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En el abismo

Arturo Santana | Microrrelatos para el atardecer (narrativa)

Tarde de limpieza

Mientras limpiaba la habitación, encontré mi cuaderno de la universidad. En las últimas hojas, había versos ñoños, apuntes sin sentido y algunos dibujos que creé cuando divagaba en plena clase.

Reí. Lloré.

Arranqué la hoja donde estaban unos nombres e hice un avión. Subí a la terraza y lo arrojé hacia el horizonte.

Esa noche oí que causó un accidente.

Nadar antes de comer

Se sentía en la cima del mundo cuando salió del agua. Aquel verano estaba yendo de maravilla: vacaciones, campamento, chicas lindas y pura diversión. Nada podía arruinarlo.

Nada.

Ni siquiera los gritos de sus amigos o sus expresiones trémulas. Tampoco los diminutos seres que succionaban su piel adolescente.

Podía quitárselos sin dolor, ¿verdad? Claro, hasta que viera el segundo miembro que le crecía debajo de la calzoneta.

Aún es temprano

Tengo sueño, pero todavía no quiero dormir. A penas son las 9:00. Mis padres están entretenidos con la película. Sé que no querrán perdérsela. Y no pienso quedarme en mi habitación, solo, con la luz apagada.

Él está molesto. Hoy vino mi prima Heidy. Estuvo casi todo el día. Eso no le gusta. La vez anterior me dijo que ella no le agrada. De hecho, la odia. Dice que, al igual que yo, esa “mocosa” lo puede ver y escuchar. Sin embargo, no baja la mirada ni le tiemblan las piernas como a mí.

Es cierto. En la tarde, noté cómo clavó sus sentidos de seis años en el ropero. Sonrió. Y en esos pequeños círculos había algo inquietante. Eran piedras, sin vida. Impenetrables. Él mencionó que le incomodan. Me lo confesó con sus enormes ojos rojos mientras me agarraba de la mano con fuerza. Me dejó su marca. Le dije a mamá que me había caído en la escuela. Se lo creyó.

Cuando él se enoja, lastima. No me atrevo a enfrentarlo. Sus enormes dientes y sus garras me hacen llorar. Una vez dijo que podría sacarme las vísceras. O peor, a mis padres.

Quizá por eso me gusta cuando Heidy viene. Él no molesta. Casi se esconde. Diría que huye. ¿Le tendrá miedo? Puede ser. Y por eso no me gusta que mi prima se vaya. Entonces él regresa, me mira con rabia y me vuelvo a caer en el recreo…

— Ya es hora de dormir, Ben.

Desde acá, en la puerta entreabierta, puedo ver ese brillo en su rostro. Sonríe, como no pudo hacerlo horas atrás. Heidy, por favor, regresa. Aún es temprano para dormir.

Muerte sobre lienzo

Michael salió de la galería muy satisfecho. El rostro de la mujer, una mezcla entre admiración y asco, le pareció el mejor halago del mundo. Incluso más que sus palabras o que aceptara aquellos torsos desnudos y cercenados.

— Hasta puedo oler la sangre— dijo ella con una sonrisa forzada.

“Fue muy difícil que permanecieran quietos. ¿Quién diría que la sangre puede crear tonos espectaculares?”, pensó él, recordando que debía limpiar el sótano.

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Ecos de un caballito del diablo

Aída Chacón| Hacia la abolición de las navidades (Ensayo breve)

Aída Chacón. Ensayo brevísimo.

Charlando sobre las costumbres familiares que resultan claramente un pesar, unas amigas y yo concluimos que la Navidad debería abolirse. Las razones son variadas, según Coral Herrera hay una carga emocional fortísima en la educación que recibimos las mujeres, toda ella aún en estos tiempos, dirigida hacia el control de nuestros cuerpos y emociones, de la esclavización de las ideas a través del cuerpo.

En los últimos años, detenerme a pensar sobre las implicaciones de las reuniones familiares que se organizan para la Navidad se ha vuelto un ejercicio cotidiano. ¿Por qué si no soy creyente me enfrasco en la elaboración de un banquete?, ¿qué es aquello que me empuja a continuar complaciendo los festejos? La respuesta es, creo ahora, la culpa. De nuevo me queda claro el control emocional que menciona Coral Herrera. La encrucijada aparente está en celebrar o dividir a la familia, pero en México, ¿qué es la familia? Quizá estas disertaciones tienen su origen en las horas que demanda la preparación de la cena navideña y que me fueron impuestas desde la infancia.

Desde siempre la familia se reunía para las fiestas decembrinas. Se cocinaban varios platillos muy elaborados, había postre, ensalada, puré de papas, pastel y bebidas de sabores. La preparación comenzaba con la realización de la lista de compras, luego seguía la peregrinación al supermercado y demás lugares para surtirla. Como cada año, el día de nochebuena se acaba en hacer las filas para pagar las cuentas en el súper y en las abarroteras. Luego de aquello, el camino a casa con las bolsas repletas de ingredientes tampoco era cosa fácil. Caminar por las calles del centro del pueblo hacia la casa, esquivando a la gente enfrascada en el frenesí de las compras navideñas, todavía nos tomaba un tiempo más. Ya en la cocina iniciaba la preparación: lavar las frutas, las latas, empezar a picar las verduras, poner a cocer la carne, preparar los aderezos…

Además de aquella faena había que limpiar la casa, arreglarla para la ocasión: barrer, trapear, adornar, sacar los manteles, los platos más bonitos, hacer espacio para más gente que de costumbre en el comedor, todo esto sin descuidar la sazón ni por un instante. Terminábamos hasta casi la media noche, cuando era urgente y muy necesario correr a darse un regaderazo rápido, sacar el ajuar de fiesta y “darse una manita de gato” para esconder el cansancio de la esclavitud festiva.

Ya en la mesa, a punto de empezar a servir la cena y con todos los comensales reunidos peleándose, lanzando indirectas, algunos ebrios ya, siempre me preguntaba por qué nos sometíamos a tanto trabajo y cansancio si el espejismo del amor y la unidad era tan efímero.

Ahora que los años me permiten analizar aquellos momentos me doy cuenta de que lo único que mantiene vivas esas traumáticas tradiciones, es el autosometimiento que algunas mujeres hemos repetido una y otra vez para continuar con ellas. Quizá la liberad y el goce sean posibles cuando se acaben las navidades que conocemos desde la infancia, con las que crecimos; esas que romantizan el cansancio y el abuso para el disfrute de unos cuantos. El disfrute de las fiestas decembrinas llegará cuando lo importante sea el descanso o romper con la rutina del ajetreo cotidiano y el cansancio extremo; cuando nos neguemos a cocinar durante horas y a adornar la casa para reunirnos con la familia… cuando olvidemos los performances sobre cenas sofisticadas y de gala, cuando dejemos de venerar la ilusión de la familia.

Fotografía: Claudio Sotolongo, Cuba. Exhibida en la Galería virtual La Nave.

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Proyecto Azúcar

José A. García | La tan ansiada hospitalidad (Cuento)

Si se detuviera a pensar en el tiempo que llevaba recorriendo aquel camino le sería imposible decir cuándo había comenzado. Tampoco podría decir hacia dónde se dirigía. El calor que azotaba la rala vegetación golpeaba de lleno contra su cuerpo; el polvo que se levantaba a cada paso lo envolvía como una nube metiéndose en la nariz y en la boca, secándosela, recordándole la sed que no dejaba de perseguirlo.

Apenas podía sentir la lengua debajo de la capa de tierra que se adhería a la poca humedad que perduraba en ella. Sus ropas eran grises por ese mismo polvo, tan fino y volátil como las cenizas; sentía como penetraba en cada poro de su piel, en los bolsillos de su desgastada ropa, entre su cabello descuidado y crecido, así como en la barba de varios días.

El cansancio volvía torpe sus movimientos y lentas sus reacciones.

Necesitaba agua para aplacar tan atroz sed, necesitaba un descanso para recuperar las sensaciones de su cuerpo, necesitaba comida para continuar.

Como una cicatriz que señala la existencia de una antigua herida, el camino continuaba hasta donde era posible ver. Incluso parecía extenderse del otro lado del horizonte. Pero el cansancio era tanto que apenas sí pudo dar un paso más antes de caer desvanecido en medio del camino sin atender al lugar en el que se encontraba.

Sin forma de saber cuánto tiempo había quedado inconciente, sin poder recordar qué hacía allí, por qué resultaba tan importante continuar adelante o por qué, de manera imprevista en medio de tanta desolación, una sombra cubría su cuerpo.

Giró, a duras penas, la cabeza y se encontró con un ciprés que marcaba el inicio de un camino lateral. El recuerdo de las viejas tradiciones revivió su cansado cuerpo, sus exhaustas energías y la voluntad de ingresar en aquella finca.

Incorporar le resultó en extremo difícil. Sentía los brazos y las piernas pesados, como si cada uno de los músculos que los componían hubiera perdido movilidad, elasticidad y la capacidad de sostenerlo. Las rodillas crujían cada vez que daba un paso; los tobillos apenas resistían su peso.

Unos metros después del primer ciprés, se encontró un segundo árbol idéntico al anterior. Aquel descubrimiento le devolvió parte del ímpetu que sintiera antes de desvanecerse; sentía que recuperaba la motivación necesaria para continuar. Pero fue al descubrir el tercer ciprés que sus energías se revivieron por completo, junto con la visión, aún a lo lejos, del techo de la finca a la que conducía aquel camino. Pensó en correr la distancia que aún lo separaba de aquel lugar; pero incluso con las nuevas fuerzas que sentía, piernas y brazos continuaban igual de pesados y cansados que al despertar.

Descubrir un cuarto árbol, en perfecta línea con los anteriores, un quinto luego de ese y más adelante un sexto, hasta completar el camino hacia la casa lo hizo dudar de  cuanto sucedía. Las tradiciones tenían su límite, el resto quedaba a la voluntad de cada uno el creer o no, pero era necesario conservar una cierta cuota de veracidad. Con cada paso que daba, el camino se tornaba menos abandonado, incluso crecía algo de césped, aunque descuidado, junto a los árboles, algo que no había encontrado antes en su caminar.

Continuó avanzando lentamente sin recuperar el completo funcionamiento de sus piernas, por lo que cada paso se transformaba en un dolor imposible de describir con palabras. Ni con gestos, ni exclamaciones, ni siquiera con los gemidos que solo aquellos que sufren las peores aflicciones pueden proferir. En silencio continuó sufriendo como lo había hecho siempre, como desde pequeño se le enseñara que debía ser.

