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Estuardo Prado | La X en el mapa

Una odisea de múltiples monstruos y sirenas asesinas en el camino y que no siempre llega a buen puerto: eso es publicar en Latinoamérica. Los escritores —los ulises— tienen que enfrentar problemáticas arraigadas, como los son la censura o el canon impuesto por las grandes casas editoriales, asumidas en buena cantidad por los grandes consorcios españoles que imponen sus criterios editoriales y a los cuales no siempre se ajusta la literatura de nuestro continente. Por lo menos la literatura de vanguardia, la experimental, la subterránea, mucho menos la políticamente incorrecta.  Salvo algunos casos afortunados, no es nada fácil acceder a los emporios de la edición. Obras y obras que cada año son rechazadas a veces sin ni siquiera un dictamen de por medio, se perderían en la nada, a no ser porque, como sucede en estos lares canaimeros, existe la resistencia. Quijotes de nuestro tiempo, llamó la escritora Carla Pravisani a las editoriales independientes latinoamericanas.  Los son. Son quijotes, son resistencia, son guerrilla literaria, son la auxiliadora Atenea para que tantos ulises no naufraguen. Y si de resistencias hablamos, Centroamérica es una de las zonas donde más palpable se hace la presencia de las editoriales independientes ante gobiernos cuyas políticas públicas no suelen alentar el arte y la cultura y mucho menos el despertar sensible de sus poblaciones. Con anterioridad hemos señalados que existe un notorio movimiento editorial y literario en Guatemala. Catafixia, Sión, Quimera, Chuleta de Cerdo, F & G Editores, Cholsamaj, son algunos de los sellos que conforman los esfuerzos por dar voz a una literatura emergente, no sólo guatemalteca, sino centroamericana, y que en no pocos casos encuentra puntos de conexión con México y Sudamérica. En esta revolución cultural, uno de los protagonistas indudables (y podríamos decir que hasta legendarios) ha sido Estuardo Prado y su Editorial X, la cual fundó en 1998 y cuyos antecedentes los hallamos en la revista Anomia. Editorial X se ha distinguido desde sus inicios por dar voz a escritores emergentes y por identificar a estetas subterráneos que no son bien recibidos en otros espacios. Prado, nacido en Guatemala capital en 1971, es narrador, egresado de la licenciatura en Letras y Filosofía por parte de la universidad Rafael Landívar. Entre los libros que ha escrito, se pueden contar Estética del dolor (1998), Vision-es del exceso (1999), Los amos de la noche (2001), El Libro Negro (2000) y Siendo alcohólico-drogadicto me fue mejor y de paso escritor de mierda (2013), todos ellos en Editorial X.

  • Estuardo, ¿por qué decides volverte editor?
  • A mediados de los 90s, con un grupo de estudiantes de la Universidad Rafael Landívar, que también estudiaban Filosofía y Letras, comenzamos a escribir. Originalmente la idea era leer el trabajo de todos entre nosotros. Pero conforme fue pasando el tiempo y los textos fueron teniendo mejor calidad literaria, se nos ocurrió sacar un fanzine. Le pusimos de nombre “Anomia” y básicamente eran unas fotocopias engrapadas con textos nuestros. Poco a poco se fueron uniendo otros estudiantes que también tenían textos. Hasta que llegó un punto en el cual buscamos una editorial que nos publicara, pero el gremio literario era muy cerrado y no encontramos ninguna posibilidad. Por eso es que al final de la última revista, la sexta en 1998, publiqué el manifiesto de editorial X. Ese año empecé con la publicación de los dos primeros libros: “Estética del dolor” (mi primer libro de cuentos) e “Hijas de Shakti” una antología de escritoras.
  • Se ha dicho que Editorial X es contracultural ¿cómo definirías tu proyecto?
  • Pues la idea era publicar textos de calidad literaria de escritores que tuvieran un estilo propio, ya sea que hayan publicado o no, anteriormente. El crítico literario Guido Almansi define “estilo” como algo que rompe con el canon de lo que se está proponiendo como mainstream en una época determinada, teniendo que ser obsceno en su momento, pues es rechazado por no ir en la línea general literaria de su contexto histórico, similar al término de “desterritorialización” que proponen Deleuze y Guatttari. Eso era la que estábamos y seguimos buscando textos de ruptura en el manejo del lenguaje, tanto de forma como de temática y no desde un punto de vista comercial, como casi todas las editoriales establecidas tienen. Aunque suene un poco hermenéutico, a nosotros siempre nos interesó el texto por el texto. Creo que por tener nuestros medios propios de publicación nos permitió sacar libros contraculturales, sin importar su tónica, pues lo importante era la calidad literaria y la ruptura con el mainstream.
