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Aliba Ayam Soid ed Nauj I La Serpiente y el Manzano

En 1980, incluido en su Música para camaleones, Truman Capote nos regaló un singular texto al que intituló “Vueltas nocturnas o experiencias sexuales de dos gemelos siameses”, ni más ni menos que su entrevista cumbre (por así decirlo), pues Truman dialogaba con Capote. No sé porqué lo menciono, quizá sólo por conjurar los espejos de los que está repleto el mundo. Y porque algo de mí mismo reconozco, aunque no del todo, en el escritor egipcio Aliba Ayam Soid ed Nauj (Zabbaleen, ¿?), a quien me une un entrañable lazo por haberme permitido traducir al castellano su más reciente obra. Perteneciente a la comunidad copta, Aliba Ayam es hijo de padre egipcio y madre mexicana, razón por la cual, reside en nuestro país desde hace un par de años y ha decidido publicar aquí su novela, La Serpiente y el Manzano, de reciente aparición en la editorial mexicana Paserios. No obstante, sus primeras publicaciones las hizo en su país, en diversas revistas literarias, pero sobre todo en el periódico Al-Ahram de El Cairo, donde por más de una década cubrió los principales hallazgos arqueológicos, que como sabemos, son profusos en Egipto. En sus correrías, se hizo muy cercano al afamado arqueólogo Zahi Hawass, quien le permitió acceder a diversos textos antiguos, entre  los que se hallaba un texto nahaseno llamado el Evangelio del amor que le sirvió de base para facturar el libro que hoy publica en México. Aliba Ayam vivió una temporada entre los tuareg, de quien aprendió lo que sabe de la poesía, y se dice ser el producto de la imaginación de otro loco y así ha recorrido, afirma él, los caminos imaginarios que a ese loco se le han estado vedados. Sus cuentos se han traducido al esloveno, al francés, al inglés y al español. Recientemente participó en la Antología de Microrrelatos Esotéricos publicada por la editorial colombiana Avatares. 

  • Estimado Aliba, ¿a qué le tiene miedo?
  • A sapos verdaderos en jardines imaginarios.
  • Pensaría, por la lectura de su obra, que al amor…
  • …por eso, a sapos verdaderos en jardines imaginarios.
  • Sin embargo, ¿por qué habríamos de temer al amor?
  • Porque es un demonio feral que no merecería nuestra atención, ni nuestros cantos, pero ya ves que yo mismo he dicho: aquí va uno más. El fin más común del amor es el dolor y el fracaso. Todos mis fracasos en el amor los tengo merecidos por no haber sido un buen hombre, aunque tenía la plena conciencia de que debía serlo. Hay veces en que la inconsciencia o la ignorancia nos exculpan en parte de nuestros hechos terribles. Yo ni siquiera lo hice amparado bajo estas dos circunstancias. He sido un ladrón y he sido robado. Todo mi dolor es justo pero de todos modos duele y a pesar de mi culpabilidad, quisiera que el dolor cesara. El mundo no es lo bastante grande para huir.
  • ¿Ha sido cruel?
  • Sin duda. La crueldad me domina. Además, he pretendido ser muy rencoroso y he querido nunca olvidar una ofensa grave. Ante la mujer que amé he fracasado. Siempre se me dijo que no perdonara la traición ni siquiera en el lecho de muerte, menos aún después de muerto. Pero no he conseguido ser un hombre de palabra. Mi amante sí. Me ha olvidado. Pero ella no es cruel.
  •  ¿Es usted sincero?
  • Por supuesto que sí. Soy una persona sumamente sincera para expresar mis sentimientos y opiniones, así como para conducirme conforme a éstos, por eso sé mentir con cierta maestría. Soy escritor. Nunca nadie debería enamorarse de un escritor. Todos los escritores somos mentirosos. Y porque te digo la verdad es que esto mismo es una gran mentira. Debes creerme. Un buen lector lo sabría. Desde hace tiempo aspiro a construir una vida cuya lógica se sustente en la mentira.
  • ¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
  • Venganza
  • ¿Y la más peligrosa?
  • Vida.
  • ¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
  • Claro que sí, pero me conformé con amarla hasta la eternidad y no se me ocurre un mejor castigo.
  • ¿Cuáles son sus vicios principales?
  • El placer… la madre de todos los vicios. En el placer se concentra el peligroso éxtasis de Ícaro volando siempre más alto pese a las advertencias de su padre. Pero el momento culminante es tan extraordinario en su goce que se abandona a las llamas del sol, a pesar de llevar sus alas unidas con cera. El placer es acaso el vicio fulminante al que nos entregamos como las bestias hedonistas que somos desde el inicio de los tiempos. Por supuesto, sus formas son infinitas, pero sus fines, como ya lo he señalado, son, sin lugar a dudas, el sufrimiento, tanto aquel que infringimos como el que nos infringen. Puesto que el placer es abandono, quedamos expuestos y a merced de personas (o de hedonistas) más crueles que nosotros mismos. El placer nos llena de soberbia, puesto que alimenta la parte más egoísta de nuestro ser, por ello nos es indiferente, en medio del gozo, romper a nuestros semejantes. Quizá por ello dios parece no perdonar a los devotos de la sensualidad, de los placeres y del pecado. Pero por ello mismo dios ha de comparecer por el placer que siente al rompernos.