Finalmente alcanzó la puerta y llamó con tres leves golpes que quebraron el silencio.

Tanto demoró la atención de su llamado que comenzaba a creer que no habría nadie allí cuando la puerta se abrió sin hacer ruido.

—Solicito derechos de hospitalidad —dijo bajando la cabeza y sin mirar a quien abriera—, mis piernas no me responden de la manera adecuada para postrarme frente al señor de tan bella finca —completó.

La nueva respuesta se demoró en llegar casi tanto como la anterior. Sabía que no podía levantar la mirada hasta que la puerta fuera abierta de par en par, y solamente entonces podría ingresar y solicitar comida, un sitio donde sentarse, y quizás algo más. La sucesión de cipreses similares lo habían confundido.

Le permitieron ingresar, sentarse y comer hasta saciarse con la comida ofrecida; pero, luego del polvo del camino y la pérdida de sensibilidad en su boca y lengua, sabía tan desabrido como la nada misma.

Luego de la comida, luego de beber el agua suficiente para quitarse el regusto del polvo del camino, sintiendo algo similar a la comodidad, recordó la duda que lo atenazara al llegar allí.

—No tengo palabras suficientes para agradecer la hospitalidad de tan bien dispuesto anfitrión. Si me permite, en cambio, tal vez pueda usted, responder una duda que se despertó en mí al ingresar a su finca —dijo contemplando el camino por la puerta que había quedado abierta.

Miró a los ojos al inesperado anfitrión, recorrió cada detalle de su rostro durante el tiempo en que se encontró allí dentro y, aún así, sería incapaz de decir nada sobre él. Por más que los mirara, aquellos rasgos no quedaban en su memoria; tan pronto como apartaba la mirada los olvidaba y debía volver a mirar lo que creía ya conocer. La luz allí dentro resultaba más extraña, ominosa, irreal, que bajo el inexorable sol exterior.

Entendió el silencio como una invitación a continuar, ya que de no haber querido hablar, una sola palabra hubiera sido más que suficiente para detenerlo.

—En mi pueblo teníamos una vieja tradición sobre la hospitalidad. En ella se dice que el viajero que encuentra un ciprés en la entrada de cualquier finca, sabe que hallará allí un plato de comida disponible. Si hay dos cipreses el viajero recibirá ese plato de comida en la misma mesa que su anfitrión, en señal de respeto mutuo. Si, en cambio, encuentra tres cipreses, además de la comida el viajero podrá solicitar un lugar donde pasar la noche.

Nuevamente el silencio le invitó a continuar hablando, con la seguridad de quien no incurre con sus palabras en falta alguna.

—En tres acaba la numeración. La hospitalidad no avanza más allá de esas pequeñas ayudas. En su camino he visto mucho más que tres cipreses. Eso me lleva pensar que esta finca bien podría ser otra cosa, ya que el único otro lugar en donde deliberadamente se encuentran esos árboles es en los… —se detuvo al darse cuenta la insolencia que estaba a punto de cometer frente a quien respondiera de manera tan conspicua su pedido de ayuda.

—En un camposanto —completó el anfitrión. Su voz resonó con una fuerza inaudita en aquel lugar, como si el sonido de sus palabras reverberara al chocar con cada objeto del interior de aquella estancia, incluso a pesar de que la puerta continuaba abierta de par en par.

—No pretendía decir eso —comenzó a excusarse ante su anfitrión e improvisando una reverencia en señal de disculpas.

—Uno al que las almas de quienes ansían continuar con sus vidas, siempre acaban por llegar… —agregó el anfitrión sin atender a últimas las palabras del recién llegado y cerrando, con el sordo ruido del chocar de madera contra madera, como el cierre definitivo de un ataúd, la puerta.

Imagen tomada de: https://www.freepik.es

José A. García (1983, Buenos Aires, Argentina), escritor, guionista de historietas, blogger, profesor de historia. Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México, Venezuela, con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos. Cree fervientemente que el conocimiento se demuestra haciendo y no acumulando diplomas, premios y menciones como si fueran condecoraciones o títulos de nobleza. Página web personal.

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Hombre contra el mar Narrativa

El Jardín de Eva

Yace ahí, fría, como las antiguas mañanas decembrinas, vestida con un traje blanco y sus manos entrelazadas en su estómago el recuerdo de mí Evita. No me queda más que besar sus mejillas pomposas y ruborizadas que no perdieron ese colorcito de mujer tímida y enamorada aun postrada en aquella cama de sábanas blancas.

– Evita, han venido a verte – le susurré al oído mientras le ponía en su cabeza una corona de rosas frescas, que al besarle sus labios pálidos se convirtió en hermosos dientes de león que volaron como los pájaros, dejándole sus cabellos teñidos de blanco como la nieve inexistente – Despierta, querida, despierta – le dije.

Recuerdo a Evita en su jardín, continuo al patio de nuestra casa, con su cabello corto, castaño y ondulado; vestida con trajes de diferentes colores y hechuras, floreciendo como sus rosas una vez terminado el invierno. Mantenía en una de sus orejas una azucena y corría como niña pequeña por toda la amplitud verde y boscosa, haciéndome muecas que consideraba patéticas y a veces seduciéndome como adolescente curiosa. Su aroma era fresco y mañanero, su sudor cálido como las aguas de un lago.

Y ahí estaba yo, mirándola desde lejos mientras comía frutas, o con un periódico en la mano hasta que cierto día cayó.

– Evita, háblame – le dije.

Y el hilo de sangre que salió de su nariz se deslizó generoso hasta su barbilla, mientras una nube oscura cubrió el color de sus ojos, la misma que regresó con un potente trueno cuando Eva estaba postrada en una cama de pétalos, siempre hermosa; rodeada de lo que a ella le gustaba: de toda clase de flores.

Amigos y familiares le observaban, pero ninguno, ¡ninguno! la observó como yo, ni siquiera su madre a quien tanto odié por despreciar la sensualidad que mi Eva emanaba hasta por la mirada.

– Augusto – dijo la mujer a mi lado – Lo lamento más por ti que por mí. Lo peor que le pudo pasar a Eva es que le crecieran las caderas, fue eso y su bondad lo que hizo que muchos hombres me dejaran sentada en el sofá como una viuda ridícula. La verdad es que nunca pude ser como ella y me arrepiento haberlo intentado cierto día. Imagínate, tanta belleza y no la salvó de nada, mientras yo, por muy fea y amargada que esté, sigo viviendo y haciéndome más fuerte. Que Diosito te bendiga y te dé la resignación que necesitas, Augustito.

– Y a usted que Dios le dé el perdón, doña Eva.

Yace ahí mi Eva, mi E- VI-TA, mujer que da vida.

Sé que se pasea amorosa por este jardín en las madrugadas, siempre encuentro café hecho por la mañana y escucho la radio encendida en la sala. Como ya habrá visto, la casa sigue siendo azul a pesar que la pintura de las paredes se está cayendo, he dejado que crezca el césped y probablemente eso le causa cierto desgano, además de las manzanas podridas y los mangos que han caído de los árboles debido a las últimas tormentas.

La cruz que tiene plasmado su nombre continúa aquí. El pasado noviembre la adorné con gallardetes y frutas, la barnicé y la perfumé un poco, dejé caer la colilla de mi cigarro para que sintiera mi olor; recuerdo que un pequeño ramaje está creciendo a sus pies.

– Evita, ¿qué será de mi mañana?, ¿existe la posibilidad de acompañarte en este viaje a lo desconocido? Sigo siendo miedoso, pero he tenido días difíciles. ¿Por qué siempre que te veo a través de la ventana te quedas allá, lejos como un lucero, y entras a la casa mientas duermo? Háblame a través de mis sueños, cuéntame que se siente dejar el infierno, ¿has visto a Dios?, ¿has visto a los ángeles?, ¿has cantado con ellos? Como lo hiciste cuando estuve enfermo y postrado en cama sin tener si quiera la fuerza para acariciarte el cuerpo con la yema de mis dedos. Bésame, Eva, sólo una vez más, como lo hiciste en aquella eterna madrugada de febrero, déjame sentirte en mi pecho para enredar mis manos en tus cabellos, para decirte cuánto te quiero.

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Ecos de un caballito del diablo Literarias Narrativa

Aída Chacón| Retorno al sureste [I] (Crónica)

[Sabores]

Regresar a casa siempre resulta complicado para mí. Siempre me pregunto a cuál de todos los sitios en que he habitado, podría llamar “hogar”. ¿Cuál es mi casa?, ¿la del recuerdo?, ¿la que ya no existe?, ¿la que construí en la ciudad?, ¿la que extraño cerca del malecón habanero? En esta introspección me topé con un artículo donde entrevistan a Raquel Torres, antropóloga y cocinera veracruzana. Ella sostiene que es posible saber de las raíces simplemente recordando aquello que se comía en la infancia; eso que resulta tan cotidiano que pocas veces se toma en cuenta.

Y yo, ¿qué comía en la infancia? El recorrido por la memoria me impulsó a la escritura. La comida de mi infancia estuvo cerrada a la del contexto por un largo tiempo. Crecí en un pueblito veracruzano pero con familia de tierras frías. Ellos [nosotros] migraron buscando otras formas de vida. Se apuntalaron en una casa cerrada a la gente, a la calle, al contexto. Ni mi madre ni mis tías acostumbraban a sacar una mecedora al umbral de la puerta o la banqueta para contemplar la tarde, para escapar del calor enloquecido de hasta 50° en verano. No aprendí a caminar descalza en la tierra, tampoco a andar en camiseta y calzones para sentirme fresca. Aún con esto sí aprendí a hablar fuerte (“a gritos” como dicen en la ciudad), a decir palabrotas como parte del vocabulario cotidiano, a comer lo que había cerca, lo que lograba entrar a casa, lo que probé en las casas de mis amigos, lo que se compraba en el mercado. Lo que se cocinaba en donde yo sentía era mi tierra.

De allá recuerdo las empanadas de queso y plátano, los bollitos deliciosos, los tamales de acuyo aromático que crecía desenfrenado en el patio de la casa. Las enmoladas de un mole que jamás picaba, los plátanos machos para el desayuno, el tesmole de pollo y sus cazuelitas de maíz. El queso fresco, las picaditas de salsa, las cabecitas de perro, las ciruelas con chile, el olor de los nanches, los frijoles con plátano, los puritos con queso, los pambazos blancos.