  • ¿Cuál es tu visión de los escritores y la literatura centroamericana contemporánea?
  • Actualmente hay varias propuestas muy interesantes a nivel centroamericano, pero creo que las editoriales alternativas nuevas han servido para poder difundir las voces de escritores nuevos, aunque con el tiempo se integraron ya al canon por su calidad literaria. En Costa Rica proyectos como Perro Azul, de Carlos Aguilar, nos trajo las propuestas de autores muy buenos como Alexander Ovando, Alfredo Trejos, Luis Chaves. En El Salvador Los sin pisto, dirigida por Mauricio Orellana, nos brinda una opción muy interesante de autores como Jacinta Escudos y el mismo editor. En Honduras la editorial Mimalapalabra dirigida por Guiovanni Rodríguez hace lo mismo, brindar un espacio a esos escritores que valen la pena.
  • ¿Y en específico de Guatemala?
  • En Guatemala, como tú lo señalaste, hay una nueva oleada de editoriales alternativas que ha ido surgiendo y sacando a la luz escritores que valen la pena: Ediciones Bizarras de Simón Pedroza, Chuleta de cerdo de Alberto Arzu, Alambique de Marco Valerio Reyez, Vueltagato de Pablo Bromo, Catafixia de Luis Méndez Salinas y Carmen Lucia Alvarado. Más recientemente, Colectivo Amberes en donde se reunieron distintas voces como Matheus Kar, César Yumán, Laura Arévalo, Diego Ugarte y Marcos Gutierres, entre otros.  Además de POE de Wilson Loayes, Sión Editorial, Quimera y Testigo ediciones, entre otras. Las cuales, la mayoría, son dirigidas por escritores y que nos han traído una pluralidad de nuevas propuestas literarias de valor además de las de sus propios escritores/directores: Vania Vargas, Alejandro Marre, Julio Serrano y muchos otros.
  • ¿Existe una relación de hermandad entre los escritores de Guatemala y México?
  • Creo que sí, pero no sólo por el idioma que compartimos o la cercanía, sino también porque hemos compartido una historia en donde varios de los principales escritores guatemaltecos han encontrado un hogar en México,  al salir por x o y razón pero por lo general durante épocas difíciles en nuestro país. Tales como Luis Cardoza y Aragón, Augusto Monterroso o Carlos Solórzano. En lo personal, desde hace varios años con la Revista Generación, dirigida por Carlos Martínez Rentería, he tenido la oportunidad de encontrar un espacio en donde contribuir con mis textos. Igualmente con el proyecto de Ediciones Periféricas de Nahum Torres hemos empezado un intercambio al realizar la primera coedición de la novela “Si Dios me quita la vida” de Francisco Alejandro Méndez (Premio Nacional de Literatura Guatemalteca Miguel Ángel Asturias 2017) y esperamos seguir con este intercambio.
  • Precisamente hablando de éste, que es uno de los últimos trabajos que has publicado, Si dios me quita la vida, de Francisco Alejandro Méndez, sin duda, uno de los escritores latinoamericanos más interesantes de la actualidad. Como mencionas, lo hiciste en coedición con Ediciones Periféricas, de México. En este sentido, ¿la coedición será la estrategia maestra para cultivar las interrelaciones literarias entre los países latinoamericanos tan aparentemente separados los unos de los otros?
  • Creo que sí, pues a pesar de la cercanía de nuestros países, la circulación de nuestros libros es difícil y ésta, como te mencioné, es una forma idónea para poder hacer que las propuestas literarias circulen. Además, surgieron proyectos en común como TriNorte (Triángulo Norte Ediciones), en el cual tenemos proyectos de integración en circulación de libros y coediciones entre Honduras, El Salvador y Guatemala, específicamente con las editoriales Los Sin Pisto, Mimalapalabra y la X. Empezando por una página en común, un fanzine y una Antología (digital e impresa). Si Dios me quita la vida de Francisco Alejandro Méndez es el principio de proyectos con Ediciones Periféricas y así iremos ampliando la difusión y la colaboración entre proyecto similares latinoamericanos.
