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Proyecto Azúcar

Desde las tierras calientes

Al despertar lo encontramos entre nosotros.

Sin explicaciones ni presentaciones, como si fuera uno más de los nuestros cuando claramente no lo era.

Nos indicó con gestos y mímicas de trabajos cuanto debíamos hacer para purificar nuestras tierras, nuestros cuerpos, nuestras mentes reparando el daño de milenios de depravación. Algo que él mismo dijo estar haciendo desde el comienzo de su vida.

Como no se trataba del primero en llegar a nosotros con un mensaje similar, no creímos en ninguno de aquellos gestos. Su lengua, cortada de raíz, y la irregular cicatriz que rodeaba su cuello, eran señales inequívocas de que se trataba de uno de los tantos falsos profetas que rondaban la región buscando su sustento. Y, de no encontrarlo, buscaban quienes creyeran en ellos. Los conocíamos bien, y nos burlábamos haciéndoles hablar sin creer en ninguno de sus gestos.

Pero él era diferente. Había varias razones para que lo fuera, pero la más extraña era que había llegado desde las tierras calientes, desde donde estábamos seguros que no quedaba más que devastación y muerte.

La tradición cuenta que allí había comenzado el final de lo que fuera antes, y que nosotros, allí, en aquel poblado, éramos los que más cerca nos encontrábamos de ese mítico lugar. Eso explicaba que tantos fabuladores llegaran ofreciéndonos sus prodigios y quimeras, cada una más falsa que la anterior.

Nos burlamos de su piel resquebrajada, de sus ojos cansados que parecían haber visto infinitos amaneceres, de sus manos curtidas por cada uno de los trabajos conocidos, de su cuerpo enflaquecido y de su morral remendado tantas veces que imposible saber cuál era su color o su forma primitiva. Eso para o mencionar su contenido.

Reímos hasta cansamos, luego  lo echamos de nuestras tierras a pedradas, como corresponde, según la ley, las normas, las costumbres, y la tradición.

Antes de que pudiéramos detenerlo huyó hacia las tierras calientes. Sin dudas escapó por el mismo camino por el cual había llegado y, tan pronto como lo vimos perderse en aquella tierra yerma y hostil, nos olvidamos de él.

Continuamos con nuestras vidas sin preocuparnos, como lo habíamos hecho en los años previos. Era la mejor forma de aprovechar el poco tiempo que teníamos dado lo rápido que envejecíamos por vivir allí, tan cerca de aquel lugar que solamente significaba decadencia y final para los pueblos anteriores a nosotros.

Años después notamos los primeros cambios. Algunas tardes, cuando el resplandor del sol no dañaba tanto nuestros ojos, podían adivinarse manchas color verde entre la tierra que sabíamos árida y abandonada. Los pocos nacimientos que se producían en el poblado comenzaron a multiplicarse y, la mayor de las sorpresas, aquellas criaturas nacían tal y como se esperaba que lo hicieran, sin complicaciones para ellas ni para sus madres; los partos se volvían, poco a poco, normales. Dejamos de celebrarlos como un triunfo sobre la muerte cuando alguno de los dos sobrevivía. Comenzamos a celebrarlos como el triunfo de la vida.

Durante la primavera anterior una suave brisa, inesperada en casi todos los sentidos, inundó el poblado con aromas desconocidos, con el trino de aves que ignorábamos y el rumor del agua hasta ese momento ausente. La brisa llegaba, sin posibilidad de confusión alguna, desde las tierras calientes; tal vez por eso no nos resultara similar a nada de que solía llegarnos desde allí.

Intrigados, como no podía ser de otro modo, pero aún presos de un temor reverencial, unos pocos de nosotros nos internamos en la tierra baldía. Nos escondimos bajo capas y más capas de ropa que, por generaciones, se confió en que podían protegernos de lo que continuaba produciendo muerte en aquel lugar.

Caminamos durante días porque, si bien éramos el poblado más cercano, no era cierto que nos encontráramos tan cerca de las tierras realmente calientes; de haber sido así ni tan siquiera hubiéramos sobrevivido un día. El menor indicio de nada diferentes a la desolación y al abandono facilitaba nuestro camino, pero continuamos pues necesitábamos saber qué era lo que estaba sucediendo para huir si era necesario, o para continuar como hasta ese momento, de ser posible.