El hogar de la infancia tiene una herencia culinaria insospechada, fincada en las raíces afro del estado; pensarlas tan solo me dejan ver las formas en las que he aprendido a cocinar: sin recetas, sazonando con la experiencia, con el don de la “buena mano”; porque yo nací con ella: la comida nunca se me sala, siempre sabe bien, nunca es la misma receta, algo hay que va cambiando cada día, las cantidades son todas, un misterio. Y jamás la pruebo antes de servirla.

Entonces, mi casa está en la herencia gastronómica que tengo, la que se instaura acá, en la ciudad, la que se vuelve un éxito con los paladares defeños que prueban en casa mis inventos. La que me regresa a la infancia en cualquier descuido y me hace disfrutarla como si estuviera en un tiempo y en un lugar indeterminados. La que adoptado con el tiempo en los demás hogares que he tenido.

El estilo culinario de la ciudad en la que vivo no es mi favorito; me asomo de cuando en cuando a los sabores y algunos llegan a mi cocina con algunas modificaciones, con herencias de la infancia. Me doy cuenta de que ahora mi casa está con la puerta entreabierta, un poco como hace años las de mis tías y mi madre estaban cerradas porque se aferraron al recuerdo de su tierra, a sus costumbres, al acento de su hablar. ¿Qué queda cuando el hogar está en el pasado? Los recuerdos y la configuración de hogares nuevos, con más sabores, con más aromas, con raíces más anchas y profundas.

Pambazos preparados estilo Tierra Blanca, Ver. Foto y preparación: @yllak

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Textos de la triste bahía

Fuego y carne, símbolos del poder | Comentarios sobre El señor de las moscas

—¡Qué ilusión, pensar que la Fiera era algo que se podía cazar, matar! —dijo la cabeza. Durante unos momentos, el bosque y todos los demás lugares apenas discernibles resonaron con la parodia de una risa—. Tú lo sabías, ¿verdad? Que soy parte de ti. ¡Caliente, caliente, caliente! ¿Que soy la causa de que todo salga mal? ¿De que las cosas sean como son?

El Señor de las Moscas, capítulo 8, Ofrenda a las tinieblas.

Quizás, desde los inicios de la civilización, el concepto del poder nunca giró alrededor de la idea de la posibilidad, sino de la posesión.

Sin gran protocolo, Golding ubica a un puñado de niños víctimas de un accidente aéreo en medio de una isla desierta que aspira a convertirse en hogar. Digo aspira, porque cualquier intento de civilización no será más que eso, un intento. La isla posee tantas cualidades paradisíacas como hostiles. Desde un principio, la novela se consolida como un terreno dual: sus personajes, sus símbolos, sus escenarios… una constante que pondrá en evidencia dos de las mil caras del mundo: la razón, representada por el fuego, la luz; y la ambición por el poder, representada por la carne, la fuerza, la violencia, Con esto no quiero decir que el poder y la razón sean conceptos antagónicos, pero a menudo pienso que la naturaleza humana no busca a priori que estos coexistan o que uno sea consecuencia del otro. Esto último, no voy a engañar, es divagación.

Los niños más grandes buscan establecer un gobierno práctico ante lo que es incierto: el rescate, y que es sostenido por la esperanza. Mientras esto sucede, surgen otras necesidades, como la comida y el refugio. Sin embargo, a medida que todo avanza, la dualidad impera nuevamente, los intereses se bifurcan y de pronto la idea del rescate se ve trastocada por el deseo de carne. Este ideal no es más que la representación de la fuerza. La preocupación real del líder de los cazadores, quien luego será el jefe de los salvajes, es la de demostrar que es capaz de matar, que es él quien debería ser el jefe de la isla, pues es fuerte, provee alimentos y no conoce el miedo. Con su ambición se concreta el antagonismo. Por un lado tenemos a Ralph, elegido democráticamente, emplea una caracola como símbolo de esa democracia: tiene voz quien tiene la caracola. Del otro lado se encuentra Jack, la fuerza y la brutalidad: tiene valor quien es capaz de matar.

Ahora bien, la intención de esto no es hacer un resumen de la obra, sino desahogar la experiencia.

En cierta forma, Golding nos acostumbra a un ritmo lento. Tanto las descripciones como los hechos son desarrollados con calma, sin tiempo, de la misma forma que no existe el tiempo concreto en la obra, ni horas ni semanas, que es otro símbolo de la civilización, del orden. Existen el día y la noche, no más. Ese ritmo, engañosamente, podría ser una constante, hasta que, intempestivamente, todo explota, todo se incendia. A la lista de símbolos, entonces, me atrevería a añadir la estructura en sí la novela. Todos los hechos están acomodados de una forma tan cuidadosa y paciente y que repentinamente estallan y nos sumergen en un trance violento, en una persecución. Yo lo veo como la hoguera que estalla agresiva.

Cuando todos los elementos se colocaron, el rescate se vuelve un anhelo olvidado. El deseo ahora es el poder, es el dominio. En ese momento se crean dos tribus, la de los racionales, conformada inicialmente por la mayoría de niños, y la de los salvajes, conformada inicialmente por una persona, Jack. A medida que avanza el tiempo, la cantidad de los bandos se intercambia, pues la mayoría de niños se ven atraídos por la fuerza, por la carne, por, digámoslo de una forma, la posibilidad de ser brutales e impunes. El nuevo símbolo que emerge, pues, es la máscara.

Para mí, este es el punto de inflexión. Descubren que la vergüenza no existe cuando se cubren el rostro. A partir de entonces se tornan violentos y sanguinarios. La máscara les da la posibilidad de no ser ellos, de obviar los códigos éticos y morales que poseían antes de accidentarse, en la civilización, ante sus padres, ante la sociedad sólida. Eso antes de saberse dueños de una isla solo para ellos. Lo que me hace pensar nuevamente en el motor del poder, en la verdadera intención de quienes aspiran a él.

Cuando el inconveniente de la vergüenza se ve solventado con la máscara, matan, y lo hacen sin remordimiento. Más que la carne, el verdadero alimento de los salvajes de Golding es la sangre, es ver que su fuerza está por encima de cualquier ente vivo. En ese momento, después de la sangre, el único atisbo de civilización es Ralph. quien es una representación de los códigos morales con los que habían vivido apenas un instante antes de que el avión se desplomara. Lo único que podían hacer ya, pues, era matarlo, pues era también el recuerdo de todo lo que habían perdido al haberse accidentado. En el deseo de Ralph por ser rescatados estaba encomendado el calor, el hogar, el afecto, y tanto más. Los salvajes, a la vez que estaban ciegos por el poder y por la sangre, estaban resignados. No pensaban más en el mundo que habían perdido.

Aquí, la sensación de persecución y desquicio alcanzan el punto más alto. Ralph huye de una horda enfurecida y ansiosa por matarlo. Nada los detiene, y el fuego es un arma más para saciar ese deseo. Incluso el símbolo de la razón, su mayor obsesión, se vuelve en su contra. Todo a su alrededor arde. Y uno como lector se pregunta ¿qué caso tiene para Ralph seguir vivo? Es el único cuerdo en una isla desierta y en llamas. La brutalidad y el hambre imperan. Los únicos niños que podían ser un soporte racional estaban muertos y el resto solo busca sangre. Tanto que sentir y tampoco nosotros somos capaces de ver un final, también nosotros nos olvidamos del anhelo primario: el rescate.

Cuando todo apunta a ser una feria de sangre y vísceras, el final del final, bum, todo se detiene. Intempestivamente, de nuevo, todo se detiene. El rescate llegó. Y la excitación, fruto de la narración desbocada, en la cúspide. Fue tanto, que olvidamos ya el momento en el que eso cambió y dejó de ser una sucesión cuidadosa de hechos y descripciones. Nosotros también fuimos parte el trance y no nos dimos cuenta. También nos pusimos una máscara, también pudimos haber asesinado a Simon y a Piggy. También nos olvidamos del rescate.

En menos de tres líneas todo se detiene, y nos bajamos del trance. De vuelta a la civilización. Llega uno, por momentos, a sentirse burlado. Duda uno de cuánto de lo leído fue percibido de una forma lúcida y mesurada, o si la narración nos llevó a extremos, a exagerar un mero juego de niños, o a minimizar actos de barbarie. Uno, a esas alturas, tampoco se sabe.

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Círculo de lectores Narrativa Nuestra memoria

Giovanni Papini | La ciudad abandonada

Tien-Tsin, 13 diciembre

Relato originalmente publicado en Gog (1931).

La ciudad más maravillosa que he visto en toda el Asia es sin duda alguna aquella que descubrí, una noche de octubre, al oriente de Khamil, en pleno desierto.

La caravana de camellos reunida con gran trabajo en Turfan, era demasiado lenta para un hombre habituado, en América y Europa, a la rapidez de los trenes de lujo. Además, los conductores mongoles de camellos se me habían hecho odiosos en las tres etapas, durante las cuales había tenido que dominarme para no fustigar a los más desaprensivos. Al llegar a Khamil, con la excusa de hacer nuevas provisiones, parecía que ya no se querían mover de allí. Desesperado al verme detenido en aquella puerca ciudad donde no tenía nada que hacer ni que ver, pregunté al jefe de los sirvientes, Ghitaj, si era posible marchar adelante a caballo, para esperar a la caravana en pleno desierto.

A la mañana siguiente dejamos la repugnante Khamil montados en dos caballos peludos y pequeños, pero rapidísimos, y corrimos hacia el Este.

El aire era frío, pero sereno. La pista se alargaba casi recta entre la hierba corta y dura de la inmensa estepa. Cabalgamos muchas horas en silencio, sin encontrar alma viviente. Al recuesto de una duna arenosa hicimos alto para comer el carnero asado que llevábamos. Ghitaj consiguió hacer un poco de fuego con las malezas y me ofreció la bebida famosa de los mongoles: el té con manteca fundida. Los caballos pacían bajo el sol blanco. Reanudamos la carrera hasta el crepúsculo. Ghitaj decía que junto al camino debíamos encontrar un campamento de pastores de caballos. Pero no se descubría ninguna humareda en parte alguna del horizonte. En el crepúsculo, todavía límpido, se distinguía aún la pista. Una luna casi llena se elevó, a Levante, sobre la línea de la llanura.

