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Proyecto Azúcar

Desde las tierras calientes

Al despertar lo encontramos entre nosotros.

Sin explicaciones ni presentaciones, como si fuera uno más de los nuestros cuando claramente no lo era.

Nos indicó con gestos y mímicas de trabajos cuanto debíamos hacer para purificar nuestras tierras, nuestros cuerpos, nuestras mentes reparando el daño de milenios de depravación. Algo que él mismo dijo estar haciendo desde el comienzo de su vida.

Como no se trataba del primero en llegar a nosotros con un mensaje similar, no creímos en ninguno de aquellos gestos. Su lengua, cortada de raíz, y la irregular cicatriz que rodeaba su cuello, eran señales inequívocas de que se trataba de uno de los tantos falsos profetas que rondaban la región buscando su sustento. Y, de no encontrarlo, buscaban quienes creyeran en ellos. Los conocíamos bien, y nos burlábamos haciéndoles hablar sin creer en ninguno de sus gestos.

Pero él era diferente. Había varias razones para que lo fuera, pero la más extraña era que había llegado desde las tierras calientes, desde donde estábamos seguros que no quedaba más que devastación y muerte.

La tradición cuenta que allí había comenzado el final de lo que fuera antes, y que nosotros, allí, en aquel poblado, éramos los que más cerca nos encontrábamos de ese mítico lugar. Eso explicaba que tantos fabuladores llegaran ofreciéndonos sus prodigios y quimeras, cada una más falsa que la anterior.

Nos burlamos de su piel resquebrajada, de sus ojos cansados que parecían haber visto infinitos amaneceres, de sus manos curtidas por cada uno de los trabajos conocidos, de su cuerpo enflaquecido y de su morral remendado tantas veces que imposible saber cuál era su color o su forma primitiva. Eso para o mencionar su contenido.

Reímos hasta cansamos, luego  lo echamos de nuestras tierras a pedradas, como corresponde, según la ley, las normas, las costumbres, y la tradición.

Antes de que pudiéramos detenerlo huyó hacia las tierras calientes. Sin dudas escapó por el mismo camino por el cual había llegado y, tan pronto como lo vimos perderse en aquella tierra yerma y hostil, nos olvidamos de él.

Continuamos con nuestras vidas sin preocuparnos, como lo habíamos hecho en los años previos. Era la mejor forma de aprovechar el poco tiempo que teníamos dado lo rápido que envejecíamos por vivir allí, tan cerca de aquel lugar que solamente significaba decadencia y final para los pueblos anteriores a nosotros.

Años después notamos los primeros cambios. Algunas tardes, cuando el resplandor del sol no dañaba tanto nuestros ojos, podían adivinarse manchas color verde entre la tierra que sabíamos árida y abandonada. Los pocos nacimientos que se producían en el poblado comenzaron a multiplicarse y, la mayor de las sorpresas, aquellas criaturas nacían tal y como se esperaba que lo hicieran, sin complicaciones para ellas ni para sus madres; los partos se volvían, poco a poco, normales. Dejamos de celebrarlos como un triunfo sobre la muerte cuando alguno de los dos sobrevivía. Comenzamos a celebrarlos como el triunfo de la vida.

Durante la primavera anterior una suave brisa, inesperada en casi todos los sentidos, inundó el poblado con aromas desconocidos, con el trino de aves que ignorábamos y el rumor del agua hasta ese momento ausente. La brisa llegaba, sin posibilidad de confusión alguna, desde las tierras calientes; tal vez por eso no nos resultara similar a nada de que solía llegarnos desde allí.

Intrigados, como no podía ser de otro modo, pero aún presos de un temor reverencial, unos pocos de nosotros nos internamos en la tierra baldía. Nos escondimos bajo capas y más capas de ropa que, por generaciones, se confió en que podían protegernos de lo que continuaba produciendo muerte en aquel lugar.

