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Estrellas | José A. García | Cuento

—Las estrellas se ven extrañas esta noche —dijo pretendiendo sonar seguro de lo que decía, aunque esa noche en particular no lo estaban para nada.    

Recostado sobre la hierba apenas húmeda, sintió el cuerpo de su compañera sacudiéndose levemente, como quien duerme en una posición incómoda e intenta acomodarse, o quien se esfuerza para no reírse a carcajadas frente a alguien más.    

—Claro —susurró después.    

—Es en serio —replicó él—, se ven extrañas.    

—Tal vez sea la primera vez que las miras.   

—¿Cómo dices? —preguntó intentando separarse de su abrazo mientras levantaba apenas la cabeza.    

—Nada, no dije nada.    

—Sí, sí lo has hecho. Algo sobre las estrellas.    

—Ese fuiste tú —respondió su compañera.    

—Admites entonces que has dicho algo —continuó levantándose por completo—. Algo extraño.    

—Mira las estrellas —dijo su compañera—. No, a mí no, a las ellas —señaló con una de sus manos hacia las alturas—. ¿Qué ves?    

—Estrellas —respondió mirándolas—. Pero se ven extrañas esta noche. No sé por qué.

—Tal vez sea que es la primera vez que las miras —dijo su compañera poniéndose de pie. También en ella había algo extraño, algo indefinible que no estaba del todo bien, que no concordaba con lo que debía ser, pero no era capaz de decir qué era eso.    

—Lo has vuelto a hacer, repites las mismas palabras.    

—Pero si no he dicho nada.    

—Sí, sí lo hiciste. Estás extrañas esta noche, tanto como las estrellas.    

—Tal vez sea porque es la primera vez que me miras —dijo sonriendo.    

—¡Deja de repetir eso!    

Comenzó a alejarse sin dejar de mirarla, luego se giró y corrió por el camino en la dirección en la que habían dejado el vehículo; el picnic nocturno no había sido una buena idea después de todo. Desde el comienzo nada lo había sido. Pesaba sobre sus actos la sensación de hundirse cada vez más en el error.    

Al costado del camino encontró un vehículo, pero no estaba seguro de que fuera el suyo. Le parecía que era la primera vez que lo veía ya que no concordaba con el recuerdo de su vehículo.    

Una serie de pasos, como si quien lo siguiera tuviera más de dos piernas, muchas más, se escucharon a su espalda. Tuvo miedo de volverse, un miedo cerval que no podía explicarse sólo con palabras.    

—Hay algo extraño en el coche. Y no digas que tal vez sea la primera vez que lo veo.    

—Sabes que tal vez sea así —dijo la que se parecía levemente a la voz de su compañera.    

Una sombra se proyectó brevemente sobre él y la superficie del vehículo antes de desaparecer, una sombra demasiado grande, que no se parecía en nada a la sombra que debería tener su compañera.    

—Todo es extraño. No fue así como sucedió —dijo sofocando un sollozo—. Cambiaron las cosas.    

—Existe una explicación para eso, es…    

—¡Silencio! Si quisiera una explicación la buscaría. Pero no es eso lo que quiero, no ahora.    

Le temblaban las piernas y las manos, que guardó en los bolsillos del pantalón para que no se notara. Respiró varias veces, respiraciones largas, profundad, prolongadas, necesarias para calmarse y pensar más claramente, aunque el aire tenía un sabor metálico que le picaba en la nariz y que había estado allí desde un principio por más que intentara negarlo. La cercana presencia de quien debía ser su compañera, que se suponía se encontraba allí para reconfortarlo, lo ponía más nervioso aún.    

—Algo va mal —dijo—. Tendría que ser mi recuerdo, pero al mismo tiempo no lo es. Por eso las estrellas, el pasto, los árboles y lo demás resultan extraños. Estoy en la memoria de alguien más, soy el recuerdo de otro.    

El tenso silencio que siguió a su última palabra era la confirmación que necesitaba.    

Sollozó un par de veces y se dejó caer de rodillas.    

Una mano con demasiados dedos se apoyó sobre su espalda.    

—¿Reiniciamos? —dijo una voz que tal vez podría ser la de su compañera pero al mismo tiempo podía no serlo.    

—Por favor —respondió.    

Parpadeó.    

Miraba las estrellas tendido en el pasto rugoso y húmedo por los restos del rocío, el diminuto cuerpo de su compañera, abrazada junto a él, con su cercanía y su calor, lo hizo sentir tranquilo y cómodo a pesar de la molestia general de su cuerpo. Se abrazó aún más a ella, volvió a mirar las estrellas y no pudo evitar decir:    

—Las estrellas se ven extrañas esta noche. ¿No te parece?

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Desde las tierras calientes | José A. García | Cuento

Al despertar lo encontramos entre nosotros.

Sin explicaciones ni presentaciones, como si fuera uno más de los nuestros cuando claramente no lo era.