  • ¿Qué papel juegan las editoriales independientes en Latinoamérica?
  • De una u otra manera creo que estas iniciativas de editoriales alternativas son las que traen a la luz nuevos escritores con propuestas sólidas y frescas. Con calidad literaria, pues su fin no es netamente comercial, sino artístico. La literatura por la literatura en sí, anteponiendo la calidad en las propuestas ante las posibilidades puramente mercantilistas, como pasa con las grandes editoriales.
  • Literaria y editorialmente hablando ¿hay un subordinaje nuestro hacia España?
  • No lo creo, pues en nuestros países hay escritores con propuestas muy sólidas y de gran calidad literaria. La diferencia tal vez radica en que en España las editoriales tienen más medios de difusión y promoción, además de contar con un aparato de crítica literaria que dan luz a las obras y a sus autores.
  • A causa de la pandemia Si dios me quita la vida tuvo que salir primero de manera virtual ¿cómo fue esa experiencia para ti y, crees que esto anuncia y determina el futuro del libro impreso?
  • Creo que, aunque suene algo raro, lo único útil que nos trajo la pandemia fue una mayor inmersión en la virtualidad, obligatoriamente. Pero de la cual han surgido resultados muy interesantes. Como por ejemplo el cierre de fronteras entre los países centroamericanos nos ha hecho pensar en nuevas estrategias de colaboración y de trabajo en conjunto. Así como la posibilidad de crear espacios que antes no se estaban aprovechando anteriormente. Por ejemplo, el año pasado di un curso de creación de relato, en él participaron escritores no solo de Guatemala, sino de varios lugares: El Salvador, Perú y  Estados Unidos. Viendo la calidad de los textos trabajados, estamos por sacar de forma digital e impresa una antología latinoamericana “Voces desde el encierro”. No creo que el libro digital llegue en su totalidad a substituir el libro impreso, esto sería muy repoto. Nuestra relación con lo impreso, o grabado en algo físico, ya sea papel o arcilla, va desde el inicio de la civilización humana. Pero sí impulsó a usar este recurso el cual ya existía desde hace varios años y del cual se pueden tener una difusión mucho mayor de nuestras propuestas literarias, principalmente de áreas aisladas, como nuestros países, que estando tan cerca geográficamente, ya desde antes siempre ha sido difícil y costoso la difusión de nuestras propuestas.
  • ¿Son los escritores mejores editores?
  • Tal vez sí, pues siempre va a verse desde un punto de vista diferente al de alguien que no sea un escritor. Brindándole más importancia al texto, que a sus posibilidades mercadológicas.
  • ¿A qué se debe que hayas publicado la mayoría de tus libros en Editorial X?
  • La verdad creo que mis textos son bastante ácidos, recurro a la ironía, al humor negro y a la deconstrucción social de la manera más contundente que he podido, lo cual lo hace un texto contracultural radical en donde se cuestiona todo, de la manera más fuerte posible. Con estas características, sólo he podido encontrar algunas otras iniciativas para poder publicar sin censura de ningún tipo, como en editorial Germinal, de Costa Rica, que sacó una edición de “El libro negro”, en México con la Revista Generación con algunos relatos míos, y en Italia, en la Universidad La Sapienza, en donde se tomaron la tarea de hacer una traducción de algunos de mis textos.
  • ¿Qué es para ti la rebeldía?
  • Rebeldía para mí no es necesariamente ir en contra de todo, si no cuestionar la realidad de una manera crítica, pues estamos socialmente siempre siendo manipulados por intereses más allá de los nuestros y denunciar la hipocresía o las verdaderas intenciones de estas estructuras de poder que brindan un discurso que lleva vedado sus verdaderos propósitos. Y en determinado punto oponer resistencia a ellos.
  • ¿Por qué has priorizado al cuento sobre de otros géneros literarios?
  • Fíjate que antes que ser editor, fui escritor y antes lector obviamente. De una o de otra forma me interese más, o tuve más contacto con la narrativa. La disfruto más, la verdad. Eso ya es un gusto personal. Aunque considero que todos los géneros literarios tienen un valor estético igual… son arte.
  • ¿Te consideras un creador “underground”?
