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Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Días de guardar| Crónica

Fotografía: @yllak

Durante la infancia esperaba con ansias la llegada de la Semana Santa. Esas dos largas semanas para no ir a la escuela y en las que los adultos también tenían descanso para llevarnos a pasear a algún sitio. Nuestro destino favorito era el río o la playa. A pesar de que salíamos durante los días de guardar, mi abuela tenía la creencia de que el viernes santo nunca debía usarse para el placer, ningún tipo de placer. Los adultos de aquella época pensaban que no era más que una superstición, así que en aquellas vacaciones salimos de casa, desde muy temprano en viernes, con destino a la playa.

Alrededor de las diez de la mañana nos instalamos en la playa de Mocambo. El día estaba nublado, pero la playa estaba casi vacía. No pudimos resistir la tentación de tener tanto espacio para nosotros, así que aún con las nubes que presagiaban una tormenta, nos pusimos la ropa para nadar y corrimos al agua. Durante un rato no pareció una mala elección; ya estábamos ahí, el viento empezó a soplar más fuerte y pensamos que, a pesar del frío, en cualquier momento las nubes darían paso al sol radiante que esperábamos encontrar.

El viento no dio paso al sol, no arrastró consigo a las nubes para llevarlas a otro paisaje; el día se oscureció más y empezamos a temblar de frío estando en el agua. Escapar del agua significó atravesar una playa feroz, con el mar picado y el viento lanzando la arena sobre nosotros. Cada grano parecía un alfiler que se enterraba en la piel; apenas unos pasos equivalían a soportar los embates de un ejército invisible que lanzaba toda su artillería sobre cada centímetro de piel. La arena se pegaba en la garganta, nos hacía llorar y finalmente nos lanzó de la playa. Pegajosos, llenos de arena y tristes pensamos en volver a casa.

Cuando el espíritu viajero se había muerto por completo, el entusiasmo de unos cuantos empezó a esparcirse entre todos e idearon un nuevo destino: el río. Estando en el puerto, enfilamos rumbo al río cercano al rancho de mis tíos en Soledad de Doblado. Ahí llegaríamos a un lugar tranquilo y también tendríamos cerca a los parientes para visitarlos. Parecía la idea perfecta para salvar el día y el viaje.

Llegamos al río cuyo nombre olvidé con los años. Nos instalamos en la orilla de la manera tradicional: las mamás con el lunch y vigilándonos mientras cazábamos guarasapos1; los jóvenes nadando en la parte más profunda, riendo a carcajadas y buscando la manera de echarse clavados en el agua; mi abuela remojando sus pies y contemplando a toda la familia feliz con un paisaje soleado y campirano como escenario.

Todo iba bien hasta que llegaron más personas. Llegaron en una camioneta roja. Eran pocos, apenas un par de niños, tres mujeres y un par de señores. Quedaron casi frente a nosotros en la otra orilla del río. Aunque no nos molestaron jamás, habríamos preferido toda la corriente solo para nosotros. Mi abuela, como siempre, dijo que se sintió extraña con la llegada de más personas al río; “como que me llegó un presentimiento”, dijo más tarde mientras comíamos.

Después, cuando todos estábamos absortos en nuestra alegría, llegó otra camioneta. Nos dimos cuenta hasta que los tripulantes bajaron de ella todos al mismo tiempo; la camioneta negra, sin placas y vidrios polarizados puso en alerta a los adultos. Uno de los hombres que se encontraba en la orilla no los vio llegar. Lo amenazaron con armas y el griterío de las mujeres me hizo distraerme de los guarasapos. Levanté la vista y miré de golpe todo el escenario: hombres armados golpeando al tipo de shorts mojados, mujeres gritando y abrazando a los niños; luego el mismo hombre de shorts flotando boca abajo en el agua. Todo pasó tan rápido que no me di cuenta cuando mamá me había sacado del río. Todos corrimos a escondernos, y mis papás repetían con insistencia que nadie volteara a verlos, que no los miráramos.

Desde el escondite escuchamos las llantas de la camioneta arrancar sobre la terracería y alejarse. Nos asomamos y vimos mujeres llorando. Yo volví a ver al hombre flotando en el agua y pregunté si estaba muerto. Nadie contestó. Rápidamente nos subimos a la camioneta en la que íbamos nosotros y nos dimos prisa para llegar al rancho del tío Manuel, el más lejano de Soledad y más escondido entre los sembradíos. Mi papá dirigió el camino. Los demás permanecimos callados, llenos de miedo.

Llegamos al rancho y los tíos nos ofrecieron de comer. Estábamos hambrientos y nos sentamos a la mesa sin demora. En el fogón se veía la olla de frijoles, el comal con las tortillas recién hechas. Al centro de la mesa estaba el molcajete con una salsa que tenía un olor delicioso. El embeleso de la comida fue disipando el miedo. Empezamos a deleitarnos con el plato de frijoles con chorizo que habían hecho para nosotros. Mientras comíamos empezamos a reír, a charlar sobre el viaje, sobre lo que vimos. La abuela no desaprovechó la oportunidad para decirnos que jamás debimos salir de casa los viernes santos porque son días de guardar y no podemos jugar con eso. Ya nadie debatió con ella. Con aquella comida, sentados a la mesa de los tíos, todos nos sentimos de nuevo en casa. Ahora mi padre siempre me dice que no debemos salir de casa ese día. Nunca más, desde entonces, hemos vacacionado en viernes santo.

1Guarisapos.

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Canaimera

Aliba Ayam Soid ed Nauj I La Serpiente y el Manzano

En 1980, incluido en su Música para camaleones, Truman Capote nos regaló un singular texto al que intituló “Vueltas nocturnas o experiencias sexuales de dos gemelos siameses”, ni más ni menos que su entrevista cumbre (por así decirlo), pues Truman dialogaba con Capote. No sé porqué lo menciono, quizá sólo por conjurar los espejos de los que está repleto el mundo. Y porque algo de mí mismo reconozco, aunque no del todo, en el escritor egipcio Aliba Ayam Soid ed Nauj (Zabbaleen, ¿?), a quien me une un entrañable lazo por haberme permitido traducir al castellano su más reciente obra. Perteneciente a la comunidad copta, Aliba Ayam es hijo de padre egipcio y madre mexicana, razón por la cual, reside en nuestro país desde hace un par de años y ha decidido publicar aquí su novela, La Serpiente y el Manzano, de reciente aparición en la editorial mexicana Paserios. No obstante, sus primeras publicaciones las hizo en su país, en diversas revistas literarias, pero sobre todo en el periódico Al-Ahram de El Cairo, donde por más de una década cubrió los principales hallazgos arqueológicos, que como sabemos, son profusos en Egipto. En sus correrías, se hizo muy cercano al afamado arqueólogo Zahi Hawass, quien le permitió acceder a diversos textos antiguos, entre  los que se hallaba un texto nahaseno llamado el Evangelio del amor que le sirvió de base para facturar el libro que hoy publica en México. Aliba Ayam vivió una temporada entre los tuareg, de quien aprendió lo que sabe de la poesía, y se dice ser el producto de la imaginación de otro loco y así ha recorrido, afirma él, los caminos imaginarios que a ese loco se le han estado vedados. Sus cuentos se han traducido al esloveno, al francés, al inglés y al español. Recientemente participó en la Antología de Microrrelatos Esotéricos publicada por la editorial colombiana Avatares. 

  • Estimado Aliba, ¿a qué le tiene miedo?
  • A sapos verdaderos en jardines imaginarios.
  • Pensaría, por la lectura de su obra, que al amor…
  • …por eso, a sapos verdaderos en jardines imaginarios.
  • Sin embargo, ¿por qué habríamos de temer al amor?
  • Porque es un demonio feral que no merecería nuestra atención, ni nuestros cantos, pero ya ves que yo mismo he dicho: aquí va uno más. El fin más común del amor es el dolor y el fracaso. Todos mis fracasos en el amor los tengo merecidos por no haber sido un buen hombre, aunque tenía la plena conciencia de que debía serlo. Hay veces en que la inconsciencia o la ignorancia nos exculpan en parte de nuestros hechos terribles. Yo ni siquiera lo hice amparado bajo estas dos circunstancias. He sido un ladrón y he sido robado. Todo mi dolor es justo pero de todos modos duele y a pesar de mi culpabilidad, quisiera que el dolor cesara. El mundo no es lo bastante grande para huir.
  • ¿Ha sido cruel?
  • Sin duda. La crueldad me domina. Además, he pretendido ser muy rencoroso y he querido nunca olvidar una ofensa grave. Ante la mujer que amé he fracasado. Siempre se me dijo que no perdonara la traición ni siquiera en el lecho de muerte, menos aún después de muerto. Pero no he conseguido ser un hombre de palabra. Mi amante sí. Me ha olvidado. Pero ella no es cruel.
  •  ¿Es usted sincero?
  • Por supuesto que sí. Soy una persona sumamente sincera para expresar mis sentimientos y opiniones, así como para conducirme conforme a éstos, por eso sé mentir con cierta maestría. Soy escritor. Nunca nadie debería enamorarse de un escritor. Todos los escritores somos mentirosos. Y porque te digo la verdad es que esto mismo es una gran mentira. Debes creerme. Un buen lector lo sabría. Desde hace tiempo aspiro a construir una vida cuya lógica se sustente en la mentira.
  • ¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
  • Venganza
  • ¿Y la más peligrosa?
  • Vida.
  • ¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
  • Claro que sí, pero me conformé con amarla hasta la eternidad y no se me ocurre un mejor castigo.
  • ¿Cuáles son sus vicios principales?
  • El placer… la madre de todos los vicios. En el placer se concentra el peligroso éxtasis de Ícaro volando siempre más alto pese a las advertencias de su padre. Pero el momento culminante es tan extraordinario en su goce que se abandona a las llamas del sol, a pesar de llevar sus alas unidas con cera. El placer es acaso el vicio fulminante al que nos entregamos como las bestias hedonistas que somos desde el inicio de los tiempos. Por supuesto, sus formas son infinitas, pero sus fines, como ya lo he señalado, son, sin lugar a dudas, el sufrimiento, tanto aquel que infringimos como el que nos infringen. Puesto que el placer es abandono, quedamos expuestos y a merced de personas (o de hedonistas) más crueles que nosotros mismos. El placer nos llena de soberbia, puesto que alimenta la parte más egoísta de nuestro ser, por ello nos es indiferente, en medio del gozo, romper a nuestros semejantes. Quizá por ello dios parece no perdonar a los devotos de la sensualidad, de los placeres y del pecado. Pero por ello mismo dios ha de comparecer por el placer que siente al rompernos.
  • Háblenos de La Serpiente y el Manzano.
  • La Serpiente y el Manzano nació siendo un profundo libro de amor. Hoy, por lo menos para mí, es una tumba. Hubiese querido nunca escribirlo. He comprendido el dolor de Apolo en la persecución que hace de Daphne. La más hermosa, la más inteligente entre las mujeres. Pero Apolo, incluso cuando es un dios, o más bien, sobre todo porque es un dios, el dios solar, se frustra porque no puede alcanzarla. Por más que corra tras de esa carne que anhela, el espíritu femenino le será inasible, en cuanto que ella le odia, en cuanto que ella lo repulsa. Y Apolo se duele, pues comprende que si no se hubiese conducido como un dios, y se hubiera en cambio comportado como un hombre, Daphne quizá no habría huido. ¿Y qué sucede al final? El padre fantasma de Daphne la salva, la arrebata del dios y le convierte en esa fronda divina llamada Laurel. Y debajo de esa fronda, Apolo recuerda el origen de su desventura: quiso ponerse a jugar con el amor y Eros lo ha herido irremediablemente.
  • ¿Es por ello La Serpiente y el Manzano un canto erótico?
  • Al contrario, es, al final, un canto de libertad. O más bien, del deseo de libertad como una esperanza ante el yugo del amor, o de cualquier amo cruel de similar talante. Quien escribió este libro —quizá un sublimación mía, un alter ego—, es una serpiente venenosa y de lengua bífida. La serpiente que pretende dominar en el manzano celestial. Si imaginásemos cómo sería la comunicación con una lengua bífida, tendríamos un lenguaje que no marcara nunca una sola dirección de sentido, sino que lo aparentemente contrapuesto aparecería siempre en una tensa armonía. El Deseo y la Razón; el apetito corporal y la intuición mística; el Paraíso y el Infierno; el Bien y el Mal, conceptos y pulsiones que encarnaban antes antinomias fundamentales, serían, como en la música o en la danza, acaso contrapuntos para sostener una variación de ritmos y movimientos. Serían, después de todo, los elementos básicos del deleite y el éxtasis, del sufrimiento y la dicha. Quizá ese lenguaje bífido no es una posibilidad, sino el recuerdo nostálgico de un origen borrado o trizado en fragmentos apenas legibles. En esta obra, he querido ser el restaurador de esa arcaica lengua, cuya expresión de las pasiones humanas parece estar a medio camino entre el dominio animal y el divino. Porque en todo caso, qué otra cosa es el lenguaje si no una especie de esfinge o minotauro, un ser híbrido, el resultado de una permanente comunión entre cuerpos e imaginarios deseantes.
  • ¿Ha resultado fundamental su estancia con los tuareg en la concepción de La Serpiente y el Manzano?
  • Yo pienso que sí. En cuanto ellos son, como algunos pueblos más, los salvajes guardianes de la memoria poética del mundo antiguo y el mundo antiguo determina aún hoy en día a las geografías de mi tierra natal. Y determina, en esencia, a La Serpiente y el Manzano. El llamado medio oriente aún vive el eco pútrido de Babilonia y del gran Kemet, de Persia y Jerusalén, de ptolomeos y seleucidas, de Cleopatra y de Jesús, en fin, que hay una detención del tiempo y el espacio. Y eso le hace un sitio atrayente y aberrante a la vez. Un sitio que devora momias cual si se tratase de salmos. Con los tuareg hallé los restos de Salomón, tanto como de Rumi o Ibn Arabi. Pero incluso algo más primitivo, el dulce canto de los leones. Y fue entonces que me enamoré de una leona y nos hicimos trizas, porque ¿de qué otra manera podrían amar los leones sino es desgarrándose en cada caricia? Y a favor de ella debo decir que, en cuanto nos encontramos en el desierto, me advirtió que el dolor sería el único final para nuestro amorío y al no hacerle caso, acabé molido entre sus garras cuando pretendió hacerme el amor. Dicen los tuareg que quien fallece de un inmenso amor se merece un inmenso olvido. A mí me parece que el olvido es una inmensa soledad y el principio de la locura. Uno de los más grandes príncipes tuareg, Mussag ag-Amastán, quien murió de amor incestuoso por su prima, la más bella entre las bellas, Dassina ult-Yemma, dijo antes de sucumbir: a aquel que se pone la cuerda al cuello, Dios le dará a alguien que tire de ella”. Y voy a terminar como Omar Khayyam, quien según cantos egiptanos del Camarón de la Isla, alcanzó a decir a su bella amada (causa de guerras y suicidios), antes de desfallecer en el dolor profundo: “eres el triste palacio donde cien príncipes soñaron con la gloria, donde cien príncipes soñaron con el amor y terminaron llorando”. Por cierto, dice la tradición que Khayyam, al concluir este canto, se cortó la lengua y la enterró en las raíces de un laurel. Otra vez Apolo traicionado.
  • ¿Por qué venir a México y publicar aquí esta obra que tienen tanto que ver con su Egipto natal?
  •  Mi madre es mexicana. Ese ya es una razón de peso. Pero lo más seguro es que en Egipto no hubiera sido fácil publicar este libro. Además, allá el ambiente literario está muy enrarecido. No basta con ser escritor, sino que debe un incursionar como relacionista público, caballero de banquetes, salamero profesional, cortesano, político, además de que se tiene que ostentar un trabajo en alguna dependencia de gobierno o bien en algún periódico, o revista o colectivo cultural o, de menos, en una editorial o tener un propia, siquiera. Si uno no está relacionado en Egipto, es como si uno estuviera muerto. Se pueden ganar premios, publicar, realizar un trabajo cultural, pero si no se está relacionado de nada sirve. Además, no es fácil que se acepte, en ese mundo hermético, en esa casi secta de escritores, a alguien que venga con una voz experimental, o tratar asunto ajenos a los temas que más gustan en los círculos culturales: la violencia, la guerra, la emancipación de la mujer, o, en caso contrario, lo más folclorista de nuestra cultura, porque todos estos temas le encantan a nuestros amos europeos, y al final ellos son quienes deciden qué y cómo se publica, en tanto que son los dueños hegemónicos del mercado editorial y en cuanto se tiene como una regla de mi país que si no se triunfa en Francia, Alemania, Italia o Inglaterra, no somos nada. Por eso muchos colegas renuncian a ser egipcios y optan por el exilio. Les prometen vidas más placenteras. En Egipto, para escritores como yo, sólo queda buscar a editoriales independientes, que funcionan casi como guerrilleras culturales, y que para nuestra desgracia poca presencia, o casi nula, tienen en el mercado, así que uno debe elegir entre dejar su obra en la tumba de un archivo de Word en la computadora, o en la tumba de un libro del que pocos se enterarán de su existencia. Ya dependerá del gusto fúnebre de cada quien. Por eso vine a México, buscando, entre otras cosas, la diferencia. Hoy estoy arrepentido.
  • ¿No hay entonces esperanzas?
  • Bueno, nunca se debería sucumbir antes las esperanzas, pero las esperanzas son quizá el asidero de la razón para no volverse locura. Si no tuviéramos fe en que algo mejor nos espera, sucumbiríamos ante el terror del instante. He dicho que las editoriales independientes son como guerrilleras. Creo, o más bien, tengo esperanza en ellas. Estoy convencido que lo mejor de la literatura mundial se está publicando en editoriales de este perfil. Aunque eso haga que sólo unos cuantos tengan accesos a ciertos libros. Otra vez, en el círculo del tiempo, la lectura se convierte en un asunto de sectas. Nunca ha sido la literatura, o el arte, un asunto de las masas. Desgraciadamente. Gracias a las editoriales independientes es que un escritor se puede abandonar a la exploración personal, al experimento de su prosa o su poesía, a propuestas que por aventuradas jamás hallarían lugar entre los miedosos mercachifles que dominan el mercado internacional. Una verdadera editorial independiente es rebelde en la medida que publica autores rebeldes. Hace unos años conocí en Alejandría al poeta mexicano Francisco Trejo y nos hicimos amigos. Admiro mucho su trabajo. El año pasado me invitó a formar parte de su más reciente proyecto editorial, Paserios ediciones, y le envíe La Serpiente y el Manzano convencido de que no podría tener mejor fin. Desde entonces he trabajado con Trejo y sus socios, los también poetas Odeth Osorio y Erik González, y la ilustradora Argelia Colorado, para dar a luz el libro. Baste abandonarnos a la suerte y esperar qué sucede…   
  • Por último, Aliba, ¿que sería entonces para usted el amor?
  • Te voy a responder con un texto tuyo, que alguna vez me diste a leer en tu libro Eztlán, y que como la mayoría de tus libros, se encuentra en una tumba entre tus archivos. El Dios Amor es un demonio inclemente, sordo, rojo, sangriento, hematófago, ciego, brutal, bestial, asesino, agrio, inclemente, lascivo castrado, saetario, silvestre, pánico, ebrio, deicida, destripador, voraz, uranio, pandemónico, pedestre, pederasta, adicto, obseso, poseso, violento, estuprador, mentiroso, mitómano, perro, mula, rencoroso, vengativo, memorioso, tentador, instigador, apóstata, pueril anciano, príapo enfermo, podrida vulva, ano omnipresente, enano (por eso está más cerca del infierno), esfera deforme, dios aborrecido por dioses, demonio aborrecido por demonios, despojo que aborrece despojos, miel que se pudre, ángel que repta, yaga, vergüenza, maloliente, enfermedad agónica sin muerte, al que por si fuera poco le excita la tortura y su lugar predilecto para practicarla son los sueños.        
La Serpiente y el Manzano (Paserios ediciones, 2021) de Aliba Ayam Soid ed Nauj, traducción del copto y prólogo de Juan de Dios Maya Avila. Se puede adquirir en:

