Categorías
Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Souvenirs para mamá| Crónica

Me gusta viajar. Desde niña me embelesaba con el paisaje de la carretera entre el puerto de Veracruz y mi pueblo. Nos gustaba viajar en familia. En aquellos años, aún tenía eso que llamamos familia extendida. Tenía varios primos, tías y tíos; tenía a mis abuelos. Ahora ha cambiado mucho la dinámica. La familia se ha reconfigurado, estrechado y transformado de maneras insospechadas. Pero hace años, viajábamos juntos. Mis papás se quedaban en casa, yo agarraba toda mi voluntad y me pegaba a las faldas de mi abuela o de mi tía Rosa y me marchaba con ellas a donde fuera. Por eso mi espíritu aventurero no se apaciguó. Según yo, exploraría desde el río cercano hasta los confines de la Tierra.

Aún con mi insistencia por andar cerca de mis familiares, habité un universo interior reservado y lleno de ocurrencias. El pensamiento que nunca dejó de acompañarme era el del regreso, cuando volviera a ver a mi madre. Así que constantemente pensaba en los regalos que podría darle; en cada obsequio buscaba atrapar el simbolismo del viaje, de las aventuras vividas o imaginadas durante el trayecto lejos de la casa materna. Así que mamá recibía con una sonrisa los regalos que le llevaba: guarasapos, conchitas de río, piedras de colores y formas sorprendentes, hallazgos de la exploración que podrían ser de utilidad, tierra de río con propiedades curativas o estéticas… etc.

En una ocasión, emprendimos un viaje en las vacaciones decembrinas. Se trataba de un ambicioso trayecto que nos llevaría a las playas del Caribe mexicano. Llevábamos maletas, algo de comida y unas bocinas espectaculares para amenizar el largo trayecto. Preparamos la camioneta. Se trataba de una ramcharger 94 con camper. Era la última adquisición de mis tíos. Les había ido bien en el negocio y la crisis del siguiente año parecía lejana. En octubre del 93, compraron la camioneta que era adelantada a su tiempo. En diciembre, la estrenamos en un viaje de 1,200 kilómetros.

Por indicaciones de mis tíos y para acelerar la llegada a nuestro destino, haríamos paradas de urgencia para el baño y para cambiar de conductor. Así fue hasta que pasamos Villahermosa. Ya había entrado la madrugada y el segundo conductor a bordo iba cubriendo su turno. Todo parecía tranquilo y sin novedad. La carretera federal estaba oscura, el silencio apenas era interrumpido por la estación de radio que sintonizaron en la cabina y que levemente se alcanzaba a escuchar hasta la batea. El conductor en turno era el novio de una tía que siempre tenía varios galanes al mismo tiempo, este se coló al viaje porque el otro vivía en la ciudad. La mayoría de nosotros dormía o estaba por hacerlo. El ruido del motor y el movimiento de la camioneta terminaron por arrullarnos hasta que nos fuimos quedando callados. Justo en el momento en que nada pasaba, cuando la calma lo invadía todo, de pronto y sin estar preparados para el impacto, nos estrellamos contra un camión de pasajeros que se encontraba detenido en el carril. El impacto fue tal que chocamos entre nosotros, las maletas rebotaron con el techo del camper y una de las bocinas se incrustó en la pierna de la novia de un tío. El rechinido de las llantas patinando en el pavimento se escuchó por un largo rato o por lo menos esa fue mi sensación.

Una vez que se detuvo la camioneta, el otro conductor que estaba en descanso alcanzó a incorporarse casi de inmediato y salió del camper para dirigirse a la cabina. Cambió lugar con el que manejaba, arrancó la camioneta y nos fugamos a toda velocidad del lugar del accidente. Mi abuela comenzó a indagar cómo estábamos los demás; yo le pregunté aún con sueño si estaba muerta o viva. Al amanecer llegamos a Escárcega llenos de miedo, en shock y con la congoja atorada en la garganta.