Encontramos un sendero luego de las primeras estribaciones formadas por la escoria de lo que fuera que allí hubiera sucedido. Árboles desconocidos, esbeltos algunos, desgarbados otros, de un verde pálido que oscurecía a medida que avanzábamos, nos dieron la bienvenida. Suponíamos que su follaje eran las manchas que se veían en el poblado, pero nadie quería mencionarlo por temor a que las palabras pudieran destruir lo que nuestros ojos nos mostraban y nuestro entendimiento era incapaz de aceptar.

            Nos internamos en aquel inesperado e inexplorado bosquecillo sin saber si debíamos temer la presencia de animales silvestres, cuando no salvajes, o de algo más grande que las aves que nos recibían con sus cantos y sus vuelos de rama en rama. Aves que, sin darnos cuenta nos guiaron hasta la tierra yerma del otro lado de los árboles donde, en medio de tanta aridez y desolación, en algunos pequeños lugares la tierra se encontraba removida, trabajada, preparada, en pequeños hoyos.

            Junto a uno de ellos, con un trozo de hierro herrumbrado que no representaba ayuda alguna contra la dura y aplastada tierra, lo que parecía ser un hombre, se afanaba en su trabajo. Podría haber sido cualquiera, pero aunque había enflaquecido al punto de que cada uno de sus huesos se marcaba sobre su piel sumamente resquebrajada, la irregular cicatriz de su cuello no nos permitía equivocarnos. Era él que, habiendo sido despreciado por nosotros, continúo adelante sin importarle la soledad y el desánimo. Simplemente continúo. Sus manos, curtidas por otros miles de trabajos realizados, eran la señal más clara de ello.

            —¿Qué es eso? —preguntó uno de nosotros señalando hacia los árboles.

Su respuesta se convirtió en sinónimo de esperanza, anhelo, ilusión, renacimiento y regeneración, de resurgir desde la devastación, de volver a comenzar aunque no hubiera con qué hacerlo, de deseo de posibilidad, y tantos otros sinónimos que se expandieran desde Chernobil hasta Fukushima, desde Atucha hasta la bahía de Jervis, desde Three Mile Island hasta Koeberg, hasta nuestro poblado y también el tuyo, pero también más allá.

            —Abedul —fue todo lo que dijo.

            Aquel atardecer supimos que, las tierras calientes finalmente comenzarían a enfriarse.

Imagen tomada de: https://www.freepik.es
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Bibliófila extraterrestre Opinión

Los monstruos ¿existen?

Soy madre de un precioso niño de 6 años, a quien a veces la imaginación le juega sucio. Recientemente, esa cabecita llena de maravillosas historias, ha creado algunos seres que le generan un poco de miedo. Para combatir con esos seres fantásticos que le generan recelo y temor, inventamos una fórmula secreta y la colocamos en un aspersor, de manera que en el momento de sentir miedo él pueda verter nuestra fórmula en pequeñas dosis y ESPANTE AL MONSTRUO.

En la dinámica de crear nuestro aerosol y escuchando las historias de mi hijo, recordé algo que leí de Guillermo del Toro (el genio que dirigió Hellboy, el laberinto del fauno, el orfanato y más), quien dijo: “Desde la infancia he sido fiel a los monstruos, me han salvado. Porque los monstruos, creo, son los santos patronos de nuestra dichosa imperfección. Y permiten y encarnan la posibilidad de fallar y vivir“. Stephen King (lo amo y lo saben) se refirió también al tema, aduciendo que: “Los monstruos son reales, y los fantasmas también son reales. Viven dentro de nosotros y, a veces, ganan“.

Entonces, pensando y pensando me decidí a escribir acerca de los monstruos emblemáticos de la literatura. Debo comenzar con la historia de Frankenstein o el moderno Prometeo, donde un científico crea a un monstruo que aterra a una aldea, este relato fue escrito por Mary Shelley, (el monstruo NO SE LLAMABA Frankenstein, ya saben), la historia es increíble y debo decir que solo al final del libro el lector entiende quiénes son los verdaderos monstruos (un clásico que les recomiendo leer).