https://www.gandhi.com.mx/la-serpiente-y-el-manzano

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Ensayo Opinión Verbologías del equilibrista

Notas finales sobre imaginerías ilustradas … (IV y última)

En las últimas entregas de esta columna, he intentado esbozar lo que podría llamarse una crítica al liberalismo decimonónico mexicano. Sin embargo, frente al triunfo del liberalismo de ayer y a su radicalizada y sumamente destructiva reedición en el llamado neoliberalismo de hoy, caben unas notas finales. Valgan pues las siguientes líneas como una suerte de corolario sobre los delirios liberales decimonónicos y sus aspiraciones nunca realizadas de ser abrazados por la civilización capitalista euro-norteamericana, por encima de sus grandes mayorías “bárbaras” (“atrasadas” o “subdesarrolladas”, se dirá después). Pienso que no es ocioso regresar a buscar los indicios del desastre presente en el siglo XIX. Al final, las obsesiones liberales, se hallan fuertemente emparentadas con las del actual y hegemónico neoliberalismo en su mismo núcleo de supuestos normativos (sean ellos ontológicos, éticos o epistémicos), regulando todos ellos generalizadas y entronizadas prácticas sociales de muy diversa dimensión organizativa y económico-política. De ahí la relevancia que cobra el estudio del liberalismo de ayer para la comprensión del presente como historia.

I

La materialidad económica, política y social de la historia de las repúblicas latinoamericanas, viene acompañada de una gran ficción que se expresa como voluntad violenta de ser lo real, y que tiene el depósito metafísico de sus fantasías en el discurso fundacional de tales repúblicas oligárquicas. Se trata de la configuración ocultadora e ideológica del hecho fundacional de la barbarie modernizadora, hecho que entonces aparece ficcionalizado y travestido en la forma de la “sociedad política” de los señores de la producción. Es en este sentido, que las repúblicas latinoamericanas emanan de un artificio ficcionalizador —aquello que Valery llamaba la edad de las ficciones—, ahí donde la violencia se disfraza, precisamente, de civilización y progreso. No hablamos aquí de las viejas “robinsonadas” de la economía política y el liberalismo clásicos —con sus “estados de naturaleza” y sus individuos solos y aislados—, sino del aparato legitimador del poder político en las sociedades moderno-capitalistas, poder que se despliega ocultándose al mismo tiempo a través del recurso a la ficción. El núcleo paranoide y delirante de los discursos producidos por las élites liberales decimonónicas se inscribe en esta urdimbre.

Por otro lado, podemos incluso afirmar, que tal estratagema legitimadora de las relaciones de dominación/explotación/conflicto —que son constitutivas de la heterogeneidad ancilar latinoamericana—, es esencial para el propio devenir de la modernidad capitalista, pues ella implica, ciertamente, una mitificación y un ocultamiento de la violencia que define su carácter y sus críticas modalidades de desarrollo, marcadas así por la desmesura productivista a costa de los más.

II

La estratagema ficcionalizadora de la violencia y la desmesura del sistema, se ha presentado bajo los nombres de progreso y civilización, generando modalidades binarias (civilización y barbarie, lógos y mythos, etc.) que funcionan como 1) expresión de ontologías totalizantes y esencialistas destinadas a preservar una clasificación social ventajosa para los poderosos y 2) naturalización de la violencia política adelantada por las élites liberales. En el seno de tal estrategia, históricamente exitosa, descansan contradicciones abismales nacida de su universalidad exclusivista y colonial. A pesar de ello, perdura el consenso a su favor a través del tiempo, y en muchos sentidos seguimos atados a sus ilusiones y a sus “ensanchamientos” epistémicos como únicas salidas racionales a los dilemas del presente. En el proceso de despliegue de tal modalidad de dominación, la política revolotea entre la fundación “elitista” —combinada con formas continuadas de “epistemicidio”—, y una monología caracterizada en el presente por una política a-política, es decir, la anti-política de la reestructuración de la totalidad social neoliberal. La continuada repetición de sus slogans conforma a una “sociedad civil” que, avanzando dentro del armazón del miedo respetuoso a la “mano invisible”, quiere ver en la auto-negación el principio de toda civilidad y de todo comportamiento y hacer racional.

III

Ciertamente, los liberales decimonónicos han querido hacerse pasar por “hombres de espíritu”. Está ahí cifrada gran parte de su debilidad y de la equivocación de sus tendencias. Embebidos por la ilusión liberal han sido incapaces de llegar a conocer su lugar en el proceso de producción. Son pues hombres hechos de la realidad en permanente crisis de la que quisieron emanar artificialmente triunfantes, pero en cuyas contradicciones no han querido ahondar más allá del discurso.

Los “hombres de espíritu” han querido elevarse por encima de la situación crítica en que se vieron envueltos invocando el alto soplo de la civilización, que es, por definición, el anhelo de ninguna parte, un discurso alucinante que alumbra con vértigo y vehemente lógica de explotación los lugares por donde pasa a ciegas. Los liberales mexicanos, sin haber hecho la carrera a ciegas, han querido elevarse por encima de sus propios pasos después de todo y, ya presa de su propio delirio, han buscado ser “hombres de espíritu”. Más la realidad de la explotación no puede ser vencida por el Espíritu —que mira desde su desmesura—, sino por aquellos que habiendo recorrido el camino se tornan ellos mismos en la geografía del mundo y sus heridas.  

No basta con corroer desde dentro del poder político al “terror” pretérito, ni tratar de exorcizarlo con estrategias surgidas de la ilusión liberal. Los liberales mexicanos no renunciaron nunca a su cuna ni a su educación privilegiada; no dejaron de abrazar las ilusiones propias del Espíritu ilustrado ni desistieron de su ciudad letrada, que aunque con miradas en el abismo de lo “popular” y sus miserias, siempre se vieron a sí mismos como la voz de una sociedad que se levanta por encima de la sociedad real y la desdeña con la mirada de quien se sabe portador de una verdad imperecedera, verdad que tarde o temprano ha de realizarse por la palabra de un moderno augur que predice la llegada del futuro destronado por los errores del pasado.  

He ahí el gigantismo del liberalismo latinoamericano y su discurso —gigantismo que inflando la palabra, trata de ocultar su debilidad, es decir, la pérdida de vigencia o la debilidad de esa palabra como lugar de la toma de decisiones y de la actuación de la voluntad política—, que hubo querido cargar con la inmensa carga del Espíritu para aniquilar al pasado y a su propia condición de anclaje al pasado colonial, que no es otra cosa que el relato de un pasado que los criollos independientes construyen para luego demolerlo —con voluntad cesarista— y darle así sentido a su propia metafísica, a su propio y recién adquirido esencialismo, moderno y antimoderno a la vez.   

Personajes como Fray Servando Teresa de Mier o Lorenzo de Zavala (no otros como el ya tratado Bustamente) pudieron ver al “hombre abstracto” del liberalismo y adivinar su limitada suerte en medio de un nacimiento (el de la nueva República) que llevaba ya la mácula de una crisis permanente. Más no pudiendo renunciar a la sombra de las faldas que aquel hombre abstracto les hubo prodigado como escudo protector, hubieron de construir su discurso de crítica al pasado colonial desde las categorías y formas de fe que aquel resguardo les ofrecía. Declararon siempre henchidos en su ilusión, añorando un futuro al que se mira desde un tiempo ausente (que es un tiempo que no llega, gobernado por el deber ser y no por el saber estar), y que tenía en Norteamérica, Inglaterra y Francia sus más contundentes demostraciones.  

Lo revolucionario no estaba ciertamente en oponer el Espíritu del liberalismo moderno y capitalista al “terror” del pasado colonial, como quisieron creerlo los liberales latinoamericanos. No se trataba de la lucha del Espíritu contra el pasado reaccionario opuesto al Progreso, sino de la lucha de los miserables, los colonizados, contra todo yugo ya no sólo colonial, sino contra la misma dinámica de la colonialidad del poder que pervive más allá de las independencias político-administrativas decimonónicas. Un intelectual, para ser revolucionario, tiene que ser traidor a su propia clase, los liberales ciertamente no lo fueron. Sólo buscaron una “mejor versión”, en algunos casos purificada por el trabajo, más acabada y consciente de sí por la fuerza de su ímpetu de apropiación, que si bien es prólogo de muchas vilezas, pensaban, constituye la única vía posible para alcanzar la civilización y el natural orden de las cosas, dos metas imposibilitadas por la presencia de los errores coloniales, con todas sus pervivencias nativas, antimodernas y bárbaras.

