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Liliana Hernández Almazán | Instrucciones para enterrar un vivo

Finalmente, se encuentra en la azotea. Introduzca primero el pie izquierdo en el agua, luego el derecho unos segundos. Sienta por primera vez el agua correr por su vergonzosa y pálida piel. El agua es tan clara y cálida que no ha notado que está en lo alto de un edificio. Vea el horizonte, ese espejo radiante, saturado de naranjas y ocres, vea el ocaso, los rascacielos, ¡qué sé yo! Lentamente, se da cuenta de que no es la única persona. Primero reconoce una silueta alargada, inmóvil, como petrificada, solemne. ¡No se mueva! El sol ahora muestra solo una mísera parte de su ser. Siente usted la inquietud de dirigirse a este hombre, queda claro que es un hombre.

No será necesario concederle un nombre, solo los muertos lo necesitan. Y hablando de muertos, solo los muertos pasean por las huertas enormes, reconocen rincones, huelen el azahar. Los muertos contemplan, vienen y van, sueñan con aquel despeñadero cruzar. Ahora olvídese de los muertos, usted está más viva que nunca, tampoco necesita un nombre.

Usted se acerca a él, le regala un beso, no sabe cuánto tiempo pasa, pero al retirar poco a poco su cara, se siente asombrada. Usted recibe una sonrisa y un reproche, lo entiende perfectamente y permanece inmóvil. Llegó la hora, es momento ya. Allí está, baja la mirada como por casualidad. Primero lo reconoce por su color, una gran mancha rosada, con intentos de naranja en su derredor. Allí aparece junto a usted: un cangrejo.


Liliana Hernández Almazán (San Luis Potosí, México). Se dedica al psicoanálisis desde hace 5 años. Su interés por la literatura surgió desde la niñez. Este relato fue publicado originalmente en El camaleón III.

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Montserrath Campos Sánchez | Bar Central

Marina entra al bar vestida de mallas verdes y suéter rojo. Demasiado flaca para provocar una erección, pero muy disponible para cualquier borracho. Pide una michelada en un vaso de plástico. No quiere perder tiempo por si consigue “paro” para seguir la fiesta, allá entre los arbustos.

Marina debió de ser cantante. Se contonea y abre la boca como una soprano. Con urgencia, desgarra su media y muestra una pierna lacerada, herida por algún adicto que no encontró la puerta. Su cabello reseco y gris, habla de las noches sin bañarse. Ella sabe que su olor también seduce.

En el bar suena una canción triste. El Príncipe ahora un esqueleto, nos dice: “Ya lo pasado, pasado”; pero no pasa. Marina todavía sufre al recordar su primera menstruación: Señorita para que alguien la penetre sin preguntar su nombre.

Marina va al baño a defecar la lujuria que conoció desde niña. Lleva una cubeta para que nadie sepa que siempre quiso ser una Virgen.

La veo bailar. Quisiera contarle de los sueños, de esos que dicen que hay vida en otro pueblo. Pero la ciudad duerme, alguien ha tomado los focos.

Marina por fin consigue un cliente. Le toma la mano y sin pudor la dirige a su vagina; debe ser directa para que el siguiente pez nade entre sus piernas. Baila porque la noche es un rompecabezas que armamos todos. Mientras más se apaga la luz, ella le gime a un oído borracho por diciembre.

No se siente inferior por la morena de vestido rojo, su enemiga. Aún sin mostrar los senos, sabe que alguien le tocará el pezón por unos cuantos pesos. “Hay que compartir”, piensa, y me mira para seducirme. Pero estoy demasiado borracho para entrar siquiera a su mirada.

La conozco de tiempo, sentados siempre de frente mirando evaporar la noche. Alguna vez, estuve embrujado por la mugre que destellaba en su frente, y quise lamerla, pero la falta de tabaco me secaba la boca. Ahora, mientras desesperada es una moneda de cambio, busco mi billetera para llamarla.

La veo irse. Tropezar con otras manos que burlonamente le tocan la entrepierna. Somos dos vagabundos buscando un hogar. Mañana la veré seguramente; desde lejos imaginaré su grito en la banqueta.

Mientras el bar nos reciba, seremos tiburones; mientras la luz se apague, seremos un marino sin un barco.

Enamorado de Marina me corto debajo del zíper, ansioso de que alguien me bese las entrañas.

En el pueblo todos somos prostitutos. He perdido el pudor. También quise ser un Santo; un párroco para masturbar niños temerosos.