Caminamos durante días porque, si bien éramos el poblado más cercano, no era cierto que nos encontráramos tan cerca de las tierras realmente calientes; de haber sido así ni tan siquiera hubiéramos sobrevivido un día. El menor indicio de nada diferentes a la desolación y al abandono facilitaba nuestro camino, pero continuamos pues necesitábamos saber qué era lo que estaba sucediendo para huir si era necesario, o para continuar como hasta ese momento, de ser posible.

Encontramos un sendero luego de las primeras estribaciones formadas por la escoria de lo que fuera que allí hubiera sucedido. Árboles desconocidos, esbeltos algunos, desgarbados otros, de un verde pálido que oscurecía a medida que avanzábamos, nos dieron la bienvenida. Suponíamos que su follaje eran las manchas que se veían en el poblado, pero nadie quería mencionarlo por temor a que las palabras pudieran destruir lo que nuestros ojos nos mostraban y nuestro entendimiento era incapaz de aceptar.

            Nos internamos en aquel inesperado e inexplorado bosquecillo sin saber si debíamos temer la presencia de animales silvestres, cuando no salvajes, o de algo más grande que las aves que nos recibían con sus cantos y sus vuelos de rama en rama. Aves que, sin darnos cuenta nos guiaron hasta la tierra yerma del otro lado de los árboles donde, en medio de tanta aridez y desolación, en algunos pequeños lugares la tierra se encontraba removida, trabajada, preparada, en pequeños hoyos.

            Junto a uno de ellos, con un trozo de hierro herrumbrado que no representaba ayuda alguna contra la dura y aplastada tierra, lo que parecía ser un hombre, se afanaba en su trabajo. Podría haber sido cualquiera, pero aunque había enflaquecido al punto de que cada uno de sus huesos se marcaba sobre su piel sumamente resquebrajada, la irregular cicatriz de su cuello no nos permitía equivocarnos. Era él que, habiendo sido despreciado por nosotros, continúo adelante sin importarle la soledad y el desánimo. Simplemente continúo. Sus manos, curtidas por otros miles de trabajos realizados, eran la señal más clara de ello.

            —¿Qué es eso? —preguntó uno de nosotros señalando hacia los árboles.

Su respuesta se convirtió en sinónimo de esperanza, anhelo, ilusión, renacimiento y regeneración, de resurgir desde la devastación, de volver a comenzar aunque no hubiera con qué hacerlo, de deseo de posibilidad, y tantos otros sinónimos que se expandieran desde Chernobil hasta Fukushima, desde Atucha hasta la bahía de Jervis, desde Three Mile Island hasta Koeberg, hasta nuestro poblado y también el tuyo, pero también más allá.

            —Abedul —fue todo lo que dijo.

            Aquel atardecer supimos que, las tierras calientes finalmente comenzarían a enfriarse.

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Proyecto Azúcar

Pantano | José A. García | Cuento

La expedición se había estancado aunque no dejábamos de movernos.

            Nos encontrábamos en cualquier punto del mapa, uno que no señalaba el oeste ni noreste. Es decir, un mapa por completo inútil. Al igual que la mayor parte del equipo que cargábamos, arruinado por la humedad y la sangre seca de los miles de mosquitos que matábamos, a mano limpia, día tras día. Eso para no hablar de nosotros, agobiados por el calor, la humedad, la falta de descanso, y el no entender por qué nos encontrábamos allí.

            Ni siquiera la paga era buena.

            Aunque dudo de que se hubiera hablado de nuestra paga en algún momento.

            Sin embargo, allí estábamos. Cargando aquel equipo obsoleto que alguien más debería montar cuando llegáramos a aquel punto no indicado en el mapa. El énfasis estaba puesto en el cuando llegáramos, algo que nadie podía precisar con cierta exactitud.

            —Estamos más cerca que antes —dijo quien nos dirigía en aquella interminable expedición—, casi no tengo dudas de ello. Del otro lado de aquella lomada se encuentra nuestro destino.

            Su dedo señalaba hacia un punto indefinido entre la espesura y el calor que para nada nos motivaba a continuar avanzando.