IV

Se cierran estas notas finales con un comentario relacionado con el mencionado Lorenzo de Zavala, de quien suele decirse que fue un traidor. Tal es su lugar en el relato de la historia nacional mexicana tras haber apoyado la causa separatista de los texanos en 1835-36. Sin embargo, pienso que sigue siendo un personaje fundamenta para entender los descalabros del liberalismo mexicano en el siglo XIX, y, por lo tanto, el malogrado nacimiento de la república mexicana.

Tan sólo quisiera decir que no es claro que haya traición a una patria que no existe más que como entelequia elitista o como afirmación realmente maravillosa. Puede que su radical fe liberal, se dice, le llevara a integrarse a las filas del proyecto norteamericano, donde habían alcanzado su máxima realización (o eso creía él) el fundamentalismo de la propiedad, la civilización y el progreso; había que acelerar y dejarse llevar por esa marcha y es así como debe entenderse quizá su idea sobre la sangrienta victoria que los EU tendrían tarde o temprano sobre las “naciones incivilizadas”. Puede también que haya visto no más que por su interés como propietario de extensiones importantes de territorio en Texas. Difícilmente puede argüirse, por otro lado, como se ha hecho (con sensiblería nacionalista), que fue su falta de arraigo patriotero (o del esencialismo reaccionario que supone todo nacionalismo) lo que derivó en la traición, pues no existía en aquel momento una clara noción de patria ni del consiguiente “sentimiento patriótico”. De estas tres hipótesis quizá esta última demuestre mejor la pervivencia idealista de una condición alienada propia del discurso histórico nacionalista. De alguna manera Zavala percibía lo ilusorio de la República independiente y se fue, con sus propias ilusiones, hacia un lugar que le permitiese quizá, una más cómoda realización de su utopía privada.  

Los traidores son un elemento esencial del relato nacionalista, así como los héroes. Le dan sentido a dicho relato y le permiten mantenerse en permanente respiración artificial. Las glorias cesaristas de la historia nacional, protagonizadas por héroes y traidores, están fraguadas en la victoria del liberalismo mexicano. Sabido es (pero a lo mejor no suficientemente) que los vencedores han escrito la historia de México (y de Latinoamérica). Las heroicas tragedias de los liberales, sus batallas fundantes de la promesa del progreso y la civilización en el siglo XIX (en contra de la pervivencia del fantasma colonial y la barbarie), así como las nunca terminadas empresas de la modernización, el crecimiento y el desarrollo que maman de sus supuestos travestidos, ya en el siglo XX y lo que va del XXI, forman parte de esa victoria inflada y neurótica que oculta el patrón de poder constitutivo que está en el centro del desastre latinoamericano. 

Como bien decía Bolívar Echeverría —acerca del curso de la “fatalidad” en que se va desenvolviendo nuestra historia desde la fundación de las Repúblicas independientes, ahí donde nada, en el escenario de la política, ha sido realmente real y en cambio todo ha sido realmente maravilloso—: 

La vida política que se ha escenificado [en las Repúblicas latinoamericanas] ha sido más simbólica que efectiva; casi nada de lo que se disputa en su escenario tiene consecuencias verdaderamente decisivas, o que vayan más allá de lo cosmético. Dada su condición de dependencia económica, a las Repúblicas nacionales latinoamericanas, sólo les está permitido traer al foro de su política, las disposiciones manadas del capital, una vez que éstas han sido ya filtradas e interpretadas convenientemente en los Estados donde él tiene su residencia preferida. Han sido Estados capitalistas adoptados sólo de lejos por el capital, ciudades ficticias, separadas de “la realidad”.

V

Como se dijo al iniciar estas notas finales, asomarse en la historia del siglo XIX sigue siendo uno de los caminos posibles para explicarnos el embrollo de nuestro presente sin presencia. Aún vivimos de varios de los sentidos y vicios presentes en su historia. A lo largo de estas entregas, hemos querido trazar algunas hipótesis iniciales que pueden servir para plantear preguntas problemáticas con miras a rescatar la historia que vive bajo los grandes monumentos nacionales. Certamente, no se trata de reducir el sentido de la historia a la crítica del liberalismo, la realidad es más compleja que las simples ilusiones liberales. Pero la persistencia de las mismas en la forma de su radicalización neoliberal hace pensar que dicha intromisión es necesaria y productiva, pues ella puede ayudarnos a destrabar y quizá desmontar los marcos normativos en que solemos basar nuestro “sentido común” y sus ideas de presente, pasado y futuro. En última instancia puede ayudar a “vernos” y a comprender el calado histórico de la crisis epocal que nos va tocando vivir, una en donde, más que nunca, el abandono radical de las ilusiones (neo)liberales será clave en la búsqueda de una reconfiguración renovada de la existencia social.

Nos encontramos el mes que viene.

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Ensayo Verbologías del equilibrista

Alexander Ganem | Sobre imaginerías ilustradas de la nación artificial (III)

Según Jurgen Habermas, “pertenecer a la ‘nación’ hizo posible por primera vez una relación de solidaridad entre personas que previamente habían sido extraños el uno para el otro”[1]. A decir de Guillermo O’ Donnel, esta es una visión donde “las naciones son construcciones políticas e ideológicas, el resultado de historias, memorias, mitos y, al menos en algunos períodos, de esfuerzos de movilización política”; se trataría de “actos de suscripción” en relación con comunidades históricas, no naturales.[2] Siguiendo con O’ Donnel, esta visión “contrasta con versiones de nacionalismo ”etnocultural” o ”primordialista”, que argumentan en favor de un tipo de existencia substantiva, transhistórica, organicista y pre-política de la nación. Estas versiones han sido proclives a generar o tolerar terribles actos de violencia”[3].

En la entrega anterior,[4] se tuvo ya la oportunidad de revisar una de las visiones “primordialistas” más conocidas, precisamente aquella que sostenía el mexicano Bustamente cuando decía, en 1835, que: “La conquista, la colonia, la independencia no lo iban haciendo. México era un ente terminado desde el principio”[5]. Según Bustamente, la nación estaba a la expectativa de su realización liberal, escondida en el orden natural que esperaba por la razón para sacarla de su anonimato. Sepan o no esto los contemporáneos de Bustamente, ello es así. La Nación natural se va materializando a través del verbo ilustrado.

Bustamente sería así un mensajero del “sentir nacional” natural que se habría expresado en la independencia: la Nación gritaba por tomar el lugar que le correspondía en el natural curso de la historia. Personajes como Bustamente se exhiben a sí mismos como articuladores del deseo natural (aunque este no sea consciente todos desean a la Nación o deberían desearla) que habrá de hacerse realidad por el camino de la independencia. Si los demás aceptan o no esta cuestión es problema de niveles de racionalidad explicables en términos de razas, superioridades naturales, etc.

El pasado es inmemorial en la visión de Bustamente y de ese pasado emana la nación natural, la Nación dada desde el comienzo, una nación donde además cada uno tiene su lugar en la clasificación social favorable a los criollos (las justificaciones socio-biológicas de la dominación a favor de la Nación no tardarán en llegar con su halo cientificista).

Pasión y autosacrificio son propios de la Nación y el nacionalismo, ellos derivan de “los atributos primordiales como la lengua, la religión, el territorio y muy especialmente el parentesco”[6], ligados a la Nación esencial y vetusta. A pesar de los cambios que la forma nacional pueda sufrir, su esencia aparece intocada, es “fija e inmutable”.[7]

Está claro que Bustamente y los de su generación eligieron construir una Nación a modo, no importa por ahora si la realidad les dio bofetadas a cada paso. En sus fantasías Bustamente construyó la nación a partir de un pasado ilusorio, plagado de formas aristocráticas y jerarquías ilustradas. Inventa al pasado y selecciona a su antojo, mezcla sin mayor problema realidades y espacios/tiempos diversos en función de la utopía de su pequeña comunidad política imaginada (por ejemplo, cuando compara a los aztecas aristocráticos con su contraparte europea; de manera semejante al ejercicio comparativo que emprende Sarmiento en su Facundo cuando equipara, sin más, a los bereberes africanos con los gauchos en términos de barbarie).

En otro polo, está la idea, no muy reciente (ya la había planteado el yucateco Lorenzo de Zavala), de que la Nación viene con la Independencia (ligada, como corolario, a la modernización reformadora borbónica). Este parecer está en el fondo de las afirmaciones de Fausta Gantús y otras autoras en su revisión del constituyente del 24, visto como parte-aguas cohesionador entre los que habían sido extraños los unos para los otros[8]. Se niega (curiosamente siguiendo la idea del “terror colonial” de Zavala y otros de sus contemporáneos) que hubiesen rasgos de una “identidad nacional preexistente a los procesos independentistas”: ¿nada en el pasado colonial? Se afirma que el proceso de Independencia  tuvo su más importante logro en “la concepción de una identidad y un Estado nacional” que “fueron el resultado de una compleja construcción cultural, económica y política cuya forja inició en la última parte de la Colonia, estalló en los movimientos armados, se fundamentó en la organización parlamentaria y se consolidaría a lo largo de la primera mitad del siglo XIX”. No se trata de negar esta versión, auto-percibida por las autoras como formando parte de un cúmulo de “renovadoras perspectivas”, sino sólo de señalar el eco curioso de las afirmaciones decimonónicas de algunos miembros de la generación del 24 en el presente. La idea es que la nación se forja modernamente a pesar de todo, y en este a pesar de todo está la clave, pues se trata en verdad de un a pesar de la tradición y la barbarie coloniales, a pesar pues de los incivilizados y su anclaje en la antimodernidad.

Habría que decir que en el ejercicio de fijar orígenes y nacimientos de la Nación, la opción ha sido por la ciudad letrada, pues ellos y no otros han forjado dicha Nación. Es desde la ciudad letrada que se escriben las historias. Otros autores se inclinan por señalar la “orfandad” y el “vacío” en que queda la naciente República después de la Independencia, durante las dos o tres primeras décadas. Tal es el caso de José Ortiz Monasterio cuando dice que “las nuevas instituciones tardaron mucho en imponerse, lo mismo que las viejas en desaparecer, y el periodo 1821-1867 fue una dura, costosa y lenta transición” donde, sin embargo (y en ello difiere de los que hablan de una ruptura tajante hacia lo inédito), puede aventurarse la hipótesis de que hubieron “muchas continuidades, a pesar de que el Estado moderno alimente la idea de que antes de Hidalgo no hubo nada, como si el prócer no hubiera tenido padre ni madre ni escuelas ni lecturas todas ellas novohispanas”.

Ya es bastante conocida la historia de la continuidad de las instituciones coloniales en el México gobernado por los criollos republicanos y liberales. En la versión de Gantús, me parece encontrar el juicio de hombres como Zavala (que se ven a sí mismos como agentes del Estado moderno del que habla Monasterio) sobre un pasado culpable en el que no debe encontrarse el signo de la modernidad mexicana: ese signo arranca, como parecieran sugerir las autoras, con el proceso abierto por las Reformas borbónicas (que alguien como Enrique Semo, retomando a Gramsci, caracteriza como de pasividad y verticalidad estatal, como “modernización pasiva” o “modernización desde arriba” en la República “dependiente” de la posindependencia[9]) que se consolidaría en la primera mitad del XIX.

Bolívar Echeverría, con la discusión sobre el ethos barroco (que tendría su formación en los siglos XVI y XVII), difícilmente se atrevería a afirmar que antes de la independencia nada habría, puesto que los criollos terminaron por comportarse, “muy a pesar suyo”, de acuerdo al modelo (barroco) colonial del que renegaban y que decían detestar: el de su modernidad barroca[10].

Será en nuestra próxima entrega, que presentemos algunas conclusiones finales para estas notas sobre las imaginerías liberales y su constitutiva excesividad, siempre desbordada en una megalomanía febril.


[1] Habermas apud O’DONELL, Guillermo. “Acerca del estado en América Latina contemporánea. Diez tesis para discusión” (Texto preparado para el proyecto “La Democracia en América Latina,” propiciado por la DRALC-PNUD), disponible en línea en: http://www.centroedelstein.org.br/PDF/acercadelestado.pdf.

[2] O’DONELL, Guillermo. Op. cit.

[3] Ibid.

[4] Puede leerse aquí: https://elcamaleon.org/2021/02/28/sobre-imaginerias-ilustradas-de-la-nacion-artificial-ii/

[5] Bustamente apud RAJCHENBERG S., Enrique y HEAU-LAMBERT, Catherine. “Para una sociología histórica de los espacios periféricos de la nación en América Latina”, Antípoda, jul-dic de 2008, núm. 7, p. 177.

[6] Kepa Bilbao. “Naciones y nacionalismo: notas sobre teoría nacional”, texto disponible en línea en: http://www.kepabilbao.com/files/naciones/naciones6.html

[7] Ibid.

[8] Cfr. Gantús, Fausta; Gutiérrez Florencia y León, María del Carmen, “Debates en torno a la soberanía y la forma de gobierno de los Estados Unidos Mexicanos, 1823-1824”, en La constitución de 1824, la consolidación de un pacto mínimo, México: COLMEX, 2010.

[9] SEMO, Enrique. “Los límites del neoliberalismo”, texto presentado en el foro Los grandes problemas nacionales, organizado por el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), disponible en línea en: http://www.grandesproblemas.org.mx/temas/ponencias/los-limites-del-neoliberalismo

[10] Cfr. ECHEVERRÏA, Bolívar. América Latina: 200 años de fatalidad, op. cit.

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Sobre imaginerías ilustradas de la nación artificial (II)

En estas notas continúan las breves reflexiones apuntadas en nuestra entrega pasada. Como fue posible notar, la crítica del liberalismo en la voz de sus decimonónicos representantes es el objeto de estos textos. En esta oportunidad, me refiero a lo que podríamos llamar la figura del indio imaginario, esa especie de ensoñación higienizada por la mente de los liberales que, en su artificial constitución (negadora del desastre en continuo despliegue sobre las comunidades indígenas), aparece en repetidos discursos, como el de Carlos María de Bustamente.