Nos indicó con gestos y mímicas de trabajos cuanto debíamos hacer para purificar nuestras tierras, nuestros cuerpos, nuestras mentes reparando el daño de milenios de depravación. Algo que él mismo dijo estar haciendo desde el comienzo de su vida.

Como no se trataba del primero en llegar a nosotros con un mensaje similar, no creímos en ninguno de aquellos gestos. Su lengua, cortada de raíz, y la irregular cicatriz que rodeaba su cuello, eran señales inequívocas de que se trataba de uno de los tantos falsos profetas que rondaban la región buscando su sustento. Y, de no encontrarlo, buscaban quienes creyeran en ellos. Los conocíamos bien, y nos burlábamos haciéndoles hablar sin creer en ninguno de sus gestos.

Pero él era diferente. Había varias razones para que lo fuera, pero la más extraña era que había llegado desde las tierras calientes, desde donde estábamos seguros que no quedaba más que devastación y muerte.

La tradición cuenta que allí había comenzado el final de lo que fuera antes, y que nosotros, allí, en aquel poblado, éramos los que más cerca nos encontrábamos de ese mítico lugar. Eso explicaba que tantos fabuladores llegaran ofreciéndonos sus prodigios y quimeras, cada una más falsa que la anterior.

Nos burlamos de su piel resquebrajada, de sus ojos cansados que parecían haber visto infinitos amaneceres, de sus manos curtidas por cada uno de los trabajos conocidos, de su cuerpo enflaquecido y de su morral remendado tantas veces que imposible saber cuál era su color o su forma primitiva. Eso para o mencionar su contenido.

Reímos hasta cansamos, luego  lo echamos de nuestras tierras a pedradas, como corresponde, según la ley, las normas, las costumbres, y la tradición.

Antes de que pudiéramos detenerlo huyó hacia las tierras calientes. Sin dudas escapó por el mismo camino por el cual había llegado y, tan pronto como lo vimos perderse en aquella tierra yerma y hostil, nos olvidamos de él.

Continuamos con nuestras vidas sin preocuparnos, como lo habíamos hecho en los años previos. Era la mejor forma de aprovechar el poco tiempo que teníamos dado lo rápido que envejecíamos por vivir allí, tan cerca de aquel lugar que solamente significaba decadencia y final para los pueblos anteriores a nosotros.

Años después notamos los primeros cambios. Algunas tardes, cuando el resplandor del sol no dañaba tanto nuestros ojos, podían adivinarse manchas color verde entre la tierra que sabíamos árida y abandonada. Los pocos nacimientos que se producían en el poblado comenzaron a multiplicarse y, la mayor de las sorpresas, aquellas criaturas nacían tal y como se esperaba que lo hicieran, sin complicaciones para ellas ni para sus madres; los partos se volvían, poco a poco, normales. Dejamos de celebrarlos como un triunfo sobre la muerte cuando alguno de los dos sobrevivía. Comenzamos a celebrarlos como el triunfo de la vida.

Durante la primavera anterior una suave brisa, inesperada en casi todos los sentidos, inundó el poblado con aromas desconocidos, con el trino de aves que ignorábamos y el rumor del agua hasta ese momento ausente. La brisa llegaba, sin posibilidad de confusión alguna, desde las tierras calientes; tal vez por eso no nos resultara similar a nada de que solía llegarnos desde allí.

Intrigados, como no podía ser de otro modo, pero aún presos de un temor reverencial, unos pocos de nosotros nos internamos en la tierra baldía. Nos escondimos bajo capas y más capas de ropa que, por generaciones, se confió en que podían protegernos de lo que continuaba produciendo muerte en aquel lugar.

Caminamos durante días porque, si bien éramos el poblado más cercano, no era cierto que nos encontráramos tan cerca de las tierras realmente calientes; de haber sido así ni tan siquiera hubiéramos sobrevivido un día. El menor indicio de nada diferentes a la desolación y al abandono facilitaba nuestro camino, pero continuamos pues necesitábamos saber qué era lo que estaba sucediendo para huir si era necesario, o para continuar como hasta ese momento, de ser posible.

Encontramos un sendero luego de las primeras estribaciones formadas por la escoria de lo que fuera que allí hubiera sucedido. Árboles desconocidos, esbeltos algunos, desgarbados otros, de un verde pálido que oscurecía a medida que avanzábamos, nos dieron la bienvenida. Suponíamos que su follaje eran las manchas que se veían en el poblado, pero nadie quería mencionarlo por temor a que las palabras pudieran destruir lo que nuestros ojos nos mostraban y nuestro entendimiento era incapaz de aceptar.

            Nos internamos en aquel inesperado e inexplorado bosquecillo sin saber si debíamos temer la presencia de animales silvestres, cuando no salvajes, o de algo más grande que las aves que nos recibían con sus cantos y sus vuelos de rama en rama. Aves que, sin darnos cuenta nos guiaron hasta la tierra yerma del otro lado de los árboles donde, en medio de tanta aridez y desolación, en algunos pequeños lugares la tierra se encontraba removida, trabajada, preparada, en pequeños hoyos.