Los caballos ya daban señales de cansancio. No podía hacerse nada más que seguir. Volver a Khamil significaba deshacer todo el camino que habíamos hecho, es decir, cabalgar durante toda la noche. Ghitaj continuaba espiando en la polvareda blancuzca de la inmensidad una señal del campamento, que según él, debía hallarse cercano. La luna se había elevado y los caballos relinchaban; se levantó el viento gélido de la noche, no contenido por los montes ni por las plantas. De cuando en cuando, Ghitaj se detenía para escuchar y para beber algún sorbo de vodka. Ninguna tienda, ningún rumor, ninguna voz. Miré el reloj: eran las diez. Hacía dieciséis horas que cabalgábamos. Los caballos marchaban al paso y temíamos que, de un momento a otro, se tendiesen en el suelo, agotados.

De pronto se levantó ante nosotros, a una media milla, una larga sombra alta, maciza, rectilínea. Ghitaj no supo decirme de qué se trataba. En algunos puntos la sombra se elevaba recta, como una torre. Conforme nos acercábamos, más seguro me parecía que se trataba de las murallas de una ciudad. Ghitaj, más taciturno que de costumbre, no respondía a mis preguntas.

No me equivocaba. En la blancura velada de la luna otoñal, se alzaba ante nosotros la cinta inmensa de una alta muralla, con sus redondas atalayas. ¡Una ciudad!

Me sentí feliz. Aquellas murallas significaban un cobijo, un albergue, una cama, la salvación. Pero Ghitaj permanecía siempre callado y no me pareció muy satisfecho de hallarse allí. Le pregunté el nombre de la ciudad, pero no quiso decírmelo.

—Es mejor no entrar —me dijo de pronto.

No comprendí. Había llegado ante una puerta altísima, de vieja madera, constelada de grandes clavos de hierro. Se hallaba cerrada. Golpeé con la culata del fusil. Nadie contestó. Ghitaj se había apeado del caballo y permanecía de pie, meditabundo.

Viendo que nadie abría, pensé en dar la vuelta a la muralla para encontrar otra puerta. A una media milla, entre dos torres, se abría una vasta bóveda vacía, especie de boca de un agujero. Entré allí dentro, pero después de haber dado unos veinte pasos el caballo se paró. En el fondo del arco aparecía una puerta cerrada. Mis golpes quedaron sin contestación. No se oía ningún rumor más allá de los batientes gigantescos.

Salí de nuevo para continuar la vuelta al recinto. Las murallas se alzaban siempre altas, vetustas, desiguales, hoscas, como una escollera que no tuviese fin. A poca distancia de la puerta grande se abría una poterna poco aparente, pero visible, porque sobre ella aparecían esculturas de mármol ennegrecido: me parecieron, a la luz contusa de la luna, dos serpientes antropocéfalas que se besasen. Estaba cerrada como la otra, pero haciendo fuerza parecía que cediese. Ordené a Ghitaj que me ayudase. A fuerza de golpes de hombro los dos batientes de madera podrida se desencajaron y resquebrajaron.

Pero Ghitaj no quiso entrar conmigo. No le había visto nunca tan abatido. Se tendió en el suelo, con la cabeza apoyada en la muralla, y sacó una especie de rosario.

—Ghitaj espera aquí —dijo—. Ghitaj no entra. Usted no debería entrar.

No le escuchaba. Mi caballo estaba cansado, pero parecía que la proximidad de aquellas construcciones le había dado nuevo vigor. Entré en un laberinto de calles estrechas, desiertas, silenciosas. Ninguna luz en las puertas, en las ventanas: ninguna voz, ningún signo de vida. Todas las salidas estaban cerradas. Las casas eran bajas y, a lo que me pareció, pobres y de deplorable aspecto.

Llegué a una plaza vasta, inundada por la luz de la luna. Alrededor me pareció percibir una corona de figuras, demasiado grandes para ser hombres. Al acercarme vi que eran estatuas de piedra, de animales. Reconocí el león, el camello, el caballo, un dragón.

Las casas eran más altas y más majestuosas, pero cerradas y mudas como las otras que había visto antes. Probé de llamar a las puertas, de gritar. Ninguna puerta se abría, nadie respondía. Ni el rumor de un paso humano, ni el ladrido de un perro, ni el relinchar de un caballo, rompían aquella taciturna alucinación… Recorrí otras calles, desemboqué en otras plazas: la ciudad era, o me lo pareció, grandísima. En un torreón que se alzaba en medio de un inmenso claustro me pareció columbrar un resplandor de luces. Me detuve para contemplar. Un batir de alas me hizo comprender que se trataba de una bandada de aves nocturnas. Ningún otro ser viviente parecía habitar la ciudad. En una calle vi algo que blanqueaba en un pórtico. Me apeé del caballo y a la luz de mi lámpara eléctrica reconocí los esqueletos de tres perros, todavía unidos al muro por tres cadenas oxidadas.

No se oía en la ciudad desierta más que el eco de las cansadas pisadas de mi caballo. Todas las calles estaban embaldosadas, pero, según me pareció, crecía muy poca hierba entre piedra y piedra. La ciudad parecía abandonada desde hacía pocas semanas, o, todo lo más, desde pocos meses. Las construcciones se hallaban intactas; las ventanas de postigos barnizados de rojo, cuidadosamente cerradas; las puertas, apuntaladas y atrancadas. No se podía pensar en un incendio, en un terremoto, en una matanza. Todo aparecía intacto, pulido, ordenado, como si todos los habitantes se hubiesen marchado juntos, por una decisión unánime, con calma, a la misma hora. Deserción en masa, no destrucción ni fuga. Encontré de pronto en el suelo un jubón de mujer y un saquito con algunas monedas de cobre. Si me detenía de pronto para escuchar, no oía más que el roer de las carcomas o el escarbar de los topos.

Cabalgaba por las rayas geométricas que formaba la luna entre las sombras desiguales de las construcciones. Llegué a un palacio, enorme, de ladrillo, que tenía el aspecto de una fortaleza y había sido, tal vez, un alcázar o una prisión. En el portal mayor, dos colosos de bronce, dos guerreros cubiertos de armaduras mohosas, dominaban como centinelas de los siglos muertos, mirándose fieramente desde el fondo de sus cuencas vacías.

Y entonces comencé a sentir el horror de aquella ciudad espectral, abandonada por los hombres, desierta en medio del desierto. Bajo la luna, en aquel dédalo de callejones y de plazas habitadas únicamente por el viento, me sentí espantosamente solo, infinitamente extranjero, irrevocablemente lejano de mi gente, casi fuera del tiempo y de la vida. Me sentía sacudido por un escalofrío, tal vez de cansancio y de hambre, tal vez de espanto. El caballo caminaba ahora muy lentamente, con el belfo hacia el suelo, y de cuando en cuando se detenía y temblaba.

Conseguí, por fortuna, encontrar la poterna por donde había entrado. Ghitaj, envuelto en la pelliza, dormitaba. A la madrugada divisamos una humareda lejana: era el campamento que creíamos poder encontrar la pasada noche. Mi caravana llegó dos días después.

Nadie, en toda la Mongolia, ha querido decirme el nombre de la ciudad deshabitada. Pero con frecuencia, en Tokio, en San Francisco, en Berlín, vuelvo a verla como un sueño terrorífico, del cual, tal vez no se desearía despertar. Y me siento punzado por la nostalgia, por un gran deseo de volverla a ver.


Giovanni Papini, (Florencia, 1881 – 1956) Escritor y poeta italiano. Fue uno de los animadores más activos de la renovación cultural y literaria que se produjo en su país a principios del siglo XX, destacando por su desenvoltura a la hora de abordar argumentos de crítica literaria y de filosofía, de religión y de política.


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Francisco Alejandro Méndez | Míster Winston

1

Natalia respondió con una afirmación y con plena seguridad a todas sus preguntas. Tras analizar su currículum, el gerente administrativo le sonrió atravesando sus negros ojos con un dejo de malicia. Le estrechó la mano y le brindó la cálida bienvenida. Con esa sonrisa equina de hombre de negocios le expresaba que a partir de ese momento formaba parte de la familia: una prestigiosa empresa de localizadores con innovaciones en todo el mercado centroamericano.

Ella era una muchacha soltera, pero con la intención de formar en un futuro no muy lejano un hogar con su novio, Joaquín, un universitario que repetía por segunda vez el primer semestre de zootecnia en la Universidad Nacional.

Por supuesto que en el cuestionario contestó que sí, cuando le preguntaron si estaba segura que en los próximos tres años no tendría hijos. Su madre le enseñó desde pequeña que las mentiras piadosas tienen vigencia. El padre, que la abandonó cuando su cuerpo se estremecía en el primer día de su adolescencia, la conminó siempre a mentir cuando se tratara del honor, prestigio y solvencia de la familia.  

Sin embargo, esa tarde, cuando tiñó de rojo el centro de las sábanas de su cama, supo por palabras de su madre, que Papi no regresaría más a la casa. Nunca le guardó rencor a pesar de que su madre insistía en que era un malparido, que se marchó con una muchacha que sin cumplir los 18 años llevaba en su vientre, lo que sería siete meses más tarde, un hermano solo de parte de Papi, como le explicaba entonces a las compañeras de clases.

A Natalia ese recuerdo la abordó cuando colocó una X en el inciso A, donde le preguntaban si tenía cargas familiares: 1, un hermanastro, aclaraba.

Cuando su padre abandonó a Yamilet, la madre de su medio hermano, esta vez en un barco bananero con destino a Miami, Natalia suplicó a su madre para que se quedaran con él, quien recién había cumplido 8 años. Yamilet lo llegó a ofrecer por no más de trescientos dólares. Había tomado la determinación de viajar, primero a Guatemala, donde le ofrecieron trabajar en un prostíbulo, luego a México con destino directo a Tijuana, donde estaría a un paso de San Diego, la puerta que recibe a todos aquellos que quieren subirse al tren del American Dream.

2

Le correspondió el turno nocturno en la oficina. Así le sucede a las nuevas, le explicó Olga. Ella fue la que le ofreció el rápido curso de inducción. Su escritorio era muy pequeño. Una computadora conectada a una línea telefónica, un audífono con micrófono, un pequeño cuaderno y su silla giratoria eran sus herramientas de trabajo.

Le asignaron la clave 21 y le sugirieron que contestara con total amabilidad: buenas noches, soy Natalia, para quién es su mensaje, con mucho gusto.