Más allá del aparente talante musealizado que pueden tener hoy las imaginerías de los liberales decimonónicos latinoamericanos, pienso que el conocimiento de tal momento constitutivo de las rotas naciones del subcontinente —oligárquicas y ancilares ya en su nacimiento—, puede dar luz sobre el devenir que la lógica liberal y su despliegue capitalista han cobrado en el siglo XX (el siglo de la barbarie tecnificada) y lo que va del XXI, con todas sus destructivas consecuencias, no solo para las comunidades indígenas —sobre las que la conquista es un proceso inacabado todavía—, sino sobre la totalidad latinoamericana sometida a los delirantes vaivenes del sistema-mundo moderno capitalista.

∞ ∞ ∞

A pesar de su propósito expreso de “explorar los vestigios de la antigüedad” que le hubiera llevado a las muy “serias reflexiones que produce la contemplación de unos tiempos que han cesado por muchos siglos”, reflexiones propias además de “un entendimiento noble que se deleita, no en satisfacer la curiosidad peculiar a una mente limitada”[i], Carlos María de Bustamante se inclinó por sustituir al indio real por uno imaginario (destinado al museo de lo inofensivo y lo inanimado, en trance de dejarse canibalizar por la modernidad y mestizarse), hecho a comodidad de la noción de “ciudadanía universal” —que trae aparejado el ocultamiento de las contradicciones internas que caracterizan a una sociedad fundada sobre una clasificación social racial/étnica, donde los indios son objeto de una continuada explotación “modernizadora”.

Las élites criollas independentistas tienen, entre otras, tres pretensiones interrelacionadas expresadas en su necesidad de independencia: a) colocarse adecuadamente dentro del mercado mundial (anhelo frustrado de mimetizar a las naciones europeas capitalistas abandonando el modelo colonial y resolviendo por el proyecto primario-exportador en un escenario mundial que avala el libre-cambio; anhelo frustrado por la dependencia estructural en que nacen las Repúblicas latinoamericanas y que las llevará del “optimismo más ferviente al pesimismo más abyecto”[ii]); b) dar continuidad a la empresa de la Conquista por otras vías y con otros nombres (como el de Progreso, discurso positivo que oculta una lógica de explotación), perfeccionarla desde la convicción de que el desarrollo capitalista es la senda correcta; el discurso contra la barbarie del “terror colonial” (Lorenzo de Zavala dixit) se quiere presentar como ruptura cuando se trata de en verdad del intento de redefinir y perfeccionar por otras vías un proceso inacabado; y c) instalarse en una (artificial) centralidad socio-espacial del territorio reconocido para la nueva Nación con el propósito de dar forma y luego controlar el Estado republicano, para ello, entre otras estratagemas, se montaron sobre la noción de “ciudadanía universal” (igualar en la más terrible desigualdad naturalizada) con el ánimo de desestructurar a la sociedad de las “corporaciones” coloniales en todas sus pervivencias, resabios que impedían el Progreso[iii]. Mora describió este intento adelantado por la administración de Farías (que no es un simple cambio de nombre, sino una verdadera empresa de desestructuración de corporaciones opuestas al interés de las capas poderosas):

La existencia de diferentes razas era y debía ser un principio eterno de discordia, no sólo desconoció [Farías] estas distinciones proscritas de años atrás en lo constitucional, sino que aplicó todos sus esfuerzos a apresurar la fusión de la raza azteca en la masa general; así es que no reconoció en los actos de gobierno la distinción de indios y no indios, sino que la sustituyó por la de pobres y ricos, extendiendo a todos los beneficios de la sociedad[iv].

En el camino de producir como ausencia al “indio”, una vez más, ausencia transmutada ahora en semi-ciudadanía que lo pone en franca situación de desventaja por vía del artificio del idealismo liberal, se lo margina (con modernidad e ilustración republicanas) y se lo sustituye por un amasijo poetizado con mala letra, reminiscencia de un pasado imperial brillante y glorioso, víctima de la Conquista y del cual se ha de recuperar, con Bustamante, el elemento aristocratizante idealizado y no alguna reivindicación de locuras tales como “soberanía popular” o demás alteraciones roussonianas.

Los criollos, como pretexto entre otros, se dicen llamados a libertar al indio del yugo español, pero siempre diferenciándose para no perder el piso de civilización que es el suyo “naturalmente”. Parte de esa diferenciación consiste en hacerle entender al indio, hasta en su propia lengua, “todo lo que os favorece en el nuevo código”[v], informarle también que, por arte de magia, son libres (“Sabed que ya estáis libres”[vi] les dice Bustamante), y ello dentro de una vieja contradicción colonial reformada, a saber, la de la imposibilidad y a la vez la necesidad de los colonizadores de inventar al otro como “bárbaro” (diferenciándose así de éste a través del mecanismo del “descubrimiento imperial”) y, a la vez, incorporarlo dentro un sistema social y cultural de dominación[vii].

Para Bustamante, el pueblo es irracionalidad sostenida; hay que hacérselo creer así al indio, hacerle saber sobre su no-existencia si no es por los vehículos eurocéntricos que pueblan el imaginario interesado del bloque hegemónico:

Españoles somos todos, y tenéis tanto derecho a los empleos públicos, como los blancos; pero mirad que esto ha de ser siendo virtuosos y justos, y así detestad la embriaguez que tanto os degrada: avergonzáos de haber sido por este vicio la irrisión de los demás, y el desprecio que se ha hecho de vosotros, hasta consideraros como brutos. Yo sé bien que no lo sois: que tenéis tanta filosofía natural como los demás hombres: y que conocéis todos los fenómenos y meteoros de la naturaleza con sus propios nombres, y no ignoráis sus causas: pero vuestro continuo trabajo no os deja lugar para pensar que sois racionales[viii].

Aunque Bustamante profiere en plan republicano las bondades del mundo independiente, dice que “somos todos españoles” y hasta les habla a los indios de su “derecho” (todos tienen acceso a las bondades de la ley, la igualdad jurídica favorable a los más fuertes); no ceja en advertir, casi dicho así, que la “irrisión” del indio es fruto de su propio “trabajo”: es el propio indio quien ha trabajado para ocupar el lugar de los “brutos”, el lugar del “desprecio” y la irracionalidad. Pero no dejemos lugar a duda. Para Bustamante el “pueblo” —conformado por indios, mestizos pobres y quizá “negros”— (que no sus fábulas de altos aristócratas indios europeizados, porque esos viven en el pasado) es una “bestia feroz e ingrata, que perdido una vez el tino y respeto a la autoridad que lo manda no es fácil sujetarlo”, y es que “podrá haber uno que otro de oscuro nacimiento y de alma tan privilegiada que se porte como un caballero, pero éste es rara avis en tierra […] Dios ha puesto cierta aristocracia en todas las sociedades […] nuestros antiguos aztecas […] siempre confiaban las magistraturas y altas dignidades a los nobles tecutlis o caballeros”.[ix] Los indios del presente de Bustamante no son más que un resabio despreciable, violento, incivilizado en relación con aquellos nobles y antiguos aztecas que dice preferir.

“Miembro por status, si no por riqueza, de la élite criolla, Bustamante”, a decir de Brading, “alimentaba prejuicios aristocratizantes que lo llevaron a desaprobar la participación popular en el gobierno”[x]. En un sentido similar a Zavala o Mora, se lamentaba por la carencia de una clase de propietarios “suficientemente numerosa y educada que gobernara el país”[xi], únicos verdaderos portadores de modernidad y civilidad. Bustamante fue uno de los grandes nacionalistas mexicanos, dicho así a propósito y teniendo en cuenta a sus indios idealizados —así como su desprecio por los indios reales, por quienes tenía poca o nula simpatía— y las inclinaciones “aristocratizantes” que le llevaron a apoyar a los propietarios/hacendados de Chilapa contra los indios de la localidad al grito de guerra de castas[xii], pues él, junto con Mier, a pesar de (o más bien con ayuda de) sus “reivindicaciones” del indio ad hoc (aristócrata, europeizado) “siguieron siendo criollos de corazón, hijos y descendientes de españoles, que habían expropiado la antigüedad indígena con el único propósito de liberarse de España”[xiii]. Es más, puede afirmarse, sin lugar a dudas, que tal disposición despreciativa del indio real no se contradecía el carácter nacionalista de su pensamiento, sino que era definitorio del mismo.

Así, Bustamante se apropia/inventa una imagen del indio aristócrata y glorioso, que es la que le interesa en su mundo de musealizaciones; inventa una tradición histórica común de manera selectiva, con el ánimo de construirse frente a los europeos como su extensión tropical aceptable. Esa es su contribución. En el nacionalismo de Bustamante, sucede algo curioso cuando este se coloca “frente” a Europa, pues se trata en verdad de una puesta por demás teatral, una farsa simbólica que parte de un ficcionado diálogo (frustrado de inicio en la realidad real del capital mundial) donde la “Nación mexicana” se encuentra por fin en grado de paridad frente a una “señora inglesa” (que “es el vehículo de la instrucción que por medio de esta obrilla pretendo dar a las de su sexo”[xiv]) cuyo desdén por los “bárbaros”, se oculta al inventarla como espejo ad hoc de los propios delirios ensoberbecidos de un criollo (Mañanas de la Alameda de México)[xv].

Bustamante representa los anhelos republicanos de imitar, por una necesidad natural, los quehaceres y hábitos civilizadores, pasando por el reconocimiento de lo ineludible del escenario moderno/capitalista; como lo apunta Roitman:

Nadie se cuestionaría a costo de qué y el cómo se estaba realizando ‘la modernización’. Todos los representantes de la clase dominante [en las nacientes repúblicas oligárquicas], amén de los partidos políticos a los que daban vida, liberales o conservadores, blancos o colorados, radicales o progresistas, coincidirían en señalar los éxitos dependientes de la integración al mercado mundial[xvi].

Mas la realidad es la de la imposibilidad para integrarse en dicha dinámica en paridad con las naciones centrales, topándose con la “mano invisible del mercado” que pone freno a tales pretensiones de integración a la dinámica del mercado mundial. Las postrimerías decimonónicas de la “política económica de integración exportadora” de las Repúblicas en proceso de consolidación, serán la expresión de la “decadencia del sentimiento de nacionalidad”, consistente en:

Esa escasa personalidad propia [que] se traduce en la falta de ajuste y adaptación de la compleja semilla repartida por las naciones más evolucionadas, en el “seguidismo” cultural en su más amplia acepción, que transforma a nuestra política económica en un remedo de los principios y técnicas plasmados para la realidad británica o que determina que la orientación educacional un día sea alemana, otra francesa y después norteamericana, sin pasar por el tamiz de los factores autóctonos. Nadie puede extrañarse en consecuencia de las “indigestiones” y de los resultados contraproducentes[xvii].

Como dijera Bolívar Echeverría, las Repúblicas latinoamericanas, como aquella que sostiene a personajes como Bustamante, no son más que “representaciones, versiones teatrales, repeticiones miméticas de los [estados capitalistas europeos]; edificios en los que, de manera inconfundiblemente barroca, lo imaginario tiende a ponerse en el lugar de lo real”[xviii]; se trata en verdad de un despropósito donde se inflaman los pruritos delirantes de una breve cohorte de auto-idolatrados y auto-victimizados criollos, víctimas de un pasado necio que no quiere abandonar el timón que le corresponde por naturaleza a la razón.

Es un mundo de ensoñaciones propias de letrados eurocéntricos y religiosamente modernos. En todas estas construcciones imaginarias de los criollos que miran por encima del hombro a la realidad, en su condición de “simples rentistas disfrazados de comerciantes y usureros”, queriendo o haciéndose ilusiones de llegar a ser los grandes “prohombres de la industria y el progreso”[xix], el indio inventado es manifestación del silenciamiento de la realidad indígena, y estos silencios se sostienen (hasta hoy) de manera diversa y sirviendo en todo momento a los intereses sociales y políticos de las élites dominadoras.

La Nación de personajes como Bustamante, en su discurso, incluye a lo homogéneo inventándolo previamente y excluye a lo otro relegándolo a la esfera de lo anti-moderno, incivilizado, bárbaro, o como extensión de la naturaleza (concepto ampliado de naturaleza), por oposición al sujeto racional cuya misión es el dominio/explotación de esta última (relación propiamente moderna entre sujeto-naturaleza). Se recurre a la ontologización a partir de modalidades binarias en medio de la materialidad de relaciones de saber y poder desiguales, ello con la finalidad de tener el control y la sumisión de los otros (los naturales, indios, sudacas, etc.). El de la Nación es un relato legitimador, una ficción legitimadora de la barbarie que se oculta tras el “documento de cultura”, como dijera Benjamin. Las Repúblicas latinoamericanas han ascendido de la “brutalidad hasta el orden”: tal es su mito. Las nuevas Nación-estado en estado de gestación, amuñonadas por su innata condición de dependencia respecto de las decisiones que en los centros del capital se toman para ellas, ha comprendido que “la barbarie es la era del hecho” y por ello ha sido preciso y necesario que el orden llegue como caudal de ficciones y artificialidades, como re-mitificaciones propiamente modernas, pues “no hay poder”, como decía Valery, “capaz de fundar el orden por la sola represión de los cuerpos por los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias”[xx]. La coerción por sí misma es insuficiente, de ahí que se halla invocado al poder de la ficción de la Nación criolla, de la “ciudadanía universal”, etc. A la nación de los criollos mexicanos le fue preciso hacer creer en la existencia de una cierta aquiescencia y aceptación, le fue necesario inventar y construir historias destinadas a hacer creer una determinada versión de los hechos. Es una ficción que pretende ocultar las contradicciones internas y solapar la violencia ejercida contra los bárbaros presentándola como labor civilizadora, puesta en contra de toda reminiscencia del “terror colonial”.  