            Junto a uno de ellos, con un trozo de hierro herrumbrado que no representaba ayuda alguna contra la dura y aplastada tierra, lo que parecía ser un hombre, se afanaba en su trabajo. Podría haber sido cualquiera, pero aunque había enflaquecido al punto de que cada uno de sus huesos se marcaba sobre su piel sumamente resquebrajada, la irregular cicatriz de su cuello no nos permitía equivocarnos. Era él que, habiendo sido despreciado por nosotros, continúo adelante sin importarle la soledad y el desánimo. Simplemente continúo. Sus manos, curtidas por otros miles de trabajos realizados, eran la señal más clara de ello.

            —¿Qué es eso? —preguntó uno de nosotros señalando hacia los árboles.

Su respuesta se convirtió en sinónimo de esperanza, anhelo, ilusión, renacimiento y regeneración, de resurgir desde la devastación, de volver a comenzar aunque no hubiera con qué hacerlo, de deseo de posibilidad, y tantos otros sinónimos que se expandieran desde Chernobil hasta Fukushima, desde Atucha hasta la bahía de Jervis, desde Three Mile Island hasta Koeberg, hasta nuestro poblado y también el tuyo, pero también más allá.

            —Abedul —fue todo lo que dijo.

            Aquel atardecer supimos que, las tierras calientes finalmente comenzarían a enfriarse.

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José A. García | El peor de los azotes (Cuento)

He vivido, sin grandes problemas ni sobresaltos, la mayor parte de mi vida adulta en soledad. Es cierto que habito en una casa grande, enorme dirán otros, que podría albergar a una familia numerosa, si así me lo propusiera. Pero, salvo contadas visitas ocasionales para subsanar naturales apetencias, esa soledad, de la cual no me arrepiento, continuó siendo mi predilección. Somos seres gregarios, lo sé, pero a veces debemos ser nosotros mismos, cosa que se logra en soledad.

            Y fui yo mismo por mucho tiempo. Pero, como sucede siempre que la paz y algo que podría llamarse felicidad, nos rodea, las condiciones cambiaron de modo un tanto inesperado. Siendo feliz como lo era, y encontrándome en paz conmigo mismo como lo estaba, difícil resulta argumentar que ese cambio haya sido, en modo alguno, para mejor. Más bien, y como no podía ser de otro modo, fue lo contario.

            Un leve crujir en las maderas del suelo, en el piso inferir de la casa mientras me encontraba ocupado en mis quehaceres, fue la primera señal. Golpes sordos, apagados, como cosas que caían sobre las viejas y gastadas alfombras de las habitaciones, le siguieron a los pocos días. Restos de comida donde antes no había nada y olores rancios y nauseabundos que cambiaban el aire siempre húmedo de la casa, se sumaron más tarde. Detalles que dejaron de ser aislados convirtiéndose en algo habitual e  interrumpiendo mi existencia.

El miedo que me producía en encontrar con estos cambios me llevó a dejar de vagar libremente por la casa; dudaba de cuanto veía y escuchaba. Permanecía durante horas en un mismo rincón asegurándome que todo permanecía en silencio y en la más perfecta quietud, antes de ir de un extremo al otro. Limitaba mis paseos por la casa previendo cualquier situación problemática que prefería evitar.

            Imposible negar que mi vida estaba cambiando. Los ruidos, los roces sobre el yeso de las paredes, pasos pequeños, cortos pero rápidos en las habitaciones que esperaba encontrar vacías, lograban hacer que mis nervios se estuvieran siempre a flor de piel. De aquella tranquilidad a la que me encontraba habituado apenas quedaba el recuerdo; continuar viviendo en semejante situación se volvía intolerable. Me sentía cada día más rodeado, más cercado por los ruidos, por las presencias que se intuían pero nunca se dejaban ver. Sabía que allí estaban, se hacían notar, durante el día y, para peor, también durante la noche.

            Tuve que hacerme a la idea de que había perdido mi hogar. Algo que había sabido desde el primer día, desde el primer crujir de las maderas; pero me negaba a aceptarlo, como cualquiera se negaría a aceptar una derrota sin haber presentado antes batalla. Sabía que cualquier cosa que intentara sería por demás inútil; la casa estaba infectada, desde los sótanos hasta la buhardilla en la que tanto me gustaba contemplar el atardecer. La casa había dejado de pertenecerme, debía irme, alejarme y buscar otro lugar donde pasar mis últimos años.

Cualquier confirmaría que en estos casos lo mejor es poner la mayor distancia posible entre alguien tan pequeño y solitario como yo y esa plaga tan terrible que ocupaba mi antiguo hogar. Aunque me dolía desde lo más profundo de mi ser, nada podía hacerse frente a una invasión semejante de humanos.

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