con el buscador de google en donde, queriendo que esta plataforma me recomiende libros, busqué <<realismo mágico>>. El buscador no me dio las respuestas que buscaba y no tenía gran certeza o simplemente no coincidía con lo que yo considero realismo mágico, no obstante, una de las recomendaciones fue El océano al final del camino. Libro que ya había leído y que, por cierto prejuicio que se tiene de acomodar los libros por autores y no necesariamente por el género, no había pensado en que este libro perteneciera junto a Baricco o Petrovic (considerando que el Realismo Mágico de la generación del Boom se cuece aparte), sin duda leí algo distinto a lo que estaba acostumbrado de Gaiman, cuya odisea comencé con American Gods.

Sin duda alguna, el cerebro de Gaiman es una explosión de mundos que logra esclarecer para poner en tinta y papel un pastiche de narrativas que puedan coexistir en el mismo cuerpo de la novela, una narrativa muy ambiciosa. 

El océano al final del camino resulta ser muy personal, cosa que, a pesar de que el autor puede llegar a asomarse entre sus páginas, aquí parece una novela nostálgica que comienza con un personaje adulto regresando a su lugar de infancia, como si el mismo Gaiman hubiese regresado a aquella granja de los Hempstock. 

Sin ir hacia la mitología y la magia con personajes poderosos, este relato contiene una sutilidad bastante bella que parece que el libro, tomando otro camino del canon de su literatura, se convierte en realismo mágico. Cuando el narrador se trata de un niño, los elementos mágicos tienen un carácter subjetivo, a diferencia de un narrador omnipresente que no está contando recuerdos.  

El protagonista, un niño de siete años, sin nombre, ya no se encuentra en el meollo de una odisea como Shadow Moon (American Gods) quien, de repente, sin mucho aviso, tiene que lidiar con un duende bastante alto, una esposa “zombie” y el mismo Odín. Este protagonista anónimo es fanático de la saga de C.S. Lewis, Narnia, así que ya no hay un protagonista inmerso en el género de fantasía, sino que lo lee, y la mitología se encuentra como un canto mitológico, las Hempstock son quienes cuentan sobre la edad de aquél recinto —y—, Lettie Hempstock, aquél amor platónico de su infancia, dice que el pozo de la granja es el océano. 

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A pesar de que en Coarline ya había jugado con la metáfora y la magia (me parece que es dentro de esta ambigüedad en donde se distingue el realismo mágico), en El océano al final del camino   juega con el olvido y el recuerdo y, aunque aparezca la magia de manera explícita, a través de seres inverosímiles, no la explota de tal manera como lo hace con barcos voladores, ciudades subterráneas, reinos del sueño, seres inmortales, ángeles y demonios siendo amigos (tal vez amantes) o piratas intergalácticos. 

Tal vez cuando tenga una bibliografía más recorrida de este autor pueda encontrar más realismo mágico o confirmar que su canon es, en efecto, tal fantasía que ha trabajado por su evidente gusto a las mitologías. Éste, no obstante, se trata de un libro nostálgico en el que Gaiman se asoma y se desnuda como escritor tergiversando sus recuerdos de la infancia y dedicándoselo a su esposa, tal vez siendo el libro más personal de Gaiman. 

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Círculo de lectores Narrativa Nuestra memoria

Giovanni Papini | La ciudad abandonada

Tien-Tsin, 13 diciembre

Relato originalmente publicado en Gog (1931).

La ciudad más maravillosa que he visto en toda el Asia es sin duda alguna aquella que descubrí, una noche de octubre, al oriente de Khamil, en pleno desierto.

La caravana de camellos reunida con gran trabajo en Turfan, era demasiado lenta para un hombre habituado, en América y Europa, a la rapidez de los trenes de lujo. Además, los conductores mongoles de camellos se me habían hecho odiosos en las tres etapas, durante las cuales había tenido que dominarme para no fustigar a los más desaprensivos. Al llegar a Khamil, con la excusa de hacer nuevas provisiones, parecía que ya no se querían mover de allí. Desesperado al verme detenido en aquella puerca ciudad donde no tenía nada que hacer ni que ver, pregunté al jefe de los sirvientes, Ghitaj, si era posible marchar adelante a caballo, para esperar a la caravana en pleno desierto.

A la mañana siguiente dejamos la repugnante Khamil montados en dos caballos peludos y pequeños, pero rapidísimos, y corrimos hacia el Este.

El aire era frío, pero sereno. La pista se alargaba casi recta entre la hierba corta y dura de la inmensa estepa. Cabalgamos muchas horas en silencio, sin encontrar alma viviente. Al recuesto de una duna arenosa hicimos alto para comer el carnero asado que llevábamos. Ghitaj consiguió hacer un poco de fuego con las malezas y me ofreció la bebida famosa de los mongoles: el té con manteca fundida. Los caballos pacían bajo el sol blanco. Reanudamos la carrera hasta el crepúsculo. Ghitaj decía que junto al camino debíamos encontrar un campamento de pastores de caballos. Pero no se descubría ninguna humareda en parte alguna del horizonte. En el crepúsculo, todavía límpido, se distinguía aún la pista. Una luna casi llena se elevó, a Levante, sobre la línea de la llanura.

Los caballos ya daban señales de cansancio. No podía hacerse nada más que seguir. Volver a Khamil significaba deshacer todo el camino que habíamos hecho, es decir, cabalgar durante toda la noche. Ghitaj continuaba espiando en la polvareda blancuzca de la inmensidad una señal del campamento, que según él, debía hallarse cercano. La luna se había elevado y los caballos relinchaban; se levantó el viento gélido de la noche, no contenido por los montes ni por las plantas. De cuando en cuando, Ghitaj se detenía para escuchar y para beber algún sorbo de vodka. Ninguna tienda, ningún rumor, ninguna voz. Miré el reloj: eran las diez. Hacía dieciséis horas que cabalgábamos. Los caballos marchaban al paso y temíamos que, de un momento a otro, se tendiesen en el suelo, agotados.

De pronto se levantó ante nosotros, a una media milla, una larga sombra alta, maciza, rectilínea. Ghitaj no supo decirme de qué se trataba. En algunos puntos la sombra se elevaba recta, como una torre. Conforme nos acercábamos, más seguro me parecía que se trataba de las murallas de una ciudad. Ghitaj, más taciturno que de costumbre, no respondía a mis preguntas.

No me equivocaba. En la blancura velada de la luna otoñal, se alzaba ante nosotros la cinta inmensa de una alta muralla, con sus redondas atalayas. ¡Una ciudad!

Me sentí feliz. Aquellas murallas significaban un cobijo, un albergue, una cama, la salvación. Pero Ghitaj permanecía siempre callado y no me pareció muy satisfecho de hallarse allí. Le pregunté el nombre de la ciudad, pero no quiso decírmelo.

—Es mejor no entrar —me dijo de pronto.

No comprendí. Había llegado ante una puerta altísima, de vieja madera, constelada de grandes clavos de hierro. Se hallaba cerrada. Golpeé con la culata del fusil. Nadie contestó. Ghitaj se había apeado del caballo y permanecía de pie, meditabundo.

Viendo que nadie abría, pensé en dar la vuelta a la muralla para encontrar otra puerta. A una media milla, entre dos torres, se abría una vasta bóveda vacía, especie de boca de un agujero. Entré allí dentro, pero después de haber dado unos veinte pasos el caballo se paró. En el fondo del arco aparecía una puerta cerrada. Mis golpes quedaron sin contestación. No se oía ningún rumor más allá de los batientes gigantescos.

Salí de nuevo para continuar la vuelta al recinto. Las murallas se alzaban siempre altas, vetustas, desiguales, hoscas, como una escollera que no tuviese fin. A poca distancia de la puerta grande se abría una poterna poco aparente, pero visible, porque sobre ella aparecían esculturas de mármol ennegrecido: me parecieron, a la luz contusa de la luna, dos serpientes antropocéfalas que se besasen. Estaba cerrada como la otra, pero haciendo fuerza parecía que cediese. Ordené a Ghitaj que me ayudase. A fuerza de golpes de hombro los dos batientes de madera podrida se desencajaron y resquebrajaron.

Pero Ghitaj no quiso entrar conmigo. No le había visto nunca tan abatido. Se tendió en el suelo, con la cabeza apoyada en la muralla, y sacó una especie de rosario.

—Ghitaj espera aquí —dijo—. Ghitaj no entra. Usted no debería entrar.

No le escuchaba. Mi caballo estaba cansado, pero parecía que la proximidad de aquellas construcciones le había dado nuevo vigor. Entré en un laberinto de calles estrechas, desiertas, silenciosas. Ninguna luz en las puertas, en las ventanas: ninguna voz, ningún signo de vida. Todas las salidas estaban cerradas. Las casas eran bajas y, a lo que me pareció, pobres y de deplorable aspecto.

Llegué a una plaza vasta, inundada por la luz de la luna. Alrededor me pareció percibir una corona de figuras, demasiado grandes para ser hombres. Al acercarme vi que eran estatuas de piedra, de animales. Reconocí el león, el camello, el caballo, un dragón.

Las casas eran más altas y más majestuosas, pero cerradas y mudas como las otras que había visto antes. Probé de llamar a las puertas, de gritar. Ninguna puerta se abría, nadie respondía. Ni el rumor de un paso humano, ni el ladrido de un perro, ni el relinchar de un caballo, rompían aquella taciturna alucinación… Recorrí otras calles, desemboqué en otras plazas: la ciudad era, o me lo pareció, grandísima. En un torreón que se alzaba en medio de un inmenso claustro me pareció columbrar un resplandor de luces. Me detuve para contemplar. Un batir de alas me hizo comprender que se trataba de una bandada de aves nocturnas. Ningún otro ser viviente parecía habitar la ciudad. En una calle vi algo que blanqueaba en un pórtico. Me apeé del caballo y a la luz de mi lámpara eléctrica reconocí los esqueletos de tres perros, todavía unidos al muro por tres cadenas oxidadas.

No se oía en la ciudad desierta más que el eco de las cansadas pisadas de mi caballo. Todas las calles estaban embaldosadas, pero, según me pareció, crecía muy poca hierba entre piedra y piedra. La ciudad parecía abandonada desde hacía pocas semanas, o, todo lo más, desde pocos meses. Las construcciones se hallaban intactas; las ventanas de postigos barnizados de rojo, cuidadosamente cerradas; las puertas, apuntaladas y atrancadas. No se podía pensar en un incendio, en un terremoto, en una matanza. Todo aparecía intacto, pulido, ordenado, como si todos los habitantes se hubiesen marchado juntos, por una decisión unánime, con calma, a la misma hora. Deserción en masa, no destrucción ni fuga. Encontré de pronto en el suelo un jubón de mujer y un saquito con algunas monedas de cobre. Si me detenía de pronto para escuchar, no oía más que el roer de las carcomas o el escarbar de los topos.

Cabalgaba por las rayas geométricas que formaba la luna entre las sombras desiguales de las construcciones. Llegué a un palacio, enorme, de ladrillo, que tenía el aspecto de una fortaleza y había sido, tal vez, un alcázar o una prisión. En el portal mayor, dos colosos de bronce, dos guerreros cubiertos de armaduras mohosas, dominaban como centinelas de los siglos muertos, mirándose fieramente desde el fondo de sus cuencas vacías.

Y entonces comencé a sentir el horror de aquella ciudad espectral, abandonada por los hombres, desierta en medio del desierto. Bajo la luna, en aquel dédalo de callejones y de plazas habitadas únicamente por el viento, me sentí espantosamente solo, infinitamente extranjero, irrevocablemente lejano de mi gente, casi fuera del tiempo y de la vida. Me sentía sacudido por un escalofrío, tal vez de cansancio y de hambre, tal vez de espanto. El caballo caminaba ahora muy lentamente, con el belfo hacia el suelo, y de cuando en cuando se detenía y temblaba.