Con la incipiente luz del día nos detuvimos en un restaurante a la orilla de la carretera. La intención era pasar a los baños y continuar, mi abuela pidió un momento para sentarse, beber un café y rezar un poco. Todos nos sentamos con ella. Yo la tomé del brazo y pensé en mamá por primera vez desde que inició el viaje. Luego miramos la flamante camioneta 1994, que se encontraba en el estacionamiento con el cofre convertido en un acordeón extraño que cubría medio parabrisas. Nos reímos todos por la ironía.  

En esa charla intercambiamos opiniones sobre lo ocurrido. La abuela decía que era mejor volver, tomar el accidente como una señal que nos indicaba el camino de regreso. Otros decían que había que seguir con el plan, que el accidente era una metáfora sobre la perseverancia en la vida. Todo se definió con la votación de los viajantes. Después de un rato, vimos a un cambión de pasajeros estacionarse cerca. Los pasajeros descendieron y también entraron al restaurante. Inevitablemente se percataron de la camioneta chocada y supieron que éramos nosotros. El chofer del camión nos miró con ganas de abalanzarse a nuestra mesa. Mis tíos dieron la orden de correr a la camioneta y largarnos. La gente del camión se quedó ahí, también con el trance del shock, agradeciendo que no había heridos entre ellos.

Después de veinticuatro horas de trayecto, algunas escalas en Uxmal y Chichen Itzá y de un día de campo que nos infestó de pulgas de pasto, finalmente llegamos a Cancún. Nuestra ingenua ambición era hospedarnos en un hotel con alberca y vista al mar. Los conductores al mando recorrieron la zona hotelera buscando un hospedaje que se adecuara al bolsillo y a nuestras peticiones. Después de un rato llegamos al centro de Cancún a un hotel que se anunciaba con alberca y por el cual nos cobraron 50 pesos la noche por habitación. Rentamos tres habitaciones, las atiborramos como pudimos. Sabíamos que nos encontrábamos muy lejos del mar, pero la alberca parecía una bendición después de tantas horas de viaje.

Nos pusimos nuestros trajes de baño y bajamos a tropel a la alberca del patio trasero. Resultó ser un estanque verde al que no le había dado mantenimiento desde hacía mucho tiempo. Eran las 6 de la tarde, y las opiniones se dividían entre sumergirse en el agua verde o exigir una alberca limpia a la administración del hotel. Ganó la opción de sumergirnos siempre y cuando no hiciéramos busitos con el agua verdosa.

Estuvimos en la alberca hasta que dieron las 10 de la noche. Al día siguiente iríamos a las playas más bonitas de Cancún.

CONTINUARÁ…

Categorías
Ecos de un caballito del diablo Narrativa

Aída Chacón| Otra vez el sureste| Crónica

El calor insoportable de la ciudad me hace recordar al de mi pueblo. Tenía unos doce años cuando, a raíz de mis clases de Ciencias de la Tierra, se me ocurrió pensar en la temperatura ambiente del lugar. No era común tener termómetros ni aparatos de medición de ningún tipo. Cuando encontré arrumbado en la casa un termómetro ambiental estaba cubierto con una capa de polvo tan difícil de quitar que no se podía leer la escala de medición. Luego de pedirle a papá que me ayudara con esa reparación, nos dispusimos a medir la temperatura ambiente. Colocamos el termómetro en un sitio de la banqueta afuera de la casa para simular el escenario real de cuando yo caminaba de regreso después de la escuela. El termómetro llegó a 50°, esa era su medición máxima. Nos quedamos un rato pensando en que, tal vez, podría ser mayor pero que no lo sabríamos hasta conseguir un termómetro con más capacidad. Luego seguimos con el experimento y medimos la temperatura dentro de casa. Apenas se redujo un par de grados centígrados.

Después de nuestros hallazgos, mi papá charlaba con todo aquel que se le atravesara. Les contaba del tremendo calor, de lo criminal que resultaba. Unos llamaban al pueblo, “el infiernito”; otros más, los que se hacían los poetas, le decían “la novia del sol”, porque este jamás se iba y estaba ahí encima todo el tiempo. Mi madre le decía: “la antesala del infierno”. Ella siempre despreció vivir ahí. No sé cómo resistió sin abandonarnos. Extrañó la ciudad, su ruido y el gentío indiferente durante cada día que vivimos allá. Cuando se mudó de vuelta a la capital, se recluyó en su casa, no salía más allá de los límites de la colonia y, ocasionalmente, visitaba la zona en la que dejó parte de su juventud.

