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Cinefilia crónica

¿Por qué Licorice pizza (2021)?

Los frutos de la nostalgia no son amargos. Ya era hora de que el maestro Paul Thomas Anderson recogiera los suyos para el deleite del cine mundial.

Sin saberlo, al parecer, el mexicano Alfonso Cuarón impuso (o renovó) con la afamada Roma (2018) una curiosa moda cinematográfica: la del consagrado director haciendo uso de la pantalla grande para hacer catarsis de su existencia. El maestro Tarantino remitiéndose a las glorias populares de su niñez en la década del sesenta con su Érase una vez en Hollywood (2019). Paolo Sorrentino enseñándole al mundo su particular y muy personal visión de la Nápoles de los ochenta, con el genio eterno del fútbol, Diego Armando Maradona, llevando al Napoli a ganar por primera vez en su historia el scudetto. Kenneth Branagh con un relato semi-autobiográfico en el que relata su infancia en medio de la convulsión social de la Irlanda de los sesenta, Belfast (2022), nominada a Mejor Película en los premios de la Academia, por cierto.

Los frutos de la nostalgia no son amargos. Ya era hora de que el maestro Paul Thomas Anderson recogiera los suyos para el deleite del cine mundial. La agitada movida californiana de los setentas. La crisis del petróleo. La desastrosa guerra de Vietnam. Los nuevos colchones de agua. Los años de secundaria. La fantasía que la chica de veintitantos es entonces para los quinceañeros. El resultado es grandioso, es andersiano*. Un ritmo frenético y juvenil en el que todo el tiempo están pasando cosas, como si fuera el primer largometraje de Paul Thomas Anderson, con toda la energía y todas las ganas, y, al mismo tiempo, dada la impericia del cineasta novato, no esta pasando nada. Alana y Gary no son el espíritu del mundo, son el espíritu de aquella California, la del cine y la televisión, la de la empresa y la política, la de los enamorados que no son lo suficiente valientes como para decírselo a la cara, la de los sueños en acción, Gary, pero también la de sueños estancados, Alana.

En medio de esa revolución popular de música, cine, narcisismo y activismo social y político, Paul Thomas Anderson se siente en casa, y cómo no, si son los recuerdos de su adolescencia. Además del guion, la dirección y la producción, a su cargo también corre la fotografía, compartida con Michael Bauman, por eso, esta es, sin duda, su film más personal.

Licorice pizza (2021) no solo es un proyecto entre amigos y familia, pues actúa su esposa, Maya Rudolph, y todos sus hijos, y protagonizan Cooper Hoffman, el hijo de su difunto gran amigo, el genial Philip Seymour Hoffman, y Alana Haim, quien sumó a su familia completa, los Haim interpretan a los Kane, es una futura película de culto y una carta de amor juvenil a los setentas. Pero más que eso y más que todo lo que alguien diga que puede ser, Licorice pizza es, fundamentalmente, una divertida historia de amor.

M.D.

Por Mauricio Díaz Beltrán

Mauricio Díaz Beltrán (Colombia, 1999) Estudiante de Cine y Tv. Lector y cinefilo. Su columna en la revista El camaleón, titulada Cinefilia crónica, además de estar dedicada al análisis, novedades y curiosidades del cine, recela la búsqueda de una nueva mirada hacia lo que el cine representa como arte, como espectáculo y como lenguaje.

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