Montserrath Campos Sánchez (Celaya, Gto. 1984). Estudió la licenciatura en Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato, y actualmente estudia la Maestría en Literatura Hispanoamérica en la misma institución. Ha publicado los poemarios: Duermevela (Editorial La Rana, 2011) y Dos Infancias (Editorial La Rana, 2018) y, el libro de cuentos ¿Quién es Paola Vargas? (Ficticia, 2016). Su poesía ha sido antologizada en Poesía en rojo (Centro de Estudios de la Cultura Mixteca, 2015)en Diez poetas de Guanajuato 1982-1996 (Revista Punto de Partida, UNAM. Núm. 209) así como en Las Avenidas del Cielo (Universidad Autónoma de Aguascalientes en coedición con la Universidad de Guanajuato, 2018). En el 2019 recibió Mención Honorífica en los Premios León 2019, en la categoría de cuento corto.

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Grizel Delgado | La cocodrila

Mamá y yo fuimos al zoológico sin papá. Por fin se atrevió a salir de casa solo conmigo. Fue su idea, quería que nos divirtiéramos. Días antes leyó libros de animales y miró documentales sobre gacelas y delfines. Tenía miedo de estar a solas conmigo, en un lugar tan grande y no saber qué decirme.

Me explicó todo lo que es posible saber acerca del león africano y la cebra. Me describió cuán áspera puede ser la lengua de una jirafa. Mamá lo había aprendido todo sobre animales. Incluso, cuando fuimos a ver cómo aseaban a los elefantes, fue la primera en formarse para que yo pudiera alimentarlos.

Animal que visitábamos, animal que me describía. Seguramente era la visita perfecta que se imaginó ella. Pero antes de concluirla llamó mi padre y pidió hablar conmigo. Ella me dio su teléfono y fue a sentarse frente a los cocodrilos en una banca con poca sombra.

Papá y yo hablamos un poco y colgamos. Mamá seguía sentada. Yo le devolví el celular y vi que ella se limpiaba una lágrima.

–¿Qué pasa? –le pregunté.

Ella me devolvió la sonrisa falsa más perfecta que pudo y luego me dijo:

–Los cocodrilos son animales de sangre fría.

                Yo me senté a su lado. Me recosté en su hombro. Quizás eso fue lo que me gustó de la visita con mi madre. Nos quedamos callados y observamos a un cocodrilo de fauces abiertas que parecía estar muerto porque no se movía para nada.

–Dan un poco de miedo –pensé en voz alta.

–Tienen unas mandíbulas terribles que por ningún motivo dejan escapar a su presa– dijo y luego se dirigió a mí–. ¿Qué te dijo?

–Que vamos a la feria el próximo domingo… Estará la abuela.

–Qué bien –dijo sin entonación.

Miró el reloj. Yo la detuve. Todavía teníamos tiempo.

–Esa de ahí es una cocodrila –dije–. Está muy gorda, seguro que está embarazada.

Mamá se rio de mí.

–Los cocodrilos ponen huevos.

–¿En serio?

–Sí. Las hembras cuidan durante 3 meses los huevos. Hay muchos depredadores pero ellas son muy efectivas en su trabajo.

–Como tú… ¿Qué más hacen las cocodrilas?

–Los cuidan en un nido durante todo el día aun después de nacidos porque son presa fácil los primeros meses.

–Como tú me cuidaste –interrumpí–. ¿Qué más hacen las cocodrilas? –busqué un abrazo suyo. Ella entendió la verdadera pregunta que le hacía.

                –Leen y cocinan. Saben andar en bici. Algunas son madres y padres a la vez y pelean a golpes con los cocodrilos. A veces pierden. Respetan a las demás personas, les gusta nadar y hacer deporte. Beben alcohol pero no en exceso, no como los cocodrilos. Les gusta besar a sus críos y acariciarles el lomo con su piel dura y áspera. Así son las cocodrilas.

De repente, mientras veíamos al cocodrilo, éste soltó una lágrima.

                –Está llorando –dije.

                Ella negó.

                –No, hijo. El cocodrilo no llora. Sólo está lubricando los ojos.


Grizel Delgado (1982, Cd. de México), realizó estudios de licenciatura en la Universidad Autónoma de México y de Posgrado en la Universidad de Düsseldorf. Es editora, correctora y reseñista. Ha publicado cuentos en las revistas mexicanas La Colmena, Palabrijes y Punto en línea. Ha ganado certámenes de cuento en universidades mexicanas y en concursos en España. Es autora de la novela juvenil “Tu abuela en bicicleta” (recomendación IBBY México, 2018), del cuento infantil “El misterio de Zacango”, premiado por el certamen de Literatura infantil (2014) de la UAEM. Reside en Berlín donde trabaja como editora.

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Virginia Hernández Reta | La vida frente al mar

Una de esas tardes lo descubrí en la playa de C., con un viejo traje de baño, sentado sobre una toalla y mirando hacia las olas. Yo hacía un poco de ejercicio ahí, saliendo de trabajar. Me quitaba la corbata, cambiaba de zapatos, cruzaba la avenida para alcanzar la marea de mosaicos negros y blancos, y, después, la arena. Corría por la orilla y esa tarde, al pasar, lo vi sentado, macizo, las piernas estiradas, los brazos sobre su vientre de hombre a punto de la jubilación.