  • Háblenos de La Serpiente y el Manzano.
  • La Serpiente y el Manzano nació siendo un profundo libro de amor. Hoy, por lo menos para mí, es una tumba. Hubiese querido nunca escribirlo. He comprendido el dolor de Apolo en la persecución que hace de Daphne. La más hermosa, la más inteligente entre las mujeres. Pero Apolo, incluso cuando es un dios, o más bien, sobre todo porque es un dios, el dios solar, se frustra porque no puede alcanzarla. Por más que corra tras de esa carne que anhela, el espíritu femenino le será inasible, en cuanto que ella le odia, en cuanto que ella lo repulsa. Y Apolo se duele, pues comprende que si no se hubiese conducido como un dios, y se hubiera en cambio comportado como un hombre, Daphne quizá no habría huido. ¿Y qué sucede al final? El padre fantasma de Daphne la salva, la arrebata del dios y le convierte en esa fronda divina llamada Laurel. Y debajo de esa fronda, Apolo recuerda el origen de su desventura: quiso ponerse a jugar con el amor y Eros lo ha herido irremediablemente.
  • ¿Es por ello La Serpiente y el Manzano un canto erótico?
  • Al contrario, es, al final, un canto de libertad. O más bien, del deseo de libertad como una esperanza ante el yugo del amor, o de cualquier amo cruel de similar talante. Quien escribió este libro —quizá un sublimación mía, un alter ego—, es una serpiente venenosa y de lengua bífida. La serpiente que pretende dominar en el manzano celestial. Si imaginásemos cómo sería la comunicación con una lengua bífida, tendríamos un lenguaje que no marcara nunca una sola dirección de sentido, sino que lo aparentemente contrapuesto aparecería siempre en una tensa armonía. El Deseo y la Razón; el apetito corporal y la intuición mística; el Paraíso y el Infierno; el Bien y el Mal, conceptos y pulsiones que encarnaban antes antinomias fundamentales, serían, como en la música o en la danza, acaso contrapuntos para sostener una variación de ritmos y movimientos. Serían, después de todo, los elementos básicos del deleite y el éxtasis, del sufrimiento y la dicha. Quizá ese lenguaje bífido no es una posibilidad, sino el recuerdo nostálgico de un origen borrado o trizado en fragmentos apenas legibles. En esta obra, he querido ser el restaurador de esa arcaica lengua, cuya expresión de las pasiones humanas parece estar a medio camino entre el dominio animal y el divino. Porque en todo caso, qué otra cosa es el lenguaje si no una especie de esfinge o minotauro, un ser híbrido, el resultado de una permanente comunión entre cuerpos e imaginarios deseantes.
  • ¿Ha resultado fundamental su estancia con los tuareg en la concepción de La Serpiente y el Manzano?
  • Yo pienso que sí. En cuanto ellos son, como algunos pueblos más, los salvajes guardianes de la memoria poética del mundo antiguo y el mundo antiguo determina aún hoy en día a las geografías de mi tierra natal. Y determina, en esencia, a La Serpiente y el Manzano. El llamado medio oriente aún vive el eco pútrido de Babilonia y del gran Kemet, de Persia y Jerusalén, de ptolomeos y seleucidas, de Cleopatra y de Jesús, en fin, que hay una detención del tiempo y el espacio. Y eso le hace un sitio atrayente y aberrante a la vez. Un sitio que devora momias cual si se tratase de salmos. Con los tuareg hallé los restos de Salomón, tanto como de Rumi o Ibn Arabi. Pero incluso algo más primitivo, el dulce canto de los leones. Y fue entonces que me enamoré de una leona y nos hicimos trizas, porque ¿de qué otra manera podrían amar los leones sino es desgarrándose en cada caricia? Y a favor de ella debo decir que, en cuanto nos encontramos en el desierto, me advirtió que el dolor sería el único final para nuestro amorío y al no hacerle caso, acabé molido entre sus garras cuando pretendió hacerme el amor. Dicen los tuareg que quien fallece de un inmenso amor se merece un inmenso olvido. A mí me parece que el olvido es una inmensa soledad y el principio de la locura. Uno de los más grandes príncipes tuareg, Mussag ag-Amastán, quien murió de amor incestuoso por su prima, la más bella entre las bellas, Dassina ult-Yemma, dijo antes de sucumbir: a aquel que se pone la cuerda al cuello, Dios le dará a alguien que tire de ella”. Y voy a terminar como Omar Khayyam, quien según cantos egiptanos del Camarón de la Isla, alcanzó a decir a su bella amada (causa de guerras y suicidios), antes de desfallecer en el dolor profundo: “eres el triste palacio donde cien príncipes soñaron con la gloria, donde cien príncipes soñaron con el amor y terminaron llorando”. Por cierto, dice la tradición que Khayyam, al concluir este canto, se cortó la lengua y la enterró en las raíces de un laurel. Otra vez Apolo traicionado.