            —¿Qué encontraremos allí? —preguntó uno de nosotros, no estoy seguro de quién fue, estaba tan cansado que intentar mantener los ojos abiertos representaba un verdadero sufrimiento.

            —Nuestro destino —repitió quien nos dirigía sin agregar palabra.

            Fue suficiente con que comenzara a caminar delante nuestro, sin dar ninguna orden, sin permitirnos descansar, para que lo siguiéramos en fila india, asegurándonos de pisar sobre suelo firme en medio de tanto resbaladizo y húmedo barro.

            Recordé lo que notara el primer día, cuando luego de recorrer unos trece kilómetros alejándonos de la ciudad no llevábamos, en realidad, ninguna dirección específica. Desde un principio el camino cambió de dirección de día en día, no por los problemas que encontráramos en él, sino por la voluntad de quien nos guiaba.

Solía pensar que tendría sus razones para dar tantos rodeos pero, tras tres meses siguiéndolo mientras el grupo original menguaba lenta pero inexorablemente, comenzaba a dudar también de ello.

            Cada atardecer, cuando se nos permitía detenernos y descansar hasta el alba, estudiaba la caja que llevaba sobre mis hombros. Era incapaz de decir qué contenía, así como tampoco entendía en qué idioma estaban escritas las indicaciones impresas en su metálico y frío exterior. Por más que la sacudiera, el ruido de tornillos, tuercas, engranajes, o lo que fueran esas piezas entrechocándose, nada me decía.

            Cada amanecer comenzábamos a caminar guiados por unos pocos gestos, unas palabras sueltas y nada más.

Varias veces me encontré al frente de la fila, inmediatamente detrás de nuestro guía, así como varias otras veces me encontré cerrando la fila pero, aunque lo buscara, el sentido de tanto esfuerzo continuaba esquivo. Aunque, es cierto, a pesar de no comprenderlo, nos encontrábamos haciendo algo diferente a esperar a en la ciudad a que todo se acabara.

            —La maldita loma se aleja cada noche un poco más —murmuró otro de los porteadores junto a mí mirando hacia el horizonte—. ¿Sabes lo que eso significa? —preguntó volviendo sus ojos hacia mí; no podría decir si conocía a aquel enflaquecido rostro que me miraba detrás de una capa de suciedad y cansancio similar al que cubría el mío en ese momento.

            A duras penas podía pensar en otra cosa diferente a caminar, pero me había percatado de que la distancia no se acortaba en lo más mínimo a pesar de caminar día tras día.

            —¡No desfallezcan! —gritó de pronto nuestro improvisado guía en medio de un atardecer, o un amanecer; aunque también pudo haber sido durante el mediodía, no estoy seguro de ello—. Nuestro destino nos aguarda.

            Escuchar por enésima vez aquella frase desató la revuelta.

            Comenzaron arrojándole los restos de nuestros escasos alimentos, le siguieron luego algunos guijarros y unas pocas rocas más grandes cubiertas de barro, hasta que alguien se animó a arrojarle la caja que portaba golpeándole de lleno en la frente y haciéndolo caer.

            El resto de las cajas cayeron una a una sobre él amenazando con cubrirlo entre el barro, el cartón y los restos de quincalla que escapaba de las cajas rotas. Nada de todo aquello resultaba de utilidad, pero había sido suficiente para desmayarlo, matarlo o algo peor; ninguno se acercó a comprobarlo. Al contrario, liberados de sus cargas, los porteadores comenzaron a correr en todas las direcciones como si aquella rebelión hubiera sido suficiente para revitalizar sus cuerpos.

Cuando todo parecía haber terminado me percaté de que no había arrojado mi propia caja y que apenas podía moverme apesadumbrado por tanto agotamiento. Aunque no corrí como los demás, dejé que mis agotados pies me llevaran allí donde quisieran entre los árboles más cercanos.