Drácula, de Bram Stoker, por su puesto es un personaje que trasciende en el tiempo y nunca deja de ser interesante (casi como Chayanne). Este monstruo a inspirado muchas historias más, vinculadas con la inmortalidad y el vampirismo (si lo primero que te vino a la cabeza fue Crepúsculo… no te perdono).

Cthulhu, presentado por primera vez en  La llamada de Cthulhu, escrito por Lovecraft, quien en su momento despertará de su letargo, saldrá de las profundidades del mar y gobernará la tierra (sí, es el mismo del que canta James Hetfield – Metallica, en The Call of Ktulu).

En Harry Potter, algunos indican que Voldemort era el ser más aterrador de la historia, otros convergen que los monstruos aterradores era los Dementores, pero debo decir que según como yo lo veo, el verdadero monstruo ahí era Dolores Umbridge (la odié con todo mi ser, es un monstruo tan malvado como insoportable).

Hyde, de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, escrito por Robert Louis Stevenson, es un monstruo de lo más espeluznante, porque da la sensación de ser probable. Cuando el Dr. Jekyll toma la poción que creó y separa de sí mismo la parte malvada que todos llevamos dentro, surge el Sr. Hyde, capaz de cualquier atrocidad (eso es lo que da miedo, que todos tenemos ese lado oscuro, que en algunos emerge más que en otros y no deja de ser pavoroso)

Cierro con el monstruo de libros que más ha impactado a mi hijo, ese ser espeluznante fue Beldam (La otra madre) en Coraline, escrita por Neil Gaiman. Le pareció el ser más aterrador que jamás haya visto y no solo por que se convierte en araña, o porque tiene botones en lugar de ojos. Él se figuro que era la encarnación del terror porque suplantar a una mamá NO ESTÁ BIEN, “no quisiera que nadie se haga pasar por ti”, fue lo que me dijo (lo amo, es adorable, lo sé).

Mientras mi hijo le tema a seres malvados que existen en su imaginación, con el espanta monstruos en el aspersor, lucharemos sin descanso contra ellos. Lo pavoroso, para los adultos, viene cuando a esos monstruos los consigues por ahí, andando en la vida real y no necesariamente tienen tentáculos o colmillos afilados, ni se alimentan de sangre o se visten de rosa y aman a los gatos (Hmmm, creo que eso tal vez sí).

¿Crees que los monstruos son solo fantasía que presentan libros y películas o son reales para ti?

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Arte y cultura La Maga y el Quetzal Narrativa Poesía

La literatura como contenido digital y la evolución del acto lector: entrevista a Miguel Antonio Guevara

Miguel Antonio Guevara, sociólogo y escritor venezolano, ha abordado el tema de la difusión literaria en medios digitales y propone una visión sobre las comunidades de sentido que, hoy en día, son el soporte de las creaciones artísticas que circulan en Internet.

Verónica Vidal: Entre 2017 y 2018 llevaste la columna Cuaderno Hipertextual, donde mencionaste con detalle las ventajas y desventajas de la metamorfosis de la información impresa hacia un material global, al que podemos acceder por muchas vías, y que generan la conectividad masiva de conceptos, libros y textos. En general, ¿Qué percepciones añadirías o restarías a tus apuntes, como fruto de tu nuevo abordaje del tema?

Miguel Antonio Guevara: En primer lugar, creo que hay que superar la oposición tecno optimista y tecno pesimista. Me refiero a opiniones como: «tal cosa es buena para la cultura» o «tal cosa degrada la literatura y la escritura»; es decir, hay muchos más matices en este nuevo tiempo de la información, entre ellos el hecho de que hay que aceptar, sin complejos, que la literatura hecha en Internet y para Internet ha llegado para quedarse y no vale más una publicación que otra, sea impresa o digital.

En segundo lugar, me parece que el libro digital o electrónico no debe ser el punto de partida de la discusión sino más bien los contenidos, lo que se escribe y cómo circula (y cómo se lee y escribe para que circule).