Conseguí, por fortuna, encontrar la poterna por donde había entrado. Ghitaj, envuelto en la pelliza, dormitaba. A la madrugada divisamos una humareda lejana: era el campamento que creíamos poder encontrar la pasada noche. Mi caravana llegó dos días después.

Nadie, en toda la Mongolia, ha querido decirme el nombre de la ciudad deshabitada. Pero con frecuencia, en Tokio, en San Francisco, en Berlín, vuelvo a verla como un sueño terrorífico, del cual, tal vez no se desearía despertar. Y me siento punzado por la nostalgia, por un gran deseo de volverla a ver.


Giovanni Papini, (Florencia, 1881 – 1956) Escritor y poeta italiano. Fue uno de los animadores más activos de la renovación cultural y literaria que se produjo en su país a principios del siglo XX, destacando por su desenvoltura a la hora de abordar argumentos de crítica literaria y de filosofía, de religión y de política.


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Narrativa

Francisco Alejandro Méndez | Míster Winston

1

Natalia respondió con una afirmación y con plena seguridad a todas sus preguntas. Tras analizar su currículum, el gerente administrativo le sonrió atravesando sus negros ojos con un dejo de malicia. Le estrechó la mano y le brindó la cálida bienvenida. Con esa sonrisa equina de hombre de negocios le expresaba que a partir de ese momento formaba parte de la familia: una prestigiosa empresa de localizadores con innovaciones en todo el mercado centroamericano.

Ella era una muchacha soltera, pero con la intención de formar en un futuro no muy lejano un hogar con su novio, Joaquín, un universitario que repetía por segunda vez el primer semestre de zootecnia en la Universidad Nacional.

Por supuesto que en el cuestionario contestó que sí, cuando le preguntaron si estaba segura que en los próximos tres años no tendría hijos. Su madre le enseñó desde pequeña que las mentiras piadosas tienen vigencia. El padre, que la abandonó cuando su cuerpo se estremecía en el primer día de su adolescencia, la conminó siempre a mentir cuando se tratara del honor, prestigio y solvencia de la familia.  

Sin embargo, esa tarde, cuando tiñó de rojo el centro de las sábanas de su cama, supo por palabras de su madre, que Papi no regresaría más a la casa. Nunca le guardó rencor a pesar de que su madre insistía en que era un malparido, que se marchó con una muchacha que sin cumplir los 18 años llevaba en su vientre, lo que sería siete meses más tarde, un hermano solo de parte de Papi, como le explicaba entonces a las compañeras de clases.

A Natalia ese recuerdo la abordó cuando colocó una X en el inciso A, donde le preguntaban si tenía cargas familiares: 1, un hermanastro, aclaraba.

Cuando su padre abandonó a Yamilet, la madre de su medio hermano, esta vez en un barco bananero con destino a Miami, Natalia suplicó a su madre para que se quedaran con él, quien recién había cumplido 8 años. Yamilet lo llegó a ofrecer por no más de trescientos dólares. Había tomado la determinación de viajar, primero a Guatemala, donde le ofrecieron trabajar en un prostíbulo, luego a México con destino directo a Tijuana, donde estaría a un paso de San Diego, la puerta que recibe a todos aquellos que quieren subirse al tren del American Dream.

2

Le correspondió el turno nocturno en la oficina. Así le sucede a las nuevas, le explicó Olga. Ella fue la que le ofreció el rápido curso de inducción. Su escritorio era muy pequeño. Una computadora conectada a una línea telefónica, un audífono con micrófono, un pequeño cuaderno y su silla giratoria eran sus herramientas de trabajo.

Le asignaron la clave 21 y le sugirieron que contestara con total amabilidad: buenas noches, soy Natalia, para quién es su mensaje, con mucho gusto.

La primera llamada la recibió a las nueve de la noche: por favor para míster Jhon F. H. Winston, con el número de unidad 34321. ¿Cuál es su mensaje? Qué ojos tan hermosos los tuyos, te amo, de parte de Verónica.

Unos minutos más tarde entró el segundo para la misma persona: dichosa yo de ser tuya, te amo por sobre todas las cosas, Enma.

Natalia sonrió al transmitir sendos mensajes, pero consultó a Olga acerca de las restricciones de la compañía y las políticas para la transmisión de los telemensajes. Ella respondió que la empresa se caracterizaba por la total libertad, pero toda vez, y eso se lo remarcó con el ceño fruncido, que tuvieran un remitente: mensajes anónimos o de seudónimos no se enviaban.

Natalia tomó un poco de café. Bebió con prisa para acabar con el sueño. Ella tenía costumbre de dormir temprano, pero a partir de ese día saldría a la una de la madrugada de la oficina.

Por favor, un mensaje para la unidad 34321, qué ganas de estar con vos a todas horas, Nineth (por favor operadora 21, puede repetir dos veces el mismo mensaje), con mucho gusto, buenas noches.

Recibió dos recados más, pero no como los anteriores, eran emergencias médicas y para un supuesto periodista, que se dirigiera hacia el lugar donde había ocurrido un accidente.

Natalia estaba a punto de entregar el turno cuando recibió un último mensaje para míster Winston: nunca conocí a alguien con esos ojos y ese calor como el tuyo, Verónica.

Cogió un taxi para su casa. El piloto la veía a través del retrovisor con los ojos bien abiertos y casi asustados. Le recordó un caballo que montaba en El Chompipe, una finca donde la llevaba Joaquín a vacunar bestias o a castrar toros. El taxista sacudía la cabeza como si tuviera animales en las crines. Natalia pensó que quizá habría tomado alcohol. De cualquier manera llegó sin novedad a su casa.

Antes de dormir recordó los mensajes para la unidad 34321. Intentó imaginarse a míster Winston, pero el sueño la venció. Una sonrisa se le dibujó en su rostro, antes de quedarse profundamente dormida.

3

Cuando viajaba en bus hacia la oficina, Natalia observó con más atención los cafetales, las casas, los puentes, especialmente a los hombres que portaban un localizador. Se dijo a su fuero interno que más le valía a Joaquín terminar pronto su carrera porque ella quería comprar un terreno cerca de la finca El Chompipe.  

Le encantaba la vida del campo, los caballos, el bosque, bañarse en el río, ponerle leña a la chimenea. Le fascinaba hacer el amor sobre la copa de un árbol con Joaquín. Por todo lo anterior se había decidido a trabajar duro para ahorrar plata y, junto a su pareja, alcanzar esos sueños. Su hermano podría ir a vivir con ellos, a él le encantaba montar.  

Justo ahora que estaba llegando a la oficina recordó que dentro de su bolso había metido una foto de Fernandito, montando un caballo negro azabache. En esa ocasión ella llevó al chiquillo a la finca. Don Albin, el dueño, ante la insistencia del pequeño lo dejó montar a Tornado. Como fue un día histórico decidieron tomarle un foto. Fernandito salió con un aire triunfador. El caballo se veía imponente, con ojos de lascivia y un halo de bestialidad sexual. Natalia no se atrevía a ver la cara del animal.

Buenas noches, por favor un mensaje para la unidad 34321: qué tirada, me estremeciste como nunca nadie lo había  hecho, Enma. Para la 34321: espero que tu noche sea tan especial como tu día, tuya, Nineth. 

Natalia sintió un cosquilleo dentro de su vientre. Recibía otros recados sin trascendencia, pero los dirigidos a míster Winston eran fabulosos. Además provenientes de numerosos nombres de mujeres, no solamente de uno. Ese gringo ha de ser un bicho en la cama, se dijo, pero se sonrojó al pensar así, porque ella, cuando se refería al sexo, solamente lo hacía pensando en función de Joaquín. Otra llamada la interrumpió: qué polvo, ruego a todos los dioses del firmamento que te den mucha vida, que te alcance lo suficiente para hacerme feliz una y otra vez, Verónica.

Natalia realizaba su turno con otras dos compañeras, Susana e Ivonne. Ellas la recibieron con aquella camaradería y solidaridad, típica de salón de belleza. No se atrevió a hacerles comentarios sobre las llamadas que recibía para míster Winston. Uno de los decálogos de la empresa era la total privacidad de los mensajes. Se llevaba un control con códigos. Era estrictamente prohibido discutirlos con las demás.  

Susana sonreía excesivamente cuando recibía un mensaje. Su escritorio estaba ubicado al lado derecho del de Natalia. Alguna vez comentó que tenía un hijo, pero prefería no hablar del padre de la criaturita. Era una rubia guapísima con anchas caderas y ojos verdes. En uno de los tres paneles, que en conjunto ella denominaba con ironía el establo, colgaba una herradura de la buena suerte precisamente en el que colindaba con el de Natalia. Ese talismán fue un pretexto para conversar. Platicaron desde el tema de los hombres, las caricaturas, especialmente la del Cabazorro, hasta de los caballos de carne y hueso. Susana era admiradora de las carreras y las apuestas. Le confesó que alguna vez asistió con frecuencia. Allí se divirtió hasta el éxtasis. Además, en ocasiones hasta ganó bastante plata. Las dejó porque apareció, de entre los establos del hipódromo, el padre de su unigénito. Después evitó aparecerse por cualquier sitio que le recordara esos desagradables momentos. Cuando Natalia insistió en preguntar por qué guardaba la herradura, Susana respondió que la tomó de las pertenencias del padre de su hijo. Cuando él se atreviera a volver a su lado, la utilizaría como arma contra ese ser despreciable.  

Natalia le explicó que lo poco que sabía de caballos lo había aprendido de Joaquín. Su novio, le relató entre sorbos de café, era estudiante de zootecnia, pero también asistía a los jaripeos a montar potros salvajes. Ambas sonrieron, pero cuando timbró la línea telefónica en cada uno de sus escritorio dejaron de conversar. Natalia atendió: para… te amo, te amo, te amo, Verónica (por favor, repítalo dos veces).

A la una en punto se quitó los audífonos y anotó en su agenda las llamadas y códigos. Atrás de ella permanecía Guadalupe, a quien le entregó todo el equipo. Ella era la encargada del turno de la madrugada. Pensó hacerle algún comentario, pero recordó el decálogo. Guadalupe era una mujer que transitaba por los cincuenta años. Era soltera y nunca tuvo hijos. Observarla inspiraba indulgencia. Una mujer muy amable y recatada, sonrió Natalia para sí cuando tomó su chaqueta. Su relevo no iba más allá de buenas noches, feliz retorno a casa 21 o, cuando estaba de buenas, hasta mañana compañera.

Alargó la mano casi en medio de la carretera y detuvo a un taxista. Tras indicarle las señas para llegar a su barrio, recostó su cabeza en el asiento y se imaginó a Susana lanzando la herradura hacia una cabeza de caballo con el cuerpo de palo. La imagen le causó risa y pensó en decírselo al siguiente día a su compañera. A diferencia de otras ocasiones, el conductor del taxi era un hombre respetuoso, maduro, fue la palabra con la que lo describió Natalia. Recordó a su padre. No encontró la mirada de centauro del taxista de días pasados. El tipo escuchaba las noticias y su único comentario fue sobre lo mal que andaba el fútbol por esos días. Ni siquiera la vio por el retrovisor. Natalia echó una ojeada a lo negro del paisaje. Escuchó el canto de un gallo y a lo lejos un potro que relinchaba con placer hacia el infinito, y pensó en míster Winston.

4

Durante los primeros días de trabajo Natalia no se encontró con Joaquín. Únicamente se hablaron por teléfono. Sus cortas conversaciones giraron en torno a hacer el amor dónde y cuándo. Él vacunaba ganado en El Chompipe y ella se reponía de los desvelos. Se quedó dormida sobre el sofá con la imagen de un Joaquín moreno, alto, delgado, lampiño en su pecho, rudo en sus labores, pero más tierno que un potrillo cuando acariciaba su cabello después de que tuviera un prolongado orgasmo.  