La primera llamada la recibió a las nueve de la noche: por favor para míster Jhon F. H. Winston, con el número de unidad 34321. ¿Cuál es su mensaje? Qué ojos tan hermosos los tuyos, te amo, de parte de Verónica.

Unos minutos más tarde entró el segundo para la misma persona: dichosa yo de ser tuya, te amo por sobre todas las cosas, Enma.

Natalia sonrió al transmitir sendos mensajes, pero consultó a Olga acerca de las restricciones de la compañía y las políticas para la transmisión de los telemensajes. Ella respondió que la empresa se caracterizaba por la total libertad, pero toda vez, y eso se lo remarcó con el ceño fruncido, que tuvieran un remitente: mensajes anónimos o de seudónimos no se enviaban.

Natalia tomó un poco de café. Bebió con prisa para acabar con el sueño. Ella tenía costumbre de dormir temprano, pero a partir de ese día saldría a la una de la madrugada de la oficina.

Por favor, un mensaje para la unidad 34321, qué ganas de estar con vos a todas horas, Nineth (por favor operadora 21, puede repetir dos veces el mismo mensaje), con mucho gusto, buenas noches.

Recibió dos recados más, pero no como los anteriores, eran emergencias médicas y para un supuesto periodista, que se dirigiera hacia el lugar donde había ocurrido un accidente.

Natalia estaba a punto de entregar el turno cuando recibió un último mensaje para míster Winston: nunca conocí a alguien con esos ojos y ese calor como el tuyo, Verónica.

Cogió un taxi para su casa. El piloto la veía a través del retrovisor con los ojos bien abiertos y casi asustados. Le recordó un caballo que montaba en El Chompipe, una finca donde la llevaba Joaquín a vacunar bestias o a castrar toros. El taxista sacudía la cabeza como si tuviera animales en las crines. Natalia pensó que quizá habría tomado alcohol. De cualquier manera llegó sin novedad a su casa.

Antes de dormir recordó los mensajes para la unidad 34321. Intentó imaginarse a míster Winston, pero el sueño la venció. Una sonrisa se le dibujó en su rostro, antes de quedarse profundamente dormida.

3

Cuando viajaba en bus hacia la oficina, Natalia observó con más atención los cafetales, las casas, los puentes, especialmente a los hombres que portaban un localizador. Se dijo a su fuero interno que más le valía a Joaquín terminar pronto su carrera porque ella quería comprar un terreno cerca de la finca El Chompipe.  

Le encantaba la vida del campo, los caballos, el bosque, bañarse en el río, ponerle leña a la chimenea. Le fascinaba hacer el amor sobre la copa de un árbol con Joaquín. Por todo lo anterior se había decidido a trabajar duro para ahorrar plata y, junto a su pareja, alcanzar esos sueños. Su hermano podría ir a vivir con ellos, a él le encantaba montar.  

Justo ahora que estaba llegando a la oficina recordó que dentro de su bolso había metido una foto de Fernandito, montando un caballo negro azabache. En esa ocasión ella llevó al chiquillo a la finca. Don Albin, el dueño, ante la insistencia del pequeño lo dejó montar a Tornado. Como fue un día histórico decidieron tomarle un foto. Fernandito salió con un aire triunfador. El caballo se veía imponente, con ojos de lascivia y un halo de bestialidad sexual. Natalia no se atrevía a ver la cara del animal.

Buenas noches, por favor un mensaje para la unidad 34321: qué tirada, me estremeciste como nunca nadie lo había  hecho, Enma. Para la 34321: espero que tu noche sea tan especial como tu día, tuya, Nineth. 

Natalia sintió un cosquilleo dentro de su vientre. Recibía otros recados sin trascendencia, pero los dirigidos a míster Winston eran fabulosos. Además provenientes de numerosos nombres de mujeres, no solamente de uno. Ese gringo ha de ser un bicho en la cama, se dijo, pero se sonrojó al pensar así, porque ella, cuando se refería al sexo, solamente lo hacía pensando en función de Joaquín. Otra llamada la interrumpió: qué polvo, ruego a todos los dioses del firmamento que te den mucha vida, que te alcance lo suficiente para hacerme feliz una y otra vez, Verónica.

Natalia realizaba su turno con otras dos compañeras, Susana e Ivonne. Ellas la recibieron con aquella camaradería y solidaridad, típica de salón de belleza. No se atrevió a hacerles comentarios sobre las llamadas que recibía para míster Winston. Uno de los decálogos de la empresa era la total privacidad de los mensajes. Se llevaba un control con códigos. Era estrictamente prohibido discutirlos con las demás.  

Susana sonreía excesivamente cuando recibía un mensaje. Su escritorio estaba ubicado al lado derecho del de Natalia. Alguna vez comentó que tenía un hijo, pero prefería no hablar del padre de la criaturita. Era una rubia guapísima con anchas caderas y ojos verdes. En uno de los tres paneles, que en conjunto ella denominaba con ironía el establo, colgaba una herradura de la buena suerte precisamente en el que colindaba con el de Natalia. Ese talismán fue un pretexto para conversar. Platicaron desde el tema de los hombres, las caricaturas, especialmente la del Cabazorro, hasta de los caballos de carne y hueso. Susana era admiradora de las carreras y las apuestas. Le confesó que alguna vez asistió con frecuencia. Allí se divirtió hasta el éxtasis. Además, en ocasiones hasta ganó bastante plata. Las dejó porque apareció, de entre los establos del hipódromo, el padre de su unigénito. Después evitó aparecerse por cualquier sitio que le recordara esos desagradables momentos. Cuando Natalia insistió en preguntar por qué guardaba la herradura, Susana respondió que la tomó de las pertenencias del padre de su hijo. Cuando él se atreviera a volver a su lado, la utilizaría como arma contra ese ser despreciable.  

Natalia le explicó que lo poco que sabía de caballos lo había aprendido de Joaquín. Su novio, le relató entre sorbos de café, era estudiante de zootecnia, pero también asistía a los jaripeos a montar potros salvajes. Ambas sonrieron, pero cuando timbró la línea telefónica en cada uno de sus escritorio dejaron de conversar. Natalia atendió: para… te amo, te amo, te amo, Verónica (por favor, repítalo dos veces).

A la una en punto se quitó los audífonos y anotó en su agenda las llamadas y códigos. Atrás de ella permanecía Guadalupe, a quien le entregó todo el equipo. Ella era la encargada del turno de la madrugada. Pensó hacerle algún comentario, pero recordó el decálogo. Guadalupe era una mujer que transitaba por los cincuenta años. Era soltera y nunca tuvo hijos. Observarla inspiraba indulgencia. Una mujer muy amable y recatada, sonrió Natalia para sí cuando tomó su chaqueta. Su relevo no iba más allá de buenas noches, feliz retorno a casa 21 o, cuando estaba de buenas, hasta mañana compañera.

Alargó la mano casi en medio de la carretera y detuvo a un taxista. Tras indicarle las señas para llegar a su barrio, recostó su cabeza en el asiento y se imaginó a Susana lanzando la herradura hacia una cabeza de caballo con el cuerpo de palo. La imagen le causó risa y pensó en decírselo al siguiente día a su compañera. A diferencia de otras ocasiones, el conductor del taxi era un hombre respetuoso, maduro, fue la palabra con la que lo describió Natalia. Recordó a su padre. No encontró la mirada de centauro del taxista de días pasados. El tipo escuchaba las noticias y su único comentario fue sobre lo mal que andaba el fútbol por esos días. Ni siquiera la vio por el retrovisor. Natalia echó una ojeada a lo negro del paisaje. Escuchó el canto de un gallo y a lo lejos un potro que relinchaba con placer hacia el infinito, y pensó en míster Winston.

4

Durante los primeros días de trabajo Natalia no se encontró con Joaquín. Únicamente se hablaron por teléfono. Sus cortas conversaciones giraron en torno a hacer el amor dónde y cuándo. Él vacunaba ganado en El Chompipe y ella se reponía de los desvelos. Se quedó dormida sobre el sofá con la imagen de un Joaquín moreno, alto, delgado, lampiño en su pecho, rudo en sus labores, pero más tierno que un potrillo cuando acariciaba su cabello después de que tuviera un prolongado orgasmo.  

Almorzó frijoles con arroz. En seguida Natalia observó un programa en la televisión en el que designaban a Harrison Ford como el hombre más sensual del planeta. Trató de imaginar a míster Winston: tal vez tenía los ojos de Di Caprio, la sonrisa de Mel Gibson, el pelo de Brad Pitt, tal vez bailaba como Ricky Martin. Ojalá un hombre con el carisma de Sean Connery o el sex appeal de Paul Newman. Tal vez tenía una parte de cada uno de ellos o quizá era mejor que todos juntos. Se duchó con agua fría. Cuando se vio desnuda frente al espejo, pensó si ella sería del agrado de míster Winston. Cómo era posible que varias mujeres le enviaran esos mensajes tan sugerentes. Algo especial había en él. Su cuerpo se estremeció con solo pensar en averiguar quién era míster Winston.

Buenas noches, un mensaje para la unidad 34321: por favor, nunca me vayas a sacar de tu vida, quiero verte siempre, siempre, siempre, Nineth. Disculpe, un mensaje para… Qué ser tan divino, Matilde. Para la 34321: todo el día la he pasado pensando en vos, te amo por sobre todas las cosas, Verónica.

Revisó sus apuntes y se percató que la tal Matilde era la primera vez que enviaba un mensaje para la 34321. Por favor, un mensaje para míster Winston: lo voy a hacer con vos tantas veces cuando me dé el alma y la vida, tuya siempre, Enma.

Cada vez que el teléfono timbraba y Natalia recibía un mensaje para la 34321, el sudor se apoderaba de ella. La voz de las mujeres era muy sensual. Ellas le pedían que transmitiera de inmediato los mensajes, por favor, porfis, porfa, se lo suplico. Por la mente de Natalia trotaba la interrogante: ¿sus compañeras recibían mensajes también para míster Winston o solamente ella? Tras un breve lapso de su mente en blanco, dirigía sus ojos hacia las demás compañeras. Cada una estaba concentrada en los mensajes. Ninguna presentaba en su rostro la típica expresión sensual que provocaba uno de esos breves relatos o de simple complicidad luciferina que alcanzaba la mente. Tal vez, sus colegas de turno eran excelentes actrices para no revelar en su rostro el rubor de una llamada con esas características. Quizá, así como el médico ya no se estremece ante la muerte de un paciente o el reportero no se inmuta ante la tragedia, a ellas, a sus dos compañeras, tampoco el calor de una llamada ya no les excitaba como a Natalia.  