En tercer lugar, considero que el campo cultural es más diverso de lo que se pensaba; es decir, esos espacios en donde circulan los contenidos, dispositivos o sujetos que los producen y consumen, son más ricos. Ahora ha tomado protagonismo una nueva subjetividad que lleva las riendas de estos nuevos procesos y es lo que he venido a llamar Comunidades de Sentido.

Y en cuarto lugar, una preocupación más práctica que reflexiva tiene que ver con los nuevos roles editoriales necesarios en este escenario que demanda especializar aún más el campo en cuestión.

Por ejemplo, ahora el editor tradicional debe convertirse en una suerte de curador transmedia, al tiempo en que debe ser un conocedor de los intríngulis digitales. Si vas a tener una editorial no puedes contratar a destajo a un comunity manager para llevar tus redes; necesitas a un especialista, de modo que tu administrador de redes debe ser alguien pulido en esos aspectos de promoción y divulgación de tus contenidos con un perfil de editor, debe ser más bien un lector y hasta un escritor, que es la persona más adecuada en estos entornos para producir contenidos, compartirlos y participar de la riqueza de la subjetividad digital (que es lo más importante). Esta subjetividad incluye chistes, memes, ciertos meta relatos de lo literario y de la vida online que implica convivir en esos espacios y mantenerlos al día con las necesidades de estos nuevos lectores, es decir, de esa comunidad de sentido. Es por eso que te comentaba, líneas atrás, que ya el centro de la discusión sobre la literatura online no son los libros sino más bien los contenidos y las comunidades que los ponen en circulación y que tienen como centro al lector.

Por eso me gusta decir que la literatura, en este contexto, ha puesto de nuevo a la subjetividad más importante de lo que hemos llamado libro, lectura o escritura, y no es nada más que esa figura por la que estamos teniendo esta discusión, el lector, la lectora y el acto de leer en sí mismo.

Esta última consideración es la más importante, porque atraviesa todo lo que te he comentado. Nos lleva incluso a modificar la escritura. Siempre bromeo con esto y digo “oye, nadie leyó a Barthes, o a Kristeva”, es decir, aquello de la muerte del autor, la intertextualidad, del código que cobra vida propia y que tiene cada vez una interpretación única por su circulación, esos hallazgos están ahora más presentes que nunca. Creo que esos escritores fragmentarios, como el mismo Barthes o Benjamin, Cortázar e incluso los autores de la nouveau roman, o los aforistas como Cioran, hubiesen disfrutado mucho ser blogueros o influencers, porque precisamente lo fragmentario, hipertextual, transmedia, etc., es decir, lo que circula, es lo que está determinando ahora cómo se lee, cómo se escribe y por ende cómo se publica.

Y lo más interesante, el factor que construye comunidades de sentido, que hace tejido social, no es más que la lectura y la difusión de lo leído, la necesidad de consumir relatos, modificarlos y ponerlos en circulación tengan el formato que tengan. Creo que tal vez ahora una editorial tiene más que ver con el diseño de videojuegos o la producción de series que con el mundo editorial como lo teníamos pensado antes. Sobre todo porque tienes que producir mundos para ser habitados, experiencias inmersivas o como dice Alan Pauls, necesitamos objetos (y yo le agrego subjetividades) que nos acompañen.

EL CENTRO DE LA DISCUSIÓN SOBRE LA LITERATURA ONLINE NO SON LOS LIBROS SINO MÁS BIEN LOS CONTENIDOS Y LAS COMUNIDADES QUE LOS PONEN EN CIRCULACIÓN Y QUE TIENEN COMO CENTRO AL LECTOR.

V.V: En tus últimas publicaciones ya habíamos leído tu opinión sobre el papel de las comunidades de sentido en la producción, aceptación y circulación de los discursos literarios y no literarios. Explícanos más de esta figura generadora de información.

M.A.G: Con Comunidades de Sentido me refiero a que lo literario como campo cultural ya no depende solo de particulares privados o instituciones, sino más bien hay como un revival de aquello que Michel Maffesoli llamó el tiempo de las tribus; es decir, hay nuevas comunidades de sentido que se agrupan en torno a sus particulares deseos y necesidades de expresión, en este caso en los entornos digitales, creando todo un ecosistema literario digital.