  • Quisiera pensar que sí. Aunque con el tiempo muchos de los que empezamos en editorial X han pasado a ser parte del canon literario nacional. La verdad es más divertido estar en las filas de la trinchera revolucionaria y contestataria, que estar en el canon como una figura de un museo de historia.
  • ¿Qué piensas de la actual literatura feminista latinoamericana?
  • La verdad he tenido más contacto con el movimiento literario LGBT, hasta sacamos la primera antología a nivel centroamericano: Anatomías del deseo negado (2018).  Creo que la literatura feminista es necesaria, pues mucho de la represión que se ha tenido viene de los mismos males culturales, los cuales surgen de una misma raíz: una sociedad capitalista, patriarcal y heterosexual represiva.
  • A los escritores ¿nos está astringiendo la corrección política?
  • Creo que últimamente la lucha por los derechos de los diferentes sectores de la sociedad que han sido reprimidos históricamente nos está llevando, paradójicamente, otra vez hacia una represión, en lugar de un ambiente de apertura social y respeto hacia la libertad de expresión (que debería de ser lo más importante pues es lo primero que se pierde en un sistema represor), ahora siento que se está creando una sociedad en donde para estar “políticamente correctos” ya no se puede hablar con libertad sin que algún grupo proderechos de lo que sea brinque.
  • ¿Qué significa ser escritor en Guatemala?
  • Es interesante… para mí fue la oportunidad de poder crear textos que pretendían deconstruir todas las instituciones sociales, nuestras historia y nuestros “valores” (entre comillas). Sentía que cada uno de mis libros, al salir, eran una bomba Molotov en contra de una sociedad hipócrita y falsa.
  • Por último, estimado Estuardo, y esta pregunta más bien se la hago a Masterdrogo ¿cuál es esa conciencia a la que podemos asumir como una última frontera?
  • Te contestaré con una cita del mismo libros, de Artaud: “Y tú, desquiciado lúcido, portador del cáncer, meningítico crónico, tú eres el incomprendido. Existe algo en ti que ningún doctor llegará a comprender y esto es lo que para mí te salva y te hace majestuoso, puro y maravilloso. Tú estás afuera de la vida, estás sobre la vida… tú vas más allá, más allá del nivel normal y esto es por lo que los hombres están en tu contra, pues envenenas su quietud, eres el que rompe su estabilidad…”. La conciencia de ser seres libres, que cuestionan todo, que tienen sus propias opiniones, aunque no sea políticamente correctas, que viven como quieren…esa es la última frontera : ser verdaderamente libres.
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Giovanni Rodríguez Muñoz | Cuando las letras son honduras

El pueblo de San Luis, enclavado en lo profundo de la sierra hondureña, se muestra al paseante al centro de una muralla de montañas revestidas por necias frondas que se antojaran inexpugnables. Como suele suceder en las tremendas espesuras de nuestra América canaimera, el santabarbareño San Luis es un lugar de belleza salvaje, aislado, del que no pareciera escaparse nadie de los que nutren su puntual cotidianeidad. Y sin embargo, Giovanni Rodríguez Muñoz (Santa Bárbara, Honduras, 1980), cuando dejó raptarse por la diosa literatura, logró trascender el ostracismo de esa provincia infranqueable y se hizo escritor. Un escritor de pluma valiente, que sin olvidarse de su origen, se ha enfrentado a los cánones de la literatura centroamericana con una propuesta fresca, ágil; una prosa que si bien se aleja de los parámetros tradicionales, no suelta los temas, los personajes, los dramas y comedias de su Honduras. Desde muy joven, Rodríguez Muñoz llamó la atención de la crítica. Con tan solo 26 años se hizo acreedor al prestigioso Premio Hispanoamericano Juegos Florales de Quetzaltenango. Si bien comenzó con la poesía, bien pronto lo vemos explorando también el ensayo y la narrativa. Su obra se ha desarrollado, principalmente, en Centroamérica, pero está llamada a ser reconocida en el resto del continente y demás latitudes. Rodríguez Muñoz, además del certamen ya mencionado, se ha hecho acreedor a los premios Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo” y Certamen Hispanoamericano de Cuento “Ciudad Ceiba”. Ha publicado, entre otros libros, el poemario Las horas bajas (Edicult), el libro de cuentos La caída del mundo (Mimalapalabra), el compendio de ensayos Café & Literatura (Mimalapalabra) y las novelas Los días y los muertos (Editorial Universitaria), Tercera Persona (Uruk Editores) y Ficción hereje para lectores castos (Mimalapalabra). En la página https://rodriguezhn.wordpress.com/ se puede consultar parte de su obra.