  • ¿Por qué venir a México y publicar aquí esta obra que tienen tanto que ver con su Egipto natal?
  •  Mi madre es mexicana. Ese ya es una razón de peso. Pero lo más seguro es que en Egipto no hubiera sido fácil publicar este libro. Además, allá el ambiente literario está muy enrarecido. No basta con ser escritor, sino que debe un incursionar como relacionista público, caballero de banquetes, salamero profesional, cortesano, político, además de que se tiene que ostentar un trabajo en alguna dependencia de gobierno o bien en algún periódico, o revista o colectivo cultural o, de menos, en una editorial o tener un propia, siquiera. Si uno no está relacionado en Egipto, es como si uno estuviera muerto. Se pueden ganar premios, publicar, realizar un trabajo cultural, pero si no se está relacionado de nada sirve. Además, no es fácil que se acepte, en ese mundo hermético, en esa casi secta de escritores, a alguien que venga con una voz experimental, o tratar asunto ajenos a los temas que más gustan en los círculos culturales: la violencia, la guerra, la emancipación de la mujer, o, en caso contrario, lo más folclorista de nuestra cultura, porque todos estos temas le encantan a nuestros amos europeos, y al final ellos son quienes deciden qué y cómo se publica, en tanto que son los dueños hegemónicos del mercado editorial y en cuanto se tiene como una regla de mi país que si no se triunfa en Francia, Alemania, Italia o Inglaterra, no somos nada. Por eso muchos colegas renuncian a ser egipcios y optan por el exilio. Les prometen vidas más placenteras. En Egipto, para escritores como yo, sólo queda buscar a editoriales independientes, que funcionan casi como guerrilleras culturales, y que para nuestra desgracia poca presencia, o casi nula, tienen en el mercado, así que uno debe elegir entre dejar su obra en la tumba de un archivo de Word en la computadora, o en la tumba de un libro del que pocos se enterarán de su existencia. Ya dependerá del gusto fúnebre de cada quien. Por eso vine a México, buscando, entre otras cosas, la diferencia. Hoy estoy arrepentido.
  • ¿No hay entonces esperanzas?
  • Bueno, nunca se debería sucumbir antes las esperanzas, pero las esperanzas son quizá el asidero de la razón para no volverse locura. Si no tuviéramos fe en que algo mejor nos espera, sucumbiríamos ante el terror del instante. He dicho que las editoriales independientes son como guerrilleras. Creo, o más bien, tengo esperanza en ellas. Estoy convencido que lo mejor de la literatura mundial se está publicando en editoriales de este perfil. Aunque eso haga que sólo unos cuantos tengan accesos a ciertos libros. Otra vez, en el círculo del tiempo, la lectura se convierte en un asunto de sectas. Nunca ha sido la literatura, o el arte, un asunto de las masas. Desgraciadamente. Gracias a las editoriales independientes es que un escritor se puede abandonar a la exploración personal, al experimento de su prosa o su poesía, a propuestas que por aventuradas jamás hallarían lugar entre los miedosos mercachifles que dominan el mercado internacional. Una verdadera editorial independiente es rebelde en la medida que publica autores rebeldes. Hace unos años conocí en Alejandría al poeta mexicano Francisco Trejo y nos hicimos amigos. Admiro mucho su trabajo. El año pasado me invitó a formar parte de su más reciente proyecto editorial, Paserios ediciones, y le envíe La Serpiente y el Manzano convencido de que no podría tener mejor fin. Desde entonces he trabajado con Trejo y sus socios, los también poetas Odeth Osorio y Erik González, y la ilustradora Argelia Colorado, para dar a luz el libro. Baste abandonarnos a la suerte y esperar qué sucede…   
  • Por último, Aliba, ¿que sería entonces para usted el amor?
  • Te voy a responder con un texto tuyo, que alguna vez me diste a leer en tu libro Eztlán, y que como la mayoría de tus libros, se encuentra en una tumba entre tus archivos. El Dios Amor es un demonio inclemente, sordo, rojo, sangriento, hematófago, ciego, brutal, bestial, asesino, agrio, inclemente, lascivo castrado, saetario, silvestre, pánico, ebrio, deicida, destripador, voraz, uranio, pandemónico, pedestre, pederasta, adicto, obseso, poseso, violento, estuprador, mentiroso, mitómano, perro, mula, rencoroso, vengativo, memorioso, tentador, instigador, apóstata, pueril anciano, príapo enfermo, podrida vulva, ano omnipresente, enano (por eso está más cerca del infierno), esfera deforme, dios aborrecido por dioses, demonio aborrecido por demonios, despojo que aborrece despojos, miel que se pudre, ángel que repta, yaga, vergüenza, maloliente, enfermedad agónica sin muerte, al que por si fuera poco le excita la tortura y su lugar predilecto para practicarla son los sueños.        
La Serpiente y el Manzano (Paserios ediciones, 2021) de Aliba Ayam Soid ed Nauj, traducción del copto y prólogo de Juan de Dios Maya Avila. Se puede adquirir en:

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