Lo veo como una gran ventaja porque tienen un rol muy importante frente a la tradición legitimadora de qué es o no literatura. Ahora basta que un grupo de interesados en algún tema se reúna en torno a sus voluntades creativas y funden un proyecto en forma de revista web, un blog, un perfil en una red social que difunde literatura o publiquen una antología. Son cientos de iniciativas editoriales que vemos día a día. Ya no necesitas que una vaca sagrada X o la editorial Y avalen tu obra para que esta sea “válida” y circule como válida, necesitas, en todo caso, la validación de una comunidad de sentido.

He visto de todo, desde autores que tienen cientos de lectores en Wattpad hasta esos “booms” editoriales en Amazon. En el caso venezolano, con todo y sus complejidades, hay un despertar editorial enorme sostenido por un ecosistema literario digital y autónomo muy variado. Yo mismo, como autor, comencé en redes sociales y publicando en blogs, luego vino, digamos, esa interacción con lo institucional literario, que sería la relación del escritor con sus pares o lo que el autor denomina sus pares.

Eso ha devenido en un asunto más amplio, más democrático tal vez. Es decir, que un autor no necesita el aval de nadie sino de sus lectores para convertirse precisamente en eso, un autor o autora.

hay nuevas comunidades de sentido que se agrupan en torno a sus particulares deseos y necesidades de expresión, en este caso en los entornos digitales, creando todo un ecosistema literario digital.

El asunto de los premios, concursos, mecanismos de legitimación y mecenazgo tan antiguos como la literatura misma, sigue conviviendo entre nosotros, aunque no son la vía única para la legitimación o la profesionalización literaria. Ahora basta con la voluntad del creador y su capacidad de tejer su propio networking, como te decía, entre su comunidad de sentido, o incluso fundarla.

Claro, no se trata de nada nuevo sino de un escenario que vuelve a poner al lector como prioridad. Me parece que las iniciativas editoriales, de promoción y divulgación de la escritura, entre otras, eran como librocéntricas, por decirlo de algún modo, donde toda iniciativa se basaba en bibliotecas físicas o digitales, en publicaciones por publicaciones, cuando realmente lo que importa es concentrarnos en construir la comunidad de sentido, su concepto, su existencia como tejido social. Porque tú puedes publicar mucho, tener cientos de bibliotecas, pero, ¿quién lee esos libros?, una vez me conseguí un ejemplar de El signo y el garabato de Octavio Paz en una biblioteca pública que según la ficha tenía 20 años sin ser consultado. Yo me pregunté, ¿qué podemos esperarnos los autores contemporáneos?, es por ello que creo que al momento de construir cualquier tipo de proyecto editorial, o de mediación de lectura y escritura, la construcción orgánica de una comunidad de sentido es fundamental para así poner al lector como centro porque, como decía Orlando Araujo, es la única instancia válida cuando de literatura se trata.

Miguel Antonio Guevara (1986). Escritor venezolano. Ha publicado una amplia obra poética y ensayística. Sociólogo, maestrando en filosofía. Con reconocimientos en narrativa, ensayo, poesía y periodismo en Colombia, Venezuela y Suiza. Su nouvelle  Mahmud Darwish anda en metro (El Taller Blanco Ediciones, 2019) recibió el VI Premio Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonzo». El sello venezolano Ediciones Madriguera preparó un volumen compilatorio de su poesía publicada durante los últimos diez años titulado Mudable, Antología transitoria 2009-2019. Este año publicó su novela Los pájaros prisioneros solo comen alpiste (LP5 Editora, 2020). Puedes leer su columna «Cuaderno Hipertextual» a través del siguiente enlace: https://cuadernohipertextual.wordpress.com/2020/08/19/columna-cuaderno-hipertextual/

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Bibliófila extraterrestre Opinión

Svetlana Aleksiévich, léela y serás parte

Svetlana Aleksiévich es una escritora bielorrusa, cuyos inicios fueron como reportera de prensa. Estos inicios se hacen evidentes en la manera como narra los hechos en sus novelas y plantea los testimonios de los personajes, en sus historias.