  • Estimado Giovanni, comenzaste tu carrera escribiendo poesía, pero de a poco se puede ver tu traslado a la narrativa. ¿Han quedado los versos atrás?
  • Quedaron atrás, sí, como ejercicio permanente de escritura, aunque tengo algunos poemas, muy distintos a los primeros, a los que vuelvo de vez en cuando para pulir algún verso, pero ya no con el temperamento melancólico de antes sino casi con un ánimo festivo, pues se trata de poemas escritos con ironía y sarcasmo, con mucho humor.
  • ¿Qué es para ti la rebeldía, la insurgencia?
  • La rebeldía, para mí, implica no comparecer, de ninguna manera, ante los convencionalismos, pues estos son producto del movimiento de las masas, y yo, aparte de considerarlos aburridos, desconfío de los movimientos masivos. He tratado siempre de regirme por mis propios principios y de no plegarme a los principios de otros, que suelo identificar como acomodaticios o carentes de originalidad, de imaginación. Por eso no suelo estar cómodo en la mayoría de los lugares o con la mayoría de las personas ni con sus ideas; en algún momento empiezo a percibir el olor a rancio y ahí es cuando me rebelo, y como consecuencia, caigo mal.
  • ¿Cómo has vivido el ser escritor en Honduras?
  • Uno tiene que acostumbrarse aquí a estar prácticamente solo en esto. Escribir, ya se sabe, es un ejercicio solitario, y esa soledad no tiene por qué incomodar a un escritor sino todo lo contrario, pero ya afuera, en lo que concierne a cierta vidita pública en la que un escritor se supone que está obligado a participar algunas veces, uno echa en falta aquí más posibilidades de discusión sobre lo que hace, un mayor o mejor contacto con lectores o posibles lectores, algo de fiesta en torno a la alegría que supone leer. Pero en Honduras lo que hay es mucho conformismo en la mayoría de los escritores y mucha ignorancia sobre lo que verdaderamente es la literatura, en términos generales, y eso deriva peligrosamente en la idea de que cualquiera puede ser escritor antes incluso que aprender a escribir. Y eso da como asquito. Por eso es preferible mantenerse alejado y sólo echar un ojo al corral para tirarse de vez en cuando una lágrima irónica o una carcajada.
  • En tu obra Los días y los muertos (Editorial Universitaria), exploras la novela negra ¿Crees, como dicen algunos, que este género es el que mejor explica nuestra época?
  • A mí ese tipo de juicios me parecen siempre algo injustos. Valorar una obra en función de su “utilidad” es concentrar toda la atención en un solo aspecto, y esto, tratándose de literatura, implica reducir considerablemente la baraja de posibilidades de impacto de esa obra. Hay novelas consideradas como novelas del género negro que no son simplemente vehículos para la transmisión de la idea de los ambientes oscuros, corruptos y violentos de nuestras sociedades y de nuestra época, novelas que podrían tener mayores virtudes que esa, pero que normalmente no son valoradas sino desde el punto de vista de lo que muestran sobre la actualidad, porque eso resulta ser lo más evidente y lo más “vendible” para el lector común. A mí este género me gusta mucho, pero no tanto porque ofrece esa posibilidad de retratar a nuestras sociedades actuales, sino porque se presenta como un género con infinitas posibilidades de mutación, tanto en los aspectos de fondo como en los formales; eso me parece muchísimo más interesante. Para mí no tiene sentido escribir “otra novela negra” sino escribir una novela negra que aporte algo nuevo al género, ya sea sirviéndose, en principio, de sus códigos tradicionales o desde la parodia. Una novela negra a secas es sólo “otra novela negra”, es sólo entretenimiento. Y yo el puro entretenimiento lo busco en el cine o en los deportes, pero no en la literatura, de la que siempre espero algo más.
  • ¿Has de revivir en alguna otra obra al entrañable López (como suele suceder con los detectives del género negro), el personaje principal de Los días y los muertos?