Ni bien abandoné el camino comencé a hundirme rápidamente en el barro. Miré a los lados encontrando los sofocados rostros de otros porteadores esforzándose por escapar de la trampa que durante día habíamos intuido negándonos a creer en su existencia.

Mi desesperación duró menos de un suspiro. Intenté levantar un pie pero el barro volvía irremediablemente a succionarlo. En ese momento, ya sin un guía, sin oportunidad de regresar o de continuar, me percaté de hacía dónde nos dirigíamos.

—Nuestro destino nos aguarda —repetí en voz baja, casi como un susurro sentándome en el barro.

Y mi destino era, sin lugar a dudas, aquel pantano.

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Narrativa Proyecto Azúcar

José A. García | El último verano será eterno (Cuento)

La reunión tenía lugar en el paraninfo de la universidad; o como le decimos ahora, que utilizamos cada vez menos lenguaje, el salón de usos múltiples. Las gradas estaban repletas debido al éxito que en los últimos cinco o seis años tenían las ciencias postsociales y las disertaciones teóricas y metodológicas orientadas en dichas temáticas.

            Afuera, en el campus, en la ciudad, en toda la región, llovía de la misma manera en que venía haciéndolo cada noche en las últimas semanas; la lluvia era, prácticamente, la única excusa por la qué me encontraba allí. Lo poco que había podido leer acerca de los postulados postsocialeas se acercaban demasiado a las ideas más absurdas de la new age mezclados con un poco de nexialismo, una pésima lectura de Nietzsche en su vertiente más kafkiana, y algunas cosas más que, de por sí, fui incapaz de identificar. Claro que tampoco me importaba tanto hacerlo. Como dije, la lluvia era lo que me había llevado allí.

            La disertación de esa tarde llevaba el llamativo y amarillista título de “El último verano será eterno”y, como claramente no podía ser de otro modo, versaba sobre el cambio climático. El nombre del orador, así como su nula habilidad para armar cuadros con el powerpoint o cualquier otro programa similar, quedaron en un segundo, o tercer, plano, a medida que la charla avanzaba. En medio del sopor en el que me sumía con el único fin de intentar recuperar el calor corporal perdido, escuché una frase que atravesó la barrera de mi destinteres.

            —¿Acaso saben ustedes cuántas noches llevamos sin Luna? —preguntó al silencioso auditorio.

            Esas ocho palabras dispararon mis recuerdos. Pensé en las noches de la última semana sin poder encontrar una respuesta. Avancé en retrospectiva hacia la semana anterior, y luego a la anterior a esa. Pero la Luna, efectivamente, no se encontraba aun cuando tenía presente mis caminatas nocturnas, mis noches atravesando la ciudad de un rincón a otro, y no siempre en solitario ni bajo la lluvia.

            Tanto ejercicio mental resultaba doloroso; tanto mirar hacia atrás y hacia adentro de uno mismo dudando de muchas cosas que damos por seguras, por válidas y definitivas por un tiempo no era nada fácil. Recordé una de las frases de Kierkegaard, pero nadie recuerda algo semejante en medio de una molestia; nadie va al dentista para pensar en la filosofía de los cínicos; nadie se expone a una radiografía pensando en Sócrates.

            No encontraba a la Luna en mis recuerdos recientes.

            Intenté recordar con algo de exactitud algún nocturno momento del año anterior. Por supuesto no tuve la menor suerte, la memoria no funciona de esa forma. La reminiscencia puede ser voluntaria pero el recuerdo es completamente involuntario; podemos intentar forzarlo de otro modo, pero nunca resultará tal. Tuve, pues, que buscar en otro lugar, en otros momentos, en otro tiempo.

            En la infancia, en la adolescencia, en las escapadas nocturnas procurando diversión, y algunas otras pocas cuestiones, la Luna siempre se encontraba presente. Luego nada, el cielo vacío y el sol brillando eternamente sobre nuestras cabezas. Salvo, claro, en las noches sin Luna.