Es ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015 y la considero una de las representantes más emblemática de la novela evidencia, también llamada novela colectiva (yo la considero… ¿soy una experta? no, pero nadie ha dicho que lo era). Este tipo de novelas no son ficción, basan su narrativa en testimonios y hechos reales.

Algunos de los temas que aborda esta autora, de manera recurrente en sus libros giran en torno a hechos históricos, como:

  • La II Guerra Mundial y las mujeres que lucharon en ella (SÍ, mujeres peleando en guerras. No, no es una metáfora… nada de la guerra de Divas o peleas por ofertas del Black Friday)
  • La extinta Unión Soviética y algunos acontecimientos vinculados con la misma (como la explosión de la planta nuclear de Chernóbil) y fenómenos sociales relacionados con esa época (por ejemplo: suicidios luego de la caída de la Unión Soviética… hay gente que prefiere morir cuando su ídolo no está. Por eso, no tengan ídolos o adoren a Janis Joplin o Kurt Cobain, que ya están muertos hace rato)

Sus escritos están basados en testimonios personales, por lo que en su narrativa se destaca la esencia humana, las emociones, los sentimientos, las sensaciones. Además, deja muy clara su postura política. Leer sus relatos me hizo sentir parte de los acontecimientos históricos que menciona, logró ponerme en la piel de sus personajes.

Recién estoy conociendo a esta autora y hasta ahora me tiene enganchada. Svetlana se autodenomina “historiadora del alma” porque de la historia solo conocemos los hechos y ella quiere mostrarnos la esencia de las personas que estuvieron ahí, que vivieron (y sobrevivieron) a lo que sucedió. Y debo decir que encaja esta autodenominación, perfectamente con lo que he leído de ella, hasta ahora.

Llegaron a mis manos, en forma de obsequio (gracias a mi bookdealer) La guerra no tiene rostro de mujer y Voces de Chernóbil, estas obras me han marcado, ya no veo la historia con los mismos ojos.

En La guerra no tiene rostro de mujer, la autora plantea una realidad (desconocida para muchos, incluyéndome) donde muestra a las mujeres que combatieron en la II Guerra Mundial. El relato lo construyó a partir de testimonios reales de mujeres rusas que combatieron en el Ejército Rojo y es el reflejo lo que sintieron, cómo las marcó la guerra y lo que significó ser parte de un batallón. Esta obra no se trata de la guerra, se enfoca en reflejar las vivencias de aquellas mujeres que muchos no sabíamos que existieron, hasta que Svetlana Aleksiévich les dio voz (¡BIEN, Svetlana!, eres tú la voz de quienes no fueron escuchadas).

Voces de Chernóbil, es un libro prohibido en Bielorrusia, por cierto, en pleno siglo XXI prohiben libros con mucho disimulo, pero sigue sucediendo… (TORQUEMADA1 lárgate ya). A través de esta obra, pude vivir con la protagonista todo lo que le aconteció; sentí la tristeza, la desesperación, el cansancio, el amor y la abnegación infinita. Es maravillosa la manera como esta escritora me hace vivir un momento histórico ajeno a mi generación, te sientes parte de todo el acontecimiento y creo que eso tiene mucho valor, sobre todo por la premisa atribuida a Jorge Santayana, que versa “quien no conoce la historia está condenado a repetirla”.

Si estás buscando algo interesante que leer, te recomiendo ampliamente a Svetlana Aleksiévich (considera que la recomendación no viene de una experta, sino de mí, con mucho cariño y pizcas de sapiencia), siempre que tu sensibilidad te permita vivir en tu propia piel, la angustia de la guerra, el dolor de perder a quien amas en condiciones muy adversas; pues, esta mujer es tan buena escritora, que el relato lo sentirás como tuyo. Léela y serás parte.

1 Tomás de Torquemada, (1420 – 1498) fue Inquisidor General de Castilla en 1483. Obtuvo numerosos beneficios (sobre todo, económicos) como Gran Inquisidor y parece que disfrutaba mucho su labor de prohibir libros y torturar gente. Si quieres saber más, pueden revisar https://historia.nationalgeographic.com.es/a/tomas-torquemada-gran-inquisidor_14689

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García Márquez ¡lo lograste!