  • Sí. De hecho, terminé hace dos años otra novela en la que este personaje aparece nuevamente, ahora convertido en detective privado. Con ella intento algo parecido a lo que dije antes: servirme de los elementos convencionales del género: crimen, corrupción, detective, investigación, víctimas, culpables, etcétera, pero no tanto para lograr una historia que pueda sólo entretener a los lectores sino para hacerlo desde una concepción del género negro que actualice, en este contexto específico de Honduras, sus convenciones. Así, la existencia de un detective privado en Honduras de entrada se presenta como algo absurdo, pero fue precisamente la dificultad que entrañaba darle forma a ese disparate lo que me motivó a escribir esa novela de esa manera. Creo que ningún verdadero autor escribe ficciones asumiendo ese detestable papel de solemne gran demiurgo incuestionable. La noción de juego es indispensable incluso en las novelas “serias” y un buen autor de ficciones se deja seducir por ella, aunque lo que narre sea una historia de atrocidades.
  • ¿Qué han significado los premios en tu vida literaria?
  • No han sido muchos ni tampoco demasiado importantes, pero algo de alegría han traído, obviamente. El que obtuve por la novela Los días y los muertos tuvo la mayor resonancia y a partir de ahí mis libros se volvieron más “visibles” para una mayor cantidad de lectores. Eso, probablemente, ha resultado mejor que el premio mismo, pues ahora tengo la seguridad de que cada vez que publique un libro nuevo habrá ahí afuera una buena cantidad de lectores esperándolo.
  • La violencia cotidiana, que tanto fustiga a las sociedades latinoamericanas, parece tener un protagonismo importante en tu narrativa.
  • Sí. Supongo que es algo de lo que nadie puede abstraerse, viviendo en nuestros países. Como autor tampoco he podido dejar a un lado ese tema, que está presente, en mayor o menor medida, en mis tres novelas publicadas y también en algunos cuentos. Sin embargo, no es un tema “muleta” para lo que escribo, pues cuando lo hago estoy más pendiente de la forma que del fondo. Para mí, un tema constituye apenas un pretexto para echar a andar una trama.
  • Tu trabajo se ha desarrollado principalmente en Centroamérica, por ende ¿cuál es tu panorama de la literatura centroamericana?
  • Tenemos grandes referentes centroamericanos en la literatura mundial: aparte de clásicos como Darío, Asturias y Monterroso, aquí hubo otros escritores importantísimos como Enrique Gómez Carrillo, Juan Ramón Molina o Roberto Sosa, que son menos conocidos fuera de Centroamérica. Ahora son Sergio Ramírez, Horacio Castellanos Moya, Rodrigo Rey Rosa y Eduardo Halfon las figuras visibles, pero también están, por ejemplo, Jacinta Escudos, Erick Blandón o Miguel Huezo Mixco como parte de otra buena cantidad de autores con mucha calidad, pero escasa difusión. Las grandes editoriales seguramente no le apuestan a los autores centroamericanos porque piensan en los bajos índices de lectura que normalmente se reportan en estos países y eso hace casi imposible la internacionalización de algunos buenos autores que mueren aquí como tristes glorias locales. Pienso, por ejemplo, en Roberto Castillo, cuya obra no ha tenido la fortuna de ser conocida fuera de Centroamérica.
  • Para no soltar el hilo, ¿existe un diálogo, una interacción entre los escritores centroamericanos contemporáneos que trascienda verdaderamente a la vida cultural de sus respectivos países?
  • Hay tres instancias específicas que en los últimos años han puesto en contacto nuestra literatura centroamericana con la del resto de Latinoamérica y España: las ferias del libro de Guatemala y de Costa Rica y el festival Centroamérica Cuenta que organiza Sergio Ramírez en Nicaragua, pero no es suficiente; hace falta, sobre todo, establecer una red de comunicación permanente y efectiva entre los autores de estos países y un canal que permita la circulación de nuestros libros, que no suelen salir de nuestras respectivas aldeas.
  • Complementas tu labor de escritura con la docencia y el trabajo editorial, ¿de qué maneras vives estos oficios?