Almorzó frijoles con arroz. En seguida Natalia observó un programa en la televisión en el que designaban a Harrison Ford como el hombre más sensual del planeta. Trató de imaginar a míster Winston: tal vez tenía los ojos de Di Caprio, la sonrisa de Mel Gibson, el pelo de Brad Pitt, tal vez bailaba como Ricky Martin. Ojalá un hombre con el carisma de Sean Connery o el sex appeal de Paul Newman. Tal vez tenía una parte de cada uno de ellos o quizá era mejor que todos juntos. Se duchó con agua fría. Cuando se vio desnuda frente al espejo, pensó si ella sería del agrado de míster Winston. Cómo era posible que varias mujeres le enviaran esos mensajes tan sugerentes. Algo especial había en él. Su cuerpo se estremeció con solo pensar en averiguar quién era míster Winston.

Buenas noches, un mensaje para la unidad 34321: por favor, nunca me vayas a sacar de tu vida, quiero verte siempre, siempre, siempre, Nineth. Disculpe, un mensaje para… Qué ser tan divino, Matilde. Para la 34321: todo el día la he pasado pensando en vos, te amo por sobre todas las cosas, Verónica.

Revisó sus apuntes y se percató que la tal Matilde era la primera vez que enviaba un mensaje para la 34321. Por favor, un mensaje para míster Winston: lo voy a hacer con vos tantas veces cuando me dé el alma y la vida, tuya siempre, Enma.

Cada vez que el teléfono timbraba y Natalia recibía un mensaje para la 34321, el sudor se apoderaba de ella. La voz de las mujeres era muy sensual. Ellas le pedían que transmitiera de inmediato los mensajes, por favor, porfis, porfa, se lo suplico. Por la mente de Natalia trotaba la interrogante: ¿sus compañeras recibían mensajes también para míster Winston o solamente ella? Tras un breve lapso de su mente en blanco, dirigía sus ojos hacia las demás compañeras. Cada una estaba concentrada en los mensajes. Ninguna presentaba en su rostro la típica expresión sensual que provocaba uno de esos breves relatos o de simple complicidad luciferina que alcanzaba la mente. Tal vez, sus colegas de turno eran excelentes actrices para no revelar en su rostro el rubor de una llamada con esas características. Quizá, así como el médico ya no se estremece ante la muerte de un paciente o el reportero no se inmuta ante la tragedia, a ellas, a sus dos compañeras, tampoco el calor de una llamada ya no les excitaba como a Natalia.  

A lo mejor, ellas nunca recibían mensajes para míster Winston.  

Un veloz escalofrío, parecido al que generan las sombras de los caballos de carreras cuando se deslizan entre el césped o el fango, recorrió sus piernas, su vientre y se detuvo entre sus pechos. Pensó que el fin de semana se lo dedicaría a Joaquín, tal vez así se olvidaba de una vez por todas del enigmático míster Winston.

Por favor un mensaje para la 34321: si querés hacerme un favor nunca te vayás a olvidar de mí, Nineth.

5

Qué curioso, se dijo a sí misma cuando se levantó el sábado un poco antes de medio día. Alguien había bautizado con el nombre de El Chompipe a la finca donde trabajaba Joaquín. El terreno abarcaba parte de un cerro que asemejaba el lomo de un chompipe agazapado o una chompipa empollando. Desde el alféizar ella podía observar la espalda del chompipe. También se divisaban tres montañas, denominadas las Tres Marías, una tras de otra, de este a oeste o viceversa. Más de alguno las trató de bautizar con el nombre de las Tres Tetas. Natalia bromeó con Joaquín, que si bien parecían Tres Tetas, muy pronto perderían la virginidad porque con la gran cantidad de cabezas de ganado que invadía las fincas aledañas y la tala despiadada, se podrían transformar en un cercano futuro en un trío de pezones áridos.  

El Chompipe y las Tres Marías enmarcaban la parte más alta del paisaje. Todo el aire que respiraban quienes vivían en la ciudad pasaba antes acariciando las montañas y El Chompipe. Más de alguna vez, cuando Joaquín convencía con argumentos de un verdadero piscicultor a don Albin para que sembrara truchas en lo más alto de la finca, simultáneamente se ponía en contacto mental con Natalia. Lanzaba bocanadas de aire. A los diez o quince minutos, ella lo recibía desde su casa en Barva.

Sin embargo, este sábado, ahora que la mente de Natalia se columpiaba entre el sueño y la vigilia, estaba decidida a investigar sobre míster Winston. Ella percibió olor a establo, a bosta. Creyó escuchar cascos de caballo, pero el cansancio la invitó a seguir durmiendo en su alcoba, aprovechando el descanso de fin de semana.

Joaquín la despertó con un beso en la frente justo a las seis de la tarde. Con una sonrisa le explicó que no se trataba del beso de un príncipe que bajaba de su corcel para despertar a la amada ni de una acción similar. Él era un caballero medieval posmoderno que la invitaba al cine y luego a un encuentro en la cama de algún buen motel. Natalia le contestó con una ancha sonrisa que prefería aceptar en principio la segunda propuesta. Se bañó muy rápido y en seguida comió un poco de ensalada. El auto de Joaquín giró en dirección a Tres Ríos. Durante el trayecto, Natalia le manifestó que percibía un extraño a olor a caballo. Pensó que podrían ser los pantalones de Joaquín. Él le agarró con fuerza la pierna con su mano derecha. Le confesó muy cerca del pabellón de su oreja que sentía el deseo de penetrarla. Tengo el mismísimo deseo, le susurró, que le profesa un semental amarrado del otro lado del cerco a la yegua en celo. Natalia se sonrojó, pero lo invitó a que le explicara por qué estaría amarrado el semental. Joaquín, mientras deslizaba su mano entre el regazo de su novia, le relató que cruzar una yegua con un semental pura sangre en una finca no es tarea fácil. Normalmente ese corcel le inspira atracción sexual a la hembra. ¿Y por qué?, se estremeció Natalia al instante de sentir húmedo su vientre. Debido a esa falta de química entre ambas bestias deben amarrar del otro lado del potrero a un rocín. Estos caballos son, por lo general, sin ascendencia brillante, están mal alimentados y físicamente podrían no ser atractivos, sonrió Joaquín, mientras continuaba palpando. Ese mismo animal es el que maravillosamente provoca que la yegua sienta el deseo por la carne. Cuando la yegua está, como tú ahora, es decir dispuesta al amor, los vaqueros la amarran al potrero y prácticamente ayudan al semental pura sangre a que la preñe. ¿Y qué pasa con el pobre rocín que está amarrado?, se sorprendió Natalia. Pues, bueno, conocés la frase aquella de “brincarse el cerco”, le preguntó Joaquín, justo cuando sus manos estaban libres: pues de esa acción surgió. Cuando el pura sangre termina y se va mitad frustrado, mitad complacido, aquel rompe la cuerda que lo mantiene prisionero. Brinca con desesperación. Monta a la yegua sin necesidad de ayuda y la penetra con más precisión que su antecesor. Ella lo ha estado esperando con todas las ganas. Justo en ese momento llegaron al motel. Natalia, ayudada por la diestra mano de Joaquín y por la historia, había terminado de mojar sus calzones.

Soy la mujer más afortunada del mundo, Lucky, fue el primer mensaje que recibió Natalia para míster Winston el lunes. El teléfono sonó varias veces. Tuvo que dejar esperando con música de autómatas a Verónica, mientras Nineth bramó por el auricular: soy tuya, tuya, tuya, gracias por ser como sos. Verónica dejó el suyo: si querés hacerme un gran favor, nunca te vayás a olvidar de este cuerpo que te desea.

6

Natalia reparó en que Lucky era otra nueva adquisición de míster Winston. La lista casi llegaba a las diez admiradoras o víctimas voluntarias del susodicho. Durante el regreso a su casa pensó en telefonear para enviarle un mensaje a míster Winston. De esa forma él le devolvería la llamada, pero a dónde, y cómo solicitaría el mensaje para la 34321. Pensó en que tal vez Guadalupe podría contestarle. De seguro ella reconocería su voz. Le pidió al taxista que se detuviera un momento en un teléfono público. Marcó. Estuvo a punto de dejar el mensaje, pero Guadalupe contestó. Colgó el teléfono. Lo intentó en otro teléfono público, pero tampoco se animó. Llegó a su casa. Llamó del teléfono del comedor. De nuevo no quiso hablarle a su relevo en el trabajo. Intentaría por la mañana. Cenó dos manzanas verdes con yogur y se lanzó a su cama casi sin desvestirse. Esa primera semana de trabajo había tocado su alma.

7

Tercer lunes en el escritorio de Natalia:

  • 21:30: qué ser más increíble, me hiciste vibrar, te quiero, Nineth.
  • 22:17: cuando querrás, donde querrás y con quienes querrás, allí estaré, Verónica.
  • 22.34: el mundo se ilumina con tu presencia, vamos, sigue adelante, te quiero, Enma.
  • 23:09: me has hecho ser inmensamente feliz, gracias, Matilde.
  • 23:55: qué poder, qué potencia la tuya, todo, todo me ha gustado, Lucky.
  • 23:58: de nuevo, alguien que se siente feliz de conocerte, Verónica.

8

Natalia dejó el siguiente mensaje para míster Winston: me gustaría tener una cita, llámeme por la tarde al 5601223. Dejó el número de su casa, pero utilizó su segundo nombre: Mirta. Recibió una llamada al tercer día. Usted es Mirta, le preguntó una voz fuerte del otro lado del auricular. Sí. Usted es… No, no. Quiero saber quién la recomendó para tener una cita con míster Winston. Natalia titubeó, pero recordó los nombres de Nineth y Verónica. ¿Cuándo está dispuesta a venir? Pues, mire, depende… Si contactó es porque le interesa. Sí, pero, de qué se trata. Escuche, si Nineth y Verónica le recomendaron que llamara, de seguro le explicarían que debe pagar una suma para estar unos minutos con míster Winston. Sí, ellas me lo explicaron, le respondió asustada a la voz masculina, que ahora le hablaba en un tono paternal. Sin embargo, nunca pensó que se tratara de cancelar una suma al tal Winston. De cualquier manera y casi automáticamente, le contestó con la misma determinación que había respondido las preguntas de la hoja de empleo en la empresa. Sí, estoy dispuesta. ¿Cuándo y en dónde? La voz del otro lado del auricular le dictó la dirección, le pidió que fuera muy prudente y le sugirió que era preferible que cambiara de nombre. Los seudónimos son mejores para él y, por supuesto, para usted también. Así que use un nombre que le guste. Ella le respondió, Natalia, con cierta ironía. Venga el próximo sábado después de las siete de la noche y colgó.

9

Durante el resto de la semana Natalia se debatió entre si asistir o no al encuentro con míster Winston. Ella nunca había compartido la idea de pagar por una relación sexual. Amaba a Joaquín, pero también sentía mucha curiosidad y deseo de conocer a míster Winston. Quizá esa misma relación le cambiaría la vida. Podría aprender algo nuevo. Muchos hombres se han jactado de que mientras más experiencias tengan en la vida mejores son en la cama, se dijo, por qué yo no voy a intentarlo también, seguiré queriendo más a Joaquín. Además, como debía pagar casi 100 dólares por la cita, sabía perfectamente que no podría tener más de un encuentro con él. Una vez bastaba para conocerlo y quitarse las dudas. En ese momento recibió un mensaje. Buenas noches, por favor para la unidad 34321: sos sensacional, no sé qué haría de no haber estado con vos, Verónica. Natalia trató de imaginar las características de esa muchacha. Cuando estuviera en casa de míster Winston, le podrían preguntar cómo eran las dos madrinas que la habían recomendado. Buenas noches, por favor a la 34321: realmente sos fabuloso, gracias, Nineth. Natalia fue por un café, pero antes de sorber el primer trago entró otra llamada: saldré del país durante unos días, cuando vuelva estaré contigo, Enma.