El monopolio del pasado que creen detentar los letrados criollos, próceres de la República, con toda su manufactura (y celebración) agigantada de simbologías, monumentos y santuarios de la Nación; la configuración así mismo del indio mayoritario, vienen a ser un proceso nodal en el establecimiento de las formas e instituciones de la Nación- estado. Este indio es en verdad absorbido en calidad de (semi) ciudadano en el “ser nacional” y se convierte así en un invisible. Cuando este se resiste (y lo hace activamente a todo lo largo del siglo XIX), siempre están a la mano los temas de la necesidad colonizadora y mestizante, los embates de la “raza” y el racismo así como los “evolucionismos” de fines del XIX (como en Cosmes o Bulnes p. e.), la opresión de género, con todo un caudal institucional favorable a su reproducción, etc.; estos implementos están puestos al servicio de los bloques sociales hegemónicos y las políticas estatales que respaldan los intereses y compromisos adquiridos por esos bloques en el México decimonónico.

La identidad nacional de la República independiente está atravesada por la exclusión, se conforma en torno a ella. Su tarea esencial aparece en la continuación de la Conquista, en el grito de “guerra de castas” de Bustamante contra el indio real, que no en sus angelados y aristocráticos aztecas ficcionales. Enfrentados desde el comienzo de la Colonia al problema siempre presente de la mezcla de razas, los mestizos, estuvieron permanentemente obligados a incorporar y a la vez reprimir al elemento “bárbaro”, al indio viviente y rebelde que debe ser negado, aquel que se hace presente en los estallidos de violencia, en las bravuconadas “bárbaras” que salen al exterior y en la carencia de autocontrol (el civilizado no se ofende p. e.)[xxi]. Los criollos se angustian ante la necesidad de distinguirse del indio, buscan declararse librados de la contaminación del mestizaje y se declaran herederos de la luz civilizada de la identidad hispana, pretendiendo ser reconocidos de esa manera por quienes, desde el siglo XVII, señalan el envilecimiento que yace en los vientres de las nodrizas indias y en el clima, en referencia a aquel hechizo de los trópicos que hace tender a las gentes hacia la “barbarie” y la “irracionalidad”, y que inclina al criollo, con el desarrollo de tales influjos maléficos, a perecerse cada vez más al indio fatídico. Se trata para ellos — y eso es lo que indica el término nación (que en muchos sentidos “reservan” para sí mismos)— de construir aquella versión donde, librados higiénicamente de la contaminación mítica y pre-racional del indio, se afirmen en igualdad racial con los españoles. Como lo señala Muratorio, sin embargo, irónicamente y como ejemplo están las historias de Bustamente mencionadas arriba, que en el fondo no se contradicen con lo anotado antes, pues no son más que “versiones antisépticas —y frecuentemente republicanizadas— de las civilizaciones imperiales que habían derrocado [los colonizadores, y que] se convirtieron en las fuentes primarias de la identidad cultural de los criollos encarnadas en el concepto de ‘patria’”[xxii].

En la negación de la contradicción a que hicimos referencia antes, la de incluir/excluir al “otro”, los potentados criollos de la República independiente, inventaron una identidad hegemónica que “incorporó” a indios míticos sin nombre (preferentemente hombres), pertenecientes a aristocráticos mundos de grotesca ensoñación donde se esgrimían monumentos y gigantomaquias sordas ante la miseria rampante y cotidiana de los más. Los incorpora de manera inofensiva, ya vueltos mercancía para el consumo de las ensoñaciones burguesas sobre mundos pasados a los que la modernidad no habría llegado, destinados así a desaparecer o tal vez, a ser canibalizados por ella, mundos ya desvanecidos o en camino de estarlo. En cierto sentido, los nacionalismos “indigenistas” de gente como Mier y Bustamente son un precedente de la ideología indigenista mestiza del siglo XX, con su afanosidad por convencer de que el camino de la integración a la nación es la vía (única) para los indios, ya que no hay otra alternativa frente al Progreso, la modernización y la Nación. (Se trata de un desplazamiento de la política de los criollos a la política de los mestizos frente a los pueblos indígenas, desplazamiento en el que se reproduce al presente como ausencia).

El “debate” ilustrado y racional continua con su ensimismamiento y sus operaciones auto-legitimadoras. De ahí que, por ejemplo, el “debate sobre la identidad mestiza y el mestizaje en América Latina, que comenzó desde los primeros años después de la Conquista, sigue vigente hoy en día, vinculado a la percepción de los movimientos indígenas”[xxiii] en sociedades latinoamericanas que se perciben muchas veces como “naciones mestizas” y donde se piensa sin mayor problema “que el racismo no existía en estos países”[xxiv]. Dicha visión está presente en muchos personajes del XIX, pensamos en Rabasa, por ejemplo, o en Justo Sierra cuando decía que:

La familia mestiza, llamada a absorber en su seno a los elementos que la engendraron, a pesar de errores y vicios que su juventud y su falta de educación explican de sobra, ha constituido el factor dinámico en nuestra historia; ella, revolucionando unas veces y organizando otras, ha movido o comenzado a mover las riquezas estancadas en nuestro suelo; ha quebrantado el poder de castas privilegiadas, como el clero, que se obstina en impedir las constitución de nuestra nacionalidad sobre la base de las ideas nuevas, hoy comunes a la sociedad civilizada; ha cambiado en parte, por medio de la desamortización, el ser económico de nuestro país. Ella ha opuesto una barrera a las intentonas de aclimatar en México gobiernos monárquicos, ella ha facilitado por medio de la paz el advenimiento del capital extranjero y las colosales mejoras del orden material que en estos últimos tiempos se han realizado, ella, propagando las escuelas y la enseñanza obligatoria, fecunda los gérmenes de nuestro progreso intelectual; ella ha fundado en la ley, y a la vuelta de una generación habrá fundado en los hechos, la libertad política[xxv].

Percepción negativa, anclada en visiones de muy largo aliento, sobre el cargo de responsabilidades y el lanzamiento de los chivatazos en contra de aquellos responsables de que no hayamos por fin, alcanzado la modernidad.

La violencia modernizadora ejercida contra el indio —en verdad destructiva, pues “persigue la abolición o eliminación del otro como sujeto libre […] construye al otro como enemigo, como alguien que sólo puede ser aniquilado o rebajado a la animalidad”[xxvi]— es violencia que el liberalismo encuentra legítima, pues el indio osa afirmarse en la negación de la animalidad social o animalidad de la sociedad civil (de propietarios privados), se niega a llevar a cabo el movimiento en favor de la animalidad propia del productivismo capitalista; se afirma, por el contrario, en una animalidad natural arcaizante que no se decide por fin a superar la escasez constitutiva, originaria, y ata a los otros, a los modernos, al “subdesarrollo”. No se decide el indio a llevar a cabo de una buena vez, la superación definitiva, racional, de dicha escasez a favor de un reino de la abundancia sin precedente (el inmenso cúmulo de las mercancías de la riqueza de la sociedad burguesa); dicha superación consiste en su desaparición/suicidio, resignada y voluntariosa en favor del “valor que se valoriza”. Ello debe llevarse a cabo sin contratiempo visible, sin brumas ruidosas que alteren la “paz social” de la sociedad civil.

Hay dos caminos: que el indio se convenza de la necesidad de su auto-canibalización, que se forme en el convencimiento de llevar a cabo su autoanulación pues toda resistencia es anodina, prolongación inútil que tarde o temprano se abrirá hacia el futuro o solo entorpecerá su llegada, la “retrasará”. El segundo consiste en la avanzada de la voracidad ineludible de los civilizados o la puesta en práctica de la violencia social o civilizada, violencia de la sociedad política contra aquellos espacios/tiempos que entorpecen el Progreso (no podemos olvidar la figura de Sarmiento en Argentina). Es una violencia ejercida ante la incapacidad de suprimir y controlar las continuadas manifestaciones de disidencia de los “bárbaros” indígenas, derivada de la incapacidad y el rechazo a tratar de “entendérselas con sus causas originarias”. De aquí se derivan periodos de la historia donde “aparecen en escena no solamente figuras y remedios fantasiosos, sino también los ‘realistas’ del rechazo represivo de toda crítica”[xxvii] ejercida por los movimientos de resistencia —como en el caso de los pueblos indígenas— a la monología denominadora. En esto no hay camino alguno para formas de violencia dialéctica entre verdugos y víctimas históricas: es una pura violencia destructiva contra las pervivencias de la “antimodernidad” encarnadas en los indios, aquellos que en su sufrimiento y explotación, en sus múltiples adaptaciones destinadas a la supervivencia, así como en sus rebeliones frente a la opresión sistémica constitutiva de lo propiamente moderno, han sido la cara oculta de dicha modernidad. Como señaló Bolívar Echeverría, en relación con “el retorno ortodoxo del estado liberal”, “la violencia dialéctica de quienes resisten violentamente a la violencia destructiva merece […] una descalificación inmediata por parte del discurso neoliberal, como si fuera ella la violencia destructiva”. No hay contradicción alguna aquí: se ejerce la violencia en nombre de la sociedad política, pues ella se ve obligada dadas las presiones que sufre de parte de los elementos retrógrados de la sociedad; no puede, en tal confrontación contra el pasado bárbaro, permitirse una inclusividad que podría ser altamente dañina, no hay posibilidad de amplitud alguna y en cambio, habrán de fijarse con rigor los límites que el Progreso necesita para florecer con la exclusión de los elementos negadores de tal avance. La sociedad política, no puede defenderse sólo por medios “tolerantes, al igual que la sociedad pacífica no puede ser defendida únicamente por medios pacíficos”.

Desde las resistencias indígenas coloniales hasta el levantamiento (neo) zapatista, esta imagen de los indios como causa del atraso y no realización de la modernidad pulula entre la “opinión pública”. El indio es ese otro —antimoderno, despreciable y rebelde— que la higiene cínica y proto-fascista de la “sociedad civil” de los propietarios, enuncia con horror y desprecio “democrático” y “civilizatorio”.


[i] BUSTAMANTE, Carlos María de. Mañanas de la Alameda, t. II, disponible en línea en: http://www.cervantesvirtual.com/obra/mananas-de-la-alameda-de-mexico-tomo-ii–0/ 

[ii] ROITMAN, Marcos. América Latina en le proceso de globalización, los límites de sus proyectos, México, CEIICH/UNAM, 1994, p. 15.

[iii] Propósito que culmina con la Reforma, “cuando los pueblos de indios, así como las instituciones eclesiásticas y los ayuntamientos, fueron clasificados como corporaciones y legalmente descalificados como sujetos de propiedad de la tierra” (BRADING, David, Los orígenes del nacionalismo mexicano, México, Era, 1996, p. 106).

[iv] José María Luís Mora apud BRADING, David, op. cit, p. 105.

[v] BUSTAMANTE, Carlos María de. La Malinche de la Constitución. Se trata de un manifiesto escrito en náhuatl. Al parecer fue dictado o escrito y luego traducido por alguien más pues Bustamante no hablaba la lengua. Hace referencia a los “indios mexicanos” y comienza con una breve intromisión donde Bustamante trae la buena de la Constitución a los indios que por esa vía tendrán por fin, por decirlo así, la luz de la razón constitucional. (El documento viene acompañado de una breve presentación de Fernando Horcasitas). El texto está disponible en la página del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM: http://www.historicas.unam.mx/publicaciones/revistas/nahuatl/pdf/ecn08/110.pdf

[vi] Ibid.

[vii] Vid. MURATORIO, Blanca. “Discursos y silencios sobre el indio en la conciencia nacional”, op. cit. La idea de esta “contradicción” puesta así en términos algo posmodernos viene de Gerald Sider, y retomada por Muratorio.

[viii] BUSTAMANTE, Carlos María. La Malinche de la Constitución, op. Cit.

[ix] Bustamante apud BRADING, David, op. cit, p. 121.

[x] Ibid, p. 120.

[xi] Ibid, p. 121.

[xii]Vid. Ibid, p. 128.

[xiii] Ídem.

[xiv] Mañanas de la Alameda de México, op. Cit.

[xv] En el mundo criollo y su pequeña Nación, hay un desplegado de iconografías acerca del indio y el nacionalismo para el consumo europeo, entre ellas la mencionada obra de Bustamante, Mañanas de la Alameda de México, op. cit. Para el caso ecuatoriano como y sus similaridades, ver MURATORIO, Blanca, op. cit.

[xvi] ROITMAN, Marcos, op. cit, pp. 15-16.

[xvii] Encina apud ROITMAN, Marcos, op. cit.

[xviii] ECHEVERRÍA, Bolívar. “América Latina: 200 años de fatalidad”, Contrahistorias, núm. 15, Sep 2010- Feb 2011, p. 79.

[xix] Ibid, p. 80.

[xx] Paul Valery apud PIGLIA, Ricardo. “Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades)”, texto disponible en línea en: http://www.casa.cult.cu/publicaciones/revistacasa/222/piglia.htm

[xxi] Cfr. MURATORIO, Blanca. “Discursos y silencios sobre el indio en la conciencia nacional”, op. cit.

[xxii] Ibid., p. 366.

[xxiii] STAVENHAGEN, Rodolfo. “Repensar América Latina desde la subalternidad: el desafío de Abya Ala”, en Los pueblos originarios: el debate necesario, Buenos Aires, CTA Ediciones/Instituto de Estudios y Formación de la CTA/CLACSO, 2010, p. 105.

[xxiv] Ibid, p. 117.

[xxv] Justo Sierra apud CÓRDOBA, Arnaldo. La ideología de la Revolución Mexicana, la formación del nuevo régimen, México, ERA, 1985, p. 65.

[xxvi] ECHEVERRÍA, Bolívar. “Violencia y modernidad”, en Valor de uso y utopía, México, Siglo XXI, 1998, p. 107.

[xxvii] MÉSZÁROS, István. La crisis estructural del capital, Venezuela, Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información, 2009, p. 95.