  • Por suerte, esas tres actividades se llevan muy bien entre sí porque tienen en común a los libros. Preparar mis clases en la universidad me exige estar en permanente estudio de la literatura, lo que, obviamente, nutre mi labor creativa cuando escribo ficciones. Suelo dedicar mis mañanas a eso: a leer y estudiar para preparar mis clases y a intentar escribir novelas y cuentos. Por las tardes, voy a mi trabajo a la universidad, aunque desde la llegada del virus, ese trabajo también lo hago en casa. La labor editorial es más intermitente; suelo editar los artículos que publicamos en una revista llamada Tercer Mundo (www.tercermundo.hn) y de vez en cuando algún libro para la editorial mimalapalabra. Últimamente también colaboro con la Editorial Universitaria de la UNAH en la edición de la obra de Roberto Castillo. Todo eso, junto al tiempo que paso con mi familia, constituyen mi vida actualmente. Y me gusta.
  • Esta es una pregunta muy personal. Me gusta mucho FroylánTurcios, compatriota tuyo, y quien escribiera la primera novela vampírica de nuestro continente, ¿qué piensas de él?
  • Fue un autor muy importante en Honduras y sus aportes no sólo fueron en el campo de la literatura sino también en el periodismo y hasta en la política. Fue, además, un gran promotor cultural. Es de ese tipo de escritores a los que se les puede llamar también “intelectuales”, en el sentido amplio de la palabra, algo que no siempre se encuentra en la actualidad. Junto a Juan Ramón Molina, fue de lo más sobresaliente en nuestra literatura nacional a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.
  • Cuando se ha sido de provincia, Giovanni, ¿es posible dejar la provincia atrás?
  • Aunque no suelo ir mucho a mi pueblo (el viaje implica al menos una hora rebotando en una pésima carretera de tierra), siempre han estado conmigo los recuerdos de mi infancia ahí. Tengo cierta nostalgia de aquellos años ochenta y principios de los noventa en los que crecí ahí viviendo con la plenitud y la felicidad con la que deberían vivir y crecer todos los niños. Espero, en ese sentido, no dejar de ser nunca ese provinciano de San Luis, Santa Bárbara. Lo que sí creo haber dejado atrás es el “provincianismo”, que no es exclusivo de las zonas rurales sino del país entero, a pesar de lo que crean los capitalinos.
  • En Morir todavía (Letra Negra) te determinaba la muerte, ¿aún la cuentas entre tus obsesiones?
  • Quizá no tanto como antes, pero viviendo en Honduras, un país en el que mucha gente muere a diario por la delincuencia, la violencia, la pobreza, las deficiencias del sistema de salud pública, la imprudencia de los conductores en las calles y por otras causas absurdas, es inevitable que ese tema haga clic en mi cabeza de manera permanente.Así que en medio de tanta muerte toca escribir sobre la muerte.

* La imagen que acompaña este texto es autoría del fotógrafo Emilio Flores.

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Narrativa

Alberto Sánchez Argüello | Gilgamesh

Hablo de aquel que todo ha visto; que recibió la merced de ver dentro del gran misterio, de los primeros días antes del Diluvio; el que viajó a los confines del mundo y regresó, exhausto pero entero; el que grabó sus hazañas en estelas de piedra. Cuatro mil quinientos años no han hecho mella en su cuerpo. Desde que los nombres de Anu, Enki, Nammu e Ishtar fueron olvidados, él mismo se perdió entre las dunas que empezaban a cubrir el zigurat de Ur. Resurgió en la defensa de Antioquía en contra de los cruzados, pero ninguno de los tomentos a los que fue sometido logró su cometido. Tampoco lo lograron los cañonazos de Waterloo; el gas mostaza en las trincheras de Flesquiéres; ni el horror inenarrable de “Little Boy” en Hiroshima. Ahora camina sin testigos entre ciudades cubiertas por espesa vegetación. El antiguo rey de Uruk busca entre los vestigios de la humanidad, una cura para su maldición. Pero está escrito en las ciento ochenta palabras de este texto, que él experimentará la peor de las soledades: la inmortalidad.

Alberto Sánchez Argüello (1976, Nicaragua) Psicólogo, minificcionista, escritor de Literatura Infantil y Juvenil. Fundador del colectivo microliterario nicaragüense y de Parafernalia Ediciones Digitales. Ganador del primer concurso de cuento juvenil de la Fundación Libros para niños (2003) y del II Concurso Centroamericano de Literatura Infantil (2016) incluido en antologías de minificción a nivel hispanoamericano. Publicó «Miniaturas voraces» con El Taller Blanco Ediciones en (Bogotá, 2019) y «Naufragio de botellas» con Quarks Ediciones Digitales en (Lima, 2020)