            La conferencia continuaba, pero no podía permanecer allí. Debía salir, despejar mi mente de aquel esfuerzo, pensar en alguna otra cosa, dejar de preocuparme por las gráficas que mostraban el aumento interanual del promedio de temperaturas continentales y los índices de tropicalización del clima templado. Necesitaba estar en otro lugar, aunque más no fuera bajo la lluvia.

            Pero ya no llovía, lo noté inmediatamente al salir del SUM. La humedad se mantenía por encima de lo humanamente tolerable y los insectos se multiplicarían sin cesar en los próximos días.

            Con temor ancestral, de quien teme darse cuenta que la realidad misma pende de un hilo demasiado delgado, de una película lo suficientemente tenue como para que cualquier mínimo cambio, una mirada prolongada, una brisa inesperada o un aliento de más, pudiera resquebrajar, levanté la mirada.

            Las nubes apenas habían comenzado a deshacerse arrastradas por el viento y algunas estrellas se adivinaban en el firmamento. De la Luna aún no había noticias, pero la noche recién comenzaba. Quedaba una leve, mínima, esperanza.

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Proyecto Azúcar

José A. García | Diosa (Cuento)

Creíamos que estaba loca, desquiciada luego de los años de estudios, que había perdido todo anclaje con la realidad y que, cuanto le quedaba, era su delirio.

—La Diosa ha tomado mi cuerpo —dijo un día, hace varios años, en medio de una Jornada de Debate en la Academia.

Esa frase no pertenecía a la ponencia que presentaba en ese momento. No, no lo era, lo comprobé varias veces con la copia que tenía en mis manos al igual que el resto de los presentes.

Miró a cada uno de los asistentes a su conferencia sin continuar leyendo, comenzado a constituirse en leyenda. Me pareció que sus ojos brillaban un poco más, y no porque me miraran solamente a mí o porque las luces dieran de lleno contra su rostro. Allí había algo más, algo diferente.

Me enamoré, en ese mismo instante, de aquella diminuta figura pálida, esmirriada y apenas lo suficientemente alta para sobresalir detrás del estrado. Para no mencionar esos lentes ridículamente grandes, que ocultaban la mayor parte de su rostro; lo cual, podría decir, era una suerte.

Al mismo tiempo comencé a odiarla.

—La Diosa —repitió a los pocos minutos quebrando el silencio que ella misma provocara—, ha tomado mi forma.

Las risas y las burlas comenzaron como un rumor, similar al ruido del mar golpeando las rocas en la lejanía. La mayoría de los presentes éramos hombres que, a regañadientes, debimos aceptar a una mujer entre nosotros y sólo bajo la presión del decanato de la Universidad. Y ahora allí estaba ella, hablando sobre una supuesta diosa en la que nuestro férreo y obligatorio ateísmo nos impedía creer.

Alguien con una estentórea voz abucheó desde el fondo de la sala, no vi quién era, aunque podría identificarlo sin dificultad. Alguien acompañó el abucheo con un silbido. No podía despegar mis ojos de los suyos, amarillos, brillantes, preciosos, irreales, únicos, míos.

—La… —intentó repetir por tercera vez desde el estrado, pero un libro, pesado, de tapas duras, con más de mil páginas, y arrojado cargado de odio, la golpeó en el rostro.

En ese momento logré sustraerme de su encantamiento y huí del salón. Atravesaba la salida de emergencia puerta más cercana en el instante en que ella, con el rostro transfigurado por el odio y la cólera divina se ponía de pie.

La blusa que llevaba estaba a punto de reventar, sus senos habían crecido tanto que podrían alimentar al mundo entero y eran, claramente, muchos más que dos. Sus caderas, sus piernas, su cuerpo entero crecía para ocupar cada resquicio posible entre su ser y las gradas al fondo del salón.

Sus ojos vesánicos, atravesados por la sangre que manada de los cortes que sus lentes hicieran sobre su rostro al romperse, irradiaban venganza y desprecio hacia los hombres, hacia todo lo que tuviera un falo entre sus piernas.