A lo mejor, ellas nunca recibían mensajes para míster Winston.  

Un veloz escalofrío, parecido al que generan las sombras de los caballos de carreras cuando se deslizan entre el césped o el fango, recorrió sus piernas, su vientre y se detuvo entre sus pechos. Pensó que el fin de semana se lo dedicaría a Joaquín, tal vez así se olvidaba de una vez por todas del enigmático míster Winston.

Por favor un mensaje para la 34321: si querés hacerme un favor nunca te vayás a olvidar de mí, Nineth.

5

Qué curioso, se dijo a sí misma cuando se levantó el sábado un poco antes de medio día. Alguien había bautizado con el nombre de El Chompipe a la finca donde trabajaba Joaquín. El terreno abarcaba parte de un cerro que asemejaba el lomo de un chompipe agazapado o una chompipa empollando. Desde el alféizar ella podía observar la espalda del chompipe. También se divisaban tres montañas, denominadas las Tres Marías, una tras de otra, de este a oeste o viceversa. Más de alguno las trató de bautizar con el nombre de las Tres Tetas. Natalia bromeó con Joaquín, que si bien parecían Tres Tetas, muy pronto perderían la virginidad porque con la gran cantidad de cabezas de ganado que invadía las fincas aledañas y la tala despiadada, se podrían transformar en un cercano futuro en un trío de pezones áridos.  

El Chompipe y las Tres Marías enmarcaban la parte más alta del paisaje. Todo el aire que respiraban quienes vivían en la ciudad pasaba antes acariciando las montañas y El Chompipe. Más de alguna vez, cuando Joaquín convencía con argumentos de un verdadero piscicultor a don Albin para que sembrara truchas en lo más alto de la finca, simultáneamente se ponía en contacto mental con Natalia. Lanzaba bocanadas de aire. A los diez o quince minutos, ella lo recibía desde su casa en Barva.

Sin embargo, este sábado, ahora que la mente de Natalia se columpiaba entre el sueño y la vigilia, estaba decidida a investigar sobre míster Winston. Ella percibió olor a establo, a bosta. Creyó escuchar cascos de caballo, pero el cansancio la invitó a seguir durmiendo en su alcoba, aprovechando el descanso de fin de semana.

Joaquín la despertó con un beso en la frente justo a las seis de la tarde. Con una sonrisa le explicó que no se trataba del beso de un príncipe que bajaba de su corcel para despertar a la amada ni de una acción similar. Él era un caballero medieval posmoderno que la invitaba al cine y luego a un encuentro en la cama de algún buen motel. Natalia le contestó con una ancha sonrisa que prefería aceptar en principio la segunda propuesta. Se bañó muy rápido y en seguida comió un poco de ensalada. El auto de Joaquín giró en dirección a Tres Ríos. Durante el trayecto, Natalia le manifestó que percibía un extraño a olor a caballo. Pensó que podrían ser los pantalones de Joaquín. Él le agarró con fuerza la pierna con su mano derecha. Le confesó muy cerca del pabellón de su oreja que sentía el deseo de penetrarla. Tengo el mismísimo deseo, le susurró, que le profesa un semental amarrado del otro lado del cerco a la yegua en celo. Natalia se sonrojó, pero lo invitó a que le explicara por qué estaría amarrado el semental. Joaquín, mientras deslizaba su mano entre el regazo de su novia, le relató que cruzar una yegua con un semental pura sangre en una finca no es tarea fácil. Normalmente ese corcel le inspira atracción sexual a la hembra. ¿Y por qué?, se estremeció Natalia al instante de sentir húmedo su vientre. Debido a esa falta de química entre ambas bestias deben amarrar del otro lado del potrero a un rocín. Estos caballos son, por lo general, sin ascendencia brillante, están mal alimentados y físicamente podrían no ser atractivos, sonrió Joaquín, mientras continuaba palpando. Ese mismo animal es el que maravillosamente provoca que la yegua sienta el deseo por la carne. Cuando la yegua está, como tú ahora, es decir dispuesta al amor, los vaqueros la amarran al potrero y prácticamente ayudan al semental pura sangre a que la preñe. ¿Y qué pasa con el pobre rocín que está amarrado?, se sorprendió Natalia. Pues, bueno, conocés la frase aquella de “brincarse el cerco”, le preguntó Joaquín, justo cuando sus manos estaban libres: pues de esa acción surgió. Cuando el pura sangre termina y se va mitad frustrado, mitad complacido, aquel rompe la cuerda que lo mantiene prisionero. Brinca con desesperación. Monta a la yegua sin necesidad de ayuda y la penetra con más precisión que su antecesor. Ella lo ha estado esperando con todas las ganas. Justo en ese momento llegaron al motel. Natalia, ayudada por la diestra mano de Joaquín y por la historia, había terminado de mojar sus calzones.

Soy la mujer más afortunada del mundo, Lucky, fue el primer mensaje que recibió Natalia para míster Winston el lunes. El teléfono sonó varias veces. Tuvo que dejar esperando con música de autómatas a Verónica, mientras Nineth bramó por el auricular: soy tuya, tuya, tuya, gracias por ser como sos. Verónica dejó el suyo: si querés hacerme un gran favor, nunca te vayás a olvidar de este cuerpo que te desea.

6

Natalia reparó en que Lucky era otra nueva adquisición de míster Winston. La lista casi llegaba a las diez admiradoras o víctimas voluntarias del susodicho. Durante el regreso a su casa pensó en telefonear para enviarle un mensaje a míster Winston. De esa forma él le devolvería la llamada, pero a dónde, y cómo solicitaría el mensaje para la 34321. Pensó en que tal vez Guadalupe podría contestarle. De seguro ella reconocería su voz. Le pidió al taxista que se detuviera un momento en un teléfono público. Marcó. Estuvo a punto de dejar el mensaje, pero Guadalupe contestó. Colgó el teléfono. Lo intentó en otro teléfono público, pero tampoco se animó. Llegó a su casa. Llamó del teléfono del comedor. De nuevo no quiso hablarle a su relevo en el trabajo. Intentaría por la mañana. Cenó dos manzanas verdes con yogur y se lanzó a su cama casi sin desvestirse. Esa primera semana de trabajo había tocado su alma.

7

Tercer lunes en el escritorio de Natalia:

  • 21:30: qué ser más increíble, me hiciste vibrar, te quiero, Nineth.
  • 22:17: cuando querrás, donde querrás y con quienes querrás, allí estaré, Verónica.
  • 22.34: el mundo se ilumina con tu presencia, vamos, sigue adelante, te quiero, Enma.
  • 23:09: me has hecho ser inmensamente feliz, gracias, Matilde.
  • 23:55: qué poder, qué potencia la tuya, todo, todo me ha gustado, Lucky.
  • 23:58: de nuevo, alguien que se siente feliz de conocerte, Verónica.

8

Natalia dejó el siguiente mensaje para míster Winston: me gustaría tener una cita, llámeme por la tarde al 5601223. Dejó el número de su casa, pero utilizó su segundo nombre: Mirta. Recibió una llamada al tercer día. Usted es Mirta, le preguntó una voz fuerte del otro lado del auricular. Sí. Usted es… No, no. Quiero saber quién la recomendó para tener una cita con míster Winston. Natalia titubeó, pero recordó los nombres de Nineth y Verónica. ¿Cuándo está dispuesta a venir? Pues, mire, depende… Si contactó es porque le interesa. Sí, pero, de qué se trata. Escuche, si Nineth y Verónica le recomendaron que llamara, de seguro le explicarían que debe pagar una suma para estar unos minutos con míster Winston. Sí, ellas me lo explicaron, le respondió asustada a la voz masculina, que ahora le hablaba en un tono paternal. Sin embargo, nunca pensó que se tratara de cancelar una suma al tal Winston. De cualquier manera y casi automáticamente, le contestó con la misma determinación que había respondido las preguntas de la hoja de empleo en la empresa. Sí, estoy dispuesta. ¿Cuándo y en dónde? La voz del otro lado del auricular le dictó la dirección, le pidió que fuera muy prudente y le sugirió que era preferible que cambiara de nombre. Los seudónimos son mejores para él y, por supuesto, para usted también. Así que use un nombre que le guste. Ella le respondió, Natalia, con cierta ironía. Venga el próximo sábado después de las siete de la noche y colgó.

9

Durante el resto de la semana Natalia se debatió entre si asistir o no al encuentro con míster Winston. Ella nunca había compartido la idea de pagar por una relación sexual. Amaba a Joaquín, pero también sentía mucha curiosidad y deseo de conocer a míster Winston. Quizá esa misma relación le cambiaría la vida. Podría aprender algo nuevo. Muchos hombres se han jactado de que mientras más experiencias tengan en la vida mejores son en la cama, se dijo, por qué yo no voy a intentarlo también, seguiré queriendo más a Joaquín. Además, como debía pagar casi 100 dólares por la cita, sabía perfectamente que no podría tener más de un encuentro con él. Una vez bastaba para conocerlo y quitarse las dudas. En ese momento recibió un mensaje. Buenas noches, por favor para la unidad 34321: sos sensacional, no sé qué haría de no haber estado con vos, Verónica. Natalia trató de imaginar las características de esa muchacha. Cuando estuviera en casa de míster Winston, le podrían preguntar cómo eran las dos madrinas que la habían recomendado. Buenas noches, por favor a la 34321: realmente sos fabuloso, gracias, Nineth. Natalia fue por un café, pero antes de sorber el primer trago entró otra llamada: saldré del país durante unos días, cuando vuelva estaré contigo, Enma.

10

Sábado, día de la cita:

Natalia salió un poco antes de las cinco de la tarde de casa. Cuando besó a su madre y a Fernandito, explicándoles que tendría un curso de capacitación en el trabajo, no se atrevió a verlos a los ojos. Desde el dintel de la puerta principal de la casa gritó que si Joaquín preguntaba por ella le explicaran que hasta el día siguiente tendrían una cita.