Los vecinos empezaron a inventar toda clase de experimentos que comprobaran su hipótesis: nuestro pueblo era el más caliente de todo el estado. Un vecino aprovechó el cofre de una camioneta estacionada afuera de donde se encontraban para sus experimentos y a las doce del día partió un huevo y lo esparció ahí. El huevo cambió de coloración, se cocinó en la lámina. Después de aquello, todos estaban asombrados por no haber perdido la razón a causa de la inclemencia del sol de tantos años. Otros se preguntaban cómo era que el pueblo no se había deshabitado jamás y que, por el contrario, parecía hacerse más y más grande. Lo que era evidente es que, alrededor de las dos de la tarde, cuando más calor se sentía, los negocios bajaban sus cortinas, la gente desaparecía de las calles y ese tiempo se ocupaba para comer. El mediodía nuestro era ese momento entre las dos y las cuatro en el que las calles se convertían en las de un pueblo fantasma.

Cuando se acercaban los peores días de calor y antes de las lluvias, nosotros y casi toda la gente del lugar, buscábamos un lugar en el río, a veces en la playa. Nos gustaba ir a remojarnos al agua del Joliet, el Julieta para los menos pretenciosos. Ese río enorme y que, a los ojos de mi infancia resultaba hermoso, se encontraba en los límites del pueblo. Del otro lado, pasando el puente de tubos, ya no era Veracruz, sino Oaxaca. Del lado oaxaqueño se encontraban las ruinas de una hacienda. La gente contaba un sinfín de historias sobre esa construcción. En lo que antes era el arco de entrada de la propiedad se lograba ver el nombre Joliet y el año 1904. Todo estaba abandonado. No habían pasado ni ochenta años de aquella fecha pero a mí me parecían un abandono de cientos de años. Las pocas paredes que se apreciaban de pie eran altísimas, todas sin techos. Numerosas puertas conectaban lo que antes, seguramente, habían sido habitaciones inmensas y llenas de lujos. Se decía que el dueño era un francés acaudalado que decidió venir a México buscando prosperidad. Su hija, una hermosa mujer de ojos azules y piel blanquísima, lo había acompañado y había bautizado la hacienda en su honor. Otras personas decían que había sido de gringos adinerados. Todos coincidían en que la Revolución les había hecho caer en la desgracia y poco a poco, la hacienda que se erigía en lo alto de una loma, los plantíos, las caballerizas y todos los que trabajaban en ella, fueron muriendo, migrando, simplemente desapareciendo hasta dejar el sitio totalmente abandonado y sin certezas sobre su historia.

En el río, nosotros los niños cazábamos guarasapos durante horas, chapoteábamos un rato, hacíamos concursos para saber quién podía soportar más tiempo bajo el agua. Cuando alguno no lograba escapar, se convertía en el blanco del tío que quería enseñarnos a nadar. Nos aventaban desde algún sitio alto y teníamos que salir a flote. Nuestra infancia en el río también se acompañó del constante temor de morir ahogados. Así podíamos durar hasta seis horas en el agua; hasta que teníamos las manos y pies de viejitos, nos acercábamos a la orilla a comer algo. Irremediablemente al comenzar a comer llegaban las historias de las tías sobre el amigo de su juventud que murió siendo apenas un crío. Chelín era el más pequeño de todos ellos. Falleció una tarde de domingo cuando fueron a ese mismo río; él comió y volvió a nadar; se ahogó sin que los demás se dieran cuenta. Cuando lo buscaron ya era demasiado tarde. Su cuerpo estaba hinchado y todos lloraron hasta enloquecer un poco. Tardaron en volver ahí y lo recordaron en cada ida al Julieta.

En la noche, ya que nos habíamos dado una ducha y nos acostábamos a dormir, creíamos que el agua nos mecía, pero ahora en la cama. Y yo podía sentir la corriente del río golpear suavemente todo mi cuerpo. Cerraba los ojos y, de nuevo, estaba flotando en el agua; escuchaba a lo lejos su ruido chocando en las piedras, corriendo en el cauce con sus desniveles. El arrullo me hacía sentir una tremenda paz hasta que me quedaba dormida. No la he sentido de nuevo hasta ahora.