Huí como un desesperado del salón, del edificio, del claustro y el campus de la Universidad, oyendo los gritos de dolor, escuchando huesos quebrándose, cuerpos descoyunturándose, cristales rompiéndose y paredes desmoronándose. No dejé de huir aunque no había montañas en las cercanías en las que pudiera ocultarme, ni sótanos, ni bibliotecas.

Sólo estaba el páramo, desde donde podía ver como el mar de leche se tragaba los restos de las construcciones una por una, sin dejar roca sobre roca.

Ignoro si soy el único testigo, no es algo que me importe.

Siento el llamado de la Diosa, Madre de todo y de todos, seno del mundo, centro de la creación, de la que emana todo amor y todo sentimiento, desde lo más profundo de mi ser. No, no desde mi entrepierna, desde algo aún más profundo.

Sé que volveré, que regresaré, a ella; sé que me ahogaré en su maternal calidez sin final, sin retorno, sin más que la inmortalidad del ser sin ser.

Creíamos que estaba loca; ahora sé que los locos éramos nosotros.

No continuaré este relato, ella me llama cada vez más intensamente. No quiero hacerla esperar por mucho más tiempo. Estos años de soledad en este páramo han sido terribles. Cuanto escribí en la arena, el viento lo ha borrado.

Ella me llama, debo ir.

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José A. García | El peor de los azotes (Cuento)

He vivido, sin grandes problemas ni sobresaltos, la mayor parte de mi vida adulta en soledad. Es cierto que habito en una casa grande, enorme dirán otros, que podría albergar a una familia numerosa, si así me lo propusiera. Pero, salvo contadas visitas ocasionales para subsanar naturales apetencias, esa soledad, de la cual no me arrepiento, continuó siendo mi predilección. Somos seres gregarios, lo sé, pero a veces debemos ser nosotros mismos, cosa que se logra en soledad.

            Y fui yo mismo por mucho tiempo. Pero, como sucede siempre que la paz y algo que podría llamarse felicidad, nos rodea, las condiciones cambiaron de modo un tanto inesperado. Siendo feliz como lo era, y encontrándome en paz conmigo mismo como lo estaba, difícil resulta argumentar que ese cambio haya sido, en modo alguno, para mejor. Más bien, y como no podía ser de otro modo, fue lo contario.

            Un leve crujir en las maderas del suelo, en el piso inferir de la casa mientras me encontraba ocupado en mis quehaceres, fue la primera señal. Golpes sordos, apagados, como cosas que caían sobre las viejas y gastadas alfombras de las habitaciones, le siguieron a los pocos días. Restos de comida donde antes no había nada y olores rancios y nauseabundos que cambiaban el aire siempre húmedo de la casa, se sumaron más tarde. Detalles que dejaron de ser aislados convirtiéndose en algo habitual e  interrumpiendo mi existencia.

El miedo que me producía en encontrar con estos cambios me llevó a dejar de vagar libremente por la casa; dudaba de cuanto veía y escuchaba. Permanecía durante horas en un mismo rincón asegurándome que todo permanecía en silencio y en la más perfecta quietud, antes de ir de un extremo al otro. Limitaba mis paseos por la casa previendo cualquier situación problemática que prefería evitar.

            Imposible negar que mi vida estaba cambiando. Los ruidos, los roces sobre el yeso de las paredes, pasos pequeños, cortos pero rápidos en las habitaciones que esperaba encontrar vacías, lograban hacer que mis nervios se estuvieran siempre a flor de piel. De aquella tranquilidad a la que me encontraba habituado apenas quedaba el recuerdo; continuar viviendo en semejante situación se volvía intolerable. Me sentía cada día más rodeado, más cercado por los ruidos, por las presencias que se intuían pero nunca se dejaban ver. Sabía que allí estaban, se hacían notar, durante el día y, para peor, también durante la noche.