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Felipe Ríos Baeza | Un profeta en pandemia

¿Qué será la profecía, un género literario o teológico? Ambos, sería quizá la repuesta más prudente, pues si es verdad que la profecía se supone un ejercicio espiritual, un diálogo no pocas veces directo con Dios, también es cierto que, sin necesidad de profesar ningún credo, se pueden reconocer entre los legados más hermosos de la literatura antigua varios libros proféticos. Y no sólo del mundo antiguo, puesto que hasta bien entrado el siglo diecinueve, debemos obras literarias (ficción para algunos, para otros no) de notable factura. Pienso en las voluminosas visiones de Blavatsky. Aunque también es verdad que el “género profético” se fue diluyendo (como literatura virtuosa, no como fenómeno) en ese mismo siglo diecinueve,en buena medida a causa de la ciencia ficción que la fue devorando. Aún así, hay libros que siguen sonando a profecías, más cuando su aparición en el mundo coincide con las catástrofes que vislumbra. Y me parece que esto le ha sucedido al libro Infectados (que ha tenido a bien publicar la editorial mexicana Ediciones Periféricas) autoría del escritor Felipe Ríos Baeza (Santiago de Chile, 1981), la cual, por su reciente aparición en el mercado digital, nos ha servido de pretexto para esta entrevista que nos ayudará a comprender a este joven narrador chileno cuyas letras resultan tan interesantes para la literatura contemporánea de nuestra Canaimera. Ríos Baeza, además de escritor, se ha desempeñado como crítico, académico, comunicólogo y editor. Entre sus libros de ficción podemos contar la novela Clowns (Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla, 2015) y el libro de cuentos Satori (Rialta ediciones, 2018). Entre sus obras académicas destaca El desvarío ilustrado. Ensayos sobre literatura hispanoamericana contemporánea (Universidad Iberoamericana-Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2014). Infectados se puede conseguir en https://amzn.to/3oqhCoL.

  •  Felipe, ¿eres un profeta?
  • Ja, ¡los dioses, o el Yahvé de Moisés, me libren siempre de aquello! Creo más bien que el azar ha acomodado bien las cosas con mi novela. Si acaso tuviera alguna brizna de profeta, sería porque nunca lo fui en mi tierra, lo que es bueno en cierto punto. De todas maneras, creo que cualquier persona que se dedique a escribir, componer, pintar, etc., atraviesa el desierto, en algún momento de su vida, y sube a algún Sinaí para recibir algo a cambio. Pero en el caso de Infectados, las circunstancias fueron más peregrinas, nada sagradas: durante una cena con amigos, el 2016, recordábamos la contingencia y las medidas, igual de caóticas y absurdas que las del 2020, que el gobierno tomó cuando en 2009 cayó sobre nosotros la influenza AH1N1 (a la que sigo llamando, por todas sus connotaciones feroces y burlescas, “la porcina”). Debido a que esas medidas, como las de ahora, no hicieron sino aumentar la incertidumbre y el miedo, siempre pensé que ahí había un marco de referencia para una novela. Si te acuerdas, durante los primeros días de esa pandemia parecíamos estar dentro de una novela o de una película distópica; entonces tuve una primera imagen: un sujeto que está feliz de quedarse en casa con el televisor encendido, mientras el mundo se cae a pedazos. Eso me daba pie para que, paralelamente, contara otra historia, que también hablaba de una “enfermedad”: la de cómo la ficción del escritor apócrifo Virgilio Mondragón, personaje de Infectados, acababa influyendo en la vida cotidiana del narrador.
  • Platícanos de Infectados y cuál es tu sentir de verla germinar en estos tiempos turbios de pandemia.
  • Como mencionaba, la novela surgió en 2016 y tardé más o menos un año en escribirla. Sus temas (una pandemia más mediática que real; los efectos de una cuarentena en una persona que cumple a rajatabla con las medidas; la sátira al mundo académico; las reflexiones sobre el poder de la ficción literaria en la realidad, etc.) y su estructura (fragmentaria, metaliteraria) en realidad surgieron muy rápido. Lo que tardó más, como siempre me ocurre, fueron las correcciones a ese texto inicial. Suelo ponerme con demasiada seriedad por las mañanas la bata del Dr. Jekyll para tijeretear aquello que Mr. Hyde ha escrito durante las noches. Después, como le ocurrió a Clowns, también, Infectados tuvo que acumular algunos indispensables rechazos editoriales, hasta que una amiga escritora, Isa González, le comentó su trama a Nahum Torres, el editor de Periféricas, y acordamos finalmente publicarla en este contexto inmejorable.
  • Parece que algunos de los personajes ya habían nacido en otras de tus obras e incluso mencionas la novela en uno de tus cuentos de Satori, ¿estás en la construcción de una red en tus ficciones o lo hiciste sin ninguna intención precisa o acaso vas dejando pistas de algo mayor a tus lectores?
  • Siempre me han parecido fascinantes los proyectos de literatura y metaliteratura “total” de algunos escritores, como Vila-Matas, Bisama, Fabián Casas, Bolaño o el mismo Borges, donde los libros individuales son piezas de una estructura mayor, y que solo al verlos juntos te das cuenta, como la máxima de la Gestalt, que el todo es más que la suma de sus partes. Esa idea de que los personajes brinquen de una novela a otra, o que las historias empiecen en un relato y acaben en otro,es de las cosas más fascinantes de articular con rigor un proyecto literario. Pero claro, después hay que ir dándole coherencia y robustez. Digamos que la intención que mencionas está (por ejemplo, el alter ego, Federico Racine, pulula desde hace muchos años en relatos que han circulado de mano en mano o en la red), aunque, claro, a veces los resultados no son los que uno se propone.
  • Ediciones Periféricas se distingue por la calidad de sus ediciones impresas, sin embargo, las circunstancias le han llevado al mundo digital, me parece que con bastante éxito. Dime, Felipe, ¿cuál ha sido tu experiencia en este ámbito de publicación?
  • Muy positiva. Desde hace algunos años soy un lector muy entusiasta de libros electrónicos, aunque en un comienzo tenía el mismo prejuicio deformante de todos los lectores tradicionales: perder el contacto físico con el objeto libro, como si se tratara de una relación fetichista (escribir en los márgenes con tu letra, poner un boleto de metro como marcador, en fin, esas cosas medio naif de la lectura tangible). Creo que el e-book permite una distribución más amplia y los dispositivos en los que se lee tienen muchísimas ventajas, como el precio y la accesibilidad de catálogo. De todos modos, por supuesto que valoro el libro regular y que espero ansioso la edición en físico de Infectados este trimestre.
  • Jugando a los profetas ¿cuál será el futuro del libro impreso y la repercusión de lo digital en la literatura?
  • Es una pregunta enorme. Recuerdo que hace unos 10 años, en una de las universidades en las que trabajaba, se dio una discusión algo bizantina (como casi todas las discusiones académicas) en torno a esto, que yo intentaba zanjar como un debate mal planteado, un falso dilema: los nuevos formatos no solo permiten leer de otra manera, sino incluso crear literatura de forma diversa, y eso es positivo a todas luces. Por supuesto, el boom de la literatura digital y multimedia, la twitteratura y todos esos fenómenos ya son algo trasnochados hacia 2021, pero en su momento supusieron nuevos modos de escribir y de pensar el fenómeno literario. En mi caso escribo de modo más tradicional, pero leo en cualquier formato porque precisamente el formato es secundario. A finales del siglo XIX, un francés, Octave Uzanne, pensó que el texto impreso iba a desaparecer en pocos meses debido a que ya era posible grabar sonido. Estamos a más de un siglo de distancia, imagínate, y siguen los mesones de librerías a veces repletos de papel entintado y mal usado que probablemente nadie va a atender.Eso sí me parece más problemático: si de algo habría que preocuparse, entonces, no es del avance mordaz de la tecnología o del fin del libro, sino de la ramplonería de los contenidos de esos libros y su multiplicación hasta el infinito. De lo que se trata es que la mayor cantidad de gente tenga acceso a cultura de calidad y quienes más se plantean este asunto en tono apocalíptico son, a veces, los consorcios editoriales, porque están dejando de ganar. Jacques Derrida, que es una de mis lecturas recurrentes, tiene un ensayo llamado «El fin del libro y el comienzo de la escritura», donde el propio título creo que es elocuente. No, el libro no desaparecerá, al menos en décadas; y en caso de que el objeto desaparezca, qué importa: la literatura persistirá. En el peor de los casos, nos convertiremos en los hombres-libro de Farenheit 451.
  • ¿Cómo fue tu salida de Chile y porqué escogiste a México como destino?
  • La salida de Chile fue planeada y voluntaria, pero la venida a México sí que fue azarosa. Aunque no lo parezca, Chile es un país pequeñísimo, donde los circuitos de escritura, publicación e investigación literaria se jibarizan cada vez más. Eso, quiéralo o no, genera una sensación de asfixia. Así que más o menos a mitad de la carrera, comencé a ahorrar y a juntar becas porque estaba convencido de que saldría de Chile. Mi destino inicialmente era España. Estuve en Barcelona dos años, haciendo la primera parte de mi doctorado, y fue una bocanada de aire fresco. Ahí, en la insurrecta comunidad latinoamericana que armamos en la residencia universitaria, fue donde conocía una poblana encantadora. Digamos que llegué a México persiguiendo una mexicana, como podría haber llegado a Ecuador, a Bélgica o a Namibia si esa hubiera sido la nacionalidad de mi (ahora) esposa.
  • Tú has hecho un dilatado estudio sobre este tema, así que dinos ¿cuál es tu visión de la literatura latinoamericana contemporánea?
  • Pasa por un momento muy positivo; desde hace muchos años la crítica y la academia internacionales han tenido la mirada puesta en el continente por razones ya más estéticas que políticas, y eso es muy bueno. Pero creo que ahora mismo las grandes apuestas, las grandes innovaciones que abren nuevos caminos (post-Bolaño digamos), se están haciendo en el Río de la Plata: Mariana Enríquez, Luciano Lamberti, Fabián Casas, Samantha Schweblin, Hernán Ronsino, Mauro Libertella… son escritores que tienen proyectos personalísimos, a los que no les da reparo jugar con los géneros, como el terror, el policial o la ciencia ficción, y convertirlos en otra cosa. De otros países, la apuesta de Juan Cárdenas y Margarita García Robayo, en Colombia, y Mónica Ojeda en Ecuador (sobre todo con Mandíbula y Nefando, que se leen en tándem), es notabilísima). En Chile veo algunas voces interesantes, pero creo que aún no es posible sacudirse de encima una etiqueta muy perjudicial, que inventaron la década pasada: “la literatura de los hijos” (y después la “literatura de los nietos”). Se trataba de escritores, como Alejandro Zambra y Nona Fernández, que quisieron recuperar el lugar de enunciación de la infancia para contar su testimonio durante los años de dictadura; pero luego eso, en las generaciones posteriores, derivó hacia una fórmula muy improductiva desde mi punto de vista: narrar la infancia porque sí, en clave testimonial, que de literario tiene muy poco. Hay escritores alternativos a eso que me interesan mucho más, como Camila Gutiérrez o Iván Monalisa Ojeda, a los que les da igual insertarse en un sistema literario establecido; y otros, como Álvaro Bisama, que de hecho rompe todos los sistemas, incluyendo los propios, con una literatura veloz, anticanónica, muy de géneros B y muy auténtica. La literatura mexicana actual vive un gran momento desde el punto de vista editorial, aunque como lector me entusiasma menos. El trabajo de Guadalupe Nettel, Valeria Luiselli, Yuri Herrera o José Sánchez Carbó me siguen llamando la atención, así como el de Vivian Abenshushan, Verónica Gerber y Horacio Warpola, que son más experimentales.
  • ¿Qué es para ti la crítica literaria?
  • Una rama de la literatura (a veces una rama de la literatura fantástica). La crítica literaria manifiesta como ningún otro género uno de los procedimientos elementales de la creación textual, que es la del “injerto”, así como lo entiende Derrida. Es decir, siempre se escribe un texto (de todo tipo, crítico o de ficción), al alero de otro texto, haciendo comentario, alusión o calco de otros. De ahí que siga siendo fascinante la obra de alguien como Borges, por ejemplo, donde no existe distinción, en el plano expresivo, entre sus textos de ficción y de no ficción. Lo que resalta la crítica literaria es, pues, el sistema de ideas, dejando en segundo lugar los afectos, situaciones y personajes, justo al revés de cómo lo hace un texto de ficción.
  • ¿Qué piensas de la literatura actual chilena y qué papel juega en los recientes y drásticos movimientos socioculturales de tu país?
  • Creo que es muy pronto evaluar la literatura, o las manifestaciones artísticas, generadas a partir de octubre de 2019, porque esa evaluación sería negativa y oportunista (por ejemplo, pienso en Despachos desde el fin del mundo, de Alberto Fuguet, que acaba de aparecer: una crónica rápida de los acontecimientos y una evaluación aún más rápida de los mismos. Es de lo peor de Fuguet; el Fuguet descomunal está en Missing, por ejemplo, que es cuando se toma las cosas con más calma). Ese tipo de literatura me interesa poco, porque toda literatura coyuntural tiene fecha de caducidad. En cambio, lo que hizo, por ejemplo, Álvaro Bisama en “La lengua alien”, casi como corresponsal de guerra cuando testificaba los sucesos en el punto neurálgico de la protesta —Plaza Baquedano, hoy rebautizada Plaza Dignidad— me pareció más inteligente: un texto donde Bisama desaparecía detrás de las voces colectivas —como lo hace Svetlana Aleksiévich en sus libros​— y a partir de un catastro de graffitis, armó una suerte de “literatura de la calle”, consignas de distinta carga estética y semiótica, y que representan mucho mejor al Chile de los últimos 15 meses que todos estos textos que intentan hacer evaluación, crítica, sublimación artística, etc. Más que una literatura o un arte hecho expresamente para el 19-O, me interesa más el modo en que la obra de Raúl Zurita o de Nicanor Parra fueron resignificadas a la luz de la coyuntura. Por ejemplo, me tocó ver, mientras estuve en Chile antes de la pandemia, a una ex compañera de universidad, semidesnuda, subida en la estatua de Baquedano, con los senos pintados y con un megáfono, recitando y actuando poemas de Raúl Zurita. Fue brutal porque eso implica la posteridad (creo que en caso de que a Zurita no le den el Nobel podría irse a dormir tranquilo con ese homenaje). Lo que espero es que este remezón general, que ha traído de manera pareja asuntos tanto positivos como negativos, saque a los escritores chilenos del paradigma de “la literatura de los hijos y los nietos” y les provoque escribir cosas más estimulantes.
  • ¿Qué significa México para ti?
  • Todo. Explosión creativa, cromática, gastronómica. Verborrea feliz y mareante. Trabajo y familia. Posibilidad de recorrer un mundo que siempre pensé más ancho que aquel que veía desde el ventanuco de mi habitación de adolescente en Santiago de Chile. Es curioso, porque soy muy poco afecto a la literatura mexicana reciente; en cambio, estoy completamente inmerso en su idiosincrasia y su gente, al punto de que mi escritura y mi acento, como le pasa también a Fabio Morábito o le pasó al mismo Bolaño, ya están preñados de giros lingüísticos del centro de México y del bajío.
  • ¿Sigue prendiéndote el rock latinoamericano, como en tu Clowns?
  • No, ya no. De hecho, cuando escribí Clowns el tono que buscaba era justamente el de una nostalgia por el rock que ya se fue; ese rock que en Chile arranca a mitad de los 80s, con Los Prisioneros, y se extiende más o menos hasta el 2000. En esos años de colegio se produjo algo así como una supernova de bandas extraordinarias, en un país regularmente pequeño y modesto. Aún recuerdo la sensación de encender el radio por las tardes, después de hacer la tarea, y oír los primeros discos de Los Fiskales, Machuca, Paniko, Santos Dumont, Los Tres, Lucybell, Canal Magdalena, entre otros, lo que suponía estar viviendo un momento totalmente inédito. Esa hondura compositiva ya no volvió a darse y, lamentablemente, esas mismas bandas, y aún más las nuevas, reciclaron fórmulas. Creo que la salvación de la música rock latinoamericana está en el metal (Sentencia, Split Heaven, Cemican), pero eso daría para otra entrevista.
  • En tu opinión ¿a qué obedece el boom de escritoras latinoamericanas que se ha dado en estos últimos años?
  • Creo que son varios los factores que inciden: uno, innegablemente, es el contexto editorial propicio para ello y la disposición de la academia para hacer rescate y valoración con otros criterios más frescos que los de los estudios de género tradicionales. Pero rápidamente este boom se hubiera apagado si no existieran escritoras, que ya mencioné (Ojeda, Schweblin, Enríquez, Nona Fernández), y que tienen un proyecto con riesgo y hondura que seguro perdurará.
  • ¿Son imprescindibles los reflectores y la mercadotecnia para alcanzar notoriedad como escritor o sigue vigente la magia del destino y la buenaventura?
  • En el campo literario no existe el destino y la buenaventura. Digamos que eso, desde Pierre Bordieu, ha quedado claro: hay circunstancias, tomas de posición, entornos de academia, de crítica y de editorial, que en un momento dado provocan que una obra valiosa, del pasado o del presente, se encumbre. Nunca olvidemos que la figura de un “autor” se construye, es una noción funcional, independiente del sujeto que teclea o toma un lápiz, y que ayuda a generar un mínimo marco de recepción. Esto funciona por igual para un rockstar tan sobreexpuesto como Salma Rushdie como para Thomas Pynchon, el más sensato de todos. Aunque, para qué mentirte: la imagen de un escritor entregado a su proyecto, que le da igual la comercialización de sus libros, me sigue resultando encomiable y hermosa. Ahí el prototipo es John Cheever, que se despedía de su esposa todas las mañanas fingiendo ir al trabajo, bajaba al cuarto de lavandería donde tenía una máquina de escribir, se echaba ocho horas y luego subía, como sin nada. Es delirante, pero hay que ser así de delirante para dedicarse a una pasión inútil como ésta.
  • Prosiguiendo con tu vena académica, y sabiendo que también es una figura a la que has estudiado ¿cuál piensas que es la densidad de Roberto Bolaño en los escritores contemporáneos latinoamericanos?
  • Fundamental, sin duda. En un momento, durante el siglo XX, todos los escritores debían pasar por el desfiladero de Borges o de Cortázar o de Octavio Paz, aunque solo fuera para refutarlos. Y desde finales del siglo es Bolaño quien poco a poco va ganando ese centro del sistema literario y se convierte en sí mismo en un canon, siendo lectura obligada. Los marcos de exigencia, y de semejanza o diferencia literaria, los fija él, sin duda, sobre todo a partir de Los detectives salvajes pero aún más con “La parte de los crímenes”, de 2666. Nadie ha vuelto a escribir como él. Por supuesto,es contraproducente evaluar la literatura actual desde la porción de la obra de un solo autor; pero es lo que sucede y resultará inevitable por algunos años más.
  • Tuviste la oportunidad de vivir en Barcelona ¿Cómo se mira desde España, literariamente, a la Latinoamérica actual?
  • Mi estancia en Barcelona fue breve, en realidad, aunque su impacto demoledor. Entre el 2005 y el 2007 fui testigo de que la literatura latinoamericana ayudó y ayuda a los españoles a salirse de ese realismo gris franquista y post-franquista. Cuando estuve allí aún se llevaban a cabo cursos sobre la trascendencia del boom, por ejemplo, y los mismos profesores nos preguntaban qué pensábamos de gente como Cortázar o Donoso o García Márquez (no se creían que hubieran surgido ahí, en nuestros países, como una anomalía, esos individuos beta malformados). La evaluación positiva de nuestras letras en España es total: son tremendamente receptivos a todo lo que viene de este lado. Pero pensemos también que los grandes consorcios editoriales están ahí y, como hablábamos antes, esos consorcios construyen, a veces con demasiada ansiedad y poca sutileza, la nueva narradora o narrador latinoamericano, heredero del boom, que provocará, por un lado, un viraje en el curso de las letras en español; y por otro, la posibilidad de que el lector se lleve su libro en pasta dura en agosto a la playa.
  • ¿Cuál es tu sentir con respecto a las editoriales independientes?
  • Ante la máquina acorazada de los grandes consorcios, para usar una metáfora de Lamborghini, me parece que son la posibilidad de oxigenación y frescura para las personas realmente interesadas en leer. En una editorial independiente aún existen editores que realmente(y esto ya es para ponerse a llorar) leen tus libros y comparten contigo un café o una copa para comentarlos. Eso ya nadie lo hace. Al menos con los editores independientes que he trabajado mis novelas y volúmenes de cuentos, como Carlos Aníbal Alonso y Nahum Torres, percibo su vocación como auténtica: saben que están apostándolo todo a algo que les traerá más perjuicios que beneficios, sobre todo en lo económico. Por otro lado, Rialta y Periféricas son mis casas editoriales actuales y uno siempre debe estar agradecido que dieran a conocer libros raros como los míos.
  • Por último, Felipe, y aunque parezcan versos de Raúl Zurita, ¿habitamos en el terror? ¿Nuestro planeta es el terror? ¿Nosotros provocamos tal terror?
  • En efecto parecen versos de Zurita. Pero como lo planteas, me parece, también, como si el terror fuera uno de los elementos naturales de todo planeta habitable. Nos han enseñado el escepticismo a golpes, más aún en nuestros países, y es difícil creer ya que la emancipación humanase produzca de modo espontáneo y civilizado. El terror está ahí, siempre: un agujero enorme al centro de la habitación en la que alguien escribe, toca el piano, hace el amor o cría a sus hijos. Sería intolerable para la vida cotidiana estar todo el tiempo asomándose a ese agujero; pero para el arte es fundamental. Pensemos en Goya, por ejemplo; o las performances de Gina Pane o algunos pasajes de novelas de Joyce o de Faulkner: es gente que se ha asomado a ese agujero y ha intentado darle forma al horror para tolerarlo. Pero bueno, tampoco nos pongamos tan tremendistas: volviendo a Zurita, recuerdo unos versos que podrían postularnos una salida amable: «Nací bajo Pinochet, viví bajo Pinochet, / morí bajo Pinochet. Pero te quería yo / tanto que hasta no me parecía tan malo».
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MOHSEN EMADÍ | CANTAR DESDE LA DIÁSPORA