Tomó un autobús que la trasladó hasta la capital. Luego otro que la condujo hacia el sur. Compró un preservativo en una farmacia. Siguiendo las indicaciones de la voz, tomó un taxi, que la dejó justo en la entrada de una pequeña finca, casi en los arrabales de Escazú. Cuando comenzó a caminar ya oscurecía. Tras quince minutos de tropezar con piedras por una vereda que la condujo hasta la entrada principal de una lujosa hacienda, se detuvo y tocó tres veces una campana de bronce que colgaba de un árbol de higuerón. A los pocos minutos, un joven alto de ojos celestes, porte atlético y vestido con un traje negro, inapropiado para la finca, pensó Natalia, le pidió que la acompañara. El tipo extendió la mano y ella sacó la plata. Le pidió que esperara afuera de la enorme casa de madera, que seguramente era la principal. Giró sobre sus talones y se perdió dentro de la lujosa construcción. A los pocos minutos apareció un diminuto muchacho con las características y vestimenta de jockey. Usaba un pequeño pantalón de seda, botas altas, una camisa de cuadros blancos y rojos, un casco y un fuete. Le preguntó si ella era Natalia y la conminó a que lo siguiera. Tras avanzar en silencio llegaron a un establo grande y lujoso, pensó Natalia, para ser un simple potrero. Recordó los de El Chompipe, construidos con caobilla y solamente para el resguardo de las bestias. En ese momento pensó en míster Winston. Quizá era su hora de montar, o tal vez le gustaba recibir a sus clientas entre la paja y los animales.

Cuando el hombre pequeño quitó la tranca, le pidió a Natalia que entrara de prisa. Cerró por dentro y encendió una bombilla. Póngase cómoda, en seguida viene míster Winston. Antes de ir hacia el segundo cuarto, le dio una boleta y le pidió que la llenara. Son puramente formalidades de la finca, le explicó con una sonrisa que le recordó la de su jefe el primer día de trabajo. También mintió en sus respuestas, pero el último inciso la dejó perpleja. Por favor, cada vez que decida regresar con nosotros, le pedimos que ponga un mensaje a la unidad 34321, eso estimula nuestro trabajo y por supuesto, nos reconforta.

El hombrecito llamó a Natalia desde el dintel de la puerta. Le indicó que podía desvestirse tras el pequeño biombo apostado al fondo. Cuando Natalia se despojaba de la última prenda, escuchó la obertura del Barbero de Sevilla de Rossini. La reconocía perfectamente porque era el tema de la serie de El Llanero Solitario. En la escuela, cuando escuchaba el himno de El Salvador, también se la recordaba. Estaba totalmente mojada. Un olor a sudor de semental la recibió en el cuarto iluminado cuando se aproximó hacia míster Winston, quien la recibió con un excitante relincho y golpeando su pata izquierda contra el piso de madera.

11

Lunes, Natalia solicitó incapacitación.

Buenas noches, un mensaje para la unidad 34321: gracias, gracias, gracias, Natalia.


Nacido el mismo día del cumpleaños de Jimmy Hendrix. Francisco Alejandro Méndez ganó su primer premio antes de cumplir un año: niño sano del año. 17 años después obtuvo el Campeonato Centroamericano Juvenil de Tenis de Mesa. Ese mismo año comenzó a escribir. Hasta hoy lleva una veintena de libros que escribe por madrugada. Su personaje más elaborado es Wenceslao Pérez Chanán, detective guatemalteco amante de la música de Héctor Lavoe. Méndez ha estudiado en sus tiempos libres y ha obtenido licenciatura, maestría, doctorado y especialización en periodismo y literatura. Sus perros han obtenido premios nacionales e internacionales, y con ellos comparte el placer de la lectura. Entre sus obras: Completamente inmaculada, Juego de muñecas, Saga de libélulas, Reinventario de ficciones: catálogo marginal de bestias, crímenes y peatones. Sus relatos han sido traducidos al kakchiquel, alemán, francés e inglés. En el 2017 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias”.

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Liliana Hernández Almazán | Instrucciones para enterrar un vivo

Finalmente, se encuentra en la azotea. Introduzca primero el pie izquierdo en el agua, luego el derecho unos segundos. Sienta por primera vez el agua correr por su vergonzosa y pálida piel. El agua es tan clara y cálida que no ha notado que está en lo alto de un edificio. Vea el horizonte, ese espejo radiante, saturado de naranjas y ocres, vea el ocaso, los rascacielos, ¡qué sé yo! Lentamente, se da cuenta de que no es la única persona. Primero reconoce una silueta alargada, inmóvil, como petrificada, solemne. ¡No se mueva! El sol ahora muestra solo una mísera parte de su ser. Siente usted la inquietud de dirigirse a este hombre, queda claro que es un hombre.

No será necesario concederle un nombre, solo los muertos lo necesitan. Y hablando de muertos, solo los muertos pasean por las huertas enormes, reconocen rincones, huelen el azahar. Los muertos contemplan, vienen y van, sueñan con aquel despeñadero cruzar. Ahora olvídese de los muertos, usted está más viva que nunca, tampoco necesita un nombre.

Usted se acerca a él, le regala un beso, no sabe cuánto tiempo pasa, pero al retirar poco a poco su cara, se siente asombrada. Usted recibe una sonrisa y un reproche, lo entiende perfectamente y permanece inmóvil. Llegó la hora, es momento ya. Allí está, baja la mirada como por casualidad. Primero lo reconoce por su color, una gran mancha rosada, con intentos de naranja en su derredor. Allí aparece junto a usted: un cangrejo.


Liliana Hernández Almazán (San Luis Potosí, México). Se dedica al psicoanálisis desde hace 5 años. Su interés por la literatura surgió desde la niñez. Este relato fue publicado originalmente en El camaleón III.

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Mayevi Hadith | El bosque

Hace un tiempo descubrí un bosque cerca de mi casa. Caminaba cerca y vi muchísimas huellas que se adentraban en él. Me propuse que alguna tarde iría a explorar para seguirlas y saber a dónde se dirigían.

Pasé varios días haciendo los preparativos para mi incursión al bosque. Debía estar lista para lo que pudiera encontrar. Las huellas no parecían de animal sino como de algún hombrecito, apenas marcadas en el suelo. Después de mi descubrimiento tomé algunas capturas con el teléfono de mi mamá. Luego, le pedí que me lo volviera a prestar para tomar fotografías en el bosque. Me preguntó qué querría fotografiar allí y le conté que no sabía exactamente, pero que sospechaba que podría tratarse de alguna ciudad de hombrecitos.

Cuando menciono estas cosas, mamá ya no me dice nada. Supongo que me cree, aunque le cueste un poco. Para mí también era increíble que hombrecitos pudieran vivir en el bosque y sin ser descubiertos. A veces los adultos se niegan a creer que los chicos estemos más despiertos para darnos cuenta de cosas tan pequeñas como esa. Siempre creen que somos diminutos y que todo lo vemos enorme, pero en realidad nos fijamos más en lo que es pequeño porque podemos sentirnos iguales.  En cambio, todo lo que es grande nos sorprende y es tan lejanos a nosotros. No nos preocupamos por ser mayores, pero sí por no dejar de ser niños.  Mamá me ha dicho que algún día seré adulta. Tal vez si crezco pierda el interés por el bosque, los hombrecitos y el millón de huellas que encontré.

A mi abuela también le conté de mi hallazgo y le pregunté qué creía que podría ser. Dijo que nada de lo que conoce deja huellas como las que fotografié. Pensaba que tal vez si sólo se aparecen para mí, significa que tengo algo especial. Yo no podía decir eso de las personas, las veía iguales a todas, menos a mi mamá y a la abuela porque viven conmigo y las quiero.

Llegada la tarde seleccionada, terminé de hacer mi mochila para el viaje al bosque. Segura de llevar el celular con la cámara, una linterna, galletas para compartir con los hombrecitos. Metí mis campanas y cascabeles porque en los cuentos dicen que a los duendes les gusta la música. Solo esperaba que sí fueran amigables y no monstruosos. Esperaba hacer amigos para jugar.

Me encaminé y esperé poder encontrar en el bosque el montón de huellas para seguirlas. Deseaba verlas allí y descubrir de qué se trataban.  


Mayevi Hadith (1993, Guatemala). Participó en la antología Flores de luna, publicada en el Festival Grito de Mujer Chihuahua, México en 2019. Ha participado en diferentes antologías internacionales en formato digital. Su cuento El hospicio forma parte de la antología de cuentos de fantasía y horror El camino del abismo, publicada por la editorial cartonera Alambique. Publica sus escritos en su Instagram personal (@mhady_7).

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Narrativa

Montserrath Campos Sánchez | Bar Central

Marina entra al bar vestida de mallas verdes y suéter rojo. Demasiado flaca para provocar una erección, pero muy disponible para cualquier borracho. Pide una michelada en un vaso de plástico. No quiere perder tiempo por si consigue “paro” para seguir la fiesta, allá entre los arbustos.

Marina debió de ser cantante. Se contonea y abre la boca como una soprano. Con urgencia, desgarra su media y muestra una pierna lacerada, herida por algún adicto que no encontró la puerta. Su cabello reseco y gris, habla de las noches sin bañarse. Ella sabe que su olor también seduce.

En el bar suena una canción triste. El Príncipe ahora un esqueleto, nos dice: “Ya lo pasado, pasado”; pero no pasa. Marina todavía sufre al recordar su primera menstruación: Señorita para que alguien la penetre sin preguntar su nombre.

Marina va al baño a defecar la lujuria que conoció desde niña. Lleva una cubeta para que nadie sepa que siempre quiso ser una Virgen.

La veo bailar. Quisiera contarle de los sueños, de esos que dicen que hay vida en otro pueblo. Pero la ciudad duerme, alguien ha tomado los focos.

Marina por fin consigue un cliente. Le toma la mano y sin pudor la dirige a su vagina; debe ser directa para que el siguiente pez nade entre sus piernas. Baila porque la noche es un rompecabezas que armamos todos. Mientras más se apaga la luz, ella le gime a un oído borracho por diciembre.

No se siente inferior por la morena de vestido rojo, su enemiga. Aún sin mostrar los senos, sabe que alguien le tocará el pezón por unos cuantos pesos. “Hay que compartir”, piensa, y me mira para seducirme. Pero estoy demasiado borracho para entrar siquiera a su mirada.

La conozco de tiempo, sentados siempre de frente mirando evaporar la noche. Alguna vez, estuve embrujado por la mugre que destellaba en su frente, y quise lamerla, pero la falta de tabaco me secaba la boca. Ahora, mientras desesperada es una moneda de cambio, busco mi billetera para llamarla.