            Tuve que hacerme a la idea de que había perdido mi hogar. Algo que había sabido desde el primer día, desde el primer crujir de las maderas; pero me negaba a aceptarlo, como cualquiera se negaría a aceptar una derrota sin haber presentado antes batalla. Sabía que cualquier cosa que intentara sería por demás inútil; la casa estaba infectada, desde los sótanos hasta la buhardilla en la que tanto me gustaba contemplar el atardecer. La casa había dejado de pertenecerme, debía irme, alejarme y buscar otro lugar donde pasar mis últimos años.

Cualquier confirmaría que en estos casos lo mejor es poner la mayor distancia posible entre alguien tan pequeño y solitario como yo y esa plaga tan terrible que ocupaba mi antiguo hogar. Aunque me dolía desde lo más profundo de mi ser, nada podía hacerse frente a una invasión semejante de humanos.

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José A. García | El peso de la tradición (Cuento)

—Somos seres de tradición —saludó el prelado.

            —Lo seremos por siempre —respondió el hombre sin dejar de trabajar la tierra.

            Lo había descubierto acercándose desde la distancia, a pesar de lo cual no dejó de remover la vieja pala, mellada y oxidada, que encontrara en el cobertizo del pueblo. No le preocupaba nada más.

            —¿Cómo va tu día? —preguntó el prelado.

            —Igual que los anteriores.

            —¿Cuánto has avanzado hoy?

            —Te acercas a mis tierras todos los días, casi siempre al momento del crepúsculo, y haces la misma pregunta —dijo el hombre mirando al prelado por sobre su hombro, sin girarse por completo. No era resentimiento lo que cargaba sus palabras, sino otra cosa más difícil de definir—. Intercambiamos algunas frases y luego regresas a tus libros, tus historias y tu retórica, como si nada. No me interesa que eso se transforme en nuestra tradición particular, no hagamos de una fórmula convencional para saludarse una realidad. —Clavó la pala en la tierra y se volvió—. Además, ambos sabemos que en verdad poco te importa lo que haga o deje de hacer. Lo que te preocupa es otra cosa.

            En silencio, el prelado miró los surcos de la tierra y la humedad que se evaporaba poco a poco bajo el inclemente sol de tan inusual otoño.

            —Me preocupa que algo te suceda. —Admitió.

            —Antes de que cumpla. Dilo, ambos lo sabemos.

            —Eso también es cierto. —Reconoció el prelado—. Tampoco hace falta que lo señales ni que lo hagas ver como algo tan atroz. Piensa, en cambio, que es…

            —Necesario. —Interrumpió el hombre mirando hacia los lados.

            —Cierto —respondió el prelado sin notar el tono en que se pronunciara aquella palabra.

            Ninguno dijo nada durante varios minutos. El hombre tomó nuevamente la pala, hizo un pequeño pero profundo pozo antes de arrojar una diminuta, casi invisible, semilla y volver a taparlo.

            Cuando la tierra formó un montículo sobre la semilla la mojó con un poco de agua de una cantimplora casi vacía.

            —Eso de nada servirá —dijo el prelado—, faltará más agua.

            —Ya lloverá —respondió el hombre.

            —Me gustaría comprender por qué lo haces.

            —¿Cuáles fueron tus palabras cuando me buscaste la primera vez? Y me refiero a aquella vez en la que ya todos en el pueblo sabíamos la verdad… ¿Las recuerdas?

            —Sabes muy bien que sí —respondió el prelado.

            —Aquí también lo estoy haciendo lo necesario.

            —No te entiendo.

            —Ni espero que lo hagas.

            —Podrías hacer el intento de que te comprendiera —dijo el prelado—. De ese modo quizá podría ayudarte. No tienes por qué cargar con todo ese peso sobre tus hombros.

            —Cada tarde respondo de igual manera. ¿Por qué hoy sería diferente? —dijo el hombre girándose una vez más.

            —¿Por qué esta tarde debería ser igual a las anteriores? ¿Por qué hacer de nuestros encuentros una tradición tan rígida? —preguntó el prelado sintiendo que acababa de anotarse un punto a su favor.