Tuve la gran fortuna de cruzar mi camino con el del escritor persa Mohsen Emadí durante el Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico del Estado de México, entre los años 2018 y 2019. Hombre elegante en el habla, el vestir y el trato, bien pronto se le adivina generoso, buen amigo, pero sobre todo, ilustrado. Cual arcaico renacentista, brinca y se desenvuelve en sus conversaciones de un menester a otro, pues en varios de ellos, como la música, el cine, el activismo, la filosofía, el arte, incluso (aunque parezca desafinar con el conjunto por contemporánea) la programación, ha incursionado con éxito, llevando, sin embargo, a cada uno de ellos, su principal esencia: la poesía. Porque ante todo, Mohsen es un poeta, en la más profunda connotación del término. Y por la poesía, ha gozado y ha sufrido, porque se sufre al dejar la patria atrás, y se goza con poder seguir cantando a pesar de la diáspora y los tiranos. De tanto andar y cantar, el poeta llegó a esta Canaimera llamada Latinoamérica, donde se ha quedado detenido.  Son varias la latitudes de nuestro continente donde ha transitado, trabajado, enamorado, hecho amigos y hermanos. Permanece en México desde hace ya varios años. Mohsen Emadí, aventurero, valiente, ilustrado, poeta caballero que pareciera más bien, en su espíritu, ser un personaje de Salgari. Ha puesto su vida en peligro por llevar la poética de su pensamiento hasta las últimas consecuencias y ello ha marcado sus versos para siempre. Entre su vasta obra destacan las recopilaciones No hablamos de sus ojos (Ghoo Publishing, 2007), Las leyes de la gravedad (Olifante, 2011), Visible como el aire, legible como la muerte (Olifante, 2012), Abismal (Casa Refugio Citlaltépetl, 2016), Standing on Earth (Phoneme Media, 2016) y Suomalainen Iltapäivä (Olifante, 2017). En su trayectoria como cineasta, Mohsen ha cultivado el género del documental, y quizá uno de sus más significativos logros, en ese sentido, sea La única patria, donde registró la última entrevista, realizada por él, al poeta Juan Gelman. Actualmente, Mohsen labora en el ámbito cultural mexiquense, desde la ciudad de Toluca y, como siempre, tiene mil proyectos por llevar a buen término y mil cantos en el tintero. Su obra ha sido publicada y traducida en buena parte del planeta.