Poco antes del verano llegaban las lluvias. En algunos casos, monzones. El calor se apaciguaba un poco, nos daba un respiro no muy largo. El agua de la lluvia era una bendición esperada. Algunas veces lograba escaparme de mamá y sus cuidados para mojarme en la calle. Me encantaba perderme entre las gotas hasta quedar empapada. La tibieza de las gotas evitaba cualquier resfriado. Jugaba a bailar y cantar en la lluvia, a sentir cómo la ropa se humedecía con rapidez hasta quedar escurriendo. Y de nuevo la paz… pero ahora llegaba en forma de olor a tierra mojada. Al instante en que cesaba la lluvia se empezaban a oír las chicharras. Esa era señal de que, al día siguiente, el calor regresaría pero esta vez más fuerte.  

Las trampas de la memoria son muy curiosas. Las nostalgias son seleccionadas cuidadosamente para que no me acuerde de la inseguridad que, de pronto, azotó el estado un día durante mi adolescencia. De repente, sin que nadie pudiera evitarlo, dejamos de salir en las madrugadas, olvidamos los cantos de la rama, comenzó a desaparecer la gente, los migrantes también y los que quedaban, estaban mutilados por el tren. Tampoco me acuerdo de los zetas que llegaron, de cómo reclutaban compañeros de mi prepa, ni de la estirpe de chupaductos que se apoderó de la zona. No pienso en el derecho de piso que hizo cerrar a más de un pequeño negocio en el centro de mi pueblo. Eso… nunca lo recuerdo. No pienso en que el pueblo de mi infancia me fue arrebatado y que ahora solo queda ese parece en la nota roja.

Desde el sofocante calor citadino de apenas 27°, me pongo a recordar furiosamente esos pasajes de la infancia mientras me animo diciendo que este calor no es tan insoportable, que he sentido el rigor de los 50°, que ni el río, ni la regadera ni la ropa ligera terminaban con el sopor de mi pueblo; que acá, en esta latitud, aunque no se pueda bailar bajo la lluvia, encontramos en la sombra una tregua del calor.

Categorías
Ecos de un caballito del diablo

AÍDA CHACÓN| RETORNO AL SURESTE [II] (CRÓNICA)

El calor de mi pueblo siempre ha sido legendario. Ha sido también inspiración para innumerables chistes, anécdotas y sorpresas. No era tampoco una obsesión saber a cuántos grados centígrados estaba el termómetro en cada mañana, pero cuando sentíamos un calor inusual, lo consultábamos. Alguna vez la temperatura alcanzó 50° a la sombra. Así el calor de mi tierra en cada verano.

Justo al medio día no se veía un alma en las calles. La razón era sencilla: no existía sombra donde guarecerse del tormento de asolearse. Cabe mencionar que, la medida de todas las cosas, la distancia, el tiempo y los espacios son nociones que cambian mucho cuando se vive en un lugar con un clima tropical.

Por ejemplo, el tiempo. El llamado mediodía es conocido por el común de las personas en la ciudad como las 12 del día, o las 12 pm. Pero allá, en lo que muchos amigos y conocidos llaman cariñosamente “el infiernito”, es un lapso que inicia a las 2 de la tarde. El medio día era para nosotros la mitad de un día cotidiano que se media con el trabajo. Mientras los citadinos miran el reloj esperando que den las 6 de la tarde para salir de sus oficinas, allá las 2 pm era el espacio para comer, un intermedio del día porque el regreso a casa no era sino hasta las 8:30 y a veces hasta las 9 de la noche.

A las 2 de la tarde la gente ya no salía. La pausa era generalizada, por lo menos en el centro del poblado. Los comercios cerraban sus cortinas, la gente se replegaba a las comidas familiares, los empleados tenían dos horas para ir a casa a comer y volver para continuar la faena. Con los años, esta pausa empezó a hacerse menos notoria. Los comercios dejaron de cerrar sus puertas, pero los clientes nunca fueron un tumulto entre las 2 y las 4 de la tarde. La calma, de todas formas, era más grande que el ajetreo comercial. Llegué al Distrito Federal con esta noción del mediodía que me valió varias imprecisiones.