La veo irse. Tropezar con otras manos que burlonamente le tocan la entrepierna. Somos dos vagabundos buscando un hogar. Mañana la veré seguramente; desde lejos imaginaré su grito en la banqueta.

Mientras el bar nos reciba, seremos tiburones; mientras la luz se apague, seremos un marino sin un barco.

Enamorado de Marina me corto debajo del zíper, ansioso de que alguien me bese las entrañas.

En el pueblo todos somos prostitutos. He perdido el pudor. También quise ser un Santo; un párroco para masturbar niños temerosos.


Montserrath Campos Sánchez (Celaya, Gto. 1984). Estudió la licenciatura en Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato, y actualmente estudia la Maestría en Literatura Hispanoamérica en la misma institución. Ha publicado los poemarios: Duermevela (Editorial La Rana, 2011) y Dos Infancias (Editorial La Rana, 2018) y, el libro de cuentos ¿Quién es Paola Vargas? (Ficticia, 2016). Su poesía ha sido antologizada en Poesía en rojo (Centro de Estudios de la Cultura Mixteca, 2015)en Diez poetas de Guanajuato 1982-1996 (Revista Punto de Partida, UNAM. Núm. 209) así como en Las Avenidas del Cielo (Universidad Autónoma de Aguascalientes en coedición con la Universidad de Guanajuato, 2018). En el 2019 recibió Mención Honorífica en los Premios León 2019, en la categoría de cuento corto.

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Narrativa

Grizel Delgado | La cocodrila

Mamá y yo fuimos al zoológico sin papá. Por fin se atrevió a salir de casa solo conmigo. Fue su idea, quería que nos divirtiéramos. Días antes leyó libros de animales y miró documentales sobre gacelas y delfines. Tenía miedo de estar a solas conmigo, en un lugar tan grande y no saber qué decirme.

Me explicó todo lo que es posible saber acerca del león africano y la cebra. Me describió cuán áspera puede ser la lengua de una jirafa. Mamá lo había aprendido todo sobre animales. Incluso, cuando fuimos a ver cómo aseaban a los elefantes, fue la primera en formarse para que yo pudiera alimentarlos.

Animal que visitábamos, animal que me describía. Seguramente era la visita perfecta que se imaginó ella. Pero antes de concluirla llamó mi padre y pidió hablar conmigo. Ella me dio su teléfono y fue a sentarse frente a los cocodrilos en una banca con poca sombra.

Papá y yo hablamos un poco y colgamos. Mamá seguía sentada. Yo le devolví el celular y vi que ella se limpiaba una lágrima.

–¿Qué pasa? –le pregunté.

Ella me devolvió la sonrisa falsa más perfecta que pudo y luego me dijo:

–Los cocodrilos son animales de sangre fría.

                Yo me senté a su lado. Me recosté en su hombro. Quizás eso fue lo que me gustó de la visita con mi madre. Nos quedamos callados y observamos a un cocodrilo de fauces abiertas que parecía estar muerto porque no se movía para nada.

–Dan un poco de miedo –pensé en voz alta.

–Tienen unas mandíbulas terribles que por ningún motivo dejan escapar a su presa– dijo y luego se dirigió a mí–. ¿Qué te dijo?

–Que vamos a la feria el próximo domingo… Estará la abuela.

–Qué bien –dijo sin entonación.

Miró el reloj. Yo la detuve. Todavía teníamos tiempo.

–Esa de ahí es una cocodrila –dije–. Está muy gorda, seguro que está embarazada.

Mamá se rio de mí.

–Los cocodrilos ponen huevos.

–¿En serio?

–Sí. Las hembras cuidan durante 3 meses los huevos. Hay muchos depredadores pero ellas son muy efectivas en su trabajo.

–Como tú… ¿Qué más hacen las cocodrilas?

–Los cuidan en un nido durante todo el día aun después de nacidos porque son presa fácil los primeros meses.

–Como tú me cuidaste –interrumpí–. ¿Qué más hacen las cocodrilas? –busqué un abrazo suyo. Ella entendió la verdadera pregunta que le hacía.

                –Leen y cocinan. Saben andar en bici. Algunas son madres y padres a la vez y pelean a golpes con los cocodrilos. A veces pierden. Respetan a las demás personas, les gusta nadar y hacer deporte. Beben alcohol pero no en exceso, no como los cocodrilos. Les gusta besar a sus críos y acariciarles el lomo con su piel dura y áspera. Así son las cocodrilas.

De repente, mientras veíamos al cocodrilo, éste soltó una lágrima.

                –Está llorando –dije.

                Ella negó.

                –No, hijo. El cocodrilo no llora. Sólo está lubricando los ojos.


Grizel Delgado (1982, Cd. de México), realizó estudios de licenciatura en la Universidad Autónoma de México y de Posgrado en la Universidad de Düsseldorf. Es editora, correctora y reseñista. Ha publicado cuentos en las revistas mexicanas La Colmena, Palabrijes y Punto en línea. Ha ganado certámenes de cuento en universidades mexicanas y en concursos en España. Es autora de la novela juvenil “Tu abuela en bicicleta” (recomendación IBBY México, 2018), del cuento infantil “El misterio de Zacango”, premiado por el certamen de Literatura infantil (2014) de la UAEM. Reside en Berlín donde trabaja como editora.

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Karla Hernández Jiménez | metadata

Un ojo amoratado fue el que le abrió el camino hacia una nueva ola de violencia. Nerea se despertó en medio de una lluvia de puñetazos.

Toda su vida, Nerea había hecho honor a aquel nombre viejo: una sirena peligrosa a la que le gustaba sortear las aguas turbulentas de la Red.

Nadie hubiera sospechado jamás que aquella chica latina, flacucha y pelirroja fuera una genio en cuestiones tecnológicas. También resultaba complicado comprender la forma en que había logrado crear un servicio tan eficaz con el que las mujeres pudieran denunciar si estaban siendo tratadas como basura.

La ciudad siempre había tenido serios problemas en preservar la seguridad de sus habitantes, especialmente en zonas marginales. Pero últimamente habían tenido lugar una serie de actos violentos. Se estaba convirtiendo en una cuestión terriblemente cotidiana encontrar los cuerpos despedazados de mujeres en varios rincones de la ciudad.

El punto de quiebre ocurrió el día en que hallaron la mitad del torso de Kimberly Park en la cancha de la escuela. Verla en ese estado fue un choque a la sensibilidad de Nerea.

Justo en ese momento, decidió desarrollar el dispositivo. Usando materia orgánica y acero consiguió crear aquel chip reptante que se introducía incrustándose en el oído, escalando para conectarse al cerebro de su potencial dueña.

El invento también permitía paralizar al agresor e infligirle un nivel de daño considerable. Incluso se habían llegado a registrar casos en los que el agresor había terminado muerto a manos de su víctima. En unos meses, la ola de violencia comenzó a disminuir de forma radical.

Nerea insistía en permanecer en el anonimato, incluso el pequeño sitio web que ofrecía mandar el dispositivo a quien lo solicitara estaba cifrado para evitar el rastreo.

Cuando los Agentes la encontraron, ella ni siquiera parpadeo. A pesar de que no opuso resistencia, los agentes la arrastraron fuera de su casa y la golpearon durante todo el camino hasta aquel cuarto en el otro extremo de la ciudad, el Honorio Deu.

Es verdad que casi toda la ciudad estaba completamente hecha de acero, pero aquel metal transmitía una sensación especial. Era como si estuviera vivo. Era la Red.

Se decidió que el castigo de Nerea por alterar el orden fuera la fusión en frío con la Red.

Ella decidió esperar hasta que el acero de la Red se infiltrara en lo más profundo de sus células y la asimilara por completo.

—Aparentemente, se dio por vencida sin pelear.— exclamaron con satisfacción los hombres que habían mantenido a Nerea prisionera durante dieciséis horas.

Los agentes estaban convencidos de que aquella insignificante chiquilla había desaparecido para siempre de la faz de la Tierra. Ellos ni siquiera sospechaban que esa noche había nacido una nueva clase de poder, un nuevo código que se había fusionado sin proponérselo con el sistema binario de aquella maquinaria que se encargaría de vigilar que no volvieran a verse cuerpos femeninos destrozados en la ciudad.

Nombre del código: N.E.R.E.A.

Karla Hernández Jiménez (Veracruz, México). Egresada de Lingüística y Literatura Hispánica. Lectora por pasión y narradora por convicción, ha publicado relatos en páginas especializadas como Íkaro, Casa Rosa y Página Salmón, pero siempre con el deseo de dar a conocer más de su narrativa.

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Alberto Sánchez Argüello | Gilgamesh

Hablo de aquel que todo ha visto; que recibió la merced de ver dentro del gran misterio, de los primeros días antes del Diluvio; el que viajó a los confines del mundo y regresó, exhausto pero entero; el que grabó sus hazañas en estelas de piedra. Cuatro mil quinientos años no han hecho mella en su cuerpo. Desde que los nombres de Anu, Enki, Nammu e Ishtar fueron olvidados, él mismo se perdió entre las dunas que empezaban a cubrir el zigurat de Ur. Resurgió en la defensa de Antioquía en contra de los cruzados, pero ninguno de los tomentos a los que fue sometido logró su cometido. Tampoco lo lograron los cañonazos de Waterloo; el gas mostaza en las trincheras de Flesquiéres; ni el horror inenarrable de “Little Boy” en Hiroshima. Ahora camina sin testigos entre ciudades cubiertas por espesa vegetación. El antiguo rey de Uruk busca entre los vestigios de la humanidad, una cura para su maldición. Pero está escrito en las ciento ochenta palabras de este texto, que él experimentará la peor de las soledades: la inmortalidad.

Alberto Sánchez Argüello (1976, Nicaragua) Psicólogo, minificcionista, escritor de Literatura Infantil y Juvenil. Fundador del colectivo microliterario nicaragüense y de Parafernalia Ediciones Digitales. Ganador del primer concurso de cuento juvenil de la Fundación Libros para niños (2003) y del II Concurso Centroamericano de Literatura Infantil (2016) incluido en antologías de minificción a nivel hispanoamericano. Publicó “Miniaturas voraces” con El Taller Blanco Ediciones en (Bogotá, 2019) y “Naufragio de botellas” con Quarks Ediciones Digitales en (Lima, 2020)

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Marshiari Medina | Saint Barbie

“Si me preguntan les diré que tan solo es pop-surrealismo.” Saint Barbie