            Tal vez vencido por la constante insistencia, cansado por el esfuerzo de días, aburrido por la soledad de aquellas tierras tan alejadas del pueblo, o por cualquier otra razón carente de importancia, el hombre volvió a dejar la pala a un lado y se sentó en la tierra. El prelado, cuidando la pulcritud de sus ropas ya raídas y remendadas incontables veces, continuó de pie a pesar del dolor en sus piernas tras tanto caminar.

            —¿Recuerdas que te encargaste de descubrir que era el último hombre fértil del pueblo…? ¿Cuándo fue eso?

            —Hace dieciséis años, cinco meses y dos semanas —respondió el prelado.

            —¿Tanto? —Se sorprendió el hombre—. Hubiera creído que eran unos años menos… Pero no importa, más a mi favor. ¿Qué he estado haciendo desde entonces?

            —Lo sabes tan bien como yo —respondió el prelado bajando la mirada.

            —He servido a cada hembra disponible del pueblo y, por lo que he podido averiguar, también lo he hecho con alguna que no lo era a pesar de haber aclarado que no intervendría en otros lugares. Incluso en ciertos casos tuve que hacerlo en más de una ocasión. Y nunca por mi propio gusto. Ni siquiera una vez…

            —No lo diría de ese modo, no somos animales —respondió el prelado.

            —Dilo como quieras. No somos animales pero lo parecemos —dijo el hombre escupiendo en la tierra antes de agregar—. Se sentía de ese modo.

            —Debíamos asegurar la siguiente generación, eras el único capaz de entre todos los hombres que regresaron de… —no completó la frase, tampoco hacía falta.

            El sol se ocultaba con rapidez tras el horizonte en el norte lejano. Lo miraron en silencio, antes de que el hombre pudiera volver a hablar.

            —Cuando nací —dijo el hombre sin desprenderse de la pala—, mi padre plantó un paulownias, un árbol, para mí. Es una tradición ancestral de algún pueblo que ya no existe. Estoy seguro que debe de haberlo leído en algún lado, porque siempre hemos vivido aquí y esos árboles no se encontraban en la comarca antes de mi nacimiento. Ni siquiera hay una palabra en nuestro idioma para nombrarlos.

            —¿Es el árbol junto a la casa? —preguntó el prelado.

            El hombre asintió.

            —Según esa misma tradición, debía talarlo y construir algo útil para el hogar con su madera el día que me casara… Nunca me casé, claramente… En fin.

            —Todavía hay tiempo para eso, eres joven —dijo el prelado.

            —Al cuerno con ello. No puedo hacerlo, no después de todo… de todo… eso —respondió atragantándose con las palabras.

            —Comprendo —dijo el prelado.

            —¿Ah, sí? Pues qué bueno —respondió con sarcasmo.

            —Intentaba ser…

            —Eso sí que no es necesario.

            —Entonces —dijo el prelado para evitar que el diálogo muriera—, cada uno de aquellos árboles, y las semillas que te he visto plantar, son…

            —Desconozco cuántos han nacido gracias a mis… necesarios esfuerzos… —dijo el hombre mirándose las manos—. Para ellos son estos árboles. Para que crezcan como ellos, para que… —se atragantó intentando disimular un sollozo y el temblor en sus palabras—. No. Ya ni siquiera sé para qué lo hago.

            La noche había caído mientras hablaban; las nubes ocultaban la luna lo suficiente para que ninguno de los dos se entera de que tanto uno como el otro lloraba por igual.

—Somos seres de tradición —saludó el prelado a media voz comenzado a alejarse.

            —Lo seremos por siempre —respondió el hombre por lo bajo.

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José A. García (1983, Buenos Aires, Argentina), escritor, guionista de historietas, blogger, profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México, Venezuela, con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos. Cree fervientemente que el conocimiento se demuestra haciendo y no acumulando diplomas, premios y menciones como si fueran condecoraciones o títulos de nobleza. Página web personal.