Este calor, acompañado por un sol insoportable, hacía que las distancias se sintieran en la piel, en los pies y escurriendo por todo el cuerpo. Recuerdo aquellos años el camino a la escuela. Caminaba a la hora de la salida de la secundaria que, durante muchos años, fue una secundaria agropecuaria y que siempre estuvo rodeada de árboles de mango.

Mis caminos estaban acompañados de mis amigos, los cercanos y los odiados. Muchos caminábamos los mismos rumbos y en el trayecto unos se iban quedando en sus casas. Yo era quien iba más allá de todos los demás. El camino lo marcaba una vía férrea a Veracruz, uno de los pasos de La Bestia. Caminábamos todos dando saltos entre una traviesa y otra, a veces tropezando con el balastro que era abundante en unas zonas y casi nulo en otras. Caminar por los rieles no era cosa sencilla. Los más osados hacían malabares tratando de equilibrarse en los resbalosos y calientes rieles.

En las vías sucedieron muchas cosas. Las más terribles y algunas que marcaron mi vida en muchos sentidos. Caminando en lo alto de la vía podía sentirme poderosa, ruda. Convencida de ser temible. Fumé ahí mi primer cigarrillo. Estoy segura de que dije la primera grosería en voz alta y casi a gritos. La sonoridad irreverente me dejó con una sensación de satisfacción inigualable. También sufrí el primer asalto, pero también fue la primera vez que me defendí con todas mis fuerzas por el temor de llegar a casa sin la medalla que llevaba conmigo.

Caminar sobre la vía también regalaba cierta libertad, muchísima rebeldía porque ningún padre de familia aplaudía que fuese el camino de regreso a casa. Decían que era peligroso, pero nosotros, los rudos y desafiantes, caminábamos a diario por ahí. En ese tránsito había una palapa desvencijada; debajo de ella colocaron un tronco seco y viejo que servía de banca y que se encontraba clavado en los postes. Ahí una señora vendía elotes hervidos. En realidad eran esquites en bolsa y nosotros pedíamos “un elote”, lo comíamos ahí y tomábamos fuerzas para continuar. Esa parada estaba quizás a la mitad del camino entre la secundaria y mi casa.

Después de aquel descanso, el otro sitio obligado era la casa del loro. No había palapa, ni bancas, ni venta de nada. Era solamente una casa que tenía una jaula enorme con un ave que se sabía muchas groserías. En general distinguía entre niños y niñas por el insulto que dirigía. Los niños eran pendejos y las niñas, putas. La cómica forma de insultar que tenía el loro nos atraía mucho, algunos niños le lanzaban cosas para hacerlo enojar y que se le salieran otras palabras como “pinche huevón” y “culero”. Cada día parecía que el loro esperaba la hora de nuestro paso para jugar, cuando nos alejábamos se asomaba por entre los barrotes de su jaula y a lo lejos se seguía escuchando su vocecita chillona con algún insulto.

Mucho más lejos y más cerca de mi destino estaba la casa del pambazo. Un lugar donde vendían los pambazos preparados más ricos de todo el pueblo. La casa tenía un pórtico que debíamos atravesar para llegar a donde la señora nos daba el pambazo. De un lado y otro del pasillo del pórtico había una bandada de gansos que nos correteaban. Entrar y salir de ahí era un reto. Ganaba quien salía con su pambazo y sin ser mordido por los gansos. Algunos se comían el pambazo junto a la señora y bajo la sombra, así la salida era más sencilla. Después de los gansos mi casa estaba a unos minutos. No tardaba demasiado en llegar. Guardaba para mí el relato del trayecto. El secreto de mi rebeldía me hacía la vida más llevadera.