Gabriel García Márquez es uno de los autores latinoamericanos más reconocidos a nivel mundial. Su obra más famosa y precursora del realismo mágico es Cien años de soledad. Aunque él afirma que su mejor libro fue sin duda, El coronel no tiene quien le escriba.

Recientemente, vi un documental dedicado al autor (casualmente fue el mismo día que falleció su esposa, Mercedes Barcha Pardo) y conocí un poco más de la parte humana de Gabo, la cual puede resultar una perspectiva que se nos escapa cuando idealizamos desde la fama a las personas que admiramos.

Entendí muchas cosas de la obra de García Márquez al saber que su primera infancia la pasó con sus abuelos maternos.

Su abuela era una mujer muy supersticiosa, llena de miedos que transmitió cada día a su nieto Gabriel (puede ser este el antecedente de la presencia de vestigios esotéricos, mágicos y sobrenaturales que plantea en algunos de sus escritos)

Su abuelo un militar retirado al que nunca le pagaron la pensión que le correspondía, la cual esperó hasta el final de sus días (¿te suena esto como parte de algún relato del autor?)

Compartió su vida con algunas mujeres, pero desde su niñez estuvo enamorado de Mercedes, quien luego se convertiría en su esposa. Ella fue la inspiración de muchos amores presentes en su obra. El mismo García Márquez le atribuye a Mercedes, la responsabilidad de haber sostenido el hogar mientras él escribía a tiempo completo, lo acompañó desde sus inicios, lo vio consagrarse como Premio Nobel de Literatura y estuvo a su lado cuando el cáncer lo venció.

Gabriel García Márquez no perteneció a un partido, pero tuvo una vida política muy activa. Se involucró en algunas acciones, como conversaciones de paz con el ELN, apoyó la independencia de Puerto Rico, fue un gran amigo de Fidel Castro y también mantenía conversaciones habituales con Bill Clinton (quien, por cierto, era un fan de su obra)

Un hombre inteligente, que se mostraba probo, ufano y desenvuelto, un escritor brillante capaz de transmitir emociones y sentimientos a través de su obra. Leyendo acerca de su vida, me queda claro que tuvo logros, aciertos, fama y fortuna. Pero también vivió algunas desventuras, en las que se inspiró para transmitirnos chispas de las emociones más nefastas.

García Márquez escribió tres obras que, a mí, me parecieron fascinantes aunque me contagiaron una infinita desolación y tristeza (sí, yo sé que es contradictorio… me leí estos libros que me dejaron al borde de la depresión, pero los considero obras maestras, esto solo lo pueden lograr los buenos escritores con historias maravillosas).

Esas tres obras, son:

  1. El coronel no tiene quién le escriba: la historia es triste, llena de desolación y una soledad que abruma. El final es tan abrupto y desconcertante, que tuve que ir a una librería para comparar mi libro (que era muy viejo y ajado) con uno nuevo; pues yo estaba convencida que a mi libro le faltaban páginas (y no, no le faltaban páginas… ¿a alguien más le pasó lo mismo?)
  2. El general en su laberinto: dónde se refleja a un Simón Bolívar muy lejano al héroe que nos muestran en los libros de historia de América Latina.
  3. Memoria de mis putas tristes: refleja la vida de un anciano lleno de manías, encerrado en sus propios pensamientos y cavilaciones, que vivió una vida rodeado de mujeres pero nunca encontró el amor, hasta que al final de su vida llegó de manera inesperada, en la piel de una joven que no buscaba a quien amar. Esta historia es especialmente perturbadora, porque aborda temas polémicos en su trama y un controvertido desenlace.

Gabriel García Márquez alguna vez hizo la siguiente afirmación:

Yo escribo simplemente para que mis amigos me quieran mucho y para que los que me quieren mucho me quieran más. Por eso hago lo posible para que mis cuentos sean tan sencillos y bien armados, y tan fascinantes para los adultos, como lo es ‘Caperucita Roja’ para los niños.

Extraído de Centro Gabo (2019) https://tinyurl.com/y36qat9t

Gabo, aunque no puedas leer esto, te digo que yo te quiero y cada vez te quiero un poco más (¡lo lograste!, eres y serás un genio)