10

Sábado, día de la cita:

Natalia salió un poco antes de las cinco de la tarde de casa. Cuando besó a su madre y a Fernandito, explicándoles que tendría un curso de capacitación en el trabajo, no se atrevió a verlos a los ojos. Desde el dintel de la puerta principal de la casa gritó que si Joaquín preguntaba por ella le explicaran que hasta el día siguiente tendrían una cita.

Tomó un autobús que la trasladó hasta la capital. Luego otro que la condujo hacia el sur. Compró un preservativo en una farmacia. Siguiendo las indicaciones de la voz, tomó un taxi, que la dejó justo en la entrada de una pequeña finca, casi en los arrabales de Escazú. Cuando comenzó a caminar ya oscurecía. Tras quince minutos de tropezar con piedras por una vereda que la condujo hasta la entrada principal de una lujosa hacienda, se detuvo y tocó tres veces una campana de bronce que colgaba de un árbol de higuerón. A los pocos minutos, un joven alto de ojos celestes, porte atlético y vestido con un traje negro, inapropiado para la finca, pensó Natalia, le pidió que la acompañara. El tipo extendió la mano y ella sacó la plata. Le pidió que esperara afuera de la enorme casa de madera, que seguramente era la principal. Giró sobre sus talones y se perdió dentro de la lujosa construcción. A los pocos minutos apareció un diminuto muchacho con las características y vestimenta de jockey. Usaba un pequeño pantalón de seda, botas altas, una camisa de cuadros blancos y rojos, un casco y un fuete. Le preguntó si ella era Natalia y la conminó a que lo siguiera. Tras avanzar en silencio llegaron a un establo grande y lujoso, pensó Natalia, para ser un simple potrero. Recordó los de El Chompipe, construidos con caobilla y solamente para el resguardo de las bestias. En ese momento pensó en míster Winston. Quizá era su hora de montar, o tal vez le gustaba recibir a sus clientas entre la paja y los animales.

Cuando el hombre pequeño quitó la tranca, le pidió a Natalia que entrara de prisa. Cerró por dentro y encendió una bombilla. Póngase cómoda, en seguida viene míster Winston. Antes de ir hacia el segundo cuarto, le dio una boleta y le pidió que la llenara. Son puramente formalidades de la finca, le explicó con una sonrisa que le recordó la de su jefe el primer día de trabajo. También mintió en sus respuestas, pero el último inciso la dejó perpleja. Por favor, cada vez que decida regresar con nosotros, le pedimos que ponga un mensaje a la unidad 34321, eso estimula nuestro trabajo y por supuesto, nos reconforta.

El hombrecito llamó a Natalia desde el dintel de la puerta. Le indicó que podía desvestirse tras el pequeño biombo apostado al fondo. Cuando Natalia se despojaba de la última prenda, escuchó la obertura del Barbero de Sevilla de Rossini. La reconocía perfectamente porque era el tema de la serie de El Llanero Solitario. En la escuela, cuando escuchaba el himno de El Salvador, también se la recordaba. Estaba totalmente mojada. Un olor a sudor de semental la recibió en el cuarto iluminado cuando se aproximó hacia míster Winston, quien la recibió con un excitante relincho y golpeando su pata izquierda contra el piso de madera.

11

Lunes, Natalia solicitó incapacitación.

Buenas noches, un mensaje para la unidad 34321: gracias, gracias, gracias, Natalia.


Nacido el mismo día del cumpleaños de Jimmy Hendrix. Francisco Alejandro Méndez ganó su primer premio antes de cumplir un año: niño sano del año. 17 años después obtuvo el Campeonato Centroamericano Juvenil de Tenis de Mesa. Ese mismo año comenzó a escribir. Hasta hoy lleva una veintena de libros que escribe por madrugada. Su personaje más elaborado es Wenceslao Pérez Chanán, detective guatemalteco amante de la música de Héctor Lavoe. Méndez ha estudiado en sus tiempos libres y ha obtenido licenciatura, maestría, doctorado y especialización en periodismo y literatura. Sus perros han obtenido premios nacionales e internacionales, y con ellos comparte el placer de la lectura. Entre sus obras: Completamente inmaculada, Juego de muñecas, Saga de libélulas, Reinventario de ficciones: catálogo marginal de bestias, crímenes y peatones. Sus relatos han sido traducidos al kakchiquel, alemán, francés e inglés. En el 2017 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias”.

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Nuestra memoria Poesía

Bruce Lee | El amor es como una amistad en llamas [y otros poemas]

(1)

Love is like a friendship caught on fire
Love is like a friendship caught on fire In the beginning a flame, very pretty, often hot and fierce but still only light and flickering As love grows older our hearts mature, and our love becomes as coals deep burning and unquenchable

El amor es como una amistad en llamas
El amor es como una amistad en llamas En el principio una llama, muy bonita, a menudo cálida y fiera pero todavía ligera y parpadeante En cuanto el amor crece nuestro corazón madura, y nuestro amor se parece a carbones ardientes e inextinguibles

(2)

The Dying Sun
The dying sun lies sadly in the far horizon.
The autumn wind blows mercilessly;
The yellow leaves fall.
From the mountain peak,
Two streams parted unwillingly,
One to the West, one to the East.
The sun will rise again in the morning.
The leaves will be green again in spring.
But must we be like the mountain stream,
Never to meet again?

El sol agonizante
El sol agonizante reposa con tristeza sobre el horizonte lejano
El viento otoñal silba sin piedad:
El otoño de hojas amarillas.
Desde la montaña
Dos arroyos parten a rastras
Uno hacia el este, el otro al oeste
El sol saldrá mañana en la mañana
Las hojas serán verdes en primavera
Pero debemos ser como el arroyo de la montaña
Nunca nos veremos otra vez?

For A Moment
For a moment
The surrounding utters no sound.
Time ceases.
The Paradise of Dreams come true.
 
Por un instante 
Por un instante
lo que nos rodea no pronuncia ningún ruido
El tiempo cesa.
El paraíso de los sueños se hace realidad.

The Frost*
Young man,
Seize every minute
Of your time.
The days fly by;
Ere long you too
Will grow old.
If you believe me not,
See there, in the courtyard,
How the frost
Glitters white and cold and cruel
On the grass that once was green.
Do you not see
That you and I
Are as the branches
Of one tree?
With your rejoicing,
Comes my laughter;
With your sadness
Start my tears.
Love,
Could life be otherwise
With you and me?

La escarcha
Joven,
aprovecha cada minuto
de tu tiempo.
Los días pasan;
tú también
envejecerás.
Si no me crees,
ve ahí, en el patio,
cómo la escarcha
resplandece blanca y fría y cruel
sobre la hierba que una vez fue verde.
No ves
que tú y yo
somos como las ramas
de un árbol?
Con tu regocijo,
viene mi risa;
con tu tristeza
empiezan mis lágrimas.
Amor,
Podría ser la vida de otra manera
contigo y conmigo?
*Un poema titulado"La escarcha", escrito por Tzu-yeh, fue traducido por Bruce Lee.

**Bruce Lee, nacido como Lee Jun-Fan (San Francisco, California; 27 de noviembre de 1940-Kowloon, Hong Kong; 20 de julio de 1973), fue un destacado artista marcial, actor, cineasta, filósofo y escritor estadounidense de origen chino, reconocido en el mundo entero por ser el renovador y exponente de las artes marciales dedicando su vida a dicha disciplina, buscando la perfección y la verdad, llegando a crear su propio método de combate y filosofía de vida, el Jun Fan Gung-Fu, que tiempo después y sumado a su concepto filosófico se llamaría, el Jeet Kune Do o «el camino del puño interceptor».

Traducción de Fernando Vérkell

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Narrativa

Perla Rivera | Cada vez que digo mujer hay un suicidio colectivo de estrellas

Debajo de mi falda

Hace siglos, desde que me hice niña, he podido sacarme el corazón y decorarlo con cintas, clavarle alfileres, dejarlo sangrar y seguir jugando. Hace siglos cuando mis cabellos eran una cascada sobre las piedras, yo volteaba y me sonreí a frente al movimiento del agua, mordía mis labios.

Mis pasos oscilan en una cuerda hecha con mis propias arterias, el abismo no es más que un motivo. Ser mujer fue siempre el salón de los vientos, la música y el aullido.

El vientre ha sido motivo de censura y de espasmos. Olas y mar salvaje que se abre a la vida, que se multiplica en eslabones de ceniza. Un ejército de frases mudas muere con un rostro que se ha anclado en la palma de mi mano, esa mano acusada de fornicar y ceder a los delirios.

No soy de jaulas en mis cuerdas vocales, ni en ningún átomo de mi cuerpo y a pesar de los reparos, cada vez que digo mujer, desnudez, amor, sexo, debajo de mi falda hay un suicidio colectivo de estrellas.

***

Restos

Tu camisa yace todavía en el sillón de mi cuarto, la observo caer como un naufragio que escupe momentos felices mientras escribo en la libreta que hoy es viernes.

Estás en la página agitando tus brazos y arrancándote aquello que más amábamos, el color con el que me hacías reí r y la voz que hiciste canto.

Atardeció muy pronto, no estaba preparada para ver el mar llenarse de gritos. Estoy desnuda ahora, hago figuras con las cicatrices de mi vientre mientras preparo una despedida. Las grietas del piso hacen signos de interrogación a los cuadros que hace unos días cubrían tu cuerpo.

Alguien lo previno, te vio maldecir de diversas formas las frases que me escribías. Ya no eran cantos, eran un cementerio de hojas que me ofrecías en un gesto esquelético que fragmentaba mis alas y me envolvía en una tormenta.

Todo sucedió tan rápido, y las respuestas eran universos afónicos en esta ciudad cada día más sucia, ajena al amor e indiferente hacia aquellos que compramos entradas para un suicidio.

Todo sucedió tan rápido, y me asfixian los edificios y los sitios donde planeábamos hacer el amor como felinos. Es la hora de imitar a los que se han ido justo a tiempo y ven llegar a Artemisa como única salvadora de estas estaciones de papel.

***

Alucinación

Tengo miedo de abrir los ojos y confundir la mañana con un cuadro de Dalí.

Suelo quedarme quieta, como un lince en medio de las sábanas que me susurran verdades cada vez que te invoco.

Estos días cuelgan del árbol del patio, los devora el vacío de la tarde, tarde en la que planeo todavía excursiones a tu cama y me filtro en tu memoria para espantarte el sueño.

Escucho la voz de mi padre azuzando a las aves que vienen del oeste a vestir de sonidos el campo, y a devorar los retoños de las estatuas que amenazan mi locura.

El corazón se agita como un dragón que escupe guirnaldas, a la entrada de una ciudad que no lo escucha.

Mi cuerpo es la lira que entona tormentas, como el acertijo del granizo que baña los techos de las casas vecinas.

Mientras ellos duermen, yo resisto una guerra interior y pongo ojos en la palma de mis manos para acariciarte en mis sueños.
Ahora todo es recuerdo mi amor y actúo como una desquiciada mientras veo parir mortajas al reloj que no perdona.


Perla Lusete Rivera Núñez: Ajuterique, Comayagua, Honduras. Licenciada en Letras y Lenguas y Literatura por la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán en el año 2008. Docente. Ha publicado Sueños de origami el año 2014 por Goblin Editores y Nudo por editorial Malpaso en octubre de 2017.

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Arte y cultura

10 obras de Edward Hopper

Stairway at 48 rue de Lille Paris, 1906
Elizabeth Griffiths Smith Hopper, The Artist’s Mother, 1915-16.
Eleven A.M. 1926
Sunday. 1926
Light at Two Lights, 1927.
Self Portrait, 1930.
New York Movie, 1939
Summer Evening, 1947.
Nighthawks, 1942.