Es curioso recordar aquellas tardes de un camino de apenas 3 kilómetros. En mi memoria son fragmentos de una infancia lejana, de un pasado que, a ratos, me parece ajeno. De entonces ya no hay nadie, algunos compañeros de trayecto han muerto; los amigos crecieron y yo me mudé y no volví más. Lo bueno de la memoria es que puedo hacer también una banda sonora de mi relato; es hermoso recordarme en lo alto de las vías mientras tarareo la música que cantaba con mis amigas y que oía todo el tiempo en mis casets piratas, aunque la música de mi infancia será otra crónica aparte.

Categorías
Ecos de un caballito del diablo Literarias Narrativa

Aída Chacón| Retorno al sureste [I] (Crónica)

[Sabores]

Regresar a casa siempre resulta complicado para mí. Siempre me pregunto a cuál de todos los sitios en que he habitado, podría llamar “hogar”. ¿Cuál es mi casa?, ¿la del recuerdo?, ¿la que ya no existe?, ¿la que construí en la ciudad?, ¿la que extraño cerca del malecón habanero? En esta introspección me topé con un artículo donde entrevistan a Raquel Torres, antropóloga y cocinera veracruzana. Ella sostiene que es posible saber de las raíces simplemente recordando aquello que se comía en la infancia; eso que resulta tan cotidiano que pocas veces se toma en cuenta.

Y yo, ¿qué comía en la infancia? El recorrido por la memoria me impulsó a la escritura. La comida de mi infancia estuvo cerrada a la del contexto por un largo tiempo. Crecí en un pueblito veracruzano pero con familia de tierras frías. Ellos [nosotros] migraron buscando otras formas de vida. Se apuntalaron en una casa cerrada a la gente, a la calle, al contexto. Ni mi madre ni mis tías acostumbraban a sacar una mecedora al umbral de la puerta o la banqueta para contemplar la tarde, para escapar del calor enloquecido de hasta 50° en verano. No aprendí a caminar descalza en la tierra, tampoco a andar en camiseta y calzones para sentirme fresca. Aún con esto sí aprendí a hablar fuerte (“a gritos” como dicen en la ciudad), a decir palabrotas como parte del vocabulario cotidiano, a comer lo que había cerca, lo que lograba entrar a casa, lo que probé en las casas de mis amigos, lo que se compraba en el mercado. Lo que se cocinaba en donde yo sentía era mi tierra.

De allá recuerdo las empanadas de queso y plátano, los bollitos deliciosos, los tamales de acuyo aromático que crecía desenfrenado en el patio de la casa. Las enmoladas de un mole que jamás picaba, los plátanos machos para el desayuno, el tesmole de pollo y sus cazuelitas de maíz. El queso fresco, las picaditas de salsa, las cabecitas de perro, las ciruelas con chile, el olor de los nanches, los frijoles con plátano, los puritos con queso, los pambazos blancos.

El hogar de la infancia tiene una herencia culinaria insospechada, fincada en las raíces afro del estado; pensarlas tan solo me dejan ver las formas en las que he aprendido a cocinar: sin recetas, sazonando con la experiencia, con el don de la “buena mano”; porque yo nací con ella: la comida nunca se me sala, siempre sabe bien, nunca es la misma receta, algo hay que va cambiando cada día, las cantidades son todas, un misterio. Y jamás la pruebo antes de servirla.

Entonces, mi casa está en la herencia gastronómica que tengo, la que se instaura acá, en la ciudad, la que se vuelve un éxito con los paladares defeños que prueban en casa mis inventos. La que me regresa a la infancia en cualquier descuido y me hace disfrutarla como si estuviera en un tiempo y en un lugar indeterminados. La que adoptado con el tiempo en los demás hogares que he tenido.

El estilo culinario de la ciudad en la que vivo no es mi favorito; me asomo de cuando en cuando a los sabores y algunos llegan a mi cocina con algunas modificaciones, con herencias de la infancia. Me doy cuenta de que ahora mi casa está con la puerta entreabierta, un poco como hace años las de mis tías y mi madre estaban cerradas porque se aferraron al recuerdo de su tierra, a sus costumbres, al acento de su hablar. ¿Qué queda cuando el hogar está en el pasado? Los recuerdos y la configuración de hogares nuevos, con más sabores, con más aromas, con raíces más anchas y profundas.

Pambazos preparados estilo Tierra Blanca, Ver. Foto y preparación: @yllak