  • Querido Mohsen, llevas buena parte de tu existencia errando, ¿cómo ha afectado tu espíritu esta diáspora?
  • Yo pertenezco a una cultura nómada. Mi familia, por parte de mi madre, era nómadas y supongo que mudarme es tan esencial en mí que como las olas, si no me muevo, me muero. Sin embargo, el exilio es diferente de una vida nómada. En el exilio pierdes tu hogar, pero en la vida nómada inhibes deliberadamente varios hogares. El exilio fue al mismo tiempo enriquecedor y destructivo. Enriquecido por las amistades, horizontes e idiomas que me regaló. Destructivo porque era asfixiante.  Cada cultura es como un idioma. Por mucho que aprendí los idiomas de los países en los que vivía y traté de abrazar sus culturas, los habitantes de esas geografías no intentaron aprender las mías. Entonces, nunca me sentí como en casa. Traté de mentirme a mí mismo, varias veces. Pero fue una ilusión. Mientras la gente no sienta sed de mis culturas, tendré un techo, pero nunca estaré en casa. Entonces, estoy herido y agradecido.
  • ¿Qué significa la poesía en tu vida?
  • La poesía para mí es un lugar en el que me reinvento. No tengo un sentido de mí mismo sin poesía. Supongo que si el mundo fuera un lugar mejor, ningún ser humano podría vivir sin poesía. Es tan esencial como el agua o el pan. Somos humanos por la poesía. La política, la economía, la filosofía cuando no surgen de la poesía nos deshumanizan. Aquí no me refiero a la poesía como profesión. Los poetas profesionales no son poetas: son empresarios. Para la poesía no existen.
  • ¿Qué densidad tiene España en ti?
  • Descubrí España por Lorca. Sentí una conexión trivial entre las canciones populares de mi propia región y la poesía de Lorca. España no me habla sin sus poetas. Quiero decir sin Lorca, Cernuda, Hernández, Gamoneda. Es el lugar donde se esparcirán mis cenizas. Mi maestro, Ahmad Shamlou, a través de quien conocí a Lorca y la generación 27, pasó una noche en España. Pero nunca salió del hotel porque nunca quiso perder el Madrid que conoció en la poesía y la vida de Lorca. Yo era más joven e inmaduro que él y viví en España. La realidad de España es tan horrible como la de muchos otros países y es insoportable sin sus grandes poetas.
  • ¿Cuál es tu visión de la poesía latinoamericana contemporánea?
  • Admiro la poesía latinoamericana en general. Hay poetas maravillosos en todo el continente y en Brasil, Argentina, Chile y Uruguay especialmente. Sin embargo, la fuerza deformante en México es la poesía de Estados Unidos. Especialmente en la generación joven, no veo autenticidad y profundidad porque tratan de imitar la mentalidad blanca, es decir, la mentalidad del patrón. En el discurso mediático de la poesía, los premios, los empresarios son más visibles, y no los poetas. Tengo que afirmar que los poetas generalmente son desconocidos o raramente conocidos en la historia de la humanidad. No les importa la visibilidad. Prefieren vivir en lo invisible.
  • ¿Cómo fue tu relación con Antonio Gamoneda?
  • Antonio vive en mí. Aprendí el idioma español para leer su poesía en su propio idioma y hablar con él. Para mí, es uno de los pocos verdaderos poetas vivos que tuvo la generosidad de hacerse visible ante nosotros. Su amistad es un verdadero regalo de sabiduría para mí.
  • ¿Y con Juan Gelman?
  • No podría vivir en México si Juan no estuviera aquí. Era amable, abierto, lleno de vida y transparente. A pesar de todas las tragedias que vivió, Juan siguió siendo una fuente de luz. Aprendí mucho de él. De sus palabras, sus silencios, sus sonrisas, sus borracheras, su lucidez y sus abrazos.
  • ¿Qué densidad tiene México en ti?
  • México me duele. Conozco dos Méxicos, el de sus indígenas y sus exiliados; y el de su corrupción y máscaras. Es un país que mata a sus propios hijos más verdaderos. Imagínate, Enrique Servín…Es un país bipolar. Entonces, uno lo odia tanto como lo ama.
  • Háblanos de tu experiencia en Casa Refugio Citlaltépetl.
  • Vivir en Casa Refugio fue una experiencia maravillosa gracias a Philippe Ollé-Laprune. Me abrió las puertas de México. Con él encontré un hermano y un gran intelectual. Mientras Philippe estuvo en esa casa, pudimos descubrir los muchos rostros de México guiados por sus ojos sabios y amorosos. Yo era vecino de Juan Gelman y eso me bastaba. Ambos vivíamos en La Condesa.
  • ¿Cómo has vivido el haberte convertido en un ciudadano del mundo?
  • Después de vivir en tres continentes, llegué a apreciar la sencilla casa de mi  abuela en el pueblo. Si no sales de tu casa, nunca la verás. Nunca la habitarás. Vivir en el exilio es vivir fuera de tu zona de confort. Tienes que correr riesgos, tienes que meterte en la boca de un león e intentar salir vivo. Viví en pobreza, hambre, discriminación, ofensas y calumnias. Al mismo tiempo, tuve el privilegio de descubrir mi poesía y tener amigos maravillosos en todo lado del mundo.
  • ¿Encuentras similitudes entre la región del medio oriente y Latinoamérica?
  • Ambos sufrimos por las grandes potencias internacionales y los políticos corruptos. Irán no fue colonizado, pero fuimos ocupados varias veces por fuerzas extranjeras. Supongo que compartimos catástrofes y heridas, pero culturalmente somos diferentes. América Latina es joven.
  • ¿Qué densidad tiene Irán en ti?
  • Irán es tan antiguo como la Historia escrita. Existe donde quiera que vayas. Todas las culturas humanas se construyen colectivamente y en la cultura colectiva de la humanidad, Irán permanece como una dimensión inamovible, al igual que Grecia. Uno puede negarlo, pero no puede deshacerse de él. Es un privilegio para mí nacer en una de las culturas más antiguas del mundo. Sin embargo, también me duele. Veo cómo se está destruyendo.  A veces, desearía haber nacido en el siglo XIX cuando había más esperanza. Probablemente soy pesimista. No veo una salida. Frente a todos los políticos del mundo no tengo nada más que poesía, que es inútil políticamente, y necesaria individualmente.
  • ¿A pesar de tu universalidad sigues considerando persa a tu poesía?
  • La poesía en sí misma no tiene ningún lenguaje. Nace con el idioma y no en el idioma. La poesía y el lenguaje son como hermanos y hermanas. Sin embargo, el lenguaje es un hermano enfermo. Sin poesía nos destruirá. entonces, como poeta, no tengo ningún idioma y mi poesía hablará en cualquier idioma. Pero como ser humano tengo una identidad. Mi identidad es colectiva. Es finlandesa, española, mexicana, checa e iraní. Sin embargo, sin ser iraní, no puedo ser mexicano o finlandés. Reconocí el sentido de identidad a través del idioma persa y esto existe en cualquier otra identidad que obtenga.
  • ¿El futuro será la digitalización total de la literatura?
  • El mundo digital es demasiado joven para hablar de su futuro. Pero supongo que durante algunas décadas estaremos más digitalizados, es decir, el mundo será aún más cristiano o romano. Espero que podamos encontrar una forma de armonía entre nuestro cuerpo y nuestras ideas, una armonía  que reduzca el sufrimiento de la dualidad incrustada en el cristianismo y la filosofía griega. Los libros impresos pertenecen a una cultura diferente a los libros digitales. Los libros existirán, la poesía también, pero cambiarán de forma.
  • ¿Algo de padre tiene para ti Ahmad Shamlou?
  • Ahmad Shamlou es probablemente el poeta más influyente de mi vida. Mi poesía es muy diferente a la suya, pero su voz, sus palabras, sus ojos están ahí, en cada poema que escribo, lo escucho en mí. El idioma persa está en deuda con él. Probablemente es el poeta más profundo de mi idioma después de Hafez. No era solo un poeta. Fue el mejor traductor de poesía que mi idioma haya tenido, el mayor investigador del folclor que tuvimos y un símbolo de resistencia para los iraníes. Si crees que Rilke, Eliot o Vallejo son importantes, Shamlou es igualmente importante.
  • ¿Cómo fue tu experiencia creativa en Brasil?, y ¿piensas que la cultura brasileña está de verdad hermanada con el resto de Latinoamérica?
  • Me interesa más la poesía brasileña que la poesía mexicana. Varios poetas brasileños me han influido: Cabral de Melo Neto, Ferreira Gullar o Carlos Drummond de Andrade. Supongo que es por África que Brasil tiene una relación tan fuerte con el experimentalismo en formas creativas. La dimensión negra o indigna de Brasil siempre es discriminada y descuidada por la clase dominante, pero está ahí: no hay Brasil sin ellos. No puedo hablar de la cultura brasileña en general, pero en poesía, Brasil es más intenso, honesto y juguetón que México para mí.
  • ¿Añoras volver alguna vez a tu pueblo natal?
  • Extraño a mi madre, Juan. Aquí vivo solo y no tengo familia. Hace años pensaba que nunca volvería a Irán. Pero a medida que envejezco, veo el anhelo de ir allí y besar la tumba de mi abuela, abrazar a mi madre y nadar en el Mar Caspio, mi mar. Nuestra única patria es nuestra infancia. Nadie puede quitarnos nuestra infancia. Mi infancia estuvo ahí.
  • ¿Te arrepientes de la rebeldía?
  • Todavía no me arrepiento. Me rebelé desde muy joven y creo que lo seguiré haciendo por el resto de mi vida. Un cobarde puede vivir más, o ganar más capital o poder, sin embargo, aunque con la rebelión se vive menos, sin rebelión no se puede ser poeta. Mi abuela siempre decía: quien no conoce el amor, es como un cadáver y aunque viva un siglo, será esclavo de los cielos. Entonces, no soy un esclavo y no me arrepiento de ello.
  • Por último, Mohsen, ¿qué son para ti los ojos de la mujer?
  • En mi cultura nos enamoramos primero de los ojos de una mujer. Son las puertas  de las almas. Allá, tenemos un lenguaje para ojos. Hablan su propio idioma, en silencio. Pertenecen al universo de la poesía cuando hablan en ese idioma. Un lenguaje que es el gemelo de la locura y la comprensión. Somos como troyanos. Podemos perder un país por esos ojos.
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Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Hacia la abolición de las navidades (Ensayo breve)

Aída Chacón. Ensayo brevísimo.

Charlando sobre las costumbres familiares que resultan claramente un pesar, unas amigas y yo concluimos que la Navidad debería abolirse. Las razones son variadas, según Coral Herrera hay una carga emocional fortísima en la educación que recibimos las mujeres, toda ella aún en estos tiempos, dirigida hacia el control de nuestros cuerpos y emociones, de la esclavización de las ideas a través del cuerpo.

En los últimos años, detenerme a pensar sobre las implicaciones de las reuniones familiares que se organizan para la Navidad se ha vuelto un ejercicio cotidiano. ¿Por qué si no soy creyente me enfrasco en la elaboración de un banquete?, ¿qué es aquello que me empuja a continuar complaciendo los festejos? La respuesta es, creo ahora, la culpa. De nuevo me queda claro el control emocional que menciona Coral Herrera. La encrucijada aparente está en celebrar o dividir a la familia, pero en México, ¿qué es la familia? Quizá estas disertaciones tienen su origen en las horas que demanda la preparación de la cena navideña y que me fueron impuestas desde la infancia.

Desde siempre la familia se reunía para las fiestas decembrinas. Se cocinaban varios platillos muy elaborados, había postre, ensalada, puré de papas, pastel y bebidas de sabores. La preparación comenzaba con la realización de la lista de compras, luego seguía la peregrinación al supermercado y demás lugares para surtirla. Como cada año, el día de nochebuena se acaba en hacer las filas para pagar las cuentas en el súper y en las abarroteras. Luego de aquello, el camino a casa con las bolsas repletas de ingredientes tampoco era cosa fácil. Caminar por las calles del centro del pueblo hacia la casa, esquivando a la gente enfrascada en el frenesí de las compras navideñas, todavía nos tomaba un tiempo más. Ya en la cocina iniciaba la preparación: lavar las frutas, las latas, empezar a picar las verduras, poner a cocer la carne, preparar los aderezos…

Además de aquella faena había que limpiar la casa, arreglarla para la ocasión: barrer, trapear, adornar, sacar los manteles, los platos más bonitos, hacer espacio para más gente que de costumbre en el comedor, todo esto sin descuidar la sazón ni por un instante. Terminábamos hasta casi la media noche, cuando era urgente y muy necesario correr a darse un regaderazo rápido, sacar el ajuar de fiesta y “darse una manita de gato” para esconder el cansancio de la esclavitud festiva.

Ya en la mesa, a punto de empezar a servir la cena y con todos los comensales reunidos peleándose, lanzando indirectas, algunos ebrios ya, siempre me preguntaba por qué nos sometíamos a tanto trabajo y cansancio si el espejismo del amor y la unidad era tan efímero.

Ahora que los años me permiten analizar aquellos momentos me doy cuenta de que lo único que mantiene vivas esas traumáticas tradiciones, es el autosometimiento que algunas mujeres hemos repetido una y otra vez para continuar con ellas. Quizá la liberad y el goce sean posibles cuando se acaben las navidades que conocemos desde la infancia, con las que crecimos; esas que romantizan el cansancio y el abuso para el disfrute de unos cuantos. El disfrute de las fiestas decembrinas llegará cuando lo importante sea el descanso o romper con la rutina del ajetreo cotidiano y el cansancio extremo; cuando nos neguemos a cocinar durante horas y a adornar la casa para reunirnos con la familia… cuando olvidemos los performances sobre cenas sofisticadas y de gala, cuando dejemos de venerar la ilusión de la familia.

Fotografía: Claudio Sotolongo, Cuba. Exhibida en la Galería virtual La Nave.

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Arte y cultura

Innova Comics y obra de Francisco Javier Trejo

Recuerdo que participé en un evento de pintura en Xela, Quetzaltenango, al final del día nos reunimos varios pintores, artistas y maestros en el parque central, entre ellos: Francisco Javier Díaz Trejo; originario de Puebla, México; mejor conocido como “Lord Shinigami”, nos saludamos y con ese entusiasmo de mexicano; me mostró sus obras; recuerdo que sin egocentrismo y con toda la sencillez del mundo, sacó sus dibujos y empezó a contarme un poco de la fundación de Innova Comics y de sus personajes en historietas. En mi mente pensaba lo genial de conocer a personas que tienen interés y amor por el arte, escuchar a los artistas contar de la realización de cada obras es genial, considero que cada uno se forma con estudios, disciplina y la experimentación en cada uno de sus trazos; pero más que eso; el amor y pasión que le pone a cada una de sus obras, para mí, la esencia de un artista es su autenticidad, sumado a lo ya descrito, desde la primera vez que platiqué con Paco (como le llamamos con cariño) supe del amor que le tiene a los comics, manga y caricaturas .

Francisco Trejo, obtuvo una Licenciatura en Diseño de la Información y Medios Digitales en la Universidad Interamericana en Puebla, México (2012), actualmente estudia una Maestría en Educación en la misma universidad, también obtuvo un Diplomado en Gestión Cultural por la Cooperación Española en Quetzaltenango (2016), un diplomado en creación de personajes de la Universidad del Valle en Puebla (2007), actualmente pertenece a la cartera de artistas de Vessica Galería de Arte en Quetzaltenango.

Personajes, paisajes y con títulos en sus series como Acervo, Capitular, En espera de mi realidad, Sobrevivientes, Ambigua, Pasarela Social, Sátira XX, con los que busca crear conciencia de lo que se vive en nuestro entorno, un estilo abstracto figurativo y el uso de tintas, acuarelas, crayones, entre otros materiales, su obra ha sido presentada en galerías y eventos de arte entre los que destacan: Centro Cultural Casa No´j, Clara y tinto Wine Bar and Gallery, Vessica Galería de Arte, Centro Intercultural Lounge, Alianza Francesa en Xela, Vintage Salón y Galería de Arte en Salcajá Quetzaltenango, Pasaje Tatuana, Ciudad de Guatemala, Casa Cultural Olinka, Galería El Venado y el Zanate, Galería Wandel, Barrio del Artista en Puebla, México, Certamen Arturo Martínez (CAM), Salón de Miniaturas “Rafael Mora” evento organizado por la Asociación de Artistas de Occidente (ADADO), CONARQ 2015 en Hotel Grand Santa María en Quetzaltenango, Festival Aires Libres en San Cristóbal Verapaz, Guatemala. Así también en el primer y segundo Encuentro de Autores de Cómic en la Biblioteca Central Universitaria de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) en México.

Es fundador y creador de la empresa Innova Cómics, en 2011 presenta su proyecto en la Biblioteca Palafoxiana y en la Convención Dual City en el Centro Comercial Paseo San Francisco en Puebla, México; en la Semana Nacional del Emprendedor, Centro Banamex en el Distrito Federal, México (2012); con el que ha tenido la oportunidad de escribir e ilustrar los comics “Sangre de Venganza” y “Cocktail Club” y ser colorista del comic “ADA Alas del Apocalipsis”.

Se cumplen 9 años de la fundación de Innova Comics, ante la situación que vivimos mundial mente (Pandemia por Covid-19), la forma de celebrar es compartiendo sesiones de dibujo digital por medio de su página en facebook, te compartimos el link para que visites, compartas y dejes un like ¡no te pierdas cada cada vídeo lleno de información!

https://www.facebook.com/watch/innovacomicsSAC

Hablar de Francisco Trejo, sin duda alguna, es pensar en un artista emprendedor que ha utilizado su talento para plasmarlo sobre lienzos no dejando la oportunidad de compartir sus conocimientos con los demás, ya que también ha impartido diferentes cursos de comics, historietas, manga, color digital, tira cómica, sketches, creación de personajes, caricaturas, retratos de caricatura, creación de logotipos, animación digital, entre otros; en diferentes galerías de arte, universidades y lugares donde ha sido invitado tanto en México como en Guatemala.

Por segundo año consecutivo, imparte clases de artes plásticas para básicos y bachillerato en el Colegio Mixto Americano Mark, entre sus logros como docente está el que sus alumnos participaran en un Certamen de Dibujo y Pintura realizado en Concepción Chiquirichapa, Quetzaltenango, obteniendo el primer y tercer lugar.

Si deseas conocer más de su trabajo puedes ingresar a:

https://www.facebook.com/shinigamipacotrejo

https://www.facebook.com/innovacomicsSAC

Por, Jacqueline Paredes