Edward Hopper nació en Nyack, una ciudad a orillas del Hudson, en 1882, y falleció en 1967, en Nueva York. Pintó al óleo y cultivó la acuarela y el aguafuerte. Los libros de arte lo catalogan como un pintor realista, pero el mismo Hopper se autodenominó impresionista y anti-colorista.

Existe un culto a la luz en la pintura cosmopolita. Parece ser que la forma de tratarla determinará el carácter del cuadro. Decir que un cuadro sin luz es fúnebre es simplista: un cuadro puede estar iluminado pero puede transmitir un tema sombrío; pienso en Traslación del cuerpo de San Marcos, de Tintoretto, como una clásica muestra de la luz trabajada para acentuar lo trágico del tema. En Hopper la luz es protagonista, no sirve como un medio. La imagen es una estampa de Estados Unidos —como los trabajos de Thomas Eakins— pero la luz dirá, en la mayor parte, el mensaje de Hopper. Ese mensaje queda a cargo del observador. En su obra hay cuadros que han formado parte del imaginario desde sus primeras retrospectivas. Amanecer dominical, de 1930, y Nighthawks, de 1942, son ejemplos perfectos del uso de la luz en Hopper.

Ningún contenido social en sus obras, dice, y nada de patetismos: el arte es arduo y hay algo más que pintar con el corazón: se requiere técnica y egoísmo.

La luz y la arquitectura. En Hopper, la expresión más trascendente del arte pictórico se vuelve axioma: la luz y las construcciones son irrepetibles. Puede haber patrones, estilos, técnicas, edificios similares e incluso idénticos, pero irrepetibles. La luz puede ser divisible, pero no se repite. Hopper pinta dos momentos modernos: la soledad y la arquitectura. No hay nada más triste y desolado que un edificio vacío. Hopper acostumbraba a pintar un solo modelo —siempre Jo, su esposa— y una construcción. Una luz oblicua y un ser humano estático. Un golpe de realidad a los más radicales.

Por supuesto que Josef Albers también transmite soledad y William de Kooning desesperación, pero en Hopper la desolación juega con los colores y la luz en Mañana en el Cabo Cod La luz dando en el segundo piso. Y dice: «La pintura es un intento de pintar la luz del sol como blanca, sin poner en el blanco ningún pigmento dorado ni amarillo. […] La luz es una fuerza expresiva que tiene mucha importancia para mí, pero no en una forma demasiado consciente. Creo que para mí es una expresión natural». (Edward Hopper: The Artist´s Voice, 1961, K. Kuh). La luz en obras como Gas es una fuerza natural. Habrá que salir a la calle y ver cómo la luz afecta el estado de ánimo en las ciudades.

Habrá que revisitar a Hopper y perderse en la inmensidad de los edificios. De cualquier modo, es inevitable recurrir a las edificaciones para meter en un búnker el tedio de la vida moderna.

Vérkell.

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Nuestra memoria Poesía

Clara Lair | 3 Poemas

Lullaby Mayor
 
Duerme mi niño grande, duerme, mi niño fuerte:
que el juego del amor rinde como la muerte.

Alas le dé a tu sueño el éter de quimeras
que ha dejado en tu rostro tan dolientes ojeras.
Clama le dé a tu sueño el mar de los sentidos
que ha dejado tus brazos tan largos y tendidos.

Duerme, mi niño grande; duerme, mi niño fuerte:
que el juego del amor rinde como la muerte...

(¡Allá afuera es la luna y el marullo del mar
en la fragua del trópico brillando por quemar!
¡Allá afuera es la esencia-veneno del jardín,
y los pérfidos astros
avivando, encendiendo azabache, alabastros
en carne negra y blanca: la caldera sin fin
del trópico
trasmutando los cuerpos al corto cielo erótico!)

Duerme mi niño grande; duerme, mi niño fuerte:
que el juego del amor rinde como la muerte.

(¡Allá afuera es el negro camino de miasmas
y mi sombra acechando tu sombra entre fantasmas!
¡Duerme callado y ágil, vigílame la puerta!
¡Que se va si despierta!)

Me quedaré a tu lado quieta, casta e inerme,
mientras tu alma sueña, mientras tu cuerpo duerme.

Quizá ningún empeño
de mi cuerpo y alma
te dé lo que ese sueño...

Quizá la vida fuerte
es nada ante la calma
que te dará la muerte...

(¡Marullo del mar, cállate; sepúltate coquí!
¡Qué así, dormido o muerto, quién lo aleja de mí!)

Duerme mi niño fuerte; duerme mi niño grande:
el sueño de la vida con la muerte se expande...

(¡Porqué no amará a otra, que ni a mí misma amará!
¡Qué la tierra por siempre sus brazos se desquiciará!

¡Ay si no despertara!)
 
Frivolidad

Y así dije al amado: Marcharemos unidos.
Será tu nombre el eco de todos los sonidos.

Me trazará el camino la huella de tus pasos.
Me abrirá el horizonte la curva de tus brazos.

Le gritaré a la vida: ¡rompe, destroza, daña!
Yo tengo mi refugio: ¡su pecho es la montaña!

Le gritaré a la vida: ¡hunde, flota al azar!
Yo tengo mi oleaje: ¡sus ojos son el mar!

Y lo seguí al afán y a la ilusión del puerto.
Y lo seguí al vacío y al tedio del desierto.

Lo seguí sola y siempre, horas malas y buenas,
en la luz, en las sombras, en flores, en cadenas...

Y lo creí tan fuerte que le fui mansa y suave...
¡Él, el roble potente y yo, la pobre ave!

Y lo creí tan bravo que le fui fiel, sencilla...
¡Él, el mar tumultuoso y yo la quieta orilla!

¡Ay, uní lo infundible, y estreché lo disperso,
y quise hacer del cieno un lago limpio y terso...!

Mis ojos hechos llanto, mis labios hechos trizas...
¡Y su voz implacable pidiendo más sonrisas!

Mi cuerpo en el cilicio sangrando su querella...
Y su voz implacable diciendo: ¡sé más bella!

Mi alma en el infierno aullando su condena...
y su voz implacable diciendo: ¡sé más buena!

¡Carne fácil y blanda a todos los arrimos!
¡Carne blanda y traidora con uñas en los mimos!

Para todas los mismos rápidos arrebatos
Lúbrico cual los perros...falso como los gatos...

Y ahora digo al amante: óyeme, pasajero,
no me preguntes nunca hasta cuándo te quiero.

Si una noche de luna o una copa de vino
nos reúne en la misma revuelta del camino...

No me digas de sueños ni de sombras macabras
háblame solamente palabras, y palabras...

Júrame por la arena que acoge todo paso,
y lo graba o lo borra al azar, al acaso...

Júrame por la espuma que chispea y que brilla,
y que dura un instante de una orilla o otra orilla...

¡Ah, gato sin escrúpulos que a otras faldas se enreda
cuando ya todo es dado, cuando ya nada queda!

No me brindes los mimos de tus uñas, que ahora
sólo quiere collares de esta gata de Angora...!

Tú frívolo, yo frívola...Soy tu igual, camarada.
¡No has de quitarme todo para dejarme nada!

Angustia
 
A veces soy tan lejos, lejos de todo esto.
A nada me acomodo, en nada me recuesto:
Las palmas, los coquíes son sonido, paisaje...
Yo siempre estoy ausente, yo siempre estoy de viaje.
En vano es que mi alma se incendie con afanes
y se prenda a los ojos potentes flamboyanes,
ni que por los caminos se me fugue el anhelo...
para topar de pronto la montaña y el cielo.
...Y el andrajo de pajas del pobre caserío,
y el andrajo de gente y el escuálido río,
y los pueblos cuadrados con la iglesia en el centro
y el cementerio junto: Estanques muertos dentro
del perenne bullir y saltar de las olas,
perenne ante mi alma impaciente y a solas.
Por doquiera que voy, por doquiera que vaya,
en el vaho soporoso de mestizo y quincalla...
La misma semimuerta vida del pueblo atado
por el mar implacable, de costado a costado...
...(Y el hombre de la esquina, ojitorvo y moreno,
que no mira a mis ojos y que mira a mi seno,
que masculla entre dientes una frase lasciva
cuando paso a su lado desdeñosa y altiva...)

¡Y a veces soy tan de ellos y ellos tan míos!
¡Las palmas, los coquíes, el monte, los bohíos...!
¡El escuálido río, que es como mis hazañas,
cintajo de rumores encerrado en montañas!
¡Y mi amor en tinieblas sollozando escondido,
como un triste y oculto coquí despavorido!
¡Y el mar, perenne mar, que me exalta y me abate,
que es como el corazón, en un late que late
perdido en el vacío, y oído, tan oído,
que ya no sé qué lleva ni sé lo que ha traído...!
...(Y el hombre de la esquina, ojitorvo y moreno...
¡Ah qué sienes viriles exaltará mi seno,
que no torne cenizas la llamarada esquiva
que encendiera mi cuerpo su mirada lasciva...!
 
 
Mercedes Negrón Muñoz mejor conocida como Clara Lair, fue una destacada poeta puertorriqueña. Nació en 1895 en el pueblo de Barranquitas. Cursó sus estudios medios en Ponce. En 1918 emigró con su familia a Nueva York. Lugar donde descubre su pasión por la poesía. Durante el tiempo que vivió en Nueva York escribe sus primeros poemas.  En la Universidad de Puerto Rico estudia literatura.  Sus poemarios:  Arras de cristal (1937) Trópico amargo (1950) y Más allá del poniente (1950).  Muere en San Juan de Puerto Rico el 26 de agosto de 1973.

Colaborador: Benito Pastoriza Lyodo, Humacao, Puerto Rico


*Nuestra memoria es una sección de El camaleón que busca recuperar textos de autores fallecidos o injustamente olvidados. La revista no lucra con los textos y siguen siendo propiedad de autores o sus herederos. El camaleón se declara no responsable de cualquier infracción de derechos de autor. Para colaborar envíe el texto, además de una foto del autor, su biografía y el lema: «La presente colaboración está libre de derechos y/o compromisos editoriales» al correo librosdelcamaleon@gmail.com.

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Círculo de lectores Narrativa Nuestra memoria

H. G. Wells | El cono

La noche era calurosa y oscura, el cielo ribeteado de rojo por la prolongada puesta del sol del verano. Ellos se sentaron ante la ventana abierta, tratando de imaginarse que el aire estaba más fresco allí. Los árboles del jardín se mantenían tiesos y sombríos: más lejos, en el camino, ardía un farol a gas, desparramando una luz anaranjada sobre el brumoso azul de la noche. Más allá se veían las tres luces de la señal ferroviaria contra el horizonte. El hombre y la mujer hablaban en voz baja.

—¿No sospechará nada? —preguntó el hombre, algo inquieto.

—¡No! —dijo ella bruscamente, como si eso la irritara—. No piensa en otra cosa que en las obras y en los precios del combustible. No tiene imaginación, ni sensibilidad.

—Ninguno de esos hombres de acero las tienen —dijo él, sentenciosamente—. No tienen corazón.

—Él no lo tiene —contestó ella, volviendo su rostro descontento hacia la ventana. Un distante y ronco sonido se fue acercando, cada vez más fuerte; la casa entera se conmovió. Ya se oía el metálico zumbar de la máquina. Cuando el tren pasó, se produjo un resplandor en el paisaje y luego lo siguió un espeso penacho de humo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho rectángulos negros —ocho vagones— pasaron a través del profundo gris del terraplén y fueron desapareciendo, uno tras otro, en la garganta del túnel que, una vez que pasó el último, parecía haber tragado tren, humo y sonido de un ansioso bocado.

—Este país fue una vez todo frescura y belleza —dijo el hombre—. Y ahora, es Gehena. Camino abajo, no se encuentra más que calderas y chimeneas lanzando fuego y hollín a la faz del cielo… Pero ¿qué importa? Ya se aproxima el fin… el fin de toda esta crueldad. Mañana —pronunció la última palabra en un murmullo.

—Mañana —repitió ella en el mismo tono, sin apartar la vista de la ventana.

—¡Querida! —dijo él tomándole las manos.

Ella se volvió con un sobresalto y los ojos de ambos se buscaron. Los de ella se dulcificaron ante la mirada de él.

—¡Amor mío! —murmuró; y luego—: Parece tan extraño que tú hayas penetrado en mi vida para descubrir…

—¿Para descubrir?…

—Todo este mundo maravilloso —agregó ella, vacilando—. Este mundo de amor ante mí.

De repente la puerta chirrió, cerrándose. Volvieron la cabeza, él en forma violenta. En la penumbra de la habitación surgió una gran figura silenciosa. Ellos vieron el rostro en la media luz, un rostro con inexpresivas cejas oscuras. Todos los músculos del cuerpo de Raut se pusieron tensos: ¿Cuándo se había abierto la puerta? ¿Qué habría oído él? ¿Todo? ¿Qué habría visto? Un aluvión de preguntas.

La voz del recién llegado se dejó oír al fin, después de una pausa que parecía interminable.

—¿Y bien? —dijo.

—Tenía miedo de no encontrarlo, Harrocks —dijo el hombre de la ventana. Su voz era insegura.

La pesada figura de Harrocks salió de la sombra. No respondió a la observación de Raut. Permaneció un momento contemplándolos. El corazón de la mujer estaba helado.

—Le dije a Mr. Raut que era muy posible que volvieras —dijo con voz firme.

Harrocks, aún silencioso, se dejó caer en una silla y cruzó sus grandes manos. Se podía ver el fuego de sus ojos bajo la espesura de las cejas. Estaba tratando de reponerse. Sus ojos iban de la mujer en quien había confiado, al amigo en quien había confiado y luego otra vez a la mujer.

Los tres casi se habían comprendido ya: sin embargo, ninguno osaba pronunciar una palabra que atenuara la incomodidad de la situación.

Fue la voz del marido la que rompió, por fin, el silencio.

—¿Usted quería verme? —dijo, dirigiéndose a Raut.

Este se sobresaltó.

—Vine a verlo —dijo, resuelto a mentir hasta el fin.

—Sí —murmuró Harrocks.

—Usted me prometió —continuó Raut— mostrarme algunos de los hermosos efectos producidos por la luz de la luna y el humo.

—Yo prometí mostrarle algunos efectos producidos por la luz de la luna y el humo —repitió Harrocks con voz incolora.

—Y yo pensé que tal vez podría encontrarlo a usted esta noche, antes de que volviera a las obras —prosiguió Raut— e ir con usted.

Hubo otra pausa. ¿Pensaría tomar la cosa fríamente el hombre? ¿Sabía, después de todo? ¿Cuánto tiempo haría que estaba en la habitación? Sin embargo, cuando oyeron la puerta, sus actitudes…

Harrocks miró el perfil de la mujer, pálido en la penumbra. Luego miró a Raut y pareció recobrarse súbitamente.

—¡Pero es claro! —dijo—. Yo prometí mostrarle el obraje bajo sus propias condiciones dramáticas. Es raro que lo hubiera olvidado…

—Si lo molesto… —comentó Raut.

Harrocks se sobresaltó otra vez. Una nueva luz se divisaba ahora en la oscuridad de sus ojos.

—No, en absoluto —dijo.

—¿Le has estado describiendo a Mr. Raut todos esos contrastes de llamas y sombras que consideras tan bonitos? —preguntó la mujer volviéndose hacia su marido por primera vez, sintiendo renacer su confianza. Su voz estaba solamente medio tono más alta—. ¡Esa horrible teoría suya de que no existe nada más hermoso que las maquinarias!… Ya verá usted, Mr. Raut. Es su gran teoría, su único descubrimiento artístico.

—Soy muy lento para hacer descubrimientos —dijo Harrocks en forma horrible, dejando aterrada a la mujer—. Pero lo que descubro… —Se detuvo.

—¿Bien? —dijo ella.

—Nada —contestó Harrocks levantándose—. Le prometí a usted mostrarle las obras —agregó, dirigiéndose a Raut y colocando su manaza en su hombro—. ¿Está dispuesto a ir?

—Enteramente —contestó Raut poniéndose de pie.

Se produjo otro silencio. Cada cual trataba de espiarse en la oscuridad. La mano de Harrocks descansaba aún sobre el hombro del amigo. Raut casi creía que el incidente había sido trivial, después de todo. Pero Mrs. Harrocks conocía mejor a su marido y comprendió el significado de la horrible calma de su voz. La confusión que reinaba en su mente asumió una vaga forma de locura.

—Muy bien —dijo Harrocks, dejando caer su mano y dirigiéndose hacia la puerta.

—¿Mi sombrero? —Raut miró en torno de la habitación.

—Está en mi costurero —dijo ella, con risa histérica. Sus manos se unieron por detrás de la silla.

—¡Aquí está! —dijo él. La mujer experimentó el impulso de prevenirlo, en voz baja, pero no pudo pronunciar palabra. «¡No vayas!» y «¡Cuídate de él!» lucharon en su mente y el minuto pasó.

—¿Lo encontró? —preguntó Harrocks, manteniendo la puerta semiabierta. Raut fue hacia él.

—Es mejor que le diga adiós a la señora —dijo el marido con una calma todavía más terrible.

Raut se estremeció y luego se volvió.

—Buenas noches, Mrs. Harrocks —dijo y sus manos se tocaron.

Harrocks sostuvo la puerta abierta con una cortesía poco usual en él con los hombres. El otro salió y entonces, después de una silenciosa mirada a su esposa, Harrocks lo siguió. Ella se mantuvo inmóvil, mientras el paso ligero de Raut y el pesado de su marido se oían en el pasillo. La puerta de calle se cerró lentamente. Ella fue hacia la ventana y esperó, ansiosa. Los dos hombres aparecieron fugazmente en el camino, pasaron bajo el farol y fueron ocultados por las masas negras de los árboles. La luz iluminó momentáneamente sus rostros, revelando solamente manchas pálidas que no le dijeron nada de lo que aún tenía y se atormentaba nuevamente por saber. Entonces se sentó, abatida, en el gran sillón, los ojos abiertos, fijos en las luces rojas de los hornos, que se reflejaban en el cielo. Una hora después estaba todavía allí, su actitud escasamente cambiada.

La agresiva quietud de la noche gravitaba sobre Raut, que caminaba junto a Harrocks, en silencio. Una niebla azul, mitad humo, mitad hollín, grandes moles grises y negras, delineadas débilmente por las raras manchas doradas de los faroles. Aquí y allá, una ventana iluminada, el amarillo resplandor de alguna fábrica mantenida en actividad hasta tarde, o algún despacho de bebidas. Fuera de las masas claras y esbeltas contra el cielo, se elevaban las altas chimeneas, casi todas humeantes. Algunas sombras fantásticas mostraban la posición de una hornalla gigantesca o una rueda, grande y negra contra el horizonte rojo. Más cerca estaba la ancha vía del ferrocarril, por donde huían trenes casi invisibles arrojando columnas de humo hacia el cielo. Y a la izquierda, entre la vía férrea y la gran mole del cerro, dominando el paisaje entero, colosales, negrísimos, coronados de humo y caprichosas llamas, se levantaban los enormes cilindros de la Jeddah Company y Blat Furnaces, los edificios centrales de las grandes fundiciones de acero, en donde Harrocks era gerente. Aparecían amenazadores, vomitando llamas, mientras en sus interiores hervía el acero derretido. A sus pies se oía el zumbido de los molinos y el pesado batir del martillo a vapor, que desparramaba al golpear, blancas chispas de acero. Un vagón lleno de combustible fue descargado al interior de uno de los colosos, produciendo una llamarada vivísima y una confusión de humo y hollín que ascendió rápidamente.

—Realmente se pueden obtener magníficos efectos de color con esos hornos —dijo Raut, rompiendo un silencio que se había tornado incómodo.

Harrocks contestó con un gruñido. Estaba parado con las manos en los bolsillos, contemplando, con el entrecejo arrugado, a la vía férrea y a las obras, como tratando de solucionar un problema intrincado.

Raut lo miró y luego desvió la vista hacia la lejanía.

—Todavía no se puede obtener el efecto de la luna —continuó—, está aún empalidecida por los vestigios del día.

Harroks lo miró con la expresión de un hombre que ha despertado de pronto.

—¿Vestigios del día?… Ah, claro, claro. —A su vez miró a la luna descolorida aún en el cielo de verano.— Venga —dijo de repente, y oprimiendo el brazo de Raut, comenzó a caminar a grandes pasos por el sendero que conducía a la vía. Raut forcejeó por retroceder. Los ojos de ambos se encontraron y en un segundo se comunicaron un montón de cosas que los labios se resistían a pronunciar. La mano de Harrocks se cerró aún más y luego aflojó la presión, dejando libre a Raut. Antes de que este se apercibiera de ello, caminaban, tomados del brazo, uno de ellos muy en contra de su voluntad, por el sendero.

—Vea el hermoso efecto de las señales ferroviarias allá hacia Burslem —comenzó Harrocks, tornándose locuaz súbitamente y apretando el codo de Raut—. Pequeñas luces verdes, rojas y blancas, contra la bruma. Usted tiene golpe de vista para estas cosas, Raut. Y mire esos hornos míos cómo se elevan sobre nosotros a medida que bajamos el cerro. Allí, a la derecha, está mi preferido: setenta pies de altura. Lo he cargado yo mismo y por cinco largos años ha hervido alegremente el acero en sus entrañas. Sintiendo una particular predilección por él. Allá, a la izquierda, ¿ve usted las chispas que produce el martillo?, están los molinos. Oiga cómo repercuten en la tierra los golpes de martillo. ¡Venga!

Tuvo que dejar de hablar para respirar. Su brazo oprimía el de Raut, estrechamente, y descendía el cerro a trancos presurosos y desordenados, como si estuviera poseído. Raut no había pronunciado una palabra: solamente se limitaba a resistir, con todas sus fuerzas, a los tirones de Harrocks.

—¡Dígame! —exclamó al fin, riendo nerviosamente—. ¿Por qué diablos me arrastra en esta forma? ¿Y por qué me oprime tan fuertemente el brazo?

Harrocks lo soltó. Sus maneras cambiaron nuevamente.

—¿Le oprimía el brazo? —dijo—. Lo siento. Pero fue usted quien me enseñó a caminar en esa manera amistosa.

—Todavía no ha aprendido esos refinamientos, entonces —contestó Raut, riendo forzadamente otra vez—. ¡Demonios! Estoy todo negro y azul. —Harrocks no se disculpó. Se detuvieron ahora a los pies del cerro, cerca de la empalizada que rodeaba la vía. Delante de ellos, al lado de la barrera, surgía un letrero que ostentaba la inscripción aún visible de: «Cuidado con los trenes».

—Bellísimos efectos —dijo Harrocks—. Allí viene un tren. Los penachos de humo, el resplandor, el redondo ojo de luz al frente, el melodioso ronquido. ¡Muy lindo efecto! Pero esos hornos míos eran mucho mejores antes de que arrojáramos conos en sus gargantas, para aprovechar el gas.

—¿Cómo? —preguntó Raut—. ¿Conos?

—Conos, mi amigo, conos. Ya le mostraré uno. Antes, las llamas lanzaban fuera de las gargantas abiertas grandes columnas de humo, durante el día, y nubes de fuego y humo negro y rojo, por la noche. Ahora lo recogemos en tubos y los hacemos arder para calentar los hornos, cerrando sus bocas con un cono. Yo sé que le interesará ese cono.

—Sin embargo, a veces se contemplan, allá arriba, verdaderas explosiones de fuego y humo.

—Es que el cono no está fijo: está sujeto a una palanca por medio de una cadena, y se balancea gracias a un contrapeso. Ya lo verá de cerca. De otra manera, sería imposible arrojar combustible al interior del horno. De vez en cuando, el cono se introduce allí y recoge el vapor y las llamas.

—Ya comprendo —dijo Raut, mirando sobre el hombro—. La luna ya está más brillante —agregó.

—Venga —exclamó Harrocks abruptamente, oprimiendo de nuevo el hombro de Raut y conduciéndolo bruscamente hacia el cruce de la vía. Entonces se produjo uno de esos incidentes, vívidos, pero tan rápidos, que lo dejan a uno lleno de dudas. En la mitad del camino, Harrocks, volviéndose de súbito, empujó a Raut con fuerza, haciendo que este girara sobre sí mismo y quedara de frente a la vía. En eso, una larga cadena luminosa, formada por las ventanillas de los vagones, reverberó ligeramente al avanzar, y las luces rojas y amarillas de la locomotora se agrandaban cada vez más, abalanzándose hacia él. Al comprender lo que esto significaba se volvió hacia Harrocks y empujó con toda su fuerza el brazo que lo sostenía en medio de los rieles. La lucha no alcanzó a durar un segundo. Así como fue cierto que Harrocks lo sostuviera allí, no lo fue menos el que él mismo lo arrancara violentamente del peligro.

—¡Ya salimos del paso! —dijo Harrocks, respirando aliviado, mientras veía pasar el tren.

—No lo vi venir —contestó con calma Raut, tratando de aparentar una tranquilidad que no sentía—. Por un momento mis nervios flaquearon. —Harrocks se mantuvo inmóvil por un momento y luego, con brusquedad, se volvió hacia las fundiciones de acero.

—¡Vea qué hermosos parecen en la oscuridad esos grandes baluartes formados de ladrillos amontonados! ¡Aquel vagón, más lejos, arriba nuestro! Por aquí se va hacia los hornos, pero quiero mostrarle antes el canal. —Así diciendo tomó de nuevo el brazo de Raut y caminaron juntos. Raut contestaba con vaguedad a las observaciones del otro. Se preguntaba qué sería lo que verdaderamente había sucedido en la vía férrea. ¿Se estaría atormentando con vanos temores o era que realmente Harrocks había querido arrojarlo al paso del tren? ¿Habría estado a punto de ser asesinado? ¿Y si ese monstruo supiera algo? Por un instante Raut temió seriamente por su vida; pero ese temor pasó cuando comenzó a razonar. Después de todo, Harrocks podía no haber oído nada. De cualquier manera, lo arrancó a tiempo de la vía. Su proceder extraño se debía, quizás, a los vagos celos que había demostrado una vez. Ahora hablaba del canal. —¿No es cierto? —decía.

—¿El qué? —preguntó Raut—. ¡Ah!… ¡Qué hermoso! La luna entre la niebla.

—Nuestro canal —dijo Harrocks deteniéndose de pronto—. Nuestro canal a la luz de la luna y del fuego produce un hermoso efecto. ¿Nunca lo había visto? ¡Claro que no! ¡Tantas noches que ha perdido vagando por Newcastle! Ya le digo: para efectos bellos… Pero ya verá usted. Agua hirviendo…

A medida que se alejaban de los montones de carbón, ladrillos y minerales, los ruidos del molino resonaban sobre ellos, fuertes, cercanos y distintos. Tres trabajadores pasaron y se llevaron la mano a la gorra al ver a Harrocks. Sus rostros no se distinguían en la oscuridad. Raut experimentó el súbito impulso de dirigirse a ellos, pero antes de que pudiera formular una palabra, se alejaron entre la sombra. Harrocks señalaba ahora que se levantaban hasta cerca de cincuenta yardas, producían una constante sucesión de fantasmas negros y rojos, surgidos de los remolinos, en un incesante movimiento que hacía vacilar la cabeza. Raut se mantenía alejado del borde del canal y observaba a Harrocks.

—Aquí es rojo —decía este—, vapor rojo sangre, tan rojo y ardiente como el pecado; pero más lejos, bajo los rayos de la luna, es tan blanco como la muerte.

Raut volvió la cabeza y luego se apresuró a reanudar su vigilancia sobre Harrocks.

—Vamos a los molinos —dijo este. Las intenciones que Raut creía notar en él no fueron tan evidentes esta vez y se sintió algo reanimado. Pero, de cualquier modo, ¿qué diablos habría querido significar al decir «blanco como la muerte» y «rojo como el pecado»? ¿Coincidencia, quizás?

Llegaron a los molinos, donde, en medio de un incesante estrépito, el martillo automático extraía el jugo del suculento acero, y ennegrecidos y medio desnudos, titanes deslizaban las barras, plásticas como cera, entre las ruedas.

—Venga —murmuró Harrocks al oído de Raut, conduciéndolo hasta uno de los hornos. Espiando por uno de los pequeños agujeros de vidrio de la parte baja, pudieron contemplar el fuego que crepitaba en el interior. El intenso resplandor los cegó momentáneamente. Luego fueron hacia el ascensor que servía para transportar los vagones cargados de combustible hacia la cima del gran cilindro.

Una vez sobre la estrecha barandilla que se cernía sobre el horno, el temor volvió a asaltar a Raut. ¿Era prudente permanecer allí? ¿Y si Harrocks supiera todo? No pudo impedir un violento temblor. Justo debajo de ellos había una profundidad de setenta pies. Era un sitio peligroso. Tuvieron que empujar un vagón lleno de carbón, para llegar a la baranda que coronaba el lugar. El humo del horno parecía hacer ondular los distantes cerros de Hanley. El canal corría debajo de un puente que no se distinguía y desaparecía en la espesa niebla de Burslem.

—Ese es el cono de que le hablaba —gritó Harrocks—. Y debajo, sesenta pies de metal derretido.

Raut, sosteniéndose fuertemente del pasamanos, miró al cono. El calor era intenso y el hervor del acero acompañaba fragorosamente a la voz de Harrocks. Pero, «aquello» debía haber pasado ahora. Quizás, después de todo…

—En el centro —gritaba Harrocks— hay una temperatura cercana a los mil grados. Si usted fuera arrojado allí… crepitaría entre las llamas como una pizca de pólvora en la llama de una vela. Y ese cono, allá… La superficie tiene una temperatura de trescientos grados.

—¡Trescientos grados! —exclamó Raut.

—Trescientos centígrados, quise decir. Eso haría hervir su sangre en un segundo.

—¿Eh? —gritó Raut, volviéndose.

—Hervir su sangre en menos de… ¡No! ¡Usted no se irá!

—¡Déjeme! —gritaba Raut—. ¡Suelte mi brazo!

Se asió desesperadamente a la baranda, con una mano y después con las dos. Por un momento los dos hombres estuvieron balanceándose. Luego Harrocks, con un violento empellón, desprendió a Raut de su sostén. Este pegó un manotón, tratando de apoyarse en Harrocks, pero falló y sus pies encontraron el vacío. Cayó retorciéndose en el aire y entonces, mejillas, hombros y rodillas golpearon conjuntamente la candente superficie del cono. Se prendió desesperadamente a la cadena que sujetaba el cono y al hacerlo, este se hundió imperceptiblemente. Un círculo rojo apareció a su alrededor y una llamarada libertada de entre el caos que reinaba en el interior ascendió hasta él. Comenzó a sentir un espantoso dolor en las rodillas y pudo percibir el olor a chamuscado que despedían sus manos. Penosamente se puso de pie, tratando de escalar la cadena, y algo le golpeó en la cabeza. Harrocks permanecía en la barandilla, al lado del vagón de combustible, gesticulando y gritando:

—¡Hierve, loco! ¡Hierve, cazador de mujeres! ¡Hierve! ¡Hierve!

De pronto sacó un puñado de carbones del camión y los fue arrojando deliberadamente, uno por uno, a la cabeza de Raut.

—¡Harrocks! —gemía este—. ¡Harrocks!

Sollozando, se asía a la cadena con ambas manos, tratando de escapar al terrible calor del cono. Sus ropas comenzaron a inflamarse y mientras forcejeaba, el cono cayó: una sofocante ola de calor comenzó a rodearlo y tremendas lenguas de fuego se abalanzaron hacia él.

Todo vestigio de apariencia humana había desaparecido de Raut. Cuando el resplandor momentáneo pasó, Harrocks vio una figura ennegrecida y achicharrada, con la cabeza cubierta de sangre, aún luchando en medio de su agonía. Un animal reducido casi a cenizas, una inhumana y monstruosa criatura que comenzó a exhalar un sollozante e interminable chillido.

A la vista de semejante espectáculo, el odio de Harrocks se fue apaciguando. Un horrible malestar comenzó a invadirlo. El olor de la carne quemada llegaba, penetrante, hasta él y su locura desapareció.

—¡Dios tenga piedad de mí! —gritó—. ¡Oh, Dios! ¿Qué he hecho? —Sabía que «la cosa» que aún estaba debajo, aunque se movía y sentía, era ya un hombre muerto, y que toda la sangre estaría hirviendo en las venas. Una inmensa piedad hacia la agonía horrible del desgraciado comenzó a desalojar de su mente cualquier otro sentimiento. Se detuvo, algo indeciso y luego, volviéndose hacia el vagón, volcó presuroso su contenido sobre lo que una vez había sido un hombre. El chillido cesó y una hirviente confusión de humo, polvo y llamas se levantó hacia él. Cuando pasó, pudo ver el cono, despejado otra vez.

Luego, bamboleándose, volvió a tomarse fuertemente del pasamanos. Sus labios se movieron, pero no pudieron formular una palabra.

Abajo, se oía un rumor de voces y de pasos rápidos. El fragor del molino cesó bruscamente.


Herbert George Wells (Bromley, 21 de septiembre de 1866-Londres, 13 de agosto de 1946),1​ más conocido como H. G. Wells, fue un escritor, y novelista británico. Wells fue un autor prolífico que escribió en diversos géneros, ciencia ficción, docenas de novelas, relatos cortos, obras de crítica social, sátiras, biografías y autobiografías. Es recordado por sus novelas de ciencia ficción y es frecuentemente citado como el «padre de la ciencia ficción» junto con Julio Verne y Hugo Gernsback.


Este relato se publica únicamente con motivos de difusión. Apareció originalmente en el libro Cuentos para leer los sábados, una antología de relatos elegidos por J. L. Borges y U. Petit de Murat para Crítica.

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Narrativa

Liliana Hernández Almazán | Instrucciones para enterrar un vivo

Finalmente, se encuentra en la azotea. Introduzca primero el pie izquierdo en el agua, luego el derecho unos segundos. Sienta por primera vez el agua correr por su vergonzosa y pálida piel. El agua es tan clara y cálida que no ha notado que está en lo alto de un edificio. Vea el horizonte, ese espejo radiante, saturado de naranjas y ocres, vea el ocaso, los rascacielos, ¡qué sé yo! Lentamente, se da cuenta de que no es la única persona. Primero reconoce una silueta alargada, inmóvil, como petrificada, solemne. ¡No se mueva! El sol ahora muestra solo una mísera parte de su ser. Siente usted la inquietud de dirigirse a este hombre, queda claro que es un hombre.

No será necesario concederle un nombre, solo los muertos lo necesitan. Y hablando de muertos, solo los muertos pasean por las huertas enormes, reconocen rincones, huelen el azahar. Los muertos contemplan, vienen y van, sueñan con aquel despeñadero cruzar. Ahora olvídese de los muertos, usted está más viva que nunca, tampoco necesita un nombre.

Usted se acerca a él, le regala un beso, no sabe cuánto tiempo pasa, pero al retirar poco a poco su cara, se siente asombrada. Usted recibe una sonrisa y un reproche, lo entiende perfectamente y permanece inmóvil. Llegó la hora, es momento ya. Allí está, baja la mirada como por casualidad. Primero lo reconoce por su color, una gran mancha rosada, con intentos de naranja en su derredor. Allí aparece junto a usted: un cangrejo.


Liliana Hernández Almazán (San Luis Potosí, México). Se dedica al psicoanálisis desde hace 5 años. Su interés por la literatura surgió desde la niñez. Este relato fue publicado originalmente en El camaleón III.

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Tania Hernández | Gotas de agua

El cielo de la noche anunciaba tormenta. Primero la lluviecita de los pasos de mi mamá yendo a la cocina, como gotitas de agua que van pidiéndole permiso al suelo, para que no se enoje, para que no invoque el chaparrón que todo lo inunda, que todo lo disuelve. La vista nublada por los sollozos casi inaudibles de un miedo conocido. De pronto, la luz de la sala se enciende, la puerta se cierra en un trueno. Un rayo, un trueno: es mi padre, es el viento, es el huracán que entra. La voz de papá cayendo en aguacero que aplasta sin piedad.

Meto la cabeza bajo la chamarra, pero no puedo dormir. Tengo miedo de que al despertar encuentre la casa inundada y a mi mamá ahogada en un torrente de gritos, de insultos y de maltratos. Tengo miedo que, entre sueños, la humedad de mi propio llanto no me deje respirar.

El miedo. El miedo moja, el miedo arrasa, el miedo inunda. Hoy lo vi inundando los ojos de mi hijo. Se derramaba en gotas por sus mejillas. Y detrás del miedo me vi a mí mismo, convertido en tempestad. Convertido en un maldito plagio de lo que fue mi padre.


Tania Hernández nació en Guatemala, Ciudad. Es Ingeniera en Sistemas e Informática, con estudios de Filología Latinoamericana y Análisis Fílmico. Ha participado en varias publicaciones antológicas y así como en revistas y diarios locales. Cuenta con tres libros de cuentos cortos publicados: Love veintediez de Editorial Sin Tecomates, Desnudar santos de edición conjunta de La Maleta Ilegal y Alas de Barrilete, y Cuentos para adultos fantásticos de Editorial Alambique.


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Poesía

Claudia Piccinno | Mantos de olvido

Coltri d’oblio
 
Braccia s’allungano,
mani s’intersecano,
dita che graffiano
per squarciare
un tulle di malinconia.
Rami spigolosi e scarni
cercano l’azzurro del giorno
sepolto sotto coltri d’oblio.
Ombre cinesi danzano
riflesse allo specchio
di un cielo sospeso
tra il com’é
e il come vorrebbe essere!
 
Mantos de olvido
 
Brazos que se alargan,
manos que se entrelazan,
dedos que rasguñan
hasta desgarrar
un tul de melancolía.
Ramas afiladas y esbeltas
buscan el azul del día
enterrado bajo mantos de olvido.
¡Sombras chinescas danzan
reflejadas en el espejo
de un cielo suspendido
entre el cómo es
y el cómo le gustaría ser!

Claudia Piccinno (Italia). Es Directora del World Festival of Poetry. Ha recibido el l’Ape d’Argento 2019, por parte del municipio de Castel Maggiore (Boloña). En abril 2017 se le otorgó el premio World Icon for Peace en la ciudad de Ondo en Nigeria. Ganó el premio literario Naji Naaman 2018, en el Líbano. Ha escrito numerosos ensayos críticos o prólogos para libros de otros poetas. Ha traducido gran cantidad de autores del inglés al italiano.

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Narrativa

Montserrath Campos Sánchez | Bar Central

Marina entra al bar vestida de mallas verdes y suéter rojo. Demasiado flaca para provocar una erección, pero muy disponible para cualquier borracho. Pide una michelada en un vaso de plástico. No quiere perder tiempo por si consigue “paro” para seguir la fiesta, allá entre los arbustos.

Marina debió de ser cantante. Se contonea y abre la boca como una soprano. Con urgencia, desgarra su media y muestra una pierna lacerada, herida por algún adicto que no encontró la puerta. Su cabello reseco y gris, habla de las noches sin bañarse. Ella sabe que su olor también seduce.

En el bar suena una canción triste. El Príncipe ahora un esqueleto, nos dice: “Ya lo pasado, pasado”; pero no pasa. Marina todavía sufre al recordar su primera menstruación: Señorita para que alguien la penetre sin preguntar su nombre.

Marina va al baño a defecar la lujuria que conoció desde niña. Lleva una cubeta para que nadie sepa que siempre quiso ser una Virgen.

La veo bailar. Quisiera contarle de los sueños, de esos que dicen que hay vida en otro pueblo. Pero la ciudad duerme, alguien ha tomado los focos.

Marina por fin consigue un cliente. Le toma la mano y sin pudor la dirige a su vagina; debe ser directa para que el siguiente pez nade entre sus piernas. Baila porque la noche es un rompecabezas que armamos todos. Mientras más se apaga la luz, ella le gime a un oído borracho por diciembre.

No se siente inferior por la morena de vestido rojo, su enemiga. Aún sin mostrar los senos, sabe que alguien le tocará el pezón por unos cuantos pesos. “Hay que compartir”, piensa, y me mira para seducirme. Pero estoy demasiado borracho para entrar siquiera a su mirada.

La conozco de tiempo, sentados siempre de frente mirando evaporar la noche. Alguna vez, estuve embrujado por la mugre que destellaba en su frente, y quise lamerla, pero la falta de tabaco me secaba la boca. Ahora, mientras desesperada es una moneda de cambio, busco mi billetera para llamarla.

La veo irse. Tropezar con otras manos que burlonamente le tocan la entrepierna. Somos dos vagabundos buscando un hogar. Mañana la veré seguramente; desde lejos imaginaré su grito en la banqueta.

Mientras el bar nos reciba, seremos tiburones; mientras la luz se apague, seremos un marino sin un barco.

Enamorado de Marina me corto debajo del zíper, ansioso de que alguien me bese las entrañas.

En el pueblo todos somos prostitutos. He perdido el pudor. También quise ser un Santo; un párroco para masturbar niños temerosos.


Montserrath Campos Sánchez (Celaya, Gto. 1984). Estudió la licenciatura en Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato, y actualmente estudia la Maestría en Literatura Hispanoamérica en la misma institución. Ha publicado los poemarios: Duermevela (Editorial La Rana, 2011) y Dos Infancias (Editorial La Rana, 2018) y, el libro de cuentos ¿Quién es Paola Vargas? (Ficticia, 2016). Su poesía ha sido antologizada en Poesía en rojo (Centro de Estudios de la Cultura Mixteca, 2015)en Diez poetas de Guanajuato 1982-1996 (Revista Punto de Partida, UNAM. Núm. 209) así como en Las Avenidas del Cielo (Universidad Autónoma de Aguascalientes en coedición con la Universidad de Guanajuato, 2018). En el 2019 recibió Mención Honorífica en los Premios León 2019, en la categoría de cuento corto.

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Karla Hernández Jiménez | metadata

Un ojo amoratado fue el que le abrió el camino hacia una nueva ola de violencia. Nerea se despertó en medio de una lluvia de puñetazos.

Toda su vida, Nerea había hecho honor a aquel nombre viejo: una sirena peligrosa a la que le gustaba sortear las aguas turbulentas de la Red.

Nadie hubiera sospechado jamás que aquella chica latina, flacucha y pelirroja fuera una genio en cuestiones tecnológicas. También resultaba complicado comprender la forma en que había logrado crear un servicio tan eficaz con el que las mujeres pudieran denunciar si estaban siendo tratadas como basura.

La ciudad siempre había tenido serios problemas en preservar la seguridad de sus habitantes, especialmente en zonas marginales. Pero últimamente habían tenido lugar una serie de actos violentos. Se estaba convirtiendo en una cuestión terriblemente cotidiana encontrar los cuerpos despedazados de mujeres en varios rincones de la ciudad.

El punto de quiebre ocurrió el día en que hallaron la mitad del torso de Kimberly Park en la cancha de la escuela. Verla en ese estado fue un choque a la sensibilidad de Nerea.

Justo en ese momento, decidió desarrollar el dispositivo. Usando materia orgánica y acero consiguió crear aquel chip reptante que se introducía incrustándose en el oído, escalando para conectarse al cerebro de su potencial dueña.

El invento también permitía paralizar al agresor e infligirle un nivel de daño considerable. Incluso se habían llegado a registrar casos en los que el agresor había terminado muerto a manos de su víctima. En unos meses, la ola de violencia comenzó a disminuir de forma radical.

Nerea insistía en permanecer en el anonimato, incluso el pequeño sitio web que ofrecía mandar el dispositivo a quien lo solicitara estaba cifrado para evitar el rastreo.

Cuando los Agentes la encontraron, ella ni siquiera parpadeo. A pesar de que no opuso resistencia, los agentes la arrastraron fuera de su casa y la golpearon durante todo el camino hasta aquel cuarto en el otro extremo de la ciudad, el Honorio Deu.

Es verdad que casi toda la ciudad estaba completamente hecha de acero, pero aquel metal transmitía una sensación especial. Era como si estuviera vivo. Era la Red.

Se decidió que el castigo de Nerea por alterar el orden fuera la fusión en frío con la Red.

Ella decidió esperar hasta que el acero de la Red se infiltrara en lo más profundo de sus células y la asimilara por completo.

—Aparentemente, se dio por vencida sin pelear.— exclamaron con satisfacción los hombres que habían mantenido a Nerea prisionera durante dieciséis horas.

Los agentes estaban convencidos de que aquella insignificante chiquilla había desaparecido para siempre de la faz de la Tierra. Ellos ni siquiera sospechaban que esa noche había nacido una nueva clase de poder, un nuevo código que se había fusionado sin proponérselo con el sistema binario de aquella maquinaria que se encargaría de vigilar que no volvieran a verse cuerpos femeninos destrozados en la ciudad.

Nombre del código: N.E.R.E.A.

Karla Hernández Jiménez (Veracruz, México). Egresada de Lingüística y Literatura Hispánica. Lectora por pasión y narradora por convicción, ha publicado relatos en páginas especializadas como Íkaro, Casa Rosa y Página Salmón, pero siempre con el deseo de dar a conocer más de su narrativa.

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Alberto Sánchez Argüello | Gilgamesh

Hablo de aquel que todo ha visto; que recibió la merced de ver dentro del gran misterio, de los primeros días antes del Diluvio; el que viajó a los confines del mundo y regresó, exhausto pero entero; el que grabó sus hazañas en estelas de piedra. Cuatro mil quinientos años no han hecho mella en su cuerpo. Desde que los nombres de Anu, Enki, Nammu e Ishtar fueron olvidados, él mismo se perdió entre las dunas que empezaban a cubrir el zigurat de Ur. Resurgió en la defensa de Antioquía en contra de los cruzados, pero ninguno de los tomentos a los que fue sometido logró su cometido. Tampoco lo lograron los cañonazos de Waterloo; el gas mostaza en las trincheras de Flesquiéres; ni el horror inenarrable de “Little Boy” en Hiroshima. Ahora camina sin testigos entre ciudades cubiertas por espesa vegetación. El antiguo rey de Uruk busca entre los vestigios de la humanidad, una cura para su maldición. Pero está escrito en las ciento ochenta palabras de este texto, que él experimentará la peor de las soledades: la inmortalidad.

Alberto Sánchez Argüello (1976, Nicaragua) Psicólogo, minificcionista, escritor de Literatura Infantil y Juvenil. Fundador del colectivo microliterario nicaragüense y de Parafernalia Ediciones Digitales. Ganador del primer concurso de cuento juvenil de la Fundación Libros para niños (2003) y del II Concurso Centroamericano de Literatura Infantil (2016) incluido en antologías de minificción a nivel hispanoamericano. Publicó “Miniaturas voraces” con El Taller Blanco Ediciones en (Bogotá, 2019) y “Naufragio de botellas” con Quarks Ediciones Digitales en (Lima, 2020)

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Marshiari Medina | Saint Barbie

“Si me preguntan les diré que tan solo es pop-surrealismo